Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 Episodio 1 Dos Almas Despiertan — Parte 1
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2: Episodio 1: Dos Almas Despiertan — Parte 1 2: Episodio 1: Dos Almas Despiertan — Parte 1 Año 407 del Calendario del Dragón Acorazado.
En una casa grande de la aldea Buena Villa, se llevaba a cabo un parto; la mujer que daba a luz estaba atravesando complicaciones con cada contracción.
Por fortuna, contaban con Lilia, quien había recibido todo tipo de conocimientos y técnicas para asistir partos y cuidar de la princesa.
Además, era una figura conocida, con un origen claro y una identidad confiable, lo que brindaba tranquilidad a todos.
Le habían ofrecido un salario más alto del que esperaba, algo que para ella resultó una auténtica bendición.
Y justo cuando ella llegó…
el niño nació.
Después de unas cuantas horas de esfuerzo, Paul había permanecido inquieto la mayor parte del tiempo, a pesar de todo lo que ya había vivido en su vida.
No hubo ningún problema más allá del tiempo que le tomó.
Todo transcurrió con fluidez.
No hubo pérdida de sangre excesiva, tampoco el desmayo previsto; simplemente, el bebé que nació no lloró.
Ni siquiera tuvo otro tipo de reacción.
Eso hizo que a Lilia empezara a sudar frío y sintiera una extraña sensación recorriéndole la columna, algo que para ella era indescriptible.
No podía permitirse seguir pensando en eso.
Lo que tenía que hacer era aspirar su nariz y boca para sacarle el resto del líquido amniótico, pero el recién nacido…
lo único que hizo fue mirarla con una expresión…
Bueno, no la miraba, porque aún tenía los ojos cerrados, pero ella sentía que, bajo esos párpados, algo la estaba observando.
Para Lilia, con la experiencia que tenía, lo primero que le vino a la mente fue que el niño había nacido muerto.
Por un momento lo creyó.
Pero al ver que el pecho del pequeño subía y bajaba lentamente, soltó un suspiro aliviado.
Y al tocarlo, notó que estaba caliente, y que su pulso latía.
Aun así, no lloraba…
y eso era preocupante para ella.
Porque en la mente de Lilia cruzaba aquella frase que una de las maestras de las doncellas de la guardia personal le había dicho una vez: “Los bebés que no lloran al nacer suelen tener algún tipo de anormalidad.” Y en el preciso momento en que reflexionaba sobre el significado de esas palabras, notó que el cabello del bebé era peculiar…
de una manera que simplemente no podía ignorar.
El bebé no tenía el cabello rubio, ni siquiera castaño…
Era de un negro profundo, tan oscuro que parecía absorber la luz de las velas.
Y cuando abrió los ojos lentamente, estos eran de un ROJO intenso.
No era el rojo suave y apagado de un recién nacido: brillaban como rubíes bajo la luz del sol.
Paul, que hace un momento estaba dando vueltas por toda la habitación, ahora se había detenido frente a Lilia, que sostenía al bebé.
Ella sabía del atavismo, sí…
pero también sabía que un detalle así podía encender una discusión imposible de controlar.
—Zenith…
Explícame.
Él apenas retrocedió un paso, como si eso fuera suficiente para justificar lo que acababa de decir.
—¿Qué quieres que te explique?
Acabo de dar a luz a nuestro hijo…
¿No estás contento?
La mirada de Paul lo decía todo.
Zenith no podía creer lo que estaba viendo en esos ojos.
No de él.
No del hombre que la había cortejado, que le había prometido una familia, que dormía a su lado cada noche…
—M-me…
me dijiste que había sido el primero, que tu primera vez fue conmigo.
Yo…
yo dejé de estar con otras mujeres durante estos nueve meses, pero ahora resulta que…
Paul, el espadachín aventurero de gran porte, ahora estaba tambaleándose como si estuviera borracho o, más bien, diciendo lo primero que se le venía a la cabeza.
—Paul…
¿Estás hablando en serio?
¿Olvidas lo gentil que te pedí que fueras?
