Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

NEPHELIM - Capítulo 15

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. NEPHELIM
  4. Capítulo 15 - 15 Capítulo 14
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

15: Capítulo 14 15: Capítulo 14 Cruzamos el umbral de la puerta blanca, y el mundo cambió.

No fue una transición violenta como entrar al Infierno desde el Refugio.

Fue más sutil, como pasar de una galería de arte sombría a otra iluminada por una luz fría y perfecta.

Pero la perfección aquí tenía un filo.

El aire que me golpeó no era caliente, ni olía a azufre.

Era frío, seco, y olía a nieve de montaña, a metal pulido y a jazmín helado.

Un perfume artificialmente dulce que se clavaba en la parte posterior de la garganta.

Lo primero que vi fue el cielo.

No había bóveda de roca negra, ni torbellinos de tormenta.

Había un techo abovedado inmenso, como el de una catedral gótica, pero hecho de hielo negro y cristal.

A través de él, filtrada y distorsionada, se veía la tenue luz rojiza del “exterior” infernal, convertida en un resplandor púrpura profundo y etéreo que bañaba todo desde arriba.

No había sol, pero la luz parecía emanar del propio hielo, creando un eterno y lúgubre crepúsculo.

Y debajo de ese cielo helado, había vida.

Pero no la vida que conocía.

Estábamos en lo que parecía una plaza pública de una ciudad imposible.

Los edificios no eran torretas retorcidas de obsidiana.

Eran estructuras de una arquitectura glacial y brutalista, hechas de un mármol blanco azulado o de un metal plateado y reflectante.

Líneas limpias, ángulos agudos, fachadas lisas como espejos que reflejaban el resplandor púrpura y las sombras alargadas de los transeúntes.

Había vegetación, pero era una vegetación de pesadilla elegante: árboles con ramas como alambres de plata, cargadas de hojas que parecían escamas de serpiente o finas láminas de mica.

De ellos colgaban frutos translúcidos que palpitaban con una luz interna azulada.

En maceteros de ónix pulido, crecían flores con pétalos de vidrio que tintineaban suavemente con una brisa inexistente.

Y la gente.

Llenaban la plaza, paseando, conversando en grupos, entrando y saliendo de los edificios glaciales.

Eran hermosos.

Todos.

Hombres y mujeres de facciones impecables, vestidos con prendas de corte impecable, en tonos de gris, blanco, plata y azul pálido.

Telas que fluían como agua helada, trajes que parecían tallados en hielo.

Se reían, sonreían, gesticulaban con elegancia.

Pero al mirar más de cerca, el horror se filtraba.

Sus ojos eran todos iguales: oro líquido, como los de Silas, o a veces un azul glacial igual de uniforme y sin alma.

Ninguno tenía pupilas.

Sus sonrisas eran demasiado perfectas, demasiado simétricas, y nunca llegaban a esos ojos vacíos.

Los niños que corrían, con sus ropitas diminutas y elegantes, tenían la misma mirada antigua y calculadora.

Una mujer se detuvo frente a un puesto que vendía… ¿helados?

No, eran conos de nieve finamente tallada que contenían pequeños gusanos de escarcha que se retorcían lentamente.

La mujer tomó uno y le dio un mordisco delicado, sin que su expresión de placidez serena cambiara en absoluto.

Era un mundo de demonios de alto rango.

No bestias, sino cortesanos.

No gritos de agonía, sino susurros corteses y risas huecas.

El tormento aquí no era físico; era ambiental.

Era la congelación del alma, la reducción de todo a una estética fría, calculada y completamente vacía.

Era el Infierno vestido de gala.

Me quedé paralizada en el umbral, mi boca abierta, intentando procesar la escena.

Un demonio con aspecto de anciano distinguido, con un bastón de cristal, pasó a nuestro lado y le hizo una leve inclinación de cabeza a Silas.

—Mi señor—murmuró, su voz como el crujir de la nieve bajo una bota.

Silas asintió con displicencia y siguió caminando, como si fuera normal.

Yo troté para alcanzarlo, mis sentidos abrumados por el contraste entre la belleza glacial y el vacío absoluto que emanaba de todo.

—Silas… —logré balbucear, mi voz un susurro incrédulo—.

¿Qué… qué es esto?

¿Dónde estamos?

Él no disminuyó el paso.

Miró a su alrededor con la familiaridad de quien mira su salón.

—Esto—dijo, con un gesto despreocupado de su mano enguantada— es la Cuarta Esfera.

