Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 Episodio 13 El baile del Torbellino Rojo
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21: Episodio 13: El baile del Torbellino Rojo 21: Episodio 13: El baile del Torbellino Rojo Rudeus Greyrat Después de una semana larga y de un entrenamiento arduo entre Daiki y Eris, ella por fin estaba completamente segura de querer bailar.
Sin embargo, contra todo pronóstico, cuando llegó el momento de actuar se la veía insegura, con una timidez que jamás habría esperado de ella.
La fiesta había comenzado.
Mi hermano estaba instalado en la mesa principal, rodeado de platos que parecían no tener fin, ignorando por completo el bullicio y a todas las jóvenes nobles que lo observaban como si fuera un príncipe…
o quizá un villano de presencia elegante.
Si soy honesto, yo también tenía un pequeño grupo siguiéndome: muchachas que me invitaban a bailar y con quienes, para sorpresa mía, aceptaba compartir el baile con un entusiasmo que no conocía de mí mismo.
Aunque también podía ver cómo algunos nobles mayores miraban a mi hermano como quien observa ganado…
o al menos algo que no entienden.
Y sabía por qué.
Tal vez pensaban que mi hermano era un demonio por su color de cabello, o algo similar, pero las nobles mayores probablemente lo querían como yerno.
La fama del prodigio espadachín llega a todos lados.
En cualquier caso, mi hermano, sin proponérselo, estaba ligando.
¿Paul estaría orgulloso?
Tal vez sí.
…
Eris Boreas Greyrat Mis manos sudaban.
Odio cuando eso pasa.
Ni siquiera sé por qué estoy tan nerviosa.
Es solo un baile…
uno lleno de gente insoportable mirándome como si fuera algún trofeo.
Llevo el vestido rojo que eligió mi abuelo.
Es bonito, sí, pero se siente raro, como si me apretara más de lo necesario.
No estoy acostumbrada a estas cosas.
Un chico rubio se acercó, todo era siempre “sonrisas falsas”.
—Joven Ama, ¿quisiera—?
—No.
—Le corté antes de que terminara.
Retrocedió como si lo hubiera golpeado.
Ni siquiera levanté la mano.
Edna me lanzó una mirada de esas que dicen “compórtate, señorita”, pero…
bah.
Ya hago el mayor esfuerzo.
Mis ojos buscaban solo a una persona, y lo vi.
Daiki estaba sentado en la mesa principal, vestido de negro.
No sé quién eligió ese traje para él, pero le quedaba bien.
Demasiado bien…
Por supuesto, estaba rodeado de chicas.
Parloteando como gallinas.
Una de ellas incluso tuvo el descaro de tocarle el brazo.
Sentí un tirón desagradable en el estómago.
No me gustó.
Para nada.
Ni siquiera sé por qué tendría que importarme…
pero me importó.
¡Quítale las manos de encima, idiota!
Grité por dentro.
O quizá realmente abrí la boca; no estoy segura.
Solo sé que me ardían las mejillas.
¿Quién se creían?
¿Por qué se acercaban tanto?
¿Por qué él dejaba que…
Pero Daiki ni siquiera la miró.
Simplemente dejó el tenedor, como si nada, se limpió la boca con esa tranquilidad irritante que siempre parece tener cuando no entiendo lo que está pensando.
Y entonces levantó la cabeza y me vio.
Fue directo.
Sin dudar.
Sin titubear.
Como si me hubiera estado buscando todo este tiempo.
Se levantó sin decir una palabra.
Solo se puso de pie y empezó a caminar hacia mí.
La gente se apartaba sola a su paso.
No porque él hiciera algo…
sino porque Daiki es Daiki.
Tiene esa presencia que llena el espacio, que hace que los demás se muevan sin darse cuenta.
Cuando se detuvo frente a mí, sentí cómo mis piernas querían flaquear.
Me obligué a enderezarme un poco.
No iba a parecer una niña.
No frente a él.
De repente, todo el ruido de la fiesta pareció apagarse.
Éramos solo nosotros dos, o al menos así se sentía.
Extendió la mano.
—Joven Eris.
Es hora.
No preguntó si quería bailar.
Solo lo dijo.
Como si fuera lo obvio, y no sé por qué, pero no me molestó.
Puse mi mano encima de la suya.
Su mano es grande y cálida, y me dio esa sensación de seguridad que odio admitir que me gusta.