¿No recuerdas la sangre, cómo mi cuerpo se agitaba?
Fuiste mi primera vez.
Y esa única vez resulté embarazada, eso es todo…
Ella se incorporó un poco en la cama, como si no acabara de dar a luz, porque este momento lo ameritaba.
—Vamos…
no puedes ser así de idiota.
¿Recuerdas lo que te dije?
¿Que, si no te acostabas con ninguna más, te dejaba estar conmigo?
¿Crees que dije eso en vano?
Si es así, eres más idiota de lo que pensaba…
Y déjame decirte algo, Paul Greyrat: ¿cómo eras tú antes de estar conmigo?
Lo miró directamente; él no pareció saber qué responder.
—No es necesario que lo mencione, ¿verdad?
Tú lo sabes muy bien.
Eres el único hombre al que he amado, el único al que amaré.
Y nunca, jamás sería capaz de mentirte sobre nuestro hijo.
Él solo pudo ver a Zenith, luego al bebé de cabello negro…
y después a la nada, a un completo vacío en la esquina de la habitación.
Luego, en un movimiento lento, volvió a dirigir la mirada hacia ella.
—Pero…
míralo, Zenith.
¿Cómo explicas eso?
—¡No necesito explicarte nada!
¡Ya deberías saberlo!
¡Míralo!
Este es TU hijo.
Salió de MÍ.
Lleva TU sangre.
No importa si tiene el cabello morado y ojos de oro.
Es tanto mío como tuyo.
Es NUESTRO.
Paul estaba a punto de responder, pero su boca solo quedó abierta un instante antes de volver a cerrarse.
La lógica de ella era válida, sólida, con fundamentos.
No podía simplemente ignorarla, porque eso no tenía ningún sentido.
Ella nunca le había dado razones para dudar: literalmente era de Millis y, aunque se escapó, seguía sus leyes.
Aun así, el cabello negro y los ojos…
no tenían ningún sentido lógico.
Y eso lo estaba carcomiendo por dentro.
Le costaba aceptarlo, pero en el fondo sentía que realmente era su hijo.
Zenith era la persona más confiable que conocía en toda su vida.
¿Por qué dudé tanto?
Lilia sostenía al bebé algo incómoda, sin saber qué hacer en medio de este drama familiar.
Entonces, un grito ahogado que cortó sus pensamientos la hizo girar hacia la cama, donde Zenith reposaba, ahora con una palidez repentina.
—N-no…
otra vez no…
—Zenith respiraba agitadamente, incorporándose lentamente.
—¿Qué?
¿Qué pasa ahora?
—Era lo único que Paul podía decir.
Lilia le entregó el bebé a Paul y fue lo más rápido que podía hacia Zenith.
No podía correr por su condición, pero aun así se movía con una eficiencia impresionante.
Paul había sostenido una espada durante años, pero sentía que el bebé era demasiado frágil.
Tenía miedo, un miedo real, de romperlo…
y el bebé solo lo miraba con esos ojos rojos, como si lo estuviera analizando.
Lilia se inclinó hacia Zenith y lo comprobó…
—No puede ser…
El vientre de la señora todavía estaba elevado.
Eso solo hizo que Lilia se lamentara internamente, porque no creía posible haber ignorado algo tan importante como un segundo hijo…
La sospecha de Paul había invadido y envenenado la habitación desde el primer instante.
La tensión había sido tanta que pasó por alto un detalle crucial…
la primera vez que le pasaba algo así.
—¿Me van a decir qué pasa?
¿Estás bien?
¿Qué está pasando?
—Paul reemplazó la acusación con pánico.
Se sentía incluso culpable de que su mujer estuviera sufriendo de nuevo, pensando que la discusión pudo haber provocado esto.
—Hay…
hay otro.
Otro bebé…
gemelos —dijo Lilia con calma, a pesar de la situación.
Gemelos…
la situación se había vuelto demasiado complicada.
Más para Paul, que ahora sudaba como nunca mientras sostenía al bebé, el cual seguía mirándolo fijamente.
—¡MALDITA SEA!
