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Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction - Capítulo 44

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  4. Capítulo 44 - 44 Interludio Adiós a Millishion
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44: Interludio: Adiós a Millishion 44: Interludio: Adiós a Millishion Seis días para partir.

Debía explicarle a Cliff lo de la nueva capa.

No sabía si se lo tomaría como algo personal, ya que era vieja y estaba a punto de romperse.

También había que disolver el grupo “Blasón Carmesí”.

Considerando lo competente que Cliff se había vuelto y que ahora era un aventurero de Rango A, seguramente podrá encontrar otro grupo o, quién sabe, continuar por su cuenta.

En cuanto a Emilia, ya hablé con ella.

Me aseguró que cuidaría de Norn en mi ausencia, del orfanato, y que encontraría trabajo pronto.

El único gran problema no eran las despedidas con mis amigos, sino con mi abuela Claire.

No sabía si se lo tomaría bien o mal, pero tampoco podía quedarme.

Tenía que decirle que debía seguir mi camino, que si me quedaba me estancaría, y asegurarle que quizá algún día volvería.

Soy consciente de que, si me despido en vez de escaparme, tal vez lo entienda y me deje partir.

Mi tía Therese tuvo problemas mientras escoltaba a una miko.

Al parecer no logró cumplir con su deber como debía y la responsabilizaron por lo ocurrido.

Como consecuencia, la degradaron de su puesto y la enviaron a otra división bajo un nuevo superior.

Sé que la trasladaron a otro lugar, pero no estoy seguro de dónde está ahora.

Suspiré y bajé por las escaleras, me acerqué al jardín y ahí estaba Claire.

—Claire —hice un saludo cordial—.

Vengo a informarle algo.

—¿Sí, Daiki?

—me invitó a sentarme—.

Siéntate.

Le hice caso y decidí contarle todo lo ocurrido.

—Ya veo —habló Claire finalmente—.

¿Quieres irte para mejorar?

Sabes que podría enviarte a la Universidad Mágica de Ranoa.

Es una opción más adecuada.

—No.

Es un camino para madurar, y además encontré información sobre una persona que quiero buscar.

Vine porque planeaba decírselo, no simplemente irme.

Pero la decisión ya está tomada.

No me quedaré.

—Entiendo…

—ella agachó ligeramente la cabeza—.

¿Sabes por qué te acepté, Daiki?

—No.

¿Por qué?

—la miré.

—Porque no te pareces a Paul Greyrat.

Ni en personalidad ni en apariencia.

Eso ayudó más de lo que crees.

—respondió Claire.

—Bueno, saqué el talento con la espada…

—Algo tenías que heredar, supongo.

…

—Daiki —dijo Claire—.

Sé que es extraño lo que voy a pedirte, pero levántate.

Obedecí.

Ella también se puso de pie.

—¿Qué cos—?

No terminé la frase.

Me abrazó y ocultó mi rostro en su pecho.

No lo esperaba.

¿De ella?

Nunca.

Me sostuvo como nunca antes lo había hecho, como si hubiera cargado durante años con un peso invisible y, por un instante, pudiera dejarlo ir.

Tal vez con su hija no pudo hacer las cosas bien.

Tal vez fue demasiado tarde.

Pero conmigo, quizá aún estaba a tiempo de redimirse un poco.

Aun así, hizo muchas cosas mal…

Pero yo también las hice en mi vida pasada, así que no estoy en posición de juzgarla.

[Vaya…

te ganaste a la abuela estricta.

Omedetou, Shinji.] ‘¿De qué estás hablando?

Me llamo Daiki…’ [Lo mencionó Rudy una vez.

Quise replicarlo.] —Demostraste ser un chico leal —continuó Claire—, honesto, inteligente, talentoso, honorable, respetuoso…

y la lista es larga, así que te dejaré ir.

Pero vete rápido antes de que me arrepienta y decida poner barrotes en tu habitación —dijo ella.

—Lo haré.

No se preocupe —respondí.

—Ah, casi lo olvido…

—sacó una bolsa de monedas—.

No te daré mucho, porque te conozco y sé que deseas forjar tus propias ganancias.

Tómalo como un adelanto para cuando cumplas quince años, por favor.

—Muchas gracias, me será de mucha ayuda —tomé la bolsa—.

Ah, el viaje es en seis dias, pero decidí alejarme de los lujos para volver a estar acostumbrado a la vida de las posada y eso, ¿es un problema?

—No, pero vete rapido, por favor.

Asentí y salí de la mansión latreia.

— Saliendo de la mansión, llevaba mis cosas: Temphestalis o Tempest, la espada que me regaló Saorus y que es capaz de repararse sola.

