Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction - Capítulo 38
- Inicio
- Todas las novelas
- Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction
- Capítulo 38 - Capítulo 38: Episodio 25: Lo que queda de Fittoa
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 38: Episodio 25: Lo que queda de Fittoa
Cuando vi a mi padre a pocos metros de distancia, no supe qué decir. Llevaba a una niña en brazos, y el aspecto que tenía… no era el que recordaba. Tenía la barba descuidada, el cabello sucio y despeinado, la ropa arrugada y se sentía muy cansado, casi vacío.
De pronto dejó de ser ese ejemplo que siempre había tenido en mi cabeza y se convirtió en algo que jamás hubiera imaginado. Y creo que, detrás de esa mirada suya, había miedo. Miedo de que yo lo viera así. Miedo de que su propio hijo lo mirara distinto después de todo lo que había pasado.
Norn, con apenas cuatro años, solo se aferraba a su cuello. En su inocencia, seguía viendo a su padre como su héroe. Ella no se veía mal. Estaba limpia, vestida con ropa nueva y bien alimentada.
Mi padre había hecho un gran trabajo con ella; aun así, el contraste entre ambos era enorme.
Mientras pensaba, mi padre bajó con cuidado a Norn.
—Daiki…
Solo dijo eso antes de acercarse y rodearme con un abrazo. Era fuerte, torpe, exactamente como lo recordaba. Y hacía tanto que no sentía algo así que mi cuerpo tardó un segundo en reaccionar, como si necesitara recordar qué significaba ser abrazado por mi padre.
—Estás vivo… Joder, estás vivo… —sollozó contra mi hombro, ignorando a Cliff, que nos miraba boquiabierto.
Me quedé inmóvil un momento, hasta que mi cuerpo finalmente entendió lo que estaba pasando. Entonces levanté los brazos y le devolví el abrazo, igual de torpe que el suyo. Supongo que había heredado eso de él.
—Maldita sea, hijo… Revisé tantas listas de fallecidos… Pensé que te había perdido para siempre. Pensé que no me quedaba nada…
—Tranquilo, padre. Soy real… Estoy bien —susurré, sintiendo mis propios ojos llenarse de lágrimas.
Él aflojó el abrazo poco a poco. Aun así, no se levantó de inmediato ni quitó las manos de mis hombros, como si necesitara asegurarse de que no iba a desvanecerme.
—Hombros más anchos, más alto, tienes una mirada… —Se detuvo un segundo—…una mirada distinta. Más dura. Ya no es la de un niño que juega en el jardín.
Sus manos subieron hasta mi rostro, tocando mis mejillas con sus pulgares, como si quisiera comprobar que no era una ilusión de maná.
—Has crecido, Daiki… Has crecido tanto y yo no estuve ahí para verlo —murmuró—. Y esta ropa… te ves como un noble de verdad. ¿Cómo…? ¿Dónde has estado?
Antes de que pudiera responder, un pequeño tirón en su pantalón rompió nuestra conversación.
—¿Papá…? ¿Quién es él? —gimoteó la niña, ocultándose tras los pliegues de su capa sucia.
—Norn, mírame —dijo, señalándome—. Es Daiki. Es tu hermano mayor. ¿Recuerdas las historias que te conté en el camino? ¿Sobre el chico valiente que protegió a Aisha? ¿El que te hablaba de los “conejos” antes de dormir? Pues es él. El hermano mayor apareció.
Ella miró a Paul y luego a mí, con una expresión de total sorpresa.
—¿El… hermanito de los conejitos? —Después levantó la vista hacia mi cabello—. Pelo negro…
Sonreí un poco, limpiándome las lágrimas.
—Bueno… si soy honesto, siempre te gustaron más los dragones.
[En especial, el de color rojo… Dime, ¿a quién te recuerda?]
…
—¿Daiki? ¿Qué te pasó? —la voz de Emilia me asustó un poco. Había salido del orfanato, probablemente justo después de dejar a los niños en su hora del almuerzo.
—Ah… yo… —balbuceé, todavía tratando de acomodar en mi cabeza todo lo que estaba pasando.
Paul me miró, luego miró a Emilia. Su expresión cambió a algo entre sorpresa y una evaluación rápida, como si intentara entender quién era ella para mí.
Emilia dio un paso más, preocupada.
—Te ves pálido. ¿Estás bien?
Tragué saliva. —Estoy… procesando cosas. Muchas cosas. —Intenté sonreír, pero incluso yo sabía que se me notaba lo tembloroso.
