Mushoku tensei: Hitogami me quiere muerto, lo matare. - Capítulo 49
- Inicio
- Todas las novelas
- Mushoku tensei: Hitogami me quiere muerto, lo matare.
- Capítulo 49 - 49 Capítulo 48 Agente de confianza
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
49: Capítulo 48: Agente de confianza 49: Capítulo 48: Agente de confianza Sara POV Perder un pilar fundamental como lo son tus padres es un golpe de realidad brutal.
Saber que pudo haberse evitado… que todo ocurrió por un simple ‘ahorro’ de recursos de un noble asqueroso… todavía me hace temblar de furia.
Desde aquel día en que mi familia fue hecha pedazos por el egoísmo de Philemon Notos Greyrat, mi odio hacia la nobleza fermentó como alcohol barato, volviéndose más fuerte, más espeso, más amargo con cada año que pasaba.
Después de perderlos, tomé el arco de mi padre.
Y sin más opciones… me convertí en aventurera.
No por sueños de gloria.
No por libertad.
Solo para tener un techo sobre mi cabeza.
Por suerte, Suzanne me acogió.
Si no fuera por ella, probablemente habría muerto en alguna zanja.
Con el tiempo se formó Counter Arrow.
Aunque, para mi desgracia, de vez en cuando se unían nobles.
Y cada vez confirmaban lo mismo, Mi odio estaba justificado.
Siempre eran cobardes.
Magos con bastones lujosos, espadas decoradas, armaduras que podían alimentar a una familia durante años… todo empujado por inútiles que huían ante el menor peligro, regresando a sus mansiones mientras otros morían por ellos.
Por eso me alegré cuando dejamos Asura para dirigirnos al norte.
Allí era menos común cruzarse con esa clase de escoria.
Fue durante los preparativos cuando lo vi por primera vez.
Un chico de mi edad.
Un poco más alto que yo.
Cabello blanco, largo, algo despeinado.
Molestamente… atractivo.
Vestía harapos, aunque luego compró ropa decente.
Y entonces hizo algo ridículo.
Compró un parche para el ojo.
A pesar de tener ambos.
Claramente quería verse rudo.
Qué actitud más de noble.
—Pareces un niñito usando eso— le dije.
Él se volteo y solo sonrió… y siguió comprando.
Ni siquiera discutió.
Eso, por alguna razón, me irritó más y salí del lugar.
Me fui con Suzanne.
—Al fin llegaste Sara— —Sí, ya terminé de comprar todo para el viaje— —Qué bien, oye hay que buscar a alguien más, nos falta uno para que la tarifa de viaje baje a lo justo— Genial.
Más problemas.
Casi nadie viajaba al norte.
Entonces escuché una voz seca a mi espalda.
—Escuché que les falta uno para partir, puedo unirme— Me giré de inmediato.
Era él.
¿Nos había seguido?
Lo miré con desconfianza.
————————— Mientras jugaba distraídamente con una de mis flechas, observé al chico de reojo.
A simple vista era evidente que era un mago.
El báculo envuelto en mantas lo delataba sin esfuerzo.
Además había algo extraño.
El escudo.
Lo llevaba sujeto a la muñeca izquierda, como si estuviera atado permanentemente a su brazo.
No era la forma en la que un mago normal se equiparía.
De hecho, no era la forma en la que nadie se equiparía.
Era… raro.
Demasiado preparado para alguien que decía ser solo un lanzador de hechizos.
—Oye, chico, he notado que no has dejado de suspirar, ¿todo bien?— le hablo Suzanne.
El peli blanco no respondió.
Seguía mirando el suelo, como si el mundo frente a él no le interesara en lo más mínimo.
Chasqueé la lengua.
—Oye, Suzanne te está hablando— —Discúlpeme… solo estaba meditando…— respondió en tono apagado.
La conversación continuó, pero su actitud distante, casi desganada, empezó a irritarme.
Ni siquiera era educación básica.
Suzanne estaba siendo amable, y él apenas levantaba la cabeza.
—¡Suzanne solo te está preguntando por amabilidad!
¿Por qué eres tan cretino y estúpido?— le grité ante su falta de educación.
El me miro.
Y entonces…sonrió.
No molesto.
No burlón.
Solo… sonrió.
Eso me descolocó más que cualquier respuesta agresiva.