La capa que me dio Cliff.

La bolsa que me dieron los elfos y…

algo que aún debía entregarle a Eris.

Al llegar al gremio, lo vi comiendo en una mesa.

—Qué raro, ¿mi gran amigo comiendo la insignificante comida del gremio?

—dije, sentándome a su lado.

—Esa capa, ¿te la compraste?

—ignoró lo que dije.

—No exactamente.

Alguien me la dio y la aprecio mucho.

Es todo.

—Ya veo…

Te vas, ¿verdad?

—preguntó Cliff de repente.

—Así es.

Quería saber si quieres que te devuelva la capa o si prefieres que me la lleve.

No hay problema con eso —respondí, apoyándola sobre la silla—.

Ah, y ya me salí de Blasón Carmesí —añadí—.

Venía a entregarte el emblema.

Bajo tu cuidado estará mucho mejor.

Se cruzó de brazos y desvió la mirada.

—Aunque te vayas, el grupo seguirá existiendo.

Así que, si decides volver, esperaré…

y con gusto te permitiré entrar de nuevo.

Y…

aceptaré la capa.

Aunque no planeo usarla, eso ya quedó anticuado —concluyó Cliff.

—Gracias, amigo.

Espero volver a verte.

—Hmph.

Tomó la capa y se fue.

‘Lo siento, Cliff.

La próxima vez no me iré tan de repente.

‘ Di un fuerte suspiro y me recosté por un momento.

[Al principio no me caía bien.

Ahora tampoco.

Pero admito que fue un gran compañero para ti] ‘¿Por qué te cae mal?

Sé que al principio fue muy egocéntrico, pero demostró ser leal y, sobre todo, una persona competente.’ [No sabría decirte.

Me cae mal, simplemente…

aunque no sé exactamente por qué] —Tch…

Sentí unos balbuceos detrás de mí.

—Daiki…

—era Eris—.

Hola…

buenos días…

Se sentó a mi lado, todavía somnolienta, y se apoyó en mi hombro.

—Ah, buenos días…

Y sobre esto, joven Eris, creo que no soy tu cama —dije, aunque no hice nada por apartarla.

—Cómodo…

—murmuró.

Abrió los ojos de golpe.

—¿…Ah?

—me miró a mí, luego a mi hombro, y repitió el proceso varias veces durante unos segundos—.

Y-yo…

estaba cansada, eso es todo.

—Ajá, cansada…

¿y esa excusa?

—intervino Rudeus.

Eris no se movió.

—Buenos días, Rudy.

Parece que soy cómodo —bromeé, acariciando la cabeza de Eris, que casi volvía a quedarse dormida.

—Bueno, seguro le gustan tus músculos.

Eso fue suficiente para que Eris se levantara de un salto.

—¡N-no es por eso!

Hueles bien…

digo…

es tranquilo.

Es como…

como querer dormir en el océano sin hundirte.

Rudeus sonrió.

—Claro, claro…

—dijo Rudeus, cruzándose de brazos—.

¿El mar tranquilo y la tormenta incesante?

Eso suena demasiado a una novela, me parece.

—Rudeus, si no te callas…

—replicó Eris, aunque volvió a bostezar a mitad de la amenaza—.

Vaaas a lamentarlo…

Rudeus sonrió otra vez y, por su propio bien, decidió no añadir nada más.

—Bueno, bueno…

—dije—.

Joven Eris, quería darte algo.

Aproveché el momento para sacar lo que tenía en el bolsillo.

Una gema roja, de un color carmesí, con tantas capas en su interior que se podía formar una figura dentro, abstracta pero funcional.

—Toma —se la coloqué en las manos—.

No podía aceptar tu regalo sin darte algo a cambio.

Eris guardó silencio, observando la gema mientras la giraba entre sus dedos.

—Es…

del color de tus ojos —murmuró—.

No rojo como los míos.

Más profundo…

—¿Dijiste algo?

—pregunté.

—¡N-nada!

—respondió ella de inmediato, guardándose la gema en el bolsillo como si temiera que se la quitara—.

Solo decía que…

está bien.

La aceptaré.

Pero no creas que esto significa algo.

Rudeus tosió de forma exagerada.

—Consíganse una habitación…

—¡RUDEUS!

—exclamó Eris, poniéndose de pie de un salto.

Aproveché el movimiento para levantarme también.

—Ya hablé con Claire y con Cliff.

Estoy listo para partir en seis días con ustedes.

Eris abrió la boca, pero la cerró enseguida.

—¿Qué pasa, joven Eris?

—pregunté.

—Pensé que quizá no querías…

umm…

bueno…

venir con nosotros —admitió, evitando mi mirada.

