Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction - Capítulo 51
- Inicio
- Todas las novelas
- Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction
- Capítulo 51 - 51 Episodio 35 Identidades borrosas
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
51: Episodio 35: Identidades borrosas 51: Episodio 35: Identidades borrosas Normalmente estaría atento, pero antes de que pudiera estarlo, ya me encontraba dentro de una habitación completamente blanca.
Era un espacio donde no había nada.
Solo estuve una vez en este lugar y normalmente lo habría olvidado, pero ahora, con una sensación que desconozco, me quedo resignado a la idea de que morí.
El vacío en mi pecho estaba ahí y, cuando bajé la vista, noté que así era.
Tenía un gran agujero justo en medio.
Realmente morí…
Lo sabía.
—Hola.
Aquel Dios Humano volvió a aparecerse frente a mí con una sonrisa.
No estaba molesto ni triste por eso.
Tal vez fuera por el agujero o tal vez porque ya conocía la sensación después de la muerte.
Ahora que tengo mi alma y el cuerpo de mi vida pasada, solo me queda resignarme.
Por esa razón me dio igual en este momento.
—¿Qué tenemos aquí?
El gran “Cazador de Dioses”, reducido a un alma en pena tras toparse con el Dios Dragón.
Qué lástima.
Apoyó el codo en la rodilla y descansó la mejilla en su mano mientras me miraba como quien observa un espectáculo curioso.
—¿Cómo habías dicho?
Ah, sí…
“Hasta los humanos pueden cazar dioses”.
Admito que fue muy divertido de ver.
…
¿Qué quieres?
Si vienes a burlarte, adelante.
A este punto ya me da igual.
—Oh, para nada, para nada…
…
¿Quién era ese tipo?
¿Y quién demonios es Darian?
Nos atacó en cuanto pronunciamos tu nombre.
Su odio hacia ti no era normal.
—Es porque es un Dios Dragón terrible.
A pesar de lo virtuoso y amable que soy, él siente un odio irracional hacia mí.
Es un tipo rencoroso.
…
¿Virtuoso?
Ja.
Absurdo.
¿Por qué no nos avisaste?
¿Se te acabaron las monedas de manipulador?
Si fueras tan omnisciente, nos habrías dicho que no fuéramos por ahí.
—No, lo siento.
Hablo en serio.
La verdad es que no puedo ver nada relacionado con el Dios Dragón.
Ni su futuro, ni su presente.
Soy ciego ante él.
No tenía idea de que se iban a cruzar.
…
¿Y?
—¿Y?
…
Digamos que te creo.
No puedes verlo, pero pareces conocerlo demasiado bien.
Esa aura…
es una maldición, ¿verdad?
Por eso Ruijerd estaba aterrorizado.
Dejando eso de lado, podrías haber dicho simplemente que tuviéramos cuidado con decir tu nombre en voz alta.
Nos habríamos ahorrado esto.
—Perspicaz como siempre, Darian Stonehold.
…
¿Darian…
Stonehold?
Cuando quise darme cuenta, noté un extraño déjà vu al escuchar ese apellido.
—-Joven Darian, ¿estás bien?
—– …
No conozco a ese tal Darian.
Ni siquiera sabía de su existencia hasta ahora.
—¿Interesante, no?
…
No cambies de tema.
La maldición de Orsted…
No sabía que algo así existía hasta ahora.
—Sí.
¿No existían en tu mundo?
Gente que nace con un poder inusual o una afinidad negativa debido a una anomalía mágica.
Yo era uno de esos, de esas anomalías, pero no podía permitirme hablarle sobre eso a este tipejo.
…
Sí, supongo que sí …
Antes de que pudiera decir algo, sentí otra presencia más.
Al darme la vuelta, pude ver una figura blanca que comenzaba a formarse.
Poco a poco empezó a adquirir una forma física.
Cuando la luz se disipó, reveló a una chica de cabello blanco y ojos dorados.
Me miró directamente e ignoró al “Dios” y al vacío.
—Daiki…
¿puedo verte?
Esa voz la reconocía, pero ya no sonaba robótica.
Tenía matices y tenía vida.
Se acercó lentamente mientras tropezaba con sus pies, como si nunca lo hubiera hecho realmente por ella misma.
A medida que se acercaba, su belleza se hacía innegable.
—¿A-Ayam?