¡¿POR QUÉ NADIE ME DIJO QUE HABÍA DOS?!
—Yo…
no lo sabía, señora.
Es raro, pero sucede.
A veces uno se esconde detrás del otro.
—¡ESCONDERSE!
¡COMO SI FUERA UN JUEGO!
—Aunque estaba sufriendo, en su interior estaba alegre.
Sus palabras no decían la verdad; solo eran la respuesta normal ante un dolor inesperado.
El segundo parto fue considerablemente más rápido, pero no menos agotador.
Su cuerpo apenas tenía fuerzas reales, aunque su energía mental parecía sorprendentemente infinita.
—Ya está saliendo, puedo ver claramente la cabeza.
—anunció Lilia con alivio.
Paul observaba nervioso desde un rincón, todavía sosteniendo al primer bebé con torpeza, como si fuera a romperse en cualquier momento.
Era otro varón.
Y para sorpresa considerable de Lilia —o quizás un miedo genuino— este tampoco lloró al nacer.
Pero era notablemente diferente al primero.
Tenía el cabello castaño claro y, cuando finalmente abrió los ojos, eran verdes.
Exactamente como Paul…
una versión en miniatura de él.
Paul miró fijamente al bebé en los brazos de Lilia, luego al que sostenía en sus propios brazos temblorosos.
La comparación era completamente imposible de ignorar.
Mellizos.
Eran mellizos fraternos.
Y sus sospechas infundadas de infidelidad se esfumaron instantáneamente con el viento.
—Zenith, yo…
Lo siento.
No debí…
no debí acusarte sin…
—Decía torpemente, intentando arreglar su error.
—Lilia.
Mis bebés.
Dame a mis bebés.
Lilia con extremo cuidado acercó al pequeño con cabello castaño a los brazos extendidos de Zenith y luego se acercó cautelosamente a Paul buscando confirmación visual.
Él simplemente asintió débilmente, visiblemente avergonzado.
—Aquí está, señora —dijo con serenidad.
Ella contempló a sus recién nacidos como si el mundo se hubiera detenido a su alrededor.
Eran tan pequeños, tan frágiles…
tan llenos de vida.
Sintió cómo algo dentro de su pecho cedía, y las lágrimas que había intentado contener todo este tiempo simplemente escaparon.
El dolor del parto, la discusión con Paul…
todo ese nudo de emociones que la había estado ahogando se deshizo al instante en que los tuvo frente a ella.
¿Cómo podía seguir enojada?
¿Quién podría mantener rencor con dos milagros respirando en sus brazos?
Era imposible.
—Mis hijos…
mis dos hermosos hijos —susurró, casi temblando—.
Mis pequeños…
Se inclinó y besó la frente de cada uno, con ese tipo de ternura que duele, esa que uno solo descubre cuando entiende que hay algo en el mundo que no podría perder sin romperse para siempre.
Paul dio otro paso hacia la cama, torpemente.
—Yo…
Zenith…
—Paul.
Ven aquí.
Mira.
Este bebé tiene tus ojos.
Incluso tu cabello…
y ese remolino que siempre traes.
—Lo sé.
Yo…
lo siento tanto.
No debí dudar de ti.
Nunca…
—Paul tragó saliva.
Zenith lo interrumpió.
—No voy a mentirte.
Es comprensible que te confundieras al principio.
Si yo viera a un bebé que no se parece en nada a mí, también tendría preguntas.
Pero tú, Paul Greyrat…
eres un hipócrita.
¿Cuántas mujeres estuvieron contigo antes de mí?
¿Cuántas historias no me contaste?
Y aun así, cuando yo doy a luz con dolor y agotamiento, lo primero que haces es acusarme de mentirosa.
—…Lo sé perfectamente.
Tienes toda la razón del mundo.
Yo no tengo ninguna excusa válida.
—No, no la tienes.
Pero estos dos necesitan a su padre.
No a un hombre perfecto.
Necesitan a alguien que esté presente.
Que los ame.
Que los cuide.
Levantó la vista hacia Paul de nuevo.
