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NEPHELIM - Capítulo 1

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1: Prólogo 1: Prólogo Antes de que el Tiempo tuviera nombre, cuando el universo era un canto recién nacido y un grito primigenio en eterno forcejeo, ocurrió lo impensable.

Mucho antes de que los humanos domesticaran el fuego y le pusieran nombre a sus miedos, antes de que el cielo se fracturara en coros angelicales y abismos demoníacos, una estirpe surgió de la grieta entre ambos reinos.

Fueron el fruto de un pecado cósmico, la unión de la Luz radiante y la Sombra voraz, de la armonía del canto celestial y el caos del grito infernal.

No eran ángeles, ni demonios.

Eran la Tercera Raza: los Nephalem.

Y por no pertenecer, fueron condenados al olvido.

Los demonios de los Infiernos Abrazadores, cuyas pesadillas moldean realidades, sintieron por primera vez el frío aguijón del temor.

Los ángeles del Empíreo, cuyas voces tejen el destino, negaron con desdén la existencia de estas criaturas abominables para su orden perfecto.

Pero en las ardientes profundidades, un guerrero de mirada penetrante, Argo, Señor de la Cuarta Esfera, vio más allá del dogma.

Donde sus congéneres veían una abominación, él vislumbró la espada definitiva: un ejército nacido de ambos mundos, la única fuerza capaz de imponer un equilibrio verdadero y frenar la marea del caos que amenazaba con devorarlo todo.

Pronunciar esta idea en voz alta fue el primer acto de traición, una semilla de rebeldía que germinaría en guerra.

Arda, su hermano de sangre y acero, era el celo hecho carne.

Cegado por un fervor purificador, juró ante las cicatrices estelares erradicar la mancha Nephalem.

Lo que su dogmático corazón ignoraba era que la semilla de aquella raza prohibida ya había echado raíces en el lugar más insospechado.

Macdal, el más poderoso y anciano de los suyos, había cruzado la línea no por estrategia, sino por amor.

Su alma, forjada en el fragor de mil batallas, se rindió ante Ela, la Guardiana de las Últimas Puertas del Cielo, cuya lanza era un fragmento de la primera estrella.

De esa unión imposible, de ese choque de universos, nacieron dos hijas.

Lili, la mente, cuyo intelecto podía desentrañar las ecuaciones de la creación, y Alana, la raíz, cuya propia esencia era un manantial de fuerza vital pura, un vínculo directo con el flujo del mundo.

Cuando Arda descubrió la verdad, su furia no fue un estallido, sino un glaciar.

Esperó con la paciencia infinita de los inmortales.

Dejó que Macdal y Ela construyeran su frágil felicidad en un rincón olvidado de la creación, y entonces, cuando la guardia estaba baja, arrasó su morada con la ira de una supernova.

La batalla no fue registrada en ningún cántico.

Ela, la Guardiana, cayó con su lanza rota, defendiendo a sus hijas hasta que su canto se apagó para siempre.

Macdal, el poderoso, fue encadenado con runas de agonía perpetua y arrastrado a las tinieblas más profundas, condenado a una tortura eterna por el delito de amar.

Arda, en un último acto de crueldad meticulosa, desgarró los recuerdos de las niñas, borrando su pasado como se borra un error en un pergamino.

Pero incluso en su crueldad, hubo un destello de cálculo.

Arda tomó a Lili, la mente, creyendo poder domar y utilizar su genio.

A Alana, la raíz, la arrojó al mundo de los humanos, un destrato pensando que perecería en la insignificancia.

Desde aquel día, las Puertas Rojas entre el Cielo y el Infierno permanecen selladas, un testimonio mudo de una guerra familiar que fracturó los cimientos de la realidad.

Pero la sangre no olvida.

La esencia de la Tercera Raza, ese legado de luz y oscuridad, no se extinguió.

Hoy, late con fuerza sorda en las venas de aquellos que no saben quiénes son.

Canta en sus sueños más profundos, susurra en sus impulsos inexplicables y despierta con un ritmo feroz cuando el caos acecha.

Porque la historia no ha terminado; solo espera al portador correcto para volver a escribirse con sangre y acero.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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