Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction - Capítulo 37
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- Capítulo 37 - 37 Episodio 24 Cuando dos almas hablan
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37: Episodio 24: Cuando dos almas hablan 37: Episodio 24: Cuando dos almas hablan —…El Príncipe Philip estaba parado al borde del acantilado.
No porque quisiera saltar, sino porque el mar parecía la única cosa más grande que su soledad…
No estaba leyendo palabra por palabra.
Estaba interpretando.
Emilia no solo conocía la historia; la sentía.
No usaba magia, pero en esa habitación, con solo el rayo de sol entrando por la ventana, sentí que me transportaba hacia esa historia.
Incluso juraba escuchar las olas y el aroma del mar.
—¿Y bien?
—preguntó, mirandome con ojos brillantes—.
¿Fue…
terrible?
—Fue increíble —dije sinceramente, con una sonrisa—.
Tienes un don.
No solo lees la historia, la haces vivir.
Ella se sonrojó y desvió la mirada.
—Solo…
me gusta imaginar cómo se sienten los personajes.
Es más fácil que…
bueno, que sentir mis propias cosas.
—Esa empatía es poderosa —me puse de pie—.
Tienes razón, la gente puede ser cruel.
Pero también hay gente, como esos niños del orfanato, que darían cualquier cosa por escuchar una voz como la tuya contándoles que los dragones pueden ser vencidos.
Me levanté hacia la puerta.
—Emilia…
Te esperaré en el jardín.
Ella no respondió, pero me miró con sorpresa.
—Bañate, ponte una ropa para salir, trae tu libro favorito y no preguntes más.
Te lo diré cuando lo hagas.
No le di tiempo a negarse.
Salí de la habitación cerrando la puerta, dejándola sola con sus pensamientos.
—¿Y bien?
—preguntó el padre, retorciéndose las manos—.
¿Gritó?
¿Te echó?
—Al contrario —dije con una sonrisa tranquila—.
Leímos un poco.
Su hija tiene una voz maravillosa para la narración.
—¿Leer?
—La madre parpadeó, confundida pero esperanzada—.
¿Eso es todo?
—Por ahora.
Le dije que la esperaría en el jardín.
Si todo sale bien, bajará en un rato.
—Gracias, joven Daiki.
Gracias.
Iba a salir, pero me detuve.
—….
Hay una cosa más.
Y es importante.
Ambos me miraron.
—No salgan.
No dejen que los vea.
—¿Pero…
por qué?
Queremos verla.
Queremos decirle que…
—Lo sé —la interrumpí—.
Sé que la aman.
Pero ahora mismo, ella se siente avergonzada.
Se siente culpable por haberlos decepcionado, por todo.
Si los ve ahora, esa culpa la aplastará y volverá a correr a su habitación.
Señalé hacia el jardín.
—Necesita ver que el mundo no se ha acabado.
La llevaré a un lugar seguro, donde nadie la juzgará.
Pero necesito que nos dejen salir sin despedidas tristes.
Si ven que están ahí, esperando con bandejas y ojos llorosos, sentirá la presión.
Déjenla respirar.
Miré a la ventana.
—No vamos a quedarnos en el jardín.
La voy a llevar fuera de los muros.
La madre se acercó —¿Fuera?
¿A la calle?
¡Pero si no ha salido de su cuarto en meses!
El padre suspiró y puso una mano sobre el hombro de su esposa.
—Tiene razón, querida.
Confiemos en él.
—Escóndanse —sugerí—.
Miren desde la ventana del piso de arriba si quieren, pero que ella no lo sepa.
Cuando vuelva, actúen con normalidad.
—Está bien —susurró la madre—.
Cuídala, por favor.
—Con mi vida.
Salí al jardín y esperé junto a una fuente.
Sabía que se tomaría su tiempo, así que mientras pasaba la hora me puse a leer un libro una criada me había traído al notar que estaba sentado en el suelo.
No lo había leído antes, y una parte de mí deseaba que ella fuera quien me lo leyera.