—De alguna manera lo sabía.
Tenía que ser ella.
Por eso logró entrar conmigo, porque es una parte de mí—.
¿Eres tú?
Solo se acercó y se sentó a mi lado mientras ponía su mano en mi hombro.
—Estoy igual de sorprendida, hermano.
Luego posó su mirada hacia Hitogami, quien retrocedió un paso pero no dejó de sonreír.
Quizá estaba viendo una nueva anomalía que usar.
…
No soy una diosa, ni siquiera soy poderosa ni nada parecido.
Yo soy Daiki y Daiki es yo.
Cuando su vida anterior terminó, yo era parte de su alma, pero algo me bloqueó en el trayecto a este mundo.
Al principio actué como una máquina porque era mi forma más “primitiva” de procesar la realidad.
—¿Primitiva?
—Se acercó hacia nosotros—.
Qué curioso…
Este acontecimiento sin duda no estaba en mis previsiones…
—Agitó sus manos de lado a lado—.
Que me estés contando todo esto tan abiertamente, cuando Daiki siempre desconfía…
…
Te cuento esto porque mi mayor defecto es que carezco de la capacidad humana de mentir.
Daiki es mi contraparte humana y yo soy su memoria, no su motor.
—¿Motor?
…
Su corazón.
Lo que bombea la sangre y lo que le permite existir en este mundo.
Eso soy yo.
—Así que de eso se trata…
Bueno, en ese caso, tengo buenas noticias.
Hizo una pausa y yo no sabía qué decir en este momento.
—No estás muerto.
Antes de darme cuenta de lo que estaba pasando, el agujero en mi pecho había desaparecido.
Hitogami se esfumó, pero Ayam seguía ahí, en un espacio blanco que se sentía totalmente diferente y, a la vez, extrañamente familiar.
—Daiki…
—Me abrazó y hundió mi cara en su pecho sin intención de soltarme—.
Siempre quise poder tocarte, idiota…
Y a veces golpearte por las tonterías que dices.
—…
Eres real.
Tienes forma física —balbuceé—.
Eres más real de lo que pensaba.
Incluso puedo escuchar tu corazón.
Miré a mi alrededor e intenté asimilar lo que estaba pasando.
Definitivamente no era algo que esperaba, pero no me quejo.
Sigo vivo, logré hablar con mi hermana mental y ahora estoy en una especie de “Inner World”, o eso es lo que asumí al respecto.
Pero Ayam comenzó a desaparecer de nuevo.
Se despidió con un beso en mi coronilla hasta que todo se volvió negro.
…
De pronto mis ojos se abrieron por completo.
Lo primero que vi fue a Eris justo frente a mí.
Yo estaba recostado sobre el suelo mientras la miraba solo a ella y un poco hacia las estrellas.
Sentía nuevamente la ausencia de Ayam en mi cabeza.
Lograba sentir mi nuca cálida y entendí que era porque ella estaba apoyando mi cabeza sobre su regazo.
Su rostro pasó de la ansiedad a la sorpresa y terminó en una alegría sin igual.
Era como si estuviera viendo algo que ella no quería ver.
No logré entenderlo, pero cuando notó que estaba bien, llevó mi cara hacia su pecho con sus ojos rojos y me abrazó como si fuera lo último que le quedaba.
—Daiki…
¿¡estás despierto!?
Intenté acomodarme o decir algo, pero ella no me dejaba, así que la abracé.
Una acción que dice más que mil palabras.
Eso logró aflojarme para poder verla de nuevo a los ojos.
—Eris…
Estás…
estás bien —intenté asimilarlo, pero lo único que conseguí fue torpeza—.
Es decir, por mi culpa, yo…
—Daiki…
—Me abrazó aún más fuerte e ignoró mis balbuceos por completo—.
Siempre diciendo tonterías…
Realmente eres tú…
Para cuando me soltó, miré hacia todos lados buscando la presencia de mi hermano.
Él se encontraba sentado mirando hacia las estrellas.
—Rudy…
Tú también estás bien.
Menos mal.
Al escucharme, Rudeus giró la cabeza.
No había sorpresa en su rostro, solo un cansancio infinito y una mueca que intentaba ser una sonrisa.
Se tocó el pecho distraídamente, justo en el mismo lugar donde yo había tenido el agujero.
