Necky y Galf - Capítulo 43
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- Capítulo 43 - 43 Sidestory 3 La Inquisidora y la Torre Perdida
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43: Sidestory 3: La Inquisidora y la Torre Perdida 43: Sidestory 3: La Inquisidora y la Torre Perdida Los grandes portones de la Academia Arcana Lumiaris se abrieron con un resonante crujido, como si anunciaran la llegada de alguien importante.
Y, efectivamente, lo hacían.
Mirabella, la Inquisidora del Alba, avanzaba con pasos firmes, flanqueada por su capa plateada que flotaba al viento…
aunque no hubiera viento.
Alrededor de ella, un tenue resplandor dorado iluminaba su figura, y cada paso parecía acompañado por un coro celestial que cantaba en un idioma olvidado.
Humo etéreo surgía de sus botas al tocar el suelo, porque, por supuesto, ningún detalle se dejaba al azar en la gran entrada de una Inquisidora.
— ¡Por la luz de Lumiaris, he llegado a esta morada de conocimiento arcano!
—declaró, alzando la mano con un gesto dramático, como si esperara que todos los estudiantes y profesores detuvieran lo que hacían para inclinarse ante su presencia.
Lo que realmente sucedió fue que dos aprendices que cargaban libros la miraron brevemente, intercambiaron una mirada entre ellos, y siguieron su camino sin decir nada.
A lo lejos, alguien estornudó.
—Ingratos —murmuró Mirabella, ajustándose el broche de su capa—.
No importa, mi deber es mayor que su ignorancia.
Su objetivo era claro: la Torre Norte, donde se encontraba la oficina del rector, el ilustre Grandalf.
Debía discutir un asunto de suma importancia: los rumores de que Meryl Gravesoul, la escurridiza sepulturera, había estado husmeando en terrenos prohibidos.
Una actividad que, obviamente, requería la atención de la santa inquisición.
Sin embargo, había un problema.
La Academia Lumiaris era inmensa, un laberinto de torres, pasillos y escaleras que parecían diseñados específicamente para confundir a los recién llegados.
Mirabella, pese a su porte y autoridad, llevaba media hora dando vueltas sin encontrar la Torre Norte.
Y su paciencia, al igual que su fe, estaba siendo puesta a prueba.
— ¡¿Qué clase de hechicería es esta?!
—exclamó en un pasillo vacío, mirando un mapa que parecía cambiar de forma cada vez que intentaba leerlo—.
¡¿Es esto una prueba de mi fe, oh Lumiaris?!
Como respuesta, un grupo de búhos mágicos voló sobre su cabeza, derramando algo de polvo brillante que la hizo toser.
No ayudaba que su séquito imaginario de efectos especiales seguía encendido, con humo saliendo de sus botas y los coros en un crescendo dramático.
Finalmente, exhausta, decidió sentarse en uno de los patios exteriores, rodeada de flores mágicas que brillaban suavemente bajo la luz del sol.
Suspiro tras suspiro, Mirabella cerró los ojos por un momento.
Cuando los abrió, frente a ella estaba una niña de rizos castaños y ojos grandes y curiosos, acompañada por una criada alta y elegante que llevaba una canasta de libros.
— ¿Se encuentra bien, señora?
—preguntó la niña, con una voz dulce pero cargada de una inteligencia que parecía inusual para su edad.
Mirabella la miró de reojo, notando algo peculiar en la niña.
Sus ojos…
había unas extrañas manchas en ellos, como si guardaran destellos oscuros.
Algo en esa mirada le resultaba inquietantemente familiar.
—Estoy perfectamente —respondió, enderezándose con dignidad—.
Solo estoy…
evaluando los jardines de esta academia.
Pero, niña, ¿quién eres tú?
La pequeña hizo una reverencia impecable, aunque con una sonrisa traviesa que desmentía cualquier formalidad.
—Soy Aria, y esta es Maeril, mi criada.
¿Está buscando algo?
Mirabella dudó.
Esa chispa en los ojos de Aria, esa forma de hablar…
le recordó inmediatamente a alguien que no soportaba.
—Estoy buscando la Torre Norte.
Tengo un asunto urgente con el rector.
—Oh, la Torre Norte —dijo Aria, llevándose un dedo al mentón como si pensara profundamente—.
Es un lugar difícil de encontrar, pero puedo ayudarla…
si quiere.
Mirabella no tenía otra opción.
Asintió con un leve gesto de la cabeza, intentando mantener su compostura.
En el camino, mientras atravesaban los intrincados pasillos de la academia, Aria hablaba sin cesar sobre magia, sabiduría ancestral y la santa Lumiaris, aunque lo hacía con una mezcla de inocencia y sarcasmo que no pasaba desapercibida para la inquisidora.
— ¿Sabía usted que las flores en ese jardín están encantadas para bailar durante las noches de luna llena?
—preguntó Aria, señalando un macizo de rosas que brillaban suavemente.
— ¿Qué tipo de…
herejías permiten en esta academia?
—respondió Mirabella, claramente incómoda.
Aria solo sonrió, y la conversación continuó hasta que finalmente llegaron a una gran puerta de madera con intrincadas runas doradas.
—Aquí estamos.
La oficina del rector Grandalf —dijo Aria, mientras Maeril abría la puerta con un elegante gesto.
Al entrar, Grandalf, el legendario rector de la academia, estaba de pie junto a su escritorio, con un sombrero tan alto como innecesario y una pipa de la que salía humo en espirales que formaban figuras danzantes.
Parecía como si hubiera estado esperándolas todo el tiempo.
—Ah, Mirabella, querida inquisidora, bienvenida —dijo con una voz profunda y melodiosa—.
Y Aria, mi pequeña prodigio, siempre un placer verte.
Mirabella se quedó helada.
¿Aria?
¿Prodigio?
¿Qué estaba pasando?
Los ojos de la inquisidora se abrieron como platos al comprender la verdad.
Aria, esa adorable y chispeante niña, era la hermana menor de Necra Gravesoul, su eterna rival.
Y, para colmo, esa niña acababa de ayudarla con una sonrisa que ahora parecía tener un dejo de burla, ese colmillo sobresaliendo de su boca en forma traviesa debería haberle llamado antes la atención.
—No puede ser…
—murmuró Mirabella, mientras Aria le dedicaba una última sonrisa inocente, que en realidad no era nada inocente.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES circulonovel Creation is hard, cheer me up!
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