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NEPHELIM - Capítulo 14

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14: Capítulo 13 14: Capítulo 13 En la luz fantasmagórica de los hongos, lo miré.

Su impecable traje gris perla estaba manchado de polvo y de una sustancia oscura y resbaladiza.

Su cabello perfecto estaba desordenado.

Había huido.

Había corrido.

Había mostrado miedo.

Y me había salvado, no de él, sino de algo peor.

La tensión en la cueva era tan espesa como la oscuridad que la envolvía, solo rota por el tenue brillo de los hongos fantasmales.

El zumbido de los Ahuizotl había desaparecido, pero su eco aún resonaba en mis oídos y en el silencio cargado entre nosotros.

Pasaron minutos, quizás más, en los que solo escuchamos nuestra respiración y el goteo lejano de agua en alguna parte de la caverna.

Finalmente, no pude soportar la incertidumbre.

—Si no me vas a entregar a Arda, y tampoco me llevas con ese… Argo… —dije, rompiendo el silencio, mi voz temblorosa pero llena de una frustración hirviente—.

¿Qué quieres de mí?

¿Qué vas a hacer conmigo?

¿Por qué no me… devuelves?

A la Grieta, al Refugio.

Allí estaría a salvo.

Silas, que estaba recostado contra la pared opuesta, limpiando una mancha de lodo de su guante con fastidio, levantó la vista lentamente.

Sus ojos dorados capturaron la débil luz de los hongos.

—¿A salvo?—replicó, con una suavidad que destilaba condescendencia—.

No hay un solo rincón de la creación donde estarías a salvo.

Todos te quieren para su beneficio.

La única diferencia es el envoltorio de la mentira que usan.

La rabia, una rabia frustrada y asustada, comenzó a hervir dentro de mí, más caliente y urgente que antes.

Sentí el familiar ardor en el pecho, pero esta vez iba acompañado de una oleada de indignación pura.

—¡Es lo mismo que estás haciendo tú!—le espeté, levantándome de un salto.

Un brillo dorado, tenue pero perceptible, comenzó a latir a lo largo de las venas de mis antebrazos, visible incluso en la penumbra—.

¡Me quieres para obtener tu recompensa!

¡No eres diferente!

Silas observó el brillo de mis venas, y en lugar de alarmarse, una ceja se arqueó con interés burlón.

—Ah,pero ahí está la belleza —dijo, ignorando mi acusación—.

Yo no ando diciendo mentiras.

Soy un comerciante, no un filántropo.

Mi honestidad es quizás el trato más limpio que obtendrás.

Y mira, incluso te hago brillar de ira.

Qué encantador.

Su cinismo, su absoluta falta de remordimiento, fue la chispa.

La indignación estalló.

El brillo dorado en mis venas se intensificó de golpe, tornándose más radiante, más caliente, iluminando la piel de mis brazos con un patorno de luz que latía al ritmo de mi corazón acelerado.

No lo controlaba; era una reacción pura, física, a mi furia.

—¡Eres un monstruo despreciable!

—grité, y mi voz hizo eco en la caverna.

Un par de líneas oscuras, como tinta derramada, se mezclaron con el dorado en mis venas, creando un contraste inquietante de luz y sombra bajo mi piel.

—¡Gracias!

—respondió él con falso entusiasmo, empujándose de la pared y acercándose un paso, fascinado por el espectáculo—.

Es un cumplido, viniendo de una linterna temperamental como tú.

¿Ves?

Hasta en tu rabia eres predecible.

Se te encienden las luces.

—¡Cállate!

—rugí, sintiendo cómo la energía conflictiva dentro de mí se agitaba, respondiendo a mi pérdida de control.

El fulgor era ahora constante, un mapa luminoso de mi ira recorriendo mis brazos y subiendo por mi cuello.— ¿Y ahora qué?

¿Nos quedamos aquí para siempre, alimentándonos de hongos mientras te burlas?

—Eso suena terriblemente aburrido —replicó, sin apartar los ojos de mis brazos brillantes—.

Y a mí no me pagan por aburrirme.

Estamos esperando.

Pero por favor, sigue así.

Esta es la iluminación más interesante que he tenido en una cueva en siglos.

—¿Esperando qué?

¿A que alguien más venga a recoger tu… tu paquete defectuoso?

—escupí, y al decir “defectuoso”, una pequeña chispa dorada saltó de la punta de mi dedo índice, chisporroteando contra el suelo de arena antes de apagarse.

Ambos miramos el punto donde se había extinguido.

El sarcasmo de Silas se desvaneció por un instante, reemplazado por una evaluación fría.

—Esperando a que el polvo se asiente—dijo, su voz perdiendo el tono burlón—.

Y mientras tanto, podrías intentar controlar ese interruptor de luz interior.

Los Ahuizotl no son los únicos que pueden sentir una fuga de energía.

Y ahora mismo, eres un faro parpadeante de rabia nephelim.

Apágalo.

Su orden, tan directa y carente de su habitual juego, me sacó de mi arranque.

Miré mis brazos.

La luz dorada y las sombras se estaban apagando lentamente, dejando solo un leve resplandor residual, como brasas enfriándose.

La furía se drenó, dejándome temblorosa y avergonzada por mi pérdida de control.

