Mushoku Tensei: Kodama to Koe - Un fanfiction - Capítulo 9
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Capítulo 9: Episodio 4: Graduación y espada
Daiki Greyrat
Tenía solo ocho años cuando perdí a mis padres. Después de ese momento, mi mundo se volvió vacío, y yo me volví con él. De esa vida, la de Hikari, solamente un recuerdo se negó a desaparecer.
Un peluche. Uno que me regaló mi madre a los seis años. Era feo, de felpa barata que raspaba la piel y con dos ojos de plástico sin vida. Y cuando la vi… Ella estaba cansada, tenía una sonrisa que parecía darme el universo entero. Esperaba, casi con desesperación, a que yo fuera feliz. Podía ver en su mirada que se lamentaba por no darme una mejor vida… Así que no tuve el valor de decepcionarla.
Poco después, se fueron… Y con ellos, todos los colores. Los cumpleaños dejaron de existir. Solo se convirtieron en simples marcas en un calendario que ya no me importaba.
Por eso es que morir había sido un alivio para mí. Pero entonces… desperté aquí.
En este lugar, tengo a Paul, que nos alborota el cabello con una torpeza que dice “te quiero”. También a Zenith, cuya sonrisa es capaz de arreglar grietas en mi alma que ni siquiera yo sabía que tenía. Y por último, tengo a Rudeus, mi hermano mellizo, la otra mitad de mi frecuencia en este mundo. Él me entiende más que nadie. Ambos fuimos dos japoneses que murieron bajo las ruedas de un camión.
2 años después
Y con eso, llegamos a cumplir cinco años. Por primera vez desde que estuve en este mundo, bajé con entusiasmo las escaleras.
Lo primero que nos golpeó fue el pan recién horneado. Carne sazonada… La mesa era imposible. Había panecillos dorados, frutas, quesos apilados en una torre generosa y una fuente de carne que olía a hierbas.
Para los nobles de verdad, esto sería una simpleza, una comida de campo. Pero esto era distinto. Mi madre se levantó desde antes del amanecer para poder preparar esto. Seguro que también era Paul, posiblemente robando trozos de comida mientras ella lo espantaba de la cocina.
Después de comer todo con gusto, Paul decidió hablar.
—Es el momento de los regalos. Aquí, cuando un niño cumple cinco años, recibe algo especial de su familia. Es una tradición que marca el paso de la infancia temprana a… bueno, a la infancia un poco menos temprana.
Sonrió con esa picardía suya y fue a buscar algo que había dejado preparado en la otra habitación. Regresó sosteniendo dos objetos envueltos en tela.
—Daiki… Durante estos dos años has demostrado una dedicación, una disciplina y una pasión por la espada que rara vez veo en adultos. Incluso más que en mí mismo. Te lo has ganado, hijo.
Desenvolvió la tela, revelando que había dos espadas. Una era de madera, un poco más corta y ligera que la que usaba habitualmente en las prácticas. Estaba hecha a mi medida, con mejor balance y un acabado profesional.
Pero la segunda… era una espada real.
No era grande, de hecho, estaba diseñada para un niño de cinco años. La empuñadura estaba envuelta en cuero de buena calidad, y el pomo tenía grabado el emblema de la familia Greyrat.
—Padre, esto es… no puedo…
—¿Creerlo? Vamos, hijo… —me interrumpió—. Es una espada auténtica. Con filo real. Esto no es un juguete, Daiki. Es un arma.
—Lo sé. La cuidaré… Prometo respetarla.
Mi padre sonrió con orgullo y me las entregó. Extendí las manos y tomé primero la de madera.
—El balance es completamente diferente… mucho más refinado —murmuré, tanteando el peso—. El punto de equilibrio está justo… aquí. Es perfecto.
Dejé la espada de madera sobre la mesa con reverencia y, con ese mismo cuidado, tomé la de acero. El metal estaba frío, pesado, real.
Me levanté de la silla y ejecuté un corte vertical al aire. El sonido fue limpio, un silbido agudo y peligroso.
—El centro de gravedad está desplazado hacia adelante… —comencé a analizar en voz alta, perdiendo la noción del entorno—. Hacia el tercio superior de la hoja. Esto cambia completamente la dinámica del movimiento. Requerirá mucha más fuerza de muñeca para compensar, sobre todo en los cortes ascendentes, pero la inercia generada permitirá…
—Daiki.
Parpadeé, saliendo de mi trance. Al hacerlo, me di cuenta de que todos seguían ahí, mirándome fijamente.
