Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction - Capítulo 34
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- Capítulo 34 - 34 Episodio 22 La matriarca de los Latreia
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34: Episodio 22: La matriarca de los Latreia 34: Episodio 22: La matriarca de los Latreia Para cuando me desperté, noté que estaba en una especie de cama bastante cómoda, con una tela que no recordaba desde la mansión de Roa.
Estaba cubierto de piernas a cuello, y tenía el cabello algo húmedo.
—¿Mmmm?
—murmuré, tocándome el cabello y la ropa que tenía.
Unos pantalones cortos y una camisa corta, con una tela suave.
¿Qué pasó exactamente?
Recuerdo haberme desmayado en mitad de la calle, frente al gremio.
Después de eso, todo fue oscuridad.
No podía entender dónde estaba, hasta que la puerta del “cuarto” se abrió, revelándose a mi tía Therese con una bandeja de comida.
—Oh…
despertaste, bella durmiente —dijo con ironía, sentándose en la cama y acercándome la bandeja.
Se la veía cansada, o como si hubiera tenido una discusión.
—Disculpa, ¿puedes decirme qué me pasó?
—me senté lentamente, acomodando la bandeja.
Ella solo sonrió.
—¿Preguntas siempre tanto?
Incluso dormido hablabas.
Decías: “Zenith…
mamá, ¿por qué la magia curativa funciona así?” Era verdad.
Recordaba haber soñado con aquella vez en la que mi madre me enseñó magia de curación.
En ese momento, y todavía ahora, quería entenderla para poder ayudar a otros.
Dejé de lado mis pensamientos y le respondí.
—Verás…
solo soy muy curioso.
—Hace dos días te desmayaste y no despertaste hasta ahora.
Yo misma te bañé, porque no quería que lo hiciera una criada.
Eres mi sobrino.
Si me perdí la etapa de cuidarte de bebé, no iba a perderme esta.
—¿Me…
bañaste…?
—Lo dije algo sonrojado.
Creí que esa clase de cosas quedaban atrás desde que uno tenía edad suficiente para bañarse solo.
—¿Y qué tiene?
Para mí sigues siendo un niño.
Además, no iba a dejarte dormir en una cama buena oliendo a goblin.
—Entiendo…
y…
—Miré hacia todos lados, buscando mi espada—.
¿Sabe dónde está?
—¿Qué cosa?
—preguntó, confundida.
—Mi…
mi espada.
No tomé en cuenta que no podían levantar mi espada…
—¿Esta espada?
—Sacó una caja grande que estaba debajo de la cama y la abrió, revelándola aún con su funda—.
Debo admitir que esa espada muerde…
así que envié a gente para que la metiera rápido en la caja.
Debo decir que fue el atractivo del público.
Menos mal…
—¿No hicieron más preguntas?
—Ni una.
Simplemente asumen que es una espada con algún hechizo; en este caso, creyeron que “vínculo” era el más adecuado.
Después de eso, ella me agarró la mejilla y la estiró.
—Eres demasiado tierno…
Incluso cuando te haces parecer el serio, te sonrojaste cuando mencioné que te había limpiado.
¡Kyaaaa!
Volví a sentir las mejillas sonrojadas, por lo que quería cambiar la conversación.
—Muchas gracias, tía.
Por haberme cuidado y tomarte el tiempo de traerme hasta aquí, incluso por tratar mi arma como algo importante.
En serio…
estoy muy agradecido.
Aún así, eso la desconcertó un poco…
Se le veía confundida, sorprendida, pero para mi sorpresa eso fue otra razón para que gritara.
—¡Kyaaaaa!
¡Eres un ángel!
¡Un verdadero ángel!
—gritó ella, lanzándose sobre mí en un abrazo que, francamente, puso a prueba mi resistencia física y mi capacidad pulmonar recién recuperada.
No estaba acostumbrado a estas pruebas de afecto, pero tampoco podía quejarme.
Se sentía…
bien, me recordaba a mis momentos con mi madre.
Respiré y respondí: —Tía, sobre mi padre…
Se tensó un poco.
—Incluso después de lo que hizo tu padre, quieres protegerlo…
Sí que eres todo un ángel.
(Bueno, lo intenté…
Después del desayuno intentaré explicarle.) [Sé que te preocupas por padre…] (Es que, en caso de que venga a buscarme…
no quisiera que se entere de que mentí sobre la situación.