O al menos, su capital.

Frío Eterno.

Mi reino.

Donde el dolor tiene columnatas, la desesperación viste de seda, y el vacío sabe a champán helado.

—Pero… son todos… como tú —dije, observando a una pareja que paseaba cogida del brazo, sonriendo sin que sus ojos de oro se miraran el uno al otro.

—Por supuesto —respondió él, como si fuera obvio—.

¿Crees que los verdaderos artistas del sufrimiento nos rebajaríamos a vivir en las cloacas de lava y gritos de las esferas inferiores?

El tormento vulgar es para principiantes.

Esto… —hizo una pausa, inhalando el aire perfumado y gélido—, esto es el tormento elevado a civilización.

Donde cada sonrisa es una puñalada, cada cortesía una humillación, y la belleza es la cárcel más segura.

Siguió avanzando, y yo, aturdida, lo seguí.

Pasamos frente a un café al aire libre donde demonios impecables bebían de tazas de porcelana fina un líquido negro y humeante que olía a anís y a algo metálico.

Nadie nos miraba con curiosidad abierta, pero sentí cientos de pares de ojos dorados y azules deslizándose sobre mí, evaluando, midiendo, clasificando.

Era la presa más exótica que había entrado en su jaula de hielo.

Este no era un escondite en una cueva.

Era presentarme en su corte.

Y mientras caminaba por las pulcras calles de Frío Eterno, entre risas huecas y miradas vacías, supe que había cambiado una prisión de piedra y miedo por otra de porcelana y horror glamoroso.

Y mi carcelero, el más bello y vacío de todos, era su rey.

Avanzamos por las amplias avenidas de Frío Eterno, el crujido de mis pasos (torpes, humanos) un sonido discordante en el suave murmullo de la ciudad helada.

La fascinación inicial se estaba convirtiendo en una claustrofobia de otra clase.

Todo era tan… perfecto, tan frío.

—¿Voy a estar… segura aquí?

—pregunté por fin, rompiendo el silencio entre nosotros.

Mi voz sonó pequeña en la inmensidad gélida.

Silas lanzó un suspiro leve, de aburrimiento.

—¿Segura?Relativamente.

Más segura que en las garras de los Ahuizotl, o en la sala de recepción de Arda.

Aquí, al menos, el peligro tiene modales y lleva traje a medida.

Puedes confiar en mi palabra… de que nadie te hará daño sin mi permiso expreso.

Es una cuestión de propiedad, no de bondad.

Su “garantía” era tan reconfortante como un abrazo de escarcha.

Pero era algo.

Nuestro camino ascendía por una amplia escalinata tallada en un único bloque de cuarzo ahumado, hacia la estructura más imponente de la ciudad: un palacio que parecía hecho de diamante negro y cristal de escarcha.

No era un castillo al uso; era una fortaleza de geometría imposible, con torres que eran prismas perfectos y puentes de hielo azulado que conectaban sus niveles.

En las enormes puertas, hechas de un material similar al ébano pulido a espejo, estaban de guardia dos soldados.

No eran demonios con armaduras de púas.

Eran figuras altas y esculpidas, con armaduras de un plateado oscuro que parecía absorber la luz.

Sus rostros estaban ocultos tras yelmos cerrados y estilizados que solo mostraban una estrecha rendija por la que brillaban ojos de azul eléctrico.

Cuando vieron a Silas, se cuadraron con una precisión milimétrica y bajaron la cabeza en una sola inclinación sincronizada, sin pronunciar palabra.

El respeto era absoluto, y completamente silencioso.

Las puertas se abrieron ante nosotros sin que nadie las tocara, revelando un vestíbulo que me quitó el aliento.

El suelo era un mosaico de gemas heladas que formaban el mismo símbolo de la puerta blanca, pero a escala monumental.

Columnas de hielo claro, con venas de oro blanco en su interior, sostenían un techo abovedado del que colgaban lámparas que eran cristales de hielo suspendidos, brillando con una luz fría e interior.

El aire olía aún más intensamente a jazmín helado y a algo metálico y limpio, como un quirófano de lujo.

—Tu suite está en el ala este —dijo Silas, caminando por el vestíbulo como si fuera su salón.

Su voz hacía eco en el vasto espacio—.

Tendrás todas las comodidades.

Aunque dudo que aprecies la decoración.

Es un poco… fría para el gusto humano.

—¿Y qué pasa con…?

—empecé, pero me interrumpió una voz melodiosa y burlona que surgió de una galería lateral.