—¿Sí, padre?
Tenía una expresión extraña en el rostro. Diversión, tal vez. Orgullo, definitivamente.
—¿Te gusta?
Sonreí de una forma que debió verse patética; simplemente no pude evitarlo.
—¿Qué si me gusta? Padre, es… es el mejor regalo del mundo. Es increíble. Yo…
Por un momento, casi me quedo sin palabras.
—Muchas gracias, padre. De verdad.
—De nada, hijo. Te lo has ganado.
Me giré hacia mi madre, buscando compartir esto con ella también.
—¿Puedo mostrártelo, mamá?
—Por supuesto, cariño. Ven aquí.
Padre se puso de pie.
—Ahora bien, la espada conlleva una gran responsabilidad. Un hombre debe llevar siempre una espada en su corazón. No para agredir, sino para proteger. Debes estar preparado para defender a aquellos que amas. Algún día habrá personas que dependan de ti, y tu deber será…
—Paul —lo interrumpió Zenith.
—¿Qué? ¡Es importante que entienda…!
—Tiene cinco años. Puedes darle el sermón del “honor del espadachín” cuando tenga al menos diez.
—Nunca es demasiado pronto para…
—Paul.
Mi padre se detuvo en seco. Miró a mi madre, y ella le devolvió la mirada con una expresión que decía “esta batalla ya la perdiste antes de empezar”.
—Está bien, está bien —suspiró—. La versión corta: guárdala cuando no la uses, no juegues con ella como si fuera un palo y, si alguna vez la desenvainas contra alguien, asegúrate de que sea por una razón que valga la pena. ¿Entendido?
—Lo entiendo. Una espada no es un juguete. Es una herramienta, y como toda herramienta, requiere respeto y propósito.
Paul parpadeó, sorprendido.
—Exactamente. ¿De dónde sacaste eso?
—De ti. Lo dijiste hace unos seis meses, durante un entrenamiento.
Paul intercambió una mirada con mi madre. Ella se encogió de hombros con una sonrisa.
Luego, llegó el turno de Rudeus.
Observé cómo Paul desenvolvía otra espada. Era similar a la mía en diseño, aunque con detalles ligeramente distintos. Se la ofreció a mi hermano con un gesto solemne.
—Rudy, sé que tu corazón pertenece a la magia, no a la espada. No espero que sigas el mismo camino que tu hermano, pero todo hombre debe saber, al menos, cómo defenderse en un combate cuerpo a cuerpo.
Rudeus tomó la espada con ambas manos, moviéndola con un poco de dificultad.
—Es más pesada de lo que esperaba.
—El acero real siempre lo es.
—Gracias, padre. La cuidaré.
—Sé que lo harás. —Paul le revolvió el cabello—. Ahora, su madre tiene algo para ambos.
Zenith se adelantó sosteniendo dos libros.
—Daiki. —Me entregó el primero—. Sé que te has interesado en la curación desde hace tiempo. Este es un compendio sobre Magia de Curación y Desintoxicación, abarca desde el nivel básico hasta el avanzado… Pensé que podría ayudarte.
Tomé el libro, analizándolo.
—Mamá… esto debió costar una fortuna.
—Los libros son caros, es cierto. —Ella me acarició la mejilla—. Pero cuando se trata de la educación de mis hijos, ningún precio es demasiado alto.
—¡Es perfecto! ¡Gracias! —Dije con un entusiasmo que ni yo creía tener.
Cuando ella me abrazó, le devolví el abrazo y sentí algo húmedo en mi cabello. Cuando nos separamos, vi que sus ojos brillaban.
—¿Estás llorando? ¿Te lastimé?
—Son lágrimas de felicidad, cariño. —Me acarició la cara con una sonrisa temblorosa—. Muy felices.
Paul soltó un bufido fingido.
—¿A ella la abrazas y a tu padre no? ¡Pequeño bribón!
Zenith, en respuesta, me estrechó aún más fuerte contra su pecho, mientras le lanzaba una mirada desafiante y divertida a mi padre.
—¡Está bien, está bien… perdí! —exclamó Paul, levantando las manos en señal de rendición.
Satisfecha con su victoria, se separó del abrazo y se acercó a Rudeus.
—Y para ti, Rudy. —Le entregó el segundo libro, que era notablemente más grueso—. Una enciclopedia botánica. Sé cuánto te gusta estudiar y aprender sobre el mundo. Está repleta de ilustraciones y explicaciones sobre la flora de todo el continente.
