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Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction - Capítulo 60

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  4. Capítulo 60 - 60 Episodio 41 Las Ruinas Galgau
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60: Episodio 41: Las Ruinas Galgau 60: Episodio 41: Las Ruinas Galgau En la noche, a solo un día de partir de Rosenburg junto a los miembros de Flecha Afilada, estaba dibujando.

¿Qué dibujaba exactamente?

El mecanismo interno de una pistola común: el gatillo conectado al sistema de disparo, el percutor, la corredera, el resorte recuperador, el cañón alineado con la recámara y el cargador encajado en la empuñadura.

Claro, dibujarlo no era lo mismo que hacerlo, pero necesitaba mantener la mente ocupada en otra cosa.

[En este mundo ya no decido lo que haces, pero sigo siendo una biblioteca.

Es como si tuvieras un disco sólido en el cerebro: no olvida nada…

aunque también puede sobrecargarse.] ‘¿Dices eso porque estuviste “apagada” desde que partimos de Millis hasta antes de…

lo de Eris?’ [Sí.

No puedo coexistir cuando estás saturado de emociones positivas.

Por eso pude volver después de lo del Dios Dragón.

Esa sensación de fuerza, de dignidad, de poder proteger a quienes quieres…

se había desvanecido.] ‘Bueno…

mejor me voy a dormir.

Otra vez regresan esos pensamientos.’ Cerré el libro y lo guardé en un cajón.

—Supongo que mañana nos vamos…

Me estiré una última vez y me dejé llevar por el sueño en aquella cama fría.

— A la mañana siguiente desperté con una sensación extraña.

No era malestar, pero me sentía más liviano.

¿Qué habrá pasado mientras dormía?

Quizá ya era hora de aceptar, de una vez por todas, que debía seguir adelante…

Con una familia que me espera y un grupo que me necesita.

Tal vez por eso mi cuerpo decidió repararse por su cuenta, ignorando las órdenes de mi mente.

Me puse la ropa para el viaje y salí, llevándome la capa que me había dado Eris.

Subí las escaleras y llamé a la puerta.

—¡Ya voy, hermano!

¡Espe…!

¡Espera!

[Estos últimos meses, Rudeus ha estado más activo por las mañanas.

Tus entrenamientos dieron resultado y su estado físico mejoró mucho en comparación con cuando empezó.

Sumado a la onda de choque…

será algo más que un simple mago aerodinámico.] ‘Sí…

es verdad.’ Yo también había mejorado bastante en la esgrima.

En cuanto al Estilo Dios del Norte, ya podía considerarme de rango Santo.

La fuerza la tenía, y también la inteligencia para convertir cualquier terreno en un campo de batalla lleno de trampas y ventajas a mi favor.

Respecto al Estilo Dios de la Espada, estaba seguro de que el rango “Santo” se me había quedado corto desde hace tiempo.

Simplemente no tenía a nadie con quien comprobarlo.

Ghislaine se había marchado con Eris y no parecía haber nadie en el pueblo capaz de ponerme a prueba.

Antes de que pudiera decir algo más, la puerta de la habitación de Rudeus se abrió.

—Lo siento, tuve un sueño hermoso de…

bueno, no importa.

Vámonos.

—Bien.

— Tras empacar lo necesario, salimos de Rosenburg junto a los miembros de Flecha Afilada.

Nuestro destino eran unas ruinas antiguas, ubicadas a dos días de viaje al sur de la ciudad.

Lo único que debíamos recolectar eran escamas de Lagarto Invernal, un monstruo que solo podía encontrarse en esas ruinas en específico, al menos en esta región.

No tenían alas y solían medir entre tres y cuatro metros de largo.

Aunque se les consideraba un dragón menor, no surcaban los cielos, anidaban en lo profundo de cuevas y mazmorras, casi siempre en grandes grupos.

Eran criaturas poderosas y, al encontrarlas en manada, enfrentarlas podía convertirse en una amenaza de rango S.

Odiaban la luz intensa, lo que significaba que no aparecían en la superficie.

