Mushoku tensei: Hitogami me quiere muerto, lo matare. - Capítulo 50
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- Capítulo 50 - 50 Capítulo 49 Mata
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50: Capítulo 49: Mata 50: Capítulo 49: Mata Año 422K Rudeus POV El galope constante de varios caballos llenó el bosque, rompiendo la calma con un eco seco y rítmico que hacía vibrar las hojas cubiertas de escarcha.
Para mi buena fortuna, en el camino aparecieron cuatro asesinos más, cada uno montado en un caballo.
Fitts y Luke se pusieron en guardia de inmediato.
Pero yo sabía que esto acabaría rápido.
Los hombres adelantaron y bloquearon el camino, bajándose de sus monturas con movimientos coordinados.
—Ariel, ríndete, no tienes a dónde más ir, esos guardaespaldas no te protegerán para siempre— dijo el líder.
Fitts se posicionó firme frente a Ariel, cubriéndola con su cuerpo.
Yo caminé hacia ellos a paso lento.
Sin prisa.
Sin tensión.
Como si solo estuviera dando un paseo.
—Quítense, o los mato— dije en un tono natural.
—¿Quién mierda te crees?— dijo uno de los de atrás.
—No, tú serás el que se rendirá— habló el líder nuevamente.
—Respuesta incorrecta— dije.
Usé magia de tierra.
Con el signo de disparo en mi mano, una bala de piedra atravesó su cráneo con rapidez.
Un sonido húmedo.
Luego silencio.
Los otros tres se pusieron alerta.
Corrieron alrededor mío.
Uno saltó, con su pierna derecha adelante en una patada voladora, cuchillo en mano.
Esquivé con facilidad y atrapé su pierna en el aire.
Con mi otra mano sujeté su muñeca.
Crujido.
La quebré con un ruido sordo.
—¡Ahhh!— gritó.
Para su mala suerte, su tormento no acabaría ahí.
Los otros dos cargaron desde izquierda y derecha.
Usando al hombre como arma, lo agité de un lado a otro.
El de la izquierda salió despedido contra un árbol y cayó de espaldas, inconsciente.
El otro no tuvo tanta suerte.
Se desnucó contra una roca que se atravesó en su trayectoria.
Fitts y Luke bajaron la guardia.
Solté el cuerpo… pero aún sostenía al hombre de la muñeca destrozada.
Intentó tomar un cuchillo con la otra mano.
Mis ojos ya habían visto ese futuro.
Lo azoté contra el suelo.
Sus brazos se extendieron, abrazando la tierra en un desastre sangriento.
No me molesté.
Aún quedaba uno vivo.
Era suficiente para sacar información.
Me acerqué.
El hombre se levantó tambaleante, tosiendo sangre.
Mi ojo clarividente mostró cómo intentaría degollarse.
No lo permití.
Atrapé su mano antes de que lo hiciera y se la rompí.
—¡Ahhh!
—¿A quién sirves?— dije.
—Vete al carajo— respondió, apenas soportando el dolor.
Ariel se acercó interesada.
Luke y Fitts la siguieron.
—Que se joda la familia real— escupió.
Clavé el cuchillo que intentaba usar en su otra mano, fijándolo al árbol.
—¿Sabes lo que le hice al último que vino a matarnos?— hice una pausa— Le corté ambos brazos y lo dejé ahogarse— —No creo que ese sea tu escenario de muerte deseado— Lo miré directo a los ojos.
Esperé.
Su mirada no se apartaba.
Pero de un momento a otro, su cuerpo se aflojó.
Lo moví con fuerza.
Con mi ojo derecho vislumbré su boca abierta.
Se suicidó, ahogándose con su propia lengua.
—Mierda…— —Espera, ¿cómo se murió?— dijo Luke, asombrado.
—Se ahogó a sí mismo con su lengua— dije.
—¿Cómo es eso posible?— preguntó Fitts.
—Evitar traicionar a su amo.