—¡Ohh! —exclamó, pasando las páginas con avidez—. Madre, esto es… mira estas ilustraciones. Son increíblemente detalladas. Y las descripciones sobre las propiedades mágicas y medicinales…
Se perdió en la lectura, antes de recordar dónde estaba y cerrar el libro de golpe.
—Muchas gracias, madre. Era justo lo que quería.
Zenith lo abrazó derramando lágrimas también sobre su cabello, tal como había hecho conmigo.
—Me alegro, cariño.
Y ahora, llegó el turno de Roxy.
Ella se adelantó sosteniendo dos varitas mágicas. Eran sencillas, de unos treinta centímetros de longitud, pero se notaba que estaban elaboradas con esmero. La de Rudeus tenía una piedra azul incrustada en la punta, mientras que la mía portaba una de un rojo intenso.
—Las hice ayer por la noche —explicó Roxy—. Como su Shishou, es mi deber entregar un báculo a los discípulos que han dominado la magia elemental de nivel principiante.
Hizo una pausa y desvió la mirada, rascándose la mejilla en un gesto de disculpa.
—Perdón por el descuido. Como ambos usan magia sin conjuros desde el principio, pasé por alto esta tradición. Generalmente, un mago necesita la varita para aprender, no después.
Se notaba que era una costumbre sagrada en la comunidad de magos. Roxy, quien al principio se había mostrado reacia a aceptar el título de maestra, evidentemente no se sentía cómoda ignorando un rito tan importante para su gremio.
Ambos recibimos las varitas con gratitud, prometiendo cuidarlas como tesoros.
–
Perspectiva: Paul y Zenith Greyrat
Esa noche, luego de que los niños ya dormían, Paul y Zenith se retiraron a su habitación.
—Fue un buen día. —Paul se dejó caer en la cama y se estiró un poco.
—Daiki estaba tan feliz… Cuando recibió la espada, sus ojos… brillaban con una intensidad que pocas veces le he visto.
—Ese niño tiene el alma de un verdadero espadachín… —Infló el pecho—. En solo dos años ha progresado a un ritmo aterrador.
—¿Crees que fue buena idea dársela tan joven?
—Él no es como otros niños de cinco años, mi amor… Tiene una disciplina y una madurez que… bueno, que a mí me faltan incluso ahora. Además, estará supervisado. No es como si fuera a irse de aventuras mañana mismo.
Se recostó de nuevo, mirando al techo con una sonrisa nostálgica.
—Tiene un potencial inmenso… mucho más del que yo tenía a su edad.
—Y Rudeus con sus libros y su magia… Es tan diferente de Daiki, pero igual de especial.
—Tenemos unos hijos increíbles —murmuró Paul, rodeándole la cintura con el brazo—. Son el día y la noche, sí. Pero ambos son extraordinarios a su manera.
Zenith se acurrucó contra su esposo, sintiéndose completa.
Sus dos hijos, cada uno con su propio camino, pero ambos brillando con luz propia.
Y aquel cumpleaños, tan perfecto en todos los sentidos, se convirtió en la excusa ideal para dejarse llevar, una vez más, por la calidez de la noche.
La intención era dormir, pero Paul no estaba listo para terminar la celebración. Se inclinó sobre ella y besó su cuello, buscando ese punto exacto que sabía que la haría estremecer.
Entre risas y jadeos, ella intentó fingir molestia, aunque sus manos ya lo buscaban.
—E-eres imposible, Greyrat…
–
Daiki Greyrat
Sabía que, a partir de mañana, el entrenamiento cambiaría drásticamente. Ya no era aquel niño de tres años que luchaba torpemente con los ataques básicos hasta desplomarse por el agotamiento.
Ahora, con dos años de fundamentos sólidos grabados a fuego en mi memoria muscular y sumados a la experiencia marcial de mi vida pasada, estaba preparado.
La prueba de ello descansaba junto a mi cama: mi nueva espada de acero. Mamá casi soltó un grito al verla tan cerca. Aun cuando esté en su funda, estaba convencida de que me rebanaría un pie si bajaba de la cama con torpeza. Tuve que prometerle mil veces que tendría cuidado para que se calmara, pero más allá de eso, me permitieron conservarla. Era un “medio de defensa en caso de ataque”, lo cual la convenció.
Dejando de lado esas preocupaciones, lo importante era la decisión de Paul. Había llegado el momento de enseñarme la verdadera esgrima de este mundo. Aunque tenía experiencia previa gracias al Kendo y otras artes marciales, lo que Paul mencionó era distinto. Habló de tres escuelas principales: el Estilo del Dios de la Espada, el Dios del Agua y el Dios del Norte.