—¿Te ríes de mí?!— —No es eso, es solo que me recuerdas a alguien— dijo antes de responderle a Suzanne.
Suzanne le pidió que contara su historia.
La escuché a medias.
Desplazado.
Buscando a su familia.
Sí… era triste.
Lo suficiente para ablandar un poco el pecho.
Pero solo un poco.
Nada más.
Aparté la mirada, perdí el interés y me senté.
Después de todo, cuando terminara el viaje, no tendría que volver a verle la cara jamás.
————————— Continué el camino y me reuní con el resto de mi equipo al llegar a las tierras del norte.
El aire era más frío, más seco.
Incluso el bullicio del pueblo sonaba distinto, más tosco, más rudo.
Nos dirigimos directo al gremio para buscar misión.
Como siempre, olor a madera húmeda, sudor y cerveza barata.
Aventureros riendo, otros discutiendo recompensas, el tablón repleto de encargos arrancados a medias.
Me senté con mi equipo y, por un momento, el ambiente fue ligero.
Familiar.
O eso creí.
Hasta que Suzanne regresó.
Y detrás de ella venía él.
El mismo chico del viaje.
Suspiré con fastidio.
Al parecer, él había aceptado una misión de rango B y ella lo ayudó uniéndose a nosotros.
Demasiado alto para alguien que acababa de llegar.
Cuando empezó a presentarse, habló con una tranquilidad irritante.
Dijo que era mago.
También sanador.
Y además espadachín.
Fruncí el ceño.
El chico sí que sabía darse aires.
Ni siquiera los nobles presumían tantos roles al mismo tiempo.
Normalmente elegían uno… y aun así eran mediocres.
Pero él lo decía como si fuera lo más natural del mundo.
Eso solo empeoró mi impresión.
Aunque… había algo que no encajaba.
Empezaba a sospechar.
Había comprado demasiadas cosas en el pueblo anterior con demasiada facilidad.
Buen equipo.
Buenas provisiones.
Sin regatear.
Y ese báculo… Grande.
Exagerado.
Excéntrico.
Incluso envuelto en tela, se notaban tres puntas sobresaliendo.
Un arma costosa.
Demasiado costosa para un simple aventurero novato.
Todo gritaba dinero.
Todo gritaba noble.
Y entonces lo confirmó.
Dijo su nombre en el camino.
Rudeus Greyrat.
Sentí que algo me ardía en el pecho.
GREYRAT El maldito mismo apellido que llevaba el bastardo de Philemon.
Durante un segundo apreté los dientes tan fuerte que me dolió la mandíbula.
Pero la vida era así.
Injusta.
Y no iba a asesinar a alguien solo por compartir sangre con ese desgraciado.
Todavía no tenía motivos para odiarlo a él.
Todavía.
————————— “Me equivoqué”.
Suspiré en mi cuarto, dejando que el aire escapara lentamente de mis pulmones.
Rudeus no era un cobarde.
No era débil.
Era fuerte.
Absurdamente fuerte.
Un mago superdotado, capaz de usar magia silenciosa con una naturalidad que rozaba lo irreal.
Y, además, un guerrero ágil, que manejaba la lanza con una maestría inquietante, casi antinatural para alguien de su edad.
Cada vez que lo veía luchar, algo dentro de mí se removía.
No era admiración simple.
Tampoco miedo.
Era… desconcierto.
Pero seguro tenía algo malo.
Tenía que tenerlo.
No existía un hombre tan perfecto.
————————— Los meses pasaron volando.
Rudeus se unió a varios equipos en distintas misiones y, sin darme cuenta de cuándo ocurrió, se convirtió en el aventurero más reconocido del gremio.
Pero volvió.
Suzanne pidió una misión que requería un mínimo de seis participantes, y él se ofreció amablemente a ayudarnos.
Suzanne se opuso al inicio, seguramente por que él terminaría encargándose de todo.
Pero insistió.
Dijo que solo tomaría la sexta parte, como correspondía.
Y al final, terminamos yendo todos juntos.
—Será mejor que no cambies de parecer y quieras llevararte toda la recompensa— le dije, cruzándome de brazos.
—No lo haría— respondió con una sonrisa tranquila.
La frialdad de su mirada de antes se fue suavizando poco a poco, y empezó a mostrarse mucho más amable que al inicio.