Fue… honorablemente desafortunado— Ariel observó en silencio mientras yo pasaba de estar junto al cadaver sangriendo a acercarme a los caballos.
Apoyé la mano sobre el lomo de uno antes de montarlo.
Se resistió, se agito e intento tirarme de su lomo, pero terminó aceptándome ante mi renuencia a soltalo.
Siguiendo mi ejemplo, los guardaespaldas también montaron, Luke cayo un par de veses pero termino domandolo y el caballo de Fitts fue extrañamente docil.
Ariel no subió al suyo.
Subió al mío.
—Sir Ryo, espero no le moleste, pero usted es el más capacitado para protegerme ante lo visto hasta ahora.
Le confío mi seguridad— —Pero princesa— habló Luke.
Ella solo lo miró, no con una mirada intimidante ni mucho menos pero el calló.
—Me halaga— dije.
Por primera vez en mucho tiempo me permití observar el paisaje, el bosque salpicado de nieve era hermoso.
Blanco, silencioso, casi puro.
No era algo que hiciera normalmente, yo siempre estaba en guardia, nunca me permitia bajarla.
Pero el tercer ojo en mi frente me avisaría si hubiera peligro, asi que podía descansar.
Aunque fuera un poco.
—Sir Ryo— empezó Fitts.
Me giré.
—¿Sucede algo?— —¿Por qué nos sigue ayudando?
Ya vio el poder monetario que manejan nuestros rivales.
No creo que usted esté aquí por una simple paga— Luke se tensó visiblemente.
Si yo cambiaba de bando, podría matarlos a los tres con facilidad.
Ariel escuchó sin interrumpir.
—Se equivoca.
Yo recibiré mi paga, y será con intereses— hice una pausa— —Y cobraré cada ayuda que me pidan cuando Ariel sea la reina— —¿Eso quiere decir que nos está apoyando?— ahora pregunto Ariel.
—En efecto— dije con simpleza.
Luke suspiró.
Ariel sonrió.
Tras un largo camino por fin divisamos nuestro destino.
A lo lejos, por fin, la universidad de magia se hizo visible.
Era prácticamente un castillo.
Torres altas, muros gruesos, piedra blanca reforzada con magia.
No parecía una escuela, sino una fortaleza preparada para resistir una guerra.
Entré por los portones principales junto a Ariel, Fitts y Luke.
Y me quedé atónito.
La variedad de razas era abrumadora.
Demonios de cuernos curvos, pieles azuladas o grises, colas largas arrastrándose por el suelo.
Gente de clanes bestia con orejas erguidas, colmillos visibles, pupilas afiladas.
Humanos, enanos, mezclas imposibles.
Un pequeño mundo comprimido en un solo lugar.
Eso me recordó que varios clanes bestia habían sido clasificados como demonios por haber luchado del lado de Laplace.
Los pocos que aún conservaban el título de bestia pura eran los Dedoldia y los Adoldia.
Los Dedoldia, emparentados con felinos.
Los Adoldia, con caninos.
Sus rasgos diferían apenas, pero sus naturalezas eran opuestas: unos perfeccionaban la potencia bruta, los otros la resonancia y la coordinación.
A lo lejos distinguí un par de estudiantes muy parecidas a las niñas del pueblo bestia donde me quedé antes de Milis.
Por un segundo casi sentí nostalgia.
Seguí caminando junto a los tres.
Por la conversación que llevaban, parecía que estaban tratando asuntos de la presidencia estudiantil.
Nombres, reportes, quejas, presupuesto.
—Veo que ya tienen un buen estatus aquí— dije.
—Oh, sí.
El año pasado logramos obtener la presidencia— dijo Fitts con modestia.
En eso, dos chicas llegaron corriendo.
—¡Princesa Ariel!
Nos llegó la noticia de lo que pasó, me alegro tanto de que estén a salvo— dijo una peli negra con gafas, claramente exaltada.