Tal vez me odie o algo así.) [O tal vez piense que solo eras un niño buscando refugio.
Conoce a la familia Latreia, así que entenderá tu situación.] —Cliff preguntó por ti.
Dijo algo sobre estar molesto, y tenía una capa en la mano.
Ah, lo había olvidado…
—¿Dijo que llegué tarde, verdad?
—Me rasqué la nuca.
—Sí, pero dejó la capa de todas formas.
Creo que se negaba a entregarla personalmente…
La verdad es que él es así, demasiado orgulloso como para entregar algo por sí mismo.
Therese se puso de pie, alisando su vestido con las manos.
—Bien, te dejaré cambiarte.
Tu ropa está limpia y doblada junto a la capa.
Pero escúchame bien, Daiki…
Estamos en la residencia principal de los Latreia.
Mi madre…
tu abuela, y los ancianos del consejo, saben que estás aquí.
Saben que eres hijo de Zenith.
Tragué saliva.
Sabía que la política de Millis era complicada…
—¿Saben…
de quién más soy hijo?
—pregunté con cautela.
Therese hizo una mueca de disgusto, aunque intentó disimularla rápido.
—Lo saben.
Por eso te mantuve en esta habitación.
Para ellos, eres un “producto manchado” que debe ser evaluado.
Pero mientras estés conmigo, no dejaré que te toquen ni un pelo.
Solo…
intenta no causar problemas, ¿sí?
Si te cruzas con mi madre, sé tan educado como lo has sido conmigo.
—Lo prometo, tía.
Seré la imagen de la elegancia —dije, lo cual no mentía, había estudiado bastante sobre etiqueta.
Ella sonrió, recuperando su brillo habitual.
—¡Ese es mi sobrino!
Salió y cerró la puerta con suavidad, dejándome en el cuarto con más preguntas que sorpresas.
¿Qué era lo primero que debía hacer?
Miré la bandeja del desayuno, sintiendo cómo la baba salía frenéticamente.
Eso solo significaba que había comido de forma ineficiente durante esas 48 horas, sumado a que no había comido mucho cuando llegué a Millishion.
Rápidamente agarré la taza de té y la bebí.
Estaba un poco fría, pero bastó usar heat hand para poder disfrutarla como se debe.
—Sabe a casa —murmuré.
El desayuno era delicioso, consistía en tostadas con una mermelada exquisita, unos huevos, algo de carne y también unas frutas.
Era un desayuno completo, fibra, proteína y carbohidratos.
Exactamente lo que mi cuerpo pedía para reponerse del agotamiento mágico y físico.
No dejé ni las migas.
[Parece que el descanso y la comida de alta calidad hicieron maravillas] (Lo sé, hace mucho que no me sentía tan bien…) [No te acostumbres, dudo que comamos así de bien cuando volvamos al camino.] (También lo sé.
Déjame disfrutar este momento.) Después de comer, me acerqué hacia la ropa.
Consistía en un conjunto simple: unos pantalones oscuros de tela resistente, una camisa blanca de botones impecable y un chaleco que parecía hecho a medida.
Al ponérmelo, noté que la talla era perfecta.
Probablemente calcularon mis medidas mientras dormía.
Luego dirigí la mirada hacia el perchero, donde estaba la capa con capucha.
Era de color gris oscuro; cuando me la puse, me llegaba hasta los tobillos, lo cual era perfecto.
Después de cambiarme, fui hacia Temphestalis…
No, si debía conocer a mi abuela, mejor hacerlo sin llevarla.
Va a pensar que quiero atacarla o algo así, y considerando que estuvo escondida, seguro ni siquiera sabe de la existencia del arma.
Luego, Ayam habló: [Buena decisión.
Si esa mujer es tan estricta como parece, verte con una espada gigante en su salón de té le habría dado la excusa perfecta para etiquetarte de salvaje.] (Exacto.
Hoy no soy un aventurero ni espadachín.
Hoy soy Daiki, el hijo de Zenith.) Después de eso, me miré una última vez en el espejo y fui hacia la salida.
Abrí la puerta.
Therese estaba esperándome en el pasillo, con la espalda apoyada en la pared y los brazos cruzados.