Pero otra voz me interrumpió cuando iba a hablar.
—A ver, a ver…. ¿Qué carajos está pasando aquí? —Dijo Cliff, sacudiendo su bastón hacia todos lados.
—No está pasando nada…
Me acerqué a Cliff.
—Cliff, ¿me harías un favor? De amigo amigo, por favor.
—¿De “amigo amigo”? —Arqueó una ceja—. Nunca usas esas palabras a menos que estés desesperado o planeando algo estúpido. Y, juzgando por tu cara… son ambas.
Luego miró a Paul.
—Así que… —dijo Cliff, bajando la voz para que Emilia no escuchara los detalles—. ¿Este es el famoso “padre monstruo” que te abandonó por ser diferente a él?
Paul parpadeó, confundido entre las lágrimas y el cansancio.
—¿Monstruo…? ¿Abandonar…?
Cliff se cruzó de brazos.
—Pues no parece un monstruo. Parece un borracho sentimental que te está estrujando como si fueras de oro. —Me miró acusadoramente—. Me mentiste, Daiki.
—Es complicado, Cliff —insistí, empujándolo levemente hacia Emilia—. Te lo explicaré todo. Lo prometo. Pero ahora necesito que te la lleves. Por favor.
Cliff me sostuvo la mirada unos segundos interminables. Finalmente, suspiró con dramatismo, ajustándose el cuello de la túnica.
—Bien. Lo haré. Pero me debes la historia completa. Y no la versión editada que le cuentas a tu tía. La verdad.
Se giró hacia Emilia, adoptando su pose habitual de importancia.
—¡Emilia! ¡Vámonos! ¡Se acabó la hora de los cuentos! Daiki tiene… “asuntos familiares” que resolver.
Emilia me miró una última vez, todavía preocupada, pero asintió. Aunque no conocía a Cliff, confiaba en él simplemente porque era mi amigo.
—Cuídate, Daiki… —susurró antes de seguir a Cliff.
Cuando doblaron la esquina, sentí que me quitaban un peso de encima.
—¿”Abandonar”? ¿”Monstruo”? —preguntó Paul, alzando una ceja—. Tenemos que hablar de eso… pero primero…
Me dio un suave codazo en las costillas, señalando con la cabeza hacia la esquina por donde había desaparecido Emilia.
—Esa chica… Emilia. —Soltó una risita ronca, recuperando por un segundo ese aire de “Paul Greyrat” que yo recordaba—. Veo que no perdiste el tiempo, hijo. Un año desaparecido y ya tienes a una chica mirándote con esos ojos de cachorro preocupado.
—No es lo que piensas, padre. Es… una cliente. Una misión del gremio.
—Sí, sí, “misión”. —Paul me guiñó un ojo—. Saliste igualito a tu padre. Al menos en eso no has cambiado.
Miró hacia el frente.
—Bien. Vamos. No podemos hablar aquí. Hay demasiada gente y tengo muchas preguntas sobre eso de que soy un “monstruo”. Vamos a un lugar seguro.
Asentí, siguiéndolo. Me subí la capucha de la capa, asegurándome de ocultar mi rostro lo mejor posible. Millis estaba lleno de ojos, y si alguien de la casa Latreia o algún conocido del gremio me veía con este “vagabundo”, las preguntas serían incómodas.
***
Después de una larga caminata, esquivando las calles principales y moviéndonos por callejones que Paul parecía conocer demasiado bien, finalmente llegamos al distrito sur.
Se detuvo frente a una taberna de aspecto desgastado.
“El Escudo Roto”. No era el tipo de lugar donde un Latreia pondría un pie, lo cual lo hacía perfecto.
—Aquí es —dijo Paul, empujando la puerta.
Paul se sentó, bajando a Norn con cuidado. Mi hermana luchaba por no dormirse después del camino. Él pidió una jarra de cerveza con un gesto cansado a la camarera y se pasó las manos por la cara, frotándose los ojos como si intentara borrar el último año de su memoria.
Cuando la jarra llegó, Paul extendió la mano hacia ella.
—Padre… —dije, quitándole la jarra—. No vas a beber eso.
—Daiki, por favor. Ha sido un día largo. Necesito…
—No —interrumpí—. Necesitas estar sobrio. Norn te necesita sobrio. Y yo te necesito afilado, no embotado.
—¿Vas a darme órdenes ahora? Tienes once años. —Dijo Paul, intentando tomar la jarra, pero por mi fuerza, no cedía.
