Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction - Capítulo 15
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- Capítulo 15 - 15 Interludio La madre de la familia Greyrat
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15: Interludio: La madre de la familia Greyrat 15: Interludio: La madre de la familia Greyrat Una de las enseñanzas de la Iglesia Millis era: “Un hombre y una mujer deben amarse solo mutuamente, de a uno”.
Aunque yo había huido de casa, esa doctrina que me repitieron desde pequeña, y que era la norma en la escuela, seguía profundamente arraigada en mí.
Por eso, un día le dije: “Si no tocas a ninguna otra mujer, entonces puedes acostarte conmigo”.
Él sonrió y aceptó.
Yo sabía que me estaba mintiendo.
Pero pensé que no me importaba.
Si me engañaba, entonces podría dejar de quererlo.
En aquel entonces también era ingenua, imprudente y necia.
Porque con esa única vez…
terminé embarazada.
No sabía qué hacer, y esa incertidumbre me invadía con ansiedad.
Jamás se me ocurrió que Paul asumiría la responsabilidad y se casaría conmigo…
y así fue como llegó el día del parto.
Porque este día es algo que no olvidaré jamás, ni para bien ni para mal: nacieron mis dos hermosos hijos, Daiki y Rudeus Greyrat.
Mis hijos.
Míos.
Pero también recuerdo el momento en que Paul me acusó de haberle mentido acerca de Daiki.
Y lo entendía, claro que lo entendía: desde su punto de vista debió de ser algo chocante.
Aun así, jamás creí que sería capaz de acusarme directamente.
Tal vez esperaba que pensara que había sido un error…
una confusión.
Con el tiempo, aquel dolor se transformó en algo distinto.
En una determinación férrea.
Porque Daiki sí es mi hijo, y si Paul había dudado de mí por su apariencia, entonces yo lo amaría el doble para compensarlo.
Rudeus, siempre tan expresivo y curioso desde el principio.
Y Daiki, tranquilo y observador, pero también inteligente y único.
Rudeus siempre buscaba mi atención.
Daiki la aceptaba…
pero nunca la pedía.
Rudeus sonreía con facilidad.
Daiki…
a él le costó mucho más.
Todavía recuerdo aquellas tardes en las que, siendo apenas un bebé, me observaba con curiosidad mientras lo bañaba.
Y cuando llegó el día en que finalmente sonrió, lloré.
No fue algo breve ni tardío: ocurrió al instante, porque supe que era un momento único…
y porque entendí que yo había sido la responsable de aquello.
Esa sola sonrisa, aunque leve, había valido cada momento de dolor desde la acusación de Paul.
Y ahora, años después, observaba a mis dos hijos mayores cuidando de sus hermanas menores.
Mis hermosos hijos que hicieron todo para que Aisha se salvara, ahora estaban asumiendo sus cargos como hermanos mayores.
Todavia recuerdo aquel dia, fue el más doloroso de mi vida, incluso llegué a pensar cosas horribles cuando dormía sola.
Hasta que una vez, mientras estaba asumiendo dormir sola de nuevo, la puerta se abrió lentamente viendo a un Daiki que nunca antes había visto.
—Mamá…
Lo siento por mis palabras, no las medí…
—Hijo…
—Yo…
puedo…
¿dormir contigo en esta ocasión?
Y cuando se durmió en mis brazos, con su respiracion tranquila y sus ojos llorosos, entendí que el había hecho esto para que no me sienta tan mal.
Te amo, aunque si dolieron esas palabras, entendí que era para algo mejor.
Ahora, en el presente.
Rudeus estaba haciendo caras graciosas a Norn, sacando la lengua y haciendo sonidos ridículos para hacerla reír.
—¡Bero-bero-baa!
—¡Kya, kya, baa, baa!
Norn reía encantada.
Y Daiki…
Daiki estaba sentado junto a la cuna de Aisha, con un libro en una mano.
Pero no lo estaba leyendo.
Lo sostenía de tal forma que las ilustraciones quedaban visibles para la bebé.
—Este es un conejo.
—Decía con su voz calmada, señalando la imagen—.
Son suaves.
Saltan mucho.
—¡Aa!
—Aisha balbuceaba, alcanzando la página con sus manitas.
—Exacto.
Conejo.
No estaba haciendo caras graciosas como Rudeus.
No estaba usando voces tontas.
Pero Aisha estaba completamente absorta, mirándolo con esos ojos llenos de adoración absoluta.
Porque esa era la diferencia entre mis hijos.
Rudeus entretenía con energía y expresión.
Daiki calmaba con presencia y paciencia.
—Ufufu…
No pude evitar soltar una risita al ver la escena.
Rudeus se giró, sonriendo.
—¿Madre?
¿Qué es tan gracioso?
—Nada, cariño.
Solo…
ustedes dos son tan buenos con sus hermanas.