—No me pises —le dije, levantando la barbilla.
Él sonrió un poco.
Esa sonrisa suya que parece decir “inténtalo”.
—Sígueme.
Y me llevó a la pista.
La música comenzó.
Daiki no esperó.
Dio el primer paso.
Mi cuerpo reaccionó por instinto: un paso atrás.
—Bien —murmuró él.
No estábamos bailando.
Estábamos peleando.
Él avanzaba, yo retrocedía.
Él giraba, yo lo seguía para no perder el equilibrio.
Su mano en mi cintura no era suave; era firme, guiándome con la misma precisión con la que manejaba su espada.
Uno, dos…
giro.
Me hizo girar.
El mundo se volvió borroso.
Lo único nítido eran sus ojos rojos, fijos en mí.
—Mantén el centro de gravedad —susurró—.
No te inclines.
—¡Lo sé!
—le respondí, aferrándome a su hombro.
Mis pies se movían solos.
Izquierda, derecha, vuelta.
Era como esquivar sus ataques en el patio, pero sin el miedo de terminar golpeada.
La música subió de ritmo, y claro, eso solo hizo que Daiki acelerara.
Cualquier otro compañero me habría perdido.
Habría tropezado conmigo o me habría dejado caer.
Pero Daiki no.
Él anticipaba cada uno de mis movimientos.
Si iba demasiado rápido, me frenaba apenas, con un toque que casi ni se nota.
Si dudaba, me guiaba hacia adelante sin vacilar.
Era perfecto.
No quería admitirlo, pero bailar con él no se sentía como bailar.
Se sentía como entrenar con alguien que conoce cada movimiento tuyo antes de hacerlo.
Como si encajáramos sin tener que pensarlo, y eso, por alguna razón, me aceleraba el corazón más que la música.
Uno, dos…
salto.
Me levantó en el aire.
Literalmente.
Sus manos me sostuvieron por la cintura mientras girábamos.
Sentí que volaba.
Cuando mis pies tocaron el suelo otra vez, ya estábamos en el centro de la pista.
Todos nos miraban, pero no me importaba.
Mi respiración estaba agitada.
La suya era tranquila.
—Último movimiento —avisó.
Me inclinó hacia atrás.
En un arco profundo.
Confié en él sin pensarlo.
Sabía que no me dejaría caer.
Quedé suspendida, mirando el techo, sostenida únicamente por su brazo.
La música terminó con un acorde final que me atravesó el pecho, y entonces me levantó.
No de golpe, no torpe…
como si fuera la cosa más normal del mundo para él.
Un tirón preciso y ya estaba de pie otra vez.
Respiraba rápido.
Y él estaba ahí, tan cerca que podía ver cada detalle en esos ojos suyos.
Incluso ese brillo extraño que tiene cuando se concentra…
o cuando algo le importa más de lo que dice.
No me solté.
Tampoco me soltó, y por un segundo, todo lo demás dejó de importar.
Estaba a escasos centímetros de su rostro…
—Misión cumplida —dijo, con esa media sonrisa que siempre me desconcierta, pero que también me encanta.
La sala estalló en aplausos.
Me sobresalté un poco; no pensé que la gente se iba a emocionar tanto.
Y entonces escuché a mi abuelo.
—¡¡¡ESO, ASÍ SE HACE!!!
—rugió desde el fondo, como si estuviera animando una pelea en lugar de un baile.
Antes de que pudiera reaccionar, ya estaba ahí…
Nos agarró a los dos como si no pesáramos nada y nos levantó.
Ni siquiera tuve tiempo de abrir la boca para protestar: de un momento a otro estaba viendo toda la sala desde arriba mientras él corría de un lado a otro, riéndose como un maniático.
Quise decirle que nos bajara…
pero ver a Daiki ahí arriba, tan serio, tan incómodo, mientras todos aplaudían como si fuera un espectáculo…
bueno, admito que me dio un poco de gracia.
Mucha, en realidad.
Pero mi corazón no se calmaba.
Golpeaba dentro de mi pecho como si quisiera escapar.
Lo miré.
Solo lo miré, sin pensar demasiado en por qué lo hacía.
Y le sonreí.
Para mi sorpresa, él me devolvió la sonrisa.
Una sonrisa cálida, inesperada…
más suave de lo que él jamás había mostrado.
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