—Tengo once años y acabo de encontrarte hecho un desastre —respondí sin retroceder.
Él soltó un suspiro pesado.
—Tienes razón… Yo me escapé de casa a los doce. Claro, tú eres mucho mejor que yo a esa edad, eso es un hecho.
Tomé una jarra vacía y la llené con agua.
—Con esto basta. Te ayuda a pensar, a aclarar la cabeza. La cerveza es solo una forma de escapar, y ese tipo de escape siempre viene con dolor después.
Él me miró, sorprendido.
—¿De verdad saliste de mí, hijo? —Soltó una risa breve—. Hablas como un viejo sabio. O como Zenith cuando me atrapaba volviendo tarde.
—Alguien tiene que ser el responsable. Y hablando de mamá… debe de estar preocupada, ¿verdad? Cuando encuentre a mi hermano, volveremos a casa. Padre, no tienes que ponerte así por buscarnos. Rudeus también es fuerte.
—¿Volver…? —repitió Paul—. ¿A qué te refieres con “volver a casa”, Daiki?
—A Buena Village —respondí, confundido por su reacción—. Digo, el incidente fue en Roa, ¿no? El orbe estaba sobre la finca Boreas. Supongo que el pueblo estará alborotado por las noticias. Sylphiette y los demás deben estar esperando…
—Daiki. Daiki, cállate un momento.
—¿Padre? ¿Qué pas…?
Paul levantó la vista.
—No hay Buena Village… No hay casa. No queda nada….
—¿De qué… de qué estás hablando? El orbe estaba en Roa…
—Fue la Región de Fittoa entera, hijo —soltó Paul, y una lágrima solitaria recorrió su mejilla sucia—. Todo. Desde la ciudadela hasta los límites del bosque. Fui allí… fui a buscar rastros. Solo hay tierra arrasada. Praderas vacías. Es como si el pueblo nunca hubiera existido.
Un año. Llevaba un año caminando hacia una meta que ya no existía.
—¿Entonces… Sylphiette… ¿Mamá…? —La pregunta murió en mis labios.
—Desaparecidas —confirmó Paul, cerrando los ojos con fuerza—. O muertas. Nadie lo sabe. Todos fueron teletransportados. O murieron en el impacto. Somos refugiados, Daiki. No tenemos hogar.
El silencio fue lo único que se adueñó de mí. Esa misma sensación de mierda que me había perseguido en mi vida pasada cuando vi el fuego por primera vez… Lo único que pude sentir fueron mis pupilas moviéndose frenéticamente mientras intentaba ponerme de pie, con los brazos temblando al mover la silla.
[Daiki… No estás respirando… Estás entrando en pánico…]
Quería evitarlo, pero el aire simplemente no entraba. Por un instante, el mundo desapareció por completo; solo quedaba esa oscuridad inquietante que llevaba persiguiéndome toda la vida.
Y de repente estaba en Japón.
Lo supe de inmediato: las casas, las calles, los postes… todo era exactamente como lo recordaba. Una parte de mí quiso creer que tal vez todo lo demás había sido un sueño.
¿…ah?
Me giré hacia una casa en particular. La reconocí al instante, imposible olvidarla… incluso aunque jamás la hubiera visto realmente con mis propios ojos. En un abrir y cerrar de ojos, una luz estalló en el techo y la casa se incendió como si hubiera sido bañada en gasolina.
Parpadeé otra vez y la escena cambió. Varias personas sujetaban a un niño con todas sus fuerzas, como si estuvieran conteniendo a un animal herido incapaz de entender lo que estaba ocurriendo. Arañaba, mordía, pataleaba desesperado.
Ese niño era yo. O más bien, lo que yo recuerdo de mí.
—¡Están adentro! ¡Déjenme ir a salvarlos!
—Lo siento, muchacho… Lo siento mucho. —El hombre que me sujetaba tenía los brazos marcados por mis uñas, pero aun así no me soltaba.
[Análisis: incendio provocado de forma intencional.
[Iniciando protocolo: trauma disociativo.]
Era un recuerdo brutal. Pero también era necesario. Mostraba exactamente de dónde venía esa oscuridad que siempre regresaba cuando menos debía hacerlo.
Estaba a punto de dejarme llevar por la oscuridad otra vez, pero unas palabras me anclaron a la realidad. Esa vida… ese pasado… ya no era donde pertenecía. Ahora tenía otro propósito.
—¡Daiki! ¡Hijo!
