Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction - Capítulo 36
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- Capítulo 36 - 36 Episodio 23 Un año tras el incidente
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36: Episodio 23: Un año tras el incidente 36: Episodio 23: Un año tras el incidente Había pasado aproximadamente un año desde mi llegada a este continente.
Durante todo este tiempo, dediqué mi atención a las clases de magia curativa que los tutores contratados por Claire me impartían.
Gracias a ello, logré comprender mejor los fundamentos y, sumando mis conocimientos anatómicos de mi vida pasada junto a la memoria de Ayam, conseguí perfeccionar mi curación.
Aunque no alcancé el rango Santo literalmente, mediante un enfoque preciso logré potenciar los hechizos: elevar la curación intermedia a avanzada, y la avanzada a un nivel pseudo-Santo.
Esto implicaba dos mejoras fundamentales: 1.
Menor consumo de maná Ahora soy capaz de ejecutar curación avanzada con mayor frecuencia sin agotarme.
Básicamente, he duplicado mi capacidad: si antes podía lanzar diez hechizos, ahora puedo lanzar veinte.
Al igual que mi hermano, confirmé que refinar la técnica te permite subir un escalón en eficacia.
2.
Manejo de Rangos Esto es crucial: si bien puedo simular el nivel Santo usando magia avanzada, requiero una concentración extrema, lo que me obliga a hacerlo sin cántico.
Esto representa un problema en Millis; no puedo usarlo libremente o probablemente me tacharían de hereje.
Aun así, calculo que si dedico un año más, quizás logre alcanzar la magia curativa de nivel Rey, lo que aumentaría mi capacidad de ayudar.
Por otro lado, volviendo al incidente de maná: logré recabar algo de información.
Aunque es escasa, fue suficiente para enterarme de que un grupo ha formado una especie de “gremio de búsqueda” para los desaparecidos.
Asumí que era sobre lo de Roa.
Además, gracias a los fondos obtenidos completando más de cinco misiones diarias, logramos ascender hasta el Rango A.
Decidimos detenernos ahí; no era necesario avanzar al Rango S, ya que eso implicaba una menor disponibilidad de encargos.
Por lo que noté, Cliff era como yo.
Podríamos haber pedido dinero a nuestras familias, pero éramos lo suficientemente orgullosos —o prácticos— como para preferir conseguir nuestros propios recursos.
De todas formas, eso es más satisfactorio y nos evita quedar con deudas morales que pagar después.
Finalmente, me resigné a la idea de que mi hermano no estaba en el Continente Demoníaco.
Aun así, envié un montón de cartas a su nombre aprovechando que Cliff me facilitó el servicio de correo.
[Ese cabeza de mosaico…
Supongo que siempre tuvo razón, ¿qué piensas al respecto?] (Tenga razón o no, intentó manipularme…
Quizá vio que el barco en el que iría recibiría un ataque o algo similar.
De todas formas, no podía simplemente lanzarme solo al Continente Demoníaco basándome únicamente en una idea).
[¿Y si no…?] (Ayam…
Me sorprendes.
Te estás dejando influenciar por ese “Dios”).
[Pero…
¿Y si nos equivocamos con él?] (Hace unos meses, ¿recuerdas que llegó un informe sobre un barco que nunca atracó en wind port?
Bueno, para ese momento, yo ya tenía el dinero suficiente para partir y me negué.) [¿Y si te lo dijo para que no vayas?] (Eso…
No importa.
Ahora quiero pensar en otra cosa.) Otro problema que tenía era el de mi abuela.
Sí, en el transcurso de este año su actitud se ablandó.
Ya no me mira con desdén ni se siente incómoda cuando como en la mesa principal.
Aun así, he notado cómo a veces me entrega peluches que le pertenecieron a mi madre.
Esto me lleva a la duda: ¿Será que me está utilizando como un reemplazo de su hija?
O, por el contrario, ahora que el vínculo ha cambiado, ¿me permitirá irme si decido partir?
La situación se ha tergiversado más de lo que creí.
—¿Joven Daiki?
—Escuché una voz detrás de la puerta.
—Pase, no hay problema —dije, levantándome del escritorio.
Al abrirse, se reveló que era una criada.
—Señor Daiki…
—Solo dime Daiki, por favor.
Ya te lo dije muchas veces.
—Perdón…
Daiki, el joven Cliff lo está esperando en el jardín.
Dice que encontró una misión interesante que no requería espadas o magia, sino intelecto y capacidad de mejoría.
