NEPHELIM - Capítulo 10
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10: Capítulo 9 10: Capítulo 9 Flotaba, un peso insignificante atado a la sombra del demonio, mientras la cacofonía del Infierno rugía en mis sentidos amplificados.
Cada latido de la torre era un martillazo en mis sienes; cada susurro distante, una cuchillada de desesperación.
El pánico inicial se había solidificado en una fría y clara determinación: si iba a morir aquí, al menos obtendría respuestas.
—¿Qué eres?
—pregunté, forzando las palabras a través de los sonidos invasores.
Mi voz sonó extrañamente plana, desconectada del terror que sentía.
El demonio caminaba con elegancia, sin mirarme, como si llevara un paquete aburrido.
—Ya te lo dije.Un anfitrión.
Un… facilitador.
Puedes llamarme Silas.
Suena más civilizado, ¿no crees?
—Los demonios no son civilizados —escupí, el sabor a ceniza de mis palabras era real—.
Son mentirosos.
Engañadores.
Silas se rió, un sonido suave y melodioso que contrastaba horriblemente con el entorno.
—¡Oh,pero mentimos tan bien!
Es nuestro arte más fino.
Cada palabra una verdad torcida, cada promesa un espejismo del deseo.
Por eso no deberías confiar ni en una sílaba de lo que digo, pequeña raíz.
Aunque eso, irónicamente, es la única verdad absoluta que te daré.
Aproveché su aparente disposición a hablar.
Era una táctica, lo sabía, pero era la única que tenía.
—¿Por qué?¿Por qué hacer esto?
¿Por qué… ‘facilitar’?
Esta vez, me miró por encima del hombro, sus ojos dorados brillando con interés.
—¿El motivo?Es simple.
Soy un cazador de recompensas.
De cierta clase.
No cazo almas plebeyas ni busco favores mezquinos.
Cazo… anomalías.
Rarezas cósmicas.
Como tú.
Y por entregarte intacta (o relativamente intacta) a quien te busca, la recompensa es… sustanciosa.
Una gota de poder puro, un favor de los escalones más altos, la cancelación de una deuda antigua.
Las monedas de este reino son variadas, pero todas valiosas.
—¿Quién me busca?
—pregunté, apretando los puños, sintiendo cómo la sombra que me sujetaba se ajustaba, fría y constrictiva—.
¿Quién es Arda?
El nombre hizo que Silas se secara la sonrisa por un instante.
Un velo de cautela genuina, o quizás de miedo, cruzó sus rasgos perfectos.
—Arda…es el que ofrece la recompensa.
Y eso es todo lo que necesitas saber.
Preguntar más sobre él es como pedirle a la llama que te describa al fuego que la consume.
Es… imprudente.
—Pero me buscaba a mí —insistí, ignorando la advertencia—.
¿Por qué?
¿Qué quiere con… una ‘raíz’?
Silas se detuvo frente a la entrada cavernosa de la torre.
El latido de la piedra era aquí ensordecedor, un tambor gigante que anunciaba nuestra llegada a una tumba viviente.
—Eso,querida Alana, es la pregunta del millón.
¿Quiere apagar la chispa antes de que se convierta en incendio?
¿Quiere usarla como antorcha para iluminar sus propios caminos oscuros?
¿O quizás… quiere replantarla en su propio jardín envenenado?
—Se encogió de hombros, un gesto elegantemente fatalista—.
Las motivaciones de los seres como Arda son laberintos.
Yo solo sigo el rastro del olor a recompensa.
Y tú, mi dulce anomalía, hueles a la más jugosa en milenios.
La sombra me tiró hacia adelante, hacia la oscuridad absoluta de la boca de la torre.
El frío que emanaba de su interior era diferente al calor del exterior; era un frío de ausencia, de vacío devorador.
—No te preocupes —añadió Silas, su voz volviéndose un eco desde detrás de mí mientras era arrastrada hacia dentro—.
Pronto lo sabrás.
O dejarás de importarte.
De cualquier manera, mi recompensa está asegurada.
La oscuridad me envolvió, más densa que cualquier noche, y con ella, los susurros en mi mente se volvieron gritos, el latido de la piedra se convirtió en el de un corazón monstruoso, y la última cosa que vi fueron los ojos dorados de Silas, brillando como faros crueles en la entrada, antes de que esta se cerrara con un crujido de roca viva.
Estaba dentro.
Entregada a la torre, y a la merced de quienquiera que Arda fuera.
Pero al menos ahora sabía una cosa: era una pieza valiosa en un juego cuyas reglas apenas comenzaba a vislumbrar, y tanto ángeles como demonios estaban dispuestos a pagar un alto precio por poseerla.