—¿Acaso creías que rechazaría ir con ustedes?

—me incliné ligeramente hacia ella—.

He estado buscando información sobre mi madre.

También los estuve buscando a ustedes.

No puedo permitir que se vayan de nuevo.

Ella siguió mirando hacia otro lado.

—Además…

—añadí, bajando un poco la voz— hay personas que quiero proteger en este viaje.

Eris giró la cabeza hacia mí.

—¿P-proteger?

¡Yo no necesito protección!

¡Soy más fuerte que antes!

—protestó.

—Lo sé —respondí con una leve sonrisa—.

Lo noté cuando cruzamos espadas.

Pero eso no cambia lo que dije.

Permíteme ese capricho.

—¿C-capricho?

¿Qué clase de…?

¿Por qué lo dices así?

—frunció el ceño.

—Porque lo es —contesté con calma—.

Sé que eres fuerte.

Sé que no necesitas que nadie te cuide.

Pero querer hacerlo de todas formas…

es un capricho mío.

¿Me lo permitirás?

—…Haz lo que quieras —murmuró ella al final—.

Pero si te interpones en mi camino durante una pelea, te golpearé.

—No esperaba menos.

Rudeus se acercó, mirándome con curiosidad.

—Hermano, ¿siempre fuiste así de suave con las palabras?

No lo recuerdo…

—He tenido tiempo para practicar.

—¿Practicar?

—alzaron una ceja—.

¿Con quién exactamente?

Antes de que pudiera responder, Eris intervino.

—¡Eso no importa ahora!

—declaró, tomando mi brazo y empezando a arrastrarme hacia la salida—.

Dijiste que entrenarías.

¡Vamos!

—Lo siento, hermanito…

—alcancé a decir, dejándome llevar mientras Rudeus se quedaba atrás, sonriendo con evidente diversión.

— Al día siguiente, decidí hacer una última misión de gremio, acompañado por Eris y un Rudeus que estaba cansado porque se había quedado hasta tarde haciendo unas figuras.

La misión era enfrentar a unos goblins y llevar sus orejas como prueba, nada más que eso.

—Rudy, si no puedes mantenerte despierto, quédate atrás —dije mientras caminábamos por el bosque.

—Estoy bien, estoy bien…

—bostezó él, arrastrando los pies—.

Solo necesito un poco de motivación.

—¿Motivación?

—Eris lo miró—.

¿Qué clase de motivación necesitas para matar goblins?

—La clase que involucra dormir ocho horas…

—Murmuró Rudeus.

Ignoré su queja y levanté la mano, indicando que se detuvieran.

Había movimiento entre los arbustos.

—Doce…

no, quince —susurré.

Eris sonrió mientras desenvainaba su espada.

—Perfecto.

Antes de que pudiera dar la orden, ella ya se había lanzado hacia adelante.

Suspiré.

—Cúbrela —le dije a Rudeus.

—¿Y tú?

—Me encargaré de los que intenten escapar.

— Cada mañana, antes del amanecer, nos encontrábamos en el patio trasero.

Norn miraba maravillada como siempre y Emilia parecía anotar cada cosa que hacía en su libro, como si estuviera escribiendo una historia.

En cuanto a Eris, ella había mejorado considerablemente.

Su velocidad era impresionante, pero aún le faltaba control en los movimientos finales.

—Te abres demasiado después del tercer golpe.

—¡Entonces no me des tiempo para un tercero!

—gruñó.

Sonreí.

Esa actitud era muy propia de ella.

Después de una hora, nos sentamos en el suelo, recuperando el aliento.

—Daiki —dijo ella sin mirarme.

—¿Sí?

—Me giré para verla.

—…Nada.

Olvídalo.

No insistí.

Ese mismo día, Ruijerd se acercó.

—¿Pasa algo?

—lo miré.

—Sí.

Me gustaría tener un combate contigo —respondió él.

—Oh, bueno.

Con mucho gusto.

Eris se sentó en el suelo, ahora si interesada.

Rudeus se apoyó en un pilar con los brazos cruzados, Paul miraba maravillado mientras Norn estaba sobre sus hombros.

—¡Tú puedes, hermanito!

—gritó Norn con un puño levantado.

Me lancé primero.

En fuerza no era superior, pero quizá en agilidad y velocidad de desplazamiento sí.

Aun así, él no se movía de su lugar e interceptaba mis ataques desde todos los ángulos.

—¡Whoaa, Daiki-niisan es increíble!

—gritó Norn.

Intenté golpear sus hombros, nada.

Atacar sus piernas, tampoco.

Al mismo tiempo, no pude romper su guardia.