“Al menos sí que mejoró en eso”, me dije.
La misión consistía en incapacitar o, en caso necesario, eliminar a un grupo que obstruía el paso de comerciantes hacia la ciudad.
Eran ladrones que habían cortado el suministro, y por eso la misión se había elevado a rango B, con una paga considerable.
Mimir y Timothy se mostraron reacios a aceptarla.
Era evidente que existía la posibilidad de tener que asesinar personas… o morir a manos de ellas.
Entonces Rudeus habló.
—Oigan, no se sientan nerviosos.
Yo les cuidaré las espaldas a cada uno de ustedes.
No permitiré que ninguno muera— dijo en tono calmado.
El grupo se llenó de confianza.
Yo, en cambio, lo miré con asombro.
Esto no podía ser realmente un noble.
Los nobles eran hijos de perra por naturaleza.
Pero él no.
Él era diferente.
A él no le importó su propia seguridad.
Una bola de fuego se conjuró muy rápido, demasiado cerca de mí.
El último de los enemigos se había escondido y lanzó el ataque a quemarropa.
Rudeus me cargó como a una princesa y, usando su espalda, me protegió del fuego.
Todo mientras conjuraba una bala de tierra dirigida al mago enemigo.
La bala atravesó su frente limpiamente.
El cuerpo cayó con un ruido seco.
Aterrizamos, y él me miró antes de hablar.
—¿Estás bien?— Un sonrojo cruzó mi rostro.
Este cambio de veeguenza a ira cuando noté que su mano izquierda estaba apoyada debajo de mis glúteos.
—Pervertido— le dije, molesta, dándole un golpe en la cara antes de apartarme de su agarre.
Se tocó la mejilla y suspiró.
—Lo lamento, debí ser más cuidadoso al agarrarte— Lo miré con asombro.
Un noble me habría devuelto el golpe.
Una persona normal se habría molestado conmigo después de salvarme.
Pero él no.
Él fue mejor.
Él era realmente perfecto.
Su cabello blanco era hermoso.
Su piel, impecable.
Su cuerpo, ligeramente tonificado.
—Lo lamento.
Tú me salvaste, no debí hacer eso— dije, fingiendo decirlo a regañadientes.
Él me regaló una vez más su sonrisa.
Esa sonrisa tan cautivadora.
Las misiones siguieron.
El siguio mostrandome que no era un acto.
El siguió mostrando que realmente era un hombre perfecto.
————————— Mientras regresábamos a casa después de una misión, lo acompañé.
Semanas atrás habíamos tenido un festejo, y los demás se emborracharon tanto que terminaron saliendo del local casi arrastrándose.
Yo, por mi parte, me quedé un poco más.
Rudeus, el único que permanecía sobrio, terminó llevándome hasta mi posada.
Cuando desperté, él ya estaba allí.
Preparaba un guiso de conejo que había cazado él mismo, solo para mí.
Con la resaca que tenía, no pude ni sostener la cuchara, y al final terminó dándome de comer en la boca.
Algo tan vergonzoso como íntimo.
Para compensarlo en mi falta de razon, le prometí que, de ahora en adelante, yo sería quien lo acompañara a casa.
No sabía cómo devolverle realmente lo que había hecho por mí… pero aun así, aceptó.
————————— Pasaron dos días desde que completamos una misión de recolectar escamas, y ahora estábamos en otra donde cazaríamos un grupo de lobos que atormentaban a los pobladores cercanos.
Mientras Rudeus rastreaba, por cierto, además de todo, este hombre también podía hacer de rastreador.
lo observé con atención.
Él lo llamaba instinto, pero que su nariz se moviera tanto al seguir el camino correcto y que sus orejas se agitaran ligeramente con cada sonido decía lo contrario.
—Chico, te lo digo, es sobrenatural lo bien que rastreas— habló Patrice cuando divisamos a los lobos a lo lejos.
“¿Acaso nadie más se da cuenta de que tiene instintos animales y que no son simples corazonadas?” Me guardé la pregunta, porque capaz salían con que solo le seguían el juego a Rudeus.
Ni siquiera tuvimos que mover un músculo.
Y lo más sorprendente era que no fue porque Rudeus interviniera, no.
Los lobos estaban en una pelea territorial.
