N.T.R. RWBY - Capítulo 24
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Capítulo 24: Winter schnee
El reloj marcaba las 23:48.
En una de las habitaciones asignadas a oficiales en Atlas, Jaune Arc jadeaba boca arriba, con el rostro bañado en sudor frío. No era por el clima ni por alguna batalla. Era por el miedo.
—Mierda… —susurró, sintiendo los latidos de su corazón golpearle el pecho con fuerza. Su camisón de entrenamiento pegajoso, sus músculos adoloridos… y no por el esfuerzo real, sino por la tensión de casi haber sido descubierto.
Ese día, durante las pruebas físicas, su rendimiento había subido sospechosamente. Demasiado. Los resultados en fuerza, resistencia y velocidad estaban ligeramente por encima de su media… justo lo suficiente para levantar cejas. Un teniente de la base incluso lo había detenido para hacerle preguntas. Y por poco, por muy poco, no revisaron sus pertenencias.
El frasco estaba bien escondido… pero su culpa no.
La puerta se abrió con un golpe seco. Jaune se giró rápidamente, pero deseó no haberlo hecho. Winter Schnee había entrado. Y su expresión… era la más gélida que había mostrado desde que “eran pareja”.
—¿Sabes lo que hiciste hoy, Jaune? —preguntó con voz tensa, casi quebrada de contención.
Jaune tragó saliva. Iba a hablar, pero Winter levantó una mano, cortando su excusa antes de que se formara.
—No. No hables. No mientas. No te justifiques. Lo que hiciste fue una vergüenza. Una farsa.
Se acercó lentamente al borde de la cama, sin sentarse, sin mirarlo directamente. Sólo lo observó como quien ve un bulto inútil ocupando espacio.
—Tramposo. Patético. Y ni siquiera puedes sostener una mentira con dignidad —continuó, su voz cada vez más helada—. ¿Realmente pensaste que nadie lo notaría? ¿Que podías falsificar tus atributos sin que eso salpicara mi nombre?
Jaune se encogió ligeramente. No tenía valor para verla a los ojos.
—Winter… yo sólo quería—
—¿Qué? ¿Impresionarme? —lo interrumpió con una risa seca, amarga, una mueca que dolía más que cualquier grito—. ¿Tú crees que esto me impresiona? ¿Esto que eres? Porque ni como soldado, ni como pareja, ni siquiera como hombre has mostrado algo digno de respeto.
Esas últimas palabras cayeron como cuchillas.
Winter cerró los ojos por un momento, llevándose los dedos al puente de la nariz. Estaba molesta, sí, pero más que eso… estaba agotada.
—Acepté salir contigo porque al menos mostrabas interés por mí como mujer —confesó finalmente, con una voz más baja, más vulnerable, aunque teñida de desprecio sutil—. Porque parecía que no veías a la comandante, ni a la Schnee. Pero ahora empiezo a pensar que ni siquiera eso era verdad. Que lo único que querías era… ¿perseguir mi apellido?
Jaune se quedó en silencio. Porque dolía. Y porque, en parte, era cierto.
Winter se giró, caminando hacia el perchero y tomando su abrigo.
—No dormiré aquí. No contigo. No cuando sé que estoy compartiendo el mismo espacio con alguien que necesita pastillas para fingir que puede alcanzarme.
—¡Winter, por favor—!
—Ni una palabra más, Jaune.
Y sin mirar atrás, cerró la puerta tras de sí.
El silencio se tragó la habitación.
Jaune quedó solo en la cama. Sudado. Humillado. Y sobre todo, impotente. No sabía que esa misma noche, mientras él se encogía entre sábanas frías, alguien más había llegado a Atlas. Una presencia que cambiaría todo.
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.
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Los tacones de Winter resonaban con fuerza por los pasillos metálicos de Atlas. El frío no hacía nada por calmar la ira que le hervía en el pecho.
Su mandíbula estaba tensa. Su ceja derecha temblaba de forma casi imperceptible, como una chispa previa a una explosión.
—Idiota… —masculló entre dientes. Jaune, las pastillas, su debilidad… su patetismo. Todo eso no era sólo una mancha en su orgullo personal, sino en su nombre. Schnee. Y eso no se perdonaba.
Estaba por tomar uno de los elevadores cuando su Pergamino vibró con una alerta de voz automatizada:
“Atención: el nuevo recluta ha llegado. Preséntese de inmediato en la sala de espera 03.”
Winter apretó los dientes. El día ya era una tortura, y ahora debía recibir a otro imbécil vestido con uniforme. Suspiró con pesadez y giró rumbo al ala norte de la base.
📍Sala de Espera 03, Base de Atlas
Five Hargreeves estaba de pie, con los brazos cruzados y una mirada neutra clavada en la pared frente a él. La habitación era austera, demasiado blanca, demasiado perfecta. Le resultaba desagradable.
Tenía una leve ojeriza en los ojos y el ceño fruncido. No por nerviosismo. No por ansiedad. Sino por puro aburrimiento y fastidio.
—Maldito Howard… —murmuró en voz baja, sin ocultar su desprecio.
Le había despertado de una breve siesta con un mensaje críptico y seco:”Se detectó actividad no humana en un punto de convergencia. Infiltración autorizada. Objetivo: caza de entidad exterior. Usa cobertura militar.”
Fácil.Claro que sí.
Cazar entidades cósmicas en un mundo lleno de niños con armas de ciencia ficción y problemas emocionales.
Maravilloso.
Five había considerado ignorar la orden y largarse al siguiente universo… pero algo en esa energía anómala, algo en ese punto lo había retenido. Eso y que Howard patearia su trasero si se escapaba de la mision,
Y así acabó aquí. En Atlas. Registrado como un recluta más. Uniformado. Disfrazado de soldado.
Estúpido.
Se pasó una mano por el cabello, ya harto de esperar, cuando la puerta se deslizó con un clic suave y metálico.
Una figura femenina, esbelta, de porte firme y rostro helado entró. Winter Schnee.
Su cabello blanco estaba recogido con precisión militar, sus ojos azules eran afilados como cuchillas.
El uniforme le quedaba perfecto. El porte, impecable.
La frustración en su rostro… apenas disimulada.
Five levantó una ceja. No dijo nada al principio. Sólo la observó, con esa mirada impasible que le era tan natural. Casi parecía aburrido.
Winter, por su parte, escaneó al recluta en un segundo.
Un chico joven.
Bajo.
Ojeroso.
Expresión de fastidio y cinismo.
No parecía el tipo de soldado que destacara… y sin embargo, algo en su aura la hizo detenerse un instante. Era como un latido… pero sin corazón real que sintiera algo que no fuera malisia.
—Soy Winter Schnee —se presentó sin sonreír—. Especialista a cargo de tu integración en las filas de Atlas. ¿Nombre?
Five no hizo una reverencia. No se cuadró.
Ni siquiera se molestó en mostrar respeto.
—Five Hargreeves —murmuró, sin entonación—. Sin rango, sin historial en tu sistema. Me asignaron aquí por una misión… clasificadamente vaga.
Winter frunció el ceño. Su tono no era insolente… pero tampoco obediente. No tenía miedo. Ni siquiera interés.
—¿Y cuál es tu especialidad? —preguntó ella, cruzando los brazos.
Five bajó la mirada un segundo. No por sumisión, sino por el hastío de tener que explicar otra vez lo inexplicable.
—Digamos que soy bueno en arreglar problemas que los demás no entienden… o no pueden ver. Y si no puedo arreglarlos, los elimino.
Winter no respondió al instante. Había algo en ese chico. Una arrogancia silenciosa. Pero no la del fanfarrón… sino la del lobo que ya ha destrozado demasiadas gargantas como para tener que presumirlo.
Ella respiró hondo. Necesitaba mantener el control. Tenía demasiadas cosas en la cabeza. Y este sujeto, al menos, no parecía otro Jaune Arc.
—Muy bien, Five. Comenzaremos con tu asignación de mañana. Hoy… asegúrate de no causar problemas. ¿Entendido?
Five giró ligeramente la cabeza. —Mientras nadie me dé razones para causarlos……no.
Winter lo miró fijamente.
Y por primera vez en mucho tiempo… no supo si eso era una amenaza, una promesa, o simplemente una advertencia disfrazada de cortesía.
Winter cerró la puerta de la habitación destinada para oficiales de alto rango, con un suspiro profundo y amargo. Su uniforme aún perfectamente planchado. Su rostro, no tanto.
Se quitó los guantes, uno a uno, sin la mínima emoción, pero sus movimientos tenían un temblor subyacente. Ira contenida. Asco. Frustración. Todo revuelto en un cóctel helado que solo el silencio de la noche podía testificar.
Dormir con Jaune era imposible. No después de hoy.
No después de ver esa mirada vacía suya, ese patetismo. Apretó los dientes. Lo detestaba por hacerla sentir que estaba desperdiciando su tiempo.
Y detestaba aún más no saber por qué aún le dolía.
Pero lo dejó ir. Por ahora. Porque en otra ala del complejo, alguien más estaba descubriendo lo incómodo que era subestimar a Five Hargreeves.
📍 Dormitorios de Reclutas – Área de entrenamiento especial
Five abrió la puerta de su habitación asignada sin expectativas. Si lo iban a alojar, al menos esperaba silencio. Pero no. Por supuesto que no.
Apenas cruzó el umbral, una figura femenina ya lo esperaba adentro. Cabello corto, cuerpo atlético, sonrisa arrogante y una chispa de energía eléctrica en las venas.
Harriet Bree. Miembro de los Ace Operatives.
Conocida por su velocidad, su actitud ruda… y su tendencia a “dar la bienvenida” a su manera.
—Así que tú eres el nuevo —dijo Harriet, tronándose los nudillos con entusiasmo—. Me dijeron que eras algo… especial. Supongo que tendré que darte la bienvenida oficial.
Five levantó una ceja, sin responder al instante. Ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Y eso implica una paliza ritual o algo igual de primitivo? —murmuró con voz monótona.
—Solo un pequeño calentamiento —replicó ella con una sonrisa torcida—. No te preocupes, si lloras, nadie te juzgará.
Five soltó un suspiro, sin siquiera cambiar de postura.
—…Eso sería una pésima idea.
Harriet no esperó. Avanzó con velocidad de relámpago, confiada, como siempre. Su aura chisporroteó en el aire, lista para frenar al chico en seco con una llave rápida.
Pero no alcanzó a tocarlo.
En un solo parpadeo, Five desapareció de su campo visual. Y sintió un frío helado en la nuca.
Un dedo.
Presionado con precisión quirúrgica en la base de su cuello.
Una línea delgada, rojiza, comenzó a descender por su piel. Sangre. Sólo un rasguño… pero suficiente para romper su aura defensiva como si fuera papel mojado.
—Te dije —susurró Five, su aliento apenas rozando su oído—, que no era una buena idea fastidiarme.
Harriet se quedó congelada. Su cuerpo no respondía. No por parálisis… sino por sorpresa.
Nadie jamás había traspasado su defensa así. Nadie la había tocado tan limpiamente.
La adrenalina subió. Pero no era miedo. Era… algo más sucio. Más complicado.
Excitación.
Ella se giró lentamente, viendo al chico —no más alto que ella, no más fornido, no más imponente— mirarla con una indiferencia absoluta. Como si pudiera matarla en cualquier momento. Y como si no valiera la pena hacerlo.
—Joder… —murmuró Harriet, sonriendo como si hubiera encontrado su nuevo vicio favorito—. Esto se va a poner divertido.
Lo que siguió fue confuso para quien lo escuchó desde afuera.
Primero, el sonido de muebles golpeando, algo metálico cayendo, un grito. Luego… otro tipo de jadeo. Uno más contenido. Menos agresivo. Más… eléctrico. Jadeos y gemidos se escucharon, las malditas habitaciones no estaban insonorizadas.
Se esucho gritos de Harriet ‘Ahhh o mas o mas si’ .
Y por último, silencio.
📍Horas Después – Habitación asignada
Harriet estaba en la cama, con las piernas medio cubiertas por una sábana blanca, el rostro aún sonrojado y el pecho subiendo y bajando por la agitación reciente.
Five estaba a su lado, ya vestido, sentado en el borde de la cama, limpiándose la sangre del labio con un pañuelo desechable.
—Tomboys son… interesantes —comentó con tono seco, sin mirarla directamente—. Pero definitivamente están locas.
Harriet se cubrió el rostro con ambas manos. No de vergüenza exactamente. Era más una mezcla de derrota, impacto… y adicción inmediata.
—…¿Qué demonios eres tú?
Five se encogió de hombros.
—La variable que nadie pidió.
Y luego se levantó, caminando hacia la puerta sin más palabras.
Dejó a Harriet allí, temblando ligeramente. Y sin saberlo, había empezado a dejar huellas en Atlas.
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La base de Atlas, en la madrugada, era casi un cementerio de acero y tecnología. Las luces blancas de los pasillos se difuminaban con un tenue parpadeo, y los pocos soldados aún en pie evitaban el contacto visual, cada uno atrapado en su propia rutina.
Five caminaba con las manos en los bolsillos, explorando los corredores sin demasiada dirección.
Buscaba algo simple.
Café.
Y para su creciente irritación, no encontró ninguno.
Ni máquinas funcionando, ni distribuciones automáticas, ni una maldita tetera activa. Solo el frío clínico de Atlas, ese silencio militar aséptico, y la típica sensación de que todo era más rígido de lo necesario.
Bufó con desgano y volvió sobre sus pasos.
Cuando abrió la puerta de su habitación asignada, la luz automática del techo se activó con un parpadeo.
Harriet seguía en la cama.
No se había ido. No se había movido demasiado. Aún cubierta con la sábana, el cabello desordenado y el rostro encendido por un rubor que no se había disipado del todo.
Lo miró de reojo con ojos entrecerrados y voz ronca.
—…¿Saliste sin decir nada?
—Buscaba café. —respondió Five mientras se quitaba los zapatos— No hay nada en esta maldita base. Todo es frío y blanco. Hasta el gusto.
Harriet frunció el ceño y murmuró algo que apenas se entendió.
—Idiota… no puedes irte así después de… eso.
Five la miró, ladeando la cabeza.
—¿Y por qué sigues aquí? ¿No eres de las que salen corriendo después de marcar territorio?
Sabia la rutina, follar y luego huir para contar el chisme entre sus amigas.
El sonrojo en las mejillas de Harriet se intensificó. Se giró un poco en la cama, tirando de la manta para cubrirse más.
—¡No es eso, estúpido! —refunfuñó—. Es que… no puedo mover bien las piernas, ¿vale?
Hubo un silencio incómodo.
Five la observó un momento, sin expresión.
—…Tal vez me excedí. —murmuró con tono neutro, más como una nota mental que una disculpa.
Harriet soltó un gruñido entre dientes.
—Tsk… claro que te excediste, anormal. No sabía si estabas peleando o… otra cosa…..llegste muy profundo y esta calido.
Five no respondió. Sólo avanzó hacia el borde de la cama y, sin pedir permiso, la empujó ligeramente hacia un lado.
Harriet soltó un quejido ahogado sentia que su estomago se apretaba para impedir que el liquido viscoso escapara, pero no se resistió.
—¡Eh! ¡Ten cuidado, bastardo!
—Duermo aquí. Es mi cama asignada. —respondió él, como si le estuviera explicando un hecho logístico, no compartiendo cama con una soldado que acababa de dejar temblando.
Se recostó con un suspiro, girando de espaldas a ella, y apagó la luz con un gesto seco.
La oscuridad llenó la habitación.
Harriet quedó en silencio unos segundos, aún con el rostro encendido. Estaba envuelta en calor corporal ajeno, en la sensación de haber sido completamente vulnerada… sin que él le diera importancia alguna.
Se giró hacia él.
Lo miró.
Y lo vio de verdad.
No el chico arrogante o el bastardo que había roto su defensa con un dedo. No el extraño de actitud sobrada que la dejó en la cama sin una caricia de más.
Sino el cuerpo que tenía.
Las cicatrices.
Tantas.
Profundas, irregulares, antiguas.
No marcas de entrenamientos comunes. No heridas de misiones militares normales.
No.
Eran tajos, perforaciones, quemaduras, desgarros.
Como si alguien lo hubiera arrojado a un agujero lleno de cuchillos… y se hubiera quedado allí una eternidad.
Harriet sintió un nudo extraño en el estómago.
No sabía si era por empatía, incomodidad o algo más oscuro. Un peso que él cargaba y que no decía una sola palabra.
Five no se movió. No respondió. No pareció siquiera respirar diferente.
—…Eres raro —susurró ella, apenas audible.
Y luego, por primera vez en mucho tiempo, se sintió lo bastante cansada como para dormir en paz.
A su lado, Five seguía inmóvil. Ajeno.O simplemente acostumbrado a dormir al borde del mundo.
La base militar de Atlas despertaba cada mañana al ritmo de sirenas suaves, luces de encendido automático y pasos sincronizados. Todo en orden. Todo estructurado.
Excepto esta vez.
Porque esta vez, los pasillos murmuraban.
Voces bajas. Risas contenidas. Incredulidad.
No por una misión. No por un error. Sino por lo que todos habían escuchado la noche anterior.
📍 Área de Dormitorios – Comedor Anexo, 06:10 a.m.
El equipo de Harriet Bree estaba reunido. Café en mano, rostros de todo tipo. Algunos tensos. Otros inquietos. Otros simplemente incómodos.
Marrow Amin, el fauno perro, tenía una de sus orejas tapada con cinta aislante. La otra temblaba levemente.
—Juro… juro por todas las diosas de Remnant que no volveré a dormir sin audífonos… —murmuró, abrazando su taza de café como si fuera una barrera a su ya traumda imagen,siendo el un fauno con audicion mejorada escucho muhco mas de lo que deberia.
Elm, por otro lado, tenía una sonrisa amplia mientras jugaba con su cuchara entre los dedos.
—Vamos, Marrow, ¿cuántos hombres pueden presumir de haber escuchado algo así? Harriet sonaba como si estuviera luchando contra un oso… o entregándose a uno.
—¡Ugh! —se quejó Marrow, cubriéndose las orejas aún más— ¡¡No ayudes, Elm!!
Clover, sentado más lejos, sólo bebía lentamente. Silencioso. No juzgaba. Pero sus ojos lo decían todo: Esto cambiará la dinámica del equipo.
Vine, con una postura rígida y calma interior, simplemente comentó—El deseo humano es un fuego. Algunos lo apagan. Otros… arden.
—¿Y tú qué sabes, monje de pacotilla? —replicó Elm entre risas.
Clover carraspeó.
—¿Alguien al menos sabe quién era el tipo?
El silencio se hizo incómodo un segundo.
—Nadie lo vio entrar… pero está asignado a la habitación que Harriet usó como “cuartel personal” —dijo Marrow con amargura.
—El nuevo recluta —susurró Vine.
—El bajito raro con cara de no dormir —añadió Elm, asintiendo.
Y fue entonces cuando varias voces más comenzaron a unirse, no del equipo operativo… sino de los estudiantes, soldados en entrenamiento y algunos cadetes avanzados que pasaban por la zona:
—¿Lo escuchaste anoche?
—Pensé que era una pelea.
—¿Eso fue Harriet Bree? ¡¿En serio?!
—¿Quién es el tipo?
—Dioses… yo quiero lo que ella tuvo.
—Ese nivel de ruido… ni las parejas oficiales suenan así.
—¿De verdad era el nuevo? No puede ser…
—¿Y cómo alguien con ese cuerpo tan… pequeño hizo eso?
Algunas chicas más jóvenes, miembros de unidades técnicas o administrativas, se cruzaban miradas con sonrojo contenido. Celosas. Intrigadas. Fascinadas.
—Quizás deberíamos invitarlo a cenar algún día —murmuró una.
—O a una revisión médica personal… —bromeó otra, ganándose un codazo cómplice.
Los hombres, en cambio, estaban en otro espectro emocional. Un par de ellos cruzaban los brazos, murmurando que “no podía ser para tanto”. Otros simplemente bajaban la mirada. Uno incluso dejó su bandeja de desayuno con un suspiro resignado.
El nuevo recluta ya tenía reputación.
Y no había pasado ni 24 horas.
Quien podia presumir de follar con Harriet y salir ganando.
📍 Oficina de Instrucción – Piso superior, 07:02 a.m.
Winter Schnee hojeaba un informe sin concentración.
Su pluma digital estaba estática sobre la pantalla, sin moverse desde hacía minutos. El informe de misiones no avanzaba.
No porque no pudiera leerlo. Sino porque escuchó los rumores. Los susurros por los pasillos. Los chismes.
Y ella… no era inmune.
No por moral, no por dignidad. Sino por celos.
Una parte de ella —la parte que aún era humana bajo el manto de disciplina— …se sintió herida.
Harriet.
Una chica más joven, más explosiva, menos elegante… Y sin embargo, ella había tenido lo que Winter nunca había sentido.
Placer real. Satisfacción. Y más allá del ruido, más allá del escándalo… Winter lo sabía.
Jaune nunca la había hecho sentir eso.
Ni una vez.
Siempre fue torpe. Inseguro. Frágil. Una polla patetica que incluso su vibrador era mejor opcion.
Ella se convenció de que eso no importaba. Que el respeto emocional y la intención bastaban.
Pero ahora…Una sola noche. Un desconocido.
Y Harriet ya había probado algo que Winter no conocía.
Winter bajó la mirada al informe. No podía enfocar. No podía evitar comparar. No podía evitar preguntarse… cómo serían esos dedos sobre su cuello.
La pluma cayó al suelo rebotó en el suelo con un leve clic.
Winter Schnee se quedó de pie, estática, con los puños ligeramente apretados a los lados.
Su pecho subía y bajaba con una respiración irregular. No por cansancio. No por estrés. Sino por una mezcla venenosa de enojo, vergüenza y algo más turbio que no quería admitir.
No podía sacarse de la cabeza lo que había escuchado. Lo que todos habían escuchado. Ni el tono agudo de Harriet, ni los rumores, ni las risas por los pasillos.
Pero más que eso…
No podía soportar no entenderlo.
—Muy bien… —murmuró para sí, como un susurro de acero—. Si es tan especial, yo misma comprobaré si tiene lo necesario para pertenecer al ejército de Atlas.
Se giró con paso firme, casi militar, saliendo de su oficina.
El trayecto hasta los dormitorios fue una tortura emocional.
Cada cadete que la cruzaba bajaba la cabeza con más fuerza de la habitual, sabiendo que Winter parecía aún más rígida de lo normal.
Y ella, en silencio, reprimía cada impulso de gritar.
De culpar. De interrogar.
Al llegar a la puerta de la habitación asignada al nuevo recluta, se detuvo.
Iba a golpear.
Pero no lo hizo.
Porque la puerta estaba entreabierta.
Y desde el umbral, vio algo que detuvo su brazo en seco.
Harriet.
Sobre Five.
En la cama.
Desnudos.
Ella estaba acurrucada sobre él, su rostro en el pecho del chico, apenas tapada por una sábana revuelta gimiendo levemente,las suaves embestidas de Five la dejaban en un gemido perpetuo.
Winter apretó los dientes.
No dijo nada.
No se movió.
Simplemente retrocedió un paso, sin hacer ruido, y esperó afuera.
(suculenciaaaaaaaaaaa)
No, aferrada a él, con las piernas entrelazadas y abriendo el culo, era evidente que tenía un don natural. —Sin hablar —jadeó Harriet entre besos, con la voz impregnada de una necesidad que rozaba la histeria—. ¡Solo fóllame! ¡ Fóllame, fóllame, fóllame! Five respondió no con palabras, sino con su polla. Era algo pesado, un martillo enorme que desafiaba la física. Sonrió y suspiró, pero había en ello cariño, una resignación silenciosa que se había vuelto familiar durante sus horas juntos. Esta era Harriet. Su amante, loca, impredecible y seguia sin tener idea de como llegaron a esto. Ya estaba acostumbrado.
Harriet y Five se besaron una última vez antes de que ella cediera. Hicieron contacto visual, cerca pero sin besarse, su voz era un ronroneo bajo, sus manos ya trabajaban para acariciarlo. “Déjame que lo haga”.
“¿Estás seguro de que no necesitas ayuda esta vez?” preguntó Five, riendo. “Sí, lo tengo.” Entrecerró los ojos. “¡Yo… maldita sea! ¡ Vamos!”. Ella forcejeó con todas sus fuerzas y Five se rió. Tras unos buenos segundos de maldiciones, Five era un semental de infarto y esa era solo una de las muchas razones por las que se quedo con él. Su largo miembro se extendía por su rostro; la mujer, sin sorprenderse, sonreía. Ya estaba medio erecto y encima de su cara. —Eres tan grande, cariño —murmuró Harriet—. Tan jodidamente grande. Grueso y pesado, ya palpitando de deseo.
Winter casi sintio que el aire se le escapaba, ese era un pene como ningún otro. Incluso flácido, medía veinticinco centímetros, y cuando estaba completamente erecto, era un monstruo de treinta y cinco centímetros. ¡Qué diablos jaune ni media la mitad de una docena!. Y este logro superarlo sin esfuerzo.
“¿Qué cabrón tan bien dotado?”, jadeó Harriet y se alejó poco a poco hasta quedar frente a la punta. Parpadeó rápidamente, otra pequeña expresión falsa. “¿Qué? ¿Todo esto es para mí?”.
—Eso espero. No veo a nadie más —bromeó Five.
“Mm.” Harriet sacó la lengua y la recorrió por su glande, de arriba abajo. Luego se sumergió, su cabeza eclipsada por esa verga. Five ni siquiera podía verle los ojos, pero podía sentir su lujuria. “Lo he decidido… Me encanta esta polla. Ahora es oficialmente mi cosa favorita del mundo”. insistió, envolviéndolo con las manos. Se arrulló al notar que sus dedos no se tocaban, moviéndose bruscamente a un lado para mirarlo con suficiencia. Harriet estaba muy orgullosa del arma que empuñaba.Con ambos, separados y aferrándose, le dio una caricia lenta y provocadora. Atrás, atrás, atrás, hasta que su pulgar rozó la sensible punta. “Puedo sentir tu latido. Debo estar haciendo algo bien”.
Esta exasperante mujer de color ebano pasó de ser tan lenta como una tortuga a ser más rápida que el sonido. A Five casi se le doblan las rodillas. ¡Oh, mierda! ¡Schlap, schlap, schlap! ¡Mierda! ¡Puedo oír sus malditas manos…! ¡Nggh~! Cerró los ojos. ¡oh carajo! En cuanto le extrajeron el líquido preseminal, ella lo usó. En cuanto sus rodillas se doblaron, ella escupió saliva sobre la corona, se enjabonó las manos con ella y lo masturbó como una loca. “¿Te gusta? ¿ Te encanta? ¿Lo odias? ¡Vamos,quien sufre ahora!”.
“Kuggh m-me las cobrare”, logró decir Five, con un ojo abierto y una sonrisa forzada. La técnica de Harriet era tan salvaje e impredecible como ella. Se concentraba solo en el miembro, siempre jugueteando con la punta con su aliento en lugar de con sus labios o dedos utilizando su semblanza de rayo. Lo estaba provocando, demostrándole que podía chuparlo y no lo hacía. Sus dedos, moviéndose rápidamente, apretaron lo justo para hacerlo gemir. “¿Quieres que te la chupe?” “T-tu—-“. “¡Mwah! ¡Aquí!”. Tras besar su polla, tomó la cabeza de su pene en su boca. Se la metió en la boca quince centímetros, la cabeza bulbosa entera, y luego otros quince centímetros. Veinticinco centímetros en lo que debieron ser segundos. Dentro y fuera. “Apuesto a que estoy haciendo un trabajo increíble, ¿no?” Dentro y fuera. Sus labios bajando veinticinco centímetros y luego completamente hacia atrás para poder respirar y hablar. —Harriet —murmuró Five, respirando con dificultad.
Tenía las pelotas tensas—. Algún momento me matarás. “Solo de la mejor manera”, murmuró Harriet alrededor de su polla, sonriendo a pesar de estirarse para acomodar su grosor. Decidió pasar de los veinticinco centímetros y profundizar, con los músculos de su garganta trabajando para tragarlo centímetro a centímetro.Subía y bajaba por su miembro tan rápido que podía soltarlo, bromear, besar la punta y luego volver a donde estaba antes de que Five pudiera abrir los ojos. ¿Y adivina qué? Al mismo tiempo, su mano lo agarraba con fuerza. El tipo de agarre que ahogaba los testículos en el saco, como si fueran una bolsa para sostener. Deseaba esa masa de bebé con desesperación. ¿Qué tenía Five? ¿ Testículos como los de cinco hombres ahí dentro? Estaba jodidamente dotado. Harriet quería toda la esencia. Lo quería todo.
Five luchó contra el impulso de embestir. La boca de Harriet era celestial, cálida y húmeda, y su lengua hacía cosas que le debilitaban las rodillas. Era insaciable; su hambre por él parecía interminable. Y era rápida. Más rápida que cualquier mujer normal. Su mano y su boca trabajaban en perfecta armonía, acelerando el ritmo a medida que lo sentía acercarse al límite. —Joder, Harriet —jadeó—. Vas a hacer que… Estaba perdiendo el equilibrio. Estaba perdiendo el control de su polla. Harriet no lo dejó terminar. Con un movimiento repentino, casi violento, lo llevó hasta el fondo de su garganta, con la nariz pegada a su pelvis y besando sus testículos. Lo retuvo allí un momento, con los músculos de su garganta presionándolo. “¡Me corro!”. Perdió el equilibrio oficialmente. Five retrocedió, embistiéndolo, mientras Harriet se mantenía pegada a su pene y sus testículos, tragando saliva. Se lo tragó todo. Five se corrió, pegado a la cama, mientras Harriet tragaba, con los labios pegados a sus testículos. Las contracciones de su testículo la excitaban. Le encantaba y tragaba más profundamente. Lo quería todo y… “¡ufff! Te dije que lo haría mejor”. Lo tenía todo. El proceso de extracción de su pene del erótico Harriet fue estimulante.
Saliva y semen goteaban en pequeños montoncitos que ella lamía con la lengua. Tenía una mano bajo la barbilla para atrapar cualquier resto. Luego, con la cabeza inclinada hacia arriba, lo bebió como si fuera una pequeña taza de sake. El gran miembro no bajó. No después de todo eso. La cabeza de su amante no bajó. No, solo sonrió con suficiencia y miró al gallo vivaz con un solo ojo abierto.Five y Harriet, desnudos en una pintura tan magistralmente realizada que era imposible apartar la mirada. Five era delgado y definido, como un velocista o un luchador callejero: hombros anchos que se estrechaban hacia un torso poderoso, piel tersa y marcada por los más signos de la batalla y la juventud. Su cabello, alborotado y negro, daba la impresión de alguien en pleno proceso de desarrollo, nunca quieto, nunca del todo acabado. Ah, y su enorme e inigualable pene, pero al final era su tamaño lo que dejaba atónito. El tamaño que lo hacía parecer completo. Era atractivo. Era inteligente. Era un desquiciado. Todos sus vecinos se sentían igual. Sus vecinos ahora podían confirmarlo. Debajo de él, bebiendo como una prostituta común y corriente, pero sin parecerlo, estaba Harriet. Delgada, angulosa, tez morena con musculos definidos. Su cuerpo era artísticamente dinamico: Sus pechos no eran grandes, así que ¿por qué su figura era tan atractiva? Simplemente lo era. Porque Harriet lo tenía. Five parpadeó, luego se miró,Harriet, sin embargo, solo rió. “Bueno”, dijo su amante, literalmente dándole un codazo en el pene como si fuera el de un buen amigo, “supongo que hicimos un espectáculo”.
Winter seguia afuera sonrojandose, escuchar los sorbidos de Harriet y como esta seguia chupando, le causaba pulsaciones en la entrepierna.
Solo había una manera de que Harriet ganara una discusión que no fuera con fuerza bruta. “Bueno, si no te gusta, entonces castígame, papi~”. Provocalo seria una buena forma de derrotarlo. Su trasero ebano y en forma de corazón iluminó la tenue luz del cuarto. Se inclinó, con las manos extendidas contra la pared, y abrió bien su coño, sus pliegues morenos brillando. “Quiero que esa polla tuya, grande, me folle. Hazme gritar”. La mirada de Five recorrió su trasero perfecto y cremoso. Lo había visto incluso otros, pero nunca dejaban de robarle el aliento. El líquido preseminal goteaba y Harriet reaccionó levantando un pie y frotando esa verga. Five sonrió. “Sabes, hablas mucho, pero…”.
“¿Qué? ¿No puedes con esto?”
“¿Con esto? Ooooh Cariño, te voy a hacer suplicar piedad”. El líquido preseminal fluía como un reguero de pólvora. Trece centímetros de calor. Harriet entreabrió los labios mientras lo miraba, sacando la lengua para humedecerse los labios. De repente, recordó lo buena que era esa polla y que tal vez estaba en un problema. La gruesa cabeza de su pene presionó contra su resbaladiza entrada de nuevo. Harriet tragó saliva con dificultad, pero sonriendo. “¿Lista, Harriet?”. Harriet disfrutó del desafío. Ganara o perdera, ambas partes salían beneficiadas.
“Hazlo. Fóllame como si lo sintieras”. No necesitó que se lo dijeran dos veces. Con una sola embestida poderosa, se hundió en ella, sus estrechas paredes apretándose a su alrededor como un torno. Harriet dejó escapar un gemido gutural, arqueando la espalda al sentir el orgasmo casi al instante. “¡Oh, joder! ¡Oh, joder!”, gritó, con el cuerpo temblando de placer. Un orgasmo de una embestida. El propio Five quedó un poco sorprendido; la sensación de su coño apretado y húmedo era casi insoportable. Sonriendo, llevándose las manos a las caderas, se lanzó hacia adelante. ¡platttttt, plattttt, platttttt! Había una hermosa dicotomía. Una polla enorme y un trasero, pequeño y con forma de corazón. Un hombre (en poca o nula facultad etica) y una mujer tomboy morena. Un trabajador de limpieza y guapo y una estudiante degenerada que solo se enlisto en operaciones especiales. De alguna manera, encajó. De alguna manera, ambos estaban sonriendo.
Había un pequeño ángulo que debía corregirse. Harriet había estado inclinada de lado, pero ya no. Mientras la follaba, Five ajustó sus posiciones. Mientras embestía ese trasero, su cara y sus manos casi se estrellaron contra la pared. ¿Debería alguien preocuparse? ¡Ni hablar! Harriet no se tomaba las cosas con moderación. Era o se metía con todo o… “¡JODAMEJODAMEJODAMEEEE~!”. Bueno, con su pareja, no tuvo que considerar la segunda opción. Otro orgasmo la arrancó, sus gemidos cada vez más fuertes. Tenía los ojos en blanco. “¡No pares ahhhhh! ¡Dios mío,ahhhhhhh no pares! ¡Fóllame más ahhhhhh fuerte!”.
Five estaba más que feliz. Su mano se apartó de su cadera y la bajó con fuerza sobre su trasero; el agudo sonido de la nalgada resonó por todo el apartamento. “¡T-tú…! ¡ Nngghhh~!” Puso los ojos en blanco, cortesía de un orgasmo cardíaco. “¡T-tú, idiotaaaa! ¡ Azotarme así! ¿ ahhhhh Follarme no es suficiente, ahhhhh verdad?”.
Él accedió, pero no fue suficiente. Su mano se posó en su trasero una y otra vez, y el escozor solo aumentó su placer. Los gemidos de Harriet se hicieron más fuertes. A este paso, solo Five iba a follar. Conociendo a Harriet, ese no sería el caso. Su trasero se echó hacia atrás y Five se puso a la defensiva de repente. No logró embestir antes de que su glorioso trasero blanco lloviera sobre él. “¡ahhhh Vamos, vamos, ven ahhhhh~!! ¡ SÍ … Se retiraba lentamente, tomando el control poco a poco. Five podía resistirse, y llegó a un punto en que levantó una pierna y lo rodeó con ella. Arrastraba al semental hacia su coño. Quería toda la polla.
“CADA. PUTA. PULGADA”. Ese era Harriet. Esa pierna fue simplemente un trabajo. Entre la forma en que movía ese trasero y esos gemidos…. ¡Ooohhh~! ¡ahhhh ahhhhh~! Harriet le dio un golpe en el trasero, exigiendo que la penetrara hasta las bolas. Siempre estaba hasta las bolas y siempre quería que esas bolas aplaudieran. “ahhhh ahhhh¡Córrete! ¡ Córrete! ¡ Quiero sentirte, Five! ¡ Quiero sentirlo todo~!”. Síp, no había ninguna posibilidad de que se retirara. La agarró por el trasero y la arrastró hacia atrás. El momento de la aceptación los llevó a un orgasmo masivo y conmocionante. Con los testículos palpitando, se derramó en su coño, que la recibía con los brazos y piernas. Harriet perdió la lengua contra la pared, con las piernas casi dobladas. “¡Ahhhhh SE ESTÁ CORRIENDO DENTRO DE MÍ~! ¡MMMMMM ME ESTÁ CRÍANDO~!”. Le dio todo lo que tenía a su vientre. Su pobre coño no pudo contenerlo todo, algo que Harriet no solo esperaba, sino que de hecho deseaba. El sabor de su semen en sus labios vaginales, goteando y cayendo por sus muslos temblorosos hasta el suelo. La especalista podía imaginar la escena desde una perspectiva aérea. Desde una cámara justo detrás de ellos, presenciando cómo los testículos de su amante se vaciaban dentro de ella. Five respiró, mirando el techo blanco, y permaneció enterrado dentro de ella. «¡Joder!…». Su pecho se agitó mientras recuperaba el aliento.
(fin de la secuencia)
Tres horas.
Eso fue lo que tardó.
Tres horas de pie.
Sin sentarse.
Sin moverse.
El reloj en su muñeca no dejaba de marcar cada minuto como una tortura.
Sus piernas, entrenadas para combate, empezaban a temblar por la postura estática y la exitacion.
Y justo cuando consideraba marcharse por puro orgullo, la puerta se abrió.
Harriet salió.
Su cabello estaba húmedo por el sudor. Sus mejillas todavía sonrojadas. Su andar, torpe.Ni siquiera por culpa.
Caminaba como si hubiera ganado una guerra.
Y al ver a Winter, no se inmutó. La miró de reojo, y le dedicó una sonrisa lenta, casi felina, teñida de superioridad. No dijo nada. No necesitaba hacerlo.
Winter se quedó helada. La vio alejarse con paso lento… y con cada movimiento de Harriet, su interior hervía más.
No por celos infantiles por deseo sexual por frustración.
¿Qué tenía ese sujeto?
Respiró hondo.
Y empujó la puerta para entrar.
La habitación estaba en penumbra. No olía a perfume. Ni a cigarro.Ni a desorden.Solo… calor. Sudor. Y algo más denso.
Five estaba de pie, de espaldas, abrochándose la camisa negra lentamente. Su silueta delgada revelaba una espalda marcada por el sufrimiento.
Cicatrices.
No unas pocas. No simples heridas de batalla.
Era un mapa de tormento.
Tajadas profundas. Marcas de quemaduras.
Heridas viejas que nunca habían sanado del todo.
Algunas parecían quirúrgicas. Otras, salvajes. Inhumanas.
Winter se quedó quieta en el umbral.
No por pudor.
Sino porque no esperaba eso.
La silueta perfecta que Harriet había “conquistado”… era también un cuerpo mutilado, dolido, y sin embargo imponente.
Five no se giró del todo. Simplemente habló, con esa voz suya, suave como una amenaza velada.
—…¿Qué tan temprano tienes que irrumpir para ver algo que no deberías?
Winter apretó los labios.
Su autoridad le decía que debía responder con firmeza.Pero su orgullo…ya estaba fracturado.
Winter inhaló profundamente, obligándose a mantener la compostura. Pero no pudo evitar que una leve sombra de color subiera por su cuello y se asentara en sus mejillas. No por vergüenza, sino por rabia mezclada con algo más molesto: curiosidad involuntaria.
Se aclaró la garganta.
—He decidido ponerte a prueba, Hargreeves —dijo con tono firme, cruzando los brazos—. Un examen físico completo seguido de una rutina de entrenamiento con armas. Quiero saber si tienes lo necesario para quedarte en el ejército de Atlas.
Five terminó de abotonarse su camisa con parsimonia, sin prestarle mucha atención. Curioso que hicieran eso si ya demostraron sus fallas reclutando a incompetentes. Solo entonces se giró para enfrentarla por completo. Sus ojos eran afilados, su expresión, neutral. Pero algo en él… irradiaba una seguridad incómoda.
—Perfecto —murmuró—. Siempre es útil saber qué estándares mide un ejército que deja pasar a idiotas con frascos de pastillas escondidas en sus calcetines.
Winter frunció el ceño por reflejo. ¿Fue una indirecta hacia Jaune… o simplemente una observación demasiado aguda? Como puedo saberlo, acaso ya habia rumores.
—Y otro detalle —añadió, levantando el mentón ligeramente—. Sería preferible que evitaras hacer tanto ruido… indecente. Las habitaciones no están insonorizadas, y… la disciplina no se ve favorecida con escándalos nocturnos.
Five entrecerró los ojos. Dio un paso al frente. Luego otro.
Y Winter se dio cuenta, demasiado tarde, que la distancia entre ambos desapareció en cuestión de segundos.
Él estaba justo frente a ella. Su presencia envolvía como una sombra. Su aliento —ligero, cálido, sin perfume, solo naturalidad desnuda— rozó su cuello.
—Entonces quizás deberían construir habitaciones mejores —susurró él, muy cerca de su oído—. Porque si vas a ser una fisgona… deberías al menos no parecer tan recta mientras lo haces.
Winter retrocedió medio paso, los ojos entreabiertos, la respiración agitada. Su orgullo sangraba.
—¡No me hables así…! —exclamó, activando en reflejo uno de sus glifos bajo sus pies.
Una marca azul pálido de invocación se formó como un copo de hielo resplandeciente.
Pero cuando giró la cabeza…
Five ya no estaba.
Ni el peso de su presencia. Ni el calor de su voz.
Solo el suave ruido de la puerta deslizándose al cerrarse.
Desde el otro lado del pasillo, con total tranquilidad, él dejó caer una frase por encima del hombro:—Nos vemos en la prueba, comandante. Después de eso… café.
Winter apretó los puños con fuerza.
La habitación, aunque ahora vacía, seguía impregnada de esa energía molesta era lujuria.
No era respeto.
Era algo peor:Un desafío que no podía controlar.
📍 Otra ala del complejo, habitación de Harriet Bree
Harriet llegó a duras penas a su cuarto, cerrando la puerta con la espalda.
Cayó en su cama sin quitarse ni las botas.
—Uuuugh… por los dioses… —murmuró, sonriendo como una niña que acababa de ganar un premio secreto que nadie más podía entender.
Su cuerpo todavía tenía marcas leves, pequeñas señales que serían moretones por la tarde.
Pero no le importaba. Cada centímetro de dolor iba acompañado por una descarga de placer aún palpitante.
Se acomodó boca abajo, abrazando la almohada con fuerza, dejando escapar una risa tonta y satisfecha.
—No sé qué demonios eres, chico raro… pero maldita sea…
Cerró los ojos. Y por primera vez en mucho tiempo, se quedó dormida en segundos.
El campo de pruebas interiores de Atlas estaba silencioso.
Todo el personal presente —instructores, técnicos, soldados— observaba con discreto asombro cómo el nuevo recluta terminaba la última estación sin mostrar señales reales de fatiga.
Treinta flexiones en tiempo mínimo.
Quince pruebas de agilidad avanzada.
Resistencia de aura frente a proyectiles de contención.
Combate cuerpo a cuerpo contra tres oponentes simulados.
Y precisión milimétrica en tiro con armas.
Five se sacudió las manos al final, como si se hubiera quitado el polvo de los dedos. No respiraba agitado.
No tenía sudor. No parecía satisfecho. Ni orgulloso.
Solo aburrido.
Winter lo observaba desde la plataforma de evaluación, con una tableta de datos flotando a su lado. Su rostro era impasible, aunque por dentro…
“Todo lo que hace… lo hace con una eficiencia anormal.”
No usaba aura. No hacía pausas para recuperar el aliento. Y cada golpe, cada movimiento, era exacto. Letal.
Cuando Five se acercó al punto de salida, lo hizo estirando los brazos hacia arriba con lentitud, los músculos tonificados marcándose bajo la camiseta ajustada.
Las líneas de su abdomen.
La tensión de los hombros.
Las cicatrices.
Todo tan real como incómodo de mirar.
Winter sintió un latido involuntario bajo la piel.
Solo uno. Pero lo odió.
—¿Qué pasa, comandante Schnee? —murmuró Five, con una sonrisa sutil, medio irónica, medio desafiante—. ¿Ya te enamoraste o estás viendo algo en especifico?
Winter cerró los ojos un instante, conteniendo el suspiro.
Rechinaron sus dientes.
—…Has pasado el examen. Eres libre de regresar a tu dormitorio.
Five solo asintió con una inclinación mínima de cabeza.
No se burló.
No agradeció.
Simplemente… se fue.
Mientras caminaba por los pasillos de la instalación, con su uniforme suelto y los guantes sin abrochar, Five escuchó los susurros.
Otra vez.
—Ese es él…
—Dicen que lo pasó todo sin aura activa.
—¿De verdad estuvo con Harriet?
—Ella todavía no camina derecho.
—¿Cómo puede alguien así no tener rango alto ya?
—¿Y qué es con ese cuerpo? ¿Qué le hicieron?
Five no prestó atención. No le importaban los murmullos, los halagos ni las miradas largas de algunas cadetes. Iba por café, como había prometido.
Pero en una esquina del corredor principal, su camino fue interrumpido.
Cuatro alumnos de tercer año.
Uniformes grises, actitud de arrogancia frustrada.
El tipo que solo tenía poder en grupo.
El que estaba al frente habló, cruzándose de brazos.
—¿Así que tú eres el que se metió con Harriet Bree?
Five alzó una ceja, sin detener el paso.
—Y tú debes ser el idiota que cree que eso es asunto suyo.
—¡Tú no sabes con quién hablas! Harriet era parte de nuestro círculo. Tú vienes de la nada, y crees que puedes hacer lo que quieras.
Five se detuvo.
Los miró.
Uno por uno.
No con amenaza.
No con desprecio.
Con sinismo puro.
—Estoy demasiado cansado para discursos —dijo simplemente.
Y en el segundo siguiente…
El primero cayó de rodillas, soltando un quejido desgarrado mientras se sujetaba la entrepierna.
Un microsegundo después, el segundo se dobló hacia adelante, escupiendo aire, los ojos abiertos de par en par.
El tercero intentó retroceder, pero Five ya había lanzado un giro con la pierna, directo a su muslo interno, colapsándolo como una torre sin base.
Y el cuarto…
El cuarto solo cayó por puro miedo, sujetándose instintivamente la zona sin haber sido tocado.
Cinco segundos.
Cero palabras adicionales.
Five siguió caminando, sacudiendo su muñeca derecha, como si estirarla fuera más molesto que lidiar con ellos.
—No les enseñaron en Atlas a no molestar a la gente con manos más limpias que el cerebro —murmuró al aire—. O quizás sí… y son tan malos que ni eso aprendieron.
Suerte que no los castro ahi mismo.
Dejó atrás los gemidos ahogados y las miradas de los testigos que empezaban a salir de las puertas laterales.Unos lo miraban con temor.Otros con asombro.
Algunos… con deseo.
Pero Five ni volteó.
Porque el café todavía lo esperaba.
.
.
.
.
Los días en Atlas pasaban como maquinaria bien engrasada. Horas marcadas por alarmas, entrenamientos cronometrados, vigilancia constante.
Y, sin embargo, en medio de ese orden casi tiránico, Five Hargreeves se convirtió en una anomalía.
Una excepción que todos notaban… pero nadie sabía cómo tratar.
Las noches con Harriet se volvieron costumbre.
Tan naturales como el sonido de pasos militares en los pasillos.
A veces era ella quien aparecía en su habitación, con una sonrisa burlona y la excusa de “ver películas”.
Otras, era él quien golpeaba la puerta con dos dedos y simplemente decía—¿Estás aburrida o todavía adolorida?
Ella nunca decía que no. Y la consecuencia eran más reportes por ruido excesivo en los dormitorios.
El primero fue ignorado.
El segundo, archivado.
El tercero… llegó directo a manos del general Ironwood.
Winter recibió la queja en su despacho y casi rompió la pantalla al leerla.
“Ruidos de actividad física no autorizada provenientes de la sección C, habitación 47. Sospecha de alteración del orden disciplinario por parte de los reclutas Bree y Hargreeves. Repetitivo. No accidental.”
Winter apretó el puente de la nariz.
Ironwood, serio, directo como siempre, simplemente comentó con sequedad—Corrige ese problema antes de que tenga que tomar medidas públicas. Esto no es una escuela secundaria.
Y Winter, humillada sin ser culpable, fijó su mirada en Five con más odio que nunca.
Pero eso no era todo.
Cinco veces en una semana, alumnas de segundo y tercer año encontraron excusas para acercarse a Five.
Agradecerle por un supuesto favor.
Preguntarle sobre sus técnicas.
Invitarlo a “estudiar teoría táctica” en sus habitaciones.
Five solo respondía con encogimientos de hombros o miradas muertas. Si alguna se acercaba demasiado, Harriet ya estaba ahí. No celosa. No posesiva.
Solo… como si supiera que él le pertenecía por simple mérito físico.
Una vez, una cadete intentó deslizar una nota en su comida. Harriet la interceptó sin decir palabra.
La nota jamás fue devuelta.
Y Winter… Winter proyectaba su frustración.
Jaune, su “pareja”, era un fracaso. En todo.
Ni física, ni emocional, ni tácticamente podía depender de él. Ya ni siquiera se molestaba en dormir en su habitación.
Sus conversaciones eran monótonas. Sus toques, torpes. Y su entusiasmo, completamente eclipsado por las sombras de inseguridad.
Pero Five…
Ese maldito sujeto que no sonreía, no bromeaba, y no pedía nada, era un imán constante de caos y atención. Así que cada día encontraba alguna excusa para reprenderlo:
—Tu informe no tenía sellado militar correcto.
—Llegaste con treinta segundos de retraso al simulador.
—Tus respuestas ante el instructor no fueron formales.
—Debes aprender a trabajar en equipo, Hargreeves.
Cada palabra era una descarga de frustración acumulada.
Five, por su parte, simplemente la miraba.
—¿Quieres que me comporte como Jaune? —preguntó un día, directo, mientras sostenía un café—. Porque eso suena a que extrañas la mediocridad.
Winter no respondió.
No podía.
Lo que nadie en Atlas entendía, ni Winter, ni Harriet, ni siquiera Ironwood, era una verdad mucho más peligrosa:
Five se contenía.
Porque Howard —su verdadero superior, el único que él reconocía— había dado una orden clara:
“Mantente en posición. Observa. Infiltra. No destruyas a menos que sea necesario. Y por favor, Five… intenta no matar a nadie que no esté en el informe.”
Esa era su correa. Invisible, tensa, tirando de él a cada momento.
Porque si algún día esa cuerda se rompía…
Atlas entero aprendería lo que significaba enfurecer a alguien que dejó de preocuparse por la estructura.
.
.
.
.
Los días seguían pasando en la base de Atlas. Las misiones rutinarias, los entrenamientos sincronizados, las órdenes transmitidas con voces metálicas desde el sistema interno… Todo se mantenía igual. Todo, excepto ellos.
Harriet Bree no era de las que pensaban demasiado.
Su vida siempre fue de acción. Primero correr, luego patear, luego preguntar.
Pero ahora, sola en su habitación con el cuerpo aún algo resentido por el último encuentro, empezaba a pensar.
No en estrategias.
No en maniobras.
En él.
En Five.
Lo odiaba. O al menos… eso decía en voz alta.
—Cretino sin emociones —murmuró mientras se sentaba en la cama, envolviéndose en una toalla tras ducharse.
Pero lo cierto era que… sentía algo.
No podía llamarlo amor.
Tampoco cariño.
Five no era tierno. No era dulce. No le decía cosas bonitas mas haya de algun elojio o degradacion durante el sexo. Apenas y preguntaba si quería que apagara la luz o no.
Y sin embargo…
Él nunca le decía que no.
No le tenía miedo.
No la trataba como si fuera demasiado intensa, demasiado ruda, demasiado masculina.
Desde pequeña, Harriet supo que no encajaba en el molde de “chica linda”.
Estatura baja.
Músculos definidos.
Actitud agresiva.
Y esa energía caótica que a la mayoría de los chicos les hacía retroceder, nerviosos, incómodos.
Muchos la admiraban.
Otros la respetaban.
Pero nadie la miraba como a una mujer.
Hasta él.
Five no la adulaba. No intentaba impresionarla. No se sentía intimidado por su fuerza no cuando el podia golpearle el utero con todo lo que tenia y dejarla temblando.
Solo… la aceptaba como era. Y cuando estaba con él, Harriet no sentía que tuviera que probar nada.
Ni contenerse. Ni disculparse por ser fuerte, salvaje o directa.
Se acostaba a su lado.
Y aunque él rara vez la abrazaba o decía algo tierno…
Nunca se alejaba.
Nunca la rechazaba.
Eso…
era más de lo que jamás había recibido.
Mientras tanto, Winter intentaba mantener su disciplina.
Sus rutinas eran impecables. Su uniforme, siempre en orden. Sus informes, puntuales. Pero cada vez que caminaba por la base y veía a Five a lo lejos —calmado, firme, desinteresado— sentía algo torcerse dentro.
Y cada vez que regresaba a la habitación y encontraba a Jaune intentando sorprenderla con una cena simple, un intento de chiste, o una idea ridícula para un entrenamiento en pareja…
Todo se sentía más patético.
Él quería complacerla, sí. Pero se notaba la desesperación. La inseguridad. La constante sensación de que no estaba a la altura.
—P-perdon de que no durara mucho, Winter —dijo él una noche, con una sonrisa nerviosa.
Ella lo miró.Estaban desnudos en la cama, ella insatisfecha y el con rastros de su corrida en su muslo, apenas una o tres ebras de semen y demasiado translusido como para ser fertil.
—…No hay de que, Jaune —murmuró, forzando una sonrisa.
Pero cuando él giró la cabeza, no pudo evitar apretar los dientes.
“¿Cómo llegamos a esto?”
No era odio.
Ni repulsión.
Era algo peor.
Indiferencia tibia.
Porque en su mente, como una mancha que no podía borrar, volvía la imagen de Five en silencio, terminando una rutina de sexo por horas con harriet.
Su mirada inexpresiva.
Su postura sin esfuerzo.
Y lo peor…
El leve destello en los ojos de Harriet cuando lo veía.
O si la buen especialista Schnee hbaia espiado mas de una vez a la pareja en intimidad……..No se arrepiente. Pero si le arde.
Winter lo notaba.
Demonios, todos lo notaban. Y aún así, ella no podía explicarse por qué eso dolía más que cualquier reproche de Ironwood.
El campo de pruebas interiores de Atlas estaba silencioso.
Todo el personal presente —instructores, técnicos, soldados— observaba con discreto asombro cómo el nuevo recluta terminaba la última estación sin mostrar señales reales de fatiga.
Treinta flexiones en tiempo mínimo.
Quince pruebas de agilidad avanzada.
Resistencia de aura frente a proyectiles de contención.
Combate cuerpo a cuerpo contra tres oponentes simulados.
Y precisión milimétrica en tiro con armas.
Five se sacudió las manos al final, como si se hubiera quitado el polvo de los dedos. No respiraba agitado.
No tenía sudor. No parecía satisfecho. Ni orgulloso.
Solo aburrido.
Winter lo observaba desde la plataforma de evaluación, con una tableta de datos flotando a su lado. Su rostro era impasible, aunque por dentro…
“Todo lo que hace… lo hace con una eficiencia anormal.”
No usaba aura. No hacía pausas para recuperar el aliento. Y cada golpe, cada movimiento, era exacto. Letal.
Cuando Five se acercó al punto de salida, lo hizo estirando los brazos hacia arriba con lentitud, los músculos tonificados marcándose bajo la camiseta ajustada.
Las líneas de su abdomen.
La tensión de los hombros.
Las cicatrices.
Todo tan real como incómodo de mirar.
Winter sintió un latido involuntario bajo la piel.
Solo uno. Pero lo odió.
—¿Qué pasa, comandante Schnee? —murmuró Five, con una sonrisa sutil, medio irónica, medio desafiante—. ¿Ya te enamoraste o estás viendo algo en especifico?
Winter cerró los ojos un instante, conteniendo el suspiro.
Rechinaron sus dientes.
—…Has pasado el examen. Eres libre de regresar a tu dormitorio.
Five solo asintió con una inclinación mínima de cabeza.
No se burló.
No agradeció.
Simplemente… se fue.
Mientras caminaba por los pasillos de la instalación, con su uniforme suelto y los guantes sin abrochar, Five escuchó los susurros.
Otra vez.
—Ese es él…
—Dicen que lo pasó todo sin aura activa.
—¿De verdad estuvo con Harriet?
—Ella todavía no camina derecho.
—¿Cómo puede alguien así no tener rango alto ya?
—¿Y qué es con ese cuerpo? ¿Qué le hicieron?
Five no prestó atención. No le importaban los murmullos, los halagos ni las miradas largas de algunas cadetes. Iba por café, como había prometido.
Pero en una esquina del corredor principal, su camino fue interrumpido.
Cuatro alumnos de tercer año.
Uniformes grises, actitud de arrogancia frustrada.
El tipo que solo tenía poder en grupo.
El que estaba al frente habló, cruzándose de brazos.
—¿Así que tú eres el que se metió con Harriet Bree?
Five alzó una ceja, sin detener el paso.
—Y tú debes ser el idiota que cree que eso es asunto suyo.
—¡Tú no sabes con quién hablas! Harriet era parte de nuestro círculo. Tú vienes de la nada, y crees que puedes hacer lo que quieras.
Five se detuvo.
Los miró.
Uno por uno.
No con amenaza.
No con desprecio.
Con sinismo puro.
—Estoy demasiado cansado para discursos —dijo simplemente.
Y en el segundo siguiente…
El primero cayó de rodillas, soltando un quejido desgarrado mientras se sujetaba la entrepierna.
Un microsegundo después, el segundo se dobló hacia adelante, escupiendo aire, los ojos abiertos de par en par.
El tercero intentó retroceder, pero Five ya había lanzado un giro con la pierna, directo a su muslo interno, colapsándolo como una torre sin base.
Y el cuarto…
El cuarto solo cayó por puro miedo, sujetándose instintivamente la zona sin haber sido tocado.
Cinco segundos.
Cero palabras adicionales.
Five siguió caminando, sacudiendo su muñeca derecha, como si estirarla fuera más molesto que lidiar con ellos.
—No les enseñaron en Atlas a no molestar a la gente con manos más limpias que el cerebro —murmuró al aire—. O quizás sí… y son tan malos que ni eso aprendieron.
Suerte que no los castro ahi mismo.
Dejó atrás los gemidos ahogados y las miradas de los testigos que empezaban a salir de las puertas laterales.Unos lo miraban con temor.Otros con asombro.
Algunos… con deseo.
Pero Five ni volteó.
Porque el café todavía lo esperaba.
.
.
.
.
Los días en Atlas pasaban como maquinaria bien engrasada. Horas marcadas por alarmas, entrenamientos cronometrados, vigilancia constante.
Y, sin embargo, en medio de ese orden casi tiránico, Five Hargreeves se convirtió en una anomalía.
Una excepción que todos notaban… pero nadie sabía cómo tratar.
Las noches con Harriet se volvieron costumbre.
Tan naturales como el sonido de pasos militares en los pasillos.
A veces era ella quien aparecía en su habitación, con una sonrisa burlona y la excusa de “ver películas”.
Otras, era él quien golpeaba la puerta con dos dedos y simplemente decía—¿Estás aburrida o todavía adolorida?
Ella nunca decía que no. Y la consecuencia eran más reportes por ruido excesivo en los dormitorios.
El primero fue ignorado.
El segundo, archivado.
El tercero… llegó directo a manos del general Ironwood.
Winter recibió la queja en su despacho y casi rompió la pantalla al leerla.
“Ruidos de actividad física no autorizada provenientes de la sección C, habitación 47. Sospecha de alteración del orden disciplinario por parte de los reclutas Bree y Hargreeves. Repetitivo. No accidental.”
Winter apretó el puente de la nariz.
Ironwood, serio, directo como siempre, simplemente comentó con sequedad—Corrige ese problema antes de que tenga que tomar medidas públicas. Esto no es una escuela secundaria.
Y Winter, humillada sin ser culpable, fijó su mirada en Five con más odio que nunca.
Pero eso no era todo.
Cinco veces en una semana, alumnas de segundo y tercer año encontraron excusas para acercarse a Five.
Agradecerle por un supuesto favor.
Preguntarle sobre sus técnicas.
Invitarlo a “estudiar teoría táctica” en sus habitaciones.
Five solo respondía con encogimientos de hombros o miradas muertas. Si alguna se acercaba demasiado, Harriet ya estaba ahí. No celosa. No posesiva.
Solo… como si supiera que él le pertenecía por simple mérito físico.
Una vez, una cadete intentó deslizar una nota en su comida. Harriet la interceptó sin decir palabra.
La nota jamás fue devuelta.
Y Winter… Winter proyectaba su frustración.
Jaune, su “pareja”, era un fracaso. En todo.
Ni física, ni emocional, ni tácticamente podía depender de él. Ya ni siquiera se molestaba en dormir en su habitación.
Sus conversaciones eran monótonas. Sus toques, torpes. Y su entusiasmo, completamente eclipsado por las sombras de inseguridad.
Pero Five…
Ese maldito sujeto que no sonreía, no bromeaba, y no pedía nada, era un imán constante de caos y atención. Así que cada día encontraba alguna excusa para reprenderlo:
—Tu informe no tenía sellado militar correcto.
—Llegaste con treinta segundos de retraso al simulador.
—Tus respuestas ante el instructor no fueron formales.
—Debes aprender a trabajar en equipo, Hargreeves.
Cada palabra era una descarga de frustración acumulada.
Five, por su parte, simplemente la miraba.
—¿Quieres que me comporte como Jaune? —preguntó un día, directo, mientras sostenía un café—. Porque eso suena a que extrañas la mediocridad.
Winter no respondió.
No podía.
Lo que nadie en Atlas entendía, ni Winter, ni Harriet, ni siquiera Ironwood, era una verdad mucho más peligrosa:
Five se contenía.
Porque Howard —su verdadero superior, el único que él reconocía— había dado una orden clara:
“Mantente en posición. Observa. Infiltra. No destruyas a menos que sea necesario. Y por favor, Five… intenta no matar a nadie que no esté en el informe.”
Esa era su correa. Invisible, tensa, tirando de él a cada momento.
Porque si algún día esa cuerda se rompía…
Atlas entero aprendería lo que significaba enfurecer a alguien que dejó de preocuparse por la estructura.
.
.
.
.
Los días seguían pasando en la base de Atlas. Las misiones rutinarias, los entrenamientos sincronizados, las órdenes transmitidas con voces metálicas desde el sistema interno… Todo se mantenía igual. Todo, excepto ellos.
Harriet Bree no era de las que pensaban demasiado.
Su vida siempre fue de acción. Primero correr, luego patear, luego preguntar.
Pero ahora, sola en su habitación con el cuerpo aún algo resentido por el último encuentro, empezaba a pensar.
No en estrategias.
No en maniobras.
En él.
En Five.
Lo odiaba. O al menos… eso decía en voz alta.
—Cretino sin emociones —murmuró mientras se sentaba en la cama, envolviéndose en una toalla tras ducharse.
Pero lo cierto era que… sentía algo.
No podía llamarlo amor.
Tampoco cariño.
Five no era tierno. No era dulce. No le decía cosas bonitas mas haya de algun elojio o degradacion durante el sexo. Apenas y preguntaba si quería que apagara la luz o no.
Y sin embargo…
Él nunca le decía que no.
No le tenía miedo.
No la trataba como si fuera demasiado intensa, demasiado ruda, demasiado masculina.
Desde pequeña, Harriet supo que no encajaba en el molde de “chica linda”.
Estatura baja.
Músculos definidos.
Actitud agresiva.
Y esa energía caótica que a la mayoría de los chicos les hacía retroceder, nerviosos, incómodos.
Muchos la admiraban.
Otros la respetaban.
Pero nadie la miraba como a una mujer.
Hasta él.
Five no la adulaba. No intentaba impresionarla. No se sentía intimidado por su fuerza no cuando el podia golpearle el utero con todo lo que tenia y dejarla temblando.
Solo… la aceptaba como era. Y cuando estaba con él, Harriet no sentía que tuviera que probar nada.
Ni contenerse. Ni disculparse por ser fuerte, salvaje o directa.
Se acostaba a su lado.
Y aunque él rara vez la abrazaba o decía algo tierno…
Nunca se alejaba.
Nunca la rechazaba.
Eso…
era más de lo que jamás había recibido.
Mientras tanto, Winter intentaba mantener su disciplina.
Sus rutinas eran impecables. Su uniforme, siempre en orden. Sus informes, puntuales. Pero cada vez que caminaba por la base y veía a Five a lo lejos —calmado, firme, desinteresado— sentía algo torcerse dentro.
Y cada vez que regresaba a la habitación y encontraba a Jaune intentando sorprenderla con una cena simple, un intento de chiste, o una idea ridícula para un entrenamiento en pareja…
Todo se sentía más patético.
Él quería complacerla, sí. Pero se notaba la desesperación. La inseguridad. La constante sensación de que no estaba a la altura.
—P-perdon de que no durara mucho, Winter —dijo él una noche, con una sonrisa nerviosa.
Ella lo miró.Estaban desnudos en la cama, ella insatisfecha y el con rastros de su corrida en su muslo, apenas una o tres ebras de semen y demasiado translusido como para ser fertil.
—…No hay de que, Jaune —murmuró, forzando una sonrisa.
Pero cuando él giró la cabeza, no pudo evitar apretar los dientes.
“¿Cómo llegamos a esto?”
No era odio.
Ni repulsión.
Era algo peor.
Indiferencia tibia.
Porque en su mente, como una mancha que no podía borrar, volvía la imagen de Five en silencio, terminando una rutina de sexo por horas con harriet.
Su mirada inexpresiva.
Su postura sin esfuerzo.
Y lo peor…
El leve destello en los ojos de Harriet cuando lo veía.
O si la buen especialista Schnee hbaia espiado mas de una vez a la pareja en intimidad……..No se arrepiente. Pero si le arde.
Winter lo notaba.
Demonios, todos lo notaban. Y aún así, ella no podía explicarse por qué eso dolía más que cualquier reproche de Ironwood.
.
.
.
El amanecer en Atlas era siempre un recordatorio frío de responsabilidad.
Winter caminaba por los pasillos en silencio, los guantes ajustados a sus muñecas, el uniforme sin una sola arruga.
Pero sus ojos…
Estaban vacíos.
Vacíos por culpa de otra noche con Jaune que no fue más que rutina, silencios forzados y caricias incómodas que no hacían más que aumentar su irritación.
Ni siquiera lo miró al salir de la habitación.
Necesitaba aire.
Necesitaba una excusa para estar lejos.
Y por fortuna, la misión del día se lo concedió.
Una cacería de emergencia en los bosques congelados del sur.
Un grupo de Goliaths Grimm había cruzado la frontera y se dirigía a una aldea minera.
Winter solo solicitó un acompañante.
Y eligió a Five.
Porque era el más eficiente.
Porque nadie más podía cubrir su espalda.
Y porque… era el único que no le hablaba con miedo ni servilismo.
—
Horas después, la nieve roja se acumulaba a su alrededor.
Cadáveres de Grimm —trozos humeantes, costillas expuestas, ojos vacíos— cubrían el campo abierto.
El aire aún vibraba con el eco de los rugidos que ya se habían apagado.
Winter respiraba agitadamente, con una mano presionando su muslo izquierdo.
Una de las bestias logró alcanzarla por el flanco.
Un cuerno le rozó la pierna y desgarró carne y músculo antes de que pudiera invocar otro glifo.
A su lado, Five limpiaba su calibre magnum con la misma parsimonia de siempre.
Ni una gota de sangre en su ropa.
Ni una mueca.
Ni un gesto de satisfacción.
Solo trabajo cumplido.
—¿Estás bien? —preguntó, sin girar del todo la cabeza.
—Puedo caminar… —gruñó Winter, intentando ponerse en pie.
No pudo.
El dolor le cruzó la pierna como un rayo.
Se tambaleó.
Pero antes de que cayera al suelo, Five ya estaba frente a ella.
La miró en silencio, como evaluando la logística, y luego se agachó levemente de espaldas a ella.
—Súbete.
Winter parpadeó.
—¿Qué…?
—No puedo arrastrarte. Y tú no puedes caminar. Así que sube.
—Eres… más bajo que yo —murmuró ella, con el orgullo atrapado entre dientes.
—Lo sé —dijo Five—. Pero aún así voy a cargarte.
Ella no se movió.
Y entonces él giró la cabeza con calma y añadió:
—Y si te burlas de mi estatura, juro que te pateo el trasero de regreso a Atlas, aun con las dos piernas rotas. ¿Estamos?
Winter lo miró.
Durante un segundo, solo un segundo, sus labios temblaron como si fuera a sonreír.
Pero no lo hizo.
Simplemente apoyó las manos en sus hombros y se dejó cargar.
El frío del metal, el calor de su espalda.
Y el silencio entre ambos.
No hubo agradecimientos.
Ni reproches.
Solo nieve. Y el sonido de las pisadas de Five cargándola por el bosque.
El transporte aéreo surcaba los cielos de vuelta a Atlas. Dentro, el aire era denso. No por el oxígeno… sino por el silencio cargado entre los dos ocupantes principales.
Five no había dicho una sola palabra desde que subieron. Estaba sentado con los brazos cruzados, el ceño fruncido, los ojos mirando a través del cristal como si odiara al cielo mismo.
No se había teletransportado de regreso.
Pudo hacerlo.
Pero no quiso.
Winter sabía por qué. No había tomado café esa mañana. Y su humor —ya de por sí seco— era una tormenta en gestación.
Winter, recostada en la camilla de traslado con una venda compresiva en la pierna, rompió el silencio con voz tensa:
—Tienes una… relación con la recluta Bree.
No era una pregunta. Era una afirmación disfrazada de curiosidad.
Five ni la miró.
—¿Y?
—¿Qué clase de relación?
Su voz sonó más personal de lo que pretendía.
Él se encogió de hombros lentamente.
—Una que no requiere explicaciones. Ni aprobación.
Winter sintió algo en su pecho contraerse.
No rabia.
No tristeza.
Algo más agrio: rechazo implícito.
Quiso decir algo más, pero Ironwood había asignado un canal médico directo. Al aterrizar, los médicos estaban ya en espera.
Five se levantó y, sin siquiera mirar atrás, descendió del transporte con paso firme.
Ni una despedida.
Ni una mirada.
Solo una sombra que se alejaba por la plataforma, fría como el viento.
Horas después, Winter recibió tratamiento completo en el ala médica. Pierna estabilizada. Dolor bajo control. Nada grave.
Y cuando por fin salió del centro, la esperaban ojos azules.
—Winter —dijo Jaune, con una sonrisa forzada—. ¿Estás bien?
Ella asintió sin emoción.
—¿Qué haces aquí?
—Quería… saber cómo estabas. Escuché lo del Goliath. Pensé que podía traerte algo caliente.
Le ofreció una bebida.
Un té verde.
Winter la tomó sin ganas, sin darle ni un sorbo.
—Gracias.
Jaune tragó saliva, luego agregó:
—Me dijeron que fuiste con Five. ¿Por qué él?
Winter levantó la mirada con lentitud.
—¿A qué te refieres?
—Podías haber llevado a cualquier operativo. Clover, Marrow… incluso Harriet. Pero llevaste a él.
Winter apretó la mandíbula. La taza tembló levemente en sus manos.
—Porque necesitaba a alguien competente —respondió con un filo helado—. Alguien que supiera lo que hace. Alguien que no necesitara que lo cubran cada cinco minutos porque se distrae o se equivoca.
—¿Estás diciendo que…?
—Estoy diciendo —lo interrumpió, clavando la mirada en la suya— que si no me estuviera arriesgando a morir cada vez que voy a una misión, no necesitaría buscar a otros. Pero tú, Jaune… tú ni siquiera puedes hacer sombra a alguien como él.
La frase cortó como una lanza.
Jaune bajó la mirada.
—…Solo quiero ayudarte.
Winter cerró los ojos por un momento, sintiendo que la rabia se enroscaba en su garganta.
—Entonces mejora —dijo en voz baja—. O apártate.
Y con eso, se giró.
Cojeando apenas, pero avanzando con paso firme por el pasillo.
Los días seguían cayendo sobre Atlas como nieve densa, lenta, ineludible.
Pero bajo esa superficie de eficiencia militar y estructura rígida…
Todo comenzaba a fracturarse.
Y en el centro de esas grietas, estaban los ojos de Winter. Los ojos que, poco a poco, comenzaban a detenerse con más frecuencia sobre Five Hargreeves.
Ya no era solo interés profesional.
Ni evaluación.
Ni obligación táctica.
Era algo más íntimo.
Más intolerable para ciertos ojos cercanos.
—
Jaune lo notó.
Cada cruce de miradas. Cada palabra seca pero cargada. Cada orden que Winter daba a Five con una dureza que ocultaba… otra cosa.
Y lo peor era que Five jamás respondía con sumisión. No tenía miedo. No pedía permiso. No buscaba aprobación.
Solo la miraba, como si leyera todo lo que ella no se atrevía a decir.
Y esa falta de poder, de control… devoraba a Jaune por dentro.
—¿Por qué estás tanto con él? —le preguntó una tarde, con voz más temblorosa que firme.
Winter apenas volteó a verlo, ajustando su guante sin apuro.
—¿De verdad vas a hacer esa pregunta?
—¡Eres mi novia!
—¿Ah, sí?
Su tono fue como una estocada.
Jaune palideció.
—No… quise decir… que hemos estado juntos todo este tiempo, y—
—Y lo único que has hecho es esconder tus inseguridades detrás de mí —lo interrumpió Winter—. Tienes trampa en tus registros. Mientes en tus reportes. Y no puedes ni sostener un combate de cinco minutos sin descomponerte.
—Yo te quiero, Winter…
—¿Y crees que eso es suficiente?
Él calló.
Ella dio un paso al frente, su voz cada vez más baja, más afilada—Yo quiero respeto. Quiero estar con alguien que no se quiebre al menor error. Que no me mire como si fuera inalcanzable.
Y tú, Jaune… tú solo estás enamorado de mi apellido.
No hubo gritos.
No hubo lágrimas.
Solo una decisión seca.
Winter pidió el cambio de habitación. Ni siquiera justificó la solicitud. Solo firmó el documento, entregó la llave, y desapareció de la vida cotidiana de Jaune.
Durante días, él no la vio.
No supo dónde dormía.
Con quién patrullaba.
Si comía.
Si sonreía.
Solo sabía que ya no lo miraba.
Mientras tanto, en la otra cara de la historia… Harriet se mantenía en silencio.
Observaba. Escuchaba.
Y aunque notaba la creciente tensión entre Winter y Five, no dijo nada.
¿Por qué?
Porque al final del día, sin importar con quién él hablara, entrenara o se cruzara…
Ella era la primera. La primera que él dejaba tocar su piel con cicatrices. La primera que dormía a su lado sin que él huyera. La primera que había visto su corazón… ese oscuro, depravado, retorcido y desquiciado corazón… y lo había aceptado sin huir.
Harriet sabía una verdad que Winter jamás podría igualar:Five no amaba. Pero si alguna vez empezaba a hacerlo…No sería con alguien como ella.
(suculenciaaaaa)
“Haa…vamos, no te pongas nervioso”. Jaune, sonaba patético y, para ser franco, el joven tenía buenas razones para serlo. Jaune Arc y Winter Schnee discutieron la semana pasada desde el accidente del goliath. Fue por una discusión tonta. Un montón de discusiones tontas, en realidad diferentes y pequeñas correcciones que terminaron alterando al otro. Otra vez, una tontería, y solo había pasado una semana. Así que Jaune decidió ser el primero en disculparse. Pidió comida fuera de la academia y, bueno, esperó lo mejor. “Oh, eh… hola. ¿Eso es…?”.
En cambio, apareció el miedo más profundo y oscuro. La puerta se abrió y Jaune Arc se quedó paralizado. Apretó la caja de comida con más fuerza, sus dedos apretando el cartón mientras miraba con los ojos abiertos al chico que tenía delante. Desnudo. Completamente desnudo, sin complejos. El tipo era pálido, altetico,cicatrizado, con el pelo negro despeinado que se le resbalaban por la nariz mientras parpadeaba hacia Jaune, imperturbable. Pero eso no fue lo que le dio un vuelco al corazón. No, fue el tamaño de sus partes bajas. Jaune, contra su voluntad, bajó la mirada. Dios esas pulgadas. ‘Que malditas pulgadas.’. Hablemos de una Convención sobre las armas biológicas porque, carajo. ¿Es este el lugar equivocado…? No, este era el lugar de Winter.
Sin duda, había estado allí docenas de veces para encuentros casuales y relaciones. Este era el lugar de su novia. Este… ¡Joder, joder! ¿Qué es eso? ¡ Creía que todo eso del Hargreeves atletico era un mito! Pero… ¡joder! Flácido, colgando pesadamente entre las piernas de Five, grueso y sin circuncidar, la punta apenas asomaba por el prepucio. Jaune sintió que sus propios testículos se encogían en comparación, y se le hizo un nudo en la garganta al tragar saliva con dificultad. Era Jaune arc. Era el maldito Arc. No te dejes intimidar por un estudiante cualquiera que aparezca en la puerta de tu habitacion. —Sí —consiguió decir Jaune con voz entrecortada—. Comida. d-digo yo. Maldita sea. Debería haberle dicho que estaba allí por Winter, no para dar comida.
El tipo —Five, como Jaune sabria— no pareció notar la tensión. Se rascó la nuca, con la otra mano apoyada en la cadera, exhibiendo su desnudez como si nada. “Vaya. No sabía que se podia pedir comida dentro de la academia. Debió de ser Winter. Tch espera, voy a por cambio”. A Jaune se le revolvió el estómago. Winter. Su Winter. No desde la discusión de la semana pasada. Algunos días desde que le había cerrado la puerta en la cara. Pero……que hacia Five desnudo. En su dormitorio. Five se giró, completamente ajeno al huracán de emociones que azotaba a Jaune. No era la poca moralidad exactamente lo que le molestaba. Era el hecho de que probablemente podría follar a Winter como un tronco. E-eso si se la estaba follando por el suelo… ‘No. Pares. Paren.’. La caja de comida se sentía más pesada en las manos de Jaune; el olor a pollo y queso le resultó nauseabundo. Five rebuscó entre un abrigo colgada en el perchero y sacó un billete arrugado. Se giró, extendiendo el dinero con una sonrisa demasiado cansada. “Toma. Gracias por la entrega tan tarde. Quédate con el cambio”. Jaune miró el dinero, con la polla endureciéndose en los pantalones. Esto no estaba pasando. Esto no podía estar pasando. Era un futuro cazador, ¡por Dios! Había luchado contra grimms ( no exactamente), salvado a personas (esa fue Winter), recorrido Atlas con la arrogancia que hacía vitorear a la gente (era un estudiante). Y aquí estaba, de pie frente a un chico desnudo, recibiendo una propina como si fuera un repartidor. Su orgullo le gritaba que dijera algo, que le tirara la comida a la cara a Five y se enfureciera para enfrentarse a Winter, pero su cuerpo lo traicionó. Extendió la mano y tomó el dinero con un débil asentimiento. —Gracias —murmuró Jaune con voz hueca.
Five le hizo un gesto y cerró la puerta con un suave clic. Jaune se quedó allí, en el pasillo, con el dinero en una mano y la caja de comida vacía en la otra. Una risa inundó la puerta: la risa de Winter, ligera y despreocupada. Una risa que no había oído en mucho tiempo. Desde que todo empezó a desmoronarse. “Esa es ella, definitivamente es ella—”. Su mente corría, intentando encontrarle sentido a todo. Una semana. Eso era todo. Una semana desde que cambio de habitacion, y ella ya había pasado página y se había acostado con ese tipo. Con Five Hargreeves, un estudiante friki, desquiciado y muy bien dotado que ni siquiera tenía la decencia de ponerse los pantalones antes de abrir la puerta. Jaune juró haberlo visto en algún lugar del dormitorio. Un tipo súper destacable o algo así. Se mordió el labio. Mierda. Como si eso importara ya. Jaune sintió una oleada de algo feo y amargo subirle al pecho. Ira. Celos. Humillación.
Aún podía ver la polla de Five en su mente, cómo colgaba allí, tan imponente y natural. Jaune siempre había confiado en el tamaño de su pene. Pero ahora… ahora se sentía pequeño. Incompetente. No importaba que fuera un cazador, que quisiera salvar vidas, que quisiera cosas con las que la mayoría solo podía soñar. Lo único que importaba en ese momento era la imagen del pene flácido de Five, balanceándose al viento, y saber que Winter lo había elegido. Esa Winter tiene su coño DESTRUIDO por esa polla ademas como permitio Harriet que ocurriera eso. El sonido de movimiento dentro de la habitación lo sacó de sus pensamientos. Retrocedió un paso. No podía quedarse allí. No podía quedarse allí, en el pasillo, escuchando las voces apagadas de Winter y su nuevo… lo que fuera. El dinero en su mano parecía una broma cruel, un recordatorio de lo patético que era.
Había venido a sorprender a Winter, a intentar arreglar las cosas, a demostrarle que aún le importaba. Y en cambio, le habían dado una propina y lo habían despedido. Jaune se giró y caminó por el pasillo con el corazón apesadumbrado. Pero mientras se alejaba, un pequeño y oscuro pensamiento se apoderó de su mente. Un pensamiento que no podía quitarse de la cabeza, por mucho que lo intentara. «Five. Su polla. ¿Qué se siente al ser tan grande? ¿Qué se siente al estar con alguien así?». Y peor aún: “¿Qué ve Winter en él que no vio en mí? ¿ Cuánto mejor que yo es él para que ella lo supere en una semana?”. Una semana. Una semana. Si fuera al menos un mes, lo entendería. Se enojaría, pero lo entendería. ¿Pero una semana? ¿ Dónde estaba el decoro? ¿El respeto? Todos sabían que después de una disputa había un mes de gracia para volver.Su pene se contrajo en sus pantalones. Tenía que saber. Tenía que comparar. No le quedaba nada más que hacer el intento de recuperarla.
Jaune se quedó de pie fuera de la academia. El frío aire de la noche le rozaba la piel, pero apenas lo sentía. El corazón le latía tan fuerte en los oídos que casi podía oírlo resonar en las paredes del dormitorio de enfrente. Había salido del dormitorio de Winter hacía apenas unos minutos, pero la imagen de Five desnudo —su enorme y flácido pene colgando entre sus piernas— estaba grabada a fuego en su mente. No era solo el tamaño. Era la confianza despreocupada, la forma en que Five ni siquiera se lo pensaba dos veces antes de estar desnudo delante de un desconocido. A Jaune se le revolvió el estómago al recordarlo, pero no pudo evitarlo. Tenía que saber. Tenía que ver. Se movio silenciosamente hacia la ventana de Winter. Sus movimientos eran precisos, practicados, pero su corazón no era nada firme. Al aterrizar en la estrecha cornisa fuera de su habitación por suerte esta estaba en los pisos inferiores, miró por la ventana. La visión lo dejó paralizado. Winter estaba a gatas, con su cabello blanco cayendo en cascada por su espalda en ondas desordenadas. Tenía la cabeza gacha, el rostro oculto, pero Jaune podía ver cómo se movía su cuerpo, cómo se mecía con cada embestida. Winter Schnee se estaba volviendo estúpida. El atletico Hargreeves estaba detrás de ella, su piel pálida brillaba de sudor bajo la cálida luz de la habitación. Su cuerpo estaba tenso por el esfuerzo, sus manos agarraban la cintura de Winter con tanta fuerza que sus dedos se hundían en su carne. Pero era su polla —enorme, gruesa y venosa— lo que Jaune no podía apartar la mirada. No se parecía a nada que hubiera visto antes. Incluso flácida, había sido enorme, pero ahora, completamente erecta, era casi grotesca. Y, sin embargo, Winter la recibía como si nada, su culo golpeando contra él con cada embestida. “¡Oh Dios,ahhhh ahhhhh Five, sí! ¡Sí!”. La voz de Winter era aguda, casi desesperada, mientras arqueaba la espalda, presionando su trasero contra él. Sus pechos —redondos y carnosos, perfecta— se balanceaban salvajemente con el movimiento, sus picos endurecidos y tensos. Jaune la había visto así antes, pero nunca así. Nunca con un abandono tan puro. Nunca con tanta necesidad. Estaba viéndolo desde el ángulo perfecto. La cama estaba justo ahí, a la izquierda de la habitación, y sus mejillas recibieron una palmada.
‘¡Debería ser yo! ¡ Debería ser yo!’. Jaune quiso gritar. Por instinto, se volvió invisible, impidiendo que nadie supiera que estaba allí. Five no dijo ni una palabra. Solo estaba follando. Sus ojos estaban fijos en el trasero de Winter, observándolo menearse con cada impacto. Bajó la mano y recorrió con los dedos la curva de sus nalgas antes de darle una bofetada.
¡Ahghghg! Entre jadeos y jadeos, Winter recuperó el aliento. Él ya no se movía. Eso significaba que Jaune podía ver cuánta polla tenía reservada. Siendo el genio que era, las cifras eran evidentes. Estaba a medio salir,centímetros dentro, lo que significaba… “N-no no no no no no…” Winter nunca gimio asi con el, ella gemia más que Jaune podia hacerla. Más de todo lo que podía darle a Winter no podía hacer lo que la mitad de este tipo podía hacer. Lo peor fue que…
“Vamos”, Winter movió el tracero, “¿vas a aguantar todo el día? ¿O vas a follarme?”. Se sentía cómoda con ello. Con todos esos centímetros dentro de ella. Con más que su examante. Five se rió amablemente raro viniendo de el, le dio una última nalgada y se adentró en ella. ¡platttttt, plattttt, plattttt! Sus labios vaginales forcejeaban. Sus ojos se pusieron en blanco. De repente, Jaune lo vio. De repente, vio la enorme polla destrozando el coño de su Winter. Él también iba lento. Jaune sintió que iba a vomitar. Quería apartar la mirada, regresar a su habitacion y fingir que nunca había visto esto. Pero no pudo. Su cuerpo estaba paralizado, con la mirada fija en la escena que tenía delante.
“Espero que este a tu altura schnee~.”.
“¿¡Si!?”, balbuceó Winter, jadeando y gimiendo. “¡Esto es INCREÍBLE~! ¡No puedo parar de correrme ahhhhh ahhhh ahhhh! ¡No puedo parar de sentir tu polla! ¡ahghghghgh! ¡ Polvo! ¡ Es tan gruesa! ¡Tan profunda! ¡ Me está llegando al útero ahhhh ahhhh! ¡ahghg maldicion!”. Entonces pronunció las palabras que ningún hombre quería oír: “¡Nadie me ha follado tan profundo jamás~! ¡ahhhh Joder! ¡ahhhh Joder!” Un jadeo, un gemido. Eso fue solo el principio. El clímax llegó como un tren de carga. “¡E-eres ahhh mucho más grande que jaune ahh ahhh ahhh!”.
Su estabilidad en la ventaba casi se afloja. Su pene se puso alerta al instante, intentando negar, negar, negar. ¡platttt! ¡platttttt! ¡playyyyy!
“¡Oh polvo, me estoy corriendo otra vez!”. Tres embestidas. Tres embestidas y tuvo más orgasmos que Jaune en toda una maratón de 10 minutos. Su expresión también: ojos en blanco, lengua afuera y una sonrisa. ¡Qué maldita sonrisa! Los orgasmos con Jaune y los de Five no eran lo mismo. Su trasero, redondo, firme y de forma perfecta, rebotaba con cada embestida, y Jaune podía ver cómo la polla de Five desaparecía en su interior, abriéndola. Nunca había visto nada igual. Nunca había oído nada igual. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la habitación, un ritmo constante que le oprimía el pecho. La estaba cogiendo más rápido. Más rápido, la follada aumentó rápidamente.
¡ahhhh! ¡ahhhh! ¡Five, eres tan enorme! —jadeó Winter, con la voz quebrada al decir la última palabra. Extendió la mano hacia atrás, clavándose los dedos en el muslo de Five mientras intentaba atraerlo aún más. Jaune casi sonrió por instinto. Ella es Winter schnee. No la subestimes.
“No me subestimes~”. Volvió a la realidad al darse cuenta de que no se lo habían dicho a él. Se lo habían dicho a este tipo. El tipo que la tenía metida hasta las bolas. Que fue… ¡Zap! La hizo jadear y ver estrellas. Five pensó que bromeaba. Five pensó que su intento de dominar era una broma. Sus caderas se movieron hacia adelante con una fuerza brutal. “No voy a parar y no te subestimaré, Winter~. No hasta que grites mi nombre”. Sin darle importancia, la folló hasta dejarla sin fuerza de voluntad. Le golpeó el coño con más fuerza que el Goliath contra el que lucharon. Winter se arqueaba y temblaba. Jaune podía ver cómo le temblaban las piernas, cómo se arqueaba la espalda mientras intentaba tomarlo por completo. Nunca la había visto así. Nunca la había oído así. La Winter que él conocía era tranquila, reservada, elegante.La Winter que él conocía jamás se dejaría llevar así. Pero esta no era la Winter que él conocía. Era otra persona. Alguien a quien no le importaba quién la oyera. “¡ME CORRO, ME CORRO, ME CORRO~! ¡ OH POLVO, FIVE, VOY A—!”.
Las fuertes exclamaciones de Winter se interrumpieron al convulsionar su cuerpo, arqueando la espalda al correrse. Sus gemidos se convirtieron en gritos, sus dedos arañando las sábanas mientras Five seguía embistiendo, su pene impulsándola hacia otro orgasmo. Ella estaba enamorada de esa polla. ¿Quién no lo estaría? Jaune sintió que se iba a desmayar. Nunca la había hecho correrse así. Nunca la había hecho gritar así. Era demasiado. Era demasiado. Recordó cuando la penetraba por detrás así. Cuando Winter le devolvió la mirada, sacudiéndose el pelo y sonriendo con suficiencia. Esa mirada… ningún hombre se libraba de enamorarse de ella después de eso. Pero Five….
“¡Oh, Polvo mío, Polvo mío! ¡¡Oh, aghgh mío!!”. Winter ni siquiera tuvo tiempo de mirar atrás. Su ensalada estaba revuelta. Su coño le hacía encoger los dedos de los pies y sus ojos miraban al techo como si el cielo se derrumbara. Five. Simplemente. No. Paró. Ese coño rosado y apretado debía ser celestial. De verdad que lo era. Jaune podía dar fe de ello. “O al menos solía hacerlo”, murmuró al viento. Sus embestidas se hicieron más fuertes y rápidas, su pene embistiendo a Winter con una fuerza que la hizo temblar. Los gritos de Winter se convirtieron en jadeos, su cuerpo temblaba mientras se corría una y otra vez, con las piernas a punto de ceder. Five…. Él le ganó la partida a Winter schnee. Incluso Jaune nunca había hecho eso y TENÍA una semblanza de refuerzo de aura. Sin embargo, Five la atrapó, sus manos agarrando sus caderas mientras seguía adelante, su polla enterrada profundamente dentro de ella.
“¿Dentro, Winter?”, preguntó Five, con naturalidad. “¿Lo quieres dentro?”. Cortesia…….la aprendio casi a golpes cuando sus primeros de seducir comenzaban, eso fue hace bastante tiempo.
—¡Sí, sí,ahhhhh ahhhh por favor! —suplicó Winter con voz temblorosa—. ¡Córrete dentro de mí, Five! ¡ Lo QUIERO! ¡Lo NECESITO! . Five sonrió, embistiéndola con sus caderas una última vez antes de quedarse quieto, con su polla latiendo dentro de ella. Los gemidos de Winter se convirtieron en gemidos y Jaune casi sintió alivio. Se acabó. ¿Bien? Espera, pero joder. La estaba poniendo al día. La estaba poniendo al día. La estaba preñando.
“Hay algo que los academicos nunca deberían hacer”, le dijo Winter con una sonrisa.
“Olvídense de la protección”. Jaune usaba condones. Jaune siempre usaba condones. Pero este semental Hargreeves… la folló brutalmente y luego se corrió dentro de ella. Podía ver cómo sus bolas se apretaban, pegadas a su trasero, y cómo se ponía brutal en su coño, desbordándolo y goteando sobre su cama. Jaune cerró los ojos. Ya no podía ver. Ya no podía escuchar. Pero incluso con los ojos cerrados, aún podía oírlos. El gemido bajo de Five. Los suspiros temblorosos de Winter. El sonido de su semen goteando. Escapándose de ella porque había demasiado. Fue demasiado. “¡Adentro, adentro~! ¡Hnggghh, SIGUE CORRIÉNDOSE DENTRO~!”. ‘¿Cuánto jodido semen tiene?’ En su cabeza, recordó lo grandes que eran. Probablemente cuatro veces más grandes que los suyos. Joder. Joder, tío. Jaune abrió los ojos;su pene temblaban en sus pantalones. Debería haberse dado la vuelta en ese momento. Debería haberlo hecho. Él no lo hizo.
(fin de la suculencia)
Jaune estaba allí viendo todo el maraton de sexo que tuvieron,su pene se apretaba en sus pantalones.
Quiso apartarse, dejar de mirar… pero no pudo. Algo dentro de él lo obligaba a presenciarlo. A asfixiarse con cada pequeño gesto, cada mínima atención que ella le ofrecía a otro. Ya no a él. Nunca más a él.
Entonces, la puerta de la habitación se abrió.
Entró Harriet Bree con paso confiado, desenvuelta como si fuera su propio dormitorio. El cabello suelto, la chaqueta medio abierta, una sonrisa que no buscaba aprobación, sino confirmación.
—Soy la siguiente —declaró con voz rasposa, cargada de certeza.
Five apenas giró la cabeza. Desde donde Jaune miraba, sólo pudo ver cómo él arqueaba una ceja, como si incluso eso le costara interés.
—¿No sabes tocar la puerta? —dijo él con sequedad sacando su miembro dentro del maltrecho cuerpo de schnee.
—¿Para qué? —replicó Harriet, ladeando la cabeza con diversión—. Sabes que me gusta entrar sin avisar.
Winter no se movió. Ni una palabra. Solo desvió la mirada como quien cierra una puerta en su interior. No era una aceptación, ni un rechazo. Era resignación.
Jaune observó todo eso.Luego se dio la vuelta y se marchó, sintiendo el vacío devorarle el pecho. Llego a su habitacion y se masturbo con las imagenes en su cabeza.
Los rumores no tardaron en propagarse por la academia de Atlas.
—¿Oíste lo de la especialista Schnee? —decían algunos en voz baja, casi entre risas.
—Está saliendo con el nuevo… con el raro. Ese Hargreeves.
—Y con Harriet Bree también, ¿no? ¿Qué clase de relación tienen esos tres?
No eran solo cuchicheos. Eran susurros que se filtraban hasta las oficinas, los comedores, los pasillos de mando. Una ola imposible de detener.
Pero lo verdaderamente alarmante no fue la expansión del rumor. Fue el silencio que lo acompañó.
Porque Ironwood no dijo nada.
Y no era porque no estuviera enterado. Por supuesto que lo estaba. Un general como él no ignoraba los movimientos dentro de su propia base.
Pero una noche, tras leer el tercer informe de disciplina referente a Five Hargreeves, Ironwood decidió enfrentarlo. Se presentó ante su habitación. Llamó. Esperó.
No obtuvo respuesta.
Y entonces lo vio: un portal, oscuro y sin bordes, flotando como una herida en el espacio. A través de él, el reflejo apenas visible de su propio despacho… y dentro, un revólver de acero blanco, suspendido en el aire, apuntando con precisión directo a su entrepierna.
No hubo voz, ni advertencia. Solo ese mensaje, más claro que cualquier amenaza verbal.
Ironwood dio media vuelta sin decir nada. Y desde ese día, los informes sobre Five dejaron de pasar por su escritorio.
Five, por su parte, no reaccionó ante los rumores. No los confirmó. No los negó.
Para él, todo era temporal.
Howard le había encomendado una tarea. Y en los últimos días, algo comenzó a encajar. Una perturbación mínima en el patrón de energía térmica. Un susurro silencioso en la frecuencia cuántica del aire. Ondas que no se veían, pero que se sentían. El tipo de cosas que solo una mente entrenada para la destrucción podía percibir.
El ser exterior, su verdadero objetivo, estaba más cerca de lo que había creído.
Dormido, tal vez. Oculto, probablemente. Pero no por mucho. Pronto se movería. Pronto vendría.
Y hasta entonces…
Hasta entonces, él debía mantenerse contenido. Jugar el juego. Eso significaba comportarse. Hacer lo que se esperaba de él.
Dormir con Harriet.
Escuchar los silencios de Winter.
No destruir Atlas en un arrebato.
Porque si cometía un error, si se desviaba del camino que Howard había trazado para él, sabía exactamente lo que pasaría.
Howard lo arrastraría a través de estrellas vacías, lo reduciría a un monton de moretones, y lo haría revivir su existencia en bucles sin fin hasta que no quedara más que su sombra.
Y por eso, aunque nada le importara… aunque ni siquiera supiera si aún era humano…
Por ahora, Five sería el buen amante. El buen soldado. El buen monstruo contenido.
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