NEPHELIM - Capítulo 13
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13: Capítulo 12 13: Capítulo 12 Silas no me arrastró; fue peor.
Me condujo con una eficiencia aterradora a través de las entrañas de la torre, su agarre de hierro en mi brazo dejando claro que cualquier resistencia sería inútil y costosa en tiempo que no teníamos.
Salimos de mi celda y, en lugar de subir por la rampa ascendente por la que habíamos venido, él giró bruscamente a la derecha, hacia un pasaje más estrecho y menos iluminado que yo no había visto antes.
La arquitectura aquí era más orgánica, más brutal.
Parecía el sistema circulatorio de la bestia de piedra, con paredes que se curvaban y constreñían, salpicadas de formaciones cristalinas negras que crepitaban con energía estática.
Pasamos por una sala circular cuyo techo era una cúpula de estalactitas que goteaban ese mismo líquido corrosivo en pequeños estanques humeantes tallados en el suelo.
El aire olía a ácido y a carne quemada.
No había mobiliario, solo pilares retorcidos que parecían columnas vertebrales petrificadas.
Luego, una galería larga con nichos a ambos lados.
En cada nicho, congeladas en actitudes de agonía o éxtasis perverso, había figuras de un material similar al vidrio negro.
No eran estatuas.
Eran almas o sus ecos, atrapadas y exhibidas como trofeos.
Sus contornos se retorcían lentamente, imperceptiblemente, dentro de su prisión transparente.
Silas pasó por delante sin mirarlas, pero yo sentí el zumbido de su desesperación silenciosa amplificándose en mis sentidos, un coro ahogado que me hizo estremecer.
—¿Adónde…?
—empecé a preguntar, sin aliento por el ritmo que llevaba.
—Calla —cortó él, sin mirarme.
Su voz era un látigo de hielo—.
Si quieres respirar el próximo minuto, guarda tus preguntas y no te separes de mí.
Doblamos por un arco bajo que daba a una especie de cripta.
Aquí, el suelo estaba cubierto de un polvo blanquecino y fino que resultó ser ceniza fría, y en el centro había un enorme yunque de un metal oscuro e iridiscente, marcado por golpes antiguos.
El aire olía a hierro forjado y a tormenta.
Era un taller, pero no para forjar armas de metal, sino… ¿para qué?
No hubo tiempo de preguntar.
Silas se dirigió a la pared del fondo, que parecía lisa y sólida.
Colocó la palma de su mano enguantada sobre una mancha irregular de la roca.
Por un instante, sus ojos dorados brillaron con intensidad, y un patrón de runas negras y humeantes se encendió bajo su tacto, dibujando un arco en la piedra.
Con un crujido sordo, un segmento de la pared cedió hacia adentro, revelando una oscuridad aún más profunda y un aire que olía a tierra vieja y a humedad salada.
Un pasadizo secreto.
Me empujó a través de él.
La puerta de piedra se cerró a nuestras espaldas con un golpe final, sumiéndonos en una negrura casi total, solo rota por el tenue brillo de las vetas rojas que ahora serpenteaban por el techo bajo de este nuevo túnel, como venas expuestas.
El silencio aquí era distinto.
Más aislado.
El latido de la torre se sentía amortiguado, distante.
Solo se oía el sonido de nuestra respiración (la mía, entrecortada; la suya, imperceptible) y el leve crujido de la ceniza y la grava bajo nuestros pies.
La presión de su mano en mi brazo disminuyó un poco, pero no la soltó.
Era la única cosa que me orientaba en la oscuridad.
No pude contenerme más.
—¿Qué está pasando,Silas?
—mi voz sonó demasiado alta en el confinamiento del túnel—.
¿Por qué esto?
¿Por qué este… escondite?
Ibas a entregarme a Arda.
¿Qué cambió?
Caminó en silencio unos pasos más.
Podía sentir la tensión en su cuerpo, una alerta felina que no se relajaba ni por un segundo.
—Lo que cambió—dijo al fin, su voz baja pero clara en la oscuridad— es que la oferta de Arda ha sido… superada por los riesgos de mantenerte aquí.
Alguien está haciendo movimientos en el tablero.
Movimientos que no me gustan.
—¿Kingston?
—pregunté con esperanza.
Una risa seca y breve.
—No.El Guardador es un ratón que husmea.
Esto es… un león que ruge en la puerta.
—Hizo una pausa, y cuando volvió a hablar, había un deje de algo que podía ser frustración, o incluso un rastro minúsculo de… ¿preocupación?—.
Arda no es el único poder en este Infierno.
Y cuando las grandes bestias se pelean, los que estamos en medio tendemos a ser aplastados.
Yo prefiero no ser aplastado hoy.
Me detuvo, y en la penumbra rojiza, pude ver que sus ojos dorados me miraban con intensidad.
—Así que,por el momento, tu valor como recompensa ha sido eclipsado por tu valor como… ficha de negociación.
O como escudo.
Así que calla, sigue caminando, y reza para que mi cálculo sea correcto.
