Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction - Capítulo 8
- Inicio
- Todas las novelas
- Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction
- Capítulo 8 - 8 Interludio Aprendiendo a Vivir
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
8: Interludio: Aprendiendo a Vivir 8: Interludio: Aprendiendo a Vivir ¿Cuánto tiempo llevaba en este mundo?
Tres años.
Tres años que, curiosamente, había logrado disfrutar.
Pero había algo que desconocía, una duda que siempre despertaba mi curiosidad: aquí no se celebraban los cumpleaños.
No estaba seguro de si era coincidencia, una tradición local o simplemente el vacío de mi vida anterior persiguiéndome.
Se sentía importante.
En mi otra vida, tras el incendio, a nadie le importaba.
Ni siquiera a mí.
Había demasiados niños y muy poco presupuesto.
El orfanato no celebraba fechas individuales; solo había un pastel comunitario cada tres meses para festejar el «trimestre de los cumpleaños».
Y, sin embargo, cada 14 de octubre el cielo parecía querer recordarme el momento en que dejé de ser LUZ.
La lluvia, puntual cada año en esa fecha, marcaba el único momento en el que realmente podía desahogarme sin tropezar con mis propios pensamientos.
Ahora tenía tres años otra vez.
Habitaba un cuerpo pequeño que a veces se enredaba con sus propios pies y que debía fortalecer desde cero.
En cierto modo, eso me alegraba.
Aún tenía la oportunidad de mejorar por mi cuenta.
Pero la duda persistía.
Si no le daba voz, me ahogaría en ella.
Así que hice lo único que hace un niño cuando ignora cómo funciona el mundo: fui a preguntar.
Una tarea sencilla en teoría, pero difícil en la práctica.
Mi madre estaba en la cocina cortando verduras.
Me acerqué con cautela y me detuve en el umbral, limitándome a observarla.
—Mamá…
La palabra salió torpe, extraña.
Apenas tenía tres años, supuse que era normal.
Aun así, llevaba tiempo diciéndola y todavía se sentía prestada.
Noté que Zenith se sobresaltó ligeramente.
No la culpaba; a veces tiendo a volverme invisible por mi maldita incapacidad para sentir.
Pero entonces se giró y me miró con esa sonrisa que me partía el corazón cada vez que la veía.
Era una sensación que aún no lograba explicar, ni siquiera mediante Análisis.
—Hijo…
¿qué pasa?
No pasaba nada y, a la vez, pasaba todo.
No sabía cómo explicarlo.
—Yo…
—Las palabras se atascaron—.
Me preguntaba si…
si aquí, cada año, la gente celebra el día de su nacimiento.
Intenté sonar infantil y curioso, como un niño de tres años preguntando por el mundo.
Fue más difícil de lo que pensaba.
Dieciocho años de vacío no se borran fácilmente.
—Oh, pequeño.
—Se arrodilló frente a mí—.
Sí, claro que se celebran, aunque desearía que esos días nunca llegaran.
Me levantó con esa inquietante facilidad de las madres, como si yo no pesara nada.
—Hay tres fechas importantes: a los cinco años, a los diez y a los quince, cuando alcanzas oficialmente la mayoría de edad.
¿Entiendes por qué no quiero que lleguen?
—Rio suavemente—.
Quiero poder sostenerte así un poco más.
La escuché y la entendí.
Y aun así, algo dentro de mí dolió.
—Eres mi hijo precioso.
La voz de mi madre resonó de nuevo.
Siempre lo hacía, en los peores momentos o en los mejores.
Ya no distinguía la diferencia.
—¿A los cinco?
—repetí, procesando la información—.
¿Y no se celebra todos los años?
—Bueno, algunos lo hacen, pero las grandes fiestas son esas tres.
—Me dejó en el suelo y me revolvió el cabello—.
¿Por qué lo preguntas, pequeño?
¿Tienes prisa por crecer?