Extrañaba esa “magia” en su voz, y espero, con todas mis fuerzas, que pueda ayudar a esos niños.
Es una carta arriesgada llevarla fuera tan pronto.
Si algo sale mal, si alguien le dice algo cruel…
podría retroceder meses de progreso.
Pero…
¿qué opción tengo?
Debe ver que el mundo no la devorará.
Debe ver que hay cosas más grandes que sus miedos.
…Aunque admito que me preocupa.
[Lo lograrás.
Ella también lo hará.] …Ojalá tengas razón.
*** Finalmente, escuché el sonido de la puerta.
Cerré el libro y me puse de pie.
Allí estaba.
Se había bañado.
Su cabello ahora estaba ordenado y cepillado, con un color que no tenía antes.
Llevaba un vestido sencillo de color azul claro y una capa con capucha que cubría gran parte de su rostro y cuerpo.
Me acerqué despacio.
—Te ves bien, Emilia.
El azul te sienta.
Ella miró a su alrededor frenéticamente, escaneando el jardín vacío.
Al no ver a nadie, sus hombros bajaron un poco.
—¿Dónde…
dónde están?
—preguntó finalmente—.
Pensé que…
estarían aquí.
—Están ocupados dentro —mentí—.
Surgió algo urgente.
Ella pareció aliviada.
—Oh…
entiendo.
—Se ajustó la capucha—.
Ah, por cierto…
—Sacó una mano de debajo de la capa, sosteniendo un libro grueso contra su pecho—.
Traje…
traje el libro.
Como me pediste.
Me miró con curiosidad, esperando una explicación de por qué le había susurrado “trae tu libro favorito” antes de cerrar la puerta de su cuarto, sin darle más detalles.
—Bien hecho —dije con una sonrisa—.
Lo necesitarás.
—¿Para qué?
—preguntó, confundida—.
¿Vamos a leer en el cenador?
—No exactamente.
—Le hice un gesto hacia la salida lateral del jardín—.
Vamos.
No hay carruaje.
Caminaremos.
—¿Q-qué?
—tartamudeó—.
¿Caminar?
¿Por la calle?
¿Con gente?
—Con gente —confirmé, caminando hacia la puerta del muro del jardín—.
Gente normal que va a lo suyo.
Necesitas ver eso.
—No puedo —dio un paso atrás, negando con la cabeza—.
Se reirán.
Me señalarán.
Dirán que soy rara…
No puedo, Daiki.
Me detuve y me giré hacia ella.
—Emilia.
¿Crees que el mundo gira a tu alrededor?
La gente allá afuera tiene sus propios problemas.
Nadie tiene tiempo para analizarte a menos que actúes como si estuvieras huyendo.
—Le tendí la mano—.
Vamos a caminar.
Si alguien te dice algo malo, te compro todo el chocolate que quieras.
Si nadie te dice nada…
bueno, ya veremos.
Ella miró mi mano, dudando.
Finalmente, con un suspiro tembloroso, la tomó.
Salimos a la calle.
El ruido de la ciudad la hizo encogerse, aferrándose a mi brazo mientras apretaba el libro contra su pecho.
Mientras avanzábamos entre la gente, un hombre pasó cargando unas cajas y nos miró de reojo.
—¡Daiki!
Veo que no pierdes el tiempo, ¿eh?
¡Ya tienes una noviecita!
La miré con una sonrisa tranquila.
—¿Ves?
No te llamó rara.
Te llamó mi novia.
Eso significa que te ves normal.
Solo son idiotas.
Despues de una larga caminata, finalmente habló.
—Nadie me está mirando…
—susurró.
Alzó un poco la cabeza, dejando que la capucha resbalara apenas hacia atrás para poder ver con más claridad el cielo azul.
Sonreí.
—¿Ves el mundo que te estás perdiendo?
¿Qué mejor escenario para leerles a los niños que este cielo sobre nosotros?
*** Después de una larga caminata, finalmente llegamos a mi objetivo: el orfanato, el lugar donde ella estuvo antes de ser adoptada.
Yo sabía lo mucho que había sufrido allí, pero también que era necesario; no podía simplemente ignorar ese lugar.