Podía deducir la naturaleza de los dos primeros. El Dios de la Espada sugería ataque puro, agresividad y velocidad. El Dios del Agua evocaba fluidez, desvío y defensa. Pero el Dios del Norte… de ese no tenía ni la menor idea. Era una incógnita total.
—En este mundo existen tres estilos principales de combate con espada. Ya te mencioné sus nombres antes, de pasada, pero ahora es momento de que entiendas qué significan realmente. Qué representan.
Me posicioné frente a él en el patio de entrenamiento. A unos metros de distancia, Rudeus observaba junto a Roxy.
—El Estilo del Dios de la Espada —Paul levantó un dedo— se basa en la ofensiva absoluta. Golpear primero, golpear rápido, golpear con intención letal. La defensa es secundaria, casi irrelevante. La filosofía es simple: si acabas con el enemigo en el primer movimiento, no necesitas defenderte. Es presión constante hasta la victoria.
—El Estilo del Dios del Agua —levantó un segundo dedo— es su opuesto perfecto. Defensa total. Desvíos, paradas, contraataques precisos. Se trata de usar la fuerza del enemigo contra él mismo, fluyendo como el agua alrededor de una roca. Los maestros de este estilo pueden defenderse de cualquier cosa: espadas, magia, flechas… es el estilo por excelencia de los guardias reales y los protectores.
Paul hizo una pausa. Estuvo a punto de levantar un tercer dedo, pero este se quedó a medio camino, flácido, mientras una mueca de desagrado cruzaba su rostro.
—Y el Estilo del Dios del Norte… eso no es esgrima real. No en el sentido tradicional. Es pelear sucio con una espada. Adaptación constante, trucos psicológicos, engaños. Arrojar tierra a los ojos, fingir una lesión para emboscar, usar el entorno… Es útil para mercenarios y aventureros que solo quieren sobrevivir, supongo, pero carece del honor y la elegancia de los otros dos.
Se rascó la nuca y añadió en voz más baja:
—Aunque… debo admitir que es efectivo. Y sirve para impresionar chicas en los bares, a veces…
Tosió y recuperó la seriedad al notar que Zenith lo miraba.
—Tú aprenderás el Estilo del Dios de la Espada como tu fundamento. Es el que mejor conozco y el que puedo enseñarte apropiadamente. Pero también te instruiré en el Estilo del Dios del Agua. Ataque y defensa. Esos serán tus dos pilares. No puedes ser un maestro si eres unidimensional. ¿Entendido?
—Sí, padre. Entendí perfectamente…
Así que eso era el Estilo del Dios del Norte. Aunque él lo descartara con tanto asco, tuve que admitir que sonaba muy efectivo. Ante enemigos más fuertes, más rápidos o en situaciones de vida o muerte, el “honor del espadachín” me daría igual si el precio a pagar fuera la vida de mi familia. Si arrojar tierra a los ojos significa que Rudeus o mamá sobrevivan… Lo haría.
—Bien —asintió Paul, satisfecho, sacándome de mis pensamientos—. Ahora, muéstrame tu postura básica del Estilo del Dios de la Espada. Todo lo que has aprendido hasta ahora. Sin prisas, quiero ver una forma perfecta.
Me paré en frente tomando mi espada de entrenamiento y comencé:
Corte vertical desde la guardia alta. Horizontal a media altura, rotando las caderas. Diagonal ascendente, el peso fluyendo de atrás hacia adelante. Cambio de guardia, pies deslizándose sobre la tierra compactada. Estocada directa.
Cuando terminé, regresando a la posición inicial, noté que Paul tenía una expresión extraña.
—¿Qué pasa?
—Tu forma es… —se detuvo, buscando las palabras— casi perfecta para tu edad. No, olvida eso. Es… perfecta, incluso para aprendices mayores que tú. —Entrecerró los ojos—. Has estado practicando más de lo que pensaba, ¿verdad? Más allá de nuestras sesiones oficiales.
—Cada noche y antes de dormir, repasaba los movimientos en mi mente. Y a veces, cuando todos dormían… salía al patio y practicaba solo bajo la luna.
Paul soltó una carcajada, lo que podía confirmar que estaba orgulloso. Parte de mí esperaba un regaño por desobedecer los horarios de sueño, pero este nunca llegó.
