Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction - Capítulo 25
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- Capítulo 25 - 25 Episodio 15 Punto de inflexión
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25: Episodio 15: Punto de inflexión 25: Episodio 15: Punto de inflexión Daiki Greyrat Decidimos ir a las colinas a las afueras de la ciudadela de Roa.
Rudeus le había prometido a Ghislaine que le mostraría cómo se veía un hechizo de agua de nivel Santo.
Eris, por supuesto, vino con nosotros.
A decir verdad, ella solo vino para combatir conmigo…
y porque, luego de la demostración, planeaba retar a Ghislaine a un combate amistoso.
—¡Daiki, déjame sostener tu espada, por favor!
—pidió Eris con los ojos brillando.
—Claro.
Desenvainé la espada, sintiendo cómo mi refuerzo de mana se liberaba junto a ella.
Eris la tomó con un cuidado casi exagerado, como si fuera de cristal.
—Vaya…
es bastante ligera.
Pensé que sería más pesada.
Le sonreí.
—Eso es porque eres una espadachina de rango avanzado.
No debería ser un problema para ti.
Eris intentó hacer un par de cortes al aire, pero de repente, su muñeca fue jalada hacia abajo, como si un imán invisible hubiera atrapado la hoja.
—¿Q-qué le pasa…?
—alcanzó a decir.
En un instante, la espada comenzó a pesar como si fuera de plomo puro.
Las piernas de Eris temblaron, frágiles como las de un venado recién nacido.
Se negó a soltarla durante varios segundos hasta que, finalmente, sus fuerzas cedieron y la dejó caer.
—Qué raro…
—dije, volviendo a tomarla—.
Si hace un momento la tenías sin problema…
Eris jadeaba, sudada, y se dejó caer sentada en el suelo.
—D-Dios…
Tenías razón cuando dijiste que esa espada mordía.
Sentí cómo me chupaba la mano.
Y ahí lo comprendí.
La espada tenía una especialidad: Vínculo.
Solo respondía a quien había aceptado como su portador.
Para los demás, era como cargar un golem de piedra.
—¿Te drenó el maná, verdad?
Ella asintió, mirando el arma con una mezcla de miedo…
o quizá curiosidad.
—A ver, chico.
Déjame verla.
—Ghislaine se acercó, ignorando a Rudeus por primera vez en el día.
Tomó la espada con firmeza…
y pasó exactamente lo mismo.
La hoja se volvió absurdamente pesada.
Tan pesada que la mismísima Ghislaine comenzó a hundirse en el suelo.
Nos quedamos boquiabiertos.
Era la primera vez que veíamos a Ghislaine esforzarse de verdad solo para sostener algo.
—…Basta —gruñó.
Soltó la espada y todos nos preparamos para el estruendo de un meteorito cayendo.
Pero no: el metal tocó el suelo, inofensivo.
—…Seguro tiene algún hechizo, o absorbe maná…
eso debe ser lo que la hace tan pesada —murmuró Rudeus, activando su modo de genio mágico.
Recogí la espada.
Para mí, seguía siendo una extensión ligera de mi brazo.
Miré a Ghislaine, que se frotaba las muñecas con el ceño fruncido, y luego a Eris, que seguía recuperando el aliento.
Si la Reina de la Espada no podía sostenerla…
entonces no era cuestión de fuerza física.
—Hermano.
—Me acerqué a él, ofreciéndole la empuñadura—.
Ten.
Rudeus dio un salto hacia atrás, agitando las manos frenéticamente.
—¡Ni hablar!
—chilló—.
¡¿Estás loco?!
¡Viste lo que le hizo a Ghislaine!
¡Esa cosa se tragó su maná y la hundió en la tierra!
¡Si yo la toco, me va a arrancar los brazos y me va a dejar seco como una pasa!
—No lo hará.
—¡¿Cómo lo sabes?!
¡Es una espada maldita!
¡Yo soy un mago, Daiki!
¡Mis brazos son para sostener varitas y tocar cosas suaves, no para levantar yunques demoníacos!
Di un paso más, invadiendo su espacio personal.
—Rudeus.
Confía en mí.
Él se detuvo al instante.
Esa frase siempre funcionaba entre nosotros.