—¿Puedes hacer eso?
¿Puedes amarlos a ambos por igual?
Paul no pudo mantenerse en pie.
Sus piernas cedieron, y terminó arrodillado junto a la cama.
Miró a los bebés.
Uno con su remolino y mismo color de cabello.
El otro con los ojos rojos.
—Sí.
Lo haré.
Lo juro.
Era extraño ver así a Paul.
Un hombre que había enfrentado monstruos, bandidos y peligros sin pestañear…
ahora temblaba de verdad.
No por miedo a la muerte, sino por miedo a fallarles.
Zenith dejó escapar una leve sonrisa.
—Bien.
Porque si vuelves a dudar de mí…
dormirás afuera con los animales.
¿Entendido?
Paul soltó una risa ahogada.
—Entendido, mi señora.
Zenith añadió, con una sonrisa traviesa: —Y no podrás tocarme por un día.
—¡¿Un día?!
Zenith…
esperé meses.
¡No creo poder soportarlo!
—Claro que puedes —respondió ella, victoriosa—.
Eres fuerte, ¿verdad?
***** Minutos después, Zenith estaba finalmente descansando.
Miró a sus hijos.
Estudió sus pequeños rostros, incluso sus respiraciones suaves.
Era el momento de decidir los nombres.
Ya tenían uno para cada género, pero el segundo varón había sido una sorpresa.
—El de cabello castaño…
será Rudeus.
Se llamará Rudeus —dijo Zenith, besando la frente de su hijo.
—Y para ti, pequeño…
¿qué te parece…
Roland?
El bebé frunció el ceño levemente, un gesto que notó al instante.
Lilia, que observaba en silencio, no ayudó en absoluto: solo se asustó más,.
—¿No?
¿Qué tal…
Damian?
Otro gesto de desaprobación.
Paul y Zenith intercambiaron miradas de confusión.
Probaron varios nombres más: Adrian, Kieran, Lysander.
Cada uno recibió la misma reacción negativa de siempre.
Ya estaban a punto de rendirse cuando Paul se levantó de su silla.
—Voy a inventar algo…
De todas formas, no perdemos nada.
—¿Qué intentarás, Paul?
—preguntó Zenith, confundida pero intrigada.
—Diré sonidos hasta que alguno le guste.
Según me dijeron, suele funcionar.
Paul se acercó al bebé de pelo negro, que lo miraba con atención.
—¿Qué tal…
Hi…
io…
ri?
El bebé no reaccionó esta vez.
Ni bien ni mal.
—¡Está funcionando!
—exclamó Zenith con alegría.
—Escúchame, hijo…
Da…
i…
ki?
Y, para su sorpresa, una pequeña sonrisa apareció.
Apenas perceptible, pero suficiente para aliviar a Zenith.
Sus ojos brillaron un instante, como si finalmente hubiera escuchado algo que le agradara.
—Da…
i…
ki.
¿Por qué tenías que sugerir un nombre tan difícil?
—murmuró Zenith.
—No, Zenith.
Se dice “Daiki”, con fuerza en la a —la corrigió Paul con humor.
—¿Desde cuándo te volviste profesor?
—preguntó ella, alzando una ceja.
—Desde hoy.
—Daiki y Rudeus Greyrat…
—susurró Zenith, casi sin aliento.
‹ Daiki…
Rudeus…
› La mente del pequeño Rudeus apenas podía procesar lo que acababa de pasar.
‹ Daiki…
Ese nombre es japonés…
Lo demás no lo entendí.
› Lilia, quien había estado observando todo desde su posición con reverente silencio, sintió un escalofrío recorrerle la columna.
Había algo en esos bebés que la inquietaba.
Algo difícil de nombrar, como una sensación plantada en lo más profundo del instinto.
Pero cuando los miró más de cerca, todo lo que vio fue a un recién nacido acurrucado contra su madre: vulnerable, pequeño…
completamente inocente.
(Se dijo a sí misma: Quizás solo sea mi imaginación) No lo era.
Porque en ese momento, dentro de la mente del bebé llamado Daiki, había una alegría que no creía volver a tener.