—Mocoso obsesionado… —Negó con la cabeza—. Bien. Si ya dominas los fundamentos a este nivel, no tiene sentido retenerte. Es hora de enseñarte lo verdaderamente importante. Lo que separa a un espadachín simplemente competente de un auténtico maestro.
Se alejó varios pasos hacia el área donde teníamos los maniquíes de práctica.
—La esgrima en este mundo no es simplemente blandir un palo de metal. Los verdaderos maestros, aquellos que alcanzan los rangos avanzados, pueden partir rocas con un solo corte. Pueden moverse más rápido de lo que el ojo humano común puede seguir.
—¿Cómo? —pregunté, frunciendo el ceño—. ¿Cómo es eso físicamente posible? La fuerza muscular y la resistencia de los materiales tienen un límite…
—Así.
Paul se plantó frente al maniquí.
Por un instante, se quedó completamente inmóvil.
Y luego… simplemente ocurrió.
Lo que hizo fue un movimiento explosivo, demasiado rápido para seguir. Y luego, el maniquí simplemente se partió en dos y cayó a los lados.
—¿Cómo…? —Tragué saliva—. ¿Cómo hiciste eso? Eso no fue solo fuerza bruta. Es físicamente imposible generar esa velocidad y corte solo con músculos.
—Bueno… das un paso firme, concentras tu fuerza y ¡zan! —hizo un gesto vago con la mano—. Ese es el truco, más o menos.
—¿”Más o menos”? Padre, acabas de cortar un tronco de madera con una espada de entrenamiento… que también es de madera. Tiene que haber algo más que simplemente “dar un paso firme”.
—Pones fuerza en las caderas, no en los brazos. Concentras tu energía en el punto de impacto. No es tan complicado una vez que le agarras el truco después de… ya sabes, años de práctica.
No me estaba comprando esa explicación.
—Padre, estás usando maná, ¿verdad?
—¿Maná? No, no soy mago. Es solo técnica apropiada y años de—
—Es maná. Tiene que serlo. No hay forma física de partir madera tratada así. La física básica no lo permite.
—Sinceramente… no lo sé. Nunca lo he pensado en esos términos. Solo… lo hago. Siempre lo he hecho desde que alcancé cierto nivel. Cuando entrenas lo suficiente, repites los movimientos miles de veces, tu cuerpo aprende a hacerlo solo.
Una idea comenzó a formarse en mi mente. Si realmente era maná, si el refuerzo corporal era la base de las técnicas avanzadas de esgrima…
—¿Puedo intentarlo?
Ni siquiera esperé a su respuesta, ya me acerqué hacia la roca que sobresalía en el jardín.
—Puedes intentarlo, claro… pero usualmente toma años antes de que alguien logre su primer corte de forma apropiada… Incluso los estudiantes talentosos tardan meses de práctica dedicada en…
No escuché el resto.
Cerré los ojos, intentando bloquear todas las distracciones externas. Dentro de mi mente, visualicé el flujo de maná en mi interior. Roxy me enseñó a sentirlo, a dirigirlo con mi voluntad. Eso siempre había sido de forma externa.
¿Pero internamente?, pensé. ¿Y si lo dirijo a través de mi propio cuerpo?
«Evita empujarlo hacia afuera. Llévalo a través de tus músculos. Refuerza las fibras. Fortalece los huesos. Hazlo fluir por tus brazos, hacia tus manos y, de ahí, hacia la espada».
Eran las órdenes que me daba para intentar imitar lo que mi padre había hecho. Primitivo bajo mi análisis, pero más cerca de la lejanía.
Y al abrir los ojos, lo único que podía vislumbrar era la roca y mi espada.
Levanté mi espada por encima de mi cabeza y, reuniendo toda la fuerza que este pequeño cuerpo me permitía, la dejé caer de golpe, cerrando los párpados justo antes del impacto.
Cuando volví a mirar, noté que la roca no se había partido en dos. Tampoco esperaba que lo hiciera. Sin embargo… había una grieta profunda que abarcaba gran parte del diámetro de la roca.
Era un corte mucho más profundo de lo que un niño de cinco años debería ser capaz de hacer.
—¿Qué…? ¿Qué demonios acabas de hacer?
—Refuerzo de maná. Visualicé el flujo de energía, lo dirigí a través de mi cuerpo hacia la espada y corté.
—Daiki… Eso que acabas de hacer… la mayoría de los espadachines tardan años en lograrlo. Años de entrenamiento dedicado, de fallar una y otra vez hasta que finalmente algo hace clic. Y algunos nunca lo logran conscientemente… Para ellos siempre permanece como un instinto vago, algo que no pueden controlar o activar a voluntad.