No atacaban a menos que sus nidos fueran amenazados.

En general, para la mayoría de los aventureros no eran más que monstruos de rango A, ya que rara vez los consideraban un peligro real.

Sin embargo, reunirlas implicaba adentrarnos en el territorio de criaturas extremadamente poderosas.

No tenía intención de atacar el nido de los lagartos, pero esas ruinas también eran el hogar de muchos otros monstruos.

Que los Lagartos Invernales fueran relativamente dóciles no significaba que no pudieran decidir atacarnos de repente.

Cuando por fin llegamos a las ruinas, acampamos en el exterior.

—Traje flechas hechas con hueso de wyrm para esto, pero no estoy segura de que atraviesen las escamas de un Lagarto Invernal.

—Mencionó Sara.

—No les gusta la luz intensa, ¿cierto?

¿No podríamos ahuyentarlos con magia de fuego?

—Agregó Timothy.

—Si eso fuera suficiente para asustarlos, no serían monstruos casi de rango S.

Los miembros de Flecha Afilada se tomaban los preparativos muy en serio.

Y tenía sentido.

Cuando un monstruo puede atacarte simplemente porque ese día así lo decidió, nunca está de más anticiparse.

Aun así, habían reunido bastante información por su cuenta e intentaban encontrar la mejor manera de maximizar sus aportes en combate.

—Daiki, ¿estás ahí?

—Suzanne chasqueó los dedos frente a mí—.

Quería preguntarte algo.

—Ah…

sí, disculpa.

¿Qué necesitas saber?

—¿Planeas hacer el trabajo tú solo, como hiciste con los osos?

—Bueno, Rudeus también ayudó…

—No te pregunté eso —me interrumpió—.

¿Qué piensas hacer?

—Vine para ayudarlos.

—Bien.

Solo…

limítate, ¿sí?

Necesitamos ganar experiencia, y con ustedes eso sería imposible.

—No se preocupe.

Intervendré solo cuando sea estrictamente necesario.

Sara se adelantó a Suzanne.

—Solo no estorbes, ¿entendido?

—Ah…

lo entiendo.

Haré lo que pueda.

—Más te vale.

Mis flechas podrían no ser muy efectivas contra esas cosas…

y si una se acerca demasiado a ti, quizá no podamos ayudarte a tiempo….

Rudeus se colocó a mi lado.

—No te preocupes tanto, Sara —dijo con calma—.

Nuestro trabajo es recolectar escamas, no pelear contra los Lagartos Invernales.

Básicamente les vamos a limpiar la casa.

—Él tiene razón —dijo Timothy, asintiendo gentilmente.—.

Hagamos todo lo posible por evitar un enfrentamiento.

—Y si las cosas se ponen feas, siempre podemos salir corriendo por nuestras vidas.

—Para eso eres el mejor, Patrice.

Te concedo ese mérito —comentó Mimir con una leve sonrisa.

—No seas modesto, Mimir —replicó Timothy—.

Tú eres, por mucho, el más rápido de todos.

—¿Más rapido?

Si me pongo detrás de los mellizos, es más que suficiente, Timothy.

Todos estallaron en risas.

Timothy era un hombre afable, pero sabía exactamente cuándo soltar una broma…

o una sugerencia disfrazada de ella.

—Muy bien —dijo Suzanne, dando una palmada—.

¿Nos vamos?

Todos se pusieron de pie, con sus expresiones serias una vez más.

— La entrada a las ruinas estaba oculta tras una cascada de montaña.

A simple vista, no parecía más que un agujero en la ladera, con el interior parcialmente cubierto de hielo y largos carámbanos colgando desde el techo.

Desde abajo era fácil pasarlo por alto.

—¿De verdad es esta?

—preguntó Suzanne con cierta duda.

—Creo que sí —respondió Sara, señalando hacia el suelo—.

Mira, hay huellas por aquí.

—Mmm…

¿son recientes?

Espero que no tengamos una reservación doble.

—Nah, parecen de hace cinco o seis días.

—Aun así, existe la posibilidad de que otro grupo siga dentro.