—¡U-u-u-un orfanato!
—me miró, confundida y repentinamente asustada—.
¿Por qué estamos aquí?
—Hay algo que necesitas saber —dije, girándome para quedar frente a ella—.
Tu miedo viene de pensar que no eres suficiente, que la gente te juzga por lo que pareces o por lo que tienes.
Señalé el libro que ella traía apretado contra su pecho, Las Aventuras de Philip.
—Por eso te pedí que trajeras eso.
Me dijiste que querías ser la excepción.
Que querías que alguien escuchara tu historia.
Yo te escuché…
pero, necesitas otro punto de vista, más inocente.
Me separé de su agarre y me acerqué a la puerta.
—Espérame aquí.
Son un poco…
intensos, pero muy buenos.
La dejé sola, esperando que no huyera.
Al entrar…
bueno, me recibieron como de costumbre.
—¡Hermano Daiki!
—Dijo una niña, dejando atrás lo que estaba haciendo y lanzándose a abrazar mi pierna.
—¡Daiki vino!
—¡Cuéntanos una historia de magia!
Solo sonreí ante sus muestras de afecto.
Hace unos meses, dediqué mi tiempo a ayudar al orfanato; yo recordaba cuando en mi vida pasada vivía en uno y me sentía solo, y ser su “héroe” me reconfortaba.
—No soy muy bueno contando historias…
Pero, tengo una chica especial para eso.
Pero…
—Me puse serio—.
Quiero que la traten bien, es mi amiga.
Si no lo hacen, me enojaré y les confisco los juguetes y chocolates que les doy cada cierto tiempo.
Me dirigí hacia la puerta y la abrí.
Emilia estaba apoyada en la pared, con su libro abrazado contra su pecho, con los nudillos blancos de la tensión.
Veía a las personas pasar, visiblemente preocupada, pero nadie la miraba.
—¡Emilia, ven!
—Grité, sacándola de su estado.
Ella se había asustado, así que se acomodó el cabello.
—Se…
¿seguro…?
Yo…
no sé…
—Empezó a tartamudear.
—Les dije que eras especial, no me hagas quedar mal, ¿eh?
—Le sonreí para que confiara.
Una vez dentro, los niños miraban maravillados.
—¡Es muy linda!
¡Parece una princesa!
—Dijeron cuando le quité la capucha sin que ella se diera cuenta.
Emilia se llevó las manos a la cabeza, como si de repente se sintiera desnuda.
—¿Q-qué…?
—Ella intentó subir su capucha, pero no se lo permitia.
—Deja que te vean —susurré, inclinándome hacia ella—.
Una narradora no se cubre el rostro ante su público.
Además…
—Señalé a los pequeños—.
¿Ves alguna burla en sus caras?
Emilia se quedó quieta, bajando lentamente las manos.
Miró a los niños.
Un niño con la cara manchada de barro se acercó y, con timidez, tocó la tela de su vestido.
—¿Eres una princesa de verdad?
—preguntó con los ojos muy abiertos—.
Tu pelo brilla como el sol.
Emilia se puso roja como un tomate, pero no de vergüenza, —Yo…
no soy una princesa —balbuceó—.
Solo soy Emilia.
—¡Emilia la Princesa!
—gritó una niña, y el resto la siguió con risas y aplausos.
Aproveché el momento.
La guié suavemente hacia la silla de madera que estaba en el centro del círculo.
—Siéntate.
Ellos están listos para la aventura.
Emilia se sentó, alisó su falda con manos temblorosas y abrió el libro.
Veinte pares de ojos estaban fijos en ella.
—H-había una vez…
—empezó….
Un niño de la fila de atrás se inclinó hacia adelante.
—¿Qué dijo?
No se oye.
Emilia se congeló.
El pánico volvió a sus ojos y me buscó con la mirada.
No dije nada.
Solo le sonreí y asentí con firmeza.
“Hazlo como en tu habitación.
Hazlo por ellos.” Fue lo que le dije con la mirada.