No.
Todo lo contrario.
—Solo…
curiosidad.
Zenith volvió a sus verduras.
—Aún te faltan dos años para tu primera celebración.
No pienses en eso todavía.
Pero yo ya lo estaba haciendo.
Asentí y salí de la cocina.
La noche cayó rápido.
Salí al jardín mientras la oscuridad reclamaba el entorno.
“Si tan solo pudiera empezar de nuevo”.
Esas fue antes del camión.
Antes del impacto.
Antes de que los elementos decidieran salvar a todos menos a mí.
Ahora estaba aquí, sintiéndome a veces indigno, como un impostor en una vida que otro podría haber disfrutado más.
No salvé a esa chica solo por heroísmo; quería salvarme a mí mismo, cerrar el ciclo.
El «fin» en mi programación fue el acto más egoísta posible, y también el más humano.
¿Humano?
Solté un ligero suspiro cargado de ironía.
Cerré los ojos y me dejé llevar por los recuerdos.
Mi último cumpleaños con mis padres.
Tenía ocho años.
Mamá había hecho horas extra durante semanas para comprarme aquel peluche.
Lo sabía porque la escuché hablar con papá una noche, cuando creían que dormía.
«Valdrá la pena», dijo ella.
«Ver su carita cuando lo abra».
Pero al abrirlo, solo vi un juguete feo.
Estaba mal cosido, con un ojo más grande que el otro.
Fingí que me encantaba para no romperle el corazón.
Aún recuerdo su abrazo, feliz de verme feliz, mientras yo sonreía como un mentiroso.
Un año después estaban muertos, y ese peluche deforme ardió con ellos.
Nunca llegué a decirles que, en el fondo, me gustaba.
Lo atesoraba no por lo que era, sino por lo que significaba.
Lo siento.
En mi vida anterior, fui increíble.
Tenía habilidades ajenas al resto.
Veía cosas que cualquier otro tardaría diez veces más en notar.
Podía controlar los cuatro elementos como extensiones de mi voluntad.
Pero nunca fui «yo».
Yo era Análisis.
Aquella cosa pensaba por mí, movía mi cuerpo antes de que pudiera decidir y me convertía en una marioneta de mis propios instintos sobrehumanos.
Aquí es diferente.
Análisis sigue conmigo, pero ya no tiene el control.
Ahora es solo un archivo, una biblioteca silenciosa donde guardo lo que aprendo.
Yo pienso primero, luego él archiva.
No al revés.
Es la diferencia entre que alguien te dé la respuesta o resolver el problema tú mismo y anotarlo para no olvidarlo.
Perdí mi conexión con los elementos.
Al principio, lo lamenté.
Eran mis únicos amigos tras el incendio.
Pero ahora estoy agradecido.
Porque cuando aprendí magia curativa con Zenith, lloré.
Esas lágrimas fueron mías.
El conocimiento se archivó después, sí, pero el logro fue mío.
Por primera vez en décadas, dejé de ser un espectador de mi propia existencia.
«Tienes que vivir, ¿entiendes?
Vivir plenamente, no solo existir».
Papá, lo siento.
En mi vida anterior, solo existí.
Protegí a los débiles como mamá me enseñó, pero olvidé tu promesa.
Olvidé cómo vivir.
Esta vez será diferente.
Esta vez, cuando llegue mi cumpleaños a los cinco años, no fingiré.
No dejaré que el vacío me trague.
Esta vez, cuando Zenith me abrace, le devolveré el abrazo con toda la fuerza de este cuerpo pequeño.
Porque esta vez no me limito a existir.
Estoy viviendo.
O al menos, estoy aprendiendo a hacerlo.
Miré una vez más las extrañas estrellas de este nuevo mundo y, por primera vez en tres años, sonreí.
No fue una sonrisa completa.
Aún tenía grietas y sombras, pero era genuina.
Y eso, por ahora, era suficiente.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com