—Algunas marcas van hacia afuera de la cueva, ¿ves?

Apostaría a que ya regresaron a casa.

Escuché a medias la conversación entre Sara y Suzanne mientras Rudeus revisaba nuestro equipaje, asegurándose de que lleváramos todo lo necesario para internarnos en la cueva.

En especial, las antorchas que habíamos preparado con antelación.

Las fue sacando una por una y las encendió con cuidado, comprobando que prendieran bien.

[Si tan solo tuvieras un ojo como tu hermano…] ‘No sirve de mucho mirar el futuro en completa oscuridad.

Aunque…

Ghislaine tenía otro tipo de ojo.

Uno capaz de percibir el maná.

Lo mostró antes del incidente de teletransportación.’ [Puede que no necesites un ojo para predecir un combate.] ‘Hablando de eso…

¿sabes por qué conmigo no funciona el Ojo Demoníaco de Rudeus?

Solo parece activarse cuando ya he empezado a pelear.’ [No estoy segura…

¿Será por el factor Darian?

Si era un miko vacío, quizá tenga algo que ver.] ‘Darian…

No.

Él no tenía maná, y yo sí.

No soy esa persona.

Fin de la conversación.’ —El suelo está congelado en algunas partes —advertí—.

Caminen con cuidado.

En cuanto cruzamos la entrada, toda conversación relajada se desvaneció.

Avanzamos en fila india por el sendero inclinado, en completo silencio y con los sentidos alerta.

—…Oh.

El pasillo por el que descendíamos terminó de repente.

Frente a nosotros se abría un espacio enorme, una cámara tan amplia y tan intensamente iluminada que por un instante dio la impresión de que habíamos vuelto al exterior.

Alcé la vista y noté que el techo estaba cubierto de parches que emitían un brillo blanco azulado.

A esa distancia no podía distinguir si se trataba de musgo o algún tipo de mineral, aun así, eso hacía que las antorchas de Rudeus parecieran innecesarias.

El sendero también se ensanchó de repente.

Donde antes apenas cabíamos en fila, ahora había espacio suficiente para que cinco personas caminaran lado a lado.

Más adelante, una gran pendiente rocosa descendía hacia la oscuridad, apartándose del camino principal.

Y al final del sendero se alzaba el verdadero objetivo de nuestro viaje: una enorme estructura con forma de fortaleza.

Parte de sus muros estaban derruidos, pero en conjunto seguía en pie.

Esas eran las Ruinas Galgau.

—Este lugar sirvió como fortaleza durante la Primera Guerra entre Humanos y Demonios —explicó Timothy con calma—.

Al parecer, fue construida por uno de los Cinco Grandes Reyes Demonio de la era.

Lo llamaban Largon-Hargon el Subterráneo.

—Se dice que era un mago de tierra de nivel Divino —continuó Timothy—.

Solía levantar fortalezas como esta en sitios casi imposibles de encontrar para los humanos, y luego excavaba túneles hasta la superficie para que sus fuerzas lanzaran ataques sorpresa.

—¿En serio?

Sabes bastante del tema, Timothy —comentó Rudeus.

—Bueno, la lucha contra el Rey Demonio Subterráneo fue especialmente feroz en esta región —respondió él—.

Hay muchas historias de la guerra que se han transmitido de generación en generación.

Recuerdo escuchar varias cuando era niño.

—Timothy, ¿no habías dicho que creciste en Ranoa?

—preguntó Suzanne, volviéndose hacia nosotros con curiosidad.

—Así es.

Nací en una aldea sin nombre de esa región y pasé mis años formativos en la ciudad de Sharia.

Puede que la conozcan por su Universidad de Magia.

Con el tiempo me fui a Asura para perseguir el sueño de convertirme en un gran aventurero…

y eso me trae hasta hoy —añadió con una sonrisa leve—, convertido en un hombre bastante más humilde.

La conversación se cortó en seco.

—¡Estamos bajo ataque!

—gritó Sara, apartando su antorcha y llevando la mano al arco.

