Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction - Capítulo 24

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction
  4. Capítulo 24 - 24 Episodio 14 El décimo cumpleaños de los mellizos
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

24: Episodio 14: El décimo cumpleaños de los mellizos 24: Episodio 14: El décimo cumpleaños de los mellizos POV: Rudeus Greyrat Llegó el día de nuestro cumpleaños.

Fingimos no haber notado lo ansiosos que estaban todos en la mansión.

Una vez que las lecciones de la tarde terminaron, Ghislaine vino a nuestra habitación.

Ella estaba inusualmente nerviosa, con su cola erguida de forma rígida.

Daiki estaba sentado en su cama, limpiando meticulosamente su espada, con un paño especial.

Ni siquiera levantó la vista cuando ella entró.

—H-hay una magia que quiero que me enseñes, Rudeus —dijo ella.

Su mirada era evasiva.

Aparentemente, su misión era mantenernos en esta habitación.

—¿Ooh?

¿Cuál?

—pregunté, siguiendo el juego.

—¿Me podrías enseñar cómo se ve la magia de nivel Santo?

—Claro, pero dañará la ciudad.

Inundaremos todo.

—¡E-entonces vayamos a las afueras!

¡Ahora mismo!

Ghislaine estaba desesperada.

Daiki soltó un suspiro audible y enfundó su espada con un clic suave.

Bien, ella quería retenernos.

Era hora de divertirse un poco.

—Por cierto, Ghislaine, esta es una de las figuras que fabriqué recientemente.

Le mostré la figura a escala 1/10 de ella misma.

Daiki me miró de reojo, con una ceja levantada, como diciendo: “¿En serio?

¿Ahora?”.

—¿Esta soy yo?

—Ghislaine se sorprendió—.

Pero…

no tiene cola.

—Sí, es difícil esculpirla sin referencia…

—Puse mi mejor cara de inocencia—.

¿Me dejarías ver la base de la tuya?

—No hay problema.

Se bajó los pantalones sin dudar.

—¡Rudeus!

—La voz de Daiki sonó en toda la habitación—.

Ten un poco de decoro.

—¡Es por el arte, hermano!

¡El arte!

—Me defendí, mientras admiraba esos músculos glúteos perfectos.

¡Gracias, Dios de los Músculos!

Daiki se puso de pie, se dio la vuelta dándonos la espalda y cruzó los brazos.

—Termina rápido.

Es patético —murmuró Daiki.

—Tú no entiendes la belleza muscular…

—susurré, tocando la cola de Ghislaine.

Ghislaine se subió los pantalones, ajena a la tensión moral en la habitación.

—Muy bien.

Es hora de cenar.

Vamos.

—Dijo ella rápidamente, empujándonos fuera.

La fiesta estaba en su apogeo.

Eris corría de un lado a otro asegurándose de que todo fuera perfecto, Sauros bebía como si no hubiera un mañana, y Hilda…

bueno, Hilda nos abrazaba y lloraba llamándonos “sus hijos”, lo cual era incómodo pero tierno a su manera.

Entonces, Sauros golpeó la mesa, pidiendo silencio.

—¡Atención todos!

—bramó, con las mejillas rojas por el vino—.

¡Es hora de los regalos!

¡La Casa Boreas honra a sus guerreros!

Eris cruzó sus brazos, infló su pecho, y levantó su mentón.

Había pasado un tiempo desde que había visto esa pose.

—¡Hmph!

¡Alphonse!

¡Tráela aquí!

Ella tronó sus dedos como para crear un sonido agudo y asertivo, pero resultó sordo y plano.

Una vara, la misma que había usado Roxy.

Una vara de mago.

Una fabricada de maderanudosa y firme.

En su punta había un gran cristal mágico de apariencia costosa.

Lo supe enel momento que la vi.

Esa vara era costosa.

Lo sabía porque yo mismo había fabricado dos varas ¿Cuánto gastó en esa cosa?

me pregunté.

Por cierto, los cristales imbuidos con poder mágico que se encontraban en los laberintosno tenían un efecto amplificador.

En cambio, tenían su propio poder mágico, así que eranusados ya sea en objetos mágicos o usados para suplementar el poder mágico de una persona cuando usaba un hechizo poderoso —¡Alphonse, explícalo!

—Dijo Eris.

—Sí, mi señora.

Este bastón es de la rama de un treant anciano vivo del Gran Bosque; una criatura mágica de Clase A que controla la magia de agua.

El cristal, también de Clase A, viene de un dragón de agua incontrolable del Continente Begaritt.

Fue fabricado por Chein Procyon, el gran Director de Varas del Gremio de Magos de Asura.” —Por favor, acepte la vara de parte de la Joven Ama.