La oscuridad dentro de la torre no era la ausencia de luz; era una sustancia.
Espesa, fría y cargada de una quietud tan absoluta que ahogaba hasta el sonido de mi propia respiración.
El portón de piedra había sellado cualquier resto del tenue resplandor rojizo del exterior, sumiéndome en un vacío sensorial perfecto.
Por unos segundos, solo hubo silencio y un frío que calaba los huesos.
El peso opresivo del Infierno seguía allí, aplastándome contra el suelo áspero.
Pero entonces, privados de estímulos externos, mis sentidos amplificados volvieron su atención hacia adentro, y hacia los ecos lejanísimos que lograban filtrarse a través de la piedra viviente.
En el silencio, escuché.
No con los oídos, sino con algo más profundo.
Escuché el rugido de tormentas de azufre a kilómetros de distancia, cada trueno un gruñido de furia cósmica.
Escuché el coro de los condenados, no como gritos individuales, sino como un océano de lamento cuya marea subía y bajaba con una regularidad agonizante.
Y debajo de todo, más cerca, el latido constante y enfermizo del corazón de la torre, PAM… PAM… PAM…, un ritmo fúnebre que ahora sentía vibrar en el suelo, subiendo por mis huesos.
Pero lo más impactante fue lo que sucedió dentro de mí.
El ardor en el esternón, que se había calmado un poco durante el diálogo con Silas, regresó.
No como una punzada de dolor, sino como una presencia viva.
Un núcleo de energía que latía al unísono con algo, como si estuviera encontrando su ritmo en este lugar de pesadilla.
Y con cada latido, sentía… una familiaridad espeluznante.
Era como si una parte de mí, la parte que no era humana, reconociera esta densidad, esta opresión, este sabor a caos y desesperación.
No como algo bueno, sino como algo conocido.
Como un sabor amargo que había probado en un sueño ancestral.
La Grieta, el espacio entre mundos de donde venía el Refugio, tenía un eco aquí, en este lado del abismo.
Y mi sangre respondía a ese eco.
Fue entonces cuando noté el brillo.
En la oscuridad absoluta, un tenue resplandor empezó a emanar de mis propios brazos.
No era una luz blanca o cálida.
Era un fulgor dorado e inestable, como el de un metal al rojo vivo visto a través de humo, que recorría el trayecto de mis venas bajo la piel.
Y entre esos destellos dorados, como manchas de tinta en agua, se colaban ráfagas de una oscuridad más profunda que la que me rodeaba, un negro aterciopelado que parecía absorber la poca luz que mis venas emitían.
Las marcas.
El libro lo había descrito.
Bajo estrés extremo, la máscara se agrietaba.
Alarmada, me toqué el brazo.
La piel donde las “venas de luz y sombra” eran más visibles estaba más caliente (el dorado) y anormalmente fría (el negro) al mismo tiempo.
Un escalofrío de terror y fascinación me recorrió.
Esto era real.
Yo no era humana.
Al moverme, un dolor agudo en mi costado me recordó la caída violenta desde el Refugio.
Con manos temblorosas, me palpé a través de la ropa.
La tela estaba rasgada y húmeda.
Me había herido, quizás me había roto una costilla.
Concentrándome a pesar del pánico, desgarre un pedazo de la camisa y, con dificultad en la oscuridad, limpié la sangre.
Respiré hondo, preparándome para el dolor punzante que seguiría.
Pero el dolor… se desvaneció.
No lentamente, como una curación normal.
Fue como si una mano invisible alisara la herida desde dentro.
Sentí un cosquilleo intenso, casi eléctrico, en la zona.
Llevé los dedos de nuevo a la piel.
La sangre había cesado.
No había moretón.
Y en su lugar, bajo mis yemas, sentí una textura nueva, lisa y extrañamente fría.
No podía verla, pero lo que el libro llamaba una “cicatriz nacarada” estaba allí.
Una marca permanente de mi naturaleza, grabada por la agresión de este lugar.
Me quedé quieta en la oscuridad, jadeando.
El ardor en mi pecho latía al ritmo de la torre.
Mis venas brillaban y oscurecían, revelando la guerra interna de mi herencia.
Podía escuchar la sinfonía de la desesperación del Infierno como si fuera la banda sonora de mi propia crisis.
Y mi cuerpo acababa de repararse a sí mismo con una velocidad sobrenatural.
El miedo seguía allí, agazapado, frío.
Pero junto a él, brotaba algo más: una claridad feroz.
Ya no era Alana, la doctora que veía fantasmas.
Era Alana, la Nephalim, atrapada en el Infierno.
Mi máscara humana se había resquebrajado por completo, y debajo, asomaba el monstruo, el ángel, el puente.
El arma.
Y en la oscuridad de esa torre, mientras la parte de mí que reconocía el caos susurraba que estaba, en cierto modo terrible, “en casa”, supe una cosa: si alguien como Arda me quería, no sería como una víctima indefensa.
Tendría que enfrentarse a lo que realmente era.
Y lo que era… estaba despertando.
🪽 —Alana… Un susurro.
Débil, lejano, pero claro.
Era una voz que conocía.
No de la vida, sino de la pesadilla.
—Alana… despierta… En el vacío, una forma comenzó a materializarse.
No desde la distancia, sino enfrente de mí, como si siempre hubiera estado allí y yo no la hubiera visto.
Piel azulada y céreo.
Cabello rojo fuego, impecable, pero empapado, con gotas que caían al vacío sin hacer sonido.
El vestido sencillo, pegado al cuerpo por el agua.
Los ojos, mis ojos, pero vacíos de todo menos de un sufrimiento eterno y silencioso.
Era ella.
Mi doble.
El espíritu ahogado de mi pesadilla.
No sentí miedo esta vez.
En el extraño estado lúcido del sueño, solo sentí una profunda y antigua tristeza, y una urgencia que emanaba de ella como el frío.
—¿Tú?
—logré hablar—.
¿Por qué estás aquí?
¿Dónde estás aquí?
La aparición no movió los labios, pero su voz, un eco húmedo y distorsionado, llenó el vacío.
—Estoy… en todas partes.
Y en ninguna.
Soy el eco de lo que pudo ser.
El reflejo de lo que temes ser.Su cabeza se inclinó con ese mismo movimiento espasmódico y antinatural.
Pero no vine por mí.
Vine por ti.
—¿Por mí?
—repetí, sintiendo el ardor en mi pecho.
—No puedes estar aquí— dijo, y su voz sonó más fuerte, más clara, con una convicción desesperada.—Este lugar… te consume.
No desde afuera.
Desde adentro.
La oscuridad aquí habla el mismo lenguaje que la mitad de tu sangre.
Te llama.
Y si te quedas… te responderá.
Te fundirás con ella.
Una imagen fugaz, no vista sino sentida, cruzó mi conciencia: mis venas, las que ahora brillaban con luz dorada y sombra, volviéndose completamente negras, sólidas como la obsidiana de la torre.
Mi luz, extinguida para siempre, reemplazada por el frío vacío del abismo.
—¿Qué debo hacer?
—pregunté, la voz onírica cargada de la misma desesperación que emanaba de ella—.
Estoy encerrada.
No puedo salir.
El espíritu levantó una mano pálida y señaló, no hacia una dirección, sino hacia mí, hacia mi propio pecho.
—La salida no está en las paredes.
Está en la Grieta… que ya llevas dentro.
El poder para deshacer los nudos… para rasgar los veles… lo tienes.
Pero aún no lo sabes.
No del todo.
—¿Cómo?
—supliqué—.
¿Cómo lo uso?
El doble empezó a desvanecerse, su forma haciéndose más transparente, más parte del vacío.
—Busca el conflicto… no lo niegues.
El fuego y la sombra… no los separes.
El que te busca… Arda… él lo sabe.
Él teme a la unión.
Por eso te quiere dividida… o extinguida.
Su voz era apenas un susurro ahora.
—No confíes en las sombras que sonríen.
Confía… en la guerra dentro de ti.
Es tu ancla.
Es tu puente… y tu espada.
Con un último destello de sus ojos llenos de una pena infinita, se desvaneció por completo, dejándome sola otra vez en el vacío onírico, pero con sus palabras grabadas a fuego en mi mente.
Busca el conflicto.
No lo niegues.
El que te busca, teme a la unión.
Me desperté de golpe, con un jadeo.
La oscuridad física de la celda me recibió, pero ya no me sentía a ciegas.
El ardor en mi pecho latía con fuerza, una caldera de energías opuestas.
Miré mis brazos.
En la oscuridad, el fulgor dorado y las manchas de oscuridad aterciopelada eran más visibles que nunca, pulsando al ritmo de mi corazón.
Ya no eran solo una manifestación aterradora.
Eran una confirmación.
Mi doble, el eco de mi propio posible destino, me había encontrado incluso en el Infierno para darme un mensaje: mi maldición era también mi única esperanza.
Arda, quienquiera que fuera, no temía a la humana asustada.
Temía a la Nephelim desatada.
Temía la unión del fuego y la sombra que hervía bajo mi piel.
Y eso significaba que, en algún lugar dentro de este caos que me atraía y repelía, había un poder.
Un poder que podía rasgar velos.
Incluso, quizás, el velo de obsidiana de esta torre.
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