Parpadeé dos, tres veces.
—¿Eso fue todo?
Ella asintió.
—Sí, Daiki.
Eso es todo, no quiso dar más explicaciones.
Ese chico.
Seguro que es una misión cualquiera y solo quiere hacerse el misterioso con los empleados.
—Muchas gracias.
Siempre eres gentil conmigo, así que te lo agradezco.
Ella se retiró con una sonrisa, y yo me dirigí hacia el perchero.
—A ver…
Bien, después tengo que coser esta capa, ya se está desgastando.
—Me puse la capa en un solo movimiento, con la habitualidad de haberlo hecho todos los días durante un año.
*** POV: Rudeus Greyrat Ubicación: Wind Port Un año.
Había pasado un año entero desde el Desastre de Mana.
Ruijerd estaba de pie a mi lado, inmóvil como una estatua, vigilando a Eris, que regateaba ferozmente con un vendedor de brochetas de calamar.
—¡Es un robo!
—gritaba ella—.
¡En Roa esto costaría la mitad!
¡Y Daiki sería capaz de regatear como esa vez que me llevó al mercado!
Suspiré, frotándome la sien.
Eris no había cambiado mucho.
Seguía siendo ruidosa, violenta y…
bueno, obsesionada con mi hermano.
—Daiki….
—murmuré para mí mismo.
“Cabello negro, ojos rojos”.
Esa descripción había estado en mis labios en cada ciudad, cada aldea y cada puesto comercial del Continente Demoníaco.
“¿Han visto a un niño así?” preguntaba.
“No.
Solo demonios y aventureros viejos.” Me respondían.
Nadie.
Absolutamente nadie lo había visto.
Una parte de mí, la parte lógica que recordaba mi vida pasada, susurraba algunas posibilidades.
Un niño solo en un mundo hostil…
sin un Superd que lo proteja…
Sacudí la cabeza violentamente.
No.
Daiki no era normal.
Entrenaba con la espada hasta que sus manos sangraban.
Y tenía esa mirada…
esa mirada de alguien que sabe algo que tú no.
—Él está bien —dije en voz alta—.
Es demasiado terco para morir.
—¿Rudeus?
Me giré.
Ruijerd me miraba.
—El barco zarpa en una hora.
¿Conseguiste los pasajes?
—Sí.
Fue caro, pero el contrabandista aceptó las monedas que ganamos.
—Mostré los tres boletos de aspecto dudoso—.
Próxima parada: Puerto de Zant, en el continente de Millis.
—Millis…
—Ruijerd miró hacia el horizonte—.
Es un lugar grande.
¿Crees que lo encontraremos allí?
—Es nuestra mejor opción —respondí—.
Si no está en el Continente Demoníaco…
Millis o el Continente Central son los únicos lugares lógicos.
—Sonreí con un poco de tristeza…
Eris regresó corriendo hacia nosotros, con tres brochetas en la mano y una sonrisa victoriosa.
—¡Lo logré!
¡Me dio tres por el precio de dos!
—exclamó, metiéndome una brocheta en la boca antes de que pudiera hablar—.
¡Toma!
¡Necesitas energía si vas a buscar a Daiki!
—Gracias, Eris.
—Dije mientras comía.
Ella se cruzó de brazos, mirando al mar.
—Cuando lo encontremos…
—dijo, apretando los puños—.
¡Voy a golpearlo!
¡Por irse sin mí!
¡Y luego haré que me entrene hasta que no pueda moverme!
¡Y luego…!
Se sonrojó y se calló, desviando la mirada.
—¿Y luego?
—pregunté, arqueando una ceja.
—¡Cállate!
¡Y luego nada!
—gritó, dándome una patada en la espinilla—.
¡Solo vamos al barco!
Me sobé la pierna, reprimiendo una risa.
—Sí, vamos.
Miré al mar una última vez.
(Espérame, hermano.
Eris está a punto de cruzar un océano solo para golpearte y abrazarte.
Y yo…
bueno, yo solo quiero saber que estás vivo.) ### POV: Daiki Greyrat Ahora, en el jardín: —Verás, Daiki, es un trabajo sencillo.
La hija de un señor se niega a salir de su habitación; está todo el día encerrada y no estudia.
Como tú eres siempre tan…
¿cómo decirlo?…
siempre sabes qué decirles a las personas, te asigné esta misión.
Cliff me miraba con una expresión que oscilaba entre la seriedad profesional y el alivio de no tener que lidiar él mismo con el problema.