Ella cerró los ojos, respiró hondo, y cuando los abrió, la chica asustada había desaparecido momentáneamente.
—¡Había una vez!
—repitió—.
Un príncipe llamado Philip, que vivía en un castillo de cristal donde el sol nunca se ponía.
Pero Philip odiaba la luz, porque le recordaba todo lo que no podía ver en las sombras…
Y así, comenzó su momento.
Decidí dejarla sola, así que salí afuera y me senté en el suelo, mirando el cielo azul.
Quería que supiera que puede hacerlo sin que yo esté presente.
…Misión cumplida Y sin un solo hechizo.
[Debo admitir que Cliff acertó por primera vez en darte esta misión…
Daiki, estás salvando una vida.
¿Te das cuenta de lo que eres capaz de hacer?
Y todavía te crees insuficiente…] …Ayam…
no empieces con tus discursos motivacionales.
[Es la verdad.
Te niegas a verlo, pero cambiaste el mundo de esa chica hoy.
Y el de esos niños.] Me quedé allí, sentado en el suelo con la espalda apoyada contra la pared exterior del orfanato, escuchando la voz de Emilia.
Era un momento de paz.
—¡Daiki!
La paz duró exactamente dos segundos más.
Levanté la vista para ver a una figura familiar marchando hacia mí enojado.
—¿Qué demonios haces aquí sentado mirando las nubes?
—gritó Cliff, deteniéndose frente a mí y bloqueando el sol—.
¡Se supone que debías estar en la mansión Miller!
¡Teníamos una misión de Rango A!
¡”Exorcizar la pereza”, recuerdas!
Me llevé un dedo a los labios, haciendo un gesto exagerado de silencio.
—Shhh.
Baja la voz, Cliff.
—¿Que baje la voz?
¡No me hagas callar!
¡Te dejé a cargo de la diplomacia y te encuentro holgazaneando en la puerta de un orfanato!
¿Acaso te echaron?
¿Fracasaste?
—Escucha —lo interrumpí, señalando hacia la ventana abierta que estaba justo encima de nuestras cabezas.
Desde el interior, la voz de Emilia se escuchaba….
“…El dragón no escupía fuego para quemar, sino para iluminar el camino, porque en el fondo del mar, la oscuridad es el verdadero enemigo…” —Esa voz…
—susurró, frunciendo el ceño—.
¿Es…?
—Es Emilia —confirmé con una sonrisa de satisfacción—.
La chica que se negaba a salir de su cuarto y que odiaba su propia voz.
Ahora mismo está leyéndole a veinte niños que la miran como si fuera una diosa.
Cliff miró la ventana, luego a mí, luego otra vez a la ventana.
—¿La sacaste de la casa?
¿La trajiste aquí?
—preguntó, bajando el tono—.
¿Sin usar magia?
—Solo usé un libro y un poco de sentido común.
Ella necesitaba un propósito, no un sermón.
—Hmph.
Bueno…
supongo que es una solución…
aceptable.
Poco ortodoxa y arriesgada, típico de ti, pero efectiva.
—Se cruzó de brazos y miró hacia otro lado—.
Técnicamente, si está aquí y haciendo algo productivo, la “pereza” ha sido exorcizada.
Misión cumplida.
Le sonreí.
—Exacto.
Así que espera.
Aún no termina el capítulo.
Cliff refunfuñó algo sobre “pérdida de tiempo valioso”, pero en lugar de irse o seguir gritando, se apoyó en la pared a mi lado.
Todo estaba bien, hasta que…
Escuché una voz familiar, una voz que recordaba tan vívidamente que hizo que me levantara del suelo al instante.
—¿…Daiki…?
Cliff, notando mi reacción repentina, se enderezó y miró hacia donde yo miraba.
—¿Quién es?
—preguntó, frunciendo el ceño—.
¿Lo conoces?
No respondí.
No podía.
Mi garganta se había cerrado.
—Hijo…
—susurró, y luego, con más fuerza, gritó—.
¡Daiki!
¡Eres tú!
¡Por todos los dioses, estás vivo!
……..
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