Era nuestro código: si yo decía que estaba bien, significaba que había calculado cada posibilidad, cada riesgo.
—…Si pierdo un brazo, voy a culparte en mi testamento —murmuró, resignado.
Pude ver cómo las manos de mi hermano temblaban mientras estiraba los dedos hacia el mango.
—Aquí va…
—murmuré.
Solté la espada y la dejé caer en sus manos.
Rudeus cerró los ojos con fuerza, listo para escuchar el crujir de sus huesos o sentir cómo su maná se drenaba de golpe.
Esperaba un grito…
pero no ocurrió nada.
Solo el esfuerzo evidente de mantener la espada levantada, temblando bajo su peso natural.
Rudeus abrió un ojo.
Luego el otro.
Y su mirada se encontró con la mía.
—¿Eh…?
Se quedó quieto un segundo.
—Uff…
pesa —gruñó—.
Pesa bastante, como un saco de patatas.
Pero…
No se hundió en el suelo.
—No me está mordiendo —dijo, sorprendido—.
Solo es…
una espada pesada.
Eris se levantó de un salto, señalando con el dedo y con una vena marcándosele en la frente.
—¡¿QUÉ?!
¡¿Por qué él sí puede?!
—exclamó, indignada—.
¡Rudeus no tiene músculos!
¡Yo soy mil veces más fuerte que él!
—¡Oye, sí tengo…!
—se defendió Rudeus, flexionando un bíceps casi invisible—.
¡Solo que no soy un espadachín como ustedes!
¡Soy un intelectual atlético!
Eris resopló.
—Eres blando, Rudy.
—¡Soy aerodinámico!
Yo sonreí levemente.
—Es la sangre —dije, recuperando la espada de las manos temblorosas de mi hermano antes de que se le cayera por falta de costumbre—.
O quizás, simplemente, la espada sabe reconocer a la familia.
Rudeus se masajeó los brazos, sin apartar los ojos de Eris.
Ella le lanzó un resoplido, y él respondió con otro.
—Bueno…
supongo que eso significa que soy digno —dijo, inflando el pecho con orgullo—.
Aunque prefiero mi báculo.
Esa cosa no tiene estilo mágico.
Guardé mi espada.
—Suficiente experimento.
Ghislaine, ¿estás lista?
Rudeus quiere mostrarte su magia.
Ghislaine asintió, aunque seguía mirando mi espada con recelo.
—Muéstrame el poder de un Santo del Agua.
Rudeus sonrió.
—Muy bien, ahora lo que han estado esperando.
¡Yo, Rudeus Greyrat, les enseñaré mi técnica secreta todopoderosa!
—¡Sí!
—Eris aplaudió de alegría.
Ghislaine también se veía profundamente interesada.
Y yo, no voy a mentir, también estaba emocionado.
Rudeus me miró antes de iniciar el cántico, con esa chispa de rivalidad en los ojos.
—¿Me estás retando, hermano?
—¡Un mago es más genial que un espadachín!
¡A ver si logras hacer esto!
— —¡Un mago es más genial que un espadachín!
¡A ver si logras hacer esto!
— Rudeus Greyrat —¡Muajajaja!
—Levanté mi vara hacia el cielo mientras recitaba el hechizo—.
¡Poder Mágico, ven a mí!
Magnífico Espíritu del Agua, asciende hacia los cielos…
¿Eh?
Fue en ese momento cuando me di cuenta.
—¿Mm?
¿Qué es eso?
—¡No lo sé, pero es una cantidad de poder mágico increíble!
Así que ella podía verlo.
Después de tres años, finalmente confirmaba su verdadero poder…
un Ojo Demoníaco.
Ghislaine rápidamente volvió a colocarse su parche.
¿Deberíamos regresar a la ciudad?
No sabía lo que presagiaba este cielo anormal, pero si algo pasaba, quería tener un techo bajo el cual refugiarme.
Estaríamos en problemas si comenzaban a llover lanzas.
—No, mientras más cerca estás de la ciudad, más concentrado es el poder mágico.
Sería mejor alejarnos.
—Dijo Ghislaine.
—Pero al menos tenemos que regresar a la mansión y advertirles a todos!