—No fue perfecto. Apenas hice una grieta. Tú partiste un maniquí completo.
Paul se arrodilló para estar a mi altura, poniendo sus manos en mis hombros.
—Escúchame bien. Lo que acabas de hacer no es normal. Algunos de los mejores espadachines que conozco no podrían explicar cómo refuerzan sus ataques ni aunque les fuera la vida en ello.
—¿Es… es algo malo?
—¿Malo? —Paul soltó una carcajada—. ¡Es extraordinario! ¡Es jodidamente increíble!
Me levantó del suelo en un abrazo repentino.
—¡Mi hijo es un prodigio!
Rudeus se acercó junto a una Roxy llena de curiosidad, que ya estaba anotando cosas frenéticamente en su diario. Rudy, en cambio, usó mi hombro como apoyabrazos, tal como solía hacer siempre que algo le intrigaba.
—Más te vale enseñarme eso… —dijo—. Es interesante. Una magia que desconocía.
—Luego de las clases, con gusto lo intentaré.
—
Los siguientes días habían sido intensos, de una manera que hacía que el entrenamiento anterior pareciera apenas la introducción vaga de un libro barato.
Paul ajustó completamente mi régimen. Ahora no solo practicaba formas, posturas y combates simulados, sino que dedicaba un tiempo específico cada día a canalizar maná mientras ejecutaba técnicas de espada.
El agotamiento era algo completamente distinto.
Fatigar los músculos hasta que ardían era una cosa. Pero vaciar tu reserva de maná mientras exigías una precisión física máxima era otra historia.
Al final de cada sesión, me desplomaba en el césped del jardín, exhausto.
Pero progresaba.
Lentamente, semana tras semana, el «refuerzo» se volvió una parte más natural de mí.
—El truco final —me explicó Paul durante una sesión particularmente dura— es que no pienses en ello como dos cosas separadas. No es «ejecutar el corte» más «reforzar con maná». Es, simplemente, «cortar de verdad».
Tenía sentido… Básicamente, era como aprender a andar en bicicleta, al principio piensas en cada aspecto. Pero eventualmente dejas de pensar y simplemente andas.
—Daiki, debo preguntarte algo importante. ¿Realmente amas tanto la espada como la magia? ¿O simplemente te estás forzando porque crees que debes dominar ambas? Porque este camino que estás tomando… es exponencialmente más difícil que especializarte en solo una —había dicho Roxy en una de sus sesiones.
La pregunta me sorprendió.
¿Las amaba? ¿O solo seguía un patrón porque era lo esperado?
—Sí. La espada me hace sentir vivo. Anclado al momento físico de una forma que nada más logra. La magia me hace sentir… poderoso. Son completamente diferentes, pero ambas me completan de formas que no puedo explicar.
—Entonces continuaremos. Pero quiero enseñarte algo específico para alguien que camina tu sendero particular.
Durante las siguientes semanas, me mostró técnicas de magia de batalla que nunca había mencionado antes. Conjuros rápidos que podían lanzarse con una sola mano mientras la otra sostenía una espada.
—Un verdadero mago-espadachín no usa magia y espada por separado, alternando entre ellas.
Era exactamente lo que necesitaba escuchar. La confirmación de que el camino que había elegido, aunque difícil, era posible.
Y estaba decidido a recorrerlo hasta donde pudiera llegar.
Fue por esos días, justo cuando empezaba a dar mis primeros pasos en la esgrima bajo la tutela de Paul, que las lecciones de magia con Roxy comenzaron a tornarse considerablemente más técnicas y prácticas.
—¿Qué sucede si lanzas Cascada, luego Isla Geotérmica, y después Campo Gélido, en ese orden? —preguntó Roxy.
—Se forma niebla.
—Correcto. Entonces, ¿cómo dispersarías esa niebla?
—Volvería a usar Isla Geotérmica para calentar el suelo.
—Exacto. Inténtalo.
Rudeus lo intentó.
—Esto se llama magia combinada —explicó Roxy, dirigiéndose principalmente a Rudeus—. Se trata de provocar un fenómeno natural al combinar distintos tipos de magia en una secuencia precisa.
—Por ejemplo —continuó Roxy—, en los grimorios aparece magia para hacer llover, pero curiosamente no hay ningún hechizo registrado para generar niebla directamente. Así que los magos antiguos recurrieron a combinar diferentes hechizos para reproducir ese fenómeno natural.
