NEPHELIM - Capítulo 11
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11: Capítulo 10 11: Capítulo 10 —Busca el conflicto.
No lo niegues.— Me puse de pie, el ardor en mi pecho un faro en la negrura.
Extendí las manos, palmas hacia las paredes frías de obsidiana.
Concentré toda mi voluntad, toda mi frustración y mi miedo, en ese punto donde sentía la energía opuesta: el calor dorado del potencial celestial y el frío profundo de la herencia abismal.
—Deshazte— susurré a la piedra, imaginando las moléculas separándose, la pared cediendo.
—Rásgate.
Nada.
Solo el latido constante, burlón, de la torre.
Intenté de nuevo, enfocándome en las “venas” de luz de mis brazos, intentando proyectar ese brillo hacia fuera, como un soplete.
El fulgor aumentó, iluminando mi celda con una luz espectral y temblorosa, pero la obsidiana lo absorbió sin inmutarse.
La sombra en mis venas pareció retraerse, como si el intento de usar solo la luz la ofendiera.
Frustrada, golpeé la pared con el puño.
El dolor fue agudo y real.
Mi piel, fortalecida o no, no era rival para la roca viviente del Infierno.
Me recosté contra ella, la respiración entrecortada.
La determinación comenzaba a agrietarse, reemplazada por la claustrofóbica realidad: estaba atrapada.
La teoría era una cosa; dominar un poder del que ni siquiera entendía la naturaleza, en el vientre del enemigo, era otra muy distinta.
La desesperación empezaba a trepar por mi garganta como una enredadera helada cuando, de repente, una voz se abrió paso en mi mente.
No era el susurro húmedo de mi doble, ni la suave malicia de Silas.
Esta voz era masculina, profunda, y cargada de una autoridad antigua y cansada.
No sonó en mis oídos, sino que se implantó directamente en mis pensamientos, como si hubiera estado esperando un momento de silencio interno para hacerse oír.
—Alana.
Me puse rígida.
¿Otro demonio?
¿Una nueva tortura?
—No temas.
No soy una sombra de este lugar.
Soy Un Guardador.
—Guardador…— musité en voz alta, el nombre haciéndome recordar a Kael, al Refugio, a la promesa de respuestas.
—¿Eres tú… al que Kael sirve?
—Sí.
Mi nombre es Kingston.
Y he estado buscando el rastro de tu esencia desde que atravesaste el velo hacia el Refugio.
Pero te arrancaron de allí antes de que pudiera encontrarte.
La voz, Kingston, tenía una cualidad extraña.
Era firme, pero desgastada, como un acero muy viejo y usado.
Y aunque llegaba a través de la inmensidad corrupta del Infierno, sentí una chispa de calidez genuina en ella, o al menos de un propósito que no era malicioso.
—¿Cómo… cómo me hablas?
—pregunté mentalmente, concentrándome en formar las palabras en mi cabeza.
—Tu luz, incluso apagada por la piedra negra, es una baliza.
Y el Infierno, por su misma naturaleza de caos y oposición, crea… intersticios.
Pequeñas grietas en su propia arrogancia.
He encontrado una.
Pero es tenue.
Inestable.
No puedo sostenerla por mucho tiempo.
El sentido de urgencia en su tono era palpable.
—Debes decirme, Alana.
Debes concentrarte y transmitirme una imagen, una sensación, cualquier cosa.
¿Dónde estás exactamente?
¿Qué ves, qué sientes, qué oyes?
Necesito un ancla en tu ubicación para poder localizarte en este laberinto de desesperación.
Miré a mi alrededor en la oscuridad, sintiéndome más inútil que nunca.
¿Qué podía decirle?
¿Oscuridad?
¿Frío?
—Estoy en una torre —empecé, proyectando mis pensamientos con todas mis fuerzas—.
Es de obsidiana negra, brillante.
Por dentro está oscuro, completamente.
No hay luz.
Pero… pero la piedra late.
Como un corazón.Es lento, pesado, enfermizo.
Y afuera… escucho muchas tormentas.Y un coro… un coro de lamentos.
Hice una pausa, tratando de capturar más.
El ardor en mi pecho palpitó.
—El aire…huele a azufre y a algo podrido, dulce.
Y pesa.
Aquí todo pesa.
Y… hay un demonio.
Se llama Silas.
Es( hermoso,)— pensé negué con la cabeza —Él me trajo aquí.
Dijo que… que alguien llamado Arda me quiere.
Al mencionar ese nombre, sentí un temblor distintivo a través del tenue vínculo mental, como si la sola palabra “Arda” fuera un golpe físico para Kingston.
—Arda… Su voz se volvió un susurro cargado de un odio y un temor tan antiguos como las piedras—.
Eso cambia todo.
Escúchame bien, Alana.
No intentes usar tu poder a ciegas.
Él espera eso.
Espera que te consumas en el conflicto interno y te vuelvas dócil.
Debes… equilibrar la fuerza.
No empujes con la luz o con la sombra.
Siente la tensión entre ambas.
El punto exacto donde se encuentran y se rechazan.
Ese punto de presión… es una llave.
Sus palabras resonaban con las de mi doble.
Busca el conflicto.
—¿Y cómo hago eso?—supliqué, la desesperación regresando—.
¡No sé cómo!
—Enfócate en el latido de la torre.
No lo rechaces.
Déjalo entrar.
Y al mismo tiempo, enfócate en tu propio latido, en el ardor de tu pecho.
No los fundas.
Mantén los dos ritmos separados pero presentes.
Como dos tambores en guerra.
La discordia misma… es poder aquí.
Su voz comenzó a desvanecerse, a hacerse distante, como si la grieta por la que hablaba se estuviera cerrando.
—No tengo mucho más tiempo.
Haré lo que pueda para encontrarte.
Mientras tanto… haz lo que haces mejor, Alana.
Observa.
Escucha.
Aprende de este lugar.
Tu sangre lleva su eco.
Úsalo para sobrevivir, no para luchar… aún.
Kingston… fuera.
Y así como llegó, la presencia mental se desvaneció, dejándome sola otra vez, pero con un nombre nuevo grabado junto a las advertencias: Kingston.
Y con una instrucción más clara, aunque no menos desconcertante: encontrar el punto de presión entre mi caos interno y el caos del Infierno.
Me deslicé de nuevo al suelo, el frío de la piedra atravesándome la ropa.
Ya no estaba completamente a ciegas.
Tenía un aliado, o al menos un contacto, en alguna parte.
Y tenía una pista sobre mi poder.
No se trataba de elegir un lado.
Se trataba de sostener la guerra.
🪽 No hubo ruido de pasos.
Simplemente, la oscuridad frente a mí se condenso y Silas materializó su figura elegante, como si hubiera caminado desde una sombra más profunda.
Su traje gris perla parecía inmaculado, una burla a la suciedad y el polvo del lugar.
En la oscuridad, sus ojos dorados brillaban como dos lunas llenas y maliciosas.
—Vaya, vaya —dijo su voz suave, melodiosa, llena de una falsa condolencia—.
La pequeña raíz, sentada en la oscuridad.
¿Aburrida ya?
No es el entretenimiento más glamoroso, lo admito.
Pero pronto tendrás compañía más… estimulante.
Se paseó por el pequeño espacio, sus ojos escudriñándome con curiosidad clínica, como un coleccionista examinando una adquisición frágil.
—Es fascinante,¿sabes?
La forma en que tu esencia brilla incluso aquí.
Como una luciérnaga en un pantano de alquitrán.
Deliciosamente patética.
Intenté no mostrar el miedo que sus palabras provocaban.
Me limité a mirarlo, manteniendo mi expresión lo más neutra posible.
Fue entonces cuando él se detuvo.
Su nariz, fina y perfecta, se frunció levemente.
Aspiró el aire de la celda, un gesto casi imperceptible.
Y de repente, su expresión de burla despreocupada se desvaneció.
Fue reemplazada por una mueca de asco genuino y profundo, como si hubiera olido algo podrido en medio de un banquete.
—¿Qué es esto?
—murmuró, sus ojos dorados escudriñando la oscuridad con una intensidad nueva—.
Este… regusto en el aire.
A polvo de pergamino viejo.
A tinta de sangre seca.
A un juramento rancio.
Giró hacia mí de golpe, su elegancia convertida en una alerta felina.
—¿Has tenido visitas, querida?
¿Alguna polilla bibliotecaria perdida que se atrevió a rozar mi propiedad?
Mi corazón se aceleró.
No dije nada.
Silas rió, un sonido seco y sin humor.
—¡Un Guardador!¡Por supuesto!
Esa casta de ratas moralistas y susurrantes.
No pueden evitar husmear donde no los llaman.
—Escupió las palabras con un desprecio visceral—.
Creen que por recoger migajas de historias viejas tienen algún derecho sobre el flujo de las cosas.
