Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction - Capítulo 48
- Inicio
- Todas las novelas
- Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction
- Capítulo 48 - 48 Episodio 33 La Mandíbula Inferior del Wyrm Rojo
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
48: Episodio 33: La Mandíbula Inferior del Wyrm Rojo 48: Episodio 33: La Mandíbula Inferior del Wyrm Rojo Soy Daiki Greyrat.
En mi vida anterior, respondía al nombre de Hikari Akihiko.
Se podrían decir muchas cosas sobre mí, aunque yo jamás sería capaz de pronunciarlas en voz alta.
Es curioso…
antes era «Luz» (Hikari) y ahora soy «Gran Resplandor» (Daiki).
La luz parece tener una obsesión conmigo a través de las vidas: primero fue el fuego que consumió mi hogar, luego la carga de mi propio nombre, seguido por la aparición de Arumanfi el Luminoso…
y finalmente, aquel destello blanco que me separó de todo, arrojándome a un lugar completamente distinto.
Pero, de vuelta a la realidad…
Estaba pegado al techo usando magia de hielo.
No era nada ostentoso ni complejo; simplemente había congelado los puntos de contacto en mis pies y rodillas para pegarme a la superficie.
Quizás era una medida exagerada, lo admito, pero dadas las circunstancias, fue la mejor opción táctica que pude calcular…
Además de confirmar que el objetivo era Zanoba, el Tercer Príncipe de Shirone, noté que su actitud era un poco…
desconcertante.
Bueno, para ser exactos, aquello no parecía una situación hostil.
Lo que estaba presenciando tenía toda la pinta de ser una reunión de un club de fans.
Lo sé bien porque en mi vida pasada trabajé como guardia de seguridad privado de vez en cuando y conozco ese tipo de fanatismo cuando lo veo.
Zanoba, que hace tan solo unos instantes parecía alguien serio y competente, haciendo un buen uso de su estatus como príncipe, comenzó a suplicarle a Rudeus que fuera su maestro.
No, me corrijo.
Ya se dirigía a él con ese título incluso mientras seguía rogando que aceptara.
Incluso, en un acto en un acto de puro fanatismo, llegó a lamer la barrera.
Patético, pero increíblemente útil, pensé.
Me molestaba la idea de dejar a Pax sin su castigo, pero lo aceptaría con gusto si eso servía para esquivar un conflicto político, considerando que es un terreno que detesto.
Claro que eso no significaba que me fuera a quedar de brazos cruzados si la vía pacífica fallaba.
Estaba preparado para asumir el caos en Shirone si era necesario, pues ya había discutido esa posibilidad con Eris antes de venir a rescatar a mi hermano.
Al final, tras minutos que parecían interminables y con mi pie durmiéndose en el hielo, Zanoba prometió sacarlo de allí.
Intentó romper la barrera a puñetazos, pero no lo consiguió.
Al notar que la fuerza bruta no era la solución, decidió ir directamente a la raíz del problema y lidiar con Pax.
—Déjalo en mis manos —Había dicho antes de irse con una sonrisa.
Bajé con cuidado y me acerqué hacia donde estaba mi hermano, todavia atonito por la situación, y no lo culpo, porqué yo tambien estaba igual que el.
Como siempre, así son las situaciones del equipo greyrat.
—Rudy…
—Dije sin tomar en cuenta que no me había notado, por lo que dió un salto hacia atras.
—Hermano…
¿Puedes dejar de aparecer de repente?
Da un aviso antes, no sé…
pisadas fuertes o algo —hizo una pausa—.
¿Seguro que no eres un Itachi reencarnado?
—¿Itachi?
Esa pregunta me intrigó.
Conocía el nombre por la cultura general del anime, pero no sabía al personaje en profundidad ni su historia.
—¿Por qué sería un “Itachi” reencarnado?
—A-ah…
Es que él era muy silencioso o algo así.
En la noche acabó con su clan y tiene una pose mítica encima de un poste con la luna roja detrás.