—La vara le fue entregada a Eris, quien inmediatamente me la ofreció a mí.

Decidí no pensar en su valor por el momento.

Aunque le había dicho a Eris que no gastara dinero en tonterías, por un día como este, estaba bien.

Parecía que la había encargado especialmente para mí, así que no pude negarme.

Para eso existe el dinero.

—Su nombre es Aqua Heartia —Rey Dragón de Agua Arrogante.

Me detuve; sonaba como algo sacado de una serie otaku.

—¡Tómala!

¡Es un regalo de la familia Greyrat!

¡Mi padre y mi abuelo la encargaron!

Rudeus, eres un gran mago; es raro que no tengas tu propia vara.

La voz de Eris me hizo volver en mí y acepté la Aqua Heartia.

A pesar de su apariencia, era sorprendentemente ligera.

La tomé con ambas manos y la probé.

Era muy manejable.

Aunque tenía un gran cristal en la punta, el balance era perfecto.

No era de extrañar, considerando lo costosa que era.

El nombre, sin embargo, era…

un poco particular.

—Definitivamente es algo otaku…

—murmuró Daiki, lo bastante bajo como para que solo Eris y yo lo escucháramos.

Casi se me escapó la risa.

¿Así que mi hermano conocía ese término?

—¿Otaku…?

—repitió Eris, probando la palabra como si fuera extraña en su boca.

Inclinó la cabeza, pensativa—.

Bah, seguro es de otro idioma.

—Frunció un poco el ceño.

Esa manera tan seria en la que intentaba analizarlo me resultó inesperadamente adorable.

—Gracias.

Por la fiesta, y por darme un regalo tan costoso.

Daiki me dio una palmada en la espalda, sonriendo.

Sabía lo mucho que esto significaba para mí.

Pero luego, el ambiente cambió.

—¡Y ahora!

—Sauros se puso de pie, tambaleándose ligeramente por el vino, pero con una sonrisa que partía su cara—.

¡Para Daiki!

El propio Lord de la casa se agachó y sacó de debajo de la mesa principal una caja…

o lo que quedaba de una.

Era de madera negra, podrida en las esquinas y cubierta de una capa de polvo tan gruesa que parecía gris.

Al ponerla sobre la mesa, la madera crujió bajo un peso antinatural.

Thud.

Daiki, a mi lado, frunció el ceño levemente.

Sus ojos rojos se entrecerraron, y pude ver ese destello sutil que indicaba que estaba usando su habilidad de análisis.

—Abuelo —dijo Eris, arrugando la nariz—.

¿Qué es eso?

Parece basura.

—¡Silencio!

—bramó Sauros—.

¡Observen!

Abrió la caja, y….

Dentro había…

bueno, Eris tenía razón.

Era chatarra.

Era una espada, sí, pero estaba en un estado lamentable.

La hoja estaba cubierta de un óxido rojo y costroso.

La punta estaba rota.

La empuñadura estaba envuelta en cuero reseco que parecía deshacerse con solo mirarlo.

Philip suspiró ruidosamente, llevándose una mano a la frente.

—Padre, por favor.

No le des chatarra al chico en su décimo cumpleaños.

Esto es vergonzoso.

—¡No me miren así!

—gritó Sauros, golpeando la mesa—.

¡La compré a un comerciante por tres monedas de cobre!

—¿Tres…

monedas de cobre?

—repetí, incrédulo.

Eso era menos de lo que costaba una comida barata en la posada.

—¡Exacto!

¡Nadie la quería!

—Sauros se rió—.

¡Decían que estaba maldita!

¡Que pesaba como un demonio y que no cortaba ni mantequilla!

¡El vendedor estaba desesperado por deshacerse de ella!

—Entonces te estafaron, padre —dijo Philip.

—¡No!

—Sauros señaló a Daiki con un dedo tembloroso—.

¡Tengo un presentimiento!

¡Pruébala, muchacho!

Miré a mi hermano.

Cualquiera se habría sentido insultado.

Pero Daiki no.

Claro que no.

Mi hermano tenia una paciencia digna de un santo…

o una terquedad que raya en enfermedad mental.

A veces no sé cuál de las dos es.

Miraba aquel pedazo de chatarra con una seriedad absurda, como si estuviera frente a una obra maestra perdida de alguna civilización antigua.

Yo apenas podía entender qué demonios veía en algo que parecía más apto para tétanos que para combate.

Y aun así, se acercó.

—Daiki, no tienes que…

—empecé a decir, mitad preocupado, mitad resignado.

Levantó una mano sin mirarme siquiera.

Ese gesto suyo, el de “cállate, ya decidí”, lo conozco demasiado bien.