—Por supuesto.
—Rudeus se enderezó con orgullo obvio—.
Vamos a ser los mejores hermanos mayores.
Daiki no dijo nada, pero vi cómo sus labios se curvaban ligeramente.
Esa pequeña sonrisa que reservaba para momentos genuinos.
—Fuu…
Solté un suspiro, recordando cuando eran pequeños.
Cuando descubrí que Rudeus tenía talento para la magia, me llené de júbilo.
Y cuando vi a Daiki ejecutar su primer movimiento de espada con perfección imposible para su edad, supe que también era especial.
Pero con el tiempo, empecé a sospechar algo que me aterrorizaba.
Que tal vez, en el fondo, ellos no sentían verdadero afecto por su familia.
Rudeus nunca se mostraba cariñoso conmigo.
Daiki era educado pero distante.
Como si…
como si estuvieran aquí pero no realmente presentes.
Pero esas dudas cambiaron durante aquel escándalo del embarazo de Lilia.
Cuando Paul confesó.
Cuando sentí que me habían traicionado.
Cuando estuve a punto de destruir esta familia en mi ira.
Fueron mis hijos quienes me detuvieron.
Rudeus, con sus palabras cuidadosas, intentando apaciguar la situación.
Daiki con ese análisis frío pero devastadoramente efectivo.
Esa lógica implacable que me obligó a ver más allá de mi dolor.
Y luego, esa oferta.
“Si aún así decides expulsarla…
entonces iré con ella.” Un niño de seis años dispuesto a abandonar todo para proteger a un bebé no nacido.
Mi hijo…
Aquel del que llegué a pensar que no sentía afecto familiar.
Estaba dispuesto a dejarnos para proteger a alguien.
A su hermana, que todavía no había nacido.
Lloré esa noche.
Lloré porque había estado tan ciega.
Daiki sí amaba a su familia.
Solo…
lo demostraba de una forma distinta.
—¡Uu…
aa!
Los pensamientos se interrumpieron cuando Aisha comenzó a quejarse.
Daiki dejó el libro inmediatamente, evaluando la situación.
Revisó su pañal: estaba seco.
Le tocó la frente; la temperatura era normal.
Mientras tanto, Rudeus había notado que Norn también comenzaba a quejarse.
—¡Oh!
Creo que Norn también tiene hambre.
—Ven aquí, Rudy.
Trae a Norn.
—¡Sí!
Me senté en la silla.
Rudeus me trajo a Norn, mientras Daiki se acercó con Aisha.
Descubrí mi pecho izquierdo primero, acercando a Norn.
Ella se prendió inmediatamente, bebiendo con gusto.
Y entonces noté la mirada de Rudeus.
Estaba mirando fijamente mi pecho.
Con esa expresión codiciosa y pervertida que no parecía la de un niño de siete años.
‹Definitivamente es hijo de Paul.› Pensé con diversión.
—¿Qué pasa, Rudy?
¿Tú también quieres?
—¡¿Eh?!
Rudeus hizo una expresión de sorpresa y desvió la mirada, sonrojándose.
—No, no es nada.
Solo miraba lo bien que toma.
—Ufufu.
No, no puedes, esto es para Norn.
Rudy ya tomó muchísimo cuando era pequeño, así que aguántate.
—…Claro que sí, Madre.
Miré a Daiki, esperando ver…
algo similar tal vez.
Pero mi hijo mayor miraba por la ventana.
Dándome privacidad deliberadamente.
Siempre tan considerado.
Tan maduro para su edad.
Tal vez demasiado.
—Daiki.
—Lo llamé suavemente.
Se giró.
—¿Sí, madre?
—¿Puedes traerme a Aisha también?
Lilia tardará hoy.
Vi algo cruzar su rostro.
Sorpresa.
Luego…
¿alivio?
—¿Estás segura?
La pregunta me dolió.
Porque entendí qué implicaba.
Daiki sabía sobre mis creencias.
Sobre mis enseñanzas de Millis.
Sobre mi lucha interna con aceptar la situación de Lilia.
Y estaba preguntando si realmente podía, si realmente quería alimentar a la hija de la “otra mujer”.
—Por supuesto que estoy segura.
Aisha es tu hermana.
Tráemela.
Algo en su expresión se suavizó.
—Entendido.
Me trajo a Aisha con cuidado.
La tomé en mi brazo libre, descubriendo mi otro pecho.
Aisha se prendió sin vacilación, bebiendo tan ávidamente como Norn.
Y sentí…
paz.
—Mira cómo bebe con gusto.
—Comenté.
—El de madre es delicioso.
—Rudeus dijo con esa sonrisa traviesa.
—No necesitas adularme así.
—No es un cumplido.
Lo recuerdo bien, todavía tengo presente su sabor.
Solté una risita.
Pero noté que Daiki todavía nos observaba.