I —En ese caso, yo iré…
—Ghislaine estaba a punto de irse, hasta que…
—¡Rudeus!
¡Agáchate!
Me agaché instintivamente.
Algo pasó silbando a mi lado, cortando el aire a toda velocidad justo donde había estado mi cabeza hace un microsegundo.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
—Eso fue…
—¿Qué…
qué fue eso?
¿Qué acaba de pasar?
—Fue la técnica del Dios de la Espada de rango Santo, la Espada de la Luz.
Mi hermano tenia su espada ya en la mano, y Eris estaba detras de el.
Oh…
Ghislaine me había mostrado esto antes.
E incluso mi hermano.
Era una técnica secreta que se decía alcanzaba la velocidad de la luz en la punta de la espada.
Me di la vuelta lentamente.
—¿Quién…?
Ahí de pie había un hombre.
Él tenía el cabello rubio y estaba usando algo que se veía como un uniforme escolar completamente blanco, abrochado al frente.
Él probablemente tenía un rostro apuesto, pero estaba oculto detrás de una máscara amarilla que tenía la forma de un zorro.
Había una daga en su mano derecha Debe haber sido eso.
Eso fue lo que casi me decapita.
—¿Quién eres tú?
¡Dinos tu nombre!
—…
Tras el grito de Ghislaine, el rostro del sujeto brilló.
Una luz intensa nos cegó a todos por un instante.
Cerré los ojos de golpe.
—¡Gaah!
—rugió Ghislaine.
Escuché el choque de metal contra metal.
Dos veces.
Una tercera vez.
Movimientos inhumanamente rápidos.
Cuando mi visión regresó, Ghislaine estaba frente a mí sin el parche.
Se lo había quitado en el instante del destello para usar su Ojo Demoníaco.
—¡Bastardo!
¿Quién eres tú?
¿¡Eres un enemigo de la familia Greyrat!?
—Arumanfi la Luz.
Ese es mi nombre.
—¿Arumanfi?
—Vine a investigar este extraño fenómeno, bajo las órdenes de Perugius-sama.
Perugius.
Uno de los tres héroes legendarios que sellaron al Dios Demonio.
Un invocador con doce familiares.
Recordé el nombre como una reacción en cadena.
Arumanfi la Luz.
Uno de los doce familiares.
—Ghislaine, ten cuidado.
De acuerdo a los libros, este sujeto puede moverse a la velocidad de la luz.
Daiki se movió, intentando acercarse a ella.
—¡Ghislaine!
¡Voy a ayudarte!
Ella gruñó, irritada por la intromisión.
—¿Estás bromeando?
No necesito tu ayuda ahora mismo.
Respondió sin apartar la vista del enemigo.
Y antes de que Daiki pudiera reaccionar, Ghislaine levantó su pierna en un movimiento borroso.
En un parpadeo, mi hermano salió disparado hacia atrás como un proyectil.
—Rudeus, llévate a la Joven Ama y retrocede.
—Rudeus, llévate a la Joven Ama y retrocede —– Daiki Greyrat Aterricé clavando las botas en la tierra, levantando una nube de polvo.
El impacto no dolió; Ghislaine solo había usado la fuerza justa para alejarme, no para herirme.
Me giré y tragué saliva.
¿Y ahora qué se supone que hacemos?
Si ese realmente era Arumanfi, una espada normal no podría tocarlo.
Lo leí en La Leyenda de Perugius.
Es un espíritu de luz; puede viajar cualquier distancia instantáneamente si está en su campo de visión.
No estaba rondando por aquí; voló hasta aquí literalmente a la velocidad de la luz al ver la anomalía.
—Muévete, mujer.
Este suceso extraño podría cesar si asesino a ese niño.
Sabía perfectamente de quién hablaba: de mi hermano.
Pero, ¿por qué?
¿Qué tenía que ver Rudeus en todo esto?
—Yo soy la Reina de la Espada, Ghislaine Dedoldia.
Esa cosa en el cielo no tiene nada que ver con nosotros.
¡Retírate!
—¿Reina de la Espada?
¿Cómo podría creer eso?
Muéstrame una prueba.
—¡Mira!
