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Necky y Galf - Capítulo 40

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  4. Capítulo 40 - 40 Corto 18 Un secreto felpudo
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40: Corto 18: Un secreto felpudo 40: Corto 18: Un secreto felpudo El bosque estaba bañado en la luz blanquecina de la luna cuando Xeena, la temida instructora guerrera, emergió de las sombras como un espectro silencioso.

Su espada colgaba de su cadera, y su capa negra se movía como un eco de su reputación: firme, implacable, letal.

Pero esa noche no había rastros de monstruos que cazar ni peligros que enfrentar.

Esta era su misión más secreta, más peligrosa.

En sus manos, oculto bajo la capa, llevaba un pequeño saco de lino repleto de zanahorias frescas, cuidadosamente seleccionadas del mercado más lejano que pudo encontrar para evitar sospechas.

Caminaba con paso ágil y seguro hacia su destino, un claro escondido en lo profundo del bosque, donde según los rumores, se decía que vivían los conejos mágicos.

Nadie podía saberlo.

Nadie podía siquiera imaginar que Xeena, la mujer que había derrotado a docenas de enemigos en combate, la misma que podía mirar fijamente a la muerte y no pestañear, tenía un punto débil.

Y ese punto débil tenía orejas largas, pelaje mullido y ojos grandes y brillantes.

El claro se reveló ante ella, envuelto en un aura etérea.

El sonido del viento en las hojas parecía susurrar un saludo, como si el bosque supiera de su llegada.

Xeena se arrodilló cuidadosamente en el centro, dejando el saco en el suelo.

Sacó una zanahoria y la sostuvo frente a ella, tratando de contener su impaciencia.

Primero, nada.

Luego, un leve crujido entre los arbustos.

Su corazón, acostumbrado al ritmo estable del combate, dio un brinco inesperado.

De entre las sombras, un conejo mágico asomó su cabecita.

Su pelaje blanco brillaba con un resplandor suave bajo la luz de la luna, y sus grandes ojos la miraban con curiosidad.

Detrás de él, otro conejo, y luego otro más.

Era un espectáculo casi celestial.

—Hola, pequeños…

—susurró Xeena, su voz apenas un eco de lo que solía ser en los campos de entrenamiento.

Extendió la zanahoria con delicadeza, y el primer conejo dio un saltito hacia ella, olfateando el aire con cautela antes de tomarla entre sus dientecitos.

Xeena sonrió.

No una sonrisa sardónica o de triunfo como las que usaba en su vida pública, sino una sonrisa sincera, cálida, tan fuera de lugar en su rostro que parecía pertenecerle a otra persona.

Cuando el conejo empezó a mordisquear la zanahoria, Xeena levantó una mano temblorosa y, con una suavidad que ni ella sabía que poseía, acarició el pelaje blanco.

Era incluso más suave de lo que recordaba.

—No se lo digas a nadie, ¿de acuerdo?

—murmuró al conejo, que parecía no prestarle atención, demasiado concentrado en su premio.

Los minutos se transformaron en horas mientras Xeena se perdía en ese mundo de mullidez y paz.

Acarició, alimentó, y hasta dejó que uno de los conejos se subiera a su regazo, un privilegio que ni siquiera los más grandes guerreros podrían reclamar.

Por un momento, se olvidó de todo: del entrenamiento, de las batallas, de las expectativas que la encadenaban.

Allí, bajo la luz de la luna, con un conejo mágico dormitando entre sus brazos, Xeena era simplemente Xeena.

Pero entonces, un ruido la arrancó de su tranquilidad.

Un crujido en el bosque, demasiado pesado para ser un conejo.

Su cuerpo se tensó al instante, su instinto guerrero tomando el control.

Desenvainó su espada en un movimiento fluido y se puso de pie, con el conejo todavía aferrado a su pecho.

Sus ojos se clavaron en la oscuridad, buscando el origen del sonido.

— ¿Quién está ahí?

—preguntó, su voz de nuevo la de una guerrera endurecida por años de batalla.

Los conejos mágicos, alarmados, se dispersaron en todas direcciones, desapareciendo entre los arbustos.

Un momento de silencio.

Luego, un susurro: — ¿Xeena…?

¿Eres tú?

La sangre se le heló en las venas.

Reconocería esa voz en cualquier parte.

Era Gonan, uno de sus eternos dolores de cabeza en el entrenamiento.

Por lo que Xeena sabía, él había partido hacia la “montaña innecesariamente alta” para buscar bestias legendarias.

“¿Qué hacía aquí?”.

Sin pensar, Xeena escondió la zanahoria tras su espalda, mientras el conejo en sus brazos se agitaba, tratando de escapar.

Gonan emergió de entre los árboles, su hacha al hombro y una expresión de pura confusión en el rostro.

— ¿Estabas…

acariciando un conejo mágico?

—preguntó, con los ojos tan abiertos que parecían a punto de salirse de sus órbitas.

Xeena lo fulminó con la mirada, pero el leve rubor en sus mejillas traicionó su habitual máscara de dureza.

—Qué estupideces dices Gonan.

Estaba buscando mi almuerzo de mañana— una gota de sudor recorrió su frente.

El conejo en sus brazos, como entendiendo la palabra “almuerzo” pareció desfallecer —Este es mi coto de caza persona— tragó saliva —si dices una sola palabra de esto, Gonan, te juro que no vivirás para contarlo.” El hombre tragó saliva y levantó las manos en señal de paz.

—No vi nada, lo juro.

Vine aquí porque pensé que habías encontrado algo peligroso.

Pero…

¿los conejos mágicos son peligrosos?

—Para tu bienestar, más te vale que lo creas —respondió Xeena, su tono tan afilado como su espada.

Gonan asintió rápidamente y retrocedió, desapareciendo de nuevo entre los árboles.

Xeena suspiró, mirando el claro vacío.

Había perdido su momento de paz.

Pero cuando miró al conejo que todavía sostenía, que ahora la observaba con una expresión casi compasiva, una pequeña sonrisa volvió a curvar sus labios.

—Aún queda tiempo para otra zanahoria —susurró, sacando otra del saco.

Al menos, por ahora, su secreto estaba a salvo.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES circulonovel También escribo cosas más serias, romance y fantasía.

Revisa mis otras obras.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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