Al frente, un grupo de sombras negras se abalanzaba hacia nosotros.

Cada una rondaba el metro de tamaño.

—¡Murciélagos gigantes!

—¡En formación!

—ordenó Suzanne al instante—.

¡Que la retaguardia se encargue!

—¿Mmm?

Uno de los murciélagos se lanzó directo hacia mí.

Se estrelló con violencia, pero lo único que encontró fueron los filos cruzados de mi espada.

—Vaya…

este sí que es rápido.

Sin darle tiempo a reaccionar, lo aparté de una patada y lo lancé de vuelta hacia el aire.

—¡Es tuyo, Sara!

Sara no perdió ni un segundo.

Tensó la cuerda y disparó en un solo movimiento fluido.

La flecha surcó el aire y atravesó la cabeza del murciélago.

[Bien hecho, Sara…

aunque sigo molesta por la forma en que te trató] ‘No es momento para eso.’ —¡Que este pequeño y ardiente fuego produzca una gran y ardiente bendición!

¡Lanzallamas!

Timothy fue menos sutil.

Alzó ambas manos hacia el techo y liberó un hechizo de fuego de amplio alcance que envolvió a dos Murciélagos Gigantes y los redujo a cenizas en pleno vuelo.

—¡Estallido de Viento!

Rudeus optó por algo más básico.

La ráfaga comprimida explotó contra las criaturas, perforando sus alas lo suficiente para impedirles seguir volando.

—¡Ugh!

Desde el agua que corría bajo el acantilado, una enorme rana emergió de pronto y, en un solo movimiento, se tragó a uno de los murciélagos que caía.

Los hombres del grupo observaron la escena con asombro; Sara, en cambio, hizo una mueca de absoluto disgusto.

—Tratemos de no caer ahí, ¿quieren?

—murmuró Suzanne.

Sara asintió con fuerza.

—Avancemos de una vez —dijo Timothy—.

Pongan mucha atención a dónde pisan.

Los siete retomamos la marcha hacia la fortaleza, avanzando con cautela y manteniendo los sentidos alerta ante cualquier movimiento a nuestro alrededor.

— Galgau era enorme.

Unos cinco pisos de altura y una extensión comparable a la de un edificio académico.

Parte de su estructura estaba enterrada bajo la roca.

No entramos por la puerta principal, sino por una abertura lateral.

Desde ahí se apreciaba bien la caverna: a la izquierda, un estrecho sendero de cornisa que tendríamos que seguir; a la derecha, un amplio vacío que descendía hasta un lago subterráneo oscuro y silencioso.

El lugar me resultaba inquietantemente familiar.

Era la primera vez que estaba allí, pero el estilo de la piedra…

la forma en que los bloques encajaban, la sensación del espacio…

se parecía demasiado al recuerdo de aquel pasillo de roca.

Y, al mismo tiempo, era completamente distinto.

—¿Te vas a quedar todo el día ahí parado o qué?

—preguntó Sara.

—No…

solo estaba pensando un poco.

—Eres bastante pensativo, ¿eh?

¿Te gustan los edificios grandes?

—No…

solo me recordó a algo.

—Mmm…

Dejando de lado eso, debiamos seguir trabajando.

Timothy llevaba un mapa detallado de las ruinas, algo lógico considerando que muchos aventureros pasaban por allí.

Aun así, el lugar era un auténtico laberinto, con pasillos estrechos, techos altos y rutas que no parecían tener sentido.

Comentamos que, probablemente, la estructura estaba diseñada para demonios con distintas habilidades, como volar, trepar paredes o moverse por conductos superiores, lo que les habría dado ventaja contra invasores humanos.

Lo extraño era que, pese a la fama del sitio, no habíamos encontrado monstruos dentro de la fortaleza.

Solo huesos y restos dispersos.

Demasiado silencio.

Y entonces, sin previo aviso, una ráfaga de viento nos rozó con un silbido inquietante.

—¡Estamos bajo ataque!

—gritó Mimir al instante.

Los huesos que había visto esparcidos por el suelo comenzaron a vibrar, traqueteando unos contra otros.

Lentamente se alzaron y empezaron a ensamblarse, formando siluetas torpes y descarnadas frente a nosotros.

Al mismo tiempo, más adelante en el corredor, apareció una figura parcialmente translúcida.

Flotaba en nuestra dirección con un movimiento antinatural, como si nadara en el aire.

Era humanoide, delgada, cubierta con una túnica desgastada…

pero no tenía cabeza ni piernas.

—¡Esqueletos y un Espectro, jefa!

—¡Atráelos, Patrice!

—¡Entendido!

—¡Sara, Timothy y Rudeus, cubran la retaguardia!

¡Concéntrense en los esqueletos!

—ordenó Suzanne—.

Y tú, Daiki, conmigo.

—¡Fuera del camino!

—gritó Sara.

Se colgó el arco al hombro y desenvainó un gran cuchillo.

—¡Rudeus, los esqueletos son débiles a los ataques contundentes!

—le recordó Timothy con rapidez.

Rudeus y Timothy destrozaron varios esqueletos con Cañón de Piedra, pero estos comenzaron a rearmarse de inmediato.

Timothy recordó que mientras el Espectro siguiera “vivo”, los esqueletos serían prácticamente inmortales.

Los ataques físicos solo los incapacitan temporalmente; la clave era eliminar al Espectro con magia divina.

Sin embargo, derrotar a todos al mismo tiempo implicaba más espacio para descansar, asi que me dedicaba a esa tarea.

—¡Yo te invoco, Dios que bendice la tierra que nos nutre!

¡Lanza un castigo divino sobre aquellos lo suficientemente estúpidos para desafiar las leyes de la naturaleza!

¡Exorcismo!

La luz se condensó en las manos de Mimir y salió disparada contra el Espectro.

Recordé que Cliff también dominaba la rama shin-geki —”ataque divino”—, una especialización mágica diseñada precisamente para infligir daño efectivo a entidades espectrales y razas demoníacas malignas.

—¡Gyyeeeeeaaaaaa!

El fantasma soltó un chillido ensordecedor antes de desintegrarse.

Su forma translúcida se fragmentó en incontables motas de luz que se disiparon en el aire.

Al instante, los esqueletos colapsaron, sus huesos cayendo inertes al suelo como simples restos sin voluntad.

—Esta es la primera vez que veo magia divina…

o incluso un fantasma —comentó Rudeus con calma, mirando a Timothy.

—Es apenas la segunda vez que yo veo un Espectro —respondió él—.

La primera, mi grupo no tenía idea de cómo enfrentarlo…

y eso le costó la vida a uno de nuestros compañeros.

Fue una lección muy dura.

—¿En ese entonces Mimir no estaba con ustedes?

—preguntó Rudeus.

—No.

Eso fue mucho antes de que formáramos Flecha Afilada.

Después de aquello me aseguré de prepararme para algo así.

Me alegra haberlo hecho.

Con eso, seguimos.

— —¡Ya llegamos!

Salimos del laberinto y entramos en una sala amplia, de unos cien metros de largo.

—Oh…

vaya…

—murmuró Suzanne.

Y entonces lo vi.

El suelo estaba prácticamente cubierto por una alfombra de escamas blancas.

Brillaban con suavidad bajo la luz azulada del techo.

Eran escamas de Lagartos Invernales.

Y había muchísimas.

—Más allá de esta sala está el territorio de los Lagartos Invernales —advirtió Suzanne desde el frente—.

No avancen más allá de esa última estatua.

¿Han entendido?

—¡Sí!

—respondieron Mimir y Patrice al unísono.

Sin perder tiempo, ambos comenzaron a recoger las escamas esparcidas por el suelo.

Habíamos planeado esta parte con cuidado.

Junto a Sara y Rudeus, mi tarea era vigilar cualquier posible amenaza desde todas las direcciones.

Los Lagartos Invernales solían aparecer desde el fondo de la sala, pero no eran el único peligro.

A veces surgían monstruos desde el segundo piso o incluso desde el corredor que acabábamos de atravesar.