Por eso lo decía…
—Entiendo…
—Decidí no indagar en por qué me comparaba con alguien que acabó con su clan—.
Dejando de lado eso, parece que lo solucionaste todo, ¿verdad, “Maestro”?
Rudeus trató de golpear el suelo, pero al hacerlo, se dió cuenta que dolía y se arrepintió.
Mas que nada, queria ocultar su verguenza de la unica forma que tenia en esa prisión de magia.
—¡Cállate!
Admite que mis dotes artísticas funcionaron esta vez…
—Aún recuerdo claramente que —Empecé a recordar—…
casi te echas a llorar solo porque la mano derecha de la figura no te había salido bien.
Al otro día caminabas por la mansión como si nada, pero hasta escuchaba esa risita que soltabas a medianoche.
—…
¿Lo…?
¿Lo supiste todo este tiempo?
—Siempre, Rudy.
Pero no quise decir nada para…
Bueno, para no hacerte pasar verguenza.
Despues de esto, debiamos confiar más en este tal Zanoba.
Él claramente no había mentido.
De una forma retorcida, le rendría culto genuino a la figura y deseaba que Rudeus fuera su maestro.
Sabiendo esto, volvimos a conversar mientras esperábamos —- Habían pasado unas horas desde que Zanoba prometió ayudar.
Por un momento llegué a pensar que era una mentira, algo dicho solo para darle esperanza al prisionero y así mantenerlo vivo durante más tiempo.
Pero finalmente llegó y sus labios formaban una gran sonrisa.
Zanoba caminó hacia Rudeus mientras sostenía algo en la mano.
—Maestro, ¿qué le parece…?
—dijo, y luego me miró.
—¡¡Au, au, au, au!!
¡Detente!
¡Por favor, hermano mayor, detente!.
—La cosa que traía en la mano suplicaba mientras pataleaba, aunque noté que eso sería contraproducente para su casi inexistente cuello.
Literalmente, lo había tomado por el cráneo y lo transportaba como si fuera un muñeco.
“Siendo honesto, se lo merecía”, dije para mis adentros.
Un buen número de personas entró detrás de Zanoba, como si lo estuvieran siguiendo.
La primera fue Ginger, con su espada desenvainada.
Tres caballeros más, vestidos con atuendos similares, entraron después de ella.
—¡Detente, Zanoba!
¡Suéltalo de una vez!
—¡A-así es, Zanoba, por favor, contrólate…!
Había dos príncipes escondidos detrás de los caballeros, ambos vestidos con ropas costosas.
Aunque llamarlos príncipes a ambos quizá no era lo correcto, ya que uno de ellos era un poco viejo para encajar en esa descripción.
—Hermano mayor, ¿sabías que Pax tomó de rehenes a las familias de los soldados?
—Zanoba tenía una sonrida inquietante—.
¿Incluida la familia de Ginger?
—¿Es eso cierto?
—Sí, señor —respondió Ginger casi de inmediato, aunque ya no había preocupación en su voz—.
Pero mi familia ya fue salvada anoche por Ruijerd-sama.
Sonreí levemente desde mi posición.
Mientras yo vigilaba a mi hermano, Ruijerd, y seguramente Eris, se habían encargado de salvar a las familias atrapadas.
Al perder su única ventaja, Pax comenzó a gritar y patalear, chillando que su cabeza iba a romperse.
A juzgar por la presión que Zanoba estaba ejerciendo, no era una metáfora.
Realmente iba a arrancársela.
—Solo quiero salvar a este fabricante de figuras —declaró Zanoba—.
Si se rehúsan, actuaré utilizando hasta la última pizca de poder que poseo.
Desde esta distancia, podría arrancar una o tal vez sus dos cabezas en un instante.
Los hermanos mayores palidecieron.
Era el miedo puro ante una bomba inestable a punto de estallar.
—¡B-bien, tú ganas!
—cedió uno de ellos—.
¡Haremos lo que pides!
—Asegúrense de liberar también a Lilia-san.