—¿Una reclusa?
—pregunté, arqueando una ceja—.
Cliff, soy un espadachín, no un terapeuta familiar.
¿Por qué el gremio aceptaría algo así como una misión de Rango A?
—Porque el “señor” es una persona que ha ayudado mucho a la Iglesia —admitió Cliff, rascándose la nuca—.
Y porque técnicamente está clasificado como “Exorcismo de espíritu maligno de pereza”, aunque tú y yo sabemos que probablemente es solo una adolescente malcriada….
Pero la paga es buena.
Muy buena.
Suspiró y me puso una mano en el hombro.
—Mira, yo me encargo de los rituales complejos.
Tú te encargas de la diplomacia y de…
bueno, de ser tú.
Tienes esa cara de “nieto perfecto” que las abuelas adoran.
Quizás funcione con la hija.
[Te está llamando cara bonita] (Cállate) —Está bien —accedí, resignado.
¿Dónde es?
Cliff me explicó la ubicación, no tan lejos.
Yo conocía un poco a esa familia, pues los veía de vez en cuando.
No eran precisamente nobles, pero se habían hecho con un puesto de importancia.
Me ajusté la capa.
—Iré a ver qué puedo hacer.
Pero si me tira un jarrón, le cobraré extra.
Qué ingenuo fui.
Lo único que sabía es que se llama “Emilia”, nada más.
No me proporcionó más detalles…
Suspiré mientras observaba la imponente puerta de roble de la residencia.
No era una mansión tan antigua como la de los Latreia, pero irradiaba esa ostentación de “dinero nuevo” que a Claire tanto le desagradaba.
—Emilia —repetí para mis adentros—.
Nombre común para un problema común…
Ahora que lo pienso, mi hermano también tuvo ese problema en su vida anterior.
Recuerdo cuando me lo contó.
Teníamos tres años y, aun así, nos contábamos cosas horribles.
Lo abracé, le dije que no importaba, y logró recuperarse…
El hombre que me recibió, un mayordomo, era alguien mayor con rostro amable y uniforme impecable.
Me guio a través del vestíbulo sorprendentemente modesto para la zona en que estábamos.
—La familia Miller es…
peculiar —me había dicho Cliff—.
Tienen dinero, pero viven como si no lo tuvieran.
Dicen que es para no olvidar sus raíces.
*** Llegamos a una sala de estar acogedora, donde una pareja estaba sentada en un sofá.
Al verme entrar, ambos se pusieron de pie de inmediato.
—¿Usted es el aventurero?
—preguntó la mujer, la Señora Miller.
Tenía los ojos rojos e hinchados, y sostenía un pañuelo arrugado en las manos.
—Sí, señora.
Soy Daiki.
Vengo de parte del Gremio por su solicitud —respondí con una reverencia respetuosa, notando la calidez genuina en sus miradas, mezclada con una profunda preocupación.
El Señor Miller se adelantó y me estrechó la mano.
—Gracias por venir, joven.
Sé que puede parecer…
extraño.
Contratar a un aventurero para esto.
Pero ya no sabemos qué hacer.
Los médicos dicen que está sana físicamente, los sacerdotes dicen que no hay maldiciones…
pero nuestra Emilia se está apagando.
Me invitaron a sentarme y me sirvieron té casero.
Mientras bebía, me explicaron la situación con voces temblorosas.
—La adoptamos hace tres años del Orfanato —comenzó la madre—.
Era una chica tímida, sí.
Siempre se escondía bajo las mesas o detrás de las cortinas.
Pensamos que con amor y un hogar seguro, florecería.
—Y lo hizo, al principio —continuó el padre—.
Iba a la escuela, jugaba en el jardín…
Pero hace seis meses, algo cambió.
Empezó a comer más, a encerrarse en su cuarto.
Primero eran días, luego semanas.
Ahora…
—Ella…
ella se odia a sí misma.
La escuchamos llorar por las noches.
Dice que es “inútil”, que nadie la quiere, que es un error…
Las palabras eran como la historia que Rudeus me había contado una vez.
“Me sentía como basura.
Como si el mundo estuviera mejor sin mí.
Por eso me escondí.” —Entiendo —dije, dejando la taza en la mesa—.
No es solo pereza o gula.
Es miedo.
Miedo al rechazo.
Miedo a no encajar.
La Señora Miller asintió fervientemente, secándose una lágrima nueva.
—En el orfanato…
nos dijeron que le costaba conectar.
Los otros niños la ignoraban porque era callada.