Podían ser Murciélagos Gigantes, Topos de Ojos Rojos, Espectros o Esqueletos.

La posibilidad de un ataque no me inquietaba…

me emocionaba.

Quedarme quieto demasiado tiempo nunca había sido algo bueno para mí.

—¿¡Qué fue eso!?

—gritó Timothy.

Un instante después, unos chillidos ensordecedores, provenientes de algún punto lejano de las ruinas, llegaron a nosotros.

—Tengo un mal presentimiento acerca de esto, jefe…

—¡Que todos se preparen para el combate!

—ordenó Suzanne—.

¡Empujen las bolsas hacia un lado!

Los seis adoptamos una formación cerrada, atentos a cualquier movimiento.

Los gritos resonaban por toda la sala, rebotando contra las paredes de piedra.

Si estábamos a punto de enfrentar una horda, eso solo dejaba dos opciones: luchar…

o retirarnos de inmediato con la bolsa ya llena.

.

—No suena a que vengan en nuestra dirección —dijo Suzanne al cabo de unos segundos—.

Creo que deberíamos seguir reuniendo escamas, pero rápido.

—Yo también pienso que deberíamos terminar —dio su opinión Sara.

—Sí, estoy de acuerdo —añadió Mimir.

—Además, ya casi acabamos, ¿no?

—dijo Patrice.

La mayoría apoyaba la decisión de Suzanne.

—Muy bien —concluyó Timothy con calma—.

Seguiremos un poco más.

Pero dense prisa.

Todos volvieron apresuradamente a sus tareas.

Me acerqué a Sara.

—Sara.

Si pasa algo…

quiero que me prestes tu cuchillo grande.

—¿Mi cuchillo?

—Tengo una técnica llamada “Dual”.

El nombre es simple, pero básicamente me permite usar el estilo del Dios del Agua y el del Dios de la Espada al mismo tiempo.

Quería aprovechar a estos monstruos como entrenamiento.

Sara me miró con una ceja alzada, evaluándome.

—¿Entrenamiento?

Este no es precisamente el mejor lugar para experimentar.

—Para mí lo es, ¿sabes?

—Tch.

No te daré nada, ¿ok?

Rudeus negó con la cabeza.

—En todo caso, estemos atentos.

Suzanne dejó de recoger escamas.

—¿Eh, chicos?

—…

¿Mm?

Suzanne levantó la vista y miró con sospecha hacia el lugar de donde provenían los chillidos…

que de pronto se cortaron.

En el siguiente instante, los Lagartos Invernales irrumpieron a toda velocidad.

Se deslizaron por debajo de las piernas de las estatuas..

—¡Mierda!

¡Están aquí!

No dudaron.

Salieron corriendo al mismo tiempo.

Aunque era más rapido que los lagartos, ellos eran demasiado, y si nos rodeaban en este espacio cerrado, las probabilidades de que alguien resultara herido aumentaban drásticamente.

[Mejor corre.

No tiene sentido pelear aquí.] Haciéndole caso, tomé las bolsas llenas y corrí junto al grupo.

Rudeus extendió la mano hacia atrás y conjuró un enorme muro de tierra en el pasillo, una barrera gruesa y sólida que bloqueó por completo el avance de los lagartos, elevándose hasta el hombro de la estatua más cercana.

Los Lagartos Invernales eran lagartos, un simple muro, incluso si era uno alto, era prácticamente para ellos.

Uno a uno, ellos lo estaban escalando y pasando a través de las pequeñas brechas en el costado.

Saqué mi espada de inmediato.

A mi lado, un lagarto mucho más grande que los demás —y por lo tanto más rápido— intentó embestirme.

No hacía falta bloquear; bastaba con esquivar en el momento exacto.

—¡Tormenta de Hielo!

—conjuró Rudeus.

Ráfagas de viento helado llenaron el aire, levantando las escamas del suelo como una nevada invertida.

Un segundo después, lanzas de hielo tan gruesas como la cadera de un hombre atravesaron el pasillo, perforando a los Lagartos Invernales que habían logrado superar el muro.