Sana y salva —intervine posando la mano sobre la empuñadura de mi espada.
Tras amenazas de decapitación y una fractura de brazo por parte de Zanoba a su propio hermano, la disputa se resolvió en minutos.
Ni siquiera tuve que desenvainar mi espada.
¿Absurdo?
Quizá, pero efectivo.
– El rey, acorralado por el escándalo que su hijo había provocado, actuó rápido.
Pax fue desterrado y enviado oficialmente “a estudiar” al Reino del Rey Dragón.
Zanoba también pasó por algo similar.
Sus hermanos mayores, aterrados de tener un monstruo caminando libremente por el castillo, presionaron para su expulsión.
El rey, también cansado de los destrozos, accedió al exilio.
En cuanto a Lilia, fue liberada.
Resultó que todo este tiempo había estado recopilando información para ganarse la confianza de Pax, demostrando una vez más que subestimarla era un error fatal.
Para silenciar los rumores de espionaje, se decidió que sería escoltada hasta donde estaba Paul.
Ginger, leal a Zanoba hasta el final, se ofreció como su escolta por orden de su maestro, junto con algunos soldados agradecidos con Ruijerd.
Eso me dejaba tranquilo.
Por mi parte, el rey intentó ofrecerme un puesto junto con Rudeus, aunque su tono dejaba claro que sabía que era una causa perdida.
Nos rehusamos cortésmente y él, suspirando, nos dejó marchar sin siquiera una disculpa.
Pero la verdadera despedida ocurrió a las puertas del palacio.
—¡Maestrooo!
¿Realmente va a irse?
¿¡Realmente va a dejar atrás a su pupilo!?
—Lo siento, pero tengo que continuar mi viaje.
—¿¡Entonces al menos podría fabricarme una figura antes de irse!?
—Toma demasiado tiempo fabricarlas, así que me temo que no puedo.
—¡Nooo!
Ver a un hombre de su tamaño gimiendo de angustia por una figura era raro.
—Si de casualidad nos volvemos a encontrar, te enseñaré cómo fabricar una de mis figuras desde cero —ofreció Rudeus.
—¿¡Qué!?
—Los ojos de Zanoba se iluminaron—.
No, pero yo…
Es decir, ¿está seguro?
¿Acaso ese no es un secreto importante de su oficio?
—¿Qué clase de pupilo serías si no te enseño nada?
—¡Waaaaaaaah, Maestrooooo!
Zanoba, abrumado por la emoción, lanzó a Rudeus por los aires en un abrazo efusivo.
Atrapé a Rudeus en el aire justo antes de que se estrellara contra el suelo y aterricé con él a salvo.
—¡Mi héroeee!
—bromeó Rudeus, poniendo una voz melosa y pestañeando rápido.
—No empieces —lo solté sin mucha delicadeza.
Consideré seriamente intervenir, pero al ver a Rudeus acomodarse la ropa, decidí contenerme.
—Muy bien, Maestro…
—Zanoba bajó la cabeza—.
¡Cuídese!
¡No sé hacia dónde seré enviado, pero tengo el presentimiento de que nos volveremos a encontrar eventualmente!
—Coff…
sí, tú también cuídate.
Zanoba siguió lloriqueando mientras asentía y nos veía partir.
— Nos encontrábamos en la posada de una pequeña ciudad dentro del Reino de Shirone.
Era aquí donde los caminos se separaban.
Un sendero llevaba hacia el País Sagrado de Millis y el otro hacia el Reino de Asura.
Aquí era donde me iba a despedir de Lilia y los demás.
Lilia, Rudy y yo nos habíamos sentado en una de las mesas del frente.
La conversación fue un poco intensa, pues Lilia no paraba de intentar convencernos de que Aisha debía servirnos a los dos.
—¿Por qué mejor no va con usted, Daiki-sama?
—soltó de un momento a otro.
—¿Puedes decirme por qué estás pidiendo esto?
—respondí, confundido.
—Le he dicho cada día que algún día le servirá a usted —habló Lilia con una naturalidad que me resultó ajena—.