Detrás de ella venía otra chica, de cabello hermoso con algunos rulos suaves que le caían sobre los hombros.
—Todo es gracias al señor Ryo, hizo de guardaespaldas de una manera excelente— La charla siguió mientras contaban lo sucedido.
Yo me limité a escuchar.
No me gustaba ser el centro de atención.
Llegamos al edificio del consejo estudiantil.
Amplio.
Ordenado.
Demasiado formal para ser una simple sala escolar.
Ariel se sentó en el escritorio principal como si siempre hubiera pertenecido ahí.
Luke y Fitts se colocaron a sus costados.
Klenne y Elemore pasaron a la habitación adyacente para atender otros asuntos.
Saqué la tableta de la misión y se la extendí.
Primero lo primero.
Ella firmó sin dudar.
—Como prometí, veré qué puedo hacer para que usted obtenga una matrícula— —Me alegra oír eso— dije.
—Bueno, eso sería todo por hoy.
Por favor venga mañana para recibir una respuesta de este asunto— Asentí.
No tenía nada más que hacer ahí.
Salí y me dirigí al pequeño pueblo que rodeaba la universidad, buscando un lugar donde pasar la noche.
Al entrar a la habitación que alquilé, alguien ya estaba dentro.
Recostado en la ventana estaba el enmascarado.
Como siempre, apareciendo sin hacer ruidoy esta vez con calma valanciaba una pluma entre sus dedos.
—Veo que lograste llevarla aquí a salvo… pero no sin levantar sospechas… y sin usar la magia sin canto— —Bueno, ya sabes.
Ese hombre que nos ataco era fuerte por derecho propio— —Lo que sea.
Escucha, tengo dos cosas que decirte— Alcé una ceja —Te escucho— —Primero, quiero que vayas al Santuario Santo de la Espada y entrenes con Gal Farion hasta lograr su nivel.
Y segundo, que vuelvas para seguir protegiendo y ayudando a Ariel— Fruncí el ceño.
—Espera, justo acabo de conseguir una forma para estudiar aquí.
Realmente quiero obtener más conocimientos de distintos tipos de magia— —Calma.
El año escolar iniciará después para ti.
Solo te estás inscribiendo— Er somo si siempre teubiera todo calculado.
Chasqueó la lengua justo antes de irse como si acabara de recordar algo.
—Casi se me olvida— Se giró y me lanzó un objeto.
Lo atrapé por reflejo antes de que cayera al suelo.
Un pergamino.
—Léelo, te ayudara— Asentí lentamente.
Y, sin más, se dejó caer por la ventana.
Como si la gravedad no le importara.
… Me reuní con Ariel a la mañana siguiente.
El aire era frío y limpio, típico de Ranoa.
La nieve aún cubría los bordes de los tejados y el vapor salía de mi boca cada vez que exhalaba.
Ella me dio indicaciones precisas para llegar a una sala del edificio principal.
El director me estaría esperando.
Recorrí los pasillos de piedra en silencio.
Mis pasos resonaban suaves, amortiguados por las alfombras largas y oscuras que cubrían el suelo.
Todo olía a pergamino viejo, tinta y madera pulida.
Un lugar dedicado al estudio.
Un lugar donde, por primera vez en mucho tiempo, no tenía que pensar en matar a nadie.
Entré a la sala.
Era amplia y estaba repleta de decoraciones como las de el castillo de un noble, con estanterías repletas de libros y documentos.
Una ventana alta dejaba pasar la luz grisácea de la mañana.
Me senté a esperar.
Por puro aburrimiento llevé la mano a mi cabello y jugué con él entre los dedos.
Chasqueé la lengua, este nuevo corte me quedaba horrible.
Corto y sin vida.
Casi lloré al recordar la melena blanca, larga y suave que me había acompañado antes.
Ese cabello que Sara solia acariciar mientras estabamos en mision.
El que se movía con el viento cuando corria.
Ahora solo quedaban mechones pobres y sin gracia, con una cola de caballo que me hacia sentir raro.