No con la mirada lasciva de Rudeus.
Como si algo que le había preocupado profundamente finalmente se hubiera resuelto.
‹Ah.› Comprendí entonces.
‹Tenía miedo de que rechazara a Aisha.› Mi hijo, quien se ofrecía a abandonar el hogar por un principio…
Estaba preocupado por su hermana bebé.
Por cómo la trataría su madre.
—Daiki.
—Lo llamé.
Se acercó.
—¿Sí?
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por preocuparte.
Por proteger a tus hermanas.
Por…
por ser tú.
Vi cómo parpadeaba, claramente no esperando eso.
—Yo…
no hice nada especial.
—Hiciste todo.
—Corregí suavemente—.
Siempre lo haces.
Solo que a tu manera.
Se quedó en silencio, procesando.
Luego, lentamente, asintió.
—De nada, madre.
Tres palabras simples.
Pero viniendo de Daiki, quien medía cada palabra cuidadosamente…
Significaban el mundo.
Después de que ambas bebés terminaran de alimentarse y las hubiera puesto de vuelta en sus cunas, me senté de nuevo en la silla.
Rudeus y Daiki estaban cerca, observando a sus hermanas dormir.
—Oye, Rudy.
—Llamé a mi hijo menor.
—¿Sí, qué ocurre?
—¿Puedo acariciarte la cabeza?
—…No necesitas permiso.
Puedes hacerlo siempre que quieras.
Rudeus se sentó a mi lado y me ofreció la cabeza.
La acaricié suavemente.
Luego miré a Daiki.
—Tú también, cariño.
Daiki parpadeó, sorprendido.
—¿Yo también?
—Por supuesto.
Ven aquí.
Vi la vacilación en su rostro.
Ese momento de duda.
Como si no estuviera seguro de merecer afecto físico.
…Mi pobre bebé.
…¿Qué te hizo sentir así?
Finalmente se acercó, sentándose al otro lado.
Más rígido que Rudeus.
Menos acostumbrado a esto.
Puse mi otra mano en su cabello negro.
Y sentí cómo su cuerpo se tensaba.
Luego, lentamente, volvía a relajarse.
Allí estábamos los tres, sumidos en un silencio cómodo.
Por la ventana entraba la luz suave de un día de primavera.
—Ojalá estos momentos duraran para siempre.
—Suspiré.
—Así es.
—Respondió Rudeus.
Daiki no dijo nada.
Pero sentí cómo se inclinaba hacia mi mano.
Aceptando el afecto que raramente buscaba pero claramente necesitaba.
—Rudy.
Daiki.
—¿Sí?
Ambos respondieron al unísono.
—Gracias por haber nacido.
A ambos.
Rudeus se sonrojó, rascándose la cabeza.
—Al contrario…
muchas gracias a usted.
Daiki no respondió inmediatamente.
Pero luego, tan bajo que casi no lo escuché: —Gracias por aceptarme.
A pesar de…
todo.
Mi corazón se rompió un poco.
Porque entendí a qué se refería.
A pesar de su cabello diferente.
De sus ojos extraños.
Mi hijo de siete años todavía cargaba esa culpa.
—Daiki.
Mírame.
Levantó esos ojos rojos hacia mí.
—No hay nada que “aceptar”.
Eres mi hijo.
Desde el momento en que naciste.
Desde el primer segundo que te vi.
No importa tu cabello.
No importa tus ojos.
No importa nada excepto que eres mío.
—Madre…
—Y lamento….
Lamento que alguna vez te sintieras diferente.
Que las dudas de Paul te hicieran sentir que no pertenecías.
—No es tu culpa.
—Pero debí haberlo aclarado antes.
Debí haberte dicho todos los días que eras perfecto exactamente como eres.
Daiki me miraba con una expresión más vulnerable de lo que jamás lo había visto.
—Lo soy ahora.
Me lo has demostrado.
Todos los días.
—Entonces déjame decirlo una vez más.
—Lo abracé, atrayéndolo contra mí junto con Rudeus—.
Eres perfecto.
Ambos lo son.
Mis dos hijos mayores.
Tan diferentes.
Tan preciosos.
Tan amados.
Rudeus ya estaba llorando.
Daiki…
Daiki temblaba ligeramente antes de romper finalmente en llanto.
—Los amo.
—Susurré—.
A ambos.
Siempre.
—Nosotros también te amamos, madre.
—Rudeus sollozó.
Daiki no dijo nada.
Pero sus brazos me rodearon con fuerza.
Y eso fue suficiente.
Porque mi hijo de cabello negro y ojos rojos, quien medía cada palabra y acción cuidadosamente, quien raramente mostraba afecto abiertamente…
Me estaba abrazando como si su vida dependiera de ello.
Como el niño pequeño que era bajo toda esa madurez.
Mi bebé.
Mi precioso, perfecto bebé.
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