Y a Rudeus-sama, por supuesto.
Aunque sé que sus estándares son…
diferentes, Aisha es joven.
Dele un par de años más y tendrá un cuerpo que todos los hombres amarán.
—Lilia-san, estás hablando de mi hermana menor…
—Me sentí incómodo—.
No podría ni siquiera pensar en eso.
—Tiene razón…
—dijo sin negar realmente mi objeción, aceptándola con una sonrisa condescendiente, como si fuera un simple berrinche de mi parte—.
Sabe, ella me contó cómo la entrenó físicamente.
Dice que quiere ser su guardia personal.
—¿Eso dijo?
—Sí.
Quedó impresionada por su fuerza, Daiki-sama.
Al menos eso era más aceptable que la propuesta anterior.
—Tiene potencial, no lo niego.
Pero es muy joven.
Necesita estar con sus padres.
Cuando sea mayor, y si todavía lo desea, lo consideraré.
Lilia pareció satisfecha con esa respuesta a medias.
Luego, sacó una pequeña caja de madera y la deslizó sobre la mesa hacia mi hermano.
—Y esto…
sé lo importante que es para usted, Rudeus-sama.
Sabía exactamente qué había en esa caja.
La “reliquia sagrada”.
Rudeus la tomó con manos temblorosas mientras me lanzaba miradas de pánico, rogando que no hiciera ningún comentario respecto a eso.
Después de unos minutos, llegó la hora de partir.
—Rudeus-sama.
Daiki-sama.
Lilia se puso de pie y nos envolvió a ambos en un abrazo simultáneo.
Fue un gesto fuerte, cálido y profundamente maternal.
—Eh, Lilia-san, están en mi cara…
—murmuró Rudeus con la voz ahogada, luchando por respirar.
Yo no dije nada.
Simplemente me quedé quieto, dejándome llevar por el afecto.
—El día y la noche, eso son…
Siguen siendo igual que de pequeños —ella tenía una sonrisa nostálgica al soltarnos y mirarnos a los ojos—.
Me alegra saber que los mellizos me salvaron de nuevo.
—Lilia, ya hablamos de eso…
—Sentía la necesidad de corregir los hechos—.
No te salvamos nosotros, fueron las circunstancias.
Técnicamente…
—Shh, Daiki.
—Ella posó suavemente su dedo sobre mis labios para callarme—.
No empieces con tus “tecnicamente”.
Solo déjame estar agradecida.
Acepté su orden, quedándome callado por completo.
—¡Así no es como te dijo Daiki que debes hacerlo!
Los gritos entraron de golpe por la ventana abierta.
—¡Pero me dijo que soy fuerte!
Eran Eris y Aisha entrenando en el patio.
Rudeus, al escucharlas, soltó una risita y me dio un codazo suave.
—Prepárate, hermano.
Tienes a dos guerreras ahí fuera que darían lo que fuera por ti.
—¿Dos que darían lo que fuera por mí…?
—repetí en voz baja.
Mis pensamientos fueron hacia Eris.
Ella era la única variable en mi ecuación que nunca lograba despejar del todo, pero con la que, día tras día, lograba conectar más.
Todavía no entendía la naturaleza exacta de este sentimiento, pero intuía lo que podría significar en el futuro.
No soy denso como Rudeus, pero sí soy torpe.
Tenía que despedirme de Aisha.
Sentía la obligación de inculcarle la responsabilidad que conlleva empuñar una espada antes de irme.
Ella se sentó de inmediato en el suelo, con la espalda recta, en el momento en que me vio.
Yo estaba parado frente a ella, apoyado sobre mi espada.
—Si bien nuestra madre le prohibió a Paul hablarme sobre las responsabilidades de la espada hasta que cumpliera diez años, tú eres una niña inteligente.
Entiendes cosas que otros no —Me quedé en silencio un momento—.
Así que, con gusto, romperé esa regla y te lo diré yo.
¿Entendido?
—Sí.