Unas manos fuertes me sujetaron por los hombros.
—¡Respira, hijo! ¡Maldita sea, respira!
Aspiré una bocanada de aire. El oxígeno me quemó los pulmones, pero rompió el hechizo del pánico. La oscuridad empezó a retroceder y, poco a poco, pude distinguir el rostro de mi padre, muy asustado. Aferrada a la pierna de Paul, Norn me observaba con los ojos muy abiertos, asustada por los gritos.
—Lo siento… —murmuró Paul—. No debí soltártelo así. A veces olvido que solo tienes once años. Soy un idiota.
Me incorporé con esfuerzo y me senté en una silla.
—No… Necesitaba saberlo. He estado viviendo dentro de una mentira. Una mentira muy completa.
Fittoa ya no existe.
No hay refugio.
Pero sigo vivo… y la posibilidad de que los demás también lo estén es real. Esa esperanza es suficiente.
Levanté la mirada.
—Padre… —bebí un poco de agua.
—Hijo, tengo un grupo…
Dejé el vaso sobre la mesa. Mis brazos aún temblaban.
—El grupo… son buena gente, Daiki. La mayoría son antiguos guardias de Roa, algunos aventureros que estaban de paso y sobrevivieron, y otros como Alphonse… Alphonse sobrevivió. Está en el campo de refugiados, gestionando lo poco que tenemos. Él lleva los números, yo pongo la espada.
Paul golpeó la mesa con un dedo.
—Nos hemos dividido. Tomé a los que podían luchar y vinimos al sur, a Millishion. Es el centro del mundo para la información. Si alguien ha visto a Zenith, a Lilia o a Rudy, las noticias llegarán aquí primero. Pero hasta ahora… no hay nada. Solo listas de muertos y rumores que no llevan a ningún lado. La Iglesia de Millis no es precisamente amable con los forasteros armados y sin dinero. Estamos sobreviviendo con trabajos de escolta y cazando monstruos de bajo nivel para financiar la búsqueda.
Norn se había acercado a mí tímidamente. Me hizo una pequeña señal para que la levantara, así que la acomodé en mi regazo. El susto había pasado y el cansancio finalmente la venció. Acaricié su cabello rubio, sintiendo la calidez de su respiración.
Sentí cómo Paul casi lloraba de nuevo por esta escena.
Y era verdad, este es mi propósito: proteger su inocencia.
—Pero basta de mis miserias. Daiki… mírame. Esa aura que tienes… no es la de un niño que ha estado escondido en una granja. Y esa espada…
—No aparecí en el suelo, padre —dije mientras intentaba mantener la voz baja por Norn—. Cuando la luz me tragó en Roa… desperté en el cielo.
—¿En el cielo?
—Sobre las nubes. En el Gran Bosque…. Estaba cayendo.
—¿Cómo…? —Preguntó él.
—Digamos que me crucé con un grifo y terminé usándolo de colchón, más o menos… —Quise sonar irónico, porque el ambiente estaba tan tenso que hablar en serio solo lo empeoraría. Imitar ese estilo despreocupado que él siempre usaba me pareció la mejor forma de aflojar el nudo que se nos estaba formando a ambos en la garganta.
—¿Mataste a un Grifo… en caída libre? —Paul me miró con una mezcla de horror y asombro absoluto—. ¿Y saliste ileso?
Asentí.
—Básicamente, fui recibido por elfos que pensaron que era un “mediano”, así que no obtuve mucho más que su hospitalidad… aunque debo admitir que nunca había visto a nadie tratar tan bien a un desconocido. Pasé la noche allí y, al día siguiente, seguí rumbo al pueblo Doldia, la tribu de Ghislaine. Permanecí siete semanas con ellos antes de partir hacia Millishion. El viaje completo… me tomó casi dos meses.
—Después de llegar… —Continué—. Armé un grupo de aventureros “blasón carmesí”, junto a Cliff, durante los siguientes meses hasta el día de hoy. Llegamos a rango A y decidimos no subir de rango.
Mi padre finalmente habló.
—¿Rango A…? —repitió, pasándose una mano por la cara, como si intentara despertar de un sueño febril—. ¿Tú y ese chico…? ¿Y pudieron haber subido a Rango S y lo rechazaron?
Soltó una risa seca, negando con la cabeza.
