NEPHELIM - Capítulo 12
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12: Capítulo 11 12: Capítulo 11 Había perdido la cuenta de cuántas horas habían pasado desde que Silas me encerró en esta nueva celda, con su vista al torbellino de tormentas silenciosas.
Ya no estaba acostada en la plataforma de piedra, paralizada por el miedo.
Ahora estaba sentada en el borde, la espalda recta, los ojos cerrados, escuchando.
El coro de los condenados, que antes me desgarraba el cráneo, se había transformado.
Ya no era una cacofonía incomprensible.
Si me concentraba lo suficiente, podía discernir patrones.
Oleadas de desesperación que subían y bajaban, como la respiración de una bestia dormida.
El rugido de las tormentas de azufre tenía una cadencia, una serie de explosiones seguidas de largos suspiros de viento cargado de ceniza.
Hasta el goteo del líquido corrosivo en algún conducto lejano había encontrado su ritmo en mi percepción.
Mi mente, mi cuerpo, se estaban adaptando.
Aparentemente Acalambrando los sentidos sobrenaturales para no quedar incapacitada por ellos.
El Infierno ya no era solo un ataque constante ya no ahora era un entorno.
Hostil, letal, pero un entorno al fin.
“Siente la tensión entre ambas.
El punto exacto donde se encuentran y se rechazan.
Ese punto de presión… es una llave.” Respiré hondo, el aire quemándome los pulmones, y centré mi atención hacia adentro.
Allí estaba, como siempre: el núcleo de ardor en mi esternón.
Pero ahora podía sentirlo con más claridad.
No era un bloque homogéneo.
Era una colisión constante.
Por un lado, una corriente de calor dorado, vibrante, que anhelaba expandirse, sanar, ordenar.
Por otro, una marea de fría oscuridad, densa, que quería contraerse, consumir, disolver.
Se repelían, se entrelazaban, en una guerra eterna que era el motor de mi propia existencia.
Mi primer intento fue torpe.
Me concentré sólo en la luz, tratando de forzarla hacia mis manos, como había hecho antes.
Un brillo dorado débil parpadeó en mis palmas, pero se apagó casi al instante, ahogado por la sombra interna que se retraía ofendida.
Fracaso.
El segundo intento fue al revés.
Me dejé llevar por la fría oscuridad, imaginándola como un manto que podía extenderse.
Un hormigueo helado recorrió mis brazos, y las marcas de sombra en mis venas se hicieron más prominentes, pero una oleada de náusea y una sensación de vacío tan profunda que casi me desmayo me obligaron a retroceder.
Fracaso.
Respiré, frustrada.
No se trataba de elegir un lado.
Kingston lo había dicho.
Era la tensión.
En el tercer intento, cerré los ojos y simplemente observé el conflicto.
No traté de dirigirlo.
Sólo sentí el empuje del calor dorado y la atracción del frío oscuro.
Como dos imanes del mismo polo, forcejeando.
Sentí el punto exacto, la línea de fricción invisible entre ellos, una frontera cargada de energía pura y contradictoria.
Era incómoda, era violenta, era como tener un terremoto contenido en el pecho.
Con un esfuerzo que me hizo sudar frío, intenté sostener ese punto de presión.
No dejar que un lado ganara, sino mantener el forcejeo en un equilibrio perfecto y agonizante.
Algo cambió.
Un zumbido nuevo, interno, se unió al latido de la torre.
Mis venas brillaron con un fulgor intermitente donde la luz y la sombra se encontraban.
Levanté una mano temblorosa, no hacia la puerta maciza, sino hacia la ventana angosta.
No quería derribar nada; solo quería… tocar esa tensión, proyectarla.
No sucedió nada al principio.
Solo el temblor en mi brazo y la agonía del equilibrio interno.
Luego, un crack.
Fue un sonido seco, cristalino, minúsculo, pero atronador en el silencio habitado de mi celda.
En el centro del cristal (o lo que fuera esa sustancia) de la ventana, una fina grieta negra apareció, como un relámpago congelado.
No se extendió, no hizo que la ventana se rompiera.
Simplemente estaba allí.
Una marca.
Mi marca.
Dejé caer la mano, jadeando, el equilibrio interno colapsando en una oleada de fatiga extrema.
Me tambaleé y tuve que apoyarme contra la pared.
Pero una sonrisa, la primera en lo que sentía como una eternidad, se dibujó en mis labios secos.
No había sido un truco de luz.
Había sido yo.
Había tomado la guerra en mi pecho y la había dirigido, torpemente, a duras penas, pero la había dirigido.
Y había dejado una cicatriz en el propio Infierno.
Me deslicé de nuevo hasta sentarme en la plataforma, observando la grieta en la ventana.
La fatiga era profunda, pero había una claridad nueva en mi mente.
Y con ella, vino una observación inquietante.
A pesar del miedo, de la amenaza de Arda, de la crueldad de Silas, de la opresión absoluta de este lugar… en estos momentos de silencio entre intentos, cuando solo escuchaba el ritmo del abismo, me sentía en paz.
No era una paz tranquila.
Era una paz ósea, profunda, como el silencio que hay en el centro de un huracán.
Era el reconocimiento de que una parte de mí, la parte que había heredado del caos, de la sombra, del grito primigenio… esa parte estaba en casa.
