Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction - Capítulo 27
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- Capítulo 27 - 27 Episodio 17 En el Gran Bosque
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27: Episodio 17: En el Gran Bosque 27: Episodio 17: En el Gran Bosque Seguí mi camino con los elfos, eliminando algunos bichos que salían de los arbustos y de pequeños agujeros en algunos lugares.
No era precisamente un bosque pacífico, pero parecía que solo me atacaban a mí.
¿Será por ser humano o un extraño?
Bueno, ahora eso no importaba.
Lo importante aquí era esa luz y lo que sea que me trajo hasta aquí.
Y eso no me dejaba tranquilo en absoluto, más sabiendo dónde podría estar mi hermano.
Además, se sintió demasiado específico para ser considerado una simple coincidencia, pero a la vez, muy caótico.
Si fuera un hechizo de teletransporte, aparecerías con los pies en la tierra o, de última, encima de un círculo mágico.
Pero yo aparecí en el aire.
Eso solo significaba una cosa: ignoró por completo la altura.
No supo distinguir entre el suelo y el cielo.
Si mi hermano terminó en el continente demoníaco… ¿También habrá aparecido sobre el suelo o cayó desde la altura como yo?
…Además, considerando su magia, estoy seguro de que habrá sobrevivido de todas formas.
Pero también existe la posibilidad de que alguien haya aparecido bajo tierra, fusionado con la roca, o en alguna cueva o mazmorra, o en el fondo del mar.
Tuve suerte, porque “caer” es mucho mejor.
[Deja de pensar en esas cosas.
Analiza en base a tu situación actual, no en otro lado.] Ayam tenía razón, me estaba dejando llevar demasiado por mis análisis, y ahora lo único que debía hacer era no permitirme caer por eso.
…Tienes razón, Ayam… Eh, es raro llamarte así.
Suspiré.
Sobre el lugar donde me encontraba, era el Gran Bosque ubicado en el continente de Millis.
Lo que significaba que estaba bastante lejos de Asura.
Sobre los elfos, ellos viven en el sureste del Gran Bosque, y ahora me estaban llevando hacia su aldea.
Por cierto, al norte está la raza bestia, donde solía vivir Ghislaine.
Aunque nunca me contó por qué se fue, tampoco quería preguntarle.
En ese momento, cuando había mencionado su aldea, solo estaba enfocado en el entrenamiento.
También llegué a pensar en mis padres, si estarían bien o buscándonos tras enterarse del incidente.
Aunque mi padre fuera fuerte, un avanzado en los tres estilos, Norn y Aisha podrían estar en peligro si él decidía salir a buscarnos.
Solo me quedaba la certeza de que no hubieran salido de ahí, que decidieran esperarnos, que confiaran en nosotros, pero… [Podrían estar buscándolos.
Son sus hijos, después de todo.] …Como siempre, alguien tenía que darme la lata.
‘¿Por qué siempre tienes que arruinar mi calma?
‘ No me respondió.
Lo único que podía escuchar eran las aves y las pisadas sobre un suelo pantanoso.
‘Ayam… ¿y se pronuncia a-iam… “Yo soy”?
Eso es… ‘ [No lo pensé por eso.
Ah, y respondiendo, yo no hago nada.
Eres tú el que está todo el tiempo pensando en los demás en lugar de en tus propios pies.] ‘Yo… ‘ Quería refutarla, argumentarle que sí era su culpa, pero me di cuenta de que tenía razón.
Porque si me permito asumir cosas, lo único que demostraré es debilidad, y todo lo que les he dicho a varias personas sobre tener control, no temer y no desaprovechar las oportunidades, se disolvería y se rompería como palabras vacías.
Y en este momento, debo usar todo eso.
Y sobre aquel Dios… si aparecí tan lejos de mi hermano, y me dijo que debía salvarlo yendo en el primer barco que pudiera, y siendo supuestamente un ser omnisciente que lo ve y sabe todo, debería asumir que el mar es traicionero, que el mundo es enorme y que nada aseguraba que encontrara a mi hermano yo solo.
¿Realmente quiere que salve a Rudeus o necesita que vaya para morir en el intento?
Aunque fue una idea ir a buscarlo, ni siquiera sé dónde estoy exactamente, además de saber que es el Gran Bosque en el continente de Millis.
Porque ver un mapa no es lo mismo que vivirlo, y debía buscar información sobre el incidente.
Y si de todas formas decidía ir, nada me aseguraba que, en un continente tan grande, tuviera la casualidad de encontrarlo.
—Muchacho.
Los elfos hablaban en el idioma del Dios Bestia.
Sin embargo, solo el mayor y una chica de mi edad eran capaces de hablar el idioma humano.
—Lo siento, estaba pensando demasiado, ya sabe…sobre mi hermano.
El señor elfo, el padre de esa familia, asumí, me miró con una leve sonrisa.
—¿De casualidad no eres un mediano, verdad?
¿Un mediano…?
Tiene sentido.
Mi padre dice que ellos usan la ventaja de ser más bajos y parecer más jóvenes para aprovecharse de los humanos, haciéndoles creer que son solo niños o gente de corta edad.
—No, señor.
Solo tengo diez años y soy un humano.
El hombre pareció pensar un momento.
Los demás elfos, especialmente la chica que parecía de mi edad, me miraban con cierta curiosidad.
Los niños me miraban como quien mira a un superhéroe.
A su edad, yo solía ser igual, como cuando le pedía dinero a mi madre para comprar los tomos de Dragon Ball.
Antes del incendio, antes de que todo se perdiera por las llamas.
—Entiendo.
Pareces uno, así que al menos no te mirarán raro.
Solo no esperes buena hospitalidad como la nuestra; ellos no te conocen ni saben lo que hiciste, pero me encargaré de difundirlo.
—Entendido, señor.
No podía hacer otra cosa.
Mejor aparentar algo que no soy a terminar asustándolos, y eso precisamente era lo que no quería hacer.
Recordé la duda de Paul y toqué mi cabello de forma instintiva, como si eso hubiera sido una respuesta de mi cuerpo, una que no anticipé, por el recuerdo persistente de ese momento que aún no puedo borrar del todo.
— El camino fue bastante tranquilo.
Los elfos sabían por dónde ir y evitaban trampas naturales y algún que otro monstruo, usando magia de viento principalmente.
Daba la posibilidad de que quizá hubieran vencido a aquel grifo.
Estaba debilitado y con mucha hambre…
Aun así, parecían estar agradecidos.
No les importó ni por un momento que haya caído del cielo, si eso significaba que los había ayudado.
Ni siquiera me explicaron nada al respecto.
Llegamos finalmente al pueblo.
Al mirar hacia arriba, no era precisamente hermoso por su tamaño, sino por cómo se fundía de forma perfecta con la naturaleza.
La arquitectura era arbórea.
Algunas casas estaban suspendidas en las copas más altas, conectadas por puentes, y otras habían sido talladas en el interior de los troncos más anchos.
Asumí que usaban el propio follaje denso como escudo contra la lluvia.
Nos acercamos a unas escaleras hechas de gruesas ramas entrelazadas y cuerdas trenzadas, formando una especie de escalera colgante.
La familia comenzó a subir sin problema.
Al subir con naturalidad por una escalera de lianas que se movía, los niños gritaban en su idioma: —¡El mediano es increíble!
—¡Quiero ser igual de genial!
—¡¿Me enseñas a subir con esa seguridad?!
—¡¿Cómo hiciste para caer del cielo?!
Era todo lo que decían.
Luego noté cómo miraban la espada en mi cintura con cierta curiosidad.
Ya la habían visto antes, pero seguían intrigados.
La desenvainé, levantándola sobre mi cabeza.
Los niños cerraron los ojos por el sonido.
—La llamo Tempest o Temphestalis… El niño más grande intentó agarrarla, pero rápidamente la alejé.
—¡Niños!
¡No molesten al invitado!
—¡Pero mamá, solo quería sostenerla!
—Precisamente por eso no debes hacerlo… —Luego me miró—.
Perdónalos, a veces son demasiado curiosos.
—Me guiñó un ojo antes de agarrarlos a los cuatro por el brazo y arrastrarlos dentro de la casa como si nada.
[Nota mental: no hacer enojar a la madre.] …Si, tienes razón.
El padre y los tres chicos también se fueron, dejándome solo con dos elfas.
—…¿Cómo te llamas?
—me preguntó la elfa de cabello color miel.
Se acercó lo suficiente para hablarme, pero sin invadir mi espacio.
—Me llamo Daiki.
Ella llevó sus manos a la espalda y se inclinó hacia un costado, interesada, mientras abría los ojos de par en par, con la curiosidad típica de alguien que no puede contener su interés.
—No eres de por aquí, ¿verdad?
Ese nombre es extraño, sin ofender.
La miré por un momento.
—Vengo del continente central… del reino de Asura.
Ella movió ligeramente las orejas, como hacía Sylphy cuando estaba curiosa.
—¿Del continente central?
¿Qué hace un niño humano tan lejos?
Creí que eras del País Sagrado de Millis.
—¿Conoces ese lugar?
—No personalmente, pero he oído hablar.
Dicen que Millishion es una ciudad hermosa, única… —me miró por un momento—.
Es decir, no, no la conozco específicamente, solo historias.
—Bueno… se puede decir que tengo “ciudadanía” por derecho de nacimiento.
Ella volvió a mover las orejas.
—¿Ciudadanía?
¿Derecho de nacimiento?
… —Ah… quiero decir que mi madre nació allí.
Soy parte de su gente, nada más.
—Entiendo.
Sangre llama a sangre.
—Aun así… —¿Mmmm?
—Según lo que sé, puede que no sea bien recibido ahí por mi aspecto.
—¿Qué tiene de raro tu aspecto?
La miré por un momento.
—Bueno… no me presenté.
Me llamo Sylvara, mucho gusto, Daiki —dijo, con una sonrisa radiante.
También le devolví la sonrisa, sorprendentemente.
—Y yo me llamo Lyrisel —prácticamente gruñó un poco; tenía el cabello corto, del mismo color que Sylvara, y se veía como la más “ruda” de las dos.
—No es de muchas palabras, pero es gentil —dijo Sylvara, presentándola.
Levanté mi mano, saludando.
—¡Chicos, hora de comer!
—gritó la madre, casi haciéndome tropezar del susto.
—¡Ya vamos!
—Sylvara prácticamente tomó mi mano.
—¿Yo también?
Pero… solo venía de paso… Prácticamente me arrastró mientras mi calzado se iba rompiendo poco a poco.
*** La cena había sido espectacular.
—Mamá hace las mejores carnes, ¿no es así?
—dijo Sylvara, con la panza completamente llena, mientras se dejaba caer hacia atrás en la silla.
—Sí, estaba muy delicioso.
Aun así, siento que no merezco todo esto.
Ella negó con la cabeza.
—No es solo eso.
También es nuestra forma de pagarte por ayudarnos.
—Pero podrían haberlo venci— —Tal vez sí, o tal vez no —me interrumpió—.
No sabemos cómo ataca un grifo… y se mueven por los aires, así que silencio y acepta nuestra paga.
¿Entendido?
Intentó sonar muy sabia, pero se inclinó tanto que terminó cayéndose hacia atrás, perdiendo toda credibilidad en el acto.
—¿L-lo entendiste, verdad…?
—roja hasta las orejas.
—Sí, lo entiendo.
Me permití reír un poco.
—¿Daiki?
Una voz llegó desde atrás.Al mirar hacia atrás, era Sylmeria, que se asomaba desde una de las habitaciones mientras me hacía un gesto para acercarme.
—¿Qué pasó?
—Te preparé el baño.
Rápido, que el agua se enfría.
Me levanté enseguida.
—No se preocupe por eso, soy capaz de calentar el agua usando Mano Caliente.
Ella arqueó una ceja.
—Bien, está todo listo entonces —me dedicó una sonrisa cálida—.
Tienes ropa nueva también.
No es la mejor… pero era la que usaba mi hijo cuando tenía tu edad.
…
Entré al cuarto donde estaba la tina.
La habitación era pequeña, y en el centro había una especie de tina profunda hecha de un solo tronco hueco.
Entré despacio, dejando mis cosas a un lado.Me quité el chaleco destrozado con cuidado, luego el pantalón y, por último, el calzado.
Lo único que realmente extrañaba de mi vida pasada era el calzado… Y lo único que sobrevivió fue la ropa interior, nada más.
Entré de forma lenta, disfrutando de cada sensación.
—…Esto sí que lo necesitaba… Después de estar más de media hora sumergido, manteniendo el agua a la temperatura perfecta con Mano Caliente, finalmente decidí que era hora de salir.
Me incorporé despacio.
Tomé la toalla que también me habían dejado y me la pasé por los brazos y el torso mientras, casi por costumbre, combinaba un poco de magia de viento y fuego para crear una brisa tibia que me secara el cabello más rápido.
Salí renovado de la habitación, con la ropa nueva puesta.
No era un conjunto especialmente elaborado: un pantalón negro que me llegaba a las rodillas, igual que el anterior, y una camisa blanca de mangas cortas.
El chaleco que me habían dejado también era negro.
—Ven, Daiki, vamos a dormir —dijo Sylvara, haciéndome señas con una mano.
La seguí, y cuando entré a la habitación me detuve un segundo.
Era grande, mucho más de lo que esperaba, y todas las camas estaban en el mismo espacio.
No había distinción entre hermanos mayores, menores, primos o tíos.
Simplemente dormían juntos, algo distinto a lo que estaba acostumbrado.
—No te preocupes, ya preparamos tu cama.
Es sencilla, pero es mejor que dormir en el bosque, ¿no?
—dijo Sylvara con esa naturalidad que parecía tener para todo.
Di un paso resignado y me acosté en la cama que me indicaron.
Me quedé mirando el techo, escuchando las respiraciones suaves de los demás, hasta que todas las velas se apagaron.
—Buenas noches, Daiki… —por un segundo, pensé que podía sentir la respiración de Sylvara.
—Buenas noches, Sylvara.
Y con esa pequeña certeza, me dejé llevar por el sueño.
* * * * —Eris Eris… piensa en la espada como tu extensión… —Rudy, ¿a quién vendes esas figuras…?
—Ghislaine… lee este libro y, para el final del día, dime qué entendiste… Luz… Hikari… Luz… Por un instante, había vuelto a Roa.
A esa mansión, cuando todavía no había pasado nada horrible, y lo del cielo no era más que una tormenta.
Después de la demostración de Rudeus, Ghislaine me entrenaba como siempre, y podía dormir tranquilo sin necesidad de tener mi espada al lado, sin estar en alerta constante… y Eris, que cada vez que entrenaba con Ghislaine y lograba algo significativo, siempre intentaba retarme a un duelo.
Siempre perdía, claro, pero nunca se rendía por eso.
Incluso Phillip… que siempre estaba con sus insinuaciones obvias.
—Dicen que las parejas que entrenan juntas terminan uniéndose más de lo que esperan.
O… —Si siguen así, tendré que empezar a preparar el salón para un compromiso.
Pero no… La luz terminó regresando y, con ella, la realidad.
Sigo aquí, en la aldea de los elfos.
Me levanté de la cama con la cara empapada de sudor.Desde el incidente, todo había sido demasiado fuerte… y un solo momento de vulnerabilidad casi me partía al medio.
Me puse el calzado, me acomodé la ropa y tomé a Temphestalis.
El amanecer estaba a punto de empezar y, aun así, no había nadie durmiendo.
Ni siquiera los más pequeños.
Todo estaba en silencio… La familia me recibió con una alegría que casi me descolocó.
Me prepararon una bolsa grande de cuero para el viaje, con algo de comida… y la carne especial de Sylmeria, esa que había amado desde el primer bocado.
—Esto es por salvarnos… Sé que debes irte, pero queremos que lleves contigo la insignia de la familia.
Esa bolsa la tiene.
Perteneció a mi padre… y nadie se sentía digno de llevarla.
Por favor, ¿puedes honrarla?
No sabía qué decir.
—Yo… eso tiene un valor indiscutible para ustedes.
¿Por qué le darían algo así a un humano que apenas conocen?
Sylmeria simplemente llevó las manos a la espalda y me miró con calma.
—Porque mi padre decía que solo los verdaderamente valientes son capaces de llevar su bolsa.
Eso es todo.
Además… es mejor eso que verla haciéndose polvo poco a poco, ¿no crees?
Sé que le darás un buen uso.
—Exacto, acéptalo, Daiki —dijo Sylvara, nerviosa, agitándose de un lado a otro mientras sus orejas también se movían.
Los niños también levantaron los brazos, insistiendo para que la aceptara.
—Está bien, está bien… pero no me maten si llego a romperla —dije con un poco de ironía.
Eso soltó risas en todos.
—No prometemos nada —dijeron al unísono.
Bajé con cuidado las escaleras.
Cuando toqué el suelo, sentí la humedad y el barro.
* * * Pasaron varios días desde entonces.
No tengo muy buena percepción del tiempo bajo este bosque tan frondoso; ni siquiera era capaz de ver el sol desde aquí abajo.
Todo iba con normalidad… Solo debía acercarme al Gran Árbol.Ese sería mi primer punto de referencia para reorientarme y dirigirme hacia la Ruta de la Espada Santa.
Calculé que, si lograba alcanzar los caminos principales sin contratiempos, el resto del viaje sería pan comido.
—¡S-sácame de aquí, maldito… nya!… ¿…Qué fue eso?
Por el sonido, parecía una niña.
Me acerqué lentamente, usando los árboles enormes como cobertura.
Y cuando finalmente pude ver lo que estaba ocurriendo, mis ojos se abrieron de golpe… Tenían a una niña bestia encerrada en una caravana reforzada con barrotes de metal.
Todo estaba hecho para contener fuerza bruta.
Sabían perfectamente que no sería fácil retener a alguien de su raza.
Los hombres eran cinco, junto a un guardia que parecía ser el más hábil del grupo, estaban comiendo y riéndose como si detrás de ellos no hubiera más que un animal.
La niña intentaba romper los barrotes con todas sus fuerzas.
Tiraba, empujaba, incluso los mordía, desesperada… pero no obtenía ningún resultado.
Justo cuando puse la mano en la empuñadura, el guardia se acercó a la caravana.
Pasó su mano entre los barrotes y trató de agarrarle la cola.
—Vamos, gatita… enséñame un poco… La niña, por un segundo, se quedó inmóvil.
Se acercó de forma lenta, y luego hundió los dientes en la mano del hombre con tanta fuerza que, cuando logró zafarse, casi todos sus dedos colgaban inservibles.
Era el momento perfecto.
Me impulsé hacia adelante y salí disparado de mi escondite.
Pero en pleno salto, otro hombre emergió de entre los arbustos, como si hubiera estado esperando justo ese instante.
Era otro de la raza Bestia.
Su espada chocó contra la mía en un ángulo casi idéntico.
Fue como ver unas tijeras gigantes cerrándose.
La cabeza del esclavista terminó rodando al lado de mis pies.
—¡I-increíble, papá!
¡Fue tan rápido, y tú… y tú…!
¡Aún más, nya!
La niña temblaba entre emoción y shock, incapaz de comprender del todo lo que acababa de suceder.
Aun así, nuestras miradas se cruzaron.
Y por un instante creí entender lo que había en sus ojos: alivio, miedo, ilusión… y algo más.
Algo para lo que quizá no estaba preparado.
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