—Increíble. Simplemente increíble. Tienes once años, Daiki. Y mientras yo he estado aquí, cayéndome a pedazos, peleando por migajas de información y ahogándome en alcohol… tú estabas cazando monstruos, subiendo de rango y rechazando promociones que a otros les tomaría una eternidad conseguir…
—No, padre… Tú viviste un infierno. Ojalá hubiera estado ahí para ayudarte.
Paul no respondió a eso. Se inclinó hacia adelante, como si necesitara aferrarse a otra idea para no dejarme verlo lamentar su propia miseria.
—Pero hay algo que no encaja. Ese chico, Cliff. Dijo que yo te “abandoné”.
—Sobre eso… —Empecé—. Tuve que tomar una decisión. Cuando llegué a Millishion, estaba solo. No tenía dinero, ni lugar donde dormir. Sabía que la familia de mamá, los Latreia, tenían poder aquí.
Paul hizo una mueca de disgusto al oír el apellido.
—Los Latreia… —escupió el nombre—. No me digas que fuiste a ver a la vieja bruja. A Claire.
—Fui a verla. —Asentí—. Pero sabía que si llegaba diciendo la verdad, probablemente me habrían interrogado o ignorado por ser hijo tuyo. Claire te odia, padre. Lo sabes.
Paul bufó. —El sentimiento es mutuo.
—Por eso tuve que… bueno, en realidad no tuve que darles ninguna historia… Ellas… ellas la escribieron solas. —Dije, mirando hacia la nada misma.
—¿Cómo que solas?
—Yo intenté decir la verdad. —Acomodé mi mirada—. Te lo juro. Cuando la tía Therese me encontró, intenté explicar lo de la luz, lo del incidente… pero cada vez que abría la boca para decir “padre”, ella me interrumpía.
Miré a Paul a los ojos, necesitando que me creyera.
—Vio mi cabello negro, vio mis ojos rojos… y asumió lo peor. Me preguntó: “¿Él te echó por esto, verdad?”. Y antes de que pudiera decir “no”, ya me estaba abrazando y maldiciéndote. Therese interpretó que vine buscando refugio porque eras un monstruo que no me quería por no parecerme a ti.
Bajé la mirada, avergonzado.
—Y funcionó. Claire estaba tan encantada de tener una razón “confirmada” para odiarte y sentirse superior, que ni siquiera pidió pruebas. Me abrió las puertas de la mansión, me dio ropa, tutores… todo.
—Así que… —Paul se recostó en la silla—. ¿Ellas simplemente asumieron que soy una basura?
—Y yo… yo no las corregí… Ese es mi pecado, padre. Podría haber gritado, podría haber defendido tu nombre. Si les decía que me querías, que eras un buen padre… tenía miedo de que me cerraran la puerta o me investigaran. Así que me callé. Dejé que creyeran que eras el villano para salvarme.
Esperaba un regaño, esperaba que se sintiera traicionado por mi cobardía.
Pero entonces, los hombros de Paul empezaron a sacudirse.
—Jajaja… —Empezó como una risa baja y se convirtió en una carcajada—. ¡Eres un genio, hijo!
Se limpió una lágrima de la risa y me miró, no con enojo, sino con una mezcla de diversión y resignación.
—Típico de los Latreia. Su odio por mí es tan grande que no necesitan que nadie les mienta; su propia imaginación hace todo el trabajo. —Suspiró—. No te culpes, hijo. En esa situación, el silencio fue tu mejor arma.
—Pero manché tu nombre… —insistí.
—Mi nombre en esa casa ya estaba manchado hace años. —Me cortó con un gesto de mano—. Está bien. No me importa. Que esa vieja piense que soy el peor padre del mundo. Si su propio prejuicio sirvió para mantenerte caliente y seguro… aceptaré el papel de villano con gusto.
—Gracias, papá… Estoy usando los recursos de los Latreia para buscar información. Pero tengo que mantener ese silencio. Si descubren que nos llevamos bien, o que te estoy ayudando… verán que su “narrativa” es falsa y me cortarán el acceso.
—Entendido. —Paul asintió—. Ante el público, soy el bastardo que te abandonó. En privado…. En privado, somos aliados. Vamos a usar todo lo que tenemos. Tu dinero, tu rango, el odio de tu abuela y mi espada.
Hubo un silencio cómodo, hasta que mi padre preguntó:
—¿Qué hay de Rudy, hijo? ¿Se quedó dormido como solía hacer? —preguntó Paul, intentando aligerar el ambiente—. Seguro que apareció en algún granero y sigue roncando.
—Padre… —Bajé la mirada hacia mis manos, las mismas manos que habían fallado hace un año—. No fue así.