No aprobaba este lugar, no lo amaba, pero lo entendía a un nivel celular.
El Infierno no me era completamente ajeno.
Y esa revelación era tan aterradora como liberadora.
Mi parte demoníaca no era solo una maldición que me daba pesadillas y atraía espíritus.
Era un ancla.
Un pedazo de mí que no se ahogaba aquí, sino que se ajustaba, se adaptaba, encontraba un ritmo en la disonancia.
Era la razón por la que podía escuchar sin enloquecer, por la que podía sentir el punto de presión en mi poder.
Era un arma de doble filo.
Me hacía vulnerable a la seducción de este lugar, a la llamada de la oscuridad.
Pero también, quizás, me daba la fuerza para resistirlo.
Para usar su propio lenguaje en su contra.
Me recosté en la piedra fría, mirando la grieta negra en la ventana, el tenue resplandor de mis venas ya apagándose.
Arda podía venir cuando quisiera.
Silas podía burlarse y amenazar.
Pero ya no era solo la presa que habían capturado.
La fatiga era un manto pesado, pero la victoria minúscula de la grieta en la ventana mantenía mi mente alerta, revolviéndose en una extraña mezcla de agotamiento y euforia.
Estaba tan absorta en observar mi pequeño acto de rebeldía congelado en el cristal, que no sentí el cambio en el aire.
No hubo sonido.
Solo una repentina densidad a mis espaldas, un frío diferente al ambiente, más personal, más…
afilado.
—Vaya —dijo la voz, suave como la seda y justo detrás de mi oreja derecha—.
¿Eso es todo lo que puedes hacer, pequeña chispa?
Un arañazo en el cristal.
Me esperaba…
más fuegos artificiales.
Me di la vuelta sobresaltada, casi perdiendo el equilibrio.
Silas estaba allí, de pie en medio de la habitación como si siempre hubiera pertenecido a ese espacio.
No había oído abrirse la puerta.
Simplemente estaba.
Sus ojos dorados estaban fijos en la grieta de la ventana, y en sus labios jugueteaba una sonrisa burlona, pero sus ojos…
sus ojos evaluaban.
Con interés renovado.
El calor subió a mis mejillas de inmediato, una reacción estúpida e involuntaria.
Me sonrojaba no por timidez, sino por una mezcla de rabia, vergüenza y esa maldita fascinación que su presencia despertaba.
Él lo notó, por supuesto.
Su sonrisa se ensanchó un milímetro.
—¿Qué quieres?
—logré espetar, deseando que mi voz no sonara tan quebrada—.
¿Viniste a burlarte de mi…
fuegos artificiales?
—Oh, siempre —respondió, con un tono ligero—.
Es uno de mis pasatiempos favoritos.
Pero hoy, en realidad, vine por negocios.
Se acercó un paso, y el aire a su alrededor pareció volverse más frío y quieto.
—Levántate.Nos vamos.
—¿Me vas a llevar con Arda?
—pregunté, conteniendo la oleada de pánico.
No estaba lista.
No lo estaría nunca.
La sonrisa de Silas se desvaneció.
No lentamente, sino de golpe, como si un interruptor se hubiera apagado.
Su expresión se volvió plana, seria, impenetrable.
La máscara del dandi burlón desapareció, dejando al descubierto al ser antiguo y peligroso que habitaba debajo.
—Los planes han cambiado—dijo, y su voz ya no tenía ese deje cantarín.
Era clara, directa, y gélida.
—¿Qué planes?
¿Qué está pasando?
—insistí, levantándome de la plataforma, desafiante a pesar del temblor en mis rodillas.
Él no respondió a mi pregunta.
En lugar de eso, sus ojos dorados escanearon mi cuerpo de arriba abajo, como si verificara algo.
Luego, clavó su mirada en la mía.
No había burla, ni coqueteo sádico, ni siquiera esa curiosidad de coleccionista.
Había urgencia.
—No es momento de preguntas.Es momento de moverte.
Ahora.
La orden fue tan cortante, tan cargada de una autoridad que no admitía réplica, que por un segundo obedecí por instinto, dando un paso hacia él.
Luego me detuve.
—¿Por qué?¿De qué huimos?
—El cambio en él era tan radical que solo podía significar una cosa: peligro.
Un peligro que incluso un señor de la Cuarta Esfera temía.
Silas cerró la distancia restante en un movimiento fluido.
Su mano enguantada se cerró alrededor de mi brazo, no con la delicadeza de antes, sino con una firmeza que prometía magulladuras.
—a lo que huimos o no,no es asunto tuyo —susurró, su rostro a centímetros del mío.
Su aliento a canela y ceniza era un fantasma en el aire viciado—.
Tu asunto es sobrevivir los próximos minutos.
Y para eso, por ahora, me necesitas.
Así que deja de cuestionar y muévete.
Sin ceremonias, me giró y me empujó hacia la puerta, que ahora estaba abierta de par en par, mostrando el pasillo oscuro e iluminado por vetas rojas.
No había tiempo para más preguntas, para más intentos de poder.
Solo la mano de hielo de Silas en mi brazo, su repentina seriedad aterradora, y la certeza de que algo, o alguien, había alterado el juego.
Y que, por razones que solo él conocía, había decidido llevarme consigo
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