“Maldita sea…” La puerta se abrió.
Un hombre mayor entró con paso tranquilo.
Cabello gris, ligeramente rizado, peinado hacia atrás.
Vestía un atuendo negro con detalles azules y dorados.
Elegante, pero sin excesos.
—Lamento la demora, un gusto, soy el profesor Jenius— —El gusto es mío, mi nombre es Ryo— Se sentó frente a mí, observándome con una mirada aguda, analítica.
Como si ya me estuviera evaluando.
—Me alegro de poder verlo, Ariel me habló bien de usted— —Mago mínimo de nivel avanzado que lanza hechizos sin canto, eso es una gran particularidad— “Claro que lo mencionó… no le dije nada”, pensé, dándome una bofetada mental por el descuido.
Genial.
Mi discreción cada vez servía menos.
—Me alegra oír eso de usted— dije con calma ante el elojio.
—Para nada, eso es un gran logro que además de nosotros solo hay dos personas más vivas que pueden— —Como sabrá la primera es el talentoso Fitts y el otro es el aventurero Dead End— Mis ojos se abrieron detrás de la máscara.
“¿Realmente eso era tan conocido?” Dead End el apodo realmente habia pasado de boca en bocas hasta este lugar, literalemnte esta era la otra punta del mapa mundial.
Parecía que mi reputación me perseguía incluso cuando intentaba esconderme.
—Supongo que sí— respondí, forzando neutralidad.
El profesor entrelazo los dedos sobre su ragazo y se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Pasando al tema central, ¿me podría decir cuáles son sus motivos para unirse a nosotros?— preguntó con educación.
Directo.
No parecía desconfiado, pero tampoco ingenuo.
—Mis razones son varias, entre ellas están las referencias de algunos magos y, por supuesto, que aquí tienen un ambiente en el cual se puede investigar y compartir conocimientos con facilidad— Y, sobre todo, bibliotecas.
Muchísimas bibliotecas, pero eso me lo guardé.
Jenius asintió lentamente antes de hablar.
—Bueno, joven Ryo, quisiera decirle que tengo pensado ofrecerle una matrícula de estudiante especial, o sea una donde usted no tenga que pagar— “¿Una beca?” Parpadeé.
Eso… era demasiado conveniente.
—A cambio, sus avances y/o reputación servirán de publicidad para nuestra universidad— Ahí estaba el truco, bueno era sufucientemente bueno, solo publicidad pagada con estuios y ya.
—Pero, si me disculpa, quisiera hacer una prueba con usted para ver con mis propios ojos su capacidad— Arqueé una ceja.
—¿Qué tipo de prueba?— pregunté.
… “Debí suponerlo”.
Frente a mí estaba Fitts, el mago más talentoso de la universidad y el único capaz de hacerme frente sin morir en el intento.
Claro.
Si querían medir mi nivel, tenía sentido enfrentarme contra su mejor pieza.
Era un combate sin canto.
O sea, sí o sí tenía que seguir mostrando esa habilidad.
Suspiré para mis adentros ante la mala situación.
Había un montón de gente alrededor, estudiantes, profesores, curiosos.
Demasiados ojos, no necesitaba espectaculos asi que terminaria esto rapido y mostrando lo menos posible.
Fitts desenfundó su varita.
Esta vez pude verla con claridad.
Delgada, elegante… y extrañamente familiar.
Antes no la noté en el calor de la batalla, pero ahora, frente a mí, esa varita me resultaba conocida.
No sabía de dónde, pero algo en ella me incomodaba.
Activé el ojo de visión futura.
El maná fluyó hacia mi ojo con fuerza y visualicé en el siguiente segundo un hechizo de agua que era disparado directo a mi torso.
Me agaché de inmediato y pose ambas manos en el suelo.
Un muro de tierra se alzó frente a mí con un crujido seco.
El proyectil impactó.