—Estábamos todos juntos en las lejanías de la Ciudadela de Roa. Ghislaine, Eris, Rudy y yo. —Tragué saliva—. Ghislaine fue la primera. La luz se la tragó antes de que pudiera acercarse. Simplemente… desapareció.
Vi cómo Paul se tensaba.
—Yo reaccioné. Me lancé hacia Eris. Sabía que tenía que protegerla… y a Rudy. —Cerré el puño—. Estiré la mano. Mis dedos rozaron su muñeca. Estuve a un centímetro, papá. A un maldito centímetro de su muñeca.
Cerré mis ojos, recordando ese momento. —Pero la luz fue más rápida. Me arrastró a mí primero. Lo último que vi… fue a Rudy y a Eris, de pie, juntos, mirando cómo yo desaparecía.
—Si Ghislaine apareció sola en la Zona de Conflicto… y tú apareciste solo en el cielo… —Paul empezó a atar cabos—. Eso significa que ellos dos se fueron juntos.
—Exacto. —Asentí—. Rudy no está solo. Tiene a Eris. Y Eris tiene a Rudy.
Paul frunció el ceño apenas.
—Eris… —murmuró—. Según Alphonse, esa niña es un torbellino de violencia. Y Rudy… Rudy es brillante, pero físicamente…
Tomé aire, manteniendo la calma.
—Padre, Rudy es un gran mago. Si hay alguien en quien confío para cruzar medio mundo y seguir vivo, es él. Y además, me aseguré de que pudiera compensar su falta de físico. Le enseñé algo que llamé Onda de Choque. Le ayuda a reaccionar, a moverse sin quedarse paralizado cuando tiene miedo. Yo solo le di la base… pero sé que la perfeccionó.
Bebí un poco más de agua, parecía que me había secado de tanto llorar.
—No te preocupes, padre. Mi hermano no es el niño que recuerdas. Van a volver.
Vi cómo sus hombros se aflojaban. La tensión que cargaba se derritió un poco, y su mirada volvió a enfocarse.
—Tienes razón… Juntos son un equipo formidable. —Me miró con curiosidad—. ¿Has intentado buscarlos? Digo, con tus recursos de Rango A.
—Llevo meses haciéndolo —admití—. He usado los canales de correo del gremio. Envié cartas a nombre de Rudeus Greyrat a todos los gremios de aventureros en las ciudades portuarias del Continente Demoniaco y del Continente Central.
Paul abrió los ojos de par en par.
—¿Enviaste cartas al Continente Demoniaco?
—Sí. Asumí que si no estaban aquí en Millis, y no estaban en el Reino Asura… ese era el lugar más lógico donde la “mala suerte” podría haberlos tirado. —Mentí, fue ese “Dios” que me había dicho—. En las cartas les digo que estoy en Millishion, que estoy bien y que lo estoy buscando.
—Pensaste en todo… Incluso mientras lidiabas con los Latreia.
—Es mi hermano pequeño, papá. —Aunque técnicamente éramos mellizos, siempre sentí esa necesidad de cuidarlo—. Y Eris es… importante. No voy a dejar de buscarlos.
Paul asintió.
—Bien. Si enviaste esas cartas, ahora es solo cuestión de tiempo. Mientras tanto, nosotros nos encargaremos de encontrar a Zenith y a Lilia.
Luego miró hacia Norn.
—Tu hermana… —murmuró con una sonrisa cansada—. Siempre me pedía que le leyera sobre dragones. Le llenaste la cabeza de esas historias cuando era una bebé, y aun así lo recuerda. Has sido un excelente hermano mayor, Daiki.
—Solo les contaba lo que querían escuchar —respondí, bajando la vista hacia la niña dormida—. Pero prometo que la próxima vez que le cuente una historia, tendrá un final feliz. Uno de verdad.
Paul me miró un momento más, y luego asintió, tragándose la emoción.
—Bien. Entonces vámonos. Tienes un grupo que conocer. Aunque el mundo crea que te abandoné, a mis hombres les diré la verdad. Necesitan saber que la suerte ha cambiado.
—¿La suerte? —pregunté.
—Sí —Paul sonrió—. Necesitan saber que ahora tenemos un As bajo la manga. Un Rango A que mata grifos y manipula a la nobleza.
Me levanté con cuidado para no despertar a Norn, acomodándola mejor en mis brazos. Era ligera, pero su peso se sentía como el ancla que me había faltado todo este año.