Sin embargo, con el tiempo fui analizando cómo peleaba y, en base a eso, intenté formular una estrategia….

¡THUD!

Me golpeó con la punta de su lanza directamente en el estómago, enviándome contra una de las paredes.

Me apoyé en ella, salté hacia un pilar y aproveché ese cambio de trayectoria para sorprenderlo, pero rápidamente giró su lanza y me desarmó.

Ruijerd se notaba un poco agitado, pero satisfecho.

—Eso estuvo muy bien.

Sé que no es todo, ¿no es así?

—No —respondí—, pero no creo poder ganarte de todas formas.

Tampoco lo diste todo tú.

—Eres fuerte —asintió Ruijerd—.

Más de lo que esperaba para tu edad.

Tu velocidad de reacción y cómo aprovechas el entorno son excepcionales, pero tu capacidad de pensar en combate es lo que realmente te hace destacar.

Tu hermano…

—añadió— habló de que eras muy de “análisis” en las situaciones.

[Mi análisis indica que su análisis es correcto.] —Supongo que así soy —concluí.

Eris se levantó y caminó hacia mí, examinándome de pies a cabeza.

—¿Estás herido?

¿En tu estóma…?

—Se detuvo al darse cuenta de que estaba tocando mi abdomen.

—Solo mi orgullo —respondí, ignorando lo que había hecho para que no pasara vergüenza.

Ella bufó, quitó la mano y se dio la vuelta.

—Bien…

entonces mañana entrenaremos el doble.

— Dediqué el siguiente día a preparar provisiones y revisar el equipo.

Ruijerd se unió a mí en esta tarea.

—Cuidas mucho de ella —dijo de pronto.

—¿De quién hablas?

—pregunté.

Me miró con esos ojos que parecían ver a través de todo, lo cual, en parte, era verdad.

—Sabes de quién —dijo Ruijerd.

No respondí.

Me enfoqué en limpiar mi espada.

¿La cuido mucho?

Sí, lo estoy haciendo…

y me gusta hacerlo.

—Es una buena guerrera —continuó Ruijerd—, pero aún es joven.

Impulsiva.

—Lo sé —respondí.

—¿La protegerás?

—preguntó Ruijerd de golpe.

Levanté la mirada hacia él.

—Con mi vida, si es necesario —respondí, envainando mi espada.

Él asintió, satisfecho con mi respuesta.

—Bien.

Entonces no tengo objeciones a que vengas con nosotros.

— La noche antes de partir, encontré a Eris en el techo de la pensión, mirando las estrellas.

Le había contado sobre su abuelo Sauros, no podía mantenerlo callado, así que se quedó mirando las estrellas.

—¿No puedes dormir?

—pregunté, sentándome a su lado.

—…No —abrazó sus rodillas.

—¿Recuerdas la conversación que tuvimos esa noche en la mansión?

Especialmente mirando hacia el mismo cielo.

—Tsh…

Sí, dijiste que éramos polvo o algo así, que va al cielo sin dolor —dijo sin apartar la mirada de sus rodillas.

—Bien…

Entonces, ¿tienes miedo?

—pregunté.

—¡Por supuesto que no!

Solo…

no quiero perder a nadie más.

—No lo harás —dije.

—No puedes prometerme eso —dijo.

—Tienes razón.

No puedo —me recosté, mirando el cielo—.

Pero puedo prometerte que pelearé hasta el final para que no suceda.

Ella se quedó en silencio por un largo momento.

—El abuelo…

él siempre fue ruidoso —dijo finalmente—.

Gritaba por todo.

Se reía demasiado fuerte.

Era molesto a veces…

—Lo sé.

Lo recuerdo bien.

—Pero también…

—apretó sus rodillas con más fuerza—.

Él fue quien me dejó ser yo.

Nunca me pidió que fuera una “dama”.

Nunca me obligó a cambiar.

Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas, aunque ella intentaba ocultarlas.

—Es injusto —susurró—.

Él no merecía eso.

No dije nada.

Solo me acerqué un poco más y, con cuidado, puse mi capa sobre sus hombros.

La misma capa que ella me había regalado.

Y la abracé.

—¿Q-qué haces…?

—Tienes frío.

—No tengo…

—Joven Eris.

Ella se calló, aceptando el gesto.

Nos quedamos así por varios minutos, en silencio, mirando las estrellas.

—Daiki —su voz salió apenas audible.

—¿Sí?

—…Gracias.

Por estar aquí.

—Siempre, joven Eris.

Ella recostó su cabeza en mi hombro, como había hecho aquella mañana en el gremio.

—…Idiota —murmuró, pero sentí una pequeña sonrisa contra mi hombro.

….

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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