—Desperté hace rato…
Comprobé que tu herida se había cerrado y que respirabas, así que solo pensé que Eris merecía ese momento.
No quería interrumpir su historia de eroge.
—No arruines el momento con tus comentarios…
—solté un suspiro—.
Solo tú podrías pensar en eso después de lo que pasó.
—Alguien tenía que calmar esto…
—Se encogió de hombros—.
Nos atravesó a los dos, Daiki.
Como si no fuéramos nada.
Luego de eso miró de nuevo al cielo y luego a mí.
—¿Y cómo es que estamos vivos?
—Hace solo un momento, cuando esa chica dijo algo, Orsted o como sea que se llame usó magia para sanarte…
—Eris fue la que decidió hablar esta vez.
Tal vez fuera porque quería ser escuchada o porque necesitaba ser la voz en este momento.
—¿Una chica dices?
—Esa chica que me veía de forma curiosa.
Recuerdo que dijo algo antes de perder la consciencia.
—Él la llamó Nanahoshi.
…
Nanahoshi.
Esa chica de antes.
Orsted la había llamado así, pero en ese momento no le había dado tanta importancia.
“Siete estrellas” es lo que significa en japonés.
—¿Estás diciendo que él solo sanó a las personas que acababa de asesinar…?
…
Estaba claro que había una incoherencia enorme.
Entendí que ella no tendría idea o que simplemente no le dijeron nada respecto a por qué estamos vivos.
Pero dadas mis deducciones, al ser ella una japonesa y reconocerme, ella fue parte importante de nuestra resurrección.
Sin embargo, todavía tengo esa incógnita.
¿Quién soy realmente?
Dejando de lado esa pregunta, miré hacia todos lados buscando mi espada, pero Temphestalis no estaba en ningún lugar.
Lo único que encontré fueron las piezas de su hoja, esparcidas como simples cristales, pero no había rastro de la empuñadura.
—Se la llevó…
—dijo Eris—.
Dijo algo sobre, eh…
“funcionará” y que por ahora no te la devolverá.
La chica pareció aliviada al poner la espada en su cintura.
—¿Funcionará?
—No dijo más.
Simplemente dijo eso y se fue.
Mientras ella me contaba eso, saqué la pequeña bolsa que Sylmeria me había dado y la usé para guardar los pedazos de la hoja.
Con cuidado, terminé de cerrarla con el cordón.
Parece que la destrozó para que Nanahoshi pudiera tenerla en su cintura, ya que la mayor parte de su peso se le atribuía a la hoja.
—¿Ruijerd despertó?
—Él sigue durmiendo.
—Ese tipo…
—Miré mis manos y luego toqué mi pecho—.
Es un completo monstruo.
Yo solo fui una hormiga en su camino.
Peor aún, una simple gota de lluvia que lo estorbó…
Luego miré hacia el borde del camino, donde estaba Ruijerd.
El carruaje también había sido estacionado a un lado y una fogata crepitaba cerca.
—Eris se encargó de todo, hermano —Rudeus cambió de tema al instante en que me vio temblar—.
Debo decir que, mientras dormías, ella te dio un…
—¡RUDEUS, CÁLLATE!
¡NO TE ATREVAS!
Me reí.
No pude evitarlo.
Estaba vivo y eso era todo lo que importaba.
—Gracias, Eris.
Ella sacó un palo y me lo dio sin aviso.
Tenía algo de carne con algunas especias que había recolectado.
—¡Hmmg!
—¡Come!
¡Perdiste mucha sangre!
—Mughas…
grashias, Eris…
—Dije con la boca llena.
Terminé de comer mientras disfrutaba de cada bocado.
—Ahí tienes, a tu futura espo…
Pero no le dio tiempo.
Tuvo que esquivar a duras penas un ataque de Eris usando Onda de Choque.
—¡Está bien, no digo nada!
Tras unos minutos, Eris se acercó y me abrazó.
Podía escuchar el latido de su corazón en lo profundo y desde arriba venía el suave sonido de su llanto.
Ella estaba llorando en silencio.
“Gracias a Dios…” murmuró ella.
…..
Se puede decir que nunca creí en mí mismo.
Es más, muchas veces veía en mí toda la desgracia que me acompañaba.
Sentía que era parte de ella, tal como lo era con los elementos.
Sin embargo, desde que estoy en este mundo, me he dado cuenta de lo irrelevante y pequeño que era.