Eso tiene mucho sentido lógico, así que…
¡Entendido!
—Bien.
Pero antes de eso, tengo que preguntarte algo fundamental.
—Entrecerré los ojos—.
¿Realmente quieres seguir este camino por ti misma?
¿O quieres hacerlo solo por mí?
Ella se quedó en silencio un buen rato, procesando la pregunta.
Finalmente, levantó la vista.
Alzó su pequeña espada de madera y me apuntó directamente al pecho.
—Por supuesto, hermano mayor —declaró—.
Me di cuenta de que quedándome pequeña e indefensa no sirvo de nada.
Si no tengo la fuerza para proteger al hombre que amo, ¿de qué sirve intentar servirle?
Después de todo, mi madre también fue entrenada en un dojo antes de ser sirvienta.
Sonreí.—Perfecto…
Era la respuesta que esperaba de ti, Aisha.
Así, nos permitimos ir.
— Abandonamos el Reino de Shirone y viajábamos hacia el oeste, en dirección al Reino de Asura.
El camino era tranquilo, con campos de pasto interminables y la imponente silueta de las Montañas del Wyrm Rojo que se veía en el horizonte.
Fue un viaje extrañamente pacífico.
Salvo por algunos incidentes menores con bandidos, que resolvíamos fácilmente sin siquiera detener el carruaje.
Sin embargo, incapaz de permanecer quieto durante tanto tiempo, cada pocas horas saltaba para correr junto a la carreta.
No era precisamente cómodo, ya que terminaba sudado la mayor parte del trayecto hasta que acampábamos, pero era necesario.
—¡Daiki, vuelve aquí!
—gritó Eris, saltando del vehículo—.
¡No puedes saltar así de repente, me asustas!
—Pero, joven Eris, acabas de hacer exactamente lo mismo…
Ella miró hacia sus pies, dándose cuenta de la ironía.
—Oh…
—Y luego aceleró el paso para no quedarse atrás, ignorando mi lógica.
—Son imposibles ustedes dos…
—comentó Rudeus desde la carreta.
Atravesar las montañas era un suicidio, incluso para alguien del nivel de Ruijerd.
Nuestra única opción era rodearlas y cruzar por la llamada Mandíbula Inferior del Wyrm Rojo, el paso natural que conectaba las regiones.
Durante esos cuatro meses de viaje, la rutina se apoderó de nosotros: entrenamientos, comidas, guardias nocturnas…
Fue en ese bucle donde logré romper mis límites.
Si bien aún me faltaba camino para ser considerado Rango Rey, o eso creía, ya había superado con creces el estándar del rango Santo.
Pero no fui el único.
Noté cómo Eris también evolucionaba.
Absorbía tanto mis enseñanzas técnicas como las de Ruijerd, hasta el punto de que el Superd finalmente la reconoció como una guerrera.
Un título que, en boca de alguien con siglos de experiencia, tenía un peso inmenso.
Aun así, eso solo fue un pretexto para intentar vencerme una vez más.
—Prepárate, Daiki.
Si gano este combate, dejarás de llamarme “Joven Eris”.
A partir de ahora, seré solo Eris.
Sonreí, empuñando mi espada.
—Bien…
Ven por mí, Joven Eris.
Cuando ella se lanzó, usé su propio impulso como apoyo y golpeé directamente su tobillo en un barrido corto.
En el instante en que quedó suspendida en el aire, solté una patada ascendente desde el suelo que la impulsó aún más hacia arriba.
Esperaba que la fuerza del impacto la hiciera soltar la espada, pero claro que no iba a ser tan fácil.
Se posicionó en el aire como un felino y aterrizó unos metros más allá.
Se llevó una mano al estómago pero, en lugar de una mueca de dolor, me miraba con una sonrisa salvaje que no esperaba.
—…
Muy bien.
Sin darme tregua, se lanzó de nuevo hacia mí.
Su fuerza y flexibilidad eran absurdas.
CLACK.
Mientras desviaba otro ataque, comencé a pensar un poco en ella.