Esta es una de las famosas hojas de los Siete Dioses de la Espada, Hiramune.
¿Sigues sin estar satisfecho?
—Ella apuntó su espada hacia él.
—Júralo por los nombres de tu maestro y tu familia.
—¡Lo juro por el nombre de mi maestro, el Dios de la Espada Gal Farion, y el honor de los Dedoldia!
—Era Dedoldia, ¿no?
Muy bien.
Si más tarde descubrimos que mienten, Perugius-sama decidirá su destino.
Arumanfi guardó su arma.
Parecía que el conflicto físico había terminado.
—Está bien, siempre y cuando ustedes no sean los responsables.
—¿Y ni siquiera te disculparás por atacarnos de la nada?
—Fue su culpa por estar aquí haciendo algo sospechoso —respondió él, dándonos la espalda con desdén.
—Um…
—empezó a decir mi hermano.
—¿Mm?
Justo cuando Rudeus iba a hablar, el cielo se volvió blanco.
Un rayo de luz descendió, impactando la tierra en absoluto silencio.
En el instante en que tocó el suelo, la luz se expandió en un domo a una velocidad terrorífica, un maremoto de energía pura.
La mansión, la ciudadela, los árboles…
todo fue devorado.
Arumanfi desapareció en un destello Arumanfi desapareció en un destello.
Ghislaine se giró, gritando algo que el estruendo silencioso no me dejó oír, y se lanzó hacia nosotros.
Pero la luz la alcanzó antes de que pudiera dar dos pasos.
Desapareció.
—¡Mierda!
Me giré hacia Rudeus y Eris.
—¡AGÁRRENSE!
—grité con todo lo que tenía.
Concentré toda mi fuerza en mis piernas.
Me convertí en un misil humano hacia ellos.
Pero fue inútil, tan pronto como estaba llegando, la luz pareció aumentar de velocidad.
Estiré mi mano hacia ellos, intentando cerrar la brecha, intentando agarrar aunque fuera un dedo, una prenda, lo que fuera.
Cuando mis dedos rozaron el aire cerca de ellos, sentí cómo la gravedad desaparecía.
—¡Daiki!
—gritó Eris.
La vi estirar su mano hacia mí, con el rostro desencajado por el terror.
Lo único que pude sentir fue el roce de la piel de su muñeca contra mis dedos, un contacto fugaz, hasta que mi brazo completo fue succionado por el vacío.
Fallé.
[ERROR DE CONEXIÓN.] [DESTINO: DESCONOCIDO.] * * * Cuando abrí los ojos, me dí cuenta que estaba en una especie de “vacio” con blanco absoluto.
Inmediatamente supe que esto no era real.
Tenía que ser alguna clase de sueño lúcido o una alucinación post-mortem.
Aun así, por alguna razón, me sentía…
pesado.
Diferente.
Bajé la mirada hacia mis manos.
Eran pálidas, delgadas, sin callos de espada.
Más grandes que las que recordaba.
Al tocarme el rostro sentí una piel aespera…
Y una rigidez muscular.
Era…
ese cuerpo.
El vacío que se había negado a sentir durante años.
Intenté fruncir el ceño, gritar, llorar…
pero nada salió.
Solo sentí un tirón incómodo bajo la piel…
Por supuesto.
Era mi antigua cara…
Mi antiguo cuerpo…
Ese mismo que no había sido capaz de dibujar una sonrisa sincera en dieciocho años.
Todos los recuerdos de mi vida pasada me golpearon de lleno, incluso aquellos que creí haber haber olvidado.
La soledad, la apatía…
todo regresó para aplastarme el pecho.
El destino realmente tiene un sentido del humor retorcido.
O lo que sea que controle este universo.
En este punto, ya ni siquiera me importaba maldecirlo.
Finalmente había obtenido una familia que me quería de verdad.
Un hermano leal con quien compartir secretos, una amiga excepcional y fuerte…
Y justo cuando recupero mi humanidad, justo cuando aprendo a vivir…
lo pierdo todo otra vez.
Solamente habría deseado que durara un poco más.
Solo un poco más de tiempo bajo el sol.
Dejé escapar un suspiro, o la intención de uno, porque aquí no parecía haber oxígeno que respirar, y cerré los ojos.
