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Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction - Capítulo 62

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  4. Capítulo 62 - 62 Episodio 42 Los Problemas del Invierno
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62: Episodio 42: Los Problemas del Invierno 62: Episodio 42: Los Problemas del Invierno La noche en el bar continuó como de costumbre.

Rudeus se limitó a comer, yo a beber un poco más mientras hablaba con Sara sobre el entrenamiento de mañana.

Cosas normales de vez en cuando, pero que al fin y al cabo me mantenían tranquilo.

[¿Crees que sirva todo esto?] ‘¿Para sentirme mejor?

Tal vez’.

[A veces pienso en todo lo que lograste, en lo…] —Daiki.

Una voz interrumpió a la voz de mi cabeza llamada Ayam.

Se trataba de Sara, tenía una jarra en la mano y me miraba con curiosidad.

—¿Sí, Sara?

—dejé la jarra y la miré detenidamente.

—¿Lo pensaste?

—preguntó Sara.

—Ah, te refieres al entrenamiento, ¿verdad?

—dije—.

Sí, es buena idea, más que nada porque sabes que quedarme quieto no es lo mío.

Ella asintió y volvió con su bebida.

Supongo que era inevitable en este punto.

Su energía, a veces su actitud, su forma de ser o incluso su talento eran cosas que compartía en cierta medida con Eris, y eso no me dejaba tranquilo en absoluto.

Bueno, no es como si pudiera hacer mucho al respecto.

—Hey, hermano —me dijo Rudeus, terminando su estofado de frijoles—.

¿De qué hablan ustedes dos?

—De que haremos un entrenamiento.

Ella me lanzará flechas y debo esquivarlas —le respondí—.

Aunque trataré de agarrarlas antes de que pasen a mi lado.

—Ah, claro —Rudeus dijo con una sonrisa, ya acostumbrado a lo que yo hacía—.

Nunca cambies, hermano.

—Nunca lo haré —le devolví la sonrisa—.

Ahora, termina ese plato…

¿Es picante, no?

—¡Sí!

—exclamó Rudeus—.

¡Pero está muy bueno!

—Te ardía el rostro hace un momento —concluí.

Él solo siguió comiendo.

Justo en ese momento, la puerta del bar se abrió y tres hombres entraron.

Y entonces lo reconocí.

Era Soldat Heckler.

—¡Hola!

—dijo Soldat.

Estaba borracho y golpeó nuestra mesa con su mano.

Por lo visto, no había tenido suficiente en esa cueva.

—…¿Se te ofrece algo?

—dijo Suzanne con una voz fría repentina.

Me limité a observar y beber de mi cerveza.

—Escuchen, estaba agotado allá en la cueva, ¿de acuerdo?

Entonces se me ocurrió que debía venir a arreglar este asunto con ustedes —los ojos de Soldat no estaban del todo enfocados y su voz sonaba algo rasposa—.

Supongo que me equivoqué en ese momento.

Siento eso.

No entendí lo que estaba pasando, ¿saben?

Soldat frunció el ceño y apuntó un dedo hacia Timothy.

—¡No me gusta tu cara, viejo!

¡Sonríes demasiado, maldita sea!

¡Es patético!

¿Dejar que alguien menor que tú te defienda y luego no hacer nada?

Odio esa mierda.

¡Sé que ese chico es más competente que todos ustedes!

¡Bien!

¡Pero tú también deberías haber hecho algo!

—Eh… sí, supongo que tienes razón.

De hecho, Suzanne siempre me dice lo mismo.

Lo tendré en cuenta —respondió Timothy.

—¡Sí!

¡Hazlo!

¡Tenlo en mente!

—asintiendo satisfecho, Soldat se giró hacia mi dirección.

—¡Obsidian!

—¿Sí?

—fue todo lo que pude responderle.

—Timothy es una cosa, ¿pero tú?

Eres insoportable, niño —Soldat empezó a bombardearme con una lluvia de insultos—.

¿Qué demonios pasa con esa mirada tuya?

¿Por qué estás tan obsesionado con parecer que nada te importa.

[¿Quien se cree….?] ‘Déjalo liberarse’.

Y continuó.

—¿Dónde está tu sonrisa?

¡Eres malditamente espeluznante!

Es decir, ¿se supone que esa es tu expresión habitual?

¡Sonríe un poco, niño!

No te hagas el interesante, ¿está bien?

Y siguió.

—¿Te crees el niñito más importante en todo el mundo o qué?

¿¡Ah!?

A medida que continuaba, su voz se iba incrementando, abrumando cualquier otra conversación en el bar.

—¿Qué pasa?

¿Van a pelear?

—¡Jaja!

¡Golpéalo, niño!

—¡Cállense, idiotas!

—gritó Soldat, silenciando a la multitud—.

Ahora escucha, Obsidian.

No eres más que un…

—Vamos, Sol.

Ya detente —uno de sus amigos lo sostuvo de los hombros y lo hizo retroceder.

—¡Vete a la mierda!

¡Este mocoso piensa que nadie en el mundo le puede pisar los talones!

¡No sé qué mierda te pasa, Obsidian, pero eres malditamente deprimente!

¿¡Por qué dejas que te diga todo esto!?

¿Crees que las reglas no se aplican a ti o algo así?

¡Ya tuve suficiente de tu mierda!

¡Me enfermas!

No sé en qué momento pasó, pero había liberado mi sed de sangre.

—¿E-eh?

¿Sol?

—dijo uno de sus compañeros.

Me levanté de la mesa y me acerqué hacia Soldat.

—Sé que has bebido mucho —lo miré directamente—.

Pero eso no me importa.

Si quieres competir con un espadachín de rango Santo, te espero afuera.

No dijo nada, así que continué.

—Si planeas arruinar de nuevo el momento con mis amigos…

—bajé la mirada un momento—, reconsideraré los términos y me dará igual lo que decidas.

Noté cómo se quedó quieto tras oír “Santo”.

—Mierda.

Lo siento, ha bebido demasiado…

¡Vámonos, Sol!

—dijo uno de sus compañeros, tomándolo del brazo.

Mi sed de sangre fue suficiente para calmar al borracho.

Tal vez debí ignorarlo.

La única forma de lidiar con un borracho es demostrar superioridad o ignorarlo.

Opté por la primera.

Da igual lo ebrio que estés, si una sed de sangre fuerte es liberada, todos tus sentidos se verán afectados.

Y así, sus compañeros se llevaron a rastras a su líder.

[Eh, Daiki…

Tu sed de sangre.] Mierda.

Es verdad.

Suspiré y me calmé.

—Fiu…

—soplé débilmente—.

Todavía no lo controlo bien.

Murmuré, notando cómo todos los demás me miraban entre asombrados y asustados.

—Hermano…

—dijo Rudeus—.

¿Qué acabas de hacer?

—Ah…

—suspiré de nuevo—.

Liberé mi sed de sangre.

—Pero…

—empezó a decir Rudeus—.

La tuya es muy diferente a la que solía liberar Eris o Ruijerd.

Es como…

¿vacío?

No sé cómo explicarlo exactamente.

—Rudeus —lo miré—.

¿A qué te refieres con “vacío”?

—Sí, es decir —se llevó una mano al mentón—.

Sentía miedo a lo que no sabía, ¿entiendes?

No era como “algo me va a atacar”.

Era más como…

“no sé qué hay ahí, y eso es lo que da miedo”.

—Miedo a lo desconocido… Tal vez sea eso.

Cada uno tiene una sed de sangre distinta, ¿no?

—Sí, algo así había dicho Ruijerd Superdia.

—De todas formas, ese tipo es de lo peor —murmuró Sara.

Todo lo que pude hacer fue asentir.

…

Sara — Esa misma noche Estaba hirviendo de ira mientras regresaba a mi habitación.

Tiré mi arco y flechas sobre la mesa, me quité la ropa y me lancé sobre la cama.

—¡Ese tipo es de lo peor!

Soldat no tenía idea de lo mucho que Timothy se esforzaba por todos nosotros.

Esa sonrisa era su arma, Suzanne me lo había dicho hace tiempo.

¿Qué derecho tenía ese imbécil de insultarlo?

Y lo peor fue cuando se descargó con Daiki.

¿En qué estaba pensando?

Daiki es un espadachín impresionante.

Soldat ni siquiera sabía con quién se estaba metiendo.

Claro, Daiki podía ser intimidante.

Esa mirada vacía que siempre mostraba, esa expresión que parecía no importarle nada.

Pero cuando liberó su sed de sangre…

Nunca había sentido algo así.

Era diferente a cualquier otra.

No era agresiva ni violenta.

Era vacía.

Como mirar a un abismo que te devolvía la mirada.

Sentí miedo de algo que no podía ver ni entender.

Y aun así, se contuvo.

No mató a Soldat, aunque claramente podría haberlo hecho.

Simplemente lo calló y dejó que sus compañeros se lo llevaran.

Me di cuenta de que estaba pensando mucho en él últimamente.

En cómo me trataba con respeto, sin importar que fuera una simple arquera.

Últimamente, cuando lo miraba, sentía algo extraño.

No sabía cómo lidiar con eso.

Pero al final del día…

no era nada.

Solo admiración por un compañero fuerte.

Eso era todo.

—No me gusta Daiki para nada.

Con ese hecho establecido, me dejé llevar por el mundo de los sueños.

…

Al día siguiente, Daiki estaba frente a mí y tenía preparado mi arco.

Tenía miedo de lo que podría pasar.

Aunque no dudaba de sus habilidades, una inquietud siempre quedaba presente mientras mis dedos sostenían la cuerda.

Fshh La flecha salió disparada y…

—Nada mal —dijo, con la flecha en la mano—.

Ahora, ¿esa será la única?

Suspiré y lancé muchas más que de costumbre.

¿Qué estaba haciendo y por qué me importaba tanto que me aprobara?

Pero Daiki simplemente se movía y tomaba una a una, hasta que pateó una que iba a sus rodillas y la flecha cayó.

—Ah —suspiré al ver cómo trataba mis flechas como si fuera un juego.

Seguía lanzando hasta que mis manos tocaron el aire al no haber más flechas en mi carcaj.

—Tienes mucho talento.

Sin embargo…

—mencionó Daiki, dejando las últimas flechas en el suelo—, tu esfuerzo se ve opacado por un arco que no sigue tu fuerza y precisión, ¿entiendes?

En algún momento te llevaré a comprar uno mejor.

¿Escuché lo que acabé de escuchar?

¿Daiki quería llevarme a comprar un arco mejor?

No podía creer lo que estaba pasando, pero tampoco debía responderle tan rápido.

Me agaché y comencé a recolectar las flechas.

—Mmm… me parece bien —dije, intentando sonar indiferente, aunque mi rostro decía lo contrario.

Y maldición, Daiki me sonrió.

Sabía que eso significaba que se había dado cuenta.

—Bueno, nos vemos —dijo Daiki—.

Tengo que ver qué está haciendo mi hermano, y además quiero avanzar con un trabajo sobre algo nuevo que estoy inventando.

Y se fue, dejándome sola mientras levantaba las flechas y las ponía en mi carcaj.

¿Qué le pasa?

No lo sé, pero me gusta estar con él…

No, es decir, con él siento que podría mejorar.

Guardé la última flecha y me quedé mirando el camino por donde se había ido.

—No me gusta Daiki.

Para nada.

…Entonces, ¿por qué seguía sonriendo?

.

.

.

Daiki Greyrat — Tiempo después Habían pasado varios meses desde entonces y ahora era invierno.

En los Territorios del Norte, el invierno era duro.

Dado que este lugar estaba solo un poco al norte del Reino de Asura, era difícil creer que fuera así de castigador.

El invierno era una excusa para entrenar durante las mañanas y noches, con ropa tan ligera que habría matado de frío a cualquier persona normal, mientras perfeccionaba mi técnica.

Mi cuerpo seguía creciendo.

Ahora mismo, había superado en altura a mi hermano Rudeus.

Hasta hace poco me llegaba a la nariz, ahora al mentón.

Aun así, él seguía ejercitándose, rezando y cumpliendo con su trabajo como aventurero.

Con “rezar” me refiero a que cada día sacaba su reliquia y se quedaba ahí un buen tiempo.

Bueno, si eso lo hacía sentir mejor consigo mismo, no podía detenerlo.

[Rudy es muy raro.] ‘Sí’.

Sonreí un poco ante la voz en mi cabeza llamada Ayam.

‘Pero yo también lo soy, ¿no crees?’.

[Sí.

Todavía no sé quién es ese tal Darian, pero es muy interesante.

Dado eso, cuando puedas, trata de buscar información.] ‘Pero él ya no existe.

Solo fue una variante más del tiempo.

No creo que…’ [Y yo creo que será algo importante.

No concordamos en eso.] ‘Está bien, Ayam, está bien’.

[Ahora…

¿Vas a comprar la espada o te quedarás ahí quieto en la salida?] Tenía razón.

Iba a salir tan temprano principalmente para comprar una espada, porque la que tenía se estaba desgastando y necesitaba tener dos que no solo resistieran, sino que también fueran un poco más especiales.

Un poco al menos.

Dejé a mi hermano dormir en su habitación y salí hacia el mercado.

No sabía qué iba a hacer hoy, pero como era habitual, él había empezado a hacer misiones por su cuenta.

En fin, ahora estaba parado frente a una herrería que, según la gente, era bastante conocida y tenía un excelente estatus.

Al menos con el antiguo dueño, ya que últimamente los herederos no estaban haciendo un buen trabajo.

Empujé la puerta y entré.

Dentro había unas cuantas personas ojeando algunas dagas y otras armas interesantes.

Me acerqué al mostrador.

—Buenos días —dije—.

Me gustaría comprar una espada, y no escatime en precio, por favor.

—Oh, buenos días, joven —me saludó con una sonrisa—.

Claro, espera aquí un momento.

El señor cruzó una cortina y minutos después trajo varias espadas.

—Aquí hay un gran repertorio —continuó el herrero—.Hay minerales raros de Asura o incluso de Begaritt, así que puede estar seguro de ojear todos.

—Muchas gracias, veré si alguna me interesa.

Al desenvainar la primera, noté que era liviana, pero el filo no me convencía.

La segunda tenía buen peso, pero era demasiado grande, y eso no iba con mi estilo.

La tercera y la cuarta simplemente no valían la pena.

Básicamente, no me convenció ninguna.

Hasta que vi una por encima de todo, colgada en la pared derecha.

—¿Qué hay de esa?

—señalé.

El hombre se giró y se quedó así un buen tiempo.

Luego me miró de nuevo.

—Lo siento, pero esa no está a la venta.

—Pero tiene un precio —dije.

—Sí, pero ya no está…

No desde…

—su voz se quebró, algo que no esperaba de alguien tan mayor—, que mi padre fue en busca de minerales en una cueva.

Desde entonces no volvió y no he tenido el tiempo ni los recursos para ir.

Lo pensé por un momento.

¿Qué podría hacer?

¿Me venderá esa espada si lo ayudo a recuperar aunque sea algo de su padre?

Sé que suena horrible, pero muchas veces es preferible tener algo, como quizá alguna pertenencia especial, para estar seguro en lugar de tener esa inquietud de que podría estar vivo pero sufriendo.

Así que, al tomar esa idea, decidí hablar.

—¿Qué le parece si voy a esa cueva que menciona?

—dije, tratando de sonar lo más suave posible para que no creyera que estaba siendo insensible.

Él me miró unos segundos antes de responderme, como si nunca le hubieran hecho esa pregunta.

—¿Qué buscaría con eso?

—preguntó el herrero.

—Mire, esa es una espada especial, ¿verdad?

Y no solo por los materiales raros que posee, sino también porque tiene valor sentimental.

Así que le propongo algo: iré a esa cueva para ver qué pasó con su padre y darle noticias acerca de eso.

A cambio, me venderá la espada.

—Mmm, ¿sabe qué lugar es esa cueva, no?

Se acumula nieve en su interior y es casi imposible entrar si no usas constantemente magia —advirtió él.

—Por eso —extendí mi mano, liberando una pequeña ráfaga de viento caliente—, estoy capacitado para eso.

—Ah, lo que decían de Obsidian sí era verdad…

—dijo el herrero—.

Magia sin voz, eso es…

—¿Entonces?

—interrumpí con una pregunta para que lo pensara más rápido.

—Bien, acepto ese trato, pero debes dar algo equivalente, ¿está bien?

—concluyó él.

—Está bien —dije, para luego añadir algo más—.

Si luego me rechaza el trato a pesar de traer algo, me quedaré con lo que sea que haya encontrado, ¿está bien?

Él se limitó a asentir y me indicó dónde quedaba aquella cueva.

Acomodé las espadas y salí de la herrería.

…

Según lo que me había dicho, estaba a pocas horas hacia el sur de la ciudad, pero se veía fácil de encontrar a pesar de estar enterrada en nieve.

Al final, la encontré en tres horas y, como había mencionado, no había forma de entrar.

Coloqué mi mano sobre la nieve y usé mano caliente.

La nieve se derritió al instante, abriendo paso hacia la entrada de la cueva.

[Este lugar es lamentable…] Usé fuego para iluminar y seguir bajando.

Por fuera parecía una pequeña cueva, pero por dentro era inmensa, y podría jurar que algo se escuchaba en el fondo.

Gruñidos bajos, hambrientos, como si estuvieran esperando carne nueva por mucho tiempo.

‘Es lamentable, Ayam, pero debemos encontrar algo rápido’.

[¿Crees realmente que haya algo aquí abajo?

No lo sé, pero parece que esa persona fue devorada.]  ‘Sí, lo creo.

Además, merecen saber la verdad.

No pueden estar toda su vida sin saber qué pasó con él, ¿no crees?’.

Le respondí.

[Su…

supongo que sí, aunque pensar en eso todavía me cuesta.

En los demás, ¿sabes?

En ti puedo, pero en otra persona como que casi nunca compadezco.

No sé por qué.] ‘Llevas conmigo dos vidas, es normal’.

Le respondí.

[Sigamos en ese caso.] …

No sé cuántas horas pasaron.

Había descendido tanto que mi percepción del tiempo terminó por desvanecerse.

Aun así, Ayam siempre me recordaba la hora, así que no podía decir que estuviera realmente perdido en ese sentido.

—¿Eh?

Algo rozó mi pie.

No se sentía duro como una piedra, sino blando y pesado.

Acerqué el fuego para ver mejor y entonces lo comprendí: era el cuerpo del padre de aquel herrero.

Cerca de su mano yacía un collar con un corazón, y en la otra aún sujetaba una espada partida a la mitad.

A un lado había una pequeña caja de madera con algunos minerales, y junto a sus pies, una bolsa con unas cuantas monedas de plata.

Le faltaba parte del torso.

—Ya veo, fue atacado por un…

¿ah?

Al girarme, noté a tres lagartos invernales, iguales a los del otro día, mirándome con un hambre más que evidente.

¿Qué hacían en esta cueva?

Al parecer, habían sobrevivido y escapado después.

Saqué mi espada y la apunté hacia ellos, esperando que entendieran la advertencia, pero solo conseguí ponerlos más nerviosos.

Uno se lanzó hacia mi costado.

Levanté la espada para interceptarlo y lo partí en dos.

Su cuerpo cayó a mi lado como un muñeco de trapo.

Sacudí la hoja y arremetí contra los dos restantes.

Todo terminó en cuestión de segundos.

Al siguiente parpadeo, ya estaba limpiando mi espada con un trapo.

Suspiré, recogí todas las pertenencias y abandoné la cueva.

…

Ya era casi la tarde cuando volví a la herrería.

Al abrir la puerta, me acerqué al mostrador y dejé todas las cosas que había encontrado.

—Obsidian…

eres tú…

—luego miró los objetos, y su expresión cambió por completo.

Se llevó una mano al pecho—.

Así que…

eso fue lo que pasó…

—Lo siento, pero…

—decidí no mencionar el estado en que estaba su cuerpo.

No era posible sacarlo, y lo mejor era dejar esa cueva como su tumba—.

Es todo lo que pude encontrar.

¿Es suficiente?

Se secó las lágrimas con la manga y asintió.

—Sí…

muchas gracias, Obsidian —tomó la espada que colgaba de la pared—.

Esta espada es el gran trabajo de mi padre.

Nunca logró venderla porque no encontraba al comprador correcto…

y quiero vendértela, en su honor.

—¿Estás seguro?

No pensaba que fuera tan especial.

Puede quedársela… —No, por favor —me interrumpió, extendiendo la mano—.

Acéptela.

Lo miré durante unos segundos, luego bajé la vista hacia la espada.

Sería una compra importante.

Tener un arma así me evitaría preocuparme por mucho tiempo.

Aun así, no me sentía del todo cómodo adquiriendo algo tan especial para él.

No… ese tipo de pensamientos eran más propios de Hikari.

Si la compro, podré darle un lugar digno, pensé.

Mucho mejor que dejarla colgada, acumulando polvo.

No fue barata, para nada, pero la acepté igual.

Salí de la herrería mientras examinaba mi nueva espada: negra, de filo extraordinario.

El peso era perfecto, y el equilibrio de la hoja se sentía natural en mi mano.

Sonreí levemente.

Había hecho una buena compra.

—¡Hermano!

—me llamó una voz desde atrás—.

¿Dónde estabas?

