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N.T.R. RWBY - Capítulo 19

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Capítulo 19: Doppelrganger part 1.

La grieta se cerró con un chillido desgarrador, como si la realidad misma gimiera de dolor. Una nube carmesí quedó suspendida en el aire, evaporándose lentamente, impregnando el bosque con un hedor a ozono y ceniza. Las aves habían huido. El mundo contenía la respiración.

Desde el corazón de ese portal, Vash Stampede Heydrich emergió tambaleante, cubierto de heridas y con el manto alemán desgarrado. Parte de su hombrera había sido fundida por una lanza de luz que lo había atravesado minutos antes. Su brazo izquierdo colgaba inerte, fracturado en varios puntos. Un halo rojizo resplandecía en su espalda, pulsando con un ritmo lento, doloroso. No era un aura de vida… sino de supervivencia.

—…Maldito seas, Nerose… —murmuró, dejando una línea de sangre sobre las hojas al avanzar.

Había luchado contra el Tercer Cielo: Nerose Satanael, el Arconte de la Disformidad, gobernante de la Utopía de Plata en la Segunda Era. Todo había comenzado como una simple operación defensiva: la fortaleza flotante de Valhalla había atravesado sin querer una grieta espacio-temporal, cayendo sobre una era gobernada por los ángeles del dogma perfecto. Y ellos, incapaces de tolerar la existencia de algo fuera de su ideal, habían respondido como siempre respondían: con genocidio.

Las fuerzas nazis de la Mesa Redonda de Obsidiana, al servicio del Reich de Reinhard, se enfrentaron en una guerra imposible contra ejércitos de luz. Durante dias, se derramó sangre humana y divina por igual. Valhalla resistía, sus cañones resonaban como los cuernos del Juicio Final. Pero entonces él apareció.

Nerose Satanael.

No era un ángel en el sentido humano. Era una encarnación de la simetría enfermiza, del juicio inclemente. Y su poder… distorsionaba las leyes de la causalidad. Bastó una palabra suya para romper el equilibrio. Los soldados de obsidiana fueron separados, disueltos, lanzados por la disformidad a diferentes eras y mundos, como piezas que ya no encajaban en el tablero.

Vash fue uno de ellos.

Cayó sobre la Isla de Patch como una lluvia de estrellas que nunca pidió caer. El bosque lo recibió con indiferencia, con sus raíces ocultas y su aire húmedo. Apenas dio unos pasos antes de desplomarse contra el tronco de un árbol gigante. El musgo le acariciaba la espalda como una madre doliente. Cerró los ojos.

Pero no durmió.

Recordó.

Recordó la mirada de Nerose. Recordó cómo Wolfram fue partido por la mitad por una lanza hecha de palabras. Cómo Ehrenburg gritó al ser consumido por la “paz” que lo redujo a cenizas. Recordó a su padre, Reinhard, sonriendo ante el fin, como si la muerte fuese solo un trámite.

Y recordó que él había sobrevivido.

—No por destino —escupió sangre—. Sino por error.

Un ciervo se asomó desde el follaje. Observó al forastero cubierto de símbolos imposibles, con cabello dorado y ojos que destellaban con poder antiguo. El ciervo no huyó… solo se detuvo. Como si comprendiera que aquel ser no era humano. Ni dios. Era algo roto, encajado en un cuerpo.

—Patch, huh… —susurró Vash, reconociendo por los fragmentos de historia lo que esta isla era. Había leído sobre ella, siglos antes.

Apoyó su cabeza contra el tronco. Necesitaba sanar. Necesitaba pensar. Y necesitaba entender si los otros aún vivían.

Un viento helado atravesó los árboles. No traía amenaza… sino presagio.

Alguien vendría a encontrarlo.

Quizás una niña inocente.

Quizás una cazadora en formación.

Quizás… un testigo del mundo que sería desgarrado cuando la verdad llegara.

Porque Vash no había venido solo. Aunque roto y fragmentado, la sombra del Reich venía con él.

Y esta isla… aún no entendía lo que significaba tener un visitante del otro cielo.

Vash se mantuvo inmóvil por unos instantes más, recostado contra el tronco cubierto de musgo. Luego, con un leve movimiento de sus dedos, activó la voluntad del Azul.

No hubo palabras. Solo intención.

Una onda de energía fluyó desde su núcleo, reescribiendo la información de su cuerpo. Las fracturas comenzaron a cerrarse con un chasquido húmedo. La sangre coagulada fue absorbida, y los tejidos musculares regresaron a su estado óptimo. Las costuras de su uniforme se tejieron de nuevo, guiadas por patrones invisibles.

El rojo inmaculado volvió a cubrir su torso.

Las insignias del Valhalla brillaron un instante.

La herencia del Reich resurgió.

Con un suspiro largo, Vash se quitó los lentes de sol, revelando un par de ojos de un verde profundo, casi cristalino. Eran más que órganos visuales. Eran fracturas en la realidad, pequeñas grietas por donde se filtraba la visión del hadou.

Alzó la mirada. El cielo era distinto. Más puro que en su mundo, más joven, pero también más ingenuo.

—Lejos del Trono Dorado… y aún más lejos del hogar. —murmuró con voz suave, casi resignada.

Se pasó la mano por el rostro, despejando unos mechones rebeldes de su cabello rubio. El aire era denso, húmedo, con un aroma a vida vegetal y sal. La isla rebosaba vitalidad… pero no era inocente. No del todo.

Una figura negra lo observaba desde la rama de un árbol cercano.

Un cuervo.

Los ojos del ave no tenían malicia, pero sí una quietud antinatural. Una especie de conciencia… como si presenciara algo que su limitada existencia no podía comprender. Vash le devolvió la mirada y el cuervo se mantuvo en su sitio. No huyó.

—Sabes que no soy de este mundo. Lo sientes.

Pero no era el único que lo sentía.

Cuando Vash cerró los ojos y enfocó su proto-omnisiencia, el velo del mundo se desgarró brevemente ante su percepción. Vió las capas narrativas del plano. La historia, la tragedia, los ciclos de esperanza y destrucción. No por nombres, sino por estructuras.

Este mundo estaba condenado a repetir sus errores.

Un ciclo que apenas comenzaba a fracturarse.

Y entre esas capas… lo encontró.

—Una infección.

Al principio, una sensación sutil, como la picadura de una idea incorrecta. Pero al profundizar, lo vio con claridad. Un nodo corrupto, una presencia antinatural que no provenía de otro plano, sino de las entrañas mismas del mundo.

Los Grimm.

—Criaturas que cazan a la humanidad… no por hambre. Sino por orden.

Sus dedos se tensaron. Su pulso, ahora estable, se tornó frío.

Los Grimm no eran bestias. No del todo. Eran formas manifestadas del miedo, retroalimentadas por la psique colectiva y guiadas por algo aún más profundo. Una entidad sin nombre aún, para él. Pero su patrón era claro.

Antivida.

—Una plaga ontológica. Un eco imperfecto del Vacío… —musitó, al ponerse de pie—. Similar… pero primitivo.

El uniforme crujió cuando se incorporó por completo. Ajustó los guantes, se colocó de nuevo los lentes de sol y miró hacia el bosque. Su cuerpo ya no dolía. Solo su memoria. La disformidad de Nerose, los gritos en la fortaleza.

Aquí, en este mundo donde aún no existía un cielo verdadero… Vash era una anomalía divina.

Pero también era un lector.

Y acababa de identificar la mentira más grande de este universo.

Una mentira con rostro humano, adornado con sonrisas, cobardías y nombres de cazadores.

Pero aún no lo conocía. Solo percibía su impronta narrativa: un engaño arraigado en la estructura de la historia misma, protegido por narrativas indulgentes, por la ilusión de bondad.

Vash lo encontraría. Y cuando lo hiciera, el equilibrio se rompería.

—Comencemos, entonces… por conocer la carne de este mundo.

Los cazadores. Las niñas que empuñan espadas.

La máscara… y luego la verdad.

El cuervo lo observaba en silencio.

Posado en la rama más alta de un árbol deformado por la niebla, el ave seguía con sus ojos rojos cada uno de los sutiles gestos de Vash. Era un pájaro negro como la noche sin luna, inmóvil, salvo por el ocasional parpadeo.

Vash, aún apoyado contra el tronco, tenía los ojos entrecerrados, en aparente reposo… pero sabía. Lo sentía. Aquel cuervo no era un animal cualquiera.

El aire a su alrededor vibró con una tensión apenas perceptible, como si la misma realidad contuviera el aliento.

El cuervo, al darse cuenta de que había sido descubierto, graznó bruscamente y abrió sus alas, lanzándose al cielo.

En un parpadeo, Vash se movió.

La tierra bajo sus pies se destrozó como si una explosión silenciosa hubiese ocurrido. El suelo se hundió, las raíces temblaron, las hojas cercanas fueron lanzadas por el impulso del simple paso de un dios.

Para un hadou como Vash, usar el mínimo de fuerza era ya un acto destructivo. Su cuerpo, entrenado en la quinta Era entre los horrores de la disformidad y los ejércitos de dioses muertos, no conocía suavidad.

En un instante, estuvo en el aire.

El cuervo no tuvo escapatoria.

Una mano lo atrapó con precisión, firme, como una celda hecha carne. El ave graznó, luchando violentamente con alas y pico, intentando liberarse. Pero no hubo rendija. El agarre de Vash era absoluto.

Sostuvo al cuervo ante su rostro con serenidad. Sus ojos rojos, brillantes con una luz interna, no mostraban furia… solo desprecio.

—No eres un cuervo. —Su voz era un susurro, pero el bosque pareció callar al oírlo—. Estás disfrazada… y creíste que no te vería.

El cuervo chilló más fuerte, con una voz que ya no era del todo aviar. Una nota de rabia… o de desafío.

Vash entrecerró los ojos y apretó apenas. No lo suficiente para herir, pero sí para quebrar la máscara. El graznido se volvió un quejido humanoide. Algo dentro del ave se quebró. La mentira ya no podía sostenerse.

—Habla —dijo Vash—. Revela quién eres… y te dejaré caer.

Por un instante, solo hubo el sonido del viento.

Entonces el cuervo asintió con un gesto antinatural.

Y Vash lo soltó.

En el mismo aire, el cuerpo del ave giró, deformándose con una transición fluida pero violenta. Alas se fundieron en brazos, plumas en cabellos oscuros, garras en dedos. Cayó al suelo con elegancia animal, agachada, desnuda de toda farsa, su espada desenvainada casi al mismo tiempo que su forma humana se completaba.

Raven Branwen.

De pie, con su melena negra agitándose al viento y sus ojos rojos fijos en Vash, la mujer lo miró con furia y cautela. Como una loba que había sido arrinconada por un monstruo que ni siquiera sabía que existía.

—Me llamo Raven —escupió, la voz áspera como piedra rota—. Raven Branwen.

Desenvainó su espada. Una hoja larga, pulida, aún húmeda por el aire de otra dimensión. Dio un paso atrás, tensando su cuerpo como si esperara un ataque inmediato.

Vash no se movió. Solo la miró. Como si ya supiera que, en esa isla, ella no era el peligro más grande… pero sí una pieza en el tablero que debía ser comprendida.

Raven retrocedió un paso.

No por miedo… sino por el peso de lo inexplicable.

El joven frente a ella era delgado, de contextura humana, de cabellos rubios desordenados que no parecían de un guerrero curtido. Aún tenía rastros de sangre seca en el cuello y en la chaqueta, pero su cuerpo no mostraba rastro alguno de herida.

Lo había visto salir del portal, tambaleante y grave. Lo había visto sangrar.

Y luego, ante sus propios ojos, esa carne lacerada se había regenerado, el tejido volviendo a su lugar, los desgarrones del traje cerrándose como si el tiempo hubiera retrocedido… como si el mundo mismo hubiera decidido que ese ser no debía estar herido.

Ahora, su postura era recta, firme como una estatua erguida en medio del caos. Sostenía una expresión neutra, sin interés, sin arrogancia.

Raven no lo había visto moverse.

Y, sin embargo, ahí estaba, con la mano aún abierta, como si acabara de soltarla, como si su velocidad hubiese roto el tiempo entre un instante y otro.

Ella no pudo evitar tensar su espada.

—¿Quién eres? —demandó, su voz como hierro raspado.

Vash no respondió de inmediato. Ajustó levemente su postura y, con calma, volvió a colocarse las gafas, cubriendo el verde brillante de sus ojos. Habló apenas por encima del murmullo del bosque.

—Vash Stampede Heydrich. No estoy aquí por ti.

Raven entrecerró los ojos. Ninguna emoción. Ninguna amenaza directa. Pero algo en esa voz… algo le gritaba que lo que tenía enfrente no era humano.

Sus músculos se tensaron. Atacó.

Un corte limpio, directo al cuello. Implacable, veloz. Raven, asesina, espadachina, guerrera, no dudaba.

Pero no lo tocó.

El cuerpo de Vash se inclinó con un movimiento mínimo, apenas un quiebre de hombros. La hoja pasó a milímetros de su garganta sin rozarlo.

Raven apretó los dientes. Giró su muñeca, lanzó un tajo descendente. Otro esquive. Vash inclinó la cabeza y el corte solo acarició el aire.

Cambió el ángulo, atacó bajo, girando la espada como un relámpago. Vash apenas movió un pie. El golpe fue evadido como si ya lo hubiera visto.

No bloqueaba. No contraatacaba. Solo esquivaba.

Raven dio un paso atrás, jadeando levemente. No por el esfuerzo físico, sino por la incomodidad. Por la certeza creciente de que lo que tenía enfrente estaba jugando con ella.

Vash alzó una ceja. Aún no había tocado su arma. No había desenvainado. Solo había mantenido el equilibrio de un ser que ya lo había visto todo.

—Si esto es una prueba —dijo con voz serena—, has fallado. No tengo intención de dañarte. Pero tampoco aceptaré provocaciones.

El viento sopló entre los árboles, removiendo el polvo de la batalla que no fue.

Raven apretó el mango de su espada. Algo en sus manos temblaba. No de miedo… sino de reconocimiento. Había visto monstruos antes. Había enfrentado a cazadores, a Grimm mayores, a la corrupción misma.

Pero este chico…

Este chico esquivaba como si los ataques le llegaran media eternidad tarde.

—¿Qué eres…? —preguntó con voz más baja.

Vash ladeó levemente la cabeza, como quien contempla una pregunta cuya respuesta es demasiado grande para caber en palabras.

—Un soldado… al servicio del Cuarto Reich.

Sus ojos se elevaron hacia el horizonte, como si pudiera ver más allá del velo de Remnant, como si la historia entera le hablara al oído.

Raven bajó lentamente su espada.

No había ganado. No había perdido. Pero sí entendía algo: había cosas más grandes que ella rondando en esa isla… y acababa de tropezarse con una.

Se arrojo de nuevo moviendo su espada para cortarlo, vash tuvo suficiente de esta mujer.

“Rojo”

Cuando la mujer extendio el arma el la tomo por su guardia baja y extendio un dedo.Una esfera carmesi de un diametro mucho menor a un grano de arena.

Raven apretó los dientes.

El crujido de sus costillas rotas resonaba dentro de su pecho como un tambor de advertencia. Su espalda ardía, cada músculo gritaba mientras el sabor metálico de la sangre inundaba su lengua.

El golpe no había sido físico.Al menos uno que haya visto.

Solo un destello rojo. Un leve gesto. Un murmullo.

Y sin embargo, la había lanzado como a una muñeca de trapo a través de varios árboles. Su aura, endurecida por años de batalla, se había quebrado como cristal bajo el impacto invisible. Un golpe sin forma. Sin sonido.

Sin misericordia.

Vash se acercaba.

Sus pasos eran silenciosos, regulares, casi indiferentes. No había prisa. No había rencor. Solo se estaba cansando. Su rostro seguía impasible, escondido detrás de esas malditas gafas, como si todo lo que había ocurrido no fuera más que una interrupción molesta en su caminar.

Raven trató de apoyarse sobre una rodilla, jadeando, y alzó su espada. Activó su Semblanza. El filo cortó el aire, buscando abrir un portal para huir.

Pero entonces…

—Rojo —susurró Vash.

Y el portal colapsó.

Como si el espacio mismo hubiera sido sellado. Como si el mundo se hubiera negado a abrirle una puerta.

Raven se congeló. El sudor bajaba por su frente. Estaba herida, sí. Pero más que eso, estaba desconcertada. No entendía qué clase de Semblanza tenía este chico. No entendía por qué su habilidad para manipular los portales había sido cerrada como una hoja doblada por una mano superior.

Su cuerpo reaccionó por instinto. Dio un salto hacia atrás, tratando de crear distancia, pero Vash levantó la mano con un ademán casual, casi aburrido.

Y el bosque rugió.

El aire tembló. El cielo pareció vacilar. El suelo crujió.

Una sección entera del bosque, cientos de metros, fue arrasada por una presión invisible. Árboles fueron reducidos a astillas, la tierra levantada como olas de polvo y ceniza. El rojo había explotado en todas direcciones, no como fuego, sino como un desgarro del espacio mismo.

Raven cayó de rodillas, los ojos desorbitados, su mente trabajando frenéticamente para entender.

Esto no era aura. No era Semblanza.

Esto era otra cosa.

Un poder más allá de Remnant. Más allá de los Grimm, más allá de las doncellas que alguna vez susurraron a los hombres.

Vash bajó lentamente su mano y habló con tono plano, como si estuviera dictando un protocolo.

—Hablas… o mueres.

Y entonces Raven lo sintió.

La emoción.

El temblor en sus piernas no era solo miedo. Era otra cosa. Excitación.

Ese poder… ese absoluto, ese control puro de la realidad… no era algo que se encontrara en este mundo. No era una Semblanza con límites. No era aura que se pudiera agotar. Era voluntad encarnada.

Y Raven Branwen siempre había valorado el poder.

El poder era lo único que no mentía. Lo único que no abandonaba. Lo único que salvaba.

Ella sonrió. No con desprecio. No con arrogancia. Sino con una chispa de deseo oculto bajo el dolor y la sangre que aún caía por la comisura de sus labios.

—Está bien… —dijo, escupiendo a un lado—. Pregunta.

Su tono era ronco, pero firme.

La mujer que se arrastraba por poder, por control, por libertad… había encontrado un abismo nuevo.

Y quizá, solo quizá… si jugaba bien sus cartas… podría tenerlo de su lado.

El bosque aún temblaba.

La energía del “Rojo” no había desaparecido del aire, como si el tejido mismo de la realidad necesitara tiempo para recomponerse. Los pájaros callaban. El viento se arrastraba entre los árboles rotos, evitando el espacio donde se encontraba él.

Vash extendió su mano y tocó un árbol cercano, uno de los pocos que quedaba en pie tras su demostración de poder. Su palma se posó apenas sobre la corteza. Y con ese simple toque… el árbol se partió en silencio.

El tronco crujió desde dentro, como si hubiera sido carcomido por siglos en un instante. Cayó hacia un lado sin resistencia, formando un trono improvisado de madera partida.

Vash se sentó.

Su cuerpo encajaba con naturalidad sobre el improvisado asiento. Una figura recta, impecable, el abrigo militar rojo y gris ondeando ligeramente con la brisa. Cruzó una pierna sobre la otra, apoyó un codo sobre la rodilla y señaló con dos dedos a Raven.

Una orden muda.

Siéntate.

Raven retrocedió un paso, desconfiada. El instinto le gritaba que no se sometiera. Que no mostrara debilidad.

Pero entonces, el brillo.

Un destello etéreo atravesó las gafas oscuras de Vash, como si una mirada antinatural emergiera desde un plano superior. No había amenaza verbal, ni despliegue de energía, solo esa luz… como si el mundo fuera a torcerse de nuevo si no obedecía.

Raven tragó saliva. Gruñó, frustrada. Y se sentó.

Ambos frente a frente. El aire pesado. Los árboles susurraban de lejos como si observaran desde la distancia. Y entonces Vash comenzó a hablar.

—Dime… —dijo con calma, sin alterar el tono—. ¿Qué facciones existen en este mundo? ¿Quiénes luchan contra quién? ¿Algún reino sigue en guerra abierta?

Las preguntas eran sencillas, pero algo en su forma de hablar… como si estuviera cartografiando algo mayor, algo que necesitaba saber no por curiosidad, sino por estrategia.

Raven frunció el ceño, sospechando.

—…Vacuo sigue siendo tierra libre. Atlas… bueno, era el más avanzado, pero con su separación del resto de los reinos, generó fricciones. Vale y Mistral tienen sus roces, como siempre. Y hay grupos independientes… los Bandidos, la Hermandad del colmillo blanco, y otros.

—¿Grimm? —interrumpió Vash sin emoción.

—Los de siempre. Como una plaga sin fin… pero últimamente algo está mal. Se han vuelto más organizados. No sé si es Salem o algo más, pero se están moviendo distinto.

Vash asintió ligeramente.

—Gracias.

Raven entrecerró los ojos. Algo no cuadraba.

—¿Tú… de dónde dijiste que venías?

—No lo dije.

—Entonces, ¿me puedes repetir tu nombre?

Vash desvió apenas el rostro, dejando ver parte de su mejilla pálida.

—Vash… Stampede Heydrich.

Raven parpadeó.

Heydrich.

No le sonaba.

No era un nombre del mundo que conocía. Ni de los círculos de Atlas, ni de los registros antiguos, ni siquiera de las leyendas. ¿Un nombre falso? ¿Un título?

No lo supo. Pero algo sí entendía ahora. Este chico no solo era una anomalía de poder… era extranjero. Literalmente.

Vash se puso de pie. Lentamente. Ajustó el largo de su uniforme, tirando con precisión de los pliegues de su abrigo rojo y gris. Sus guantes negros brillaron brevemente al cerrarse.

Ya no necesitaba más de esta conversación.

—Agradezco la información, Raven Branwen —dijo con formalidad casi diplomática—. Pero mi camino es largo. Y tengo mucho que pensar…

Raven arqueó una ceja, aún sentada.

—¿Sobre qué?

Vash se giró de espaldas, sus palabras flotaron en el aire como una sentencia dictada desde otro plano.

—Sobre cómo vencer a Nerose.

Y sin mirar atrás, comenzó a caminar entre las ruinas del bosque, cada paso marcando la tierra con un leve zumbido de poder contenido.

Raven lo observó alejarse, aún sentada.

Nerose. Otro nombre que no conocía.

Y sin embargo, por la forma en que lo dijo… entendió que quien sea que fuese, ese ser no pertenecía a este mundo.

Raven apenas tuvo tiempo de asimilarlo. Vash había desaparecido entre los árboles, pero algo dentro de ella no la dejaba irse. Su cuerpo temblaba ligeramente, no de miedo… sino de una inquietud visceral.

Esa clase de poder…Esa forma de mirar el mundo como si nada ni nadie pudiera tocarlo.

Y entonces lo decidió.

Reapareció entre sombras, veloz, su espada envuelta en aura oscura, atacando sin aviso.

Un tajo directo, impulsado por velocidad, rabia, e instinto.

Pero él ya estaba allí. Vash detuvo el golpe con una mano. Sin usar armas, sin aura visible. Sólo colocó su palma abierta frente al filo.

Raven apenas logró comprender lo que sucedía cuando su espalda golpeó el suelo con violencia.

Derribada.

Y sometida.

Una rodilla presionaba su torso. La mano libre de Vash mantenía su muñeca fijada contra la tierra. El peso era exacto. No dolía, pero la dejaba sin escape.

Los ojos de ambos se encontraron.

Vash, frío e inescrutable, sus gafas brillando con ese fulgor fantasma.

Raven, jadeando, con el cabello enmarañado, los ojos abiertos con un brillo que no sabía explicar.

Su pecho subía y bajaba con rapidez. Las palabras le salieron como un susurro entrecortado—Eres… fuerte. Demasiado fuerte.

Vash no respondió de inmediato. Su rostro no mostraba emoción. No parecía alterado por su cercanía, ni por la tensión de la situación. Solo observaba.

Raven tragó saliva.

—¿De qué reino… vienes?

La pregunta quedó suspendida. Pero Vash negó con suavidad, apenas moviendo su cabeza.

—Tú no podrías aceptar esa información —murmuró.

La respuesta críptica no hizo más que encender la chispa en Raven. Algo profundo se agitó en ella. Las respuestas ocultas. El aura imposible. El nombre desconocido. Todo era un enigma sin solución.

—¿Eres parte de… Salem? —preguntó, casi con deseo de encontrar un enemigo reconocible.

Vash inclinó la cabeza, como si lo que había escuchado fuera una broma sin gracia.

—Yo no sirvo a brujas.

Fue todo lo que dijo.

Sencillo. Categórico. Final.

Raven entrecerró los ojos. Su pecho seguía agitado. Una sonrisa torcida apareció en su rostro. Mostró los dientes.

—Heh… arrogante. Frío. Inamovible… —y entonces se inclinó apenas, tratando de acercar su rostro al de él—. ¿Qué eres?

Vash no retrocedió. Pero su voz bajó de volumen. Apenas audible, cargada de monotonia.

—Eres una mujer vulgar.

Esa frase, lejos de ofenderla, la desarmó de otra forma.

Raven soltó un leve jadeo, casi inaudible. Sus pupilas se contrajeron un momento, y luego se dilataron como un animal acechando algo más grande que sí misma. Su cuerpo tembló, pero no por dolor.

—Al fin… —susurró, como si acabara de resolver un acertijo que llevaba años sin respuesta—. Al fin encontré a un hombre lo bastante fuerte… como para dejarme así.

Era una confesión. Una rendición. Una maldición.

La cazadora que siempre se creyó depredadora… ahora atrapada.

Vash no dijo nada. No reaccionó.

Sólo se levantó.

Dejó que Raven recuperara el aliento sola, sin mirarla, sin importarle. A cada paso que daba, era como si el suelo respirara con él.

—Deberías dejar de buscar cadenas, Srt.Branwen —murmuró sin volverse—. No te gustará a dónde te llevan.

Y con eso, desapareció entre los restos del bosque, su figura tragada por la luz que se filtraba entre los árboles.

Raven, aún en el suelo, con el cuerpo dolido y el orgullo hecho cenizas, se tocó el pecho. Su corazón golpeaba con fuerza.

¿Qué clase de monstruo era ese?

Y más importante aún…

¿Cómo podía conseguir que se quedara un poco más?

Los árboles se alzaban en silencio, altos y densos como columnas de una catedral olvidada. El canto de las aves era un murmullo lejano, como si incluso la naturaleza se contuviera en presencia de él.

Vash caminaba en línea recta, las manos relajadas a los costados, su abrigo rojo ondeando apenas con la brisa. Cada paso era medido, firme, como si la tierra misma se alineara a su voluntad. Detrás de él, Raven lo seguía.

Uno.

Dos pasos de distancia.

Siempre constante.

No hablaba. No se anunciaba. Sólo lo seguía, como si se hubiese convertido en su sombra personal.

Vash lo sabía. Lo había sabido desde el primer crujido de hojas. Pero no se inmutaba.

Su mente estaba ocupada.

“¿Dónde estás, tercer cielo…?”

El recuerdo del hombre —ese espectro anómalo nacido fuera del tiempo y la lógica— ardía en el fondo de su conciencia. Si Nerose había caído en este mundo también, debía encontrarlo antes de que la corrupción plateada lo alcanzara.

Y si no…

Quizá este mundo serviría. Como nuevo tablero.

Una variable no tocada por el ciclo.

La idea era peligrosa.

Permanecer. Dejar el Valhalla atrás. Romper el tedio infinito de la Cruzada y la muerte gloriosa.

¿Y si ya no quería volver?

La pregunta flotó, como una aguja helada en su interior.

Las eternas batallas, los festines repetidos. El cuerpo de Eleonore bajo su palma una y otra vez. Las palabras de Reinhard sobre el glorioso ciclo de la guerra… Todo eso le sabía a polvo últimamente.

Porque ya lo había vivido. Todo.

Una eternidad de violencia…Y nada había cambiado.

Aquí, al menos, había algo nuevo.

Un mundo imperfecto.

Frágil.

Que no lo conocía. Que no lo esperaba.

Y detrás de él, una mujer que lo miraba como si fuera la respuesta a todas sus cicatrices.

Raven.

Sus pasos eran livianos, pero no había forma de ocultar su intención. Vash podía sentir su mirada fija, casi quemándole la espalda. El deseo, la evaluación constante. La mezcla venenosa entre lujuria y admiración.

Para ella, Vash no era un niño.

Era poder encarnado.

Y eso… la arrastraba como una marea.

Raven se permitió sonreír. En su mente, el rostro joven de Yang cruzó como un recuerdo lejano. Su hija, obstinada, sentimental, débil. Siempre tan emocional, tan perdida en ideales.

Y luego estaba este chico.

Serio. Letal. Silencioso como la muerte.

Con un aura que rugía incluso cuando no hablaba.

“Joven… demasiado joven…” pensó. “Pero… eso no importa.”

Él era algo que ella no podía ignorar.

Podría usarlo. O seducirlo. O simplemente observarlo mientras derrumbaba el mundo con un movimiento de su mano.

Pero más allá de eso…

Lo deseaba.

No como mujer vacía en busca de afecto, sino como alguien que había probado la sangre, la guerra y el abandono.

Un compañero que no necesitara afecto.

Sólo respeto. Y poder compartido.

Sus labios se curvaron.

—¿Y si te dijera que puedo ayudarte a encontrar lo que buscas…? —musitó, rompiendo el silencio que los había envuelto.

Vash se detuvo. No se giró. Sólo inclinó la cabeza apenas.

—No sabes lo que busco.

—Tal vez no —respondió Raven, acercándose un paso más—. Pero sí sé que aquí hay cosas que podrías… necesitar.

Él giró apenas el rostro, su perfil recortado contra la luz que se filtraba entre los árboles.

—¿Y tú qué quieres, mujer?

Raven entrecerró los ojos.

Esa era la pregunta que no se atrevía a responder.

Porque la verdad no era gloria.

Ni conquista.

Era algo más básico. Más crudo.

Alguien que la hiciera temblar otra vez.

Y él lo había hecho sin esfuerzo.

—Quiero ver qué haces cuando dejas de contenerte —susurró.

El viento sopló entre los dos, trayendo hojas y el aroma del bosque húmedo.

Vash no respondió.

Sólo siguió caminando.

Y Raven, por supuesto… lo siguió.

El sol descendía lentamente, filtrando su luz en haces dorados entre las hojas altas del bosque. Las sombras se alargaban, como si presintieran que algo más oscuro se acercaba al corazón de aquel mundo.

Vash no se detuvo.

Sus botas pisaban el suelo mullido con firmeza silenciosa. Patch. Ese era el nombre que le había llegado en un susurro vago, entre las conversaciones que Raven dejó escapar en sus respuestas casuales. Un pueblo. Humilde, apartado. Un nodo insignificante en el tapiz de conflictos que tejía este mundo.

Pero algo en su visión—ese rastro débil, ese eco de poder dormido—lo había llevado a cambiar su curso.

Su percepción, aquella proto-omnisciencia limitada en este mundo sin un dios regente, apenas funcionaba como una brújula descompuesta. Ya no podía ver líneas completas de causa y efecto, pero a veces… si se concentraba… podía sentir las huellas de quienes habían tocado el tejido del destino.

Y ese lugar…

Esa cabaña solitaria en el bosque…

Estaba impregnada de una de esas huellas.

Él no lo sabía, pero ese nombre aún pesaba sobre los corazones de quienes la recordaban:

Summer Rose.

La cabaña apareció entre los árboles, humilde, rodeada de maleza suave, como si el bosque quisiera devorarla lentamente. Las flores crecían en silencio, casi como una ofrenda a algo que ya no estaba. Vash la observó con una mirada neutral. Había muerte aquí, sí… pero también un tipo de memoria muy humana. Un rastro emocional tan denso que incluso su percepción alterada podía leerlo.

Dio un paso más.

Y entonces, Raven apareció frente a él.

—No sigas.

Su tono fue seco. Una orden, no una súplica. Su cuerpo bloqueaba el paso, y sus ojos… por primera vez, no eran ni lascivos ni medidores. Eran serios. Fríos. Doloridos.

Vash alzó una ceja, sin detenerse por completo.

—Es una cabaña —respondió sin emoción.

—No es sólo una cabaña.

Vash notó el ligero temblor en la voz de Raven. Era casi imperceptible, como el cambio de tono en una nota sostenida demasiado tiempo. Pero estaba allí. Un resquicio. Una grieta.

—¿Pertenece a alguien importante para ti?

Raven bajó la mirada, pero sólo un instante. Cuando volvió a alzarse, ya tenía la espada en la mano. El filo brillaba con su aura roja, encendida como una advertencia viva.

—No des un paso más. Lo que hay ahí no te concierne. Ese lugar… es sagrado. Para ella. Para mí. Para las pocas cosas que aún merecen respeto.

Vash la miró con desinterés. Levantó una mano y la acercó al filo de la espada.

—¿Ella era tu amante?

El comentario fue como una bofetada. Raven no respondió de inmediato. Su agarre en el arma se tensó.

—Era mejor persona que tú o yo. —murmuró.

La espada tembló levemente, como si el aura que la alimentaba se agitara con la mención de su nombre.

—¿Y eso la hizo morir?

Las palabras fueron gélidas. Precisas. Un disparo al corazón.

Raven apretó los dientes. Su espada se alzó… pero no alcanzó a tocarlo.

Porque Vash puso dos dedos sobre el filo.

Y el aura que había contenido hasta entonces se activó con un susurro sordo.

Rojo.

El metal chirrió, luego vibró…

Y se quebró.

La hoja de la espada se partió en fragmentos flotantes, suspendidos brevemente en el aire como cristales atrapados en una explosión detenida en el tiempo.

Vash retiró la mano.

Las piezas cayeron al suelo, inertes. Como si nunca hubieran contenido furia.

Raven retrocedió un paso. Sus ojos estaban abiertos con una mezcla de sorpresa y… algo más oscuro. Pavor. Y, de nuevo, esa pulsión primitiva que le nacía desde lo más profundo.

Él había destruido su arma con un gesto.

—Voy a preguntar en esa casa. —dijo Vash finalmente, con una calma que parecía artificial—. Si hay respuestas que me interesan, las buscaré. No me importa a quién haya pertenecido. Los muertos no responden preguntas… pero sus sombras a veces lo hacen.

Y sin añadir más, caminó hacia la cabaña.

Raven se quedó atrás. Respirando agitada. Su pecho subía y bajaba, su corazón repicaba como un tambor viejo.

Summer.

Ese nombre ardía en su pecho como una daga oxidada.

Y sin embargo…

Ella no podía dejar de seguirlo.

Incluso si él pisaba sobre tumbas.

La puerta se quebró sin resistencia.

El aire dentro de la cabaña olía a madera vieja, a flores secas en jarrones vacíos, a tiempo estancado. Era una casa suspendida entre la memoria y el olvido. El polvo descansaba en los muebles como una mortaja sutil, y los retratos colgados en las paredes, con sonrisas detenidas, parecían observar al intruso con una mezcla de asombro y resignación.

Vash dio tres pasos dentro.

Y se detuvo.

La casa tenía heridas. No físicas. Espirituales. Grietas abiertas por el abandono, por el silencio que sigue a una promesa rota. Taiyang, el hombre que prometió cuidar de este lugar, de ella, había desaparecido entre excusas cobardes. La había dejado sola.

Summer Rose no murió en combate.

No murió por una maldición.

Murió de tristeza.

Hace medio año.

Y nadie lo supo.

Ni Yang.

Ni Ruby.

Raven se lo aseguró.

No por piedad.Sino por control.

Porque si sus hijas sabían… sus caminos se fracturarían, y el delicado equilibrio de su futuro se derrumbaría. Así se convenció. Así lo justificó.

Pero ahora… todo ese tejido de mentiras… se agrietaba.

Vash cerró los ojos por un momento. No en reverencia. Sino en preparación.

Él no era un nigromante. No era un erudito.

Era un agente de la Mesa de Obsidiana.

Un ejecutor de la Orden Dorada.

El Hijo del Reich.

Nacido entre cenizas, cruzado entre hadou y carne humana.

Por lo general, no traía almas de vuelta.

Por regla. Por no ver necesidad.

Pero esta vez…

—Rebeldía reptante. —susurró.

Una de sus doce presencias se activó, retorciéndose como una serpiente de niebla blanca bajo su piel. Era una habilidad prohibida incluso entre los suyos. Una presencia nacida del principio del retorno incompleto, la herejía de dar forma a la memoria emocional sin intervención divina.

El aire se volvió denso. El suelo tembló como si la casa recordara.

Y en el centro de la habitación… una figura comenzó a emerger.

Primero fue niebla. Luego, sombra. Después, tejido.

Músculo.

Huesos.

Carne.

Cabello negro con puntas rojas.

Piel pálida.

Una mujer yacía desnuda en el suelo de madera, su cuerpo frágil como el recuerdo de una flor marchita, pero innegablemente vivo. No respiraba aún, pero estaba allí. La forma de Summer Rose. No invocada. No recreada.

Reconstruida desde la huella de su existencia.

Raven, de pie en el umbral, no podía respirar.

—No…¿Qué hiciste? —susurró.

El latido en su pecho era un tambor de guerra.

Sus rodillas casi cedieron. No era una ilusión. No era un truco.

Era ella.

Vash no habló. Sólo se quitó la capa larga de su gabardina y la colocó suavemente sobre el cuerpo de Summer, cubriéndola con una frialdad que ocultaba respeto. Luego, la observó por unos segundos. Evaluando.

Su obra.

Una resurrección incompleta. Temporal. Tal vez efímera.

Pero perfecta.

—Ella aún recuerda. —murmuró él.

Raven dio un paso adelante. Su mirada temblaba.

—¿Cómo… cómo fue posible?

Vash no respondió.

Sus gafas opacas reflejaban la tenue luz del atardecer, y en ese reflejo, ni siquiera el miedo de Raven encontraba consuelo.

Porque lo que había visto…

lo que él acababa de hacer…

iba más allá de lo que cualquier dios o bruja en Remnant podría soñar.

Y aún no había mostrado todo.

El cuerpo de Summer tembló.

Sus párpados temblorosos se abrieron, y sus ojos, de un gris claro y apagado, vagaron sin dirección por la habitación.

La luz era suave. El aire frío. La madera del suelo, reconocible.

Y sin embargo, no entendía.

No sabía por qué su pecho dolía como si el tiempo se hubiese detenido.

La respiración le regresó en pequeños hilos de aliento, como si su cuerpo recordara de a poco cómo ser humano otra vez. Una punzada atravesó su sien.

Imágenes. Voces. Fragmentos.

—La soga…Tai… ¿dónde estás…?

Taiyang.

La traición.

La soledad.

La culpa.

Sus hijas.

Yang y Ruby… alejándose. Persiguiendo un mundo donde ella ya no estaba.

Summer no gritó.

Pero un estremecimiento le recorrió el cuerpo.

Sus brazos delgados buscaron cubrirse más con la capa rojiza que alguien le había puesto. La apretó contra su pecho, protegiéndose. Temblando.

Y entonces los vio.

Primero… a Raven.

De pie.

Temblando.

Sus ojos como cuchillas, pero bañados en una humedad que no podía ocultar.

Ella la observaba como si el mundo entero acabara de volverse imposible.

Y luego…

al chico.

De cabello rubio, rostro pálido, expresión neutra.

Ojos ocultos tras unas gafas redondas que parecían eternas.

Joven.

Demasiado joven.

Pero había algo en él que gritaba antigüedad.

Una presencia más grande que cualquier cosa que Summer hubiera sentido jamás, ni siquiera en su encuentro con Salem.

Sus labios no sabían qué decir. Su cuerpo no sabía si huir o romper en llanto.

Raven no lo dudó.

En un segundo, cruzó la distancia y cayó de rodillas junto a Summer, envolviéndola con los brazos como si su toque pudiera evitar que desapareciera otra vez.

Sus dedos temblaban mientras la acercaba a su pecho, conteniendo un llanto que llevaba medio año detenido tras su garganta.

Summer la miró, confundida.—Raven… ¿qué…?

—Cállate… cállate, por favor… —murmuró la otra mujer, apretando el abrazo—. Estás viva. Dios… estás viva…

Dos lágrimas cayeron en el rostro de Summer.

Raven giró la cabeza.

Y entonces, lo miró a él.

A Vash.

Ya no con miedo.

No con respeto.

Con ira.

Una ira que nacía de algo más que furia.

Era desesperación. Era confusión. Era la certeza de que lo que acababa de ver… no debía ser posible.

—¿Qué hiciste… qué demonios hiciste? —susurró con la voz quebrada.

Su mano ya estaba moviéndose hacia su espada rota, sus músculos tensos para el salto.

Vash, inmóvil.

No había dado un paso. No había parpadeado.

Entonces levantó una mano. Un gesto simple, pero que… contenía un mandato.

Silencio.

No hablado. No forzado.Pero definitivo.

—Relájense. —dijo. Su voz era tranquila. Casi vacía—. Nadie va a llevársela aún.

Raven lo miró con furia, pero sus piernas no respondieron.

Su cuerpo… no podía desobedecer.

Summer, aún envuelta en la capa, sólo se aferró más al calor de Raven, tratando de entender quién era el extraño que acababa de devolverle algo que la muerte ya había sellado.

Y entonces lo sintió.

Una presencia.

No mágica.

No de aura.

Algo más profundo.

Una rebelión contra el orden natural.

Summer seguía temblando.

Su cuerpo, aún débil y recién rehecho, se resistía a entender. Su respiración se volvió entrecortada, errática, como si cada aliento le doliera. Su mirada se perdía, saltando entre las paredes de madera que alguna vez conoció como su hogar, tratando de encontrar sentido a lo imposible.

No lo encontraba.

El pasado volvía como puñales.

Tai.

La soledad.

La cuerda.

El crujido del taburete cayendo.

El aire que faltaba.

El mundo que se deshacía.

Y ahora… ahora…

¿Por qué Raven la sostenía así?

¿Por qué había un extraño en la habitación?

¿Por qué… su pecho latía?

—Shh… Summer, estoy aquí —susurró Raven, apretándola contra sí con fuerza, sintiendo cómo la mujer en sus brazos comenzaba a quebrarse de nuevo—. No mires… no pienses… sólo respira.

Pero Summer no podía. Su mente se desbordaba, atrapada en la locura de morir y despertar. El mundo no tenía lógica.

—¿Q-qué está pasando…? —balbuceó con voz débil, y sus ojos se llenaron de lágrimas mientras se aferraba a la capa como si de ella dependiera su cordura—. ¿Estoy soñando…? ¿Estoy en el infierno…?

Vash observaba en silencio.

Como un entomólogo mirando el aleteo moribundo de una mariposa en una caja de cristal.

Raven giró bruscamente el rostro hacia él.

—¿Qué demonios hiciste? —escupió. Su voz vibraba con ira y un miedo más profundo que ella misma podía admitir—. ¿Cómo la hiciste regresar? ¿Qué clase de criatura eres tú?

Vash levantó ligeramente el rostro, su mirada tras las gafas apuntando directamente a Raven.

—La traje de vuelta —dijo simplemente.

Como si hubiese dicho que cerró una puerta.

—¿Solo eso?

—Una acción casi involuntaria —añadió, su voz como un susurro de viento en un campo vacío—. Pero no sin razón.

Raven entrecerró los ojos. Cada palabra de él le sabía a veneno, a una verdad que no quería entender.

—¿Razón? ¿Qué razón?

Hubo una pausa. Un silencio que se estiró como una sombra al atardecer.

Y entonces, Vash murmuró—Se parece a mi madre.

Sus palabras fueron como un muro cayendo sobre el pecho de Raven.

—¿Qué…?

—Rema —dijo sin emoción—. Mi madre. Ella… —hizo una breve pausa, como buscando entre ecos lejanos—. Summer tiene algo de ella. No en su carne. En su esencia. Por eso… vive.

Raven apretó los dientes.

—Eso no responde nada. ¿Qué eres? No puedes ser un dios. Ni de la Luz ni de la Oscuridad. Ni siquiera los dioses tienen ese poder…

Vash soltó un resoplido. Una risa vacía, un bufido de desprecio antiguo.

—¿Esos? —murmuró—. Lagartijas inútiles jugando a deidades. Fósiles que no comprenden el ciclo. No, mujer… yo no soy eso.

Raven no entendía.

Pero algo en su pecho la obligaba a aceptar que él… no era una mentira.

Era una anomalía.

Un error divino.

Entonces, Summer comenzó a sollozar.

No era llanto. Era un sonido más profundo. Un ruido quebrado, de alguien que acababa de recordar que murió, y que aún no sabía si eso fue real o solo parte del delirio en el que creía seguir atrapada.

Su respiración se volvió frenética.

Su cuerpo empezó a temblar con violencia.

El miedo, la desesperación y el dolor volvían a florecer, brotando como hongos en la oscuridad de su mente.

—No puedo… no puedo estar aquí… —gimió—. No puede ser real…

Raven, aún de rodillas, la sostuvo con más fuerza. Su brazo rodeó la espalda de Summer con una mezcla de ferocidad y ternura que no sabía que poseía.

—Estoy contigo —murmuró con voz grave—. No dejes que esto te destruya otra vez.

Summer se aferró a ella, enterrando el rostro en su cuello, sus lágrimas desbordándose sin control.

Vash los contempló.

Ajeno.

Ajeno… pero no indiferente.

Sólo observando cómo la tragedia de los mortales volvía a repetirse. Una y otra vez.

Porque aunque él trajera de vuelta la carne, jamás podría borrar la herida del alma.

Vash se había mantenido en silencio por unos minutos, observando cómo Raven contenía a Summer, cubriéndola como un escudo humano frente a lo desconocido.

Entonces, rompió el aire inmóvil con su voz—Tengo dudas.

Raven no respondió. Sólo lo miró. Sus ojos, cargados de rabia y sospecha, no se apartaban de él ni por un segundo. El abrazo sobre Summer era férreo, como si temiera que el más mínimo descuido la hiciera desaparecer de nuevo.

Vash prosiguió.

—Hay razones por las que hice esto —dijo con suavidad—. Más allá de la nostalgia, más allá de Rema… estoy aquí porque deseo observar. Quiero debatir algo. Quiero… juzgar.

Se detuvo, y su mirada se endureció detrás del brillo de sus lentes redondas.

—¿Qué debería hacer con este mundo? —preguntó—. ¿Juzgar esta humanidad y emitir sentencia… o quedarme entre ustedes, al margen de sus tragedias?

Raven frunció el ceño, confundida por la pregunta y la calma con que la formulaba.

—¿De qué estás hablando…? —susurró, cada músculo de su cuerpo tenso—. ¿Quién te crees que eres para hablar de juzgarnos…?

Vash ladeó la cabeza.

—Explicarlo todo tomaría demasiado tiempo. Tiempo que ya no me pertenece. —Entonces extendió una mano, señalando su sien con un gesto pausado—. Pero tú puedes ver, si estás dispuesta.

Raven abrió la boca para protestar, pero fue demasiado tarde.

Un dedo tocó su frente.

Un contacto simple. Silencioso.

Y el mundo de Raven colapsó.

Sus ojos se abrieron de par en par, luego se tornaron blancos como leche quemada. Su cuerpo comenzó a temblar violentamente, como si estuviera siendo sacudido desde adentro por fuerzas que jamás deberían tocar a un alma mortal. Summer gritó su nombre, aferrándose a ella sin comprender lo que ocurría.

Espuma salió de los labios de Raven, su garganta emitió un gorgoteo inhumano.

Y entonces vio.

Todo.

La Tierra.

El Imperio de Hierro.

El Trono Dorado.

La Sangre de Heydrich.

La Orden de Obsidiana.

Las Leyes que no se doblegaban a ningún dios.

La Voluntad de Uno que suplantaba la lógica misma del universo.

Dioses cayendo como muñecos rotos.

Ciudades borradas por decreto.

La aniquilación de Sodoma no como castigo, sino como arte.

El fin como una sinfonía escrita en blanco.

Hadous.

Seres que no existían para ser comprendidos.

Voluntades puras que podían negar el curso del tiempo, la razón, el alma.

Y en medio de todo ello… Vash.

Una criatura que no había nacido para este plano.

No era un dios. No era un demonio. Era una tesis puesta a prueba por un monstruo aún mayor: Reinhard Tristan Eugen Heydrich.

La sangre que Raven veía… .

Su cuerpo se desplomó con un espasmo final, como una muñeca con los hilos cortados. Summer soltó un grito ahogado y la sujetó antes de que golpeara el suelo.

—¡Raven! ¡Raven!

No hubo respuesta.

Vash, con sus manos en los bolsillos, observó la escena con una expresión neutra, casi melancólica.

—Quizás… fue demasiada información —murmuró para sí.

Sus palabras eran suaves. Pero las implicaciones detrás de ellas…

Summer se aferró al cuerpo inconsciente de su vieja amiga, sin entender. Sin poder procesar lo que sucedía. Su mente aún confundida, su alma aún dolida.

Y el joven rubio, aquel que la había traído de vuelta, sólo guardaba silencio.

El crepúsculo murió sin gloria ese día.

La cabaña estaba en silencio. Solo el leve crujir de la madera bajo el peso del viento nocturno se escuchaba como un suspiro constante, como si la casa recordara a la mujer que una vez la habitó… y que ahora, contra toda lógica, había regresado.

Summer Rose se encontraba en la cocina, sentada en una silla antigua, los ojos fijos en la taza de té que sostenía entre sus manos. El vapor ascendía lentamente, dibujando formas que morían en el aire, igual que las memorias que comenzaban a asentarse en su interior.

Llevaba puesto un uniforme elegante, de corte germánico, con reminiscencias del atuendo de Beatrice —cuello alto, botonadura cruzada, hombreras rígidas— aunque adaptado a su figura. Oscuro, sobrio, pero con dignidad. Se lo había colocado Vash con un simple chasquido de dedos, evitando la incomodidad de su desnudez sin añadir palabras innecesarias.

Y ahora, horas después, estaban allí, juntos.

—Entonces… sí estoy muerta —susurró ella finalmente, la voz apenas más que un hilo—. O lo estuve.

Vash, de pie junto a la ventana, no respondió de inmediato. Miraba hacia afuera, hacia la negrura del bosque.

—Lo que fuiste —dijo— y lo que eres ahora… no se contradicen. Pero tampoco son lo mismo.

Ella bajó la mirada.

—Escogí el camino fácil. —Una punzada de dolor cruzó su pecho—. No resistí. No luché. Las dejé solas… a mis niñas.

La taza tembló un poco en sus manos.

—Yang… Ruby… ellas no sabían nada. Y yo… yo no estaba fuerte como debí.

Vash giró lentamente el rostro hacia ella. Sus gafas redondas reflejaban las tenues luces del hogar. Pero no las necesitaba para ver. Las retiró con un suspiro y las colocó en la mesa.

Sus ojos verdes —profundos, tristes— se posaron sobre ella.

—El camino fácil no siempre es el correcto. —Su voz no tenía juicio, solo una observación gélida, casi recordatoria—. Pero a veces, los más fuertes son los primeros en rendirse… porque son los únicos que saben cuánto cuesta seguir adelante.

Summer tragó saliva. Aún no entendía del todo quién era él, o qué era, pero cuando hablaba, algo dentro de ella temblaba.

—Lo que me contaste… —dijo tras unos segundos—, sobre ese mundo más allá de la lógica… sobre los hadous, sobre Mercurius sobre Rema… ¿es verdad?

Vash no respondió enseguida. Se acercó a ella con pasos suaves, como si no quisiera romper algo frágil. Al llegar a su lado, se sentó en la silla opuesta, cruzando una pierna con elegancia ajena a su edad aparente.

—Si fuera una mentira… —dijo mientras dejaba reposar una mano sobre la mesa—, desearía que tú la fueras también.

Summer lo miró con ojos húmedos. En su pecho aún ardía el hueco de su error, la culpa inmensa de haber abandonado a sus hijas. Pero ahora sentía otro peso: la sospecha de haber sido traída de regreso no por redención, sino por otra ausencia.

—¿Solo me trajiste porque me parezco a tu madre…? —preguntó, bajando la vista.

Vash no respondió de inmediato.

Lo sabía.

Sabía que estaba mal.

Sabía que la sombra de Rema aún lo perseguía, incluso en los rostros que no eran suyos.

El silencio se volvió incómodo, denso como una losa.

Pero entonces Vash suspiró, deslizando una mano por su propio cabello, apartándolo del rostro.

—Encontrar un reemplazo para una pérdida… —dijo al fin— es el vicio de los condenados. No es justo. Ni para ti, ni para ella. —Levantó la vista, sus ojos verdes temblando de un dolor antiguo—. Y sin embargo, lo hice.

Summer no dijo nada. Solo lo escuchó. Con el corazón apretado por razones que no podía nombrar.

Vash cerró los ojos. Y entonces preguntó, como quien deja caer una moneda en el pozo del destino:

—¿Qué debería hacer?

Summer lo miró, sin comprender.

—¿Qué…?

—¿Debería juzgar este mundo? —repitió, con tono suave—. Conocerlo. Estudiarlo. Encontrar sus fallos. Emitir una sentencia. Ser la guadaña del fin, como mi sangre exige… o debería quedarme aquí, en esta cabaña absurda, conversando con una mujer resucitada, esperando que Satanael no llegue a reclamar lo que aún no ha sido destruido?

La noche pareció guardar la respiración.

Y Summer, sin saber por qué, se sintió más viva que nunca. Porque frente a ella, no estaba un dios. Ni un demonio. Estaba alguien tan roto como ella, tan atrapado en el pasado… y tan perdido en el ahora.

Summer había escuchado muchas cosas a lo largo de su vida.

Había visto las huellas del pecado en la historia de Ozpin —ese hombre inmortal que cargaba el castigo de su primer error, encadenado a la eternidad a través de reencarnaciones interminables. Sabía de las doncellas, las estaciones encarnadas en jóvenes elegidas, cuyos corazones guardaban fuegos imposibles.

Había escuchado leyendas, susurros sobre el Grimm original, sobre los dioses que abandonaron Remnant.

Pero lo que Vash había contado…

Lo que era Vash…

Eso reducía todas aquellas historias a cuentos de niños asustados frente al fuego.

Él había hablado del Trono. Del Hadou. De conquistas sin moral ni misericordia, de guerras que no se libraban con armas sino con conceptos, donde el bien y el mal eran irrelevantes y solo la voluntad importaba. De dioses derrotados por ideas, y de un hombre llamado Reinhard cuya mera existencia significaba el fin de cualquier esperanza.

Summer aún no sabía si aquello era delirio… o simplemente la verdad más insoportable jamás pronunciada.

El silencio de la cabaña fue interrumpido de pronto por un grito desgarrador.

—¡AAAAHHHHHH! —Raven.

Se irguió violentamente desde el sofá donde la habían colocado, sujetando su cabeza con ambas manos. Sus dedos arañaban su propio cuero cabelludo mientras sus pupilas se contraían como agujas. Su cuerpo temblaba como si algo invisible lo hubiera quemado por dentro.

—¡No…! ¡Eso no… no puede… no puede ser real…!

Apretó los dientes con fuerza. Lágrimas comenzaron a brotar, resbalando por sus mejillas como cuchillas silenciosas.

—¡Nadie debería… ser tan fuerte…! ¡Eso no es poder… es… es… es la negación de toda existencia…!

Summer se levantó rápidamente de la mesa, derramando el té en el proceso.

—¡Raven!

Miró a Vash, que permanecía sentado, cruzado de brazos, la mirada vacía.

—¿Qué le hiciste? —preguntó Summer, más confundida que molesta.

Vash entornó los ojos, como quien evalúa una herida que esperaba que fuera menos profunda.

—Le mostré parte de mi vida —respondió, sin emoción—. Quizás demasiada. Quería que entendiera.

—¿Entender qué?

—Qué hay más allá de este pequeño y frágil mundo. —Sus ojos verdes se clavaron en los de ella—. Y lo que implicaría protegerlo.

Summer tragó saliva. Aquello ya no era un juego, ni una fábula, ni una prueba de Ozpin.

Era algo más.

Raven cayó de rodillas al suelo, respirando con dificultad. Sus dedos estaban rígidos. Su pecho subía y bajaba como si hubiese estado sumergida bajo el océano. Su espada, olvidada, reposaba a un lado. Vulnerable como jamás Summer la había visto.

Sin pensar demasiado, Summer se acercó.

Sus pasos fueron suaves. Cada crujido de la madera parecía respetar el momento.

Se arrodilló junto a Raven, y, con cuidado, le rodeó los hombros con los brazos. Como ella había hecho antes, cuando Summer no entendía nada y solo el calor del cuerpo de otra persona la mantenía anclada a la realidad.

Raven se tensó un momento. Sus músculos eran duros como piedra. Pero cuando sintió las manos de Summer, cuando su oído se posó contra su pecho, tembló. Tembló como una niña pequeña que acababa de despertar de una pesadilla imposible.

—Shhh… —susurró Summer—. Estoy aquí.

—Summer… —murmuró Raven, con la voz hecha pedazos—. No debí verlo… no debí…

—Lo sé. No estás sola.

Vash observó desde la distancia. Había visto escenas parecidas miles de veces, en mundos lejanos, bajo cielos devorados por horrores sin forma. Pero algo, en esa escena simple —una mujer abrazando a otra, quebrada por la verdad— le apretó el pecho.

No porque le importara.

Sino porque lo recordaba.

Rema.

La forma en que ella solía abrazarlo, aun sabiendo lo que él era. Aun sabiendo que un día se convertiría en algo que ni los dioses se atreverían a nombrar.

Cerró los ojos. Inspiró hondo.

Quizá había cometido un error.

Quizá revivir a Summer había sido una debilidad disfrazada de decisión.

Quizá… eso era lo más humano que había hecho en toda su vida.

—Deberían descansar… —murmuró Vash, la voz amortiguada por las paredes de la cabaña.

No fue una sugerencia, ni una orden. Más bien, una constatación. El aire estaba cargado, y la noche había caído como una losa sobre todos.

Summer asintió en silencio y ayudó a Raven a ponerse en pie. La mujer de cabello negro aún temblaba, como si algo invisible le rozara constantemente la piel. No decía palabra, sus ojos estaban fijos en el vacío, y se dejaba guiar como una sombra sin voluntad.

—La llevaré arriba —dijo Summer con voz suave—. Su habitación sigue igual.

Vash no respondió de inmediato. Solo se quedó observando cómo Summer comenzaba a subir las escaleras con Raven apoyada en su hombro. Escuchó el crujido lento de la madera, el ritmo de pasos arrastrados, el silencio espeso.

Antes de que Summer desapareciera por completo del marco de la escalera, giró un poco el rostro.

—La habitación de Yang está libre. Puedes descansar ahí, si quieres.

Vash arqueó una ceja, como si le hubiesen dicho algo absurdo.

—¿Descansar? —repitió con un dejo de ironía—. No necesito hacerlo. Hace siglos que no duermo.

—No lo dije por necesidad. —Summer ladeó la cabeza con una pequeña sonrisa melancólica—. Sino por… costumbre supongo.

Vash la miró unos segundos, como calibrando si discutir valía la pena. Finalmente suspiró, alzó una mano en señal de rendición y se dirigió hacia la habitación indicada. El pasillo tenía ese olor a hogar viejo, a polvo y recuerdos suspendidos. Empujó la puerta.

El cuarto era sencillo. Una cama sin sábanas bien tendidas, un par de fotos viejas sobre el buró, una ventana que dejaba ver las sombras del bosque.

Vash se sentó en el borde de la cama.

Miró alrededor.

Un peluche en una esquina. Un trozo de ropa olvidado en el respaldo de una silla.

Humanidad encapsulada en objetos sin valor.

Se recostó, dejando que su cuerpo se hundiera en la colcha que aún conservaba un aroma débil y dulzón, probablemente perfume viejo mezclado con la madera.

Sus ojos verdes se quedaron fijos en el techo.

Por primera vez en años… no pensó en la guerra.

Pensó en lo que no había destruido.

Mientras tanto, en el segundo piso, Summer había llevado a Raven hasta la habitación contigua.

La hizo sentarse en la cama. Raven se encogió sobre sí misma, con las rodillas al pecho, los brazos cruzados, la mirada aún perdida en las imágenes que no podía borrar de su mente. Todo aquello que había visto en los recuerdos de Vash no eran solo memorias. Eran ruinas, cataclismos, ideas que quebraban el alma al intentar entenderlas.

Sangre saliendo de bocas.

El ataque a Sodoma.

Un Trono blanco que no concedía misericordia.

Y sobre él, una silueta que no era humana, pero tampoco divina.

El poder que siempre había codiciado… no era poder. Era condena. Era hambre infinita.

—No… no puede existir algo así… —susurró Raven, apenas audible—. No puede.

Summer se sentó a su lado, sin hablar al principio.

Extendió una mano y la colocó con suavidad en el hombro de Raven. Ella se tensó. Pero no se apartó.

—Siempre creíste que el poder era la respuesta —dijo Summer con voz calma—. Que si eras lo bastante fuerte, podrías proteger lo que te importaba… o evitar que te hicieran daño.

Raven no respondió. Solo comenzó a sollozar en silencio.

—Pero hay poder… y luego está eso. Lo que él mostró. No era una herramienta. Era un abismo con voluntad.

Raven respiraba entrecortadamente.

Summer pasó el brazo por detrás de su espalda, sujetándola con un abrazo más firme. Raven se dejó caer sobre su hombro, derrotada, agotada, apenas consciente de lo que hacía.

—Mañana… —dijo Summer, acariciándole el cabello con ternura—. Mañana terminaré de hablar con él. Preguntaré lo que tú no pudiste. Lo que tú viste y temiste.

—¿Y si no hay respuestas…? —susurró Raven, con un hilo de voz.

—Entonces nos quedará al menos intentarlo —contestó Summer.

La noche avanzó lentamente. Afuera, las criaturas del bosque no se atrevían a acercarse a la cabaña. Algo más antiguo que el miedo se había instalado allí, invisible pero palpable.

Dentro, una madre caída, una guerrera rota, y un dios sin fe compartían un mismo techo.

Sin palabras, sin pactos… solo con el peso de todo lo que habían sido, y todo lo que quizás aún podrían llegar a ser.

Summer despertó con lentitud, como si su cuerpo no quisiera desprenderse del calor de las sábanas, de la sombra tranquila que envolvía la habitación. Por un momento, olvidó dónde estaba. Y luego, lo recordó todo.

El suave olor de la comida en el aire fue lo primero que notó al abrir los ojos por completo. Era extraño. No era el típico aroma de pan tostado o café… Era algo más intenso, más especiado, con una calidez que no recordaba haber sentido jamás en Remnant.

Su estómago rugió sin pudor.

Al voltear, notó que Raven seguía profundamente dormida, aún enroscada en sí misma como si temiera que el mundo la atacara si se movía. Su respiración era pausada, aunque de vez en cuando un leve espasmo le recorría los hombros, quizás ecos tardíos de las visiones que había soportado.

Summer se incorporó con cuidado, apartando las cobijas sin despertarla. Luego salió en silencio de la habitación, bajando las escaleras con paso ligero. A cada escalón, el aroma se hacía más fuerte.

Al llegar a la cocina, lo vio.

Vash estaba frente a la estufa, moviendo una sartén con movimientos precisos y casi mecánicos. No vestía su usual abrigo o guantes; había dejado de lado sus gafas, revelando sus ojos verdes, atentos y serenos. Los rayos tenues del amanecer se filtraban por la ventana, dándole un aspecto etéreo, ajeno, como si no perteneciera del todo a ese plano.

Sobre la mesa había una variedad de platos que Summer no reconocía. Sopas oscuras, masas con rellenos salados, trozos de carne en salsas espesas y una especie de pan frito que despedía un olor irresistible. Todo tenía un aire… antiguo, extranjero.

—¿Qué es esto? —preguntó, sentándose sin esperar invitación.

—Comida alemana —murmuró Vash sin girarse—. Técnicamente de un mundo que ya no existe.

Summer lo miró, ladeando un poco la cabeza.

—¿Alemania?

—Una nación. Antes de que todo fuera… absorbido por la guerra eterna.

No entendió del todo, pero su estómago mandaba. Tomó el tenedor más cercano y probó uno de los platos. Al segundo bocado, dejó escapar un suave gemido.

—Dioses… esto está… increíble.

—El sabor humano es persistente —dijo Vash mientras se sentaba frente a ella, sirviéndose una porción que apenas tocó—. Incluso los monstruos como yo podemos aprender a replicarlo con fidelidad.

Comieron en silencio por un rato. Summer comía con gusto, sintiendo una calidez que no venía solo de la comida, sino del acto mismo de estar ahí, sentada, en una cocina donde no había gritos ni dolor, al menos por ese momento.

—No necesitas comer, ¿verdad? —preguntó de pronto.

—No. Pero finjo, para no parecer más ajeno de lo que ya soy.

Ella dejó los cubiertos a un lado, limpiándose con una servilleta.

—Gracias por esto… Por todo esto. Aunque aún no sé cómo tomar lo que me contaste anoche. Es demasiado.

—No esperaba que lo comprendieras —respondió Vash—. Solo que lo recordaras, si un día desaparezco.

Summer se quedó callada. Lo miró durante un largo instante.

—¿Y qué pasa si un día decides dejar de fingir?

Vash desvió la mirada hacia la ventana, donde el cielo seguía teñido de gris.

—Entonces será demasiado tarde para todos.

Summer no supo cómo responder a eso, así que se levantó. Tomó una bandeja cercana y colocó algunas porciones de comida en pequeños platos de madera.

—Llevaré esto arriba. Raven debería comer algo.

—Dudo que tenga hambre… —murmuró Vash.

—No importa. La comida, le levantara el animo —dijo Summer con una pequeña sonrisa.

Subió las escaleras con pasos firmes. La bandeja temblaba ligeramente en sus manos. Llegó hasta la habitación y abrió la puerta lentamente.

Raven seguía acostada, su rostro oculto entre las sábanas. Pero al entrar, Summer notó que sus ojos estaban abiertos.

—Hice algo de comida —dijo suavemente.

—No tengo hambre… —susurró Raven, sin moverse.

—Lo imaginé. Pero te la dejaré igual.

Colocó la bandeja sobre la mesita de noche. Luego se sentó a su lado, acariciándole el cabello suavemente, como si consolara a una niña enferma.

—¿Sabes? —murmuró Summer—. Yo también pensé que estaba lista para todo. Pero hay cosas allá afuera que no caben en ningún entrenamiento. Ni en ninguna leyenda.

—¿Cómo sigues en pie entonces…? —preguntó Raven con voz rasposa.

—Porque alguien me dio la opción de seguir viendo el mundo, aunque sea un rato más.

Silencio. Luego, un leve murmullo.

—¿Y si no vale la pena?

—Entonces lo haré valer —respondió Summer con firmeza.

Se quedaron así un rato más. Juntas. Mientras abajo, en la cocina, el ser que había vencido a dioses y quemado ciudades enteras recogía los platos vacíos con cuidado, como si el acto mismo fuese su forma de expiar el juicio que aún no pronunciaba.

Summer cerró suavemente la puerta tras de sí, dejando a Raven dormitando en silencio. Su cuerpo aún temblaba levemente, pero su respiración se había vuelto más regular. Había algo frágil en su quietud, como si se quebrara con el mínimo susurro del viento.

Summer bajó las escaleras, la bandeja vacía entre sus manos. La casa estaba tranquila. Tan silenciosa como un mundo contenido en pausa.

Vash seguía en la cocina, limpiando lo poco que quedaba de la comida con movimientos meticulosos. Parecía una figura recortada del tiempo, alguien demasiado quieto, demasiado perfecto para pertenecer del todo al plano humano.

Summer se detuvo un instante a observarlo.

—Necesito saber algo… —dijo finalmente, rompiendo el silencio como si rompiera un cristal.

Vash no giró. Solo asintió levemente, sin dejar de mover el paño entre sus dedos.

—¿Cuánto tiempo viviré? —preguntó Summer. Su voz era baja, pero firme. Ya no había temor en ella… solo certeza de que la respuesta podría doler.

Vash se quedó quieto unos segundos. Luego, lentamente, giró para mirarla. Sus ojos verdes la atravesaron como un bisturí.

—Tanto como desees —respondió sin rodeos—. Podrías desvanecerte mañana o vivir siglos. Tu cuerpo, ahora, no responde a las reglas de Remnant.

Summer frunció el ceño. Avanzó unos pasos, dejando la bandeja sobre la mesa.

—¿Y si no quiero morir? ¿Y si… si quiero estar con mis hijas? Verlas crecer, protegerlas… ¿Puedo pedirte eso?

—Puedes —dijo Vash con suavidad—. Y yo… puedo dártelo.

Ella lo miró largo rato. El temblor comenzó en sus manos. Luego se extendió a su voz.

—Entonces… seré lo que quieras. Tu amante, tu esclava, tu madre, tu muñeca… cualquier cosa. Solo… déjame vivir. Déjame quedarme. No me quites esto otra vez…

Las palabras la desgarraron al salir. Cayó de rodillas, el peso del recuerdo y del miedo colapsando sobre ella. Lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas, calientes y saladas. No era dignidad lo que le quedaba, sino desesperación. Esa desesperación que solo una madre puede conocer cuando el mundo se empeña en arrebatarle a sus hijos.

Vash no se movió al principio. Pero algo en él… algo imperceptible, intangible, vibró.

Como una nota disonante en una sinfonía perfecta.

Sus ojos se cerraron por un instante.

La figura que había caminado entre estrellas muertas. El ser que conocía el corazón de dioses olvidados y el lenguaje de las leyes que rigen la existencia. El portador del Azul y el Rojo. Se quedó en silencio. Porque no sabía cómo responder.

Porque algo, en algún rincón remoto de su conciencia, se removió con dolor. Tal vez una imagen. Tal vez una voz. Tal vez… su madre.

Y entonces Summer habló otra vez. Más bajo. Más rota.

—Hazme vivir… pero… también te pido algo más.

Vash alzó la mirada. Summer lo miraba con ojos rojos por el llanto, pero llenos de convicción.

—Quiero que la mates. A Salem. A los Grimm. A todo ese cáncer que devora este mundo. Que desaparezcas ese horror… para siempre.

Las palabras colgaron en el aire como una sentencia.

Vash la observó. Muy despacio. Luego caminó hacia ella, con pasos silenciosos.

Se arrodilló frente a ella, a su altura.

—No soy un héroe, Summer Rose. No lucho por justicia. No lo hice por amor. No lo haré por redención.

Ella no apartó la vista.

—Pero sí sabes matar monstruos —susurró.

—Sí… —murmuró él—. Porque fui uno.

Se quedaron en silencio. Uno frente al otro. Dos ruinas distintas del mismo cosmos. Una madre resucitada por el deseo de serlo. Y un dios sin patria, sin templo, sin redención.

—¿Entonces lo harás? —preguntó ella.

Vash no respondió de inmediato.

Solo estiró la mano y limpió con delicadeza las lágrimas del rostro de Summer.

—Si es lo que deseas… entonces el fin vendrá para Salem.

Y por primera vez en mucho, mucho tiempo… una chispa de miedo cruzó el corazón de Vash.

Porque sabía que cumplir esa promesa… podría significar mucho más que una muerte.

Podría significar que él, finalmente, tendría que volver a ser aquello que juró enterrar.

—¿Y qué sería yo… para ti? —preguntó Summer, apenas un susurro entre las sombras de la sala.

La pregunta flotó en el aire, como una hoja atrapada entre el viento y la gravedad. Vash no respondió de inmediato. No por indiferencia, sino porque no tenía una respuesta. Sus ojos, esmeraldas inalterables, parpadearon una vez. Luego otra. Pero las palabras no vinieron.

Summer se acercó. No con desesperación esta vez. No como madre, ni como mendiga del tiempo… sino como mujer.

Lo besó.

Un beso suave, gentil. Como si temiera romperlo. Como si al hacerlo, sus labios pudieran desintegrar esa forma extraña que era Vash, como el eco de un dios atrapado en un cuerpo humanoide. Fue un gesto cargado de un afecto enmarañado, retorcido entre ternura, necesidad y una pizca de locura dulce. No había lujuria. Había pertenencia.

Al separarse, Summer susurró con voz casi infantil:

—Te trataré como mi amante… si eso es lo que deseas. Pero para silenciarte cuando dudes, cuando creas que estás solo, te llamaré hijo.

Vash parpadeó. Su expresión apenas cambió, pero algo se rompió dentro de su alma vieja. Ese título —ese maldito título— tenía un peso que ni la espada más grande podría cargar. “Hijo”… ¿cuántas veces lo había oído? ¿Cuántas veces había querido entender lo que eso significaba?

Y sin embargo… no dijo que no.

(Suculenciaaaaaaaaaaaaaaa 18 18 18 18 18 18 18)

“Voy a hacerme cargo de ti,” No era conocida por ser tan torpe, pero claro, nunca antes se había encontrado en una situación que involucrara est clase de emociones.

“¿Estas segura?”, dijo con voz áspera. Era buena señal no solo seguía diciendo tonterías, sino que también entendía la inmoralidad y sabía hasta donde podria llegar esto.

Summer tragó saliva. “Lo sé. Pero……..quiero hacerlo”. Aunque emitía sonidos de alce moribundo, no intentó protestar más, así que ella como madre se puso manos a la obra. Sus manos aún temblaban cuando se dirigieron al botón de sus pantalones. Cuando se desabrochó, vio que las piernas de Vash se tensaban, pero ella continuó bajando la cremallera. Él pronunció su nombre débilmente, sin saber qué decir, pero ella simplemente lo silenció sin apartar la mirada de sus bóxers. Debajo estaba la parte de él que no debía ver, pero aun así, agarró la ropa interior por la cinturilla y la bajó junto con los pantalones hasta la mitad del muslo. Había tenido la intención de bajárselos hasta las rodillas, pero se apartó de la sorpresa al ver la masa del miembro de Vash. ¡Era mucho más grande que Tai aunque bueno, no es como si su anterior esposo haya tenido la gran cosa!

De su sorprendentemente cuidado miembro flácido de unos quince centímetros, apenas dos centímetros, ¡pero ni siquiera estaba erecto! Parpadeó varias veces mientras lo miraba boquiabierta. Por un instante, olvidó por qué le había bajado los pantalones.

Vash, por otro lado, no lo había olvidado. El deseo se estaba desvaneciendo lo suficiente como para ser un poco más consciente de lo que estaba pasando. Con sus mejillas teñidas de rojo por la exposición, miró a la mujer y se sintió más avergonzado al ver cómo estaba fascinada con su pene. Era similar a la reacción de Eleonore la primera vez que lo vio, pero tener a Summer atónita era extraño. “¿Se ve bien?”, preguntó finalmente para romper su trance.

“¿Ah? Jejeje, sí”, rió tímidamente mientras se frotaba la nuca. “Me desconcentré un poco. Lo siento”. Volvió a mirar la entrepierna; su labio inferior temblaba de ansiedad. No podía examinarlo solo con los ojos; de eso estaba segura. No debía preocuparse… no debía preocuparse…

Nerviosa, extendió la mano y rozó suavemente la suave superficie con las yemas de los dedos; no hubo reacción. Su pene parecía estar bien, pero era el contenido debajo lo que la preocupaba. Cuando lo sujetó con cuidado, él emitió un suave gruñido y frunció los labios. Madre o no, se sentía bien tener su pene sostenido por otras manos; por supuesto, Summer fue la segunda persona en tocarlo después de Eleonore. Summer observó su miembto el olor a exitacion le icba la nariz. Con cuidado, envolvió su mano libre bajo su miemrbo y apreto suavemente. Vash gimió. “¿Duele?”, preguntó Summer en voz baja.

Vash asintió levemente, exhaló. Era mentira; el sentimiento se había desvanecido en cuanto lo tocó. Solo quería sentir sus manos sorprendentemente delicadas sobre él un rato más. La forma en que lo trataba era muy diferente a la de su antigua amante solía ser un poco más brusca que las caricias maternales de Summer.

Summer mantenía sus ojos plateados fijos en sus manos. Su tez hacía juego con su cabello mientras masajeaba a polla de su ‘hijo’, con la esperanza de hacer algo bueno después de su vergonzoso acto de rebajarse ante él. Aun así, temía que lo que hacía estuviera mal. Tenía que haber límites entre ella y su nuevo trato. Esto sería como si Vash la acariciara porque accidentalmente le golpeó los pechos. La idea la asaltó, mordiéndose nerviosamente el labio inferior. Podía imaginar a Yang manoseando su pecho, abusando de sus pezones mientras ella se exictaba aun mas.

Vash gruñó de nuevo, y fue entonces cuando Summer se dio cuenta de que algo andaba muy mal. No era el intenso rubor en el rostro de Vash ni la sensación de su calor tensándose en su mano; ¡era la sensación de su miembro! Se quedó boquiabierta al fijar la mirada en el pene que sostenía suavemente en su puño. Empezaba a hincharse y alargarse, endureciéndose con cada flujo de sangre. ¡Estaba excitandolo! Claro que era su intención, pero debería haber sabido que algo así ocurriría.

“*suspiro* Summer “, jadeó Vash apretando los dientes. Luchó por controlarse, apretando los puños. Sus ojos esmeralda observaron la mano que rodeaba su pene. Intentó resistir la ternura, pero no importaba si la mujer queria actuar como una madre; su cuerpo reaccionó a la estimulación. Cazadora e hadou finalmente se miraron a los ojos. No dijeron nada.

Se le atascó la respiración en la garganta. Ahí estaba; esa temible sensación de calor acumulándose en su estómago y bajando a sus entrañas, algo que no debería sentir por la memroria de su ex pareja. ¡No, no, no! De repente se sintió débil al sentir su sexo estremecerse y humedecerse de necesidad, una necesidad que, durante demasiado tiempo, había permanecido insatisfecha. Apretando los labios, emitió un suave gemido desde lo más profundo de su garganta mientras sus muslos se apretaban. Sintió el calor que irradiaba de su entrepierna, una mancha de humedad extendiéndose sobre la tela.

El corazón de Vash se aceleraba mientras miraba a Summer. Su pene se había hinchado por completo, alcanzando sus gruesos veinte centímetros, de los que ella no podía apartar la vista. Duro en la mano de summer; debería estar sintiéndose avergonzada y con náuseas. Había pasado por tantos problemas desde su llegada. Ahora, temblaba de placer inmoral, pero no era suficiente. “Shhh y-yo me hare cargo”, Summer intentó encontrar las palabras adecuadas. Nerviosa, esbozó una sonrisa mientras unas gotas de sudor resbalaban por su frente. “S-solo déjame prepararme…..a pasado un tiempo y no creo….es muy grande.”

“Espera”, dijo Vash, agarrando la muñeca antes de que pudiera soltarse de su erección. Conteniendo la respiración, lo miró. “Volveré a preguntar ¿Estás realmente segura?” Hizo una pausa, maldijo las consecuencias. “¿Realmente serias mi amante?”

Summer se quedó atónita ante eso. ¿No podía esperar que ella…? “Vash….prometiste hacerlo”, soltó. “ME reviviste y prometiste cuidar de mi…. de quienes aprecié”. Aun así, no había soltado su pene de su mano. Latía, y un fluido transparente goteaba de la hendidura. Estaba más excitado de lo que ella creía. Experimentalmente, lo sujetó con más fuerza y ​​le dio un empujón. Como sospechaba, la gota en la cabeza aumentó en cantidad, lo suficiente como para derramarse por su miembro y rezumar en su mano. No iba a mentir diciendo que no podían; no debían, pero aún podían. “¿Lo cumplirás?”

No se detuvo mucho y susurró un “Sí…”. Ella iba a hacerlo esperar ni un segundo más. Después de todo, era obligación de una madre asegurarse de que su hijo estuviera cómodo o en este caso fingir darle consuelo por un trato. Sujetando firmemente sus testículos con la mano derecha, comenzó a acariciar el pene de Vash. El líquido preseminal que goteaba de la punta actuaba como un lubricante eficaz, así que giró el puño para extender el fluido a lo largo de su miembro. Más se derramó de su excitado pene, y pronto, su mano se deslizaba fácilmente sobre él.

Pero vaya, tenía muchísima resistencia para poder levantarse incluso después de unas liberaciónes exitosas e ininterrumpidas en Eleonore. Summer consideraba que el mérito de esta insaciabilidad recaía en su propia naturaleza, pues reponía su fuerza y ​​su cuerpo, incluyendo sus fluidos reproductivos.

La espalda de Vash se arqueó. “Eso se siente bien”, jadeó, provocando una sonrisa arrogante en Summer. Decidiendo cambiar de estrategia, detuvo la mano izquierda en la base de su miembro y la colocó justo encima para masturbarlo con más fuerza que antes. Vash aulló al instante por la sensación, sus caderas se levantaron y casi chocaron contra su rostro inclinado; le sorprendió que casi sucediera una segunda vez, casi como si la estuviera embistiendo. Conocía su impulsividad, pero no esperaba que estuviera tan excitado como para embestir contra su mano. La ferocidad de sus caderas al sacudirse era similar a las poderosas embestidas que había realizado antes en el infierno personal de Samael. Era evidente que, incluso después de inyectar su tensión sexual en el útero de su compañera, no había saciado su lujuria juvenil.

Una sonrisa maliciosa, típica de ella y Vash antes de meterse en líos, se dibujó en su rostro. Le dio unos tirones más controlados a su pene, asegurándose de frotar la punta con el pulgar. “¿Esto te ayuda con la ‘presión’, Vash?”, canturreó sensualmente, recibiendo un asentimiento algo avergonzado de el. Sin darle tiempo a comprender su sugerencia, apartó la mano izquierda para acomodarse varios mechones de cabello detrás de la oreja mientras descendía la cara hacia su ingle.

slurrpppp slurpppp slurrpppp slurpppp

Vash se irguió con un jadeo ahogado al sentir sus labios húmedos besar la punta de su pene. “¡Ack! ¡Ugghhh s-summer!” No encontraba palabras para describir lo que sentía; solo podía observar con fascinación paralizante cómo ella besaba su glande por segunda vez, con hebras de su presemen pegadas a sus labios hasta que finalmente hizo lo más asombroso que él creía posible y lo aceptó en su ardiente orificio. Respirando con dificultad, se desplomó de nuevo, con los ojos abiertos de placer desenfrenado y la espalda arqueada.

Respirar era difícil, pero factible, incluso con el gran miembro de Vash deslizándose en su boca, su grosor obligando a su lengua a apretarse contra el fondo de su boca. Con un poco de fortaleza mental y física, lo acomodó en el fondo de su boca. Una nueva dosis de su lubricante natural se extendió por su faringe, lo que la hizo tragar por reflejo, dándole a Vash la exquisita sensación de los músculos de su garganta revoloteando alrededor de su sensible punta. Vash dejó escapar algunos jadeos y gemidos cuando Summer comenzó a retirar el miembro, con una mirada traviesa brillando en sus ojos lascivos. A un ritmo más rápido que antes, bajó la boca sobre él. Pronto, lo estaba tomando dentro y fuera de su boca a un ritmo más cómodo que tenía a su hijo al borde de la hiperventilación.

slurrrppp slurpppp slurppp slurppp *sorber* Slurrpppp *sorber*

Extendió su mano izquierda sobre sus abdominales, y asintió con la cabeza tan rápido como pudo. Pequeños gemidos vibraron a su alrededor desde su boca mientras mantenía este ritmo. Su lengua, recorriéndolo frenéticamente, detectó el sabor salado y dulce era raro; estaba saboreando a su ‘hijo’ mientras se la hacía. Lo incorrecto de todo era casi insoportable, pero solo la animó. Sus bragas se habían mojado increíblemente, y su copioso néctar comenzaba a correr por el interior de sus muslos como arroyos que brotaban. Todo su ser deseaba ser tocado, ser acariciado, ser llenado por la magnífica polla de su “hijo”. Le hizo una mamada a su ex esposo un par de veces, pero nunca había estado tan caliente. Su núcleo palpitaba de necesidad.

“¡Ugn, me corro!”, gruñó. “¡slurpppp slurrpppp slurrpppp *sorber* *sorber* !” Summer se retiró apresuradamente a la punta de su pene y lo mantuvo allí. Su mano derecha lo acarició para ayudarlo a salir, y corrió a su boca al instante. Su semen salado salpicó su lengua en un chorro abundante, un sabor que le recordó al ramen salado, su favorito. Su hijo gruñía y exclamaba con cada descarga, transfiriendo su semen a la boca expectante de Summer. Para la tercera descarga, su garganta comenzó a vaciar su orificio con avidez. El semen caliente se precipitó hacia su estómago en tragos viscosos que la excitaron. Honestamente, ni siquiera había dejado que su esposo eyaculara en su boca antes, pues le disgustaba el sabor de su esencia más amarga. Sin pensarlo dos veces, se bebió hasta la última gota de su semen y recorrió la punta con la lengua en busca de cualquier resto mientras los chorros se calmaban.

Vash se desplomó. ¿Alguna vez había sido tan placentero……cuando fue la última vez que disfruto de algo tan simple? Recordó las pocas veces que dejó que su polla se acercara a su amante que normalmente era quien hacia lo imposible para fornicar en lugares privados. “Summer, eso fue…” Buscó en su vocabulario la mejor palabra para describir la experiencia mientras la Rose levantaba la cabeza de inmediato y tomaba una bocanada de aire muy necesaria, pero no pudo encontrar nada que se acercara al éxtasis celestial de simplemente correrse en la garganta de la hermosa madre. Simplemente exhaló profundamente con una sonrisa bobalicón.

Sí, su ahora hijo parecía verdaderamente satisfecho, pero Summer solo se había excitado más al tener su semen revolviéndose en su estómago. No podía estar saciada ahora solo porque Vash lo estuviera. Con cierta impetuosidad, aprovechando el momento de Vash, se unió a él. Él la miró débilmente, esperando que lo abrazara y le dijera palabras maternales, o que continuara con este tabú sentándose a horcajadas sobre sus caderas y frotando su sexo húmedo contra el suyo. No hizo ninguna de las dos cosas, pero sentarse a horcajadas sí lo era. Se subió el vestido hasta la cintura para revelar que no llevaba nada debajo, solo su ropa interior, su ropa interior muy mojada, observó Vash con las mejillas sonrojadas.

La sonrisa de Summer se dibujó en su rostro, sintiéndose poderosa ahora con este ser tan poderoso tambaleándose bajo ella y a su merced. “Ahhh~ p-pagare tu amabilidad”, ronroneó. Su mano se deslizó hasta su entrepierna y apartó sus bragas para revelar su coño mojado, con los vellos rojos con negro y recortados a su alrededor brillando y pegados a su piel por el flujo constante de fluidos. Fue una vista hermosa para Vash. Su boca, antes seca, se llenó de saliva al instante.

No necesitó que lo presionaran. Levantó las manos y ahuecó con cuidado las nalgas de Summer para acercar sus labios inferiores a su boca. Aún tuvo que levantar un poco la cabeza, pero valió la pena para que las secreciones de summer inundaran sus papilas gustativas. Se escuchó un gemido cuando comenzó a besar sus labios hinchados con rápidos movimientos de su lengua. Sus labios rozaron su vello púbico, deleitándose con cómo le hacía cosquillas antes de finalmente besar la gema donde ella era más sensible. La oyó dar un lindo gemido cuando rodeó el clítoris con la punta de su lengua antes de presionarlo contra el botón. Retirando las manos de su trasero, las puso sobre su pubis para que sus pulgares pudieran retirar el capuchón de su clítoris para exponerlo aún más al tratamiento de su lengua.

“Ahhhhh Ahhhhh V-v-aaashhhhh~ Maaaasshhhhhh ahhhhh~”

Arqueando la espalda, levantando las manos para agarrar sus pechos cubiertos, Summer gimió el nombre de su chico y comenzó a frotarse contra su boca. Debía de tener más práctica de la que ella creía, pues su lengua rodó con seguridad por sus pliegues, recogiendo su néctar, antes de penetrar e invadir su entrada. En lugar de simplemente retorcer su músculo oral dentro de ella, se retiró y luego volvió a embestir, imitando una polla excitante, aunque pequeña. Summer lo disfrutó, quizás demasiado, pues su mano agarró su cabello y forzó su boca sobre su clítoris, exigiéndole que dejara de provocarla y la comiera.

“Ahhhhhhhh Siiii~ mas~ lame ahi~ Siiiii Ahhhhhhh~, buen chico~”

Tenía una boca increíble cuando se excitaba así. Como buen hijo obediente, Vash la complació, apretando su boca abierta contra su vagina mientras la exploraba con su lengua. Las paredes se estremecieron alrededor del músculo, cubriéndolo con su delicioso y único sabor. Mientras retorcía la lengua dentro de la vagina de Summer, sus manos volvieron a su espalda para agarrar con audacia su trasero, amasando ambas nalgas con firmeza. El vestido que Summer llevaba era un verdadero obstáculo, pero finalmente abrió la hendidura de su trasero. La sensación fue repentina y desconocida para Summer, ya que tai, por lo general, nunca jugaba con esa zona en particular. Incluso con la ropa puesta, se sentía expuesta. «Vash, has ahhhhh eso», gimió con un tono mucho más infantil del que Vash estaba acostumbrado; sonaba como Rusalka.

Un poco demasiado excitado, en su habitual necesidad de poner a prueba la vacilante fortaleza de su madre, la presionó un poco más contra su rostro para que su lengua pudiera llegar más atrás, deslizándose en la fisura abierta. Ella emitió un leve chillido cuando su lengua viscosa dejó un rastro húmedo sobre su ano, haciéndolo apretar involuntariamente, y él se sintió alentado a repetirlo hasta que Summer apartó su cabeza, inmovilizándolo. Puede que por un momento sonara como Rusalka, pero ahora la cazadora de ojos plateados ardía con un aura similar a la de Beatryce cuando le dio un golpe en la cabeza, gritando: “¡Ahí no!”. El golpe no dolió mucho, pero lo disuadió de provocarla e invocar su verdadera ira.

Ahora, con sus labios de nuevo contra sus genitales, Summer volvió a cabalgar la cara de Vash. Aunque prácticamente le había prohibido adentrarse en territorio desconocido, la sensación de su lengua y la saliva persistente sobre su ano la hacían sentir ardiente y necesitada. Bajó la mirada y observó cómo la lengua de su “hijo” se deslizaba por los pliegues de su pubis. Sus ojos se habían entrecerrado en líneas de felicidad mientras seguía comiéndola; no tenía intención de abandonar su sabrosa vagina pronto.

“Ahhhhhhhhhhhhhh VAAAAASSHHHHHH”

Summer ahogó un gemido mientras oleadas de placer le recorrían la columna desde el pubis. Un miniorgasmo la había sorprendido, haciéndola convulsionar y apretar su coño con más fuerza contra la boca de Vash. Sus manos intentaron estabilizar sus caderas, que giraban, en un intento de intensificar su placer rozando su clítoris con la lengua. Un pequeño aumento de sus fluidos le llegó, y él lo sorbió todo más rápido que el caldo de su ramen favorito.

Summer se perdió por un instante, cayendo hasta que se agarró a la pared con las manos. “¡Dioses míos!”, jadeó. Sus músculos temblaban y se tensaban sin control. Un momento, se dijo. Un momento, y luego se soltaría de Vash, haría un pacto con él para que esto continuara.

Se deslizó debajo de ella, apretándose entre sus brazos hasta que sus manos se deslizaron sobre sus hombros. “¿V-Vash, qué haces?”, balbuceó summer, aprensiva cuando sus caderas comenzaron a retorcerse para acomodarse bajo las suyas, moviéndose solo por la presión de su erección contra la hendidura entre sus nalgas. Bueno, claro que no iba a quedarse flácido después de ver el ardiente coño de summer y lamerlo.

Mientras sus manos se dirigían a sus caderas para levantarla, ella tartamudeó. Su pene se enganchó en su vestido, pero inevitablemente quedó al descubierto, listo para penetrarla. Era asombroso lo intimidante que parecía al palpitar, expulsando una gruesa gota de presemen de la hendidura. Se estremeció cuando él inclinó deliberadamente la punta para frotar de nuevo su sexo húmedo. Su cuerpo, obviamente, anticipaba la penetración mucho más que su mente; no era por prejuicios hacia la situacion que compartían. “Vash, e-espera. ¡Y-yo me haría cargo!”, le recordó frenéticamente, como si eso fuera suficiente para disuadirlos de ceder a su lujuria. Si ese fuera realmente un argumento válido para evitar esta relación, la habría puesto fin en el momento en que lo señaló justo antes de hacerle una mamada.

Obstinadamente, Vash se negó a obedecer las palabras de summer y la empujó sin control con la esperanza de una penetración; la parte inferior de su pene se deslizó por sus labios vaginales y su clítoris. Al ver que no se dejaría convencer, Summer se cubrió el montículo con una mano para bloquear cualquier otro intento. Su hijo la miró suplicante. “¡Por favor, *sniff* solo deja que yo lo haga *sniff* t-t-tu! ¡No puedo evitarlo!”, palpó en vano la punta de su pene contra sus dedos protectores. Summer sentía que debería hacer todo ella sola, complacerlo, el la había revivido, traído de vuelta, y planeaba acabar con la única amenaza que asolaba su mundo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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