Cada golpe que lanzaba era radicalmente distinto al anterior.
Más impresionante aún, era capaz de alterar la trayectoria del tajo a mitad de camino.
Para lograr algo así se requería una concentración total y una fuerza física bruta.
La física dicta que, una vez que le das velocidad a un objeto pesado, la inercia toma el control.
Cambiar esa dirección en el aire desafiaba la lógica del combate básico, especialmente porque no se trataba de una espada liviana.
Para entonces, ya había desviado más de diez ataques distintos.
Con el pasar de los minutos, noté que Eris no se irritaba.
Aquello contrastaba con la antigua Eris, esa que ante la mínima repetición o fallo se molestaba y perdía el interés.
Ahora, en cambio, su concentración era absoluta, confirmando lo que Ruijerd había dicho sobre ella.
Lancé una estocada final que ella bloqueó.
Aproveché ese segundo de contacto para soltar una mano, invadir su guardia y agarrarla del brazo.
Sin perder tiempo, cerré la distancia y enganché su pierna con la mía.
Ella se dio cuenta de la trampa justo cuando cargué mi peso hacia el frente.
Su equilibrio se rompió, su espalda impactó contra la tierra y, antes de que pudiera recuperar el aliento o procesar qué había pasado, ya la tenía inmovilizada en el suelo.
—Eso fue un Osoto Gari, joven Eris —dije con una sonrisa tranquila mientras ella pataleaba inútilmente.
Tras unos segundos que seguro para ella fueron eternos, decidí liberarla y ponerme de pie.
—¿O-soto…
gueri?…
—Se sacudió la ropa.
Sus mejillas estaban rojas y, cuando se dio vuelta, estaba Rudeus mirándola comiendo “palomitas de maíz” imaginarias, que no eran más que pequeñas porciones de pan.
—Vaya…
¿la gran guerrera está roja?
—soltó él.
Cerré los ojos.
“En serio, Rudy…
hay veces en las que ni yo puedo protegerte…” Pensé Fue durante una de esas noches, aprovechando el turno de vigilancia que compartíamos desde la rama alta de un árbol, que decidí finalmente hablar.
—Joven Eris…
felicidades.
—¿E-eh?
¿De qué hablas, Daiki?
—Ruijerd, te dije adulta, ¿recuerdas?
—¿Quieres decir que tú…?
—Sí.
Por supuesto que lo sé.
Cumpliste quince años…
—La miré de reojo—.
Y sabes cómo soy.
Si llegara a olvidar tu cumpleaños, sería una decepción imperdonable para mí mismo.
Ella me dio un golpe suave en el hombro, pero inmediatamente después lo usó de apoyo, enterrando su mejilla en él.
—Ya m’parecía…
—murmuró con las palabras ahogadas contra mi ropa, luego se acomodó—.
Por un momento creí que el “chico perfecto” se habría olvidado del cumpleaños de su…
amiga.
Pero sabía que lo harías.
Sonreí y me moví para que estuviera más cómoda.
—Sabes que ahora eres oficialmente una adulta y que yo sigo siendo solo un mocoso a tus ojos, ¿verdad?
—Tch…
Mi mocoso, querrás decir…
—Se separó de mí de golpe en el instante en que su cerebro procesó sus propias palabras—.
¡E-es decir…!
¡Mi compañero de espada!
¡Eso quería decir!
Decidí pasar por alto su desliz para ahorrarle la vergüenza y miré hacia el cielo.
—¿Recuerdas aquel cielo, joven Eris?
Quizá en ese tiempo yo pensaba que la muerte era inminente.
Que, en cierto modo, la merecía, porque estoy hecho de arrepentimientos…
Pero puedo decirte ahora que ya no pienso igual.
—Claro que lo recuerdo.
Me pareció aburrido…
¡No, espera!
Interesante.
Quiero decir…
irrelevante.
—Se trababa con cada palabra—.
Yo en ese entonces quería que estuvieras aquí, en la tierra.