Me dejé caer de nuevo al suelo, abrazándome las rodillas.

El brillo se desvaneció por completo.

Silas suspiró, un sonido de fastidio genuino.

—Maravilloso.

Ahora además de una rareza, eres una rareza con problemas de manejo de la ira.

Justo lo que necesitaba.

No supe cuándo me dormí.

El agotamiento, la descarga emocional y el frío constante de la cueva debieron vencerme.

Soñé con ecos de zumbidos y con mis propias venas iluminando túneles infinitos.

—Levántate.

La voz era un golpe seco en el silencio onírico.

Fría, clara, sin rastro del sarcasmo de antes.

Abrí los ojos.

Silas estaba de pie junto a mí, su silueta recortada contra el brillo fantasmal de los hongos.

Parecía imperturbable, como si no hubiera necesitado descansar en absoluto.

—¿Qué…?

—murmuré, desorientada, restregándome los ojos.

Mis brazos ya no brillaban; solo sentía el habitual ardor sordo en el pecho.

—Hay que irnos.

Este escondite tiene fecha de caducidad —dijo, sin ofrecer más explicaciones.

Se inclinó y me extendió la mano, enguantada y pálida en la penumbra.

No era un gesto de caballerosidad, sino de eficiencia.

Hesité un momento, pero la memoria del zumbido de los Ahuizotl era fresca.

Tomé su mano.

Era fría como el mármol.

Tiró de mí con firmeza, poniéndome de pie sin esfuerzo.

Mi cuerpo protestó, entumecido y dolorido por el suelo duro.

Salimos de la cueva por una grieta diferente a la que habíamos usado para entrar, una que yo ni siquiera había notado.

Silas parecía conocer cada centímetro de estos túneles secretos.

Caminamos en silencio durante lo que pareció otra eternidad, a través de pasadizos cada vez más estrechos y secos, donde el aire perdía el olor a hongos y ganaba un aroma metálico y estático.

Finalmente, el túnel desembocó en una pequeña cámara circular, sin salida aparente.

Y en la pared del fondo, había una puerta.

No era de obsidiana, ni de metal oscuro.

Era blanca.

De un blanco puro, níveo, pulcramente liso, y parecía estar hecha de porcelana o de algún marfil luminiscente.

Era una aberración en este mundo de sombras y roca negra.

En su superficie, grabadas con una precisión exquisita, había runas plateadas que parecían fluir como agua congelada.

Y en el centro, un símbolo que me detuvo la respiración.

Era hermoso y horripilante a la vez.

Un ábaco abierto de diseño antiguo y complejo, con cuentas afiladas como dientes.

De los extremos del ábaco, dos serpientes estilizadas se entrelazaban en un nudo eterno.

Sus bocas abiertas no mostraban colmillos, sino que de ellas emanaban, como un humo solidificado, cinco pares de ojos dispuestos en un círculo, cada par mirando en una dirección distinta, vigilantes y omniscientes.

Detrás de las cabezas de las serpientes, surgían dos alas.

No eran las alas emplumadas de un ángel, sino membranosas, de murciélago, pero con una delicadeza y una estructura ósea que también recordaba a lo celestial.

Y encima de esas alas, coronando el símbolo entero, dos cuernos elegantes y retorcidos se curvaban hacia atrás.

Todo el conjunto estaba bañado en lo que parecía oro blanco, dando un brillo frío y sagrado a la abominación.

—¿Qué… qué es esta puerta?

—pregunté, hipnotizada por la contradicción que representaba.

—El lugar más seguro que puedo ofrecerte —respondió Silas, su voz era neutral, como si describiera un almacén—.

Mi residencia privada dentro de la Cuarta Esfera.

Inaccesible para los Ahuizotl, y blindada contra miradas no deseadas, incluso de mis… superiores.

—¿Y ese símbolo?

—señalé, incapaz de apartar los ojos de los ojos que miraban en todas direcciones.

Silas se acercó a la puerta y posó la punta de un dedo enguantado sobre una de las runas plateadas, que se encendió con un brillo azul frío.

—Es el logotipo,por así decirlo —dijo, con un deje de sarcasmo seco—.

Representa los principios de la Cuarta Esfera.

El ábaco: el cálculo, la medida exacta del sufrimiento.

Las serpientes entrelazadas: la paradoja, la verdad que se muerde la cola, la elegancia de la trampa.

Los ojos: la observación constante, el juicio impersonal.

Las alas: la ambivalencia, ni del cielo ni de la tierra, sino del espacio entre.

Los cuernos: el poder, por supuesto.

Pero un poder frío, estético.

El oro blanco… es por el buen gusto.

Lo dijo con total seriedad.

Para él, este símbolo aterrador no era una amenaza; era una declaración de principios.

Una filosofía de crueldad elevada a arte.

Mientras las runas se activaban en secuencia bajo su toque, con sonidos de cristal que tintineaban, la puerta blanca se abrió hacia adentro sin un solo ruido, revelando una oscuridad profunda y un aire que olía a nieve seca y a algún perfume caro y amargo.

Silas hizo un gesto con la cabeza hacia el interior.

—Después de ti,pequeña rareza.

Bienvenida a mi helado santuario.

Donde, por el momento, estás a salvo… de todo menos de mí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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