Son nostálgicos.
Y la nostalgia es una enfermedad en un universo que solo entiende el poder y el ahora.
Se acercó a mí, y por primera vez, no vi solo burla en sus ojos.
Vi irritación.
—Me temo que este apartamento ya no es seguro.Tu… admirador podría intentar algo tedioso.
Arda preferiría recibirte sin interferencias.
Extendió su mano enguantada, no con sombra esta vez, sino de manera directa.
—Levántate.Tenemos que mudarnos a un piso más alto.
Con mejores vistas.
Y cerrojos más fuertes.
Esta era mi oportunidad.
Salir de esta oscuridad absoluta.
Tal vez ver algo, aprender algo, como Kingston había dicho.
—¿Y si me niego?—dije, desafiante, aunque mi voz temblaba.
Silas sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos dorados.
—Oh,no lo harás.
Porque aunque sea un sádico, soy un sádico cortés.
Puedo llevarte de la mano, o puedo hacer que esa sombra que te sujetó antes se enrolle alrededor de tu cuello y te arrastre.
La elección es tuya, pero ambas conducen al mismo lugar.
Yo prefiero la estética de la primera opción.
Es menos… desordenada.
Había una amenaza real en su suavidad.
Una promesa de dolor si me resistía.
Con un nudo en la garganta, tomé su mano.
El guante de cuero estaba frío y suave.
No apretó con fuerza; su agarre era firme, casi delicado, como si realmente estuviera ayudando a una dama a levantarse.
La contradicción era aterradora.
—Muy bien —dijo, satisfecho, ayudándome a ponerme de pie con un tirón suave pero inexorable—.
Vamos.
Y no intentes nada gracioso.
Aunque me encantaría tener una excusa para mostrarte lo creativo que puedo ser con el dolor, Arda desea que llegues… entera.
O al menos, reconocible.
Me guió hacia la pared.
Bajo su otra mano, la obsidiana pareció licuarse momentáneamente, formando un arco oscuro que conducía a un pasillo iluminado por el mismo tenue resplandor rojizo de fuera.
Antes de cruzar, se volvió hacia mí, su rostro cerca del mío.
—Y por cierto —susurró, su aliento olía a canela y ceniza—, si ese Guardador ratón vuelve a susurrarte al oído… hazme un favor.
Dile que Silas de la Cuarta Esfera manda sus saludos.
Y que la próxima vez que se asome por aquí, le arrancaré la lengua con la que pronuncia sus juramentos y se la enviaré a su polvoriento archivo.
Con esa última muestra de sádica caballerosidad, me hizo cruzar el umbral, adentrándonos en las entrañas más profundas de la torre, alejándome de la oscuridad de mi celda y llevándome, con una cortesía aterradora, más cerca de mi destino con Arda.
Silas me guiaba por un pasillo ascendente tallado en la misma obsidiana viva.
El resplandor rojizo provenía de vetas incandescentes que serpenteaban por las paredes, como venas de un cuerpo enfermo.
Su paso era silencioso, elegante, el mío torpe y resonante.
El peso del Infierno seguía allí, pero el movimiento y el cambio de escena disipaban un poco la sensación de sepultura.
Lo observé de reojo mientras ascendíamos.
Su belleza era perturbadora porque era completa y fría.
Cada rasgo estaba esculpido con una precisión que no dejaba lugar al azar o a la imperfección humana.
La línea de su mandíbula, la curva de sus pómulos, la forma de sus manos enguantadas… todo hablaba de una estética deliberada y milenaria.
No era atractivo de una manera que provocara calor, sino de una manera que inspiraba una admiración helada, como observar una espada exquisitamente forjada, sabiendo que su único propósito es matar.
Necesitaba información.
Cualquier cosa.
Y su vanidad, disfrazada de cortesía, parecía una posible entrada.
—¿La Cuarta Esfera?
—pregunté, tratando de que mi voz sonara más a curiosidad que a miedo—.
Eso es… donde vives?
Silas lanzó un suspiro leve, de aburrimiento, como si le hubiera preguntado la hora.
—Es donde reinó, querida.
O, más exactamente, donde ejerzo mi… influencia.
El Infierno no es un pozo amorfo, ¿sabes?
Tiene geografía.
Jerarquía.
Las Esferas son anillos concéntricos de… especialización en el tormento.
La Cuarta es la Esfera de la Frialdad Calculada.
Donde el dolor no es un arrebato de furia, sino una ecuación perfecta.