La pared absorbió el golpe, y bajo mi orden la devolví al suelo, deshaciéndose como si nunca hubiera existido.
Camine hacia a el sin prisa Él lanzó una bala de tierra.
La esquivé inclinando apenas el cuerpo.
Sin detenerme, conjuré el mismo hechizo.
Pero multiplicado por cincp, los disparos comprimidos silbaron en el aire.
Las balas cayeron sobre él.
Intentó esquivar pero tropezó aunque se salvo d ela mayoria.
Solo tres de las cinco impactaron, pero fue suficiente.
Los murmullos empezaron alrededor.
Fitts, claramente derrotado, usó magia curativa sobre sí mismo mientras aun estaba tirado en el suelo.
Nada grave, seguramente lo unico roto podria ser suolo orgullo.
Me acerqué y le ofrecí mi mano con una sonrisa apenas burlona.
Él la tomó.
Al tacto, incluso a través del guante, sentí lo delicado de sus manos.
Suaves y sin cicatrices.
“¿Acaso así se siente la mano de un mago que nunca blandió un arma contundente?” Incluso el bastón de Timothy le había dejado la mano ligeramente callosa.
Las de Fitts… eran demasiado frágiles, más que las de cualquier combatiente al que me enfrente o que conoci.
Más que las de un hombre acostumbrado a pelear.
… —¿En serio te vas?
Acabas de llegar —dijo Fitts.
Su voz sonó más baja de lo normal.
Casi… decepcionada.
—Lo sé —respondí— pero mientras inicia el siguiente año académico tengo que atender un asunto personal— No podía quedarme o por lo menos no todavía.
El Santuario de la Espada esperaba.
Ariel, sentada detrás del escritorio, asintió con calma, entrelazando las manos sobre la mesa.
Siempre tan serena.
Tan propia de la realeza.
—Entendemos.
Esperamos poder verlo el siguiente año —dijo con una sonrisa educada.
No era una orden.
Si todo salía bien… este lugar sería importante para mi crecimiento y para mi futuro.
—Considérelo un hecho —respondí con una sonrisa tranquila.
Luego me di la vuelta.
Sin despedidas largas.
Solo el sonido de mis pasos alejándose por el pasillo.
————————— Alguien me seguía.
Mientras cabalgaba hacia el Santuario de la Espada, no podía quitarme de encima esa sensación.
Esa mirada.
Pesada.
Penetrante.
Como si alguien clavara los ojos en mi espalda sin parpadear.
Lo más preocupante de todo era que el tercer ojo superd no me decía nada.
Ni una sola advertencia.
Ni una visión, absolutamente impotente ante el claro presentimiento que estaba seguro y no era de locura.
Ese instinto primitivo que te grita que estás siendo cazado me hablaba.
Debía agradecer a los rasgos del clan bestia, que, he de admitir, eran mucho más amplios de lo que creí al principio.
No solo podía usar su rugido.
Al mandar maná de Laplace a mis oídos, estos se transformaban, se volvían orejas de lobo.
O bueno… tal vez una mezcla entre gato y perro, ligeramente puntiagudas.
Más sensibles.
Capaces de captar hasta el crujido más leve de una rama.
También podía sacar la cola de ese clan.
A simple vista era inútil o estorbosa, incluso.
Pero tenía una función para darme equilibrio, con ella mi balance se volvía casi inhumano.
Podía girar, frenar o cambiar de dirección sin perder estabilidad.
Incluso correr a cuatro patas con una naturalidad que habría resultado vergonzosa si alguien me viera.
Pero eficiente.
Ridículamente eficiente.
Aunque, siendo honesto… Por mi falta de dominio, la cola superd seguía siendo muy superior en combate.
Más reactiva y instintiva y oor supuesto mucho más letal.
Aun así, ahora mismo no pensaba en pelear, solo pensaba en lo que me asechaba.
Porque cuando ni siquiera mi tercer ojo podía detectarte… Eso significaba una sola cosa.