Al verme salir, se enderezó y sus ojos se abrieron con sorpresa, recorriéndome de pies a cabeza.
—Vaya…
—soltó un silbido bajo, poco propio de una dama, pero muy propio de ella—.
Te ves…
increíblemente decente.
Si no supiera que hace unas horas estabas babeando la almohada, diría que eres un príncipe de algún reino lejano…
Se acercó y me acomodó el cuello de la camisa con un gesto maternal.
—Gracias, tía.
La ropa es muy cómoda —respondí con una sonrisa tranquila.
—Me alegra.
Y veo que dejaste esa cosa monstruosa en el cuarto —dijo, mirando mi cintura libre—.
Sabia elección.
A los ancianos les da un infarto si ven acero desenfundado en la casa.
—Supuse que sería lo mejor.
No quiero causar problemas innecesarios.
—Bien dicho.
Vamos, estiremos las piernas.
Caminamos por los pasillos de la mansión.
Eran amplios, con techos altos y decorados con un gusto exquisito pero austero, muy diferente al estilo a veces ostentoso de los Greyrat.
En Roa, era habitual ver a Sauros gritando por aquí y por allá, y a veces a Phillip intentando que cortejara a su hija.
Sin embargo, la calma duró poco al girar en una intersección del pasillo principal.
Therese se detuvo abruptamente; también sentí cómo su rostro se tensaba.
Era la primera vez que la veía así.
Frente a nosotros, avanzando acompañada por dos criadas que caminaban un paso por detrás, venía una mujer mayor.
—Madre…
—susurró Therese, bajando ligeramente la cabeza.
Pero ella no miró a Therese.
En cambio, se quedó viéndome a mí, o más bien un poco más arriba, es decir, mi extraño cabello.
El gran problema de mi persona, algo que a veces me gustaría cambiar.
Por momentos entrecerraba los ojos, buscando alguna imperfección, suciedad o vulgaridad.
Pero lo único que encontraba era a un chico que no estaba nervioso ni pensativo; simplemente estaba.
No dijo nada, y permaneció así por un buen tiempo, así que decidí romper esta tensión.
Hice el saludo que debería hacer un noble, y solamente hablé: —Es un honor conocerla finalmente, Matriarca Latreia.
Soy Daiki.
Lamento profundamente si mi llegada repentina e inconsciente ha causado inconvenientes en su hogar.
Claire parpadeó.
Una vez.
Dos veces….
Tres veces, antes de decir algo.
—Tú…
—Su voz se sentía seca—.
…hablas con propiedad.
Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal para mirarme más de cerca.
Sus ojos, tan diferentes a los míos, me miraban directamente.
—Cabello negro…
ojos rojos…
—murmuró, casi para sí misma—.
Al menos no te pareces a ese hombre…
—Me han dicho que tengo la nariz de mi madre, señora —respondí suavemente, sin perder la formalidad.
Ella solo resopló.
—Hmmpf.
Veremos si es solo la nariz o si también heredaste algo de su sensatez, aunque lo dudo teniendo la sangre que tienes —dijo con dureza, aunque el hecho de que no me hubiera gritado todavía era una victoria.
Se giró hacia Therese, ignorándome momentáneamente.
—Therese, llévalo al jardín interior.
Quiero hablar con él sin que los ancianos estén husmeando todavía.
Si realmente tiene modales y no es solo una actuación, tal vez no sea una pérdida total de tiempo.
—Sí, madre —respondió Therese rápidamente.
Claire volvió a mirarme.
—No creas que unos buenos modales borrarán el hecho de que eres un Greyrat, niño.
Pero…
aprecio que no seas un salvaje sucio.
No me hagas cambiar de opinión.
Aun así, quiero comprobar si de verdad eres hijo de Zenith.
Y con eso, pasó a nuestro lado, mirándome de reojo hasta desaparecer de mi campo de visión.
Inmediatamente me permití respirar.
¿Lo había hecho bien?
—Por el sagrado Millis…
—murmuró ella, mirándome con incredulidad—.
¿Dónde aprendiste a hacer una reverencia así?
—Leí muchos libros, tía —respondí, permitiéndome relajar los hombros—.
La supervivencia no es solo saber usar la espada.
Therese sonrió y me dio una palmada en la espalda.
—Tienes razón.
Además de guapo, eres aplicado.