Con la otra mano extendida, avanzó hacia la empuñadura corroída.

En el instante en que sus dedos rozaron el óxido…

pasó.

Thum-thum.

Un sonido bajo…

Daiki cerró la mano sobre la empuñadura.

—¿Eh…?

—soltó mi hermano, y verlo perder su compostura habitual por primera vez fue…

bueno, sinceramente, un poquito satisfactorio.

Y también aterrador.

Lo que pasó después fue imposible.

El óxido rojo no se cayó.

Se evaporó.

Se convirtió en un humo negro y denso que se arremolinó alrededor de la hoja como una serpiente viva, siendo absorbido por el metal.

Crac…

Shhhhing…

El metal crujió y cantó.

Ante los ojos atónitos de todos, la punta rota comenzó a crecer.

El acero negro se estiró, regenerándose como si fuera carne sanando a velocidad acelerada, hasta formar una punta afilada y perfecta.

El cuero podrido de la empuñadura se volvió negro y brillante, ajustándose a la mano de Daiki como un guante hecho a medida.

En tres segundos, la “chatarra” desapareció.

En su mano, Daiki sostenía una espada de obsidiana pura, impecable, que parecía absorber la luz de las lámparas, creando un vacío visual en el aire.

Era aterradora.

Y hermosa.

—Se…

se arregló sola…

—susurró Eris, con los ojos como platos.

Sauros se quedó con la boca abierta un segundo, y luego soltó una carcajada triunfal que hizo temblar el techo.

—¡JAJAJA!

¡LO SABÍA!

¡TRES MONEDAS DE COBRE!

¡SOY UN GENIO DE LOS NEGOCIOS!

¡TOMA ESA, COMERCIANTE ESTÚPIDO!

Daiki levantó la espada.

No parecía pesarle nada, aunque la mesa había crujido bajo su peso antes.

La movió con una fluidez líquida, y el aire silbó con un tono agudo y peligroso.

—Temphestalis…

—murmuró Daiki, como si el nombre hubiera surgido de la espada misma.

—¿Te gusta?

—preguntó Sauros, inflado de orgullo.

Daiki envainó la espada en una vaina de cuero negro recién regenerada.

El “clic” final fue seco, elegante y extraño­amente satisfactorio.

—Es perfecta.

Muchas gracias —dijo Daiki, inclinándose con respeto—.

La cuidaré con mi vida.

Eris no aguantó ni un segundo.

Ignoró cualquier protocolo y tomó a Daiki del brazo.

—¡Es increíble!

¡Daiki, te ves genial!

¡Pareces un héroe de las leyendas!

—Prácticamente saltaba de emoción, con las mejillas encendidas—.

¡Mañana tienes que luchar conmigo usándola!

¡Quiero verla en acción!

Daiki le sonrió con esa expresión suave que solo le dedica a ella.

—Tenga cuidado, Joven Eris.

Esta espada muerde.

—¡No me importa!

—Eris se aferró más a su brazo—.

¡Si estás tú, no me pasará nada!

Observé la escena con una sonrisa cansada.

Báculos mágicos de primera categoría, espadas legendarias adquiridas por tres monedas de cobre…

Definitivamente…

esto es demasiado otaku, pensé.

*  *  * (Más tarde esa noche – Comedor) La fiesta terminó.

Sauros fue llevado a dormir cantando canciones de guerra, Hilda se retiró, y las sirvientas limpiaron.

Nos quedamos solos con Philip.

Daiki y yo nos sentamos frente a él.

Philip bebió un sorbo de vino y nos miró.

Nos contó la historia de la familia Boreas, la lucha de poder con su hermano James, y por qué Hilda estaba tan rota.

—Pensé que Eris no tenía esperanza —dijo Philip—.

Pero últimamente, ha cambiado.

Ha crecido.

Y no es solo por las clases.

Philip miró a Daiki.

—Tiene una motivación.

Tú.

Daiki sostuvo su mirada.

—Daiki —Philip se inclinó hacia adelante—.

Acabo de ver esa espada.

Acabo de ver cómo se reparó en tu mano….

Y he visto cómo mi hija te mira.

Philip fue directo al grano.

—¿Te casarías con Eris?

Yo casi me atraganto con mi agua.

—¿Disculpe?

—preguntó Daiki.

—Si te casas con ella, podrías ayudarme a tomar el control de la familia Boreas.

Tienes el carácter que a Sauros le encanta.

Tienes una espada legendaria.

Y lo más importante…

Eris te escucharía.

Si fueras tú, ella aceptaría.

Serías el próximo Lord Boreas.

Además, eres inteligente.

Miré a mi hermano.

Daiki cerró los ojos un momento.

—No.