Se atacaron entre ellos, gruñendo y desgarrándose sin piedad.
Uno tras otro fueron cayendo, hasta que el último se desplomó por sus heridas y murió desangrado.
—Eso sí que fue fortuito— dijo Suzanne.
—Wuju, paga por no hacer nada— dijo Patrice.
Timothy y Mimir solo rieron ante las payasadas de Patrice.
Nos dispusimos a recolectar los caninos fuertes, cuatro por cada lobo, fáciles de transportar como prueba.
Después prendimos una fogata para descansar y comer algo.
En algun momento de la charla Rudeus se apartó del resto.
Al cabo de unos minutos me preocupé y decidí buscarlo.
A la entrada del bosque, apoyando la cabeza en la base de un árbol, Rudeus estaba acostado.
Claramente dormido.
No había dormido la noche anterior.
Yo lo sabía, cuando llegó al gremio tenía ojeras, pero disimuló energía como siempre y terminó aquí, descansando por fin.
Me paré frente a él.
Su pecho subía y bajaba con calma.
Me puse de rodillas.
Más de cerca, sus labios brillaban bajo la luz.
Casi como un impulso que ni siquiera supe de dónde salió… Lo besé.
Cuando me di cuenta de lo que hice, ya estaba de vuelta en la fogata.
Rudeus regresó poco después.
Lo miré hablar con Patrice antes de apartar la mirada rápidamente.
—A que es guapo, ¿eh?— —Sí…— respondí por instinto— ¿A qué?— —Puajjajaja— rió Suzanne.
————————— Frío.
Eso era todo lo que sentía.
Me carcomía por dentro, como si estuviera atrapada en una prisión de la que no podía escapar.
Lo peor era que él no estaba aquí para salvarme.
Mimir estaba muerto.
Mi grupo se había dispersado.
Y ahora yo estaba aquí.
Sola.
Ya era prácticamente un cadáver.
Sentí un tirón brusco.
El frío desapareció de golpe, reemplazado por el abrazo cálido de otro ser humano, justo antes de que me cargaran sobre su espalda.
Abrí los ojos como pude y lo miré.
Era él.
—Ru… Rudeus…— murmuré.
En las comisuras de sus ojos vi rastros de lágrimas.
Lágrimas que había derramado por mí.
Él me quería.
Un recuerdo asaltó mi mente.
…… —Sara, ven aquí— llamó mi padre.
—¿Sí, papá?— pregunté al acercarme.
—Escuché que rechazaste y le dijiste gordo feo al hijo de Monka— —Es que lo es, y se me acercó con esa mirada asquerosa.
Él ya tiene catorce, yo solo tengo nueve— respondí.
—Es cierto, pero no debes responder así, siempre debes ser amable— —El mundo casi nunca lo es— le repliqué.
—Es cierto, pero alguien debe serlo primero para que otros lo sean— Suspiré antes de decir.
—Es que debo dejarle claro que nunca estaré con él.
Yo quiero que mi primer novio sea por amor de verdad— Un carcajada salio.
Sonrió antes de frotarme la cabeza y revolverme el pelo.
—Y dime, ¿cómo sería esa persona?— Sonreí antes de hablar.
—¡Como tú!
Fuerte, valiente, amable y cariñoso— —Jaja… si encuentras a alguien que te haga feliz, no lo sueltes, hija mía— Sonreí y asentí.
—Es una promesa— termine.
……… “Creo que lo encontré, padre”, pensé.
————————— Rudeus cumplió catorce años y yo ya tenía quince desde el año pasado.
¿Por qué era esto importante?
Porque me resultaba vergonzoso admitir, incluso ante mí misma, que estaba enamorada de alguien menor que yo.
El tema nunca salió hasta que él lo mencionó en el gremio, mientras comíamos, diciendo que ese día cumplía catorce.
—¿Wao, en serio?— dijo Patrice— Cuando llegaste pensé que ya tenías quince o incluso dieciséis— Él solo se rascó la cabeza con timidez.
—La verdad no los culpo, hubo incidentes en los cuales me di estirones— Yo sabía a qué se refería.
Nuestra relación cercana me había permitido saber más cosas que los demás.
Incluidas historias como su tutoría en la casa de los Boreas, donde al final lo vieron como parte de la familia.