Quien fuera que me seguía…era peligroso.
… Esa misma noche abrí el pergamino que me dio el enmascarado.
Para mi suerte lo que sea que me siguiera habia parado y me dejo continuar con mi vida.
El pergamino era… fascinante.
La misma magia de la Diosa Dragón.
Magia para interrumpir encantamientos.
Algo que, hasta hace poco, habría considerado inútil.
Pero el mundo estaba cambiando.
Y yo también.
Ya no era el único capaz de usar magia sin canto y en un combate tan frenetico.
Había más como yo.
Más personas que podían igualar mi velocidad de lanzamiento.
Antes eso no me preocupaba.
Era una habilidad rara… y más raro aún era que alguien tuviera los reflejos para usarla correctamente en mi contra.
Pero ahora… Era necesario prepararme.
Se llamaba magia de interrupción.
En el pergamino había diagramas detallados de un cuerpo humano, con canales de maná recorriéndolo, mostrando el proceso de construcción de un hechizo.
Y luego, la interferencia.
Mi maná no formaba un hechizo propio.
Salia disparado a gran velocidad antes de interponerse en la creacion de cualquier forma que tomara el mana.
Rompía la estructura antes de que el conjuro naciera, y eso era peligrosamente efectivo.
Empecé a practicarlo de inmediato, sin duda era algo que tenia que aprender von prioridad.
… El Santuario de la Espada.
Y tenía que ser así.
Mi yo gordo de la vida pasada no habría avanzado ni un carajo.
Las escaleras estaban frente a mí, y eran absurdamente largas, interminables a simple vista.
Como si alguien hubiera decidido construirlas solo para burlarse del que intentara subir.
Suspiré.
Había dejado el caballo antes de llegar.
Sabía que aquí no serviría de nada, ya conocia con me toparia al llegar, el tramo seria a pie.
Solo yo… y bueno, mi resistencia.
Así que empecé a escalar proponiendome un reto en el proceso, seria muy simpre escalarlo sin mas con trucos y la verdad seguramente esto era parte de la prueba.
El dogo más famoso del continente.
————————— Año 4xxK Narrador POV Bajo la lluvia incesante, Rudeus corrió sin parar.
El bosque profundo, cerca de la región de Ranoa, lo obligó a sacar su cola de los clanes bestia y correr a cuatro patas.
Cuando una roca se interpuso en su camino, la saltó sin dudar, y luego empezó a impulsarse por las ramas de los árboles.
El humo se veía a kilómetros.
Cayó de los penúltimos árboles antes de vislumbrar su casa.
Ardía en llamas.
Un incendio tan feroz que ni siquiera la lluvia lograba apagarlo.
Sin ceremonias, lanzó una ventisca helada.
El fuego se detuvo de golpe, congelado al instante.
Destapó un frasco que llevaba en la mano mientras seguía corriendo, listo para entrar y salvar a sus amadas esposas.
*¡GOLPE!* Un impacto brutal lo lanzó por los aires.
Su cuerpo chocó contra una roca dura.
Tres figuras se interpusieron en su camino.
Tres sombras bloqueando el acceso a salvar a su familia.
—¿¡Por qué no se mueren de una puta vez!?— les gritó.
El de enfrente rio.
Los otros dos le dedicaron miradas burlonas.
Uno llevaba placas de metal cubriendo todo su cuerpo sin sacrificar movilidad.
La cicatriz en su frente mostraba el rencor que arrastraba, mientras empuñaba la espada Kajakut.
El otro usaba un protector de garganta que ocultaba su propia cicatriz, y sostenía una espada de un solo filo.
El último tenía el torso descubierto, vistiendo la fustanella característica de su padre.
En sus hombros, las cicatrices de las heridas que alguna vez lo dejaron agonizando y empuñaba nuevamente tres espadas.
Los tres clavaron la mirada en Rudeus, sus antinaturales ojos negros con pupilas rojas brillando bajo la lluvia.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com