—¡Técnica de Flujo Ofensivo!

Me deslicé con el impulso, desviando la embestida del lagarto gigante y cortando en diagonal.

La hoja atravesó escamas y carne.

Antes de que el cuerpo pudiera desplomarse hacia el grupo, le propiné una patada lateral para desviar su trayectoria.

—¡Rudeus!

—lo sujeté del hombro antes de se chocara contra el muro—.

¡Hay que pelear!

Rudeus negó con la cabeza por un segundo…

pero luego apretó la varita con más fuerza.

—Tienes razón.

—¡Vienen más desde la izquierda!

—gritó alguien detrás.

Un silbido cortó el aire.

Era una flecha que pasó a mi lado.

Atravesé la trayectoria de la flecha, la atrapé en pleno vuelo y, sin frenar el movimiento, giré el cuerpo.

Canalicé el touki por el brazo y clavé el proyectil con toda la fuerza acumulada.

La criatura cayó de lado, patinando sobre las escamas.

Luego, sin perder el tiempo, lo corté usando mi espada.

—¿Qué…?

—la voz de Sara llegó desde atrás—.

Mi flecha…

—¡Que este pequeño y ardiente fuego produzca una gran y ardiente bendición!

¡Lanzallamas!

Una línea de llamas pasó por mi lado izquierdo; y un Lagarto Invernal en movimiento se detuvo de golpe en vez de correr a través de ella.

—¡Hagámoslo, Patrice!

—¡Sí!

Suzanne pasó corriendo a mi lado, con Patrice y Mimir a cada lado.

—¡Estas cosas no están tras nosotros!

¡Simplemente golpeen a las que arremetan en esta dirección y sáquenlas de curso!

—¡Entendido!

—¡Vienen más desde la izquierda!

No necesitábamos derrotarlos.

Bastaba con desviar a los que se nos acercaban demasiado.

Mientras Suzanne ordenaba avanzar hacia la pared para reducir los ángulos de ataque, yo me limité a controlar el flujo del combate, manteniendo a los monstruos alejados del grupo.

Además, parecian querer evitarme.

Con el tiempo, comenzaban a alejarse mientras mostraban sus colmillos para intentar asustarnos.

Desde el interior de las ruinas, alguien irrumpió en el campo de batalla, sin embargo ya no había nada que enfrentar, ya había despedazado a todos los lagartos persistentes.

— Miré de reojo al grupo que había llegado al campo de batalla.

No parecían buenas personas…

o, al menos, se los veía visiblemente molestos.

—Hola.

Soy Timothy, del grupo Flecha Afilada —dijo Timothy, acercándose al hombre con una sonrisa amistosa—.

Muchas gracias por su ayu…

El hombre intentó golpear el rostro de Timothy, pero lo detuve antes de que su puño llegara.

Sujeté su muñeca y la apreté ligeramente, lo suficiente para dejar claro que podía romperla si quería.

—¿Qué te pasa?

¿Tienes algún problema?

—dije con calma.

El hombre intentó zafarse, pero eso solo hizo que el dolor aumentara.

—¡Sí que tienen agallas robando nuestra presa de esa forma…!

¡AGH!

Apreté un poco más.

—Basta con tu hostilidad.

¿O acaso quieres terminar con el rostro desfigurado?

—dije sin alterar el tono—.

No soy un héroe de historias.

No tengo problema en poner en su lugar a personas así.

Solté su mano de inmediato y giré hacia mi grupo.

El hombre, en un intento torpe por “ponerse a mi altura”, me golpeó directo en el rostro.

—No me importa que seas muy joven, fuiste muy…

¿eh?

Escupí a un lado y lo miré fijamente.

En un movimiento rápido, lo golpeé.

Su cuerpo salió despedido y terminó chocando contra una estatua.

—Eso te enseñará que, si golpeas, debes estar listo para que te devuelvan el golpe.

—Además…

—intervino Suzanne, con una leve sonrisa—.

¿Estás bromeando?

¡Esas cosas nos atacaron de la nada!