Philip parpadeó.

—¿No?

¿Por qué?

—La aprecio.

—Daiki escogió sus palabras con cuidado—.

Pero tengo diez años, Philip-sama.

Y Eris tiene doce.

Hablar de matrimonio político ahora es prematuro.

—Es el momento perfecto.

—No voy a usar a Eris como una herramienta para un golpe de estado.

Si algún día estoy con ella, será porque ambos lo elegimos libremente, no para asegurar su posición en la familia.

Ella merece más que ser una pieza de ajedrez.

Philip nos miró a ambos.

Luego soltó una risa seca.

—Tienen principios.

Odio eso en la política, pero lo respeto en los hombres.

Se recostó.

—Está bien.

Olviden la propuesta política.

Pero la oferta personal sigue en pie, Daiki.

Eres libre de perseguir esa relación.

No tengo control sobre Eris, y sinceramente…

prefiero que seas tú.

Al menos tú puedes sobrevivir a sus golpes y protegerla con esa espada tuya.

—Lo tendré en cuenta.

—Y tú, Rudeus.

Si quieres mujeres, yo te las daré.

Pero no toques a Eris.

Ella ya eligió.

—¡Entendido!

—levanté las manos—.

¡No tengo intención de meterme en el camino de ellos.

Philip se rió y nos mandó a dormir.

*  *  * POV: Eris Boreas Greyrat  No podía dormir.

Ya me había dado vueltas en la cama como diez veces, y aun así mi corazón seguía latiendo fuerte.

Me puse de pie y me miré en el espejo.

Llevaba mi camisón de dormir, el que Hilda insiste en que es “elegante”, pero yo solo veía un pedazo de tela incómodo.

Me toqué el cabello y deshice un rizo, intentando que mis manos dejaran de temblar.

Daiki…

Solo pensar en él hacía que me ardieran las mejillas.

Hoy estuvo…

increíble.

No hay otra palabra.

Cuando tomó esa espada oxidada y de repente se transformó en esa cosa negra, hermosa y aterradora…

fue como ver una leyenda hacerse realidad.

Como si un héroe hubiese decidido aparecer justo frente a mí.

Y cuando me sonrió…

Me tiré de espaldas en la cama, me cubrí la cara con la almohada y solté un ruido horrible que jamás admitiré en voz alta.

—¡Idiota!

¡Idiota Daiki!

—pataleé un poco, golpeando el colchón—.

¿Por qué haces esas cosas?

¡¿Por qué tienes que verte así de genial?!

Me abracé a la almohada con más fuerza.

Igual que cuando era niña y tenía miedo de los truenos.

Solo que ahora no estaba asustada.

Bueno…

un poco sí.

Pero de mí.

Recordé cómo me protegió de los bandidos cuando llegamos a la mansión.

Cómo me enseñó a bailar cuando yo no sabía ni mover los pies.

Cómo me cura cada vez que hago un desastre entrenando.

Incluso cuando le grito.

Incluso cuando me enojo sin razón.

Él simplemente…

está allí.

Hoy cumplió diez años.

Diez.

¿Desde cuándo eso se siente como…

tanto?

Me acerqué a la puerta, mordiéndome el labio.

¿Y si iba a verlo?

Solo para decirle buenas noches.

O felicitarlo otra vez.

O…

o tal vez…

ver su espada nueva.

Sí.

Eso.

La espada.

Abrí un poco la puerta.

El pasillo estaba oscuro, silencioso, como si todos los problemas del mundo no existieran.

Podía caminar hasta su habitación.

Tocar la puerta.

Él siempre está despierto.

Me imaginé su cara sorprendida, sus ojos mirándome, y luego esa sonrisa suave que me derrite por dentro.

—Entra, Joven Eris.

Sentí un calor en el estómago, como si hubiera tragado fuego.

Di un paso.

Y me detuve.

No.

No todavía.

No puedo ir si no soy capaz de vencerlo.

No puedo ir si todavía soy una niña caprichosa.

No quiero que me vea así.

Quiero que me vea fuerte.

Quiero…

quiero ganarle.

¡Quiero ganarle y que se quede sin palabras!

—Te voy a ganar, Daiki —susurré al pasillo oscuro, sintiendo mis mejillas arder—.

Y cuando te gane…

te diré todo.

Te diré que…

que me gustas.

Cerré la puerta con suavidad.

Regresé a la cama.

Me abracé a la almohada con fuerza, como si pudiera transformarla en él con solo desearlo suficiente.

Mañana entrenaré el doble.

No.

¡El triple!

Seré más rápida, más fuerte.

Y mañana…

lo veré otra vez.

Cerré los ojos, sonriendo como una tonta enamorada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo