Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 Episodio 3 La primera lección
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7: Episodio 3: La primera lección 7: Episodio 3: La primera lección Zenith Greyrat Hay momentos que se graban en la memoria, pero no son como uno llega a esperar.
No son recuerdos perfectos ni imágenes claras.
Son fragmentos: como el olor a tierra húmeda o el sol quemándome la nuca porque llevaba demasiado tiempo arrodillada entre las hierbas.
Fue el día antes de que llegara ese tutor.
O dos días antes.
No, fue un día antes, estoy segura, porque esa noche Paul y yo…
en fin.
Los detalles importantes se quedan.
Daiki se había acercado sin hacer ruido.
—¡Ay!
—Salté de inmediato al notar sus manitas jalar mi delantal.
—Mamá…
—Pausa.
Otra pausa más larga—.
Quiero aprender magia…
Curativa.
Me quedé con las manos en la tierra, sin saber qué hacer con ellas.
¿Había escuchado bien?
Mi hijo, que apenas hablaba conmigo, que me miraba como si yo fuera un rompecabezas que no lograba resolver, ¿me estaba pidiendo esto?
—¿Magia de curación?
—pregunté, y mi voz salió más aguda de lo normal.
Asintió.
—Quiero poder ayudar, no quiero depender solo de la espada…
Y quisiera aprender de ti.
Con Padre aprenderé el estilo de espada, ¿pero qué hay de ti?
—Oh, hijo…
—No pude evitarlo.
Lo abracé.
Se puso rígido por un segundo antes de relajarse.
Él me devolvió el abrazo, y con eso, no pude evitar llorar en su cabello.
—…¿Mamá?
¿Acaso estás llorando?
Disculpa si…
—Son lágrimas buenas, cariño.
Las mejores que he tenido en mucho tiempo.
Como cuando nacieron ustedes.
Me sentí tonta por tener que aclararlo, pero al ver que su rostro serio se aliviaba, no pude evitar sonreír.
Pero la verdad que callé es que también estaba asustada.
No quería que esto fuera temporal.
Tenía miedo de que mañana volviera a ser ese niño distante que me miraba como si yo no lo entendiera.
Y si eso decía su mirada, entonces tenía toda la razón, porque nunca lo había entendido.
Dicho eso, tomé una hoja rota y le mostré el conjuro básico.
La verdad es que esperaba que fallara…
No, eso suena horrible.
Pero una parte de mí, una pequeña y egoísta, quería que necesitara más tiempo, más intentos, más tardes conmigo en el jardín.
—¡Oh, misericordiosa madre de los dioses, por favor sana las heridas de este ser y permite que recupere su salud!
Lo recitó con esa voz suya.
Una parte de mí estaba orgullosa.
Otra, la que no quería admitir, esperaba que se trabara aunque fuera un poco.
La hoja logró regenerarse por completo.
Aun así, su rostro tenía ese característico «ceño fruncido» de cuando se quedaba pensando de más.
—Usé demasiado maná —Daiki se quedó mirando la hoja—.
Puedo controlarlo mejor…
—Pero hijo…
Tú no decides cuánto maná tiene el hechizo, para eso está el conjuro.
—Lo sé, mamá.
Después de aquel incidente de Rudeus con el hechizo de nivel intermedio, me di cuenta de que Daiki siempre desarmaba cada conjuro en su cabeza, buscando entender el porqué de cada cosa.
Practicamos.
¿Dos horas?
¿Tres?
El sol se movió, eso lo recuerdo.
Se me durmió el pie izquierdo en algún momento y tuve que moverlo sin que se notara.
Daiki no paraba.
Pregunta tras pregunta.
«¿Por qué el maná fluye así?».
«¿Qué pasa si modifico la intención?».
Yo le decía que no necesitaba entenderlo todo, que el conjuro era una guía, pero veía en sus ojos que eso no le bastaba.
En algún momento dejamos la magia.
Yo señalaba plantas, le explicaba cuáles servían para ungüentos, cuáles eran venenosas.
Y Daiki…
Daiki estaba sonriendo.
Era pequeña.
Apenas visible.
Pero estaba ahí.
«Esto.
Esto es lo que necesitaba ver».
Esa noche no podía dormir.
Paul me preguntó qué me pasaba y le conté todo de golpe, sin orden.
—¿Daiki?
¿Nuestro Daiki?
—Nuestro Daiki —confirmé.
Le conté del progreso, de las preguntas, de la sonrisa.
Paul se quedó callado un momento.
—Es como si cargara con algo que no podemos ver —Me acomodé contra su pecho—.
Como si tuviera miedo de ser feliz.
Paul me abrazó con fuerza.
—Los protegeré…
Después me besó.
Primero suave, como hace unos años.
Luego con más urgencia.
Siempre éramos así.
Cualquier excusa servía.
Una buena noticia, un día difícil, un momento de paz.
No importaba.
Nos teníamos el uno al otro.
Y esa noche, después de ver a nuestro hijo sonreír en el jardín, entregarme al hombre que amaba se sentía como la única forma correcta de terminar el día.
*** POV:Daiki Greyrat Levanté mis manos para poder observarlas.
Hoy, había canalizado maná para sanar.
Había tocado el “poder de la vida”, uno que se sentía diferente.
Habíamos dominado la magia ofensiva sin conjuro porque los elementos son, en esencia, simples.
El agua es agua.
El fuego es fuego.
Sus propiedades son directas y podíamos replicarlas basándonos en una imagen mental clara.
Pero la magia de curación…
era todo un enigma.
Quizá había que entender de anatomía, pero madre no mencionó nada al respecto.
Solo habló de “intención sanadora”: “El conjuro sabe.
Tu único trabajo es guiarlo con buena intención”.
El conjuro, quizá, no era un manual de instrucciones biológicas…
o tal vez sí.
Sin embargo, en mi vida pasada me había dedicado a estudiar el cuerpo humano, ya que era un área importante que debía desarrollar si quería verme envuelto en situaciones de pelea.
Aún así, tal vez podía usar el conjuro como un “catalizador”: una herramienta para concentrar el concepto abstracto de “sanar” en una acción concreta.
Aquí, la imagen de la curación no es una herida cerrándose.
Ese era el resultado.
“La imagen en el estado previo a la herida…
la imagen de la ‘perfección'”.
Me levanté con cuidado y me acerqué a la pequeña planta que teníamos en la ventana.
Con cuidado, arranqué una de sus hojas y la coloqué sobre mi mano.
Cerré los ojos.
No pensé en células vegetales; no pensé en clorofila ni en savia.
Perfecta.
Entera.
Verde y llena de vida.
Exactamente como estaba antes de que la rompiera.
Sostuve esa imagen en mi mente.
Luego de eso, reuní maná.
No lo empujé: lo guié.
Le di una sola orden, no con palabras, sino con la pura fuerza de mi voluntad.
Arregla.
Abrí los ojos.
En mi mano, la hoja estaba entera.
[ÉXITO] No era imposible.
Ni siquiera requería décadas de estudio.
Solo requería una perspectiva diferente.
Un entendimiento que, quizás, la mayoría de la gente nunca alcanzaba porque se apoyaban demasiado en la muleta del conjuro.
Mi mente analítica no había sido una barrera.
Había sido la clave que me permitió descifrar el verdadero mecanismo en una sola tarde.
Volví a mi cama, sosteniendo la hoja curada en mi mano.
Proteger, sanar, arreglar.
Ahora, esas no eran solo palabras.
Eran habilidades que podía empezar a perfeccionar desde hoy.
Cerré los ojos, recordando la extraña calidez que sentí en el pecho cuando Zenith me abrazó.
“Un corazón hermoso”, había dicho ella.
Quizás, si trabajaba lo suficiente, si usaba este entendimiento no solo para ser fuerte sino para ayudar…
podría convertirme en alguien que mereciera esas palabras.
Con ese último pensamiento, finalmente me permití descansar.
Al día siguiente llegó el tutor…
y la sorpresa fue enorme.
* Tercera persona: Al día siguiente llegó el tutor…
y la sorpresa fue enorme.
—Soy Roxy.
Un gusto en conocerlos.
Al tratarse de una tutora, seguramente imaginaron a alguien ya con cierta edad y experiencia.
Pero resultó ser una chica muy joven.
—A-a-así que tú eres, esto…
la tutora, ¿cierto…?
—Ehm, t-te…
te ves bastante…
—Como sus padres no sabían ni cómo abordarla, ambos hermanos decidieron ser directos— —Eres bastante pequeña.
—Dijeron Rudeus y Daiki al unísono, sin planearlo.
—No son los más indicados para decir eso…
Les devolvió el comentario sin dudar.
¿Les habrá tocado un nervio sensible?
Roxy soltó un suspiro.
—Haa…
Entonces, ¿cuáles son los alumnos a los que debo enseñar?
Miró a su alrededor con cara de fastidio.
—Ah, son estos de aquí.
Zenith presentó a ambos mientras los sostenía de la mano.
Rudeus respondió con un guiño bien animado.
Daiki simplemente inclinó levemente la cabeza, observándola con esos ojos inexpresivos.
Roxy abrió los ojos sorprendida al ver a Rudeus…
y volvió a suspirar.
Pero cuando su mirada se posó en Daiki, hubo una pausa.
Algo en esos ojos la inquietó por un segundo.
—Haa…
de vez en cuando hay, ¿sabe?
Ese tipo de padres tontos que creen que sus hijos tienen talento solo porque se desarrollaron un poquito más rápido…
Lo murmuró como si nada.
—¿Algún problema?
—Dijo Zenith con una sonrisa, poniendo nerviosa a Roxy.
—No, aunque sinceramente no creo que niños de esa edad puedan comprender la teoría mágica.
—No te preocupes, ¡nuestros niños son increíblemente listos!
Comentario de madre cegada por el amor maternal, cortesía de Zenith.
Roxy volvió a suspirar, resignada.
—Haa…
está bien.
Haré lo que esté a mi alcance.
Paul intervino entonces, cruzándose de brazos.
—Por cierto, Roxy.
Rudeus será tu alumno principal.
Daiki entrenará conmigo espada por las mañanas, así que solo podrás darle clases de magia por las tardes.
Roxy parpadeó, confundida.
—¿Solo uno por las mañanas y el otro por las tardes?
—Daiki muestra interés natural por las espadas.
—explicó Paul con orgullo apenas contenido—.
Será principalmente espadachín.
Pero Zenith insiste en que también aprenda algo de magia.
Roxy miró a los dos niños frente a ella.
Rudeus parecía emocionado, casi rebotando en su lugar.
Daiki permanecía quieto, observándola con una intensidad que no cuadraba con un niño de tres años.
—Ya veo…
—murmuró Roxy—.
Esto será…
interesante.
Al parecer, llegó a la conclusión de que discutir sería inútil.
Y así, por las mañanas Rudeus tendría clases de magia con Roxy mientras Daiki entrenaba espada con Paul.
Por las tardes, se invertirían: Rudeus entrenaría con Paul y Daiki recibiría sus lecciones de magia.
—Bien, primero este manual de magia…
no, antes de eso, probemos qué tanto puedes usar magia, Rudy.
En la primera clase, Roxy llevó a Rudeus al jardín.
Daiki los observaba desde la ventana de su habitación, con un libro en las manos como disfraz.
—Primero, un ejemplo.
¡Que la gran bendición del agua acuda a tu llamado, que la clara corriente de un arroyo brote aquí y ahora…¡Water Ball!
La bala de agua apareció en su palma.
Del tamaño de una pelota de básquetbol.
Se lanzó a gran velocidad hacia uno de los árboles del jardín…
¡Crack!
Partió el tronco como si nada y empapó toda la cerca.
Desde la ventana, Daiki observó con interés.
—Sí.
Ese árbol es uno que madre ha estado cuidando con mucho esmero, así que creo que se va a enojar.
—¿Eh?
¿De verdad?
—No tengo la menor duda.
Daiki sonrió levemente desde su posición.
La escena se desarrolló como Rudeus había predicho.
Roxy entró en pánico, usó magia de curación, y Rudeus la elogió efusivamente.
Desde la ventana, Daiki observaba la interacción con una mezcla de diversión y análisis.
—Bien, Rudy, inténtalo tú.
Rudeus se saltó el conjuro deliberadamente, lanzando una bola de agua ligeramente más pequeña y lenta que la de Roxy.
‹Conteniéndose.
Inteligente.› El árbol cayó con un crack-crack-crack.
—¿Te saltaste el conjuro?
—Sí.
—¿Siempre te saltas el conjuro?
—Siempre…
lo salto.
Desde la ventana, Daiki vio la expresión de Roxy cambiar de sorpresa a fascinación.
Conocía esa mirada.
Era la misma que la gente le había dado en su vida anterior cuando demostraba habilidades “imposibles”.
—…Este chico sí que vale la pena entrenar.
Y entonces vino el grito.
—¡Ahhhh!
Zenith.
El árbol roto.
Daiki cerró su libro y bajó las escaleras con calma.
Llegó justo a tiempo para ver a Roxy recibiendo el regaño, con Rudeus mirando culpable desde un lado.
—¡Señorita Roxy!
¡Le pido que no utilice nuestros árboles como banco de pruebas!
—¿Eh?
¡P-pero eso fue Rudeus quien lo hizo…!
—¡Aunque haya sido Rudy, fue usted quien lo hizo lanzar el hechizo!
Roxy se desplomó mentalmente, derrotada.
Zenith reparó el árbol con magia de sanación y se volvió a meter a la casa, pero no sin antes notar a Daiki parado cerca.
—¿Daiki?
Qué haces aquí, cariño?
—Solo observaba.
—respondió con su tono neutral—.
Quería ver cómo enseña la maestra Roxy.
Entender su metodo antes de mi propia lección.
Zenith sonrió con esa calidez que siempre lo hacía sentir extraño por dentro, acariciando su cabello negro.
—Tu turno será más tarde, después del almuerzo.
Por ahora, deja que Rudy termine su lección.
Y mañana empezarás entrenamiento de espada con tu padre…
Si te lastimas, solo grita, ¿sí?
Tu madre te curará inmediatamente.
Daiki estuvo a punto de mencionar que podía curarse él mismo ahora, que había logrado magia de curación sin conjuro la noche anterior.
Pero se detuvo al ver la expresión de su madre.
—Sí, mamá…
—La voz de Daiki sonó rara, con ese nerviosismo que todavía aparecía automáticamente cuando recibía muestras directas de afecto materno.
No replicó.
Solo asintió.
Zenith le dio un beso en la frente antes de irse, dejándolo ahí parado con las mejillas ligeramente sonrojadas.
Después del almuerzo, una comida animada donde Paul no paraba de hacer preguntas entusiastas sobre la primera lección del dia de mañana, le tocó el turno a Daiki.
Roxy todavía estaba visiblemente afectada por el incidente de la mañana.
Se había sentado en el suelo del jardín, en la sombra de ese mismo árbol que había sido partido dos veces, con expresión derrotada.
Parecía estar a punto de ponerse a escribir espirales de desesperación en la tierra con el dedo.
—Hola.
—La voz tranquila de Daiki la sacó de su espiral mental.
Roxy levantó la vista lentamente.
Daiki estaba parado frente a ella.
—¿Daiki…?
—La clase.
Es mi turno ahora.
—Habló de forma tranquila, casi inexpresiva.
Pero había algo en sus ojos que hizo que Roxy se enderezara automáticamente.
—Ah, sí.
Tienes toda la razón.
—Se puso de pie rápidamente, sacudiéndose el polvo de la túnica—.
Bien, entonces…
supongo que empezaremos igual que con tu hermano.
Primero, déjame ver si puedes— —Puedo.
—interrumpió con calma.
Extendió su mano pequeña hacia adelante.
Una esfera de agua apareció flotando sobre su palma.
Del mismo tamaño exacto que las que Roxy había demostrado esa mañana.
Salió disparada hacia el cielo.
Roxy se quedó congelada, con los ojos muy abiertos.
—Yo…
También me salto los conjuros.
Desde hace meses.
Extendió su mano nuevamente, pero esta vez fue diferente.
Magia de curación.
Nivel principiante, claramente, pero funcional.
Roxy abrió los ojos como platos.
—¿Eso es…?
¿Magia de curación?
¿SIN conjuro?
—Sí.
La aprendí ayer con mamá.
—Daiki dejó que la luz se desvaneciera—.
Todavía es básica.
Nivel principiante según la clasificación estándar.
Pero funciona.
—¿¡AYER!?
—Roxy se llevó las manos a la cabeza, agarrando su cabello azul—.
Espera, espera, espera un momento.
¿Me estás diciendo que aprendiste magia de curación AYER y ya puedes lanzarla sin conjuro HOY?
—Técnicamente fue anoche cuando logré el lanzamiento sin conjuro.
—Daiki corrigió—.
Ayer solo aprendí el conjuro básico.
Roxy abrió la boca.
La cerró.
La volvió a abrir.
No salieron palabras.
—¿Desde…
desde cuándo puedes hacer magia elemental sin conjuro?
—preguntó finalmente, con su cuerpo al borde del colapso.
—Desde que aprendí leyendo el libro.
Hace meses.
—¿Cuánto tiempo llevas practicando regularmente?
—Desde entonces.
Práctica diaria cuando nadie observa.
Roxy se sentó de nuevo en el suelo, pero esta vez no fue por derrota emocional.
Fue por shock puro e incontrolable.
—Dos hermanos.
—murmuró para sí misma, mirando al vacío—.
Dos prodigios absolutos.
Ambos con magia sin conjuro.
Uno de ellos con curación sin conjuro después de un solo día…
—Levantó la vista hacia Daiki—.
¿Qué clase de familia es esta…?
Daiki la observó con expresión neutral, ligeramente inclinando la cabeza.
—Sensei, ¿está bien?
Se ve pálida.
—Aunque ya de por sí era muy palida.
Roxy parpadeó varias veces, procesando.
—¿”Sensei”?
—repitió lentamente—.
¿Qué significa eso?
—Una palabra que mi hermano y yo inventamos.
—explicó Daiki con una excusa que se le acababa de ocurrir—.
Significa “maestro”, pero con un nivel de respeto más profundo.
Para alguien que nos enseña algo verdaderamente importante, no solo información sino sabiduría.
Algo cálido y completamente inesperado atravesó el pecho de Roxy.
Ese niño serio y analítico, que la miraba con ojos demasiado viejos para su rostro, acababa de llamarla con un término especial de respeto.
No “maestra Roxy” como su madre le había instruido cortésmente, sino algo que él y su hermano habían creado específicamente para mostrar respeto genuino hacia quienes consideraban dignos.
Y ella había sido incluida en esa categoría desde el primer momento.
—Ya veo…
—murmuró, sintiendo una pequeña sonrisa formarse en sus labios a pesar del shock—.
Me…
me gusta mucho.
Puedes llamarme así.
—Entendido, Sensei.
Roxy se cubrió la cara con ambas manos, tomando varias respiraciones profundas para procesar todo.
Luego las bajó y miró a Daiki con renovada determinación.
—Bien.
Si tanto tú como tu hermano pueden usar magia sin conjuro a este nivel, entonces mi trabajo aquí es completamente diferente al que anticipaba.
—Se puso de pie—.
No voy a enseñarles lo básico que ya dominan.
Eso sería insultar su inteligencia y desperdiciar tiempo valioso.
Voy a enseñarles control avanzado.
Precisión quirúrgica.
—Entendido.
Agradezco el enfoque apropiado.
—Pero primero…
—Roxy lo miró con seriedad profesional—.
Necesito saber algo importante.
¿Por qué quieres aprender magia si tu padre ya decidió que serás espadachín?
Daiki consideró la pregunta cuidadosamente.
No podía decirle la verdad completa sobre sus vidas pasadas, sobre la muerte, sobre el deseo de nunca más ser impotente.
Pero podía darle algo real.
—Porque la espada tiene límites inherentes.
—respondió con calma—.
La magia también los tiene.
Pero juntas…
—Hizo una pausa, eligiendo las palabras con precisión—.
Juntas pueden cubrir las debilidades fundamentales de cada una.
Un espadachín que no puede atacar a distancia.
Un mago vulnerable en combate cercano.
Roxy parpadeó varias veces.
Esa no era una respuesta que esperaría ni siquiera de un estudiante avanzado de la Universidad, mucho menos de un niño de tres años.
—Ya veo.
—dijo lentamente, reevaluándolo completamente—.
Eres…
muy diferente a tu hermano.
—Somos mellizos.
—Daiki asintió—.
Pero no somos iguales en personalidad ni enfoque.
—Claramente.
—Roxy suspiró, pero esta vez fue un suspiro de aceptación—.
Rudeus es entusiasta y expresivo.
Tú eres…
—buscó las palabras correctas— …metódico.
Analítico.
Bastante educado.
—Mi padre dice que pienso demasiado.
Probablemente tiene razón.
—No.
—Roxy negó con la cabeza—.
Para la magia, pensar demasiado es exactamente lo que necesitas.
La teoría requiere análisis profundo.
—Una pequeña sonrisa apareció en su rostro—.
Creo que vas a ser un estudiante excelente, Daiki.
Algo cálido se movió en el pecho de Daiki.
Reconocimiento genuino.
No por ser “especial” o “diferente”, sino por ser exactamente como era.
—Gracias, Sensei.
—De nada.
—Roxy se acomodó la túnica.
* * * * Esa noche Después de que Zenith los arropara con cuidado maternal, les diera un beso en la frente a cada uno, y cerrara la puerta suavemente, Rudeus y Daiki permanecieron despiertos.
—¿Cómo te fue con Roxy?
—preguntó Rudeus en japonés.
—Le mostré magia sin conjuro inmediatamente.
Se sorprendió.
—¿Le dijiste que practicabas desde hace meses?
—Sí.
Pareció apropiado establecer contexto.
Rudeus soltó una risa suave y divertida.
—Ahora piensa que ambos somos unos prodigios sin precedentes.
—¿Y no lo somos técnicamente?
—preguntó Daiki con un toque sutil de ironía que solo aparecía cuando hablaba con su hermano—.
Tú te desmayabas con solo tres hechizos consecutivos al principio.
Ahora puedes lanzar más de treinta seguidos sin fatigarte.
—Hizo una pausa—.
Aunque debo admitir que ya me superaste por mucho en capacidad total de maná.
Tu reserva es considerablemente mayor que la mía.
En la oscuridad, Rudeus sonrió con un orgullo genuino ante las palabras de reconocimiento de su hermano mayor.
El silencio se instaló entre ellos por un momento, cómodo y familiar.
—Hermano.
—Dijo Daiki finalmente—.
Roxy es genuinamente una buena maestra.
Tiene experiencia real de combate, conocimiento práctico aplicado, no solo teoría de libros.
—Lo sé.
—Rudeus asintió—.
Voy a aprender muchísimo de ella.
Más de lo que jamás podría aprender solo de libros.
—Yo también lo haré.
Su enfoque metodológico complementa bien mi estilo de aprendizaje.
—Pero…
—Rudeus dudó un instante—.
Ten cuidado, hermano.
No reveles demasiado de golpe.
Ya mostraste la magia sin conjuro en el primer día.
Si muestras progreso demasiado rápido o habilidades demasiado avanzadas…
—Demasiado tarde para esa advertencia.
—Daiki suspiró—.
Le mostré que aprendí magia de curación…
también sin conjuro.
En el primer día.
—¡¿QUÉ?!
—Rudeus se incorporó abruptamente en su cama, girando para mirar hacia donde sabía que estaba su hermano—.
¡Te dije que tuvieras cuidado con revelar demasiado!
—Me emocioné demasiado…
Quería demostrar que había entendido el concepto fundamental.
—¡Eso es MUY sospechoso!
—Rudeus lo regañó en voz baja—.
¡Magia de curación sin conjuro después de un solo día!
¿En qué estabas pensando?
—En retrospectiva, no estaba pensando con suficiente cautela.
Rudeus dejó escapar un suspiro largo, dejándose caer de nuevo en su cama.
—Ya está hecho.
No podemos retroceder.
Solo…
intenta no mostrar más “milagros” por un tiempo.
—De acuerdo.
Tendré más cuidado.
Un silencio ligeramente incómodo se instaló entre ellos.
—Hermano…
—¿Sí, Daiki?
—Intenta disimular más tus…
observaciones.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Vi cómo miraste cuando el viento levantó la túnica de Roxy.
—Y-yo…
eso fue…
—Rudeus se sonrojó—.
¡Fue un reflejo involuntario!
—Solo te lo advierto.
—Daiki mantuvo su tono neutral—.
Tenemos cuerpos de niños.
Debemos actuar como tales ante observadores externos.
Ese tipo de…
intereses son característicos de alguien mucho mayor.
Un silencio profundamente incómodo.
—Daiki.
¿Soy un buen hermano?
¿Te hago sentir…
vivo?
¿Como si esta vida valiera la pena?
La pregunta tomó a Daiki completamente por sorpresa.
Se quedó en silencio varios segundos, procesando la vulnerabilidad cruda en la voz de su hermano.
—Por supuesto que sí.
—Respondió sin vacilar.—.
Aún me estoy acostumbrando a todo esto, es cierto.
A tener familia, a ser querido, a todo.
Pero…
se siente bien.
Realmente bien.
Volver a tener una familia que se preocupa.
—Yo pienso exactamente lo mismo.
—Rudeus clavó la mirada en el techo—.
Creí que había perdido todo para siempre.
Que mi vida había terminado en esa habitación oscura y patética.
Pero contigo aquí, en esta nueva vida, me doy cuenta de que aunque la vida quita brutalmente, a veces también devuelve.
E incluso devuelve el doble de bueno de lo que quitó.
—Si te hubiera conocido en aquella vida…
Créeme que habría hecho todo lo posible por romper esa barrera de vacío que me consumió.
Habría querido ayudarte.
No me habría rendido contigo.
—Lo sé.
—Rudeus giró hacia la pared—.
Pero llegaste tarde.
Demasiado tarde para aquella vida.
Hermano mayor.
La ironía amarga de esas palabras dolió de una forma extraña y profunda.
Hermano mayor.
Solo por unos minutos de diferencia al nacer, pero el título se sentía significativo de maneras que ninguno de los dos podía explicar completamente.
Daiki tomó su almohada y se la lanzó con precisión calculada.
Le dio directamente en la cara.
Rudeus soltó una risa entrecortada, limpiándose las lágrimas que no quería mostrar ni siquiera en la oscuridad.
—Ahora a dormir.
—Daiki recuperó su almohada y la acomodó cuidadosamente—.
Mañana debo empezar a entrenar con la espada oficialmente con nuestro padre.
He estado practicando en secreto, ya lo sabes.
Seguro reaccionará de forma similar a como Roxy reaccionó hoy cuando se enteró de nosotros.
—Eso, o hará una gran fiesta celebratoria en honor a su heredero espadachín.
—Rudeus se giró de vuelta—.
Me quitaste una carga que nunca quise llevar.
Siempre te estaré agradecido por eso.
—Lo sé.
—Daiki sonrió—.
Para eso están los hermanos mayores, ¿no?
Cargar con las expectativas pesadas.
Aunque solo sea por unos minutos de diferencia.
—Los mejores minutos de mi vida.
Esos minutos en que nací segundo.
—Buenas noches, hermano menor.
—Buenas noches, hermano mayor.
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