Porque si no lo es, lo que Arda te hubiera hecho parecerá un masaje comparado con lo que nos espera.
No dio más explicaciones.
Reanudó la marcha, tirándome de él, adentrándonos más en las tripas secretas del Infierno.
Las preguntas ardían en mi mente, pero su advertencia resonaba en mis oídos.
Alguien más poderoso que Arda se movía.
Y Silas, el sádico caballero, el señor de la Frialdad Calculada, estaba… escondiéndose.
Y por alguna razón retorcida, me llevaba con él.
El pasadizo secreto parecía no tener fin, serpenteando y descendiendo como las entrañas de un gusano de piedra.
El aire se volvió más denso, más cargado con el olor a sal y roca pulverizada.
El brillo rojizo de las vetas era nuestra única guía, pintando sombras danzantes y alargadas en las paredes irregulares.
Me detuve en seco, un escalofrío de horror puro recorriéndome la columna.
Mis sentidos amplificados, ya ajustados al lamento del Infierno, se dispararon con este nuevo estímulo.
El sonido no solo se oía; se sentía como un enjambre de agujas heladas pinchando la piel.
Al principio, fue un leve crepitar, como el de miles de patas de insecto sobre cristal, pero amortiguado por la piedra.
Luego, se intensificó, convirtiéndose en un zumbido agudo y discordante que parecía vibrar directamente en mis molares.tenía una cualidad metálica y vacía, como si el sonido mismo estuviera hambriento.
Cada nota alta estaba seguida por un chirrido áspero, como uñas de metal arañando una pizarra infinita.
—¿Qué…qué es eso?
—jadeé, aferrándome al brazo de Silas sin darme cuenta.
Él también se había detenido, su cuerpo rígido, escuchando.
Su expresión, a la luz espectral, estaba tensa, sus ojos dorados escudriñando la oscuridad detrás de nosotros.
—Los Ahuizotl —dijo el nombre con un desprecio mezclado con una cautela que nunca le había visto—.
Rastreadores del Vacío.
No son demonios, no exactamente.
Son… creaciones.
Pura avidez hecha forma y sonido.
Arda no los controla.
Son de Argo.
—¿Son… lo de lo que escapamos?
—pregunté, mi voz apenas un susurro sobre el creciente zumbido que parecía acercarse, rodearnos desde las paredes mismas.
—Sí —confirmó Silas, su voz perdía su habitual tono burlón—.
Son sus ojos y oídos.
Y su boca, si te alcanzan.
No matan.
Vacían.
Dejan cáscaras que ni siquiera el Infierno reclama.
—Me miró, y por primera vez, vi algo que podía ser un destello de urgencia genuina, no teatral—.
Y ese sonido significa que Argo sabe que estás aquí.
Y que no le gusta que Arda te tenga.
O que yo te haya movido.
El zumbido se volvió más intenso, más direccional.
Ya no estaba en todas partes; venía del pasadizo que acabábamos de dejar, acercándose con una velocidad aterradora.
El chirrido de las “uñas” arañando la piedra era ahora claramente audible, multiplicándose.
—¡Corre!
—ordenó Silas, y esta vez no hubo cortesía, ni sádica diversión.
Fue un grito de mando.
Me soltó el brazo y empujó mi espalda, lanzándome hacia adelante.
Corrimos.
El pasadizo se estrechaba, el techo bajaba, obligándonos a agacharnos.
El zumbido de los Ahuizotl era una nube de sonido a nuestras espaldas, un enjambre de avidez pura que resonaba en cada partícula del aire.
De repente, Silas se desvió hacia un costado, donde la pared parecía una simple acumulación de rocas caídas.
Con un movimiento rápido, apartó una roca más grande de lo que parecía, revelando una grieta apenas más ancha que nuestros hombros.
—¡Adentro!¡Ya!
Me coló por la abertura sin miramientos.
Yo me deslicé al otro lado, cayendo sobre un suelo de arena fría.
Silas pasó justo detrás de mí, y con un gesto de su mano, la roca que había movido se deslizó de vuelta a su lugar, sellando la entrada con un ruido sordo.
La oscuridad fue instantánea y total.
El zumbido ensordecedor de los Ahuizotl se convirtió en un rumor lejano y apagado, como si los hubiéramos dejado en otro mundo.
Solo se oía nuestro jadeo, el mío desesperado, el suyo controlado pero presente.
Mis ojos tardaron unos segundos en ajustarse a la ausencia de luz.
No había vetas rojas aquí.
Pero había un brillo tenue, bioluminiscente, que emanaba de unas setas pálidas y gigantes que crecían en las paredes de lo que parecía una caverna subterránea.
El aire era frío y olía a agua estancada y a hongos.
Silas se apoyó contra la pared sellada, escuchando.
El zumbido no regresó.
Parecía que los Ahuizotl no habían encontrado la grieta, o no podían pasar por ella.
Él exhaló lentamente, un sonido que en él parecía equivalente a un suspiro de alivio humano.
—Por ahora—murmuró, más para sí mismo que para mí—, estamos a salvo.
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