—¡Mi señor!

¡Ha regresado!

Y… ¡oh!

Trae un juguete nuevo.

Qué encantador.

Dos figuras emergieron de las sombras.

Un hombre y una mujer, tan impecablemente vestidos y hermosos como todos los demás, pero con una energía distinta.

La mujer era alta, delgada como un alambre, con un vestido de gasa plateada que parecía hecho de telarañas heladas.

Su cabello, blanco platino, caía en ondas perfectas hasta la cintura.

Sus ojos eran de un verde esmeralda tan intenso y uniforme que parecían gemas talladas.

Su sonrisa era amplia, coqueta y completamente falsa.

El hombre era más fornido, con un traje de corte impecable de un gris oscuro.

Tenía el pelo corto y negro azabache, y sus ojos eran de un rojo granate profundo.

Su expresión era de abierto desdén, los brazos cruzados sobre el pecho.

—Vex —dijo Silas, con un gesto de fastidio hacia la mujer—.

Crogan.

Justo a tiempo para dar la bienvenida.

Vex se deslizó hacia nosotros, sus movimientos serpentinos.

Sus ojos verdes me recorrieron de arriba abajo con una curiosidad lasciva.

—Pero¿qué tenemos aquí?

Una Nephalim… en carne y hueso.

Y tan joven.

Y asustadita.

—Se acercó más, hasta que pude oler su perfume, una versión aún más dulce y nauseabunda del jazmín helado—.

Hola, preciosa.

¿Te gustan los juegos?

A mí me encantan.

Podemos jugar a… adivinar qué parte de tu alma brilla más.

—Aléjate, Vex —dijo Silas, sin levantar la voz, pero con una autoridad que hizo que ella diera un paso atrás, aunque su sonrisa no se movió.

Crogan, el hombre de ojos granate, soltó un gruñido.

—Traicionaste a Arda poresto?

—dijo, su voz era grave y áspera como piedras que se frotan—.

Una mocosa asustada que huele a miedo humano y a luz celestial barata.

Es un insulto, Silas.

Y Arda ya lo sabe.

Sus espías son más rápidos que tus encantos.

Silas no se inmutó.

—Arda sabe lo que yo quiero que sepa,Crogan.

Y en cuanto a traición… llamémoslo una revaluación de activos.

Esta “mocosa”, como tú dices, tiene un valor que va más allá del capricho de Arda.

—¿Valor?

—Crogan escupió la palabra—.

Es una diana.

Atrae problemas.

Los Ahuizotl de Argo ya husmean en los límites de la Esfera.

Y tú la traes aquí, al corazón.

Es una estupidez.

—O una jugada maestra —intervino Vex, jugueteando con un mechón de su cabello blanco mientras me miraba como si fuera un postre—.

Quizás nuestro señor quiere… jugar con fuego.

O con luz.

¿Es juguetona, mi pequeña Nephalim?

¿Te gusta que te miren?

Me ruboricé, una mezcla de ira y vergüenza.

—Déjenme en paz—murmuré, buscando refugio detrás de Silas, lo que pareció divertir enormemente a Vex.

—¡Oh, mira!

Busca la protección del gran señor frío.

Qué tierno —se burló Crogan—.

Espero que sepas usar esa cosita que tienes dentro, niña.

Porque aquí, si no eres un depredador, eres decoración.

Y la decoración, tarde o temprano, se rompe.

—Basta —cortó Silas, y su voz, aunque calmada, llevaba una carga de hielo que hizo que ambos subalternos se tensaran—.

Ella está bajo mi protección.

Eso significa que nadie la toca, la molesta o la mira con demasiado interés sin mi permiso.

¿Está claro?

Vex hizo una mueca, pero asintió.

Crogan gruñó otra vez, pero bajó la cabeza en un gesto de asentimiento forzado.

—Ahora, déjanos —ordenó Silas.

Los dos demonios intercambiaron una última mirada cargada (una de curiosidad perversa, la otra de desprecio puro) antes de desvanecerse en las sombras de la galería tan silenciosamente como habían aparecido.

Me quedé temblando, la confrontación me había dejado sin aliento.

No eran monstruos con garras; eran depredadores sociales, y su juego era igual de peligroso.

Silas se volvió hacia mí, su expresión impasible.

—Bienvenida a la corte,Alana —dijo—.

Como ves, tu estancia aquí será todo menos aburrida.

Ahora, ven.

Te mostraré tu jaula.

Espero que te guste el hielo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo