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N.T.R. RWBY - Capítulo 18

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Capítulo 18: Profesor part 2

—Gracias… Gracias por dejarme cargarlo… —dijo Yang, con la voz quebrada.

Ruby se apartó de la puerta, sintiendo que el corazón le golpeaba el pecho como si quisiera escapar. No supo cuánto tiempo estuvo caminando sin rumbo, bajando escaleras y cruzando pasillos que parecían infinitos. No recordaba si lloró. Solo sabía que tenía que volver a su habitación.

Cuando por fin llegó, se dejó caer en la cama. No se quitó las botas ni la capa. No se cambió. Solo se arrojó de cara a las sábanas y se escondió bajo su manta, como si pudiera protegerse del recuerdo con un simple pedazo de tela.

Todo su cuerpo temblaba. Pero no dijo nada.

Horas después, escuchó la puerta abrirse con un chirrido suave. Contuvo la respiración.

Los pasos eran conocidos. Vacilantes. Lentos.

—Ruby… —susurró la voz de su hermana.

Ruby no respondió. Se quedó muy quieta.

Yang se tambaleó por la habitación como si hubiera corrido una maratón. El manto blanco que llevaba estaba arrugado, y en el silencio de la noche Ruby creyó oír un leve goteo, algo espeso y lento. No se atrevió a mirar.

—Estoy… tan feliz… —murmuró Yang, dejando caer su cuerpo en la cama.

Ruby la sintió acostarse de espaldas, a solo unos pasos. El colchón crujió. El aire olía diferente, como a incienso quemado y algo más, algo metálico y dulce, como óxido con flores marchitas.

Pasaron minutos. O quizás horas.

Ruby no sabía si estaba despierta o soñando.

—¿Rubes…? —dijo Yang de repente, con voz lejana.

Ruby apretó los ojos y fingió dormir.

—¿Alguna vez… has sentido algo crecer dentro de ti? Como una luz… como un fuego…

No hubo respuesta. Ruby no podía hablar. El miedo le había robado las palabras.

—Yo sí… —susurró Yang—. Ya no necesito soñar. Él me mostró las estrellas verdaderas. Y me eligió…

Ruby deseó no haber escuchado nada.

Finalmente, los suspiros de Yang se convirtieron en una respiración lenta, regular.

Se durmió.

Ruby no.

Ruby no durmió esa noche. Permaneció despierta bajo su manta, escuchando los latidos de su propio corazón. Cada sombra en la habitación parecía moverse con vida propia. Cada crujido del edificio le recordaba que algo había cambiado.

No sabía qué era.

Pero su hermana ya no era su hermana.

Y Beacon… Beacon ya no era su hogar.

Ruby no cerró los ojos en toda la noche.

Mientras Yang dormía profundamente, envuelta en ese manto blanco arrugado, con una sonrisa extraña dibujada en los labios, Ruby solo podía sentir cómo su corazón golpeaba su pecho con furia. El ritmo no se detenía. Como un tambor que anunciaba un mal presagio.

Al amanecer, ya había tomado su decisión.

Iba a hablar con él. Con el Profesor Howard.

No le importaban los rumores. No le importaba que fuera nuevo o que todos parecieran caer en su hechizo. Incluso Weiss, que se creía tan digna y superior, parecía más silenciosa últimamente… y Blake, aunque distante, lo observaba más de lo normal. Pero Ruby no. Ella no iba a quedarse callada.

Ese día, aguantó cada clase, cada minuto, como si estuviera atrapada en un campo de minas. No podía evitar mirar a Yang de reojo. Se reía con facilidad, demasiado. Su expresión era blanda, derretida. Como si ya no tuviera ese vigor..

Cuando el último timbre sonó, Ruby ya sabía qué hacer.

Caminó por los pasillos grises hasta el ala este de Beacon, donde se encontraba el despacho del profesor Howard. Su puerta era distinta a las demás: no tenía placa, ni número. Solo un símbolo antiguo, tallado en madera negra: una espiral de tres puntas, girando hacia dentro.

Ruby tragó saliva, levantó el puño… y golpeó.

—Pasa, pequeña señorita Rose —se oyó desde adentro, como si ya supiera que era ella.

Ruby abrió la puerta. El despacho era amplio, pero no desordenado. Libros viejos, pergaminos, una esfera armilar dorada girando sola en un rincón, un gran mapa estelar extendido en la pared. El aire olía a canela, incienso y… algo más.

Howard estaba sentado, como siempre, con una elegancia relajada. Vestía de blanco y gris, sus ojos brillaban con un tono que no era exactamente calido. Cálido, sí… pero demasiado profundo. Como si no tuvieran fondo.

—¿Qué te trae por aquí, Ruby? —preguntó, con voz suave—. ¿Curiosidad? ¿Preocupación… o algo más?

Ruby apretó los labios.

—Quiero saber qué le hiciste a Yang.

Howard no pareció sorprendido. Cerró un libro con calma y lo colocó a un lado.

—¿Le hice? No, pequeña Rose. Le ofrecí. Ella eligió.

—¡Eso no tiene sentido! —Ruby avanzó, la furia saliendo como vapor—. ¡No está actuando como ella misma! ¡Está rara! ¡Algo pasa contigo y ella… y todos los demás fingen que no lo ven!

Howard no se movió. La observó, simplemente. Como si la viera de verdad.

—¿Y tú? —preguntó al fin—. ¿Qué es lo que más te duele? ¿Que ella haya cambiado… o que no te lo haya contado?

Ruby dio un paso atrás. Esa pregunta no la esperaba.

—Tú no entiendes nada…

—¿No? —se levantó. Era más alto de lo que parecía sentado. Se acercó lentamente, pero sin hostilidad—. ¿O tal vez entiendo más de lo que crees? Todos necesitamos algo, Ruby. Algunos quieren poder. Otros quieren amor. Otros… como tú… solo quieren no quedarse atrás.

Ruby sintió que la garganta se le cerraba.

—No digas mi nombre como si me conocieras…

—¿Y si lo hiciera?

Se detuvo frente a ella. No la tocó. Solo extendió una mano… con la palma abierta, ofreciéndole algo invisible.

—Tú sientes que todos te miran como la niña buena, la líder inocente. Pero también tienes preguntas, anhelos, incluso sombras. No está mal. No es pecado querer entender. Yang ya empezó su camino. Pero el tuyo… puede ser diferente.

Ruby no dijo nada. La habitación se sentía más cálida. Sofocante.

—¿Y si te mostrara lo que hay más allá de la culpa? —susurró Howard—. ¿Y si te ayudara a dejar de tener miedo?

Ruby lo miró. Sus ojos eran como dos espejos antiguos. No reflejaban luz, sino secretos.

Por un momento, muy breve, quiso aceptar esa mano.

Pero retrocedió.

—No soy como Yang… —murmuró.

Howard sonrió. No fue una sonrisa burlona. Fue tranquila. Comprensiva. Casi paternal.

—Lo sé. Por eso me gustas.

Y Ruby huyó.

Cerró la puerta tras de sí, con las piernas temblando.

No había obtenido respuestas. Pero ahora tenía aún más preguntas.

Y lo peor… es que parte de ella quería volver.Ruby no sabía en qué momento su brazo se movió.

Solo que… lo hizo.

El calor en el despacho era denso, como si el aire estuviera cargado de secretos. La mano de Howard seguía allí, abierta, quieta… esperando. Como si siempre hubiese sido suya, como si el destino hubiera escrito ese gesto en algún idioma perdido entre las estrellas.

Ruby la tomó. Temblando.

Y entonces, él la sostuvo. Con firmeza, pero sin agresión. Como un padre alzando a su hija.

Su cuerpo, cansado y roto por la angustia de la noche anterior, no resistió. Ruby se dejó abrazar. Su frente apoyada en el pecho de Howard. Escuchó un latido. Pero no era como el de un humano. Era más profundo. Más lento.

—Estás a salvo —murmuró Howard, sin urgencia.

Ruby cerró los ojos.

—¿De verdad… me aceptarías? ¿Así como soy?

Él no respondió de inmediato. Solo acarició su espalda con una lentitud antinatural. No era lujuria. Era algo peor: cariño dirigido. Cálculo disfrazado de ternura.

Howard recordaba. A otros.

A Vash, el prodigio forjado en la guerra, nacido entre la cuarta era y caido del quinta. A Five, el estratega temporal, un niño que aprendió a matar y jamás pidió amor… pero que, aún así, lo aceptó en las noches sin tiempo.

Había criado antes. Había guiado. Había sembrado.

Ahora tocaba Ruby.

—Tú eres especial —susurró al fin—. Todos los que son tocados por el abismo… sienten este vacío. Yang ya ha comenzado su camino. El tuyo es distinto, pero igual de importante.

Ruby alzó la vista.

—¿Por qué yo?

Howard se arrodilló ante ella, sus ojos resplandeciendo con una calma profana.

—Porque tú eres semilla. Y dentro de ti hay un brote que puede desafiar la forma de los mundos. No necesitas ser como los demás. Necesitas… despertar.

Ruby no entendía todo. Pero algo en esas palabras le devolvía una sensación antigua, como si por fin alguien viera más allá de su capa roja, de su título de líder.

Como si, por primera vez… ella importara.

Howard no le habló de Yog. No le habló del plan, ni de las generaciones exteriores, ni del ciclo eterno. Eso vendría después.

Por ahora, solo plantaba la idea.

La aceptación. El consuelo. El falso hogar.

Y Ruby, pequeña en sus brazos, ya comenzaba a florecer en su silencio.

Después de la conversación con Howard, Ruby salió de su oficina con el corazón palpitante, una sensación cálida que recorría su pecho. El día parecía distinto, como si todo a su alrededor estuviera ligeramente iluminado por una luz que antes no había notado. Sus pasos eran ligeros, su mente llena de pensamientos confusos, pero felices. Algo había cambiado dentro de ella.

A medida que caminaba por los pasillos de Beacon, varias estudiantes la miraron, algunas con sonrisas tímidas, otras con un brillo inexplicable en los ojos. Velvet, Nora, Pyrrha, Neon… todas compartían una sonrisa, un gesto que Ruby no podía dejar de notar. Eran pequeñas señales, pero todas parecían entender algo que ella todavía no lograba descifrar completamente. Howard las había tocado, las había invitado a algo más grande, aunque lo que era exactamente seguía siendo un misterio.

Sin embargo, Ruby no pudo evitar sentirse aceptada, algo que tanto le había faltado en su vida. No solo por su equipo, sino por una nueva comprensión de sí misma. Sabía que las cosas no serían fáciles, que el camino hacia adelante no sería sencillo, pero por primera vez, sentía que podría caminarlo con propósito.

Decidida a encontrar a Yang, se dirigió al jardín, el lugar donde siempre la encontraba cuando necesitaba paz. Al llegar, la vio, sentada bajo un árbol, un pequeño libro en las manos, pero su expresión era la que realmente llamó la atención de Ruby. Yang no leía, o al menos no parecía interesada en el contenido de las páginas. Más bien, parecía estar perdida en sus pensamientos, acariciando suavemente su vientre, como si estuviera protegiendo algo invisible.

Ruby se acercó en silencio, su respiración acompasada por la serenidad del momento. Cuando Yang levantó la vista, sus ojos brillaban con una suavidad diferente, como si hubiera encontrado algo profundamente valioso que solo ella podía entender.

— ¿Yang? — Ruby preguntó con voz suave, sin saber muy bien qué decir.

Yang sonrió débilmente, un gesto que parecía reflejar una paz interna. No hubo respuestas directas, solo una mirada que decía más que mil palabras. Yang cerró el libro, lo dejó sobre el césped y se levantó lentamente, como si el peso de su cuerpo hubiera cambiado, más ligera, más tranquila.

— Estoy feliz, Ruby — murmuró, y sus palabras fueron como un susurro que acarició el aire. — Creo que finalmente estoy en paz conmigo misma.

Ruby, aún sin comprender completamente, sonrió también, compartiendo la sensación inexplicable de que algo había comenzado a florecer en ella y en las demás. No sabía qué era exactamente, pero sabía que, de alguna manera, todas estaban siendo guiadas hacia algo que las cambiaría para siempre.

Yang, al ver la sonrisa de Ruby, la tomó suavemente de la mano.

— Vamos a caminar, pequeña. Hay muchas cosas que aún no entiendes, pero te lo contaré cuando llegue el momento.

Ruby asintió, sintiendo la calidez de la mano de su hermana.

Ruby y Yang caminaban lado a lado por el jardín de Beacon, el sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos naranja y rosa. El aire fresco de la tarde les acariciaba el rostro mientras avanzaban, pero había una calma extraña, una sensación que Ruby no había experimentado antes. Su corazón palpitaba al ritmo de sus pasos, y no podía evitar sonreír mientras veía a su hermana, que parecía tan tranquila, tan serena.

Ruby se detuvo un momento, mirando a Yang con una mezcla de nerviosismo y emoción. Había tomado una decisión importante, una que la llenaba de incertidumbre, pero también de esperanza.

— Yang… — comenzó Ruby, su voz temblando ligeramente. — Estoy con Howard. Él… él me ha dado claridad, me ha mostrado algo más allá de lo que entendía antes. Cuando me gradúe, quiero estar con él, quiero aprender de él y ver el mundo de una manera diferente……Quiero ser de el.

Yang la miró con una sonrisa tranquila, sin sorpresa, como si ya supiera lo que Ruby le iba a decir. Había algo en el aire, una comprensión entre ellas que solo las hermanas podían compartir.

— Lo sé, pequeña. — Yang acarició suavemente su cabeza. — Pero no solo tú, nosotras dos estaremos con él. Howard tiene algo que nos puede enseñar, algo que podemos usar para ser mejores, para ser más. Y yo te apoyaré en todo, Ruby.

Ruby la miró sorprendida, pero también con una sensación reconfortante. Era como si algo profundo estuviera creciendo entre ellas, algo más grande que el simple hecho de estar juntas como hermanas. Howard, aunque misterioso y diferente, había tocado algo en ambas, algo que las unía más allá de lo que podrían haber imaginado.

A medida que continuaban su camino, sus pensamientos se vieron interrumpidos por una presencia que no pudieron ignorar: Ozpin, el director de Beacon, estaba esperando por ellos en los pasillos de la academia.

Ozpin estaba de pie, en la penumbra de su oficina, con su rostro serio y un aire de desconfianza. Había estado observando a Ruby, Yang y a sus compañeros durante semanas, pero últimamente algo en el aire le decía que las cosas no eran tan simples como parecían. Había notado los cambios en el comportamiento de los estudiantes, especialmente en sus dos alumnas, y se preguntaba si Howard tenía algo que ver con ello.

— Howard, tenemos que hablar. — La voz de Ozpin era grave, casi imperceptible, pero su tono dejaba claro que no estaba dispuesto a dejar las cosas al azar. — ¿Qué estás haciendo con mis estudiantes? ¿Qué estás planeando?

Howard, que ya había anticipado el encuentro, sonrió con una calma imperturbable. Sabía que este momento llegaría tarde o temprano. Ozpin era inteligente, pero su visión del mundo estaba limitada. Lo que Howard quería hacer no era destruir, sino transformar. Pero no esperaba que Ozpin lo entendiera de inmediato.

— Lo que estoy haciendo, Ozpin, es lo que siempre quise: lo mejor para los estudiantes de Beacon. — Howard respondió sin inmutarse. — No se trata de manipular, ni de controlarlos. Se trata de darles las herramientas para que puedan ver el futuro y comprender lo que de verdad importa. Lo que hago con Ruby y Yang, y con las demás, es simplemente guiarlas, mostrarles que hay más allá de los límites que ustedes, los humanos, se imponen.

Ozpin frunció el ceño, desconfiado, pero también intrigado.

— ¿Y qué es lo que quieres, Howard? — La pregunta flotó en el aire, cargada de tensión. — ¿Qué es lo que realmente buscas de mis estudiantes?

Howard se acercó a Ozpin con paso firme, sin mostrar agresividad, pero su presencia era inequívoca. Era imposible ignorar la magnitud de su ser, de su propósito.

— Lo que busco no es lo que crees que es, Ozpin. — Su voz fue suave. — Yo nunca quise destruir lo que ya existe. Lo que quiero es preparar el futuro. Lo que estoy haciendo con Ruby, Yang y los demás es enseñarles que deben romper sus cadenas. El mundo no será el mismo por mucho más tiempo, y las generaciones futuras necesitan algo más que lo que ustedes ofrecen.

Ozpin, aunque dudaba, no podía ignorar que Howard hablaba con una certeza que no podía negar. Pero aún así, su instinto le decía que Howard no debía acercarse tanto a sus estudiantes. Algo en su alma desconfiaba de la naturaleza de su propósito.

— Mantente alejado de mis estudiantes, Howard. — Ozpin dijo, su tono de advertencia claro, aunque su voz parecía más cansada que desafiante. — No les hagas más daño.

Howard lo miró por un largo momento, como si estuviera evaluando a Ozpin, como si midiera sus palabras cuidadosamente.

— No es daño, Ozpin. — Dijo, con una sonrisa sutil. — Es libertad. Y si no puedes ver eso, entonces tal vez el verdadero daño lo haces tú, al tratar de retener lo que no puedes controlar.

Después de la confrontación con Ozpin, Howard se retiró con una sensación de certeza. Las semillas ya estaban plantadas, pero la resistencia de Ozpin era algo que tendría que manejar más tarde. Por ahora, Ruby y Yang estaban en el camino correcto. El futuro de Beacon, de todo el mundo, estaba cambiando, y nada podría detenerlo.

Ruby y Yang, al saber lo que su presencia significaba para Howard, sintieron el peso de sus decisiones. Pero también sabían que, a pesar de las dificultades, el amor por su propósito era lo que las unía, y seguirían adelante, juntas, buscando lo que Howard les había mostrado.

El atardecer comenzaba a apagarse en los pasillos de Beacon, y un silencio tenso se extendía en el aire, pesado y denso como una tormenta que aún no se desataba. Jaune Arc caminaba con paso decidido, cargando en el pecho una mezcla de ansiedad y frustración. Llevaba días intentando hablar con Pyrrha. Ella lo esquivaba, lo evitaba como si su sola presencia fuese una molestia, una sombra indeseada en su vida.

Finalmente, la vio en el corredor este, saliendo de su habitación, con su uniforme impecable y su cabello recogido con precisión. Su expresión estaba serena… demasiado serena, como si estuviera escondiendo algo.

— ¡Pyrrha! — exclamó Jaune, alzando la voz un poco más de lo normal. Se acercó rápido. — ¿Podemos hablar? Hace días que estás… rara. ¿Me estás evitando?

Ella no se detuvo, ni giró. Solo aceleró el paso.

— Pyrrha, por favor. — Esta vez, Jaune extendió su mano y, sin pensar, la tomó del brazo para que se detuviera.

Ese fue el error.

La campeona espartana se detuvo en seco.

Un silencio brutal descendió sobre ellos.

Entonces, muy lentamente, Pyrrha giró el rostro. Sus ojos verdes estaban encendidos, pero no por dulzura ni compasión… por rabia. Una furia contenida, suave pero ardiente, como una lanza forjada en indignación.

— No me toques, Jaune. — Su voz era baja, dura como acero, llena de rencor apenas contenido.

Jaune, perplejo, la soltó de inmediato. Dio un paso atrás, sintiendo que su corazón se encogía. No había visto esa expresión en ella nunca. Nunca dirigida a él.

Pyrrha, con manos temblorosas, empezó a frotarse el brazo donde él la había tocado, como si fuera una mancha, una marca impura.

— Solo… sólo Howard puede tocarme. — Murmuró entre dientes, más para sí misma que para él, pero Jaune la escuchó. Apenas, pero lo hizo. Esas palabras le taladraron el pecho.

— ¿Qué dijiste? — preguntó, con la voz rota. — ¿Howard?

Pero ella ya no lo escuchaba. Su mente estaba en otro sitio. Había algo ansioso, casi febril en su mirada, en su forma de caminar, como si el mundo alrededor de Jaune ya no la retuviera. Se alejó con pasos decididos, sin mirar atrás.

— Llego tarde a clase… — susurró, más para sí misma. — No puedo perder su voz, no otra vez…

Y entonces desapareció en la esquina, dejando a Jaune solo, con las palabras clavadas en la garganta y la vergüenza quemándole el rostro.

Jaune se quedó de pie, inmóvil.

¿Howard?

Ese nombre lo había escuchado varias veces ya. Siempre en los pasillos, en murmullos, en conversaciones entre Velvet, Nora, Ruby, incluso Weiss. Todas hablaban de Howard con una devoción cada vez más evidente, como si fuera más que un profesor, más que un mentor… como si fuera alguien inevitable.

Y ahora, Pyrrha… su Pyrrha… ¿ella también?

El aire se volvió frío. Jaune sintió cómo la Academia que alguna vez le pareció un hogar, ahora se tornaba ajena, lejana. Como si una parte del mundo se hubiera reconfigurado sin él, y ya no supiera en qué dirección caminar.

Apretó los puños.

Howard.

¿Quién demonios eras en verdad?

Pyrrha entró al aula privada que solo unas pocas conocían. La luz era tenue, cálida. En el centro estaba Howard, de pie, observando un mural cubierto de símbolos antiguos y líneas de energía.

Ella se detuvo en el umbral, jadeando ligeramente, y entonces sonrió. Una sonrisa vulnerable, entregada. Como si por fin hubiera llegado al único lugar donde el peso del mundo ya no la aplastaba.

— Lamento llegar tarde… — susurró.

Howard se giró. Su mirada la atravesó con calma, y le extendió la mano. Ella corrió hacia él sin pensarlo, dejándose envolver por sus brazos, hundiendo el rostro en su pecho, como si su corazón solo latiera ahí, en ese refugio secreto.

Porque en este mundo… Howard era el único que no le mentía.

Y ella jamás dejaría que nadie, ni siquiera Jaune, volviera a poner sus manos en ella.

“¿Disfrutas de la vista?” La mirada de Ruby pasó del miembro hinchado de Howard al rostro sonriente de Pyrrha.

“¿Qué-qué?”.

La confusión la invadió cuando Howard la apoyó en el suelo frente a su escritorio, pero al acercarse Pyrrha, la confusión se transformó rápidamente en aprensión. Ruby esperaba muchas reacciones ahora que la habían descubierto.

—Te pregunté si disfrutabas de la vista. Ya lo sabes. —Pyrrha se acercó hasta susurrarle al oído a Ruby—. La vista del pene duro y palpitante del hombre que mas le gusta a tu hermana.

Ruby abrió mucho los ojos al sentir un latido en el bajo vientre cuando el susurro sensual de Pyrrha despertó un sentimiento que desconocía. Negando con la cabeza, la miró con ojos plateados y abiertos, ante lo lasciva que era la chica. Que supiera que estaba enamorada de Howard ni siquiera le importaba.

“Sabes no me molestaria compartir este momento”.

Pyrrha abrazó el cuerpo de Ruby contra su costado, dirigiéndose a la chica todavía muy sonrojada hacia el sofá para que quedara sentada a su lado en el lado opuesto de Howard.

Bajando la mano hasta su regazo, Pyrrha agarró su miembro, ahora medio erecto, y lenta y sensualmente lo movió de arriba a abajo hasta que recuperó su rigidez total. Howard gimió al sentir su suave y cálida palma acariciando su pene, hundiéndose en el sofá mientras se relajaba por completo.

“Y ahora, como ha visto, supongo que yang te conto sobre esto”. Pyrrha, sin soltar la mano sobre el pene de Howard, se acercó al oído de Ruby, con los ojos abiertos y cautivada, y susurró lo siguiente: «Sabes, si quisieras, también podrías estar con él. Estoy seguro de que ser líder de equipo es estresante, ¿verdad? Yo también lo soy, así que no te preocupes, lo entiendo perfectamente».

Ruby sintió que su cuerpo se calentaba ante las imágenes que surgieron en su mente al escuchar las palabras de Pyrrha. Se encontró inconscientemente reemplazando a pyrrha por sí misma, un calor que se extendía desde su interior al resto de su cuerpo mientras se veía ser follada por detrás en tercera persona. Sus bragas rojas de encaje, que Yang le había comprado contra, se tiñeron poco a poco de un rojo más oscuro en la zona frente a su coño mientras, avergonzada, se daba cuenta de que se estaba mojando de la excitación.

“Piénsalo, Ruby”, le susurró a pyrrha al oído por última vez, mientras el aliento lo acariciaba y le provocaba escalofríos placenteros. “Cuando estés lista”. Pyrrha se giró para quedar de nuevo frente a Howard, quien al instante la besó apasionadamente, provocando un jadeo que se convirtió en un gemido de necesidad al corresponderle el beso.

Ruby se retorció en su asiento al ver a Howard abrazar a Pyrrha y sentarse en su regazo. Era descarado al manosear el cuerpo de pyrrha justo delante de ella, y su compañera no era mejor.

Mientras la campeona rozaba y frotaba su entrepierna contra la endurecida longitud de Howard, Ruby se dio cuenta de que realmente no conocía a Pyrrha tan bien como creía. Pero mientras su corazón se aceleraba y su mente se nublaba de excitación al observarlas, la joven líder del equipo comprendió que tal vez ella tampoco se conocía tan bien a sí misma.

Una cosa era asomarse por la puerta. Otra muy distinta era estar justo donde ocurriría la acción.Decidiendo, Ruby se deslizó hacia ellos, el movimiento captó la atención de Howard mientras se separaba de los labios de Pyrrha.

“Yo-eh, yo también quiero estar contigo, profesor Howard”, dijo Ruby con una dulce mirada de determinación. Una que dejó a pyrrha atónita, aunque ignoró la leve vergüenza que le inundó las mejillas y siguió mirando a Howard a los ojos.

“¿Estás seguro?”, le preguntó con preocupación evidente en su tono a pesar de la determinación que vio en sus ojos. No quería que hiciera algo de lo que luego se arrepintiera.

“¿Qué te parece esto?” Pyrrha se apartó del regazo de Howard y se arrodilló junto a él en el sofá frente a donde estaba sentada Ruby, antes de sonreírle con picardía. “¿Por qué no te enfrentamos los dos? ¿Eso si crees que puedes con los dos?”.

Howard arqueó una ceja y respondió a su obvia provocación. “Si no lo supiera, diría que te gusta que te trate con rudeza, con la cantidad de veces que hablas así”, respondió Howard arqueando una ceja, y golpeando con la palma de la mano el trasero desnudo de Pyrrha. Un fuerte golpe resonó por toda la habitación al abofetearle las mejillas, que se pusieron rojas.

“¡Joder!” Un largo y estremecedor gemido de placer escapó de la boca de la mujer. Sus labios se separaron y su cabeza cayó sobre el regazo del rubio, justo al lado de su erección furiosa, mientras su coño se estremecía violentamente por el ardor que sentía en el trasero. Toda su actitud anterior se desvaneció después de eso. Ya estaba excitada por el sexo antes de que apareciera Ruby, así que esta estimulación extra la sumió en un frenesí.

—Sí, ¿te gusta? —preguntó Howard con voz ronca, sin esperar respuesta, mientras deslizaba la palma de la mano sobre su dolorido trasero y hundía los dedos medio y anular en su coño efusivo.

“¿Te vas a correr delante de nuestra invitada? Eso debe ser un mínimo para ti, ¿no crees?”, se burló de Pyrrha. Un fuerte chapoteo llenó el aire de la oficina mientras él empezaba a metro los dedos en su coño empapado.

Ahhhh ahhh ahhhh ahhhhh Gimiendo y gimiendo, el cuerpo de Pyrrha se retorcía mientras su rostro se apretaba contra su muslo. Las paredes de la mujer se aferraban a sus dedos y los succionaban con avidez cada vez que él los introducía, como si fuera su pene. Acercando su rostro a su erección, ahora dura como un diamante, comenzó a depositar besos húmedos en la base de su pene. Sus papilas gustativas se estallaron y sus ojos se pusieron en blanco al saborear la mezcla lasciva de sus fluidos y el líquido preseminal que cubría su miembro.

Esto ya era normal para él y Pyrrha. Ella era todo lo contrario a su curtida naturaleza y caía en la depravación como su sumisa.

Ruby, con los ojos abiertos y ahora ligeramente jadeante, no sabía qué pensar al contemplar aquella escena tan erótica. Un rubor se apoderó de su piel, normalmente pálida, al escuchar los espeluznantes sonidos que salían de la boca de Pyrrha y el suave pero potente gruñido del profesor Howard, que resonaba por todo su ser.

El objeto de sus pensamientos notó la mirada y le escuchó, aunque ella no le prestó atención, pues estaba distraída. Con los labios ligeramente entreabiertos y los ojos plateados desenfocados y apagados, Howard notó que Ruby estaba más excitada que nunca. ¿Cómo no iba a hacerlo? Tendría que ser idiota para no perdérselo. Sobre todo cuando era la misma mirada que Pyrrha siempre tuvo cuando estaba a punto de perder la cabeza. Una mirada con la que estaba íntimamente familiarizada, pensó con arrogancia.

Envolviendo su brazo alrededor del costado de Ruby y tirando de ella hasta que estuvo contra él, Howard ignoró el pequeño chillido de sorpresa que ella dejó escapar ante el repentino cambio de posición.

“Apuesto a que nunca pensaste que esto pasaria así, ¿eh?” Bromeó Howard con Ruby, reclinándose y gimiendo mientras Pyrrha jugaba expertamente con su polla.

Aunque lo escuchaba, Ruby seguía con la mirada clavada en el lugar donde Pyrrha acariciaba la polla de Howard con la lengua. Bañó su miembro en saliva, lamiéndolo de arriba abajo con tanta obscenidad que Ruby sintió curiosidad por saber qué hacía que el acto fuera tan placentero. Sabía en el fondo que debería haberle disgustado semejante espectáculo, pero en cambio, solo sentí un deseo lujurioso de saciar su curiosidad, y solo había una manera de hacerlo.

Lamiéndose los labios, se zafó del agarre de Howard antes de arrodillarse junto a Pyrrha. Se subió el vestido hasta las caderas para que no estorbara y expuso su trasero envuelto en bragas a los hambrientos ojos azules del rubio. Bajó la cara hasta quedar a la altura de su miembro hinchado. De cerca, Ruby se sintió bastante intimidante; el inmenso calor que irradiaba le calentaba las mejillas, mientras que el aroma almizclado del jugo vaginal de Pyrrha y la punta de su presemen llenaban sus fosas nasales y la dejaban aturdida.

—Mmmm, Ruby. ¿Me ayudarás a encargarme de esto? —le preguntó Pyrrha a su compañera con una sonrisa lasciva, pues estaba demasiado excitada para pensar con claridad.

En lugar de responder, Ruby decidió hacer lo de siempre y usar sus acciones para hablar. Agachando la cabeza, ignoró el jadeo de sorpresa de Pyrrha y se acercó la cabeza cada vez más al pene de Howard hasta que sintió sus labios tocarlo.

‘Hace muchísimo calor’ fue lo primero que notó. A diferencia de estar rondando, Ruby se sintió como si sus labios presionaran una de las galletas recién horneadas de Pyrrha. Sin embargo, en lugar de la respiración habitual con la boca abierta que tendría que hacer para enfriar su lengua quemada, Ruby pensó que este calor era agradable.

Cerrando los ojos, se sumergió en su tarea, esforzándose por imitar lo que había visto hacer a Pyrrha para complacer mejor a su gemidor. Ruby incluso se agachó de vez en cuando para besarle la entrepierna, sus manos recorriendo su camisa para rozar su abdomen esculpido mientras su mente se nublaba cada vez más a cada segundo que pasaba al inhalar su almizcle masculino.

Al escuchar los gruñidos y gemidos de Howard por las atenciones de Ruby, Pyrrha sintió que una sonrisa se dibujaba en su rostro al ver lo bien que Ruby lo estaba haciendo para ser su primera vez. Incluso ella había dudado en sus movimientos cuando tuvo su primera vez. Howard debía notar su reacción al verlo sonriéndole con suficiencia, con sus dedos aún revolviéndole las entrañas y provocándole un hormigueo en la espalda.

“Supongo que hoy está lleno de sorpresas para todos… ¡Sultan!” Empezó a hablar antes de apretar los dientes y gemir mientras Ruby hundía la cabeza aún más antes de chupar y lamer dando leves mordidas.

—¡Altísimo cielo! ¡Kgugghhh! —gimió Howard mientras su cabeza volvía a caer hacia atrás contra el sofá y levantaba la mano libre para cubrirse la cara.

Ruby se pavoneó ante sus elogios, sonriendo de alguna manera a pesar del acto sórdido que estaba cometiendo. Mentalmente agradeció a Yang y Blake, pues algunas de las cosas que le mostraron decían que a la mayoría de los hombres les gustaba que jugaran con sus testículos, ya juzgar por la reacción de Howard, tenían toda la razón.

Temblando ante otro clímax de tantos mientras Howard aumentaba la velocidad con la que penetraba su vagina con los dedos, Pyrrha decidió que su compañera necesitaba ayuda para que el rubio llegara a su orgasmo. Centrando su atención en la punta, gimió al sentir el penetrante sabor de su espeso presemen, tragando todo lo que pudo mientras bañaba su pene con aún más saliva.

Howard gimió desde arriba. La sensación de la mamada descuidada de Pyrrha y los suaves labios de Ruby sobre el resto de su polla lo obligaron a esforzarse al máximo para no correrse. No iba a dejar que algo tan bueno terminara tan pronto.

Las dos lo llevaban cada vez más cerca de su orgasmo antes de que Ruby le soltara repentinamente con un fuerte chasquido, provocando un suspiro de descontento en Howard, hasta que se acercó y se unió a Pyrrha para complacerle directamente la punta del pene. Sin ser egoísta, sobre todo tratándose de su acompañante, Pyrrha soltó su pene de la boca con un suspiro antes de jadear de sorpresa al ver a Ruby besándose incestuosamente con la punta de Howard entre los labios.

Se separaron y se intercambiaron posiciones. Ruby ahora le chupaba la punta del pene mientras Pyrrha se agachaba para complacerle los testículos. Continuó así durante los siguientes cinco minutos, intercambiando posiciones de vez en cuando, hasta que finalmente Howard no pudo más.

Arrancando los dedos del coño de Pyrrha, colocó la mano en la nuca de ella para mantenerla sobre su polla mientras Ruby volvía a sorber. Con la otra mano, le arrancó el vestido para liberar sus tetas y le agarró el pecho con los dedos, pellizcando y retorciendo sus pezones endurecidos para su máximo placer.

Mientras tanto, Pyrrha había comenzado a hacerle una garganta profunda, atragantándose al sentir la punta de su pene en el fondo de su garganta, pero sin detenerse al oír sus gemidos de placer sobre ella. Pronto, tras la embestida conjunta, Howard ya no pudo contener el orgasmo.

¡Chicas, me voy a correr! —advirtió, pero en lugar de retroceder, Pyrrha solo le dio espacio a Ruby para que volviera a subir y así las dos pudieron ir aún más duro juntas, sus lenguas atacando la cabeza de su pene al unísono, llevándolo al clímax aún más rápido de lo que ya lo había hecho.

“¡mmm~ kughhh, aquí viene!” Los ojos de Howard se cerraron con fuerza mientras sentía que explotaba.

Pyrrha y Ruby gimieron a la vez al sentir su pene palpitar. Con la boca abierta y la lengua fuera, ambas estaban más que preparadas para la descarga de su semen espeso y caliente que les salpicó la cara. Tragando con avidez lo que les cayó en la boca, la abrió mientras aún más semen salía disparado al aire desde su pene. Solo después de lo que parecía una eternidad, pero en realidad fue solo un minuto, el clímax de Howard finalmente disminuyó.

Recostándose en el sofá, el instructor, ahora satisfecho, observó con los ojos entrecerrados cómo ambos engullían el resto de su semen, gimiendo descaradamente mientras se llevaban con los dedos lo que no podía alcanzar con la lengua y se lo chupaban. La visión lasciva hizo que su miembro, que se estaba ablandando, recuperara al instante su rigidez anterior, y los dos arrodillados a ambos lados de su regazo no se lo perdieron.

“Mmm”, gimió Pyrrha mientras terminaba de tragar lo último de su liberación que quedaba en su boca, el calor del líquido viajó por su garganta hasta su vientre, una agradable calidez se extendió por todo su cuerpo ante la sensación.

Ruby sintió casi lo mismo. La única diferencia fue que, como era la primera vez que experimentaba semejante euforia, tardó un poco más en recuperarse. Aunque cuando lo hizo, lo hizo con una sonrisa de satisfacción al darse cuenta de que Howard aún no había terminado.

Poniéndose de pie, Howard miró sus rostros sedientos e impacientes, una sonrisa formándose en su rostro mientras pensaba en lo que quería hacer con ellos a continuación.

“Dense la vuelta y dejenme el resto a mi”, les ordenaron a la pareja y ellos obedecieron al instante, dándose la vuelta y arqueando la espalda para que sus traseros casi del mismo tamaño se elevaran en el aire para que él los mirara y disfrutara.

Tras contemplar la vista por un instante, Howard les puso ambas manos en el trasero, empujando y tirando de sus traceros y exponiendo sus coños húmedos a su mirada hambrienta una vez más. Al escuchar sus gemidos de placer ante sus caricias, el sultan se detuvo bruscamente, provocando gritos y gemidos de disgusto de ambos.

“¿Por qué se queda si aún queda mucho por venir?” les preguntó con picardía, su tono de voz hizo que se detuvieran y lo miraran por encima del hombro, con sus ojos esmeraldas fijos en su miembro erecto.

Un brillo de satisfacción apareció en los ojos de Pyrrha al comprender por qué había dejado de tocarles las nalgas. Parecía que ya no era hora de jugar.

Extendiendo la mano hacia atrás y agarrando sus mejillas, las separó ella misma, revelando sus jugosos labios y su agujero tembloroso mientras se preparaba para lo que vendría.

Mientras continuaba mirando, Ruby sintió una punzada de celos recorriendo su ser mientras veía a Pyrrha ser empalada por la polla de Howard, la boca de la mujer mayor se abrió en un grito silencioso mientras el rubio seguía hasta que su entrepierna fue presionada contra su trasero.

Mordiéndose el labio inferior, observó como Pyrrha lentamente comenzaba a frotar su trasero contra sus caderas, gemidos y quejidos salían de la boca de Howard mientras disfrutaba del calor del coño de Pyrrha.

El sonido húmedo de los chapoteos y los fuertes aplausos pronto inundó la habitación mientras Howard penetraba a Pyrrha en una posición que ella grababa vagamente de una de las muchas que Yang le mostró, llamada “estilo perrito”. Gracias a sus extensos juegos anteriores, no fue ningún desafío para él dárselo todo, sus testículos golpeando contra los suaves pero musculosos muslos de la mujer mientras la punta de su pene besaba repetidamente la entrada de su útero.

Ruby se estremecía levemente cada vez que Pyrrha gemía a todo pulmón al rozar sus caderas con sus nalgas, que se enrojecían. Por lo que había visto y por lo poco que sabía, la joven Rose podía afirmar con seguridad que Pyrrha era masoquista. No demasiado, pero aún así le excitaba el dolor. En cambio, pensaba que el sexo duro, pero no tan violento, del que había leído en los libros de Blake, se ajustaba mucho mejor a sus gustos.

“¡Mmm, daghgh ahhhhhhh maaaasss amaaaaaa! ¡Que me jodan!” Sus pensamientos se detuvieron cuando Pyrrha dejó escapar un fuerte gemido de placer.

La cabeza de Pyrrha ahora estaba presionada contra el respaldo del sofá, con una sonrisa lasciva en su rostro mientras su cuerpo se rebotaba con cada impacto de las caderas de Howard contra su trasero. Inclinando las caderas de cierta manera, Howard atacó directamente su punto G una y otra vez, enviando oleadas de placer alucinantes por todo el cuerpo de la mujer mientras su parte inferior saltaba y se sacudía de un éxtasis inexplicable.

¡Me corro ahhhhh ahhghgggh! ¡Me corroooo! —chilló Pyrrha, con la voz apagada, con la cara completamente pegada al cojín del sofá.

Usando sus manos para protegerse mejor de la brutal embestida de Howard mientras su coño se apretaba alrededor de su miembro, gritó mientras, en lugar de dejarse afectar, Howard simplemente aceleró el ritmo. Siguiéndola hasta el orgasmo, sus fuertes embestidas la hicieron poner los ojos en blanco y cerrar los párpados. Una dichaa inconsciencia pronto se apoderó de la mente de Pyrrha para protegerla de la sobrecarga de placer.

Howard gimió, liberando su pene de su apretado agujero con un chapoteo obsceno. “Supongo que fue demasiado incluso para ella”, dijo mientras le daba una última palmada sonora en el trasero a Pyrrha, con un gemido patético y prolongado saliendo de los labios de la mujer en coma.

Mientras observaba cómo Pyrrha se hundía lentamente en el sofá, Ruby dejó escapar un vergonzoso chillido cuando la atención de Howard se volvió hacia ella, con su palpitante erección apuntando directamente hacia ella.

“¿Quieres continuar después de eso?”, le preguntó de nuevo. Lo último que quería era que se sintiera obligado a participar.

Sin embargo, la única respuesta de Ruby fue asumir la posición en la que había estado anteriormente, de modo que ahora su frente estaba frente a él en lugar de su trasero.

“Quiero poder, ya sabes, verte mientras lo hacemos, si te parece bien…” Ruby dejó la voz en suspenso, con las mejillas sonrojadas mientras miraba su regazo.

Howard se rió entre dientes ante su vergüenza, enfureciéndola aún más al pensar que se estaba burlando de ella. Hasta que usamos la mano para levantarle la barbilla y que lo mirara a los ojos.

“Siempre y cuando estés cómoda”, la tranquilizó Howard, con su voz tan amable como siempre.

Sonriéndole ante su respuesta, Ruby levantó los brazos alrededor de su cuello y empujó de él hacia abajo para que quedara inclinado sobre ella, su cuerpo más grande envolvió el de ella y sacó un jadeo entrecortado de su boca parcialmente abierta cuando la cabeza de su polla rozó sus sensibles pliegues.

A pesar de su aparente confianza, Ruby no pudo evitar la aprensión que la invadió al sentir el calor abrasador de su miembro asentarse sobre sus labios mayores. Afortunadamente, mostrando una de las muchas razones por las que lo amaba, Howard lo percibió y esperó a que ella le indicara que estaba lista para continuar.

Una vez que lo hizo, él arrastró las caderas hacia atrás hasta que solo la cabeza de su pene quedó contra su entrada y colocó las manos a los lados de su cabeza para apoyarse. En ese momento, Ruby movió la cabeza hasta frotar su mejilla contra la palma de él, reconfortándose con el calor de su palma que la ayudó a relajarse aún más para lo que estaba por venir.

“Esto probablemente va a doler, así que dime si quieres que pare. ¿De acuerdo?”.

Ruby solo ascendió de nuevo, desconfiando de su voz, ya que podría delatar el nerviosismo que aún sentía y hacer que Howard no continuara por su preocupación. De verdad, le encantaba que fuera tan considerado con su comodidad, pero la guadaña de la capa no iba a permitir que sus miedos le impidieran estar con el hombre del que ha estado enamorada durante casi tanto tiempo como en Beacon.

Con su visto bueno, Howard flexionó las caderas y comenzó a deslizar lentamente su pene en su túnel virgen. Apretando los dientes ante la estrechez, avanzó con cuidado, entrando centímetro a centímetro de su endurecida longitud en ella.

Por suerte para Ruby, el tiempo que pasó entrenando para convertirse en Cazadora ya le había desgarrado el himen, así que no tenían que preocuparse por eso. Desafortunadamente, a pesar de no tener que preocuparse por el dolor que conllevaba desgarrárselo, aún se estremecía ocasionalmente por el dolor de sus paredes al extenderse alrededor del inmenso cuerpo de Howard. Aun así, se aseguró de hacerle saber a Howard que estaba bien para continuar, pues para entonces él ya la había penetrado hasta la mitad.

“Joder Ruby, estás tan apretada”, gimió mientras apretaba la mandíbula, el sudor goteaba por su frente y empapaba su camiseta blanca mientras luchaba contra el agarre contundente que ella tenía sobre su herramienta.

—¡Nnnghoo! ¡Eres demasiado grande! —gimió Ruby en respuesta, aferrándose al cojín del sofá buscando algún tipo de apoyo.

Finalmente, después de muchos minutos de lento progreso, los dos finalmente tuvieron la oportunidad de tomar un respiro cuando la entrepierna de Howard se conectó con la de ella.

“Ahhgghghg me estás estirando ahhhhhh *sniff* demasiado”, exhaló Ruby mientras cerraba los ojos, con una fina capa de sudor cubriendo su cuerpo.

Se sintió completamente llena, y no como si se hubiera comido una bandeja entera de galletas. No, era una sensación de saciedad que la hacía sentir mucho más satisfecha que las galletas, por imposible que pareciera. Con el pene de Howard incrustado en sus paredes, que se estremecían con fuerza, Ruby sintió que algo que le faltaba volvía a estar dentro de ella, y no sabía si volvería a estar completa sin él.

Al mirarlo, sonriendo al ver su rostro dichoso. Aunque era su primera vez, Ruby aún sentía la felicidad instintiva de saber que también le estaba haciendo sentir un placer considerable a su pareja. Pero ahora que el dolor había desaparecido y solo una satisfacción plena llenaba su mente, su único deseo era seguir sumiéndose en su desenfreno. Sin embargo, justo antes de que pudiera decir nada, la chica de ojos plateados sentía que su cabeza caía hacia atrás mientras un placer indescriptible la atormentaba.

La fuente de dicho placer provenía del propio Howard, mostrándole una vez más lo buen amante que era. Ruby gimió lastimosamente mientras él retiraba su pene de sus profundidades, su inmenso grosor raspando contra sus paredes y haciéndola intentar envolver sus piernas alrededor de sus caderas para retenerlo dentro. Sin dejar que le molestara, el rubio continuó saliendo hasta que solo quedó la cabeza, antes de empujarse lentamente de nuevo dentro hasta que la punta de su pene besó la entrada de su útero. Su recompensa fue un espasmo vaginal de la chica que arrancó un largo y gutural gemido de su boca. Repitiendo esto una y otra vez, él y Ruby gimieron al unísono ante el éxtasis líquido que la sensación envió directamente a sus cerebros.

¡Si! ¡Oooooooh, qué rico!ahhhhh ahhhhh ahhhh —gritó Ruby, mientras su pequeño cuerpo se balanceaba bajo el de Howard mientras este ganaba velocidad.

A pesar de no ser tan duro como lo había sido con Pyrrha, Ruby aún veía estrellas cada vez que sus testículos golpeaban sus nalgas, tiñéndolas lentamente de un rojo cereza mientras su polla se hundía repetidamente en su estrecho coño. La sensación de su voluminosa longitud llenándola y luego dejándola vacía, para luego repetirse, era extremadamente placentera y adictiva.

Su gemido se apagó y un chillido excitado resonó en su boca cuando Howard cerró la minúscula distancia entre ellos y capturó sus labios en un beso feroz. La alegría explotó en su corazón al experimentar su primer beso con el hombre que amaba, esforzándose por seguir el ritmo de sus labios experimentados mientras ignoraba a propósito solo minutos antes, técnicamente, le había dado su primer beso a quien ahora conquistaba su coño como suyo. Eso no contaba para nada.

Gemidos y quejidos ocasionalmente escapaban de su conexión mientras sus entrepiernas se encontraban continuamente, bofetadas húmedas una vez más llenaban la oficina mientras Howard le daba a Ruby todo y más por su primera vez juntas.

Howard gruñó ante la estrechez de su coño tembloroso, mordiéndose la mejilla mientras las sensaciones placenteras llegaban directamente a sus testículos doloridos y le enviaban oleadas de euforia directamente al cerebro. Donde el de Pyrrha había sido agradable y acogedor, como un guante de terciopelo que rodeaba a su miembro en su cálido abrazo, el de Ruby era una tenaza; la combinación de estrechez y el calor abrasador que emanaba de su túnel lo acercaba cada vez más a una liberación explosiva.

Un empuje particularmente duro de Howard donde su pene raspó contra su punto G hizo que el coño de Ruby se apretara con fuerza alrededor de su miembro y su boca se abrió, un orgasmo arrepentido sacudió su sistema y envió un éxtasis ardiente directamente a su cerebro.

—¡Ooooh, kyaaahhhhhh me corro! —gimió Ruby, con la cabeza apoyada en el sofá mientras su cuerpo se sacudía y sufría espasmos debajo de él.

Su vista era nublada, su mente nublada y sus párpados temblaban mientras experimentaba la inmensa oleada de placer que le acompañó en su primer orgasmo. Al menos uno que no fue provocado por su propia mano.

Buscando a ciegas algo a lo que agarrarse, las manos de Ruby se aferraron a sus musculosos brazos con una fuerza sorprendente. Tanto que estaba seguro de que, de no ser por su aura, sus uñas se le habrían clavado en la piel.

—¡Oh, joder, yo también!Kugghhhh —Espetó Howard, la contracción de sus paredes prácticamente le quitó la carga de las bolas.

Empujando sus caderas hacia adelante hasta que sus entrepiernas rozaron la una con la otra, el sultan soltó el semen que había acumulado desde que empezó a follar con Pyrrha con un gemido gutural. Al instante, el alivio llenó su cuerpo; sus caderas se sacudieron y sus músculos tensos se relajaron mientras se vaciaba por completo dentro del útero expectante de Ruby.

“¡Tanto ~ ahhhhh ahhhhh ahhhh !” Gimió mientras la espesa y humeante masa de bebé de Howard la llenaba hasta reventar.

Con el tiempo, sin embargo, su liberación se redujo hasta que solo quedó el coño de Ruby, que seguía apretándose sin control. Pronto, sin embargo, incluso eso disminuyó gradualmente a medida que las sacudidas que la recorrían por el cuerpo tras el orgasmo y la sensación de su enamorado/profesor llenándola de su semen cesaron, dejando solo a los dos, que se sentían como si flotaran en las nubes después de esa experiencia.

“Mmmwaahh”, susurró Ruby felizmente, su visión temblorosa se centró en la causa de su abrumador placer.

Lo primero que notó fue el rostro sonriente de Howard, la calidez en sus orbes cielo hizo que ella igualara su sonrisa a pesar del aturdimiento en el que aún se encontraba su mente.

“¿Cómo estuvo eso?”, preguntó como si ya no supiera la respuesta. “¿Te gusto, disfrutaste de ser una amante?”.

Ruby dejó escapar un suspiro ante eso, arrugando la nariz mientras intentaba ocultar su diversión hundiendo la cara en su pecho. Desafortunadamente, su intento no tuvo en cuenta que él aún sentía que sus hombros prácticamente vibraban mientras contenía la risa. Sin embargo, gritó cuando dos delgados brazos la rodearon y se inmiscuyeron en su proximidad con Howard, relajándose solo al oír la familiar voz de Pyrrha, la mujer que había despertado hacía tiempo al verlos a ambos en celo.

“Oye, aún no ha terminado”, dijo Pyrrha con un tono de voz exhausto, pero visiblemente excitado. Señalando con la barbilla a Howard, atrajo la mirada de Ruby hacia la erección aún imponente del hombre.

“El profesor Howard nunca queda satisfecho con un solo orgasmo, y la última vez que lo revisé, no te enseñé a ser tan egoísta como para ignorar las necesidades de los demás… ¿verdad?”, preguntó Pyrrha con cierta picardía.

“C-cierto”, respondió Ruby mientras miraba a Howard con aprensión y asombro. Preocupada porque no sabía si su sensible vagina podría soportar otra ronda con su bien dotado instructor de artes de combate.

Con la cabeza apoyada en el hombro de su compañera Pyrrha se lamió los labios mientras Howard finalmente decidió quitarse la camisa, exponiendo su cincelada parte superior del cuerpo por primera vez ese día.

“Bueno, no perdamos más tiempo entonces”, dijo antes de soltar a Ruby y abalanzarse sobre él. “Y además”, Pyrrha miró a Ruby con picardía, “si no quieres continuar, eso solo significa que él me prestará más atención. ¿Quién soy yo para quejarme?”.

Dicho esto, Pyrrha se volvió hacia Howard, quien la observaba divertida por su obvia estratagema. Parecía que todo lo que hacía tenía que ser una especie de juego o no podría estar tranquila.

Dicha estratagema se hizo evidente cuando Ruby, con la misma mirada decidida de antes, lo arrastró hasta el sofá junto a ella, alejándolo del abrazo de Pyrrha. No vio la sonrisa que Pyrrha le dirigió al sentarse en su regazo, siguiendo sin darse cuenta exactamente lo que Pyrrha quería que hiciera.

Pero Ruby ya no estaba concentrada en nada de eso cuando se encontró cara a cara con Howard. Solo quería complacer a su profesor favorito, olvidando ya las palabras que Pyrrha le había dicho al sujetarle la cara para que se quedara quieto.

Al besarlo, dejó escapar un murmullo de satisfacción mientras Howard correspondía con alegría a su pasión, reavivando su pasión anterior y dando inicio a la segunda ronda de las muchas que vendrían esa noche. Solo cuando el sol empezó a salir y los pájaros empezaron a piar, Ruby finalmente salió de la oficina de Howard junto a Pyrrha, con los cuerpos doloridos pero satisfechos tras una larga noche de apasionado amor.

Las clases habían terminado, y el aire en Beacon parecía distinto. Ruby y Pyrrha caminaban por los pasillos como si fueran dos heraldos de un nuevo tiempo. Los ventanales dejaban pasar la luz del atardecer, y esa calidez daba una sensación de promesa.

—¿Quién crees que sea la primera…? —preguntó Ruby con timidez, su voz apenas un susurro mientras miraba a Pyrrha con una sonrisa cómplice—. Quiero decir… en tener una familia con el profesor Howard.

Pyrrha levantó una ceja, sorprendida, pero luego bajó la mirada pensativa. Caminó en silencio por unos segundos antes de contestar.

—Podría ser Yang —respondió con tono neutral, pero sus dedos jugaron con el borde de su guante, delatando una inquietud—. Aunque ella siempre ha sido impulsiva… y decidida.

Ruby rió nerviosa.

—Sí, pero creo que yo también quiero eso. No ahora, claro… cuando me gradúe… —dijo rápidamente—. Pero sí… estar con alguien como él, que escucha, que guía…

Pyrrha la miró de reojo. Había dulzura en esas palabras, y una fe pura que le recordó sus propios sueños. Luego desvió la mirada, hacia la ventana que daba a los jardines exteriores. El sol se ocultaba tras la silueta de la torre central.

—No dejo de pensar en eso… —dijo en voz baja—. Si algún día formamos una familia… ¿qué tan grande será? ¿Cuántos podremos ser? ¿Y si realmente… dejamos un legado digno?

Había orgullo en su voz, pero también responsabilidad. Pyrrha no lo veía como un simple deseo romántico, sino como una causa. Un linaje que cuidaría del mundo. Un árbol de raíces profundas y ramas fuertes.

—A veces me asusta la idea —confesó con una risa nerviosa—. Pero con él… no parece tan imposible.

Ruby asintió, y ambas compartieron un silencio tranquilo, donde no se necesitaban más palabras. La conversación había sellado una especie de promesa. No una promesa inmediata, sino una que aguardaba en el futuro, esperando su momento.

Unas estudiantes pasaron junto a ellas —Velvet, Nora, Neon—, algunas les sonrieron con complicidad, como si entendieran más de lo que decían. En Beacon, una nueva generación estaba despertando… y con ella, un nuevo tipo de esperanza.

Pyrrha regresó a su habitación con paso firme. Su mente estaba ocupada, pero al mismo tiempo, se sentía más ligera que nunca. Sabía lo que tenía que hacer, y sabía que no era el momento adecuado para que nadie más lo entendiera. Cuando abrió la puerta de su habitación, se encontró con Jaune, quien estaba esperándola, aparentemente preocupado.

“¿Dónde estabas?” preguntó Jaune, con una mezcla de frustración y curiosidad.

Pyrrha lo miró con calma, pero sus ojos brillaban con una intensidad que no podía ocultar. “No es asunto tuyo, Jaune,” dijo suavemente, sin perder su compostura. “Aunque, si insistes tanto… tal vez te debería agradecer por no contar a nadie lo que hiciste para estar en Beacon.”

Jaune se quedó en silencio por un momento, procesando sus palabras. “¿Qué… qué estás insinuando?” preguntó, dando un paso atrás, claramente incómodo.

“Que no eres tan perfecto como intentas aparentar,” respondió Pyrrha, su voz manteniendo un tono tranquilo, pero firme. “Pero eso no es lo que vine a decirte. Lo que vengo a aclarar es algo más importante.”

Jaune la miró, perplejo. “¿Y qué es eso?”

Pyrrha suspiró, sacando un pergamino de su bolso. Con una leve sonrisa, lo desplegó lentamente, revelando varias fotos. Al principio, Jaune no comprendió, pero cuando miró las imágenes con más detenimiento, vio a Howard en ellas. En una, estaba abrazando a Pyrrha, en otra, compartiendo un momento tranquilo mientras tenian relaciones. En todas, ella parecía genuinamente feliz, sonriendo sin la carga de los deberes o las expectativas que siempre llevaba consigo.

“¿Eso… eso qué significa?” preguntó Jaune, su voz temblorosa. “¿Crees que esto… qué clase de juego estás jugando, Pyrrha?”

Pyrrha lo miró directamente a los ojos, sin una pizca de duda en su rostro. “No es un juego, Jaune. Howard no me ve como un trofeo ni como algo que debe ser salvado. Me ve por lo que soy. Y, por primera vez, alguien realmente me comprende. No todo en la vida tiene que ser una batalla, ni todo tiene que girar alrededor de un falso sentido de honor o logros.”

Jaune se quedó en silencio, mordiéndose el labio inferior, procesando lo que acababa de escuchar. “No entiendo…” murmuró, “¿Qué te hace pensar que este tipo… Howard… es lo que necesitas?”

“Porque él me aceptó tal como soy,” respondió Pyrrha, con una voz que no dejaba espacio para la duda. “Y lo que es más importante, no me trata como algo que debe cumplir con un destino. Me dio la libertad de decidir mi propio camino. Eso es lo que hace la diferencia, Jaune.”

Jaune bajó la cabeza, sintiendo una extraña mezcla de celos y frustración. “No sé qué pensar de todo esto…” admitió, más para sí mismo que para Pyrrha.

“Y eso está bien,” dijo Pyrrha con una sonrisa tranquila. “Lo único que quiero es que entiendas que no todo es como lo pintan. Asi que tragate tus ideales estupidos y dejame en paz.”

Jaune la observó en silencio mientras ella se dirigía a su cama. Aunque sus palabras lo habían dejado confuso, algo en su tono lo hizo sentir que había una verdad que aún no comprendía completamente.

Jaune no podía creer lo que acababa de escuchar. Sus manos temblaban ligeramente mientras se acercaba a Pyrrha, la mirada fija en ella, como si esperara que todo fuera solo una broma. Pero las palabras de Pyrrha, claras y serias, se grababan en su mente como una marca indeleble.

“¿Howard? ¿De verdad te vas a quedar con él?” Jaune apenas podía creer lo que sus propios labios pronunciaban. El corazón le latía con fuerza, y su voz se quebraba al intentar procesar la idea de que Pyrrha, la chica que había admirado tanto, la que había luchado a su lado, estaba tomando una decisión tan… irreversible.

Pyrrha lo miró sin inmutarse, sus ojos fríos y decididos. “Sí, Jaune. Él fue el único que me vio por lo que soy, no como una simple campeona. Él me aceptó cuando nadie más lo hizo.” Su tono era calmado, pero sus palabras tenían un peso que golpeaba a Jaune directamente en el pecho. “No eres tú el que me entiende, Jaune. Y aunque me duela, no puedo seguir pretendiendo que lo eres.”

Jaune dio un paso atrás, sintiendo cómo su mundo comenzaba a desmoronarse. Las palabras de Pyrrha fueron como un puño directo al estómago. El sentimiento de impotencia lo invadió, y por un momento, las palabras le faltaron. No podía entender cómo había llegado a este punto. ¿Cómo había llegado a ser el que había fallado?

“No puedes… ¿No puedes ver que te estoy perdiendo?” Jaune murmuró, más para sí mismo que para ella. El dolor de la traición era claro en su voz, pero era un dolor que ni él mismo sabía cómo manejar. “Te he apoyado todo este tiempo, y ahora vas a… a irte con él.”

Pyrrha suspiró, dejando que el aire saliera de sus pulmones con un susurro de cansancio. No era que no le doliera, no era que no le importara Jaune, pero la verdad era más fuerte. “No es que te esté dejando, Jaune. Es que me estoy eligiendo a mí misma. Tú nunca pudiste aceptarme por lo que soy. Solo me querías para lo que pensabas que debería ser.” Su voz estaba tranquila, pero Jaune podía escuchar el quiebre sutil en ella. “No puedo seguir luchando por algo que no existe.”

Jaune sintió un nudo en su garganta, su respiración se hizo más errática. El dolor lo invadía como un torrente, pero algo más fuerte lo sujetaba: la humillación. La angustia de haber fallado. ¿Cómo había llegado tan lejos sin darse cuenta de lo que estaba sucediendo? ¿Cómo no se dio cuenta de lo que había hecho mal?

“Lo siento…” murmuró, sus palabras casi ahogadas. “Lo siento mucho, Pyrrha.” Pero ella ya no estaba allí para escucharle. Pyrrha dio media vuelta y caminó hacia la puerta, sus pasos firmes y seguros. El aire pesado de la habitación parecía cerrar el espacio entre ellos, dejándolo atrapado en la realidad de su error.

“Es demasiado tarde para disculpas, Jaune,” dijo sin volverse. “Ya tomé mi decisión.”

Y antes de que pudiera decir algo más, la puerta se cerró detrás de ella con un golpe suave, pero resonante en su mente.

Jaune se quedó allí, solo en la habitación, con las palabras de Pyrrha sonando en su cabeza una y otra vez. La sensación de derrota lo envolvía por completo. El lugar que había ocupado en su vida, en su corazón, estaba siendo reemplazado por alguien más. Y no podía hacer nada al respecto.

Jaune había intentado ocultar el dolor, pero su alma estaba destrozada. En los días posteriores a su confrontación con Pyrrha, la situación empeoró aún más. Se corrió el rumor entre los estudiantes de Beacon, y no pasó mucho tiempo hasta que los altos mandos descubrieron la verdad. Jaune había falsificado su entrada a Beacon, manipulando documentos y mintiendo sobre su historia para poder ingresar a la academia. El peso de su error le cayó con una fuerza aplastante, y las consecuencias fueron inevitables.

El escándalo fue más grande de lo que Jaune había anticipado. Los profesores y estudiantes comenzaron a murmurar entre ellos, y no pasó mucho tiempo hasta que el nombre de Jaune se convirtió en sinónimo de vergüenza. Fue llamado a la oficina del consejo de administración, donde los altos mandos de Vale, junto con el propio Ozpin, lo enfrentaron con la acusación. Jaune, derrotado, no tuvo más opción que admitir la verdad, aunque su corazón estaba completamente destrozado.

La decisión fue rápida y definitiva: Jaune fue expulsado de Beacon con baja deshonrosa, una mancha indeleble en su nombre que lo seguiría por el resto de su vida. La noticia se difundió rápidamente entre los estudiantes, y el campus se sumió en un aire de shock y decepción. Nadie podía creer que el chico que había sido parte del equipo que había luchado en la batalla contra los Grimm, el chico que había sido su compañero, ahora estaba marcado como un traidor.

Lo último que se escucho es que se prostituye en los barrios bajos de Mistral pero no precisamente para el genero femenino.

Por su parte, Ozpin no pudo evitar sentirse afectado por la noticia. Había confiado en Jaune, a pesar de las fallas evidentes de su pasado. Pero la magnitud de la mentira era innegable. Sin embargo, lo que realmente afectó a la academia fue la reacción final de los altos mandos de Vale. Como resultado de los escándalos que se habían desatado y la falta de control, Ozpin fue destituido de su cargo como director de Beacon. Fue un golpe devastador para el hombre que había dedicado tanto a la academia, pero las presiones externas y el escándalo fueron demasiados.

En su lugar, un cambio drástico ocurrió. Beacon, la academia que había sido sinónimo de esperanza y progreso, pasó a estar bajo el total control de Howard Phillips. Los altos mandos de Vale, que se habían mostrado inicialmente escépticos sobre la influencia de Howard, ahora lo consideraban la opción más viable para restaurar el orden en la academia y darle un nuevo enfoque.

Howard, con su astucia y su influencia, asumió el puesto con una calma inquietante. Su visión para Beacon era diferente. Ya no solo se trataba de entrenar a los futuros cazadores y cazadoras; ahora, el control que ejercería sobre los estudiantes sería más profundo. No solo se trataría de habilidades en combate, sino también de moldear las mentes y corazones de aquellos que, en el futuro, serían los pilares de la sociedad.

Howard comenzó a cambiar el enfoque de la academia. Los estudiantes ya no solo eran formados para ser guerreros, sino también para ser líderes, pensadores y creadores de nuevas generaciones. La presión sobre ellos aumentaba, pero, bajo la tutela de Howard, muchos comenzaron a ver la academia como una institución que no solo preparaba para la guerra, sino para el futuro mismo.

En los pasillos de Beacon, los murmullos sobre la nueva dirección de la academia se esparcían rápidamente. Algunos lo apoyaban, viendo la oportunidad de un futuro brillante, mientras que otros sentían la presión del cambio que se avecinaba.

Mientras tanto, Jaune, fuera de Beacon y con su vida marcada por la deshonra, se alejó de la academia, completamente solo. Las decisiones que había tomado lo habían llevado a un camino del cual no había retorno, y ahora solo quedaba una gran incertidumbre sobre su futuro.

Jaune había intentado ocultar el dolor, pero su alma estaba destrozada. En los días posteriores a su confrontación con Pyrrha, la situación empeoró aún más. Se corrió el rumor entre los estudiantes de Beacon, y no pasó mucho tiempo hasta que los altos mandos descubrieron la verdad. Jaune había falsificado su entrada a Beacon, manipulando documentos y mintiendo sobre su historia para poder ingresar a la academia. El peso de su error le cayó con una fuerza aplastante, y las consecuencias fueron inevitables.

El escándalo fue más grande de lo que Jaune había anticipado. Los profesores y estudiantes comenzaron a murmurar entre ellos, y no pasó mucho tiempo hasta que el nombre de Jaune se convirtió en sinónimo de vergüenza. Fue llamado a la oficina del consejo de administración, donde los altos mandos de Vale, junto con el propio Ozpin, lo enfrentaron con la acusación. Jaune, derrotado, no tuvo más opción que admitir la verdad, aunque su corazón estaba completamente destrozado.

La decisión fue rápida y definitiva: Jaune fue expulsado de Beacon con baja deshonrosa, una mancha indeleble en su nombre que lo seguiría por el resto de su vida. La noticia se difundió rápidamente entre los estudiantes, y el campus se sumió en un aire de shock y decepción. Nadie podía creer que el chico que había sido parte del equipo que había estado ahi, el chico que había sido su compañero, ahora estaba marcado como un traidor.

Por su parte, Ozpin no pudo evitar sentirse afectado por la noticia. Había confiado en Jaune, a pesar de las fallas evidentes de su pasado. Pero la magnitud de la mentira era innegable. Sin embargo, lo que realmente afectó a la academia fue la reacción final de los altos mandos de Vale. Como resultado de los escándalos que se habían desatado y la falta de control, Ozpin fue destituido de su cargo como director de Beacon. Fue un golpe devastador para el hombre que había dedicado tanto a la academia, pero las presiones externas y el escándalo fueron demasiados.

En su lugar, un cambio drástico ocurrió. Beacon, la academia que había sido sinónimo de esperanza y progreso, pasó a estar bajo el total control de Howard Phillips. Los altos mandos de Vale, que se habían mostrado inicialmente escépticos sobre la influencia de Howard, ahora lo consideraban la opción más viable para restaurar el orden en la academia y darle un nuevo enfoque.

Howard, con su astucia y su influencia, asumió el puesto con una calma inquietante. Su visión para Beacon era diferente. Ya no solo se trataba de entrenar a los futuros cazadores y cazadoras; ahora, el control que ejercería sobre los estudiantes sería más profundo. No solo se trataría de habilidades en combate, sino también de moldear las mentes y corazones de aquellos que, en el futuro, serían los pilares de la sociedad.

Howard comenzó a cambiar el enfoque de la academia. Los estudiantes ya no solo eran formados para ser guerreros, sino también para ser líderes, pensadores y creadores de nuevas generaciones. La presión sobre ellos aumentaba, pero, bajo la tutela de Howard, muchos comenzaron a ver la academia como una institución que no solo preparaba para la guerra, sino para el futuro mismo.

En los pasillos de Beacon, los murmullos sobre la nueva dirección de la academia se esparcían rápidamente. Algunos lo apoyaban, viendo la oportunidad de un futuro brillante, mientras que otros sentían la presión del cambio que se avecinaba.

Mientras tanto, Jaune, fuera de Beacon y con su vida marcada por la deshonra, se alejó de la academia, completamente solo. Las decisiones que había tomado lo habían llevado a un camino del cual no había retorno, y ahora solo quedaba una gran incertidumbre sobre su futuro.

Habían pasado los años. La Academia Beacon ya no era la misma que muchos recordaban. Bajo el liderazgo de Howard, se había convertido en un lugar de conocimiento más libre, más introspectivo, donde la filosofía, la astronomía y la búsqueda del alma guiaban tanto como el entrenamiento en combate. Las viejas estructuras se habían disuelto, y las alumnas de antes ahora eran mujeres hechas y derechas, portadoras de sueños propios y decisiones conscientes.

Yang, la primera en aceptar aquel lazo, caminaba por los jardines con serenidad. Su vientre ya mostraba con dulzura la curva de la vida que crecía dentro de ella. Sus manos, instintivamente, se posaban allí con un cariño que ninguna palabra podía explicar. Era un gesto lleno de paz.

Ruby, a su lado, la observaba con una sonrisa brillante, algo nerviosa todavía, pero segura de su decisión. Había tardado más en comprender sus propios sentimientos, en aceptar que el cariño que sentía por Howard no era solo admiración, sino algo más maduro, más comprometido.

Pyrrha, elegante como siempre, las alcanzó bajo el viejo roble que servía ahora como punto de encuentro para ellas. Su expresión era serena, pero en sus ojos había emoción contenida. ―¿Alguna novedad?― preguntó, mirando a Yang.

―Solo que… creo que se movió hoy, cuando escuchó tu voz, Ruby ―respondió Yang, riendo suavemente.

Las tres compartieron una mirada cómplice. No hacía falta decir mucho. En sus corazones, ya sabían que formaban parte de algo mayor, de una nueva historia.

Howard, por su parte, las observaba desde una de las altas terrazas de la torre central. No había arrogancia en su expresión, ni soberbia. Solo un leve suspiro cargado de pensamientos. Había vivido muchas eras, pero esta… esta tenía un peso distinto. Cada una de las jóvenes ahora mujeres representaba una posibilidad, un camino, un futuro.

Cerró los ojos.

“¿Qué tipo de generaciones nacerán de ustedes?”, pensó. “¿Qué mezcla de lo divino, lo humano y lo libre surgirán de este nuevo mundo?”

No buscaba poder. No buscaba dominio. Lo que Howard deseaba era que el mundo, alguna vez quebrado, tuviese guardianas. Hijas e hijos no solo de sangre, sino de voluntad, de esperanza, de legado compartido.

El grito de Yang resonó en la sala blanca del hospital privado, seguido de un bufido cargado de dolor, rabia… y una pizca de humor.

—¡Howard! ¡Máldita seaaaaaa! —le gritó mientras aplastaba su mano con una fuerza que hubiera hecho crujir el acero.

Howard, sentado a su lado, soportaba la presión con una sonrisa nerviosa pero serena. No era la primera vez que presenciaba el nacimiento de una nueva vida… pero esta era distinta. Esta vez, era suyo.

Ruby esperaba junto a la puerta, con las manos entrelazadas, brincando de un pie al otro. Pyrrha estaba a su lado, con una expresión serena pero emocionada. Ambas tenían una energía contagiosa, una mezcla de ansiedad y alegría que flotaba como perfume en el aire.

Finalmente, el llanto del bebé llenó el pasillo. La puerta se abrió lentamente y una enfermera salió con una sonrisa cansada.

—Es un niño. Ambos están bien.

Ruby soltó un pequeño grito de felicidad y corrió dentro, casi tropezando con su capa al hacerlo. Yang, despeinada y sudando, sostenía con ternura al pequeño, envuelto en mantas azules.

—¿Quieres cargarlo? —preguntó Yang, apenas recuperando el aliento.

Ruby asintió con fervor y recibió al niño con delicadeza. —Hola, pequeñito… soy tu tía Ruby. Vamos a hacer muchas locuras juntos —susurró, emocionada hasta las lágrimas.

Howard se acercó, acariciando suavemente la cabeza de Yang.

—Lo hiciste bien. Estoy… orgulloso de ti —dijo con una voz cálida, más suave que el silencio.

—Más te vale estarlo —respondió Yang con una débil sonrisa, cerrando los ojos por un instante.

En la casa, la celebración comenzaba a prepararse.

Blake y Weiss estaban en la cocina, cada una con un delantal. Blake pelaba frutas con la destreza de una ninja, mientras Weiss se concentraba en hornear un pastel con una receta heredada de su familia.

—¿Azúcar o miel para el glaseado? —preguntó Weiss, consultando a su compañera.

—Azúcar. Que el pastel sea tan dulce como este momento —respondió Blake, sin dejar de mover las manos con precisión.

En la sala, Nora y Neon jugaban a una consola que apenas sobrevivía a la intensidad de sus gritos. Nora estaba en ventaja… hasta que Neon, con una risa felina, hizo un combo imposible.

—¡No otra vez! —gritó Nora, lanzando el control al aire. —¡Estás haciendo trampa, o eso es un superpoder de gatos!

—Solo talento natural, mi querida Nora~ —canturreó Neon.

Pyrrha, sentada en un sillón, observaba la escena con una paz que rara vez se permitía. Cuando Ruby entró con el bebé en brazos, todos los ojos se centraron en él. En ellos no había nada más que amor y promesas futuras.

—¿Ya pensaron en un nombre? —preguntó Neon con curiosidad.

Howard intercambió miradas con Yang, quien, sin dejar de sonreír, susurró:—Se llamará Asterion. Que significa “estrella fuerte”.

Ademas sentia que le debia eso al primer sultan.

Hubo un momento de silencio reverente. Luego, aplausos suaves y una alegría genuina llenaron la casa.

Pyrrha murmuró para sí misma mientras observaba al pequeño Asterion:—La primera estrella de una nueva constelación…

Y en el rostro de Howard, por primera vez en mucho tiempo, se dibujó una sonrisa no estratégica ni reservada… sino simplemente humana.

Paso del tiempo.

La lluvia golpeaba suavemente contra los ventanales del hogar, una sinfonía lejana que llenaba de calma los rincones de la sala. Era una tarde templada, y en el centro del hogar, Howard estaba sentado en su sillón habitual, con un libro abierto entre las manos. No era un tomo cualquiera, sino uno especial: La Historia del Quinto Cielo, Marie.

A su alrededor, un grupo de niños —de edades distintas pero unidos por la misma sangre— escuchaban con atención. Algunos se recostaban en almohadas esparcidas por la alfombra, otros se sentaban a los pies de Howard, mirando hacia arriba con ojos brillantes de curiosidad.

—”…y entonces Marie, sabiendo que no podía salvar al mundo entero, decidió salvar a la unica persona que podria restaurarlos a todos y asi, el canto, Permíteme cantar solo esto, oh Doncella: ¡

Que el fluir del Tiempo se detenga! ¡Pues el mundo es solo una sombra bajo tu belleza!

Deseo a tu estrella eterna: ¡guíame a alturas desconocidas, oh Doncella..” —leyó Howard en voz baja, modulando la voz como si tejiera un hechizo.

Ruby, sentada cerca del marco de la puerta, lo miraba en silencio. Tenía un pequeño dormido en brazos, su más reciente hijo, con cabellos tan oscuros como los de ella y una expresión tranquila como la de su padre. A su lado, Weiss tejía una bufanda con el color azul hielo de su emblema familiar. Blake hojeaba un libro de poesía, pero su mirada se desviaba constantemente hacia Howard, incapaz de ignorar su voz. Pyrrha, recostada en el diván, mantenía una mano sobre su vientre: ya se notaba la curva suave de una nueva vida creciendo.

Nora y Neon, que habían preparado bocadillos para todos, entraron con una bandeja de dulces y zumos, y se sumaron al ambiente con risas apagadas, cuidando no interrumpir el cuento.

Yang apareció desde la escalera con su hijo mayor —Asterion— que ya era un niño inquieto y fuerte. Se sentó cerca del fuego, abrazando una almohada gigante mientras apoyaba la barbilla en las rodillas. El niño tenía la mirada de su madre y la concentración de su padre. Cuando Howard mencionaba batallas o sacrificios, Asterion fruncía el ceño. Cuando hablaba de amor, su rostro se relajaba.

Howard bajó el libro por un momento, observando a todos.

—¿Saben…? —dijo con una media sonrisa—. Ahora entiendo por qué Vash hablaba de esto. No es una vida perfecta, pero sí completa. No estamos solos… ni lo estaremos nunca más.

Los niños, sin comprender del todo, solo se acercaron más, como pequeños planetas orbitando alrededor de una estrella.

Ruby se acercó y se sentó en el reposabrazos del sillón, apoyando la cabeza en el hombro de Howard.

—Estamos aquí… y eso es suficiente, ¿no?

Howard asintió, cerrando el libro mientras el fuego de la chimenea crepitaba suavemente.

Fuera, la lluvia continuaba, como si el mundo entero quisiera detenerse para escuchar aquella historia.

Y en esa casa, en ese instante, el universo parecía estar exactamente donde debía

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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