Terminé mi conjunto de cortes y me acerqué, todavía con la espada de madera en mano. La magia combinada sonaba útil, especialmente para alguien como yo que buscaba integrar magia y combate físico.
—La comprensión de los fenómenos naturales no es muy desarrollada. En ese sentido, la magia combinada está llena del ingenio y la creatividad de los magos de antaño.
—Sensei —interrumpí, apoyando mi espada contra mi hombro—, ¿eso significa que técnicamente podrías crear casi cualquier fenómeno natural si entiendes cómo funciona?
Roxy me miró, y por un momento pareció considerar cuidadosamente su respuesta.
—La magia puede hacer muchas cosas, sí. —Cerró los ojos—. Pero no debes sobreestimarla, Daiki. Solo actúa con calma, haciendo lo que puedes hacer y lo que debes hacer. No todo es posible, y no todo es prudente.
—Además —añadió, cruzándose de brazos y mirándome—, si vas por ahí diciendo que puedes hacer de todo, terminarás recibiendo encargos de cosas que ni siquiera puedes hacer.
—¿Lo dice por experiencia propia, Sensei? —preguntó Rudeus.
—Así es. —Roxy suspiró—. Tendré que tener más cuidado con lo que prometo en el futuro.
—¿Pero realmente hay gente que le encarga tantas cosas a un mago? —preguntó de nuevo Rudeus.
—Claro. No es que haya tantos magos de rango Avanzado. —Roxy levantó un dedo—. Aproximadamente, una de cada veinte personas es capaz de combatir. De esas, solo una de cada veinte es maga. Es decir, un mago por cada cuatrocientas personas.
—Pero los que han estudiado adecuadamente hasta terminar la escuela de magia, es decir, los de rango Avanzado, son uno de cada cien magos. Eso significa que un mago de rango Avanzado es uno de cada cuarenta mil personas.
Silbé bajito. Eso era considerablemente raro.
—Y si, además, pueden usar magia combinada junto con hechizos de rango Medio y Avanzado, sus capacidades se multiplican exponencialmente. Por eso son tan solicitados en diversos campos. Incluso para ejercer como tutores particulares se requiere tener como mínimo ese rango.
Rudeus se adelantó con otra pregunta, claramente tan interesado como yo.
—¿Y cuál es la mejor universidad?
—Sin duda, la Universidad Mágica de Ranoa. Cuenta con excelentes instalaciones y profesores. Puedes recibir clases modernas y de alto nivel que no aprenderías en otras escuelas.
—¿Usted también se graduó de allí? —preguntó Rudeus.
—Así es. Aunque… como las escuelas de magia suelen ser muy elitistas, yo, siendo de la raza demoníaca, solo pude ingresar en la Universidad Mágica. En otros lugares, basta con no ser Humano para que te rechacen en la fase de selección.
Fruncí el ceño. La discriminación era algo que me molestaba profundamente.
—Pero la Universidad Mágica de Ranoa no tiene esos prejuicios absurdos… Mientras la teoría sea correcta, no te rechazan solo por ser excéntrica o de otra raza. Además, al aceptar diversas razas, se ha avanzado enormemente en el estudio de formas de magia propias de cada una. Si deciden dedicarse a la magia, les recomiendo encarecidamente que consideren ir a esa universidad.
Intercambié una mirada con Rudeus.
—Aún es muy pronto para decidir eso, ¿no cree?
—Para ti, Rudy, sí… Pero ya queda poco que pueda enseñarte. Como te estás acercando a la graduación, creo que es buen momento para hablar de esto.
—¿Graduación?
—El examen de graduación será fuera de la aldea. Ya tengo preparado un caballo para ir.
Vi cómo Rudeus se puso recto. Conocía esa reacción… entendía perfectamente por qué la idea de salir lo aterrorizaba.
—¿Afuera…?
—Sí, fuera de la aldea —lo miró con curiosidad—. ¿Hay algún problema?
—¿No podríamos hacerlo dentro de casa…?
—No podemos.
—¿No… no podemos…?
Roxy pareció malinterpretar su vacilación.
—¿Te pasa algo?
—Es que… puede que haya monstruos fuera… —Rudeus buscaba excusas desesperadamente.
—Mientras no nos acerquemos al bosque, es muy raro toparse con alguno en esta zona. Y aunque pase, son débiles. Hasta yo puedo derrotarlos sola sin problema. Es más, creo que tú también podrías con ellos, Rudy.
Rudeus no respondió. Solo miraba hacia algún punto indefinido en la distancia.
—Ah, ahora que recuerdo… Rudy, nunca has salido de casa, ¿verdad?