No perdido en el cielo…
—Hizo una pausa—.
Porque un chico perdido no sirve para entrenar.
No sirve para…
para darme tranquilidad.
—…
¿Te doy tranquilidad, Eris?
—S-sí.
—Ya veo.
Volví a mirar al cielo, pero esta vez una sonrisa apareció en mi rostro.
Por primera vez sentí alivio.
Ahora era yo quien estaba tranquilo, allí, frente a la chica que siempre había sido mi apoyo, por muy inquietante o caótica que fuera su naturaleza.
—Yo también estoy bien gracias a ti, Eris.
Sin pretenderlo, ella me había ganado.
Nunca especifiqué en qué consistía la victoria, pero me mentiría a mí mismo si negara la verdad…
Se ganó mi corazón a lo largo de este viaje.
Fue por eso que tomé una decisión allí mismo.
Dejaría de llamarla “Joven Eris” de una vez por todas, sin explicarle jamás la verdadera razón detrás del cambio.
—¿Dijiste…?
—Shh.
Eris.
—Puse un dedo sobre mis labios—.
Mi hermano está durmiendo.
—Idiota…
¡Pero…!
—Empezó a gritar, pero se obligó a bajar la voz de inmediato—.
¡Hace un momento estabas hablando “normal”…!
No dije nada, solo seguí viendo hacia el cielo.
– Y así, tras un par de días más, llegamos finalmente a la entrada del Reino de Asura: la Mandíbula Inferior del Wyrm Rojo.
Quizás estaba siendo demasiado optimista.
Este mundo se ha encargado de enseñarme, a la fuerza, que la muerte siempre está presente para volver a quitarme a mis seres queridos.
Aun así, y a pesar de las muchas malas decisiones que pude haber tomado, no me arrepiento del camino que elegí en esta nueva vida.
Sin embargo, el pasado es diferente.
En mi vida anterior, mis padres murieron cuando yo era demasiado joven, víctimas de un suceso que todavía no logro comprender a día de hoy.
Dediqué años a investigar, pero jamás encontré nada.
Lo único que tenía como prueba era esa luz que descendió del cielo.
Una que me despertó para que pudiera salir a tiempo.
Nada más que eso.
El camino cortaba las montañas en línea recta; sin bifurcaciones, sin cobertura, sin rutas de escape.
Era una zona gris, una tierra de nadie que no pertenecía a ningún reino.
Un paso obligatorio para entrar a Asura.
Podía sentir cómo mis compañeros se relajaban.
Rudeus y Eris estaban radiantes, embriagados por esa peligrosa sensación de “misión cumplida”.
Estaban bajando la guardia.
Y aunque parte de mí quería reprenderlos, otra parte simplemente quería cruzar esa frontera y dormir en una cama decente.
Grave error.
Fue en ese corredor de piedra donde los vimos.
Caminaban hacia nosotros desde la dirección opuesta.
No llevaban caballos.
No tenían carruaje.
Iban a pie en medio de la nada, lo cual, en este mundo, suele significar dos cosas: o eres un idiota que va a morir pronto, o eres lo suficientemente fuerte como para que nada se atreva a atacarte.
A su lado caminaba una chica de cabello oscuro, casi negro.
Llevaba una máscara blanca.
En mi vida pasada, eso habría parecido un accesorio médico, pero aquí, en este contexto, solo acentuaba la extrañeza del dúo….
Cuando el hombre nos vio, él inclinó su cabeza con curiosidad.
—¿Mm…?
Tú…
¿eres un Superd?
La incertidumbre había surgido dentro de mí cuando nuestras miradas se cruzaron.
¿Cómo lo supo?
Aún así, su atención cambió rapidamente.
—Tú…
—Me señaló directamente—.
Tu debes ser Darian…
Aunque eso seria imposible, se supone que moriste ¿Darian?
Ese nombre no me decía nada.
No era mi nombre en esta vida, y definitivamente no lo fue en la anterior.
Jamás había escuchado hablar de un “Darian”.
….
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com