De alguna forma, en mi vida pasada era bastante narcisista al creer que era alguien especial solo por hablar con los elementos, pero la realidad es que había perdido a mis padres en un incendio y casi no salvo a la niña de aquel camión por mis inseguridades.
Habían pasado tres días desde aquel incidente y los cuatro finalmente llegamos al Reino de Asura.
Estaba justo en frente o, mejor dicho, estaba justo sobre él.
Los eventos de aquel día todavía nos molestaban y hablamos poco durante el trayecto.
Eris no me soltaba, Ruijerd caminaba al frente y Rudeus se perdía en el horizonte.
Lo que antes era una unión irrompible ahora se había vuelto inestable tras experimentar la derrota.
Lo único que quedaba eran miradas sombrías en nuestros rostros.
Sentí la ausencia de Ayam, de mi espada e incluso de la fuerza que creí que tenía.
Pero Eris, de alguna forma, me mantuvo anclado a esta carreta durante estos días en los que nunca se alejó de mí.
Hubo un momento en que nuestros muslos chocaron y noté algo de piel asomándose por el dobladillo de sus shorts.
Es un instinto humano querer tocar algo que puedes ver, así que rodeé su cuello con mis brazos y me acomodé.
Fue en una ocasión, mientras hacía ejercicios con la espada de Eris, cuando ella no dejó de mirarme directamente.
—¿Pasó algo?
—pregunté mientras bajaba la espada.
—Daiki, ¿por qué eres tan fuerte?
—Tenías una maldición que te impedía avanzar por un miedo irracional y, aun así, intentaste hacer algo.
Eres fuerte, Eris —evité totalmente la pregunta, quizá porque no me la creía.
—Eso…
Eso no es cierto.
No hice nada, solo me quedé llorando mientras los veía morir.
—Me sostuviste.
Me mantuviste anclado después de eso.
Ella no me respondió y se perdió con la mirada por encima de mi hombro.
—Eris, ¿estás preocupada?
—¿Preocupada?
—Te conozco bien.
¿Estás preocupada por el hecho de que fuiste derrotada con facilidad el otro día?
—…
Sí.
—Entonces estamos igual.
No era su culpa ni la mía.
Fuimos abrumados por un Dios Dragón que derrotó fácilmente a Ruijerd.
Aun con todo el trabajo en equipo junto a mi hermano, no logramos ni siquiera fastidiarlo.
Así que entendía cómo se sentía y no planeaba cambiar su parecer.
—Sabes que casi mueres, ¿cierto?
¿Por qué tú…?
¿Cómo es que ustedes pueden estar tan tranquilos?
…Ya morí antes y conozco esa sensación.
No es algo nuevo para mí.
O al menos, eso era antes.
Esta vez fue diferente, pues casi muero teniendo a personas que me querían.
Todavía me era difícil asimilar que estaba realmente preocupado por morir.
—No quiero morir.
—Es verdad, no quieres morir, ¿no?
—Haré lo que sea para volverme más fuerte.
Para que cuando estemos en una situación similar pueda defenderlos o, al menos, tomarlos y salir corriendo.
Eris tenía una expresión complicada en su rostro.
—Bueno, sin importar lo que pase, tenemos que volvernos un poco más fuertes.
…
Cuando cayó la noche y Eris se fue a dormir, mi hermano y yo hablamos con Ruijerd.
Él nunca había sido alguien muy expresivo, pero desde entonces se había vuelto callado de una forma que evocaba un enojo contenido.
Seguramente se culpaba a sí mismo por lo que pasó, en parte porque nos había prometido que nos llevaría a casa sanos y salvos y no había sido capaz de protegernos.
Pero seguíamos con vida.
—Ese hombre, Orsted, aparentemente es el Dios Dragón —dijo mi hermano—.
El número dos de los Siete Grandes Poderes.
Inició la conversación con ese hecho.
Estaba diciéndole que era un oponente demasiado fuerte y que era normal haber perdido contra él.
—Entonces era él.
No hay duda de que fuera tan…
—¿Fuerte?
Esa palabra se queda corta, Ruijerd.
Después de que quedaste inconsciente no pude hacer nada.
A pesar de usar el estilo dual, solo fui una molesta mosca en su oído —le dije—.
Solo fui un ruido.