‹ Daiki.
Cerca de mi nombre original.
Perfecto.
Y mi mellizo era…
¿Rudeus?
Este idioma es raro.
Nunca lo había escuchado › Sus pensamientos fueron interrumpidos por una oleada de agotamiento.
El simple acto de mantener sus ojos abiertos y procesar el lenguaje había drenado su energía infantil.
‹ Supongo que incluso con mi inteligencia, este cuerpo tiene sus límites.
Por ahora, solo dormir.
Observar y aprender.
› Con ese último pensamiento, cerró los ojos y se dejó llevar por el sueño, acunado por el latido del corazón de su nueva madre.
Zenith sostenía a sus dos hijos contra el pecho, con lágrimas de agotamiento y alegría deslizándose por sus mejillas.
—Bienvenidos al mundo, mis pequeños.
—Los abrazó con una felicidad que la desbordaba.
Paul, ya completamente reconciliado con la realidad y consigo mismo, rodeó a su familia con los brazos.
—Los entrenaré para ser fuertes.
Para ser honorables.
Para ser mejores de lo que yo fui.
—Paul, apenas acaban de nacer…
—dijo Zenith entre risas aliviadas.
—Lo sé, lo sé.
Pero alguien debe hacerlos fuertes.
No siempre van a estar en tus brazos.
—Por eso aprovecharé cada segundo con ellos.
—Miró a sus bebés, dormidos tranquilamente—.
Pero no me hagas pensar en eso ahora.
Siempre serán mis bebés.
Paul tomó con cuidado al pequeño Rudeus y lo recostó en una camita improvisada.
Hizo lo mismo con Daiki, acostándolo junto a su hermano mellizo.
Entonces intentó besar a Zenith, pero ella lo apartó con suavidad.
—Estás castigado…
Créeme que yo también quiero, pero debo cumplir mi palabra.
Más aún cuando lo dije frente a ellos.
Aunque, en el fondo, ya se estaba arrepintiendo de haberlo sentenciado así.
Pasaron apenas unas semanas, pero el pequeño Daiki parecía no tener ninguna expresión, a diferencia de Rudeus, que al menos hacía algunas muecas; algunas incluso ponían más nerviosa a Lilia.
Zenith, en cambio, no veía ninguna diferencia.
Para ella, Daiki era simplemente “el bebé tranquilo” y Rudeus “el bebé expresivo”.
Los amaba a los dos, y no había nada que pudiera cambiar eso.
Una tarde, Paul intentó bañar a Rudeus.
Nada nuevo: el bebé hizo una mueca y ya.
Luego tomó a Daiki.
Pero él…
él nunca reaccionaba.
Ni siquiera al agua tibia.
Simplemente flotaba, mirándolo fijamente.
—Daiki…
vamos.
Ríe, llora, haz algo —susurró Paul, secándolo con cuidado.
…
Otra tarde, Daiki y Rudeus estaban acostados en una cama compartida.
Ambos se miraban, aunque obviamente no podían decir nada; solo balbuceaban sonidos inentendibles.
Rudeus parecía inquieto, moviendo los pies y las manos a cada momento, mientras que el de cabello negro ni siquiera se movía.
Estaba tan rígido que, si lo veías de lejos, podías pensar cualquier cosa.
Aun así, que Daiki lo mirara solo hizo que Rudeus sintiera más curiosidad.
‹¡Es él!
El de ojos rojos.
Me está mirando.
Es intimidante…
Me pregunto si también es…› Daiki intentó acercar su mano a la de su hermano, pero fue inútil; su cuerpo no respondía correctamente y solo logró un torpe manotazo de bebé.
Aun así, ese simple gesto —visto por Zenith desde el marco de la puerta— fue suficiente para derretirla en el acto.
Paul apareció detrás de ella, también observando a sus dos hijos.
Luego se inclinó y besó suavemente el cuello de Zenith, haciéndola estremecer.
—P-paul…
Y ambos, como era costumbre, se fueron a sus cuartos sin dejar de darse besos.
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