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Necky y Galf - Capítulo 44

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  4. Capítulo 44 - 44 Leyendas de Grandalf 1 Una academia de movilidad
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44: Leyendas de Grandalf 1: Una academia de movilidad.

44: Leyendas de Grandalf 1: Una academia de movilidad.

Grandalf las hizo pasar con un amplio ademán, como si estuviera inaugurando la entrada a un gran evento, aunque el “evento” era simplemente su oficina de rector.

El espacio, sin embargo, no desmerecía tal teatralidad: una habitación inmensa, con un techo abovedado decorado con constelaciones que cambiaban de forma y color, y una mesa de reuniones ridículamente grande ocupaba el centro.

Dicha mesa, tallada de un árbol mágico que ya no existía, tenía espacio para al menos veinte personas, aunque normalmente solo la usaban Grandalf y Merlinia, la subdirectora de la Academia y profesora de investigaciones arcanas.

—Por favor, tomen asiento —dijo Grandalf con solemnidad, señalando la mesa como si fuera el trono de un rey.

Mirabella, con un suspiro contenido, se acomodó en una de las enormes sillas tapizadas de terciopelo rojo.

A su lado, Aria se sentó con entusiasmo infantil, mientras Maeril, siempre eficiente, comenzaba a servir té y colocar un plato con galletas para la pequeña (nadie se preguntó de dónde los había sacado, esa era su habilidad especial).

—Esa fue una odisea —comentó Mirabella con un tono de exasperación—.

Es absurdo que una torre llamada ‘Torre Norte’ sea tan difícil de encontrar.

He tenido que recorrer pasillos interminables, escaleras que no llevaban a ninguna parte y, al menos en una ocasión, un pasillo que simplemente desapareció mientras estaba en él.

Grandalf, que ya se había sentado en su majestuoso sillón al otro extremo de la mesa, alzó una ceja con un brillo de travesura en los ojos.

—Ah, querida Inquisidora, veo que la Torre Norte ha puesto a prueba su perseverancia.

Pero, por favor, permítame compartir una historia que explicará esta particularidad de nuestra noble academia.

Mirabella, aunque irritada, decidió ser cortés.

Se recostó en su silla, cruzó los brazos y asintió con resignación.

Aria, por su parte, aplaudió suavemente.

— ¡Oh, me encantan las historias del abuelo Grandalf!

Siempre son tan… épricas.

—Épicas— señaló Maeril.

—Eso dije— recalcó la pequeña.

Grandalf asintió, claramente complacido por el entusiasmo de la niña.

Tomó su pipa y dio una calada, dejando que el humo formara la figura de un joven mago, que se movía de forma dramática sobre la mesa.

—Hubo un tiempo, hace muchos, muchos años —comenzó, con una voz profunda y melódica—, cuando mis sombreros no eran tan altos, mi barba no era tan larga ni blanca, y mi sabiduría, aunque ya muy profunda, no llegaba a las insondables profundidades actuales.

En aquel entonces, la Torre Norte estaba exactamente donde uno esperaría: al norte.

El humo de la pipa se transformó en una torre altísima, claramente etiquetada como ‘Norte’, con una flecha señalando en esa dirección.

— ¡Era un desastre!

—declaró Grandalf, golpeando suavemente la mesa para enfatizar—.

Todo el mundo sabía dónde estaba mi oficina, y la gente venía constantemente a interrumpir mis investigaciones.

¿Cuántas veces pueden tocar a tu puerta para pedir una varita mágica prestada o una opinión sobre hechizos de invisibilidad?

Y además, por qué pedir varitas, los magos usan báculos.

El humo se movió rápidamente, representando a una fila interminable de estudiantes y profesores golpeando la puerta de la torre mientras una versión más joven de Grandalf (con un sombrero notablemente más corto) intentaba desesperadamente concentrarse y caminaba de un lado a otro.

—Fue entonces cuando tuve una idea brillante: si los pasillos se movieran aleatoriamente, solo aquellos que realmente tuvieran determinación o intuición arcana podrían encontrar la Torre Norte.

Y así, encanté la academia.

El humo representó a Grandalf pronunciando un elaborado hechizo, mientras los pasillos de la academia cobraban vida y comenzaban a moverse como serpientes.

— ¿Y funcionó?

—preguntó Aria, con los ojos brillando de curiosidad mientras mordía una galleta.

—Por un tiempo, sí.

Pero entonces sucedió lo inesperado.

—Grandalf hizo una pausa dramática, dejando que el silencio llenara la sala antes de continuar—.

Una profesora, envidiosa de mi habilidad mágica, decidió llevar las cosas un paso más allá.

El humo se transformó en la figura de una mujer de porte altivo y mirada astuta.

La profesora llevaba un una capa que se agitaba con elegancia, pero claramente menos imponente que un sombrero, aunque se tropezaba con ella al caminar.

—Merlinia —dijo Mirabella, deduciendo rápidamente la identidad de la mujer.

Grandalf no quiso admitirlo.

—No diré quién fue, pero dejaré que lo imaginen.

Ella, no satisfecha con mis encantos, decidió que también las torres debían moverse.

¡Ahora la Torre Norte puede estar al sur, al este o al oeste, pero muy rara vez realmente al norte!

El humo mostró la Torre Norte rebotando por el mapa de la academia como si fuera un dado lanzado al azar.

— ¿Y cómo se supone que uno encuentre la torre ahora?

—preguntó Mirabella, frustrada.

Grandalf se inclinó hacia adelante, con una sonrisa misteriosa.

—Existen dos formas.

La primera es seguir el instinto de un verdadero mago.

Pero claro, eso no es algo que todos posean.

— ¿Y la segunda?

—insistió Mirabella, cruzándose de brazos.

Grandalf sacó de su escritorio un pergamino brillante y se lo entregó.

—Un mapa mágico de la academia.

Pero debo advertirle, Inquisidora, que estos mapas tienden a ser traviesos.

Si no les cae usted bien, podrían intentar guiarla en direcciones… equivocadas.

Aria soltó una risa contenida mientras Mirabella miraba el mapa con desconfianza.

—Esto explica muchas cosas —murmuró Mirabella para sí misma.

Grandalf, satisfecho, se recostó en su silla con una sonrisa triunfal, claramente disfrutando de su papel como narrador y portador de sabiduría ancestral.

Mientras tanto, Aria continuó comiendo galletas, preguntándose cómo podía usar este conocimiento para sus propias travesuras.

Grandalf exhaló una espiral de humo de su pipa, una obra maestra de madera élfica, mientras terminaba su narración con un gesto teatral de sus manos, como si estuviera conjurando un hechizo particularmente profundo.

—…Y así fue como la torre norte dejó de estar al norte.

Una decisión sabia, si me permiten decirlo.

—Se reclinó en su silla de respaldo alto, cuyos grabados parecían moverse con una magia sutil, y sonrió satisfecho mientras daba una calada triunfal a su pipa.

Aria aplaudió entusiasmada.

— ¡Vaya historia, rector!

Siempre es un placer escucharlo.

¿Puede contar otra?

¿Tal vez la de cómo encantó la biblioteca para que ningún libro de recetas mágicas explote accidentalmente?

—Ah, esa es una joya, pequeña Aria, pero…

—Grandalf hizo un ademán perezoso— tal vez en otra ocasión.

He de reservar mis más grandes hazañas para momentos aún más solemnes.

Mirabella, sin perder su postura digna pero claramente frustrada, se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en la mesa.

—Rector Grandalf, aprecio la lección de historia, pero vine aquí por un asunto serio.

Meryl Gravesoul, hermana de esta niña —señaló a Aria con un movimiento firme de su cabeza—ha estado excavando ilegalmente en terrenos de la academia.

¿Acaso no le parece importante que alguien profane los sagrados jardines de Lumiaris?

Grandalf se acarició la barba como si estuviera considerando una cuestión metafísica de la mayor trascendencia, pero su mirada denotaba otra cosa: una absoluta falta de interés en la burocracia cotidiana.

—Ah, Inquisidora Mirabella, tu celo por la justicia es admirable.

—Se levantó lentamente, sus movimientos calculados como los de un mago que no quería desperdiciar ni un gramo de energía física—.

Pero te diré algo.

En asuntos tan…

mundanos como zanjas y terrenos, no puedo involucrarme.

Hay que delegar, ¿sabes?

Uno debe concentrarse en lo verdaderamente trascendental: bastones mágicos, sombreros, pipas mágicas, barbas largas, abismos insondables, y los secretos que laten en los confines del cosmos.

— ¿Y qué sugiere entonces?

—preguntó Mirabella, intentando mantener la paciencia.

—Dirígete a Merlinia, mi sabia y…

—hizo una pausa buscando un adjetivo diplomático— eficiente vicerectora.

Estoy seguro de que estará encantada de ayudarte con estas cuestiones de tercer orden.

Mirabella apretó los labios, claramente insatisfecha, pero antes de que pudiera replicar, Grandalf añadió: —Y para que no vuelvas a perderte en los gloriosos e impredecibles pasillos de la academia, Aria, querida, acompaña a nuestra inquisidora.

Eres una alumna brillante y, además, tu guía será invaluable.

Aria dio un salto de su silla, emocionada.

— ¡Será un honor, rector!

¿Puedo llevar también el mapa mágico de la academia?

—Si así lo deseas, aunque una verdadera Gravesoul debería encontrar el camino con su instinto —añadió, con un guiño que parecía ser tanto sabio como burlón.

— ¡Lo haré sin mapa!

—respondió Aria con orgullo.

—Perfecto.

—Grandalf dio una última calada a su pipa, exhalando un anillo de humo que flotó mágicamente hacia el techo antes de dispersarse en estrellas diminutas—.

Ahora, si me disculpan, debo atender asuntos más elevados.

Como elegir un nuevo sombrero.

Mirabella suspiró y se puso de pie, sacudiéndose la túnica mientras murmuraba algo sobre la falta de profesionalismo.

—Muy bien, Aria.

Guíame.

Aria tomó la iniciativa, caminando con energía hacia la puerta, seguida de cerca por su siempre estoica criada, Maeril.

— ¡Por aquí, inquisidora!

Esto será divertido.

Aunque…

¿qué hacemos si encontramos alguna trampa mágica en el camino?

—Espero que tú sepas resolverlas —respondió Mirabella con tono seco, mientras seguía a la chispeante niña a través de los interminables pasillos de la academia.

Grandalf, ya solo, suspiró profundamente.

—Nada como delegar, ¿eh?

—Se inclinó hacia atrás en su trono, dispuesto a tomar una breve siesta antes de su próximo acto de gran sabiduría.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES circulonovel Creation is hard, cheer me up!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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