[Primer objetivo a salvo, Norn Greyrat, y tu padre Paul Greyrat. Lo hicimos bien, hermano]
(Gracias, Ayam.)
—Vamos, hijo —dijo Paul, abriendo la puerta de la taberna—. El resto del grupo tiene que conocer al estratega de la familia.
Caminar por las calles con Norn en brazos se sentía surrealista. Su respiración era suave contra mi cuello, en un ritmo constante que, extrañamente, calmaba el caos en mi propia mente.
[Es tu hermana, Daiki. Protégela.]
(Lo sé, Ayam. Esta vez no fallaré.)
Paul caminaba delante de mí. Durante el trayecto me fue diciendo los nombres de las personas de su grupo, uno por uno. Lo hacía para ahorrarnos presentaciones innecesarias o incómodas, y la verdad es que no me molestaba presentame… pero así es Paul.
—Es aquí —dijo, deteniéndose frente a un edificio de dos plantas. No era una taberna pública, sino más bien una pensión vieja que el grupo había tomado como base de operaciones—. No es como el palacio en el que viviste por meses, pero al menos aquí hay amor.
Sonreí levemente.
—El “palacio” es frío, papá. Las paredes son altas y la comida es buena, pero el aire siempre se siente pesado. Prefiero un lugar donde pueda respirar, aunque el techo tenga goteras.
Paul me devolvió la sonrisa, y abrió la puerta.
El interior estaba mal iluminado. Olía a tabaco barato, estofado rancio y a sudor seco.
Había una docena de personas reunidas en la sala común.
—¡Jefe! —Una mujer se puso de pie de inmediato al vernos entrar. Era Vierra, tal como me la había descrito Paul en el camino—. Pensamos que te habías quedado bebiendo hasta perder el conocimiento de nuevo.
—Casi —admitió Paul, sin la habitual vergüenza de un borracho, sino con la claridad de un líder—. Pero hoy encontré algo mejor que el alcohol.
Las miradas pasaron de Paul a mí. Al extraño niño de cabello negro y ojos rojos que cargaba a la hija del jefe y vestía una capa de alta calidad sobre ropa noble.
—¿Quién es el chico? —preguntó Roland, un hombre alto y delgado que estaba revisando unos mapas en la mesa central.—. Se parece un poco a las descripciones… no, imposible.
—Escuchen todos —Dijo Paul, su voz resonó en toda la sala, incluso los más dormidos se despertaron ante la voz “alta” que claramente no escuchaban hace meses.
Paul se giró hacia mí y puso una mano en mi hombro libre.
—Sé que hemos estado golpeando paredes. Sé que la moral está baja, que hemos perdido gente y que el dinero escasea. Pero hoy… hoy la suerte ha cambiado.
Señaló hacia mí.
—Este es Daiki Greyrat. Mi hijo mayor.
—¿El joven Daiki? —susurró Shierra—. … su cabello… sus ojos…
—Pensamos que había muerto en la catástrofe —dijo Roland, dejando caer la pluma sobre el mapa—. O que había desaparecido sin dejar rastro como el joven Rudeus.
—No solo sobrevivió —dijo Paul, inflando el pecho con un orgullo—. Ha llegado a Millishion por sus propios medios. Cruzó el Gran Bosque solo. Y no viene con las manos vacías.
Paul me miró, dándome la señal.
Con cuidado de no mover demasiado a Norn, usé mi mano izquierda para buscar en el bolsillo interior de mi chaleco. Saqué la tarjeta del gremio y la dejé caer sobre la mesa del mapa.
Roland la tomó, la revisó, la volvió a revisar y luego miró a Paul con los ojos desorbitados.
—¿Rango A…? Jefe… el chico tiene once años.
—Lo sé… Y rechazó Rango S —dijo Paul, sonriendo—. Y además, tiene acceso a los Latreia.
—¿Los Latreia? —Vierra frunció el ceño, cruzándose de brazos—. ¿La familia de la señora Zenith? Pero si ellos te odian, Paul. Dijiste que ni siquiera te recibían en la puerta.
—A mí me odian —aclaró Paul—. Pero a él lo han acogido. —Miró a todos los presentes—. Pero hay una regla. Para el mundo exterior, Daiki y yo estamos peleados. Yo soy el padre monstruoso que lo abandonó, y él es el hijo víctima que huyó con su abuela. Nadie fuera de esta habitación puede saber que trabajamos juntos. ¿Entendido?