Donde la desesperación no grita, sino que se congela en la garganta como un diamante de hielo.
Mucho más elegante que el desorden sangriento de las esferas inferiores.
Hablaba con la displicencia de un gourmet describiendo regiones vinícolas.
—¿Y tú…la gobiernas?
—insistí, tratando de mantenerlo hablando.
—Gobernar es una palabra muy terrenal, muy desordenada —respondió, sin mirarme, sus ojos dorados escaneando el pasillo—.
Yo… orquesto.
Soy el compositor y el director.
Los gritos son mi música, el miedo mi paleta.
Arda, por supuesto, está en una Esfera superior.
Su arte es más… conceptual.
El nombre de Arda hizo que un escalofrío me recorriera la espina dorsal.
Silas lo notó, y una sonrisa jugueteó en sus labios.
—Ah,sí.
Tu anfitrión final.
Comparado con él, yo soy un mero… artesano.
Él es el arquitecto.
Cambié de táctica.
—¿Y todos son como tú?¿Con… esta forma?
Esta vez, me miró, un destello de divertido desdén en sus ojos.
—¿Te gusta esta forma?Es práctica.
Atrae a las presas, confunde a los enemigos.
Los humanos son tan predecibles ante la belleza.
Pero no, claro que no.
Esta es solo una de las muchas caretas.
En mi reino, puedo ser una tormenta de cuchillas de hielo, una canción que congela el alma, o simplemente la ausencia de toda esperanza en una habitación.
La forma es un accesorio.
La esencia es lo que importa.
Y la mía es el frío que precede a la ruptura final.
Su descripción era poética y horripilante.
Avanzamos en silencio unos pasos más.
—¿Y los Guardadores…?—me arriesgué—.
¿Por qué los odias tanto?
El aburrimiento en su rostro se transformó en un rápido destello de ira genuina, como una chispa en un lago helado.
—Porque son hipócritas.
Se aferran a un orden que ya no existe.
Creen que hay algo que salvar, algo que recordar que tenga valor.
En un universo de caos y cambio, ellos veneran las reliquias.
Son los sepultureros de ideas muertas.
Y su olor… —hizo otra mueca de asco—, a tinta y polvo y viejos juramentos… contamina la pureza de la descomposición.
Llegamos a un rellano.
Frente a nosotros había una puerta alta y estrecha, hecha de un metal oscuro y bruñido, cubierta de runas que parecían moverse si las mirabas fijamente.
—Aquí estamos—anunció Silas, soltando mi brazo con la misma delicadeza con la que lo había tomado—.
Tu suite.
Con vistas al abismo.
Un poco más tranquila.
Y, lo más importante, blindada contra susurros de roedores bibliotecarios.
Abrió la puerta sin tocarla; cedió con un susurro.
La habitación dentro era circular, más grande que la celda, con una ventana alta y angosta que no mostraba un paisaje, sino un torbellino de nubes de tormenta púrpura y negra, iluminadas por relámpagos silenciosos.
El mobiliario era escaso y de líneas severas: una plataforma de piedra que servía de cama, un banco bajo.
Pero era más espacio.
Aire (envenenado) que no compartía.
—Descansa —dijo Silas, posándose en el umbral—.
Arda vendrá cuando esté listo.
Intenta no aburrirte hasta entonces.
O sí.
La desesperación por el aburrimiento también tiene su encanto.
Iba a cerrar la puerta cuando me volví hacia él, una última pregunta quemándome la lengua.
—Silas…¿por qué?
¿Por qué hacer esto por una… recompensa?
¿No tienes poder suficiente?
Él se detuvo.
Por un instante, la máscara del dandi aburrido se cayó, y vi algo antiguo, hambriento y eternamente insatisfecho en la profundidad de sus ojos dorados.
—El poder,Alana, nunca es suficiente.
Solo es… la dirección en la que siempre te mueves.
Y la recompensa que Arda ofrece… —una sombra de algo que podría haber sido avaricia, o incluso temor, cruzó su rostro—, es una dirección que vale la pena explorar.
Incluso para un compositor como yo.
La puerta se cerró con un golpe seco y final, hallándome en mi nueva prisión, pero dejándome con algo más valioso que el espacio: fragmentos de un mapa del enemigo.
La geografía del Infierno, su jerarquía, y el ansia insaciable que movía incluso a un ser como Silas.
Información que, tal vez, podría usar.
Cuando aprendiera a manejar la guerra dentro de mí.
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