Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 Interludio La luz de la oscuridad
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22: Interludio: La luz de la oscuridad 22: Interludio: La luz de la oscuridad Daiki Greyrat Pasaron casi tres años desde que mi hermano y yo llegamos a la mansión.
Y, si era honesto, no me arrepentía en lo más mínimo.
Aquella casa, que al principio me parecía demasiado grande y silenciosa, terminó dándome algo que no esperaba: gente nueva a la que apreciar.
Entre ellos estaba el cocinero, que insistía en prepararme platos “especiales” cada vez que elogiaba su comida, como si mis palabras fueran un pase directo a su inspiración.
Y luego estaba Philip, que desde el décimo cumpleaños de Eris comenzó a dirigirse a mí y a ella de formas…
extrañas.
Dijo cosas como: “Un futuro lord necesitaría una esposa fuerte” o también “Se ven bien juntos”.
No le di demasiada importancia, no solo porque no entendía del todo sus insinuaciones, sino porque mi atención estaba puesta en otras cosas.
Rudeus había mejorado de forma impresionante en su manejo del Shockwave; ya superaba por mucho a Eris, que había alcanzado el rango avanzado.
Para ella, aquello se había convertido en una mezcla extraña de motivación y frustración…
y para mí, en dos razones para seguir apoyándola.
Una vez, intenté animarla: —Eris, escucha…
Mi hermano es talentoso, sí, nadie puede negarlo.
Pero no deberías sentirte mal por eso.
En la vida siempre habrá alguien con talento, pero eso no es un obstáculo; al contrario, es una razón para esforzarse más.
—Has mejorado muchísimo, más de lo que tú misma notas.
Si sigues así…
quién sabe.
Puede que un día domines el Shockwave y termines superando a mi hermano en velocidad y fuerza.
Y créeme, eso no está tan lejos como piensas.
Ella, sorprendentemente, me abrazó.
Fue un gesto breve, casi torpe, pero lleno de esa fuerza tan suya.
Luego se alejó con los brazos en alto y el puño cerrado.
Y eso solo podía significar una cosa: que había aceptado mis palabras…
y que estaba lista para seguir adelante.
No dijo nada más, no lo necesitó.
También dediqué, junto a mi hermano, tiempo para aprender los idiomas de este nuevo mundo.
Además de la lengua del Dios Bestia y la lengua del Dios Demonio, terminé dominando también la lengua del Dios de la Lucha.
Los idiomas aquí no eran tan complicados: una vez que comprendías uno, podías usarlo como base para aprender los demás sin demasiada dificultad.
Aun así, no logré aprender la lengua del Dios Celestial ni la del Dios del Océano.
No había literatura escrita en ellas, ni hablantes cercanos con quienes practicar.
Sin referencias, estudiarlas era simplemente imposible.
Pero no me quejaba; hablar cuatro lenguajes de este mundo —además del japonés, chino, inglés y español que traía de mi vida anterior— ya era más que suficiente.
Aunque, siendo sincero, esos idiomas de mi viejo mundo no me servían para nada aquí.
De hecho, el chino ya empezaba a desvanecerse de mi memoria.
Si alguna vez necesitaba otro idioma, lo aprendería cuando llegara el momento.
Y si no…
tampoco pasaba nada.
Aquí, tenía otros problemas más urgentes que resolver.
Y yo…
yo también estaba listo.
Porque Ghislaine Dedoldia no era precisamente una maestra amable.
Bueno…
un poco, sí, pero no en el sentido que a uno le gustaría.
La diferencia entre nosotros era abismal.
Pero no podía rendirme por eso.
No después de haberle dicho a Eris aquellas palabras.
No después de animarla a seguir adelante.
Ahora me tocaba a mí demostrar que también podía hacerlo.
Intenté desviar su ataque, inclinando mi espada para redirigir la trayectoria…
pero reaccioné un instante tarde.
Ghislaine ya estaba encima.
—¡Lento!
—escupió, sin perder el ritmo.
Su espada de madera descendió en un arco limpio.
Apenas alcancé a girar, para ese entonces ya me habia golpeado en las costillas.
Apenas alcancé a girar, para ese entonces ya me habia golpeado en las costillas El impacto me levantó los pies del suelo y salí volando hacia atrás.
Solté mi espada al instante , si la retenía, me dislocaba el hombro…
y traté de recuperar el control.
Aterricé fatal.
La inercia por sí sola me arrastró hacia atrás de forma exagerada.
Intenté frenar clavando los dedos en la tierra, pero eso solo hizo que mi mano me ardiera por la fricción.
Aun así, el impulso me llevó varios metros.
No logré frenar del todo, aunque conseguí evitar el mayor impacto…
mis talones chocaron contra el muro.
Aquel golpe me sacudió por completo; la sensación fue como un latigazo de electricidad que recorría mi columna y se ramificaba por todos los nervios.
[IMPACTO CRÍTICO…] […Daiki…] Ignoré el extraño error en el reporte.
Me concentré en el maná.
La luz verde brilló de mi palma, curandome por completo.
—Otra vez.
Dije, limpiándome un hilo de sangre de la boca.
El entrenamiento había llegado a un punto muerto.
—¡No!
—gritó Ghislaine—.
¡Sigues dudando!
Jadeé, retrocediendo.
—Estoy analizando la trayectoria…
—¡Analiza antes!
—me corrigió ella—.
El Estilo Dios de la Espada no es estúpido, Daiki.
Hay que pensar siempre…
Pero tú…
tú analizas mientras te mueves.
Eso te hace lento.
Ella adoptó la postura.
—La “Espada Larga de Luz” no admite correcciones.
En el momento en que tus pies empujan el suelo, la decisión ya está tomada.
Tu mente y tu espada deben llegar al objetivo al mismo tiempo.
—Entiendo…
—murmuré.
No tenía que apagar mi cerebro (Análisis).
Tenía que acelerarlo.
Tenía que terminar el cálculo antes de que mi cuerpo empezara a moverse.
* * * Pasaron apenas unas semanas desde esa lección y todavía seguía pensando demasiado.
Sí, era necesario…
claro que lo era.
Aun así, siempre me estancaba en ese sentido.
Ahora mismo estaba lloviendo.
Estaba en el patio, parado frente al maniquí.
Cerré los ojos y visualicé todas las variables.
Solo necesitaba una en concreto, y sería suficiente…
Concentré todo mi maná en las muñecas y los tobillos.
No para moverme a la velocidad del sonido; eso ya lo había hecho.
Necesitaba algo más.
Espada de Luz…
Mi nombre anterior era Luz.
Esta técnica…
era mía.
Abrí los ojos.
No pensé “voy a cortar”.
Simplemente solté la energía que tenía retenida.
¡ZAS!
Hubo un destello.
Para cuando me di cuenta, ya estaba detrás del maniquí, con la espada extendida al final del arco.
CRACK.
El maniquí se partió en dos mitades.
La madera no solo estaba rajada: estaba carbonizada, quemada por la fricción explosiva del golpe.
Me quedé inmóvil, atónito, observando el humo que aún se elevaba incluso bajo la lluvia, como si se negara a extinguirse.
Ghislaine salió de las sombras.
Se acercó y tocó la madera quemada.
Esperaba alguna lección o algo, pero solamente me miró con una sonrisa salvaje.
—Felicidades.
Ahora eres un Santo de la Espada.
Y así, me convertí oficialmente en el rango Santo…
Se sentía extraño.
Creía, por un instante, que no saldría del Avanzado, y que eventualmente Eris podría superarme.
Me dejaba llevar demasiado por mis pensamientos muchas veces, pero esta vez se sintió ganado, y estaba más contento de lo que aparentaba.
Porque, bajo esta mirada analítica, estaba Hikari: mi yo del pasado, el que creía que cada logro era injustificado.
Y lo peor es que, en ese entonces, tenía razón…
Pero ahora tenía la aprobación de una guerrera y aventurera experimentada.
Y al día siguiente, como siempre, cada que Eris entrenaba con Ghislaine, ella me retó.
—¡Hoy sí te voy a ganar!
—gritó, lanzándose hacia mí con su furia habitual.
Intentó pivotear, buscando confundirme con fintas.
Sí, era fuerte.
Había mejorado muchísimo desde nuestro primer duelo y había alcanzado el rango Avanzado.
Ahora era más rápida que mi hermano en la corta distancia, aunque él seguía manteniendo la ventaja al poder crear espacio cuando quería.
Cuando intenté esquivar su estocada, sentí una extraña sensación…
una anticipación automática.
Me agaché y di un golpe fuerte en su palma, haciendo que soltara su espada.
En el momento en que caía al suelo e intentaba reincorporarse para recuperarla, aproveché para moverme y detener mi ataque a un centímetro de su rostro.
Tenia su espada en mi mano.
Eris se congeló.
—¿C-cómo…?
—tartamudeó, confundida—.
Ayer casi te doy.
Hoy…
ni te vi moverte.
Le devolví la espada que tomó temblando.
—Crucé el muro, Joven Eris….
—Fue todo lo que pude decir.
Cuando apretó la espada, esta se astilló un poco.
Esperaba que gritara…
o que hiciera algún berrinche.
Pero no hizo nada de lo que anticipé.
El torbellino rojo estaba, en realidad, sorprendentemente tranquilo.
Lo que yo llamaba “el ojo de la tormenta”.
Haciendo énfasis en Ojo.
—¡Maldición!
—gritó, pero con una sonrisa salvaje en el rostro—.
¡Increíble!
¡Eres increíble!
¡Increíble!
¡Eres increíble!
Me señaló con el dedo.
—¡Espérame!
¡No te atrevas a irte más lejos!
¡Te voy a alcanzar!
¡Y cuando lo haga, te voy a ganar!
—Lo sé —respondí con una sonrisa—.
Y estaré esperándote para eso.
Ella se marchó, dejando la espada rota en el suelo.
Sus pasos fueron tan fuertes que por un momento creí que el piso bajo mis pies temblaba.
Aunque, en realidad, solo se dirigía hacia Ghislaine para seguir entrenando.
—Descansa —dijo Ghislaine, apareciendo a mi lado sin prestarle atención a Eris; ella también necesitaba un respiro—.
Tu cuerpo tiene que recuperarse.
Tus músculos aún no están hechos de acero….
—Lo sé.
Gracias, Maestra.
Cuando me cure, mis músculos se fortalecerán.
Ella me sonrió brevemente antes de volver a desaparecer.
Me quedé solo en el patio.
Miré mis manos llenas de callos.
Había cumplido mi objetivo.
Ya era un Santo de la Espada.
Alcé la vista hacia la ventana de nuestra habitación.
Rudeus estaba allí, haciendo el pulgar hacia arriba en señal de aprobación.
—Lo logramos —susurré—.
Sobreviví al entrenamiento.
Una pequeña sonrisa se formó en mi rostro.
—Y ahora…
—cerré los ojos, disfrutando de ese instante de calma—.
Ahora solo queda una semana para nuestro décimo cumpleaños.
Una semana para celebrar.
o quizá…
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