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Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction - Capítulo 54

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  4. Capítulo 54 - 54 Prólogo El comienzo
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54: Prólogo: El comienzo 54: Prólogo: El comienzo Estaba de vuelta en el pasado, en esa gran casa de la Aldea Buena, el lugar donde permanecí siete años de mi vida en este nuevo mundo.

Mientras trataba de volverme fuerte, me daba cuenta de que no dejaba de ser aquel “Hikari” que había arrasado con mi vida pasada.

El fuego no fue el responsable de mi apatia, fui yo.

—Daiki, deja esa espada.

Era lo que siempre decía mi madre cuando me veía entrenar de más; cuando ignoraba sus advertencias y me daban igual las enseñanzas sobre el descanso.

En aquel entonces, mi único norte era la fuerza, pero ahora, ese recuerdo era lo unico que me mantenia anclado.

Fue una vez, durante mis entrenamientos nocturnos, cuando mi cuerpo no soportó más y se desplomó.

Al abrir los ojos, vi el rostro de mi madre: estaba sudado y desencajado por la preocupación, mientras trataba con todas sus fuerzas de levantar a un chico de seis años que ya era más alto que la media.

Durante treinta minutos no me soltó.

Lilia se había encargado de preparar el baño.

Mamá no me dejó ir ni siquiera cuando logramos entrar en casa y me sentó en aquella silla.

Una vez dentro, mientras lavaba mi cabello y lo masajeaba, me permití pensar que quizá me había pasado de la raya con aquel entrenamiento.

Ver su rostro angustiado me hizo entender que fui un completo idiota; pero en ese entonces, todavía era un idiota que no comprendía por qué le dolía tanto verla así, ni porque era un idiota.

—Hijo, ¿puedo hacerte una pregunta?

—dijo mientras vertía agua sobre mi cabello.

—Sí, madre.

—¿Por qué te exiges tanto?

—¿Madre?

—¿Qué buscas en el entrenamiento?

¿Qué piensas cuando caes agotado?

—Yo…

—No sabía cómo responderle.

Es que, precisamente, eso era lo que pasaba…

no pensaba.

Lo hacía como una programación, una parte de mí que se negaba a irse.

—Cuando te veo entrenar, veo una falta de control que nunca habías mostrado.

Desde bebé, siempre tuviste un gran dominio de ti mismo, pero cuando lo pierdes así, eres todo lo contrario.

Y para una madre, ver a su hijo desplomado en el suelo mientras tiembla por el frío repentino…

es lo más desgarrador que hay.

—Solo…

Es decir…

—Me aclaré la garganta; me estaba trabando de más—.

No quiero perder a esta familia, es todo.

Ella terminó de enjuagarme el cabello.

—¿Cómo puedes proteger a tu familia si estás tirado en el suelo, temblando, hijo?

Esa sola frase, ese único recuerdo, terminó por arrastrarme de vuelta a Japón.

A aquel momento preciso en el parque, poco después de que mi padre me dijera que debía vivir, no solo existir.

—¡Muy bien, hijo!

—gritaba él mientras intentaba alcanzarme.

Yo corría controlando el balón, esquivándolo y evitando que pudiera robármelo.

—Imposible, eres demasiado bueno, hijo…

Él se dejó caer, sentándose al pie de un árbol mientras se pasaba la mano por la frente para secarse el sudor.

Me detuve y lo miré, con la pelota aún bajo mi pie.

—¿Papá?

¿No quieres seguir?

—Uno debe saber cuándo descansar, hijo.

Justo entonces apareció mi madre, Hiyori, trayendo una cesta con un montón de comida.

Solté el balón de inmediato y fui corriendo hacia ella, sentándome a su lado mientras me mecía de un lado a otro como un péndulo.

Mi padre nos miró desde el árbol, sonriendo mientras recuperaba el aliento.

—¿Ves, hijo?

El descanso también tiene su recompensa.

¿Papá…?

Estática.

Mis recuerdos se volvieron estática…

De repente, veía muros que nunca antes había visto.

Eran de piedra, fría y oscura, mientras sentía cómo me llevaban bruscamente a través de un pasillo hacia un lugar incierto.

No podía moverme.

No era yo.

Pero el recuerdo desapareció, lo unico que había era una sala blanca.

Bajé la vista hacia mis manos.

No estaban quietas.

Parpadeaban, cambiando a una velocidad vertiginosa entre tres formas distintas: Veía las manos adultas de Hikari.

Veía las manos curtidas por la espada de Daiki.

Y veía otras…

unas que no reconocía.

Eran translúcidas, tan débiles que sentía que, si alguien soplara sobre ellas, se desvanecerían en el aire como polvo.

—¿Qué…

qué soy?

…….

—Eres mi hermano, eso es lo que importa.

Era Ayam que me hablaba desde atras, dandome un abrazo que no me esperaba.

De repente, las tres presencias desaparecieron y solo quedó la de Hikari, la que aún permanecia en este “mundo interior”.

Me giré lentamente para verla.

Ella había cambiado.

Sus ojos ahora eran azules y su cabello seguía siendo igual, solo que con un estilo un poco diferente.

Sin embargo, había matices en su rostro que no tenía la primera vez que la ví.

—Parece que heredé los ojos de mamá —bromeó ella, inclinando la cabeza con una sonrisa suave—.

Ahora sí puedo ser considerada tu hermana de sangre, ¿no?

—Ayam…

Sentí un nudo en la garganta.

—Ya descansaste mucho.

Debes despertar…

y buscar a nuestra madre.

Tras esas palabras, me incorporé de golpe en la cama.

Llevé una mano a mi pecho, y la otra a mi frente, cubierta de sudor.

“Fui un completo idiota”, pensé.

“No puedo creer que estuve toda una semana aquí tirado…”.

…

Me levanté con dificultad.

Fuí hacia donde estaba la silla, lugar donde posaba mi túnica, y unos pantalones del mismo color negro profundo.

Luego, ajusté el arnés de cuero cruzado sobre mi torso y me abroché el cinturón.

Por último, me coloqué la capa que me había dado Eris.

Ya listo, con una espada simple en la cintura y la bolsa con los restos de Temphestalis asegurada, posé mi mano en el picaporte.

—Fiu…

—Solté una larga bocanada de aire.

Y me permití salir hacia la luz.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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