Vamos, antes de que cambie de opinión.
Has sobrevivido al primer asalto.
Respecto a comprobar si realmente era hijo de Zenith…
tenía un plan: demostrar mi capacidad para usar curación avanzada y desintoxicación.
Mi madre era muy buena en eso; tal vez, con eso, sea suficiente.
En el jardín estaba Claire, con una taza de té frente a ella.
No parecía una abuela esperando a su nieto; parecía una jueza esperando al acusado.
Therese se detuvo unos pasos atrás, indicándome que avanzara solo.
—Adelante —susurró ella—.
Es tu escenario.
Caminé hasta quedar a una distancia respetuosa y esperé.
Claire dejó su taza en el plato y levantó la vista.
—Si de verdad eres hijo de mi hija, demuéstrame que sabes hacer algo más que cortar carne.
Asentí lentamente.
Era el momento.
—Mi madre siempre me dijo que la magia de curación es el acto de compartir la propia vitalidad para remendar la de otros —dije, repitiendo las palabras que Zenith solía decirme cuando me sentaba en su regazo de niño—.
No es solo un hechizo, es una plegaria.
Los ojos de Claire se abrieron ligeramente al escuchar esa frase específica.
No había nadie herido cerca, así que no tenía un objetivo obvio.
Sin embargo, noté algo.
Cerca de la bota de Claire, una de las rosas blancas había sido pisada accidentalmente, probablemente por algún sirviente nervioso.
Me arrodillé junto a la flor.
—¿Qué crees que haces?
—preguntó Claire con impaciencia.
—Demostrar mi herencia —respondí con calma.
Cerré los ojos y concentré mi maná.
«Ángel de los milagros, concede tu aliento sagrado al corazón palpitante que yace ante ti.
Oh cielos bendecidos por la luz del sol, servidores que desprecian el carmesí, desciendan al océano de luz; que el blanco puro de vuestras alas se extienda ampliamente.
¡Ahuyenta la sangre que ves ante ti!» Quizá era demasiado para una sola planta; con intermedio bastaba.
Pero debía demostrar que era capaz de usar magia de curación de rango avanzado.
Después de todo, era la única prueba real que tenía, además de la “nariz”, algo demasiado ambiguo, o incluso una simple coincidencia, a sus ojos.
Me puse de pie lentamente, sacudiéndome el polvo imaginario de los pantalones, y miré a mi abuela.
—Mi madre fue muy estricta con mis estudios.
Ella decía que para curar el cuerpo, primero hay que entender el flujo de la vida.
Y además, me compró un libro de magia.
Así pude perfeccionarlo.
Claire Latreia miraba la rosa.
Lentamente, levantó la vista hacia mí.
—Esa luz…
—murmuró—.
Esa calidez…
es idéntica a la de ella.
Y con una pronunciación perfecta…
—Zenith se aseguró de que memorizara cada palabra antes de permitirme intentar el hechizo —respondí, dándole todo el crédito a mamá.
Era la mejor estrategia.
Ella nunca hizo falta que se asegurara de eso; sabía que yo siempre recordaba hasta el mínimo detalle.
[Te olvidas de muchas cosas…
como que de verdad eres bueno.
Que nunca fuiste una carga, y que, además, siempre olvidas lo genial que eres.
O lo olvidas o no lo ves, una de dos.] (Ayam…
ahora no.) [Solo te lo digo para que recuerdes…
y te lo recordaré cada día, hasta que entiendas.] —Bien.
Lo reconozco —declaró por fin—.
Eres hijo de Zenith.
No hay duda de ello.
Ese hombre…
ese bárbaro jamás podría haber engendrado o enseñado una magia tan pura.
La sangre Latreia es fuerte en ti, a pesar de tu apariencia.
—Siéntate, Daiki.
Ahora que hemos establecido que no eres un fraude, necesito entender algo.
¿Qué hace un niño con tu talento solo en Millis?
Therese dice que apareciste de la nada.
Mierda, sabía lo que eso significaba…
No podía simplemente decírselo.
—Si me permite, madre.
Estoy segura de que Paul lo echó de la casa al no parecerse a él.
Lo vio como el hijo de un bastardo, y vino hacia aquí para refugiarse con su familia.
En algún momento tendré que decir la verdad.
No puedo simplemente mentirles por mucho tiempo…
Bueno, no les mentí.