—No… —admitió en voz baja.
—Ya veo… ¿Entonces, lo que te da miedo… es el caballo?
—¡N-no es que me den miedo los caballos!
—Fufu. Me alegra oírlo. Veo que, en parte, eres tan infantil como corresponde a tu edad. Eso es un alivio.
Antes de que Rudeus pudiera protestar más, Roxy lo levantó sobre su hombro con sorprendente fuerza para su tamaño.
—¡¿Waaah?!
—Una vez que estés montado, verás que ya no da tanto miedo.
—Espera, Sensei —intervine—. ¿Me dejas hablar con mi hermano un momento? A solas, por favor.
—Claro. Tomaré un descanso de todos modos. —Bajó a Rudeus con cuidado y se dirigió hacia la casa—. Aprovecharé para comer algo. Tengo hambre después de preparar todo.
Una vez que estuvo lo suficientemente lejos, me giré hacia Rudeus.
—Rudy. —Puse una mano en su hombro, hablando en japonés—. Sé exactamente lo que está pasando.
Rudeus me miró, pero no dijo nada.
—Sé por qué nunca has salido de casa… Recuerdo todo lo que me contaste.
—Es patético, ¿verdad?
—No. No lo es. Pero escúchame bien.
—…Está bien, te escucho.
—Es solo un paseo con Roxy. Ella te protegerá, y honestamente, dudo que encuentren a alguien más allá de algunos aldeanos aburridos… Pero si cuando vuelvas, alguien, quien sea, te molestó o te hizo sentir mal… dímelo. Solo dime quién fue.
—¿Y qué harás?
—Lo que sea necesario. Nadie va a hacerte sentir como en tu vida pasada. No mientras yo esté aquí. ¿Entendido?
Rudeus asintió.
—Entendido.
—Bien. Ahora ve y muéstrale a nuestra Sensei de qué estás hecho. Y trata de no hacer nada demasiado loco.
Eso arrancó una pequeña risa de Rudeus.
—Sin promesas.
Y así se fueron.
Una vez que ya no podía verlos, decidí entrar de nuevo en casa.
—¿No fuiste con ellos? —preguntó Zenith desde la cocina, donde preparaba algo que olía delicioso.
—Es el examen de Rudeus, no el mío. —Me senté a la mesa—. Además, ya tengo mi propio entrenamiento pendiente con padre.
—Paul está durmiendo la siesta —Zenith rio—. Dijo algo sobre necesitar energía para la sesión de la tarde.
—O sea, que se quedó dormido en el sofá.
—Exactamente.
—
Pasé las siguientes horas practicando formas básicas en el patio, repasando una y otra vez los movimientos que Paul me había enseñado. Justo cuando me disponía a ejecutar el último ataque, escuché el sonido de los cascos del caballo de mi padre.
Dejé la espada de madera a un lado y salí al frente de la casa, coincidiendo con el regreso de Roxy y Rudeus. Al verlos, parpadeé sorprendido. Ambos estaban completamente empapados, como si acabaran de salir de debajo de una cascada.
—¿Qué demonios les pasó? —pregunté.
—Examen de graduación exitoso. —Roxy desmontó con una expresión entre orgullosa y exhausta—. Tu hermano es oficialmente un Mago de Agua de rango Santo.
—¿En serio?
—Sí. —Rudeus bajó del caballo también—. Fue… intenso.
—Apuesto a que sí —le sonreí.
Zenith salió de la casa en ese preciso momento, interrumpiendo el momento sentimental.
—¡Por todos los cielos! ¡Están empapados! —Corrió hacia ellos con su habitual expresión de madre preocupada—. Van a pescar un resfriado. Adentro, los dos. Ahora. Necesitan secarse y cambiarse inmediatamente.
—Sí, madre —Rudeus se dejó arrastrar hacia el interior mientras se despedía de mí.
Roxy lo siguió, tiritando levemente y murmurando algo sobre necesitar toallas calientes.
Justo entonces, Paul apareció, bostezando ruidosamente y rascándose el estómago.
—¿Qué me perdí?
—Rudeus aprobó su examen de graduación. Es oficialmente un Mago de rango Santo ahora.
Paul silbó.
—Ese mocoso… —negó con la cabeza, incapaz de ocultar una sonrisa de orgullo—. Supongo que ahora tengo que esforzarme más para no quedarme atrás como padre.
—Probablemente.
—¿Y tú? —Paul clavó su vista en mí—. ¿Listo para entrenar?
—Siempre.
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