—Esta es la primera vez desde Laplace que miro a alguien y siento que no puedo derrotarlo.
Ruijerd no sabía sobre las maldiciones.
Él no sabía que había sido vencido en un combate físico por un oponente que se estaba conteniendo.
Si él supiera la verdad, podría desconcertarlo.
—Incluso yo no creo tener oportunidad alguna contra la élite de los Siete Grandes Poderes.
Aquellas personas son monstruos más allá de cualquier comprensión.
Fue mala suerte que nos encontráramos con alguien así en el camino.
Solo puede ser considerado buena suerte que lográramos sobrevivir.
—Rudeus —continuó él—.
Si alguna vez nos volvemos a encontrar con alguien así, por ningún motivo debes iniciar una pelea con esa persona.
Ni siquiera la mires a los ojos.
Eso si no quieres que las cosas terminen de la misma forma que esta vez.
—Sí.
Bueno, la próxima vez probablemente solo apartaré la mirada y seguiré mi camino.
Luego Ruijerd giró lentamente la cabeza hacia mí.
—Daiki —continuó él—.
Cumpliste la promesa.
“Con mi vida”, me habías dicho que protegerías a Eris…
Estaba molesto con mi hermano, eso era evidente.
Si él no hubiera dicho nada, habríamos pasado sin más.
Incluso con mi incidente de Darian, Orsted lo habría visto como una simple casualidad y nos habría ignorado.
—Y bien, ¿qué te está molestando?
—Rudeus rompió el silencio.
Ruijerd miró intensamente hacia Rudeus.
—¿Quién es el Dios Humano?
Así que de eso se trataba.
Yo también estaba interesado.
Mi hermano estuvo hablando con ese “Dios” y nunca me lo dijo, quizá porque ya me conocía y sabía que lo mandaría a la mierda.
Pero, ¿qué quiere exactamente con nosotros?
Quizá solo estaba aburrido o algo así, eso explicaría cómo supo tanto sobre Shirone y por qué se encontró primero con Aisha.
Así que también lo miré con la misma intensidad.
No iba a regañarlo ni nada parecido, solamente esperaba que dijera algo convincente.
—Al principio él parecía tener la intención de dejarnos ir.
A pesar del aura que irradiaba, en realidad no había sed de sangre en sus ojos.
Pero en el momento en que escuchó el nombre del Dios Humano, dirigió toda esa hostilidad hacia ti —continuó Ruijerd.
Me mantuve en silencio mientras me recostaba y cerraba los ojos para escuchar.
Finalmente Rudeus decidió ser honesto.
Le explicó todo, desde los sueños y los consejos hasta cómo esa entidad los había guiado para ayudarlo.
Ruijerd lo escuchó pese a lo absurdo que sonaba hablar de dioses y enemigos milenarios en medio de un bosque.
Aún así, el ambiente cambió completamente cuando Rudeus tocó el tema de la maldición.
Le reveló que el origen no era la maldad de su raza, sino las lanzas de Laplace.
Al principio Ruijerd soltó una risa amarga que dolía, pues estaba resignado a la idea de que una maldición es algo eterno e inamovible.
Pero cuando mi hermano le aclaró que, según el Dios Humano, esta se estaba desvaneciendo y que el simple hecho de haberse afeitado la cabeza había ayudado a diluirla, el muro del guerrero se derrumbó.
Pude notar el cambio en su respiración.
No necesitaba abrir los ojos para saber que estaba llorando.
Eran lágrimas de alivio, las de un hombre que ha cargado con el odio injustificado del mundo durante siglos y que, por fin, veía una posibilidad real de redención.
Rudy decidió dar por terminada la charla y fingir que se iba a dormir para no avergonzarlo.
Yo hice lo mismo y mantuve mi respiración pausada.
Dejamos que el líder de Dead End tuviera su momento de humanidad en la oscuridad.
—Rudeus —lo llamé sin usar el “Rudy”.
—¿Estás enojado, verdad?
Por no haberte contado sobre eso…
—Solo quiero saber una cosa.
¿Gracias a él decidiste ir a Shirone y fue así como encontramos a nuestra hermana?
—S-sí.
—A dormir, Rudy…
Aunque nos debemos una larga charla.
Eris se aferró a mí.
Porque sí, durante estos días ha estado durmiendo conmigo y la verdad no me quejo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com