—Ah, fui a una misión…

—le mostré la espada recién adquirida—.

La conseguí allí.

¿Y tú?

¿Dónde estuviste?

—No te imaginas lo que pasó hoy —dijo con una sonrisa cansada—.

Tomé una misión de limpieza de nieve.

Pensé que sería algo simple, ya sabes, usar la pala y listo.

Pero terminé derritiendo toda la plaza con el dispositivo mágico.

El encargado se quedó boquiabierto.

—¿Toda la plaza?

—pregunté, arqueando una ceja.

—Pero lo más extraño fue después.

Una niña se cayó y tenía el pie congelado.

La curé, y cuando dijo que no tenía dinero, simplemente me fui.

Pero luego… me preguntó mi nombre y salió corriendo con sus amigos.

Pensé que era grosera, pero… creo que estaban hablando bien de mí.

—A veces eso es suficiente para empezar una leyenda —comenté, dándole una palmada en el hombro.

—¿Tú crees?

—Rudeus se encogió de hombros, aunque noté que estaba menos tenso que de costumbre—.

Solo preguntaron mi nombre.

—Y eso ya es más de lo que la mayoría consigue aquí —respondí.

—Supongo que tienes razón, hermano —concluyó Rudeus.

Y así, seguimos caminando hasta el gremio.

… Al entrar, vimos a Timothy, Suzanne y Patrice.

Sus expresiones eran inusuales: Timothy no tenía su sonrisa de siempre y Suzzane parecía especialmente abatida.

Asumí que acababan de regresar de una misión y que los demás ya se habían marchado.

Aun así, casi siempre celebraban después de completarlas, así que era evidente que algo no iba bien.

—Hola, chicos… ¿pasó algo?

—pregunté, sintiendo la necesidad de romper el silencio.

—Oh… pero si son Daiki y Rudeus… —Suzzane, ¿qué ocurrió?

—insistí.

—…Se trata de Mimir y Sara —respondió, tras un breve silencio.

—¿Qué pasó con ellos…?

—Están muertos.

… ¿Que estaban muertos?

Sabía que siendo aventurero la muerte es una gran constante, pero eso no me haría sentir mejor.

Al contrario, me gustaría haber sido de más ayuda.

—Lo siento mucho, Suzanne —agaché la cabeza, procesando lo que acababa de escuchar.

Sin embargo, otra parte de mí me decía que ella lo había dicho sin saber exactamente la circunstancia, como si esperara que así fuera para no pensarlo demasiado.

¿La culpaba por eso?

No, pero muchas veces la gente asume las cosas para no seguir esperanzada.

—No —dijo Timothy—.

Dejando de lado a Mimir, Sara todavía no está muerta.

Solo nos separamos de ella durante la batalla.

No vimos su cadáver… así que, si buscamos un poco más, podríamos… —Ya basta —lo interrumpió Suzanne—.

No se veía nada en ese bosque, y menos en medio de esa ventisca.

Es mejor asumir que está muerta.

—Pero… —¡Dije que ya basta!

Si nos hubiéramos quedado buscándola, nosotros también estaríamos muertos.

Lo sabíamos, y por eso obedecimos tus órdenes.

Suzanne le gritaba mientras Timothy se tomaba la cabeza.

Él había dado la orden de retirada… y ahora parecía estar pagando el peso de esa decisión.

—Timothy, no cargues con toda la culpa —dijo Patrice—.

Pudimos haber desobedecido en ese momento, pero elegimos volver.

Todos somos igual de responsables.

—Exacto —estuvo de acuerdo Suzanne—.

Estamos aquí contigo.

No tienes que asumirlo todo solo.

¿Así que no estaban seguros del estado de Sara?

—¿Dónde se separaron?

—pregunté.

—Hacia el oeste, en el Bosque del Juicio.

La visibilidad era tan mala a causa de la ventisca que de alguna forma terminamos en su interior.

En el momento en que tratamos de salir, una manada de búfalos invernales nos atacó.

El Bosque del Juicio.

Estaba a medio día de viaje.

—En ese caso, tengo que irme —dije.

Los demás se miraron, pero tampoco me detuvieron.

Rudeus, por su parte, entendió mi mensaje y decidió seguirme.

No íbamos a dejar que Sara muriera.

[Es tu momento de redimirte un poco, ¿no crees?] Pero esta vez no le dije nada.

¿Por qué?

Tenía toda la razón en decirlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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