¡Ustedes nos metieron en esto!

—¡Oh, por favor!

¡Ustedes aparecieron por detrás e intentaron tomar esas escamas mientras nosotros hacíamos todo el trabajo!

—el hombre persistía, a pesar de haber sido golpeado.

—¡Ni siquiera sabíamos que alguien más estaba realizando un trabajo aquí!

—¡Se lo dijimos a toda la maldita ciudad!

¡Anunciamos que estaríamos aquí!

—¡Bueno, nosotros no escuchamos nada de eso!

Eran Liderazgo Escalonado, un grupo de aventureros de rango S.

Un equipo extremadamente competente, asociado con el prominente clan Relámpago.

Había escuchado que estaban calificados como el grupo más fuerte de toda la ciudad de Rosenburg, así que podía entender su frustración.

Además, su líder, Soldat Heckler, solía tener un temperamento muy fuerte.

—Ahora que lo pienso…

—decidí hablar—.

Escuché que Liderazgo Escalonado había tomado un trabajo de rango S en el gremio.

La misión era acabar con un gran grupo de Lagartos Invernales que apareció en las Cuevas Ilbron…

—¿¡Cueva Ilbron!?

¿¡Qué!?

¡Eso está a un día de distancia de aquí!

—gritó Suzanne.

El rostro de Soldat se tensó, claramente furioso.

—¿Qué demonios?

¡Esta es la Cueva Ilbron!

—¿¡Acaso estás borracho!?

¡Estamos en las Ruinas Galgau!

—Cálmate, Suzanne —dijo Timothy.

—Creo tener una idea de lo que pudo haber pasado aquí —continuó con un pequeño suspiro, esbozando una sonrisa amable—.

Recuerdo haber escuchado que, hace algún tiempo, un gran número de monstruos emergió de la Cueva Ilbron, y el grupo que fue enviado a luchar contra ellos fue aniquilado.

El único sobreviviente informó que habían encontrado un nido de Lagartos Invernales en lo profundo de la cueva.

—Entonces…

¿qué?

¿Están diciendo que vinieron aquí por un trabajo distinto?

—Así es.

Si quieres, puedes confirmarlo con el Gremio.

Soldat hizo una mueca, sacudió la cabeza y escupió al suelo.

—Bueno…

demonios —luego me miró—.

Entonces siento haberte golpeado de la nada.

—No te preocupes.

He recibido ataques más fuertes.

—Oye, no me insultes de esa manera .

—Solo soy honesto.

Eres fuerte, pero atacaste sin técnica.

Hubo un largo silencio incomodo.

—Aun así, esas cosas eran nuestra presa.

Ustedes tomen el par que mataron; eso es todo.

¿¡Entienden!?

—Por supuesto.

Timothy accedió de inmediato, aunque Sara y Suzanne fruncieron el ceño.

—Una vez que hayan recolectado sus escamas, déjennos la limpieza a nosotros y regresen a Rosenburg —continuó Soldat—.

No se preocupen, sellaremos ese agujero en el fondo de las ruinas de una vez por todas.

Soldat se dio la vuelta y se alejó.

Los otros miembros de Liderazgo Escalonado se encogieron de hombros y lo siguieron de regreso a las profundidades de las ruinas.

—Muy bien.

Reunamos nuestras escamas y salgamos de aquí —dijo Timothy.

Rudeus se acercó a mí.

—Gracias, hermano, por lo de hoy.

—¿Por qué agradeces?

Lo hiciste muy bien.

—Sí, pero siento que me acobardé de más.

—Yo también lo hice, ¿sabes?

Puede que no lo demuestre, pero siempre me preocupo por tu salud y la del grupo.

Rudeus sonrió.

—Bueno, de todas formas, déjame agradecerte.

No sé qué habría sido de mí en estos momentos sin ti, así que…

muchas gracias.

—No hay de qué, Rudeus.

Tu hermano mayor siempre estará aquí —dije tras una breve pausa—.

Solo espero que tú también lo estés.

No siempre podré sostenerte…

yo también necesito a alguien que me sostenga.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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