Y, de forma inquietante, la deducción que hice cuando me contó que estuvo en una región desértica del continente demoniaco, acompañado solo por un cadáver durante cinco días.
Y que los últimos dos días no pasó hambre.
También cómo murieron sus amigos Kurt, Bachiro y Gablin.
Su culpa por no haber sentido dolor por la muerte de los dos últimos.
Y cómo conoció a la séptima, ahora quinta, potencia mundial.
Yo era prácticamente una enciclopedia de la vida de Rudeus… o al menos eso creía.
Aún no sabía por qué seguía usando ese tonto parche en su ojo derecho.
Pero el patrón, y el hecho de que fuera de distinto color, me hacía pensar que tal vez era un ojo de demonio.
Entonces, ¿por qué usar el parche si tenía unas reservas de maná tan monstruosas como ya había demostrado en más de una ocasión?
Suspiré mientras lo miraba reír.
Otro suspiro escapó de mis labios.
Pero esta vez no fue de cansancio.
Fue de anhelo.
————————— —¡Aléjate de él, maldito!— le grité al asesino mientras cargaba otra flecha.
El sonido de la cuerda tensándose cortó el aire.
El hombre chasqueó la lengua y retrocedió, dándose media vuelta.
Se retiró sin decir nada, dejando atrás los cadáveres de sus compañeros como si fueran simple basura.
El bosque quedó en silencio.
Solo el olor a sangre.
Y el ruido espeso de mi respiración.
Después de una charla con Rudeus, este decidió enterrar los cuerpos.
No dije nada.
Solo lo ayudé.
Arrastrarlos fue horrible.
Eran un desastre sangriento.
Uno estaba degollado, la garganta abierta de lado a lado.
El otro tenía el cuero cabelludo arrancado, como si le hubieran desollado la cabeza sin piedad.
Tuve que apartar la mirada un momento.
—Esto es un poco… muy brutal— le dije.
—Cuando peleo suelo explotar cualquier debilidad, por más dolorosa que pueda ser para mi rival— se excusó.
Lo dijo con una calma extraña.
No orgulloso.
No avergonzado.
Solo… práctico.
Como si hablara del clima.
Por primera vez entendí que esa amabilidad suya no significaba que fuera blando.
Rudeus podía ser aterrador.
Y aun así… era él.
… Regresamos a su posada cuando el sol ya caía.
Me dispuse a cuidarlo.
Le preparé su desayuno, su almuerzo y su cena.
Ordené la habitación.
Lavé su ropa.
Incluso revisé sus vendas por si tenía heridas que no me hubiera contado.
Él no dijo nada.
Se concentró por completo en sus planos, en sus papeles llenos de fórmulas y círculos mágicos.
Estaba por primera vez en mucho tiempo… desconectado.
Ausente.
Como si una parte de él siguiera enterrando cadáveres.
… —No sé qué hacer— le dije a Suzanne.
Ella me miró como si la respuesta fuera obvia.
—Invítalo a salir— respondió.
—¿Qué?— me sonrojé.
—¿Ves?
No hay nada que pueda cambiar más a alguien que una invitación a salir, y más si la que invita es una mujer.
Generalmente es el hombre— dijo y me guiñó un ojo.
Bufé.
Pero mi corazón latía demasiado rápido.
Salí del bar con la excusa de comprar comida para Rudeus.
Aunque en realidad… Solo estaba reuniendo valor.
———— *Beso* *Beso* La habitación de Rudeus ya casi parecía mía.
Mi capa colgada junto a la suya.
Mis botas al lado de las suyas.
Mi olor mezclado con el suyo.
Solo habían pasado dos días desde que empezamos a salir… y prácticamente ya vivíamos juntos.
Ridículo.
Acelerado.
Perfecto.
Realmente él era el amor de mi vida.
—Sara, voy a ir a por los encargos que le dejé al herrero, ¿quieres acompañarme?— Sonreí.
—¿Es necesario preguntar?— le dije antes de besarlo una vez más— Oye, hasta ahora no me contaste por qué usas ese parche— —¿Esto?— dijo, tocándose el ojo— Bueno, es solo que este estúpido ojo de demonio me marea, nada más— se encogió de hombros.
Eso terminó de responder lo que me faltaba.
Así que era eso.
Un ojo de demonio.
Algo peligroso.
Algo extraño.