Me di cuenta de que un ser había aparecido frente a mí.
El individuo tenía una silueta blanca y vacía, marcada por una gran sonrisa.
—Hola.
Encantado de conocerte, Daiki.
Lo miré sin levantarme, manteniéndome en guardia incluso sentado en el suelo blanco …¿Eh?
¿Qué eres?
¿Dios o el portero del cielo?
La figura soltó una risa tintineante, como si hubiera contado el mejor chiste del mundo.
—¡Jajaja!
¡Portero!
Eso es nuevo.
No, no soy un simple empleado.
Soy Hitogami.
El Dios Humano.
Se acercó más.
—Y debo decir…
lo que acaba de pasar fue terrible, ¿verdad?
Hitogami se llevó las manos a la cara en un gesto de falsa simpatía.
—Pero no te preocupes.
Estoy aquí para ayudarte.
Porque me caes bien.
Eres diferente a los demás.
…¿Ayudarme?
—repetí, entrecerrando los ojos—.
¿Por qué un Dios querría ayudarme?
—Porque tu situación es…
especial.
—Hitogami se inclinó—.
Y porque tu hermano, Rudeus…
Él sí que está en problemas.
…¿Qué pasa con él?
—Me levanté al instante.
—Ha caído en el peor lugar posible.
El Continente Demoniaco.
Está rodeado de monstruos, solo, asustado…
y se ha encontrado con un hombre muy peligroso.
Un Superd.
Hitogami hizo una pausa dramática.
—Va a morir, Daiki.
Rudeus va a morir si no haces algo.
…
…Entiendo.
¿Qué quieres entonces?
—Verás, estás en una situación algo…
bueno, ¡eso ya lo averiguarás!
Debes tomar el primer barco que puedas.
Tu hermano no la pasará bien si te quedas.
…Mientes.
Hitogami se detuvo.
….Rudeus no es débil…
Di un paso hacia la “deidad”, que, siendo honesto, veía más como un payaso que como un dios.
—Qué fe tienes en él.
Pero la fe ciega es peligrosa.
Yo veo el futuro, pequeño humano.
Veo los hilos que se rompen.
¿Crees que unas cuantas lecciones pueden detener el caudal del destino?
…El futuro es la suma de variables y decisiones.
No una película que te sientas a ver con palomitas.
Es un cálculo de probabilidades.
Y tú solo eres una variable molesta.
Solté una risa seca.
—¿Molesta?
Te ofrezco omnisciencia.
Te ofrezco evitar el dolor.
¿Por qué luchar a ciegas cuando puedo darte un mapa?
…En mi vida pasada, mi casa ardió con mis padres dentro.
¿Dónde estaban los dioses entonces?
¿Dónde estabas tú?
—Yo solo existo en este mundo.
…Creí que eras omnisciente.
Hubo un breve silencio.
—Eres testarudo.
Y cínico.
Te ofrezco ayuda gratis.
Información.
Poder.
Cualquier otro mataría por estar aquí.
…¿Me ofreces ayuda?
¿De verdad?
Tch…
¿así son los dioses de verdad?
—¿Qué eres, Daiki?
…Soy lógico.
Me di la vuelta, dándole la espalda.
…Despiértame.
Tengo cosas que hacer.
Tengo que buscar a mi hermano.
No porque crea que vaya a morir, sino porque tenemos una promesa pendiente.
—¡Te arrepentirás!
—gritó Hitogami—.
Sufrirás hambre, frío y desesperación.
Y cuando estés roto, volveré a preguntarte…
…El sufrimiento es solo un dato más.
Puedo procesarlo.
Además, si intentas hacerle algo a mi hermano, verás que los humanos tambien pueden cazar Dioses.
—Eso lo veremos, pequeño humano.
¿Estás seguro de dejar a tu hermano a merced del destino?
Él te necesita.
…
La figura de mosaico permaneció inmóvil.
Luego esbozó una sonrisa grotesca y condescendiente.
Levantó una mano, como si se despidiera de un viejo amigo.
—Entiendo.
En ese caso, cuidado con la caída.
Ah, y toma mi consejo en serio…
no vaya a ser que— …¡¿Qué?!
…………
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