—Si el joven Daiki es tan fuerte como dice esa tarjeta… y tiene el dinero de los Latreia… —Roland dejó la tarjeta sobre la mesa con reverencia, como si fuera una reliquia sagrada—. Entonces tal vez no tengamos que dormir en el suelo el próximo mes.
Roland me miró.
—Chico, ¿que rango de espadachin eres?
—Soy Rango Santo, señor.
—¿Santo? —Roland parpadeó, incrédulo, mirando a Paul en busca de confirmación.
—Lo es. Créeme. Ha cruzado el Gran Bosque solo. No preguntas cómo, solo créelo….
—Bienvenido, joven Daiki —dijo Vierra, inclinando la cabeza ligeramente—. Es bueno ver que al menos uno de los Greyrat tiene la cabeza sobre los hombros y no en una botella.
—Gracias, Vierra —respondí—. No vine aquí para jugar a los héroes. Vine para encontrar a mi madre, a Lilia y a mi hermano. Y voy a usar todo lo que tengo para hacerlo.
Norn se removió en mis brazos, abriendo los ojos perezosamente.
—¿Hermanito…? —murmuró, frotándose la cara contra mi camisa—. ¿Ya llegamos?
—Sí, pequeña. Estamos con los aliados.
—Vierra, Shierra, busquen una cama para Norn. Daiki tiene que volver a la mansión Latreia antes de que Claire note su ausencia. Pero mañana… mañana el “Blasón Carmesí” y el “Grupo de Rescate de Fittoa” tendrán su primera reunión estratégica real.
Me acerqué a Paul y saqué una bolsa grande desde debajo de la capa.
La dejé sobre la mesa. Estaba llena de monedas.
—Por favor, acéptalo, padre.
Paul se quedó mirándola unos segundos antes de volver los ojos hacia mí.
—Daiki, hijo… —dijo en voz baja—. Me siento extraño siendo yo el padre, y que sea mi hijo quien me esté dando dinero.
—No es para ti, papá —Dije, cortando su incomodidad antes de que pudiera crecer—. Es para la búsqueda. Es para comprar información real, para que puedan comer caliente y para que Norn tenga una cama decente.
…
—Me sentiría mal durmiendo en una cama caliente mientras mi familia la está pasando mal.
Paul bajó la mirada hacia la bolsa de monedas. Sus dedos temblaron al acercarse. Al final, cerró la mano sobre ella.
—…De verdad creciste —murmuró—. Mucho más rápido de lo que debería.
Y entonces volvió a llorar.
—Tu madre… tu madre estaría muy orgullosa de ti. —Tragó saliva—. Bueno… siempre lo estuvo.
—Lo sé —susurré, apretando su hombro—. Y pronto se lo podrás decir tú mismo.
Paul asintió, secándose las lágrimas con el dorso de la mano y recuperando la compostura frente a sus hombres.
—Roland, Vierra —dijo—. Mañana al amanecer quiero un inventario completo. Equipo, provisiones, deudas pendientes. Vamos a pagar todo y a prepararnos. Esta búsqueda acaba de subir de nivel.
—¡Sí, jefe!
Paul me miró.
—Y ahora, vete antes de que tu abuela envíe a los caballeros sagrados a buscarte. —Bajó la voz—. Dale un beso a tu hermana.
Miré a Norn, que seguía medio dormida en mis brazos, aferrada a mi camisa como si temiera que desapareciera si me soltaba.
—Norn… pequeña —susurré, acariciando su cabello—. Tengo que irme un rato. Pero voy a volver. Lo prometo.
Ella abrió los ojos, somnolientos y tristes.
—¿No te quedas?
—No puedo hoy. Pero papá está aquí. Y Shierra te cuidará. —Miré a la chica tímida, que esperaba a unos pasos—. Shierra, por favor.
Me acerqué a ella. Shierra se tensó un poco al ver que me aproximaba, pero cuando extendió los brazos para recibir a Norn, sus movimientos fueron suaves y seguros.
—La cuidaré bien… —susurró Shierra, tomando a Norn—. Ven, pequeña… vamos a dormir.
Sentí un vacío al soltarla, pero ver cómo Shierra la acunaba y cómo Norn se relajaba al instante me tranquilizó.
—Gracias —dije.
Me ajusté la capucha de la capa
—Descansen —dije, dirigiéndome a la puerta—. Mañana será un día largo.
—Daiki… —Paul me llamó antes de que saliera.
Me giré.
—Gracias. Por todo.
Asentí, sin decir nada más.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com