Y ahora, en la escuela…
bueno, los niños pueden ser crueles.
Se burlaron de ella porque no sabía usar los cubiertos correctos en el almuerzo.
Desde ese día, se encerró.
—Solo queremos que sepa que la amamos —dijo el padre, con la voz quebrada—.
Que esta es su casa.
Que no tiene que esconderse de nosotros…
Pero aún así, no nos abre la puerta.
Me puse de pie.
—Déjenme hablar con ella.
A veces, es más fácil abrirse a un extraño que a la familia, porque el extraño no tiene expectativas.
—Por favor —suplicó la madre—.
Inténtelo.
Su habitación está arriba, la segunda a la derecha.
Le hemos dejado una bandeja con comida en la puerta, pero no la ha tocado desde ayer.
—Haré lo que pueda.
Subí las escaleras.
Llegué a la puerta.
Había una bandeja en el suelo con un plato de sopa fría y pan duro.
(Emilia…
sé por lo que estás pasando.
Quizás mejor que nadie aquí.) Toqué la puerta suavemente.
—Emilia —llamé—.
No soy un médico.
No soy un sacerdote.
Y definitivamente no soy un maestro.
Soy Daiki.
Y…
bueno, me contaron una vez que esconderse bajo la cama es seguro, pero se llena de polvo muy rápido.
(Esto va a requerir paciencia.) [Y empatía.
No uses la fuerza aquí, Daiki.
Usa tu historia.] Es el mismo caso que el de mi hermano.
Sus padres anteriores simplemente se rindieron con él y jamás dedicaron más tiempo a intentar recuperarlo.
Aquí, si yo no hubiera aceptado, tal vez también se habrían rendido.
Así que me levanté y tomé valor.
Usé fuerza y forcé la manija, entrando sin más.
Yo esperaba la luz del sol de la mañana, pero no encontré nada de eso; solo oscuridad y una chica de mi edad en una cama, rodeada de libros e iluminada por unas pocas lámparas.
—Ah…
Intenté llamarla, pero las palabras no salieron.
¿Cómo se supone que debo hablarle a alguien que no quiere escuchar y cuyo rostro ni siquiera conozco?
Aun así, pareció notar mi presencia.
Sus grandes ojos me espiaron por un instante a través de la barrera de libros, para volver a ocultarse de inmediato.
Lo único que se me da bien, mi única habilidad real, es «actuar».
Hablar no es lo mío.
Aún es muy pronto para eso.
Avancé en silencio hacia la ventana y abrí las cortinas de un tirón.
—¡Kyah!
¿Q-Qué estás haciendo?
Me sobresaltó su grito, pero lo que más me sorprendió fue cómo se ocultó tras ese libro enorme como si fuera un escudo.
Fue entonces cuando vi su figura con claridad por primera vez.
Cabello castaño rojizo algo desordenado y, tras la barricada que sostenía en alto, unos ojos misteriosos.
Por su apariencia, parece tener unos catorce años.
—Un paso crucial para avanzar es permitir que la luz del sol acaricie tu alma…
…Maldición.
Esperé una reacción.
Un insulto, lo que fuera.
Pero nada.
Silencio.
Ni siquiera me devolvió un «¿eh?».
Cuando bajó un poco el libro para acostumbrarse a la luz, vi sus ojos.
Unos ojos azules que brillaban como si llevaran días sin ver el sol.
Y entonces, sin decir una palabra, volvió a levantar el libro y regresó a su lectura.
—…
¿Te gustan los libros?
Fue una pregunta que se me escapó sin pensar, solo para romper el silencio.
Ella bajó el libro unos centímetros y me miró con una mezcla perfecta de exasperación, molestia y un claro matiz de «¿eres idiota?».
«¿De verdad me estás preguntando eso?».
Quería decirle que era una pregunta honesta.
No todo el mundo lee por placer.
Hay quienes leen para escapar de la realidad.
En mi vida anterior, yo era así.
Los libros eran lo único que calmaba mi mente.
En esta nueva vida, eso no ha cambiado.
Pero leer unas horas es muy distinto a ser un recluso.
Quizás, para ella, los libros no son objeto de pasión, sino simplemente un refugio.
¿Por qué necesita un refugio?
¿Qué la llevó a esto?
—Entonces…
¿qué estás leyendo?
Ella levantó el libro apenas un poco y respondió en un susurro.
—…
Las aventuras de Philip y el tesoro perdido.
Me contestó.