Simplemente no me dejan responder.
Cada vez que quiero decir algo, dicen cosas peores, así que por ahora me quedo callado.
(Lo siento, papá.
Te juro que cuando te vea te invitaré una copa para compensar esto…
o dos.) [Considerando cómo es esta mujer, probablemente acabas de salvar tu pellejo y el de Paul al mismo tiempo.
Si le dijeras que te envió a una misión peligrosa o que te perdiste por negligencia, enviaría asesinos.
Que te haya “echado” la hace sentir que ahora eres su propiedad para “rescatar”.
Es manipulación básica.
No mencionar el incidente es lo mejor por ahora.] (No me hace sentir mejor.) —Muy bien.
Si ese hombre no te quiere, la Casa Latreia te reclamará.
Zenith es mi hija, y tú eres su hijo.
Tu curación es muy buena, pero empezarás entrenamiento para avanzar en eso.
¿Habrá visto en mí una oportunidad para volver a ver a su hija?
¿Esperará que, si me cuida, ella quiera regresar para verla?
Sentí que, debajo de toda esa rigidez, había una madre que ama a sus hijos, pero que no sabe cómo demostrarlo y que, además, comete muchos errores.
—Me alegra saber que fui aceptado por usted, abuela…
—Me costaba decirlo aún, pero lo decía de verdad, no la había perdonado por hacer que mi madre se fuera, pero sabía que el rencor no trae nada bueno.
—No confundas “aceptación” con “benevolencia”, niño.
No te he aceptado por cariño.
Te he aceptado porque dejar que la sangre de mi hija se desperdicie en la inmundicia sería un insulto a la Casa Latreia.
Ahí estaba, volvió a su habitual ser.
Sabía que no sería tan fácil, así que no me sorprendí.
—Tienes el talento, sí.
Pero también tienes esos ojos y ese cabello…
y esa postura defensiva de mercenario.
A mis ojos, sigues siendo un salvaje con un truco de magia impresionante.
Tienes un techo y comida, pero el respeto…
eso tendrás que ganártelo.
Y créeme, la vara con la que mido es alta.
Y se fue, dejando que solo el sonido de su bastón contra el suelo de piedra resonara primero en el jardín y luego dentro de la mansión.
—Uff…
eso fue…
intenso —murmuró, pasándose una mano por la frente—.
Pero estás dentro.
Eso es lo que cuenta.
Llegamos frente a una puerta doble de madera oscura.
Therese la abrió, revelando una habitación espaciosa y lujosa, decorada en tonos azules y blancos, con una ventana enorme que daba a los jardines traseros.
Era mucho más elegante que cualquier lugar donde hubiera dormido antes, incluso en la mansión de Eris.
—Esta es tu nueva habitación…
La otra era temporal.
La cena es en dos horas y madre exige puntualidad absoluta.
Ah, y Daiki…
—Se detuvo en el marco de la puerta—.
No dejes que sus palabras te afecten demasiado.
Ella…
ella amaba a Zenith más que a nada.
Perderla la rompió de una forma que nunca admitirá.
Verte a ti es como ver un fantasma para ella.
—Lo entiendo, tía.
Gracias.
Ella cerró la puerta, dejándome solo.
Miré mis manos.
Había logrado infiltrarme en la casa principal de los Latreia, tenía comida, techo y seguridad.
Pero el costo había sido vender la imagen de mi padre y someterme a una mujer que me veía como un proyecto de reparación.
[No te pongas sentimental ahora.
Claire es una herramienta, igual que esta casa.
Ella quiere usarte para recuperar a Zenith o para sentirse mejor consigo misma.
Tú úsala a ella para obtener información, mejorar tu magia curativa y encontrar a tu hermano.
Es un intercambio justo.] (Sí…
tienes razón.
Pero me siento sucio.) Me levanté y caminé hacia el espejo de cuerpo entero en la esquina.
Mi reflejo me devolvió la mirada: un niño de cabello negro y ojos rojos, vestido con ropa prestada, atrapado en una red de mentiras nobles.
—Solo por un tiempo —me dije a mí mismo—.
Aguantaré los insultos, aguantaré el entrenamiento y aguantaré su desprecio.
Pero en cuanto sepa dónde están Rudeus y Eris…
me largo de aquí.
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