Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction - Capítulo 23
- Inicio
- Todas las novelas
- Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction
- Capítulo 23 - 23 Extra La anomalía de Eris
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
23: Extra: La anomalía de Eris 23: Extra: La anomalía de Eris Todavia recuerdo cuando el par de Mellizos llegaron a la mansión y cambiaron por completo la dinamica de ese lugar.
Cuando conocí a Rudeus, solo vi a un chico torpe y descuidado que no me tenía ningún respeto.
Cuando lo golpeé, me devolvió el golpe, así que terminé rematándolo.
Luego de eso, me di cuenta que su hermano no había reaccionado ante mi accion, y en ese entonces, creia que era un “bastardo frio”.
Me esquivó cada ataque sin demostrar ninguna expresión y luego me hizo bailar como si fuera su muñeca.
Sí, desde ese día quedé fascinada…
aunque debo admitir que también sentía algo de miedo, porque esa tranquilidad suya me inquietaba.
Llegué a pensar que estaba “fallado” o algo así.
¿Qué clase de niño no grita?
¿Qué clase de niño no llora ni se enoja cuando le maldicen?
No era normal.
Era como si estuviera vacío por dentro, o como si estuviera lleno de algo que yo no podía entender.
Desde el incidente del secuestro, el se había ofrecido para cuidarme, las sirvientas me contaron algo que me hizo dudar de mi pensamiento de que estaba “roto”.
Me dijeron que, la noche después de que nos trajeran de vuelta, él había ido a mi habitación.
No entró.
Solo se quedó en la puerta, escuchando mi respiración, asegurándose de que estuviera bien, de que estuviera a salvo, antes de irse a dormir.
Un mes despues, lo encontré mirando hacia el cielo encima de los muros.
—¿¡Qué haces ahí!?
¡Baja, enano!
—le grité desde abajo, cruzándome de brazos.
Él se giró.
Por un segundo, vi sorpresa en sus ojos, como si lo hubiera despertado de un sueño.
—Solo estoy viendo las estrellas —respondió.
—¿Las estrellas?
¡Son solo puntos brillantes!
¡Baja antes de que te caigas y el abuelo me culpe!
Él no se movió.
—¿No sientes que perteneces a ellas, joven Eris?
—preguntó de repente.
Me quedé callada, confundida.
—¿Pertenecer…?
¿De qué hablas?
Yo pertenezco a la casa Boreas.
—Piénsalo.
Todos fuimos polvo alguna vez y, al final, volvemos al cielo, como si fuera una transformación…
o un escape al más allá.
Sin dolor, sin arrepentimientos.
Me quedé mirándolo.
—Podemos sentirnos grandes, joven Eris.
Podemos creer que somos poderosos aquí abajo, gritando y golpeando.
Pero la verdad es que no somos más que nada frente al vasto universo.
Siempre era así, diciendo cosas raras, como si hablara en otro idioma que solo él entendía.
En ese momento no les di importancia.
Pensé que solo quería hacerse el interesante o confundirme.
—¡Hmpf!
—Pateé el suelo—.
Ghislaine dice que vayas a descansar.
Me lo pidió.
Él finalmente bajó la vista hacia mí.
—Está bien.
Si lo dice Ghislaine.
Saltó del muro, aterrizando sin hacer ruido a mi lado.
—Gracias por venir a buscarme, Eris.
—¡No vine a buscarte!
¡Solo transmití el mensaje!
—le grité, dándome la vuelta para que no viera que mis mejillas se habían calentado un poco.
…
Daiki siempre fue un enigma para mí.
Durante meses, lo observé.
Lo vi entrenar hasta que sus manos sangraban.
Lo vi soportar los regaños de Ghislaine sin pestañear y corregir a Rudeus sin levantar la voz.
Para mí, era como el hielo que se formaba en invierno en los lagos.
Pero me tomó un año…
un año entero antes de mi décimo cumpleaños, darme cuenta de lo equivocada que estaba.
Fue en pequeños detalles.
La forma en que cubría a Rudeus cuando hacía alguna estupidez, asumiendo la culpa sin decir una palabra.
Cómo le dejaba la mejor parte de la comida a Ghislaine cuando pensaba que nadie miraba.
O cómo, cada vez que yo me frustraba y quería romperlo todo porque no entendía una lección, él se sentaba a mi lado, sin decir “eres tonta” o “es fácil”, y simplemente esperaba, hasta que yo estaba lista para intentarlo de nuevo.
Y entonces lo entendí.
Debajo de mi pensamiento estaba la verdad: Daiki no era frío porque no sintiera nada.
Era frío porque contenía demasiado.
Por fuera parecía incapaz de molestarse, sí.
Como una estatua que no reacciona ni al viento ni a la lluvia.
Pero por dentro…
por dentro aguardaba un calor enorme.
Un fuego que solo dejaba ver en destellos, cuando pensaba que nadie se daba cuenta.
Y desde ese momento, dejé de intentar romper su calma a golpes…
Bueno, siendo honesta, también dejé de intentarlo porque era imposible golpearlo.
En serio, lo intenté todo: emboscadas, ataques sorpresa, patadas bajas, lanzar cosas…
nada funcionaba.
Siempre se movía antes de que mi puño llegara, o desviaba mis ataques de tal forma que yo terminaba de cara contra el suelo o abrazando una columna.
—Idiota…
—susurré esa noche, mirando el techo de mi habitación—.
Algún día seré lo suficientemente rápida para darte ese golpe.
Y ese día, vas a tener que mirarme en serio.
Luego, se acercaba su décimo cumpleaños, y fue recién entonces cuando me di cuenta…
Me había enamorado de él.
Y lo peor de todo es que no fue en ese momento.
No fue ayer.
Había sucedido mucho antes.
Exactamente dos años atrás, durante mi propia fiesta de décimo cumpleaños.
Después de aquel baile, me quedé en mi habitación, incapaz de dormir.
Daba vueltas en la cama, enredándome en las sábanas, pero cada vez que cerraba los ojos la imagen volvía a aparecer: nosotros dos, suspendidos en el aire…
y él.
Especialmente él.
El chico que casi nunca sonreía.
El que era incapaz de hacer bromas tontas como Rudeus.
El chico que siempre parecía estar pensando su siguiente movimiento me había sonreído con una calidez que jamás le había visto.
Una sonrisa como ninguna otra.
Me llevé una mano al pecho.
—¿Por qué…?
—murmuré a la oscuridad—.
¿Por qué me sonreíste así?
Siempre pensé que Daiki era inalcanzable, alguien que vivía en su propio mundo de pensamientos y fuerza.
Pero esa noche, mientras me sostenía, no se sintió lejano.
Se sintió…
presente.
Se sintió mío.
Y esa sonrisa…
esa maldita sonrisa fue la prueba de que yo también significaba algo para él.
Que no era solo una tarea, ni una molestia ruidosa a la que tenía que derrotar.
—Idiota…
Gran idiota.
Ahora no voy a poder olvidarlo nunca.
*** Y…
cuando ya faltaban pocos días para su cumpleaños, yo seguía golpeándome la cabeza pensando qué demonios regalarle.
¿Qué se le da a alguien como él?
No le interesaban los juguetes caros.
La ropa elegante la usaba solo por obligación.
Entonces recordé el baile.
Recordé cómo me sostuvo.
Recordé que él me veía como una compañera.
—No quiero darle una cosa.
Quiero darle…
resultados.
Quería demostrarle que mi equilibrio era perfecto.
Que podía moverme en cualquier terreno, incluso en los más peligrosos, sin que él tuviera que sostenerme.
Quería que me viera y pensara: “Ella no necesita ayuda”.
Esa tarde había llovido.
Para cualquier persona normal, subir ahí sería una locura.
Pero yo soy Eris Boreas Greyrat.
El miedo es para los débiles.
Me escabullí por la ventana del tercer piso y trepé hasta el tejado principal.
—Bien murmuré, parándome el techo.
—Centro de gravedad bajo.
Pasos firmes…
Con las palabras que el me había enseñado avancé.
Un paso.
Dos pasos.
—¡Ja!
¡Esto es fácil!
Exclamé emocionado y confiada.
Entonces, decidí intentar una estocada de prática allí mismo, en el borde resbaloso.
Grave error.
Pisé una teja suelta al girar mi pie para impulsarme.
—¿Eh?
No hubo tiempo de gritar.
Mis pies se fueron hacia el cielo.
Empecé a deslizarme.
Cerré los ojos, preparándome para el impacto, para el dolor.
No me iba a matar eso, pero el dolor y la verguenza estarán igualmente.
Pero el final no llegó.
En su lugar, sentí un tirón brutal en mi muñeca, seguido de un brazo fuerte rodeándome la cintura.
—¡Te tengo!
—gruñó, y con un movimiento, me jaló hacia arriba, arrastrándome lejos del borde hasta una zona más segura y plana del techo.
No me soltó cuando estuvimos a salvo.
Me apretó contra él.
Podía escuchar su corazón.
Iba a mil por hora.
Bum-bum-bum-bum.
Igual que el mío.
—¿Eres estúpida?
¿Eres rematadamente estúpida, joven Eris?
Me separé un poco para mirarlo.
Quería gritarle que no me insultara, quería decirle que yo lo tenía controlado (mentira), pero al ver su cara, las palabras se me murieron en la garganta.
No estaba enojado por mi torpeza.
Estaba aterrado.
Estaba aterrado de haberme perdido.
—Yo…
quería entrenar —balbuceé, sintiéndome pequeña por primera vez en mucho tiempo—.
Quería mejorar mi equilibrio…
para sorprendert….
Eso no iba hacer tanto daño…
Daiki cerró los ojos y soltó un suspiro, tembloroso, dejando caer su frente contra mi hombro.
—Casi me matas del susto….
Da igual si te perdía o no, ¿que pasa si es un combate real?
Me quedé quieta, con las manos suspendidas en el aire.
—Lo siento…
—No vuelvas a hacer eso.
Si quieres entrenar equilibrio, lo haremos juntos.
Conmigo al lado.
¿Entendido?
—Sí.
Entendido.
—Bien.
Ahora vamos a bajar.
No necesitaba ser perfecta para él.
Solo necesitaba estar viva.
Y él siempre estaría ahí para asegurarse de que así fuera.
Daiki se quedó de pie frente a mí, cruzado de brazos.
—Joven Eris —Ya te he dicho que dejes de llamarme así —Desvié la mirada hacia la alfombra—.
Solo dime Eris.
—Te diré Eris cuando me venzas.
Y hoy…
hoy casi te vence un tejado mojado.
Sentí la vergüenza arder en mis orejas.
Quería gritarle, pero sabía que tenía razón.
—¿Sabes cuál fue tu error?
—Resbalé.
Las tejas estaban mojadas —respondí a la defensiva.
—No.
Tu error no fue resbalar.
Tu error fue usar demasiada fuerza en un lugar que no la soportaba.
—Eres un cañón —dijo, y por un segundo pensé que era un cumplido, hasta que siguió hablando—.
Tienes potencia.
Tienes fuego.
Pero si disparas un cañón sobre un barco de papel, te hundes.
Tienes que adaptar tu fuerza al terreno.
En el suelo firme del salón de baile, puedes pisar fuerte.
En un tejado mojado, tienes que ser una pluma.
No puedes atacar al mundo con la misma intensidad siempre, porque a veces el mundo es frágil y te romperás con él.
Me dio una palmadita en la cabeza, como si fuera un perro.
—Entrena eso.
Control.
Adaptabilidad.
Cuando entiendas eso…
entonces dejarás de ser un cañón que se hunde a sí mismo.
—Y Eris…
—Dijo mi nombre sin el “Joven”, y algo me golpeó por dentro, como si no estuviera preparada.—.
Gracias por querer sorprenderme.
Pero prefiero que estés viva a que seas impresionante.
Salió y cerró la puerta.
—Bien, Daiki.
Lo entiendo.
Voy a aprender a ser ligera.
Voy a aprender a no hundirme.
Y el día que lo logre…
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com