Algo que, aun así, él cargaba como si no fuera nada.
Sonreí.
Porque, de alguna forma, eso también era muy propio de Rudeus.
Siempre soportándolo todo solo.
Sin quejarse.
Sin presumir.
Como si salvar al mundo fuera simplemente… otro día más.
————————— Los días después del funeral de Timothy y Patrice fueron duros.
Pesados.
Cada mañana costaba levantarse, y cada noche parecía no terminar nunca.
Pero con la ayuda de Rudeus, el dolor se volvió pasajero.
No desapareció.
Solo dejó de doler todo el tiempo.
Sin embargo, con cada salida… Cada día… Cada interacción… Poco a poco, él se fue enfriando.
Decidí no prestarle atención.
Me convencí de que era el cansancio, el duelo, las misiones.
Pero al cumplirse un mes desde el funeral… Él rompió conmigo.
Lo abofeteé.
Lo insulté.
Y escapé.
Escapé hacia la única familia que me quedaba.
Y me dormí en su cama, exhausta, rota.
—Sara, ¿te encuentras bien?— dijo Suzanne durante el desayuno del día siguiente.
No respondí.
Solo seguí moviendo la comida con la cuchara, sin probarla.
Entonces me derrumbé.
Y lloré otra vez.
—Sara, ya dime, ¿qué pasó?— —Él… él rompió conmigo— lloré más fuerte.
Suzanne ya sabía que éramos pareja desde la muerte de Timothy y Patrice.
No dijo nada.
Solo me abrazó con fuerza.
—Oye, yo los vi.
Él te amaba.
Hay que ir a buscarlo, tal vez fue un malentendido— La miré con esperanza.
No había pensado en eso.
Corrí junto a mi casi hermana y llegamos a su posada.
Usando la llave que él me había dado, entré a su habitación.
Mis cosas estaban allí.
Las suyas no.
Miré el suelo.
Cantidades industriales de cabello blanco yacían esparcidas en el baño.
—Se fue…— dijo Suzanne, cabizbaja.
Me derrumbé a llorar una vez más, me apoye en su cama.
Pero entonces lo entendí.
Él aún me amaba.
Me amaba tanto como yo a él.
El me amaba tanto como lo hizo el… …..
—¡Corre!— gritó mi padre mientras corría en dirección contraria.
Los monstruos lo persiguieron a él.
Yo, escondida, tuve la oportunidad de salir de ese lugar.
Él me amaba tanto que llamó la atención en la dirección opuesta para salvarme.
…..
—Él me está protegiendo— susurré.
Suzanne abrió los ojos.
Todo encajó.
—Ellos lo buscaban a él después de todo… los asesinos, esos hombres— reflexioné—.
Hay que buscarlo— —Si él te está protegiendo, ¿no sería mejor esperar?
Seguro volverá— —¡No!— grité—.
Yo lo amo.
Con todo mi ser lo amo, y no permitiré que lo aparten de mí— Suzanne volvió a la posada para recoger nuestras cosas.
Yo, con cuidado, recogí el cabello de Rudeus y lo até con una liga.
Él estaría conmigo por siempre.
Y no dejaría que se apartara de mí.
… —¿De casualidad conocen a Rudeus Greyrat?— nos preguntó una elfa.
Era hermosa.
Cabello rubio atado en colas que caían en rulos.
Figura fina y sexy.
Un cuerpo tonificado.
—¿Por qué preguntas?— dije secamente.
—Oh, mis modales— dijo antes de presentarse—.
Soy Elinalise.
Busco a Rudeus a petición de su padre, y esto se volvió más urgente pues dejó de contactarlo— —Me dijeron que tú eras su novia y quería ver si lo conocías— Eso me dejó atónita, pero sacudí la cabeza.
—Se escapó.
Estábamos por ir a buscarlo— —Oh, entonces, teniendo un objetivo en común, quisiera que nos apoyáramos mutuamente— dijo.
—Está bien, entre más, mejor— respondí.
—En ese caso, por favor acepten esto— dijo, extendiendo dos pulseras—.
Estas nos ayudarán a esconder nuestro maná y pueden activar una barrera de protección— Activó una pequeña barrera como demostración.
“Interesante”, pensé.
Eran familiares.
Se parecían mucho a la pulsera que llevaba Rudeus durante el último mes.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com