—¿Esa historia donde el príncipe Philip viaja kilómetros, cruza el mar, lucha contra monstruos y al final consigue un tesoro que no le devuelve el tiempo perdido?
Ella me miró de golpe.
Parecía genuinamente confundida.
—Tú…
eres muy…
—¿Serio?
¿Conocedor?
—Lo que quería decir —murmuró, trazando la portada del libro con el dedo— es que es la primera vez que conozco a alguien que realmente entiende de qué va este libro.
No es solo una aventura de acción.
La miré fijamente.
—Es una aventura, pero el final no te hace sentir eso, ¿verdad?
Lo has leído muchas veces, ¿no?
No respondió, pero sus ojos lo confirmaron.
Probablemente, esto es lo que ella necesitaba.
Hablar de lo que ama, ser escuchada, y saber que refugiarse en una historia no la convierte en una mala persona.
Saber que es posible cambiar.
Pero justo cuando la conversación parecía tocar la fibra sensible, ella regresó de inmediato a su mundo de papel, ignorándome.
Por un instante estuvo a punto de abrir su corazón….
No iba a ser tan fácil.
Asi que empecé a ordenar la habitación.
Fui devolviendo los libros a los estantes por orden alfabético.
Necesitaba tiempo para pensar antes de actuar.
De vez en cuando sentía su mirada sobre mí, pero enseguida volvía a encerrarse en sí misma.
Era el momento de hablar.
De darle un motivo para pensar.
—¿Qué te parecería leerle cuentos a los niños del orfanato?
Ella levantó la vista con cara de incredulidad.
—Imagínalo —continué, mientras colocaba un libro en la estantería—.
Hay muchos niños que no saben leer.
Pero tú entiendes la esencia de las historias.
Además, tu repertorio es increíble.
Ficción, aventuras, redención, acción…
tienes de todo.
Los libros son caros, y hay muchísimos niños que jamás tendrán la oportunidad de tocar historias como estas.
Me giré un poco y la miré de reojo.
—Tú podrías hacer felices a muchos niños del orfanato.
Simplemente leyéndoles.
Solo compartiendo lo que amas.
Ella apretó el libro con fuerza.
No respondió de inmediato; bajó la mirada y comenzó a jugar con la esquina de una página.
—La gente siempre murmura…
aunque no sepan nada.
Aunque ni siquiera intenten acercarse.
—Soltó una risa seca, carente de alegría—.
Si me equivoco, se ríen.
Y si lo hago bien…
igual dirán algo.
Siempre es así.
Hice una pausa.
No quería acorralarla.
Pero tampoco quería dejar que se encerrara de nuevo en su caparazón.
—Leer no es una debilidad.
Compartir conocimiento tampoco.
Si alguien se ríe, es problema suyo, no tuyo.
Ella levantó levemente el rostro.
—Tú dices eso, pero…
con alguien como yo, la gente prefiere inventarse historias antes que escuchar.
—¿Alguien como tú?
—pregunté con cautela.
Un largo silencio.
—…
Alguien a quien es más fácil alejar.
No había ira en su voz, ni estaba haciéndose la víctima.
Era una declaración de hechos fría.
Por eso resultaba tan dolorosa.
Me acerqué un poco.
No demasiado, pero lo suficiente para no desaparecer de su radar.
—Entonces, yo seré la excepción.
Solo por hoy.
Pareció interesada.
—¿Qué quieres decir?
Me senté en el borde de la cama.
—Cuéntame una historia.
Con tus palabras.
Con tu forma de narrar.
Ella parpadeó varias veces.
—¿Mi…
historia?
Asentí lentamente.
—No tiene que ser larga.
No tiene que ser perfecta.
Solo quiero escuchar cómo suena una historia contada por ti.
(No puedo creer que esté soltando frases tan cursis a alguien que acabo de conocer).
[Debo admitir que me gusta esta parte de ti, hermano] Ella desvió la mirada hacia la ventana.
Adoptó una postura en la que se abrazaba las rodillas, pero no parecía un gesto de rechazo, sino de búsqueda de consuelo.
—Hace mucho tiempo que no tengo una conversación decente con nadie.
No sé si podré hacerlo bien.
—No tiene que salir bien.
Lo importante es que sean tus palabras.
Se hizo un silencio agradable.
—Está bien…
solo una….
—Me miró—.
No te rías.
—No me reiré.
En ese momento…
ella sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, efímera, pero genuina.
—Está bien.
Entonces, escucha…
Respiró profundamente….
Y comenzó a narrar.
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