NEPHELIM - Capítulo 16
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16: Capítulo 15 16: Capítulo 15 Silas me guió a través del palacio de hielo.
Pasamos por galerías cuyas paredes eran paneles de hielo tallado que representaban escenas de batallas silenciosas y elegantes, donde demonios de facciones perfectas derrotaban a adversarios con la precisión de un cirujano.
Cruzamos un puente interior hecho de cristal ahumado que atravesaba un atrios donde un árbol de plata cuyas hojas eran lágrimas congeladas crecía bajo la luz púrpura del techo abovedado.
Todo era majestuoso, frío, y tan silencioso que el más leve sonido se convertía en un eco.
Mientras caminaba, una sensación extraña comenzó a invadirme.
No era miedo, ni repulsión.
Era… una vibración.
Sutil, casi imperceptible, que recorría mi piel como una corriente de aire muy fina.
No era desagradable.
De hecho, era agradable, como la sensación de sumergirse en agua fresca un día caluroso, pero con un toque eléctrico, como si el aire mismo estuviera cargado de una energía que resonaba con algo dentro de mí.
Mi piel se erizó, pero no de terror.
Era como si esta frialdad calculada, este orden helado, hablara a la parte de mi sangre que entendía el rigor, el patrón, la estructura.
Era aterradoramente familiar.
No pude contenerme más.
Necesitaba entender el juego en el que era una ficha.
—Silas—dije, mi voz resonando en el pasillo vacío—.
¿Quién es Argo?
¿Y Arda?
¿Qué… qué son el uno para el otro?
¿Y por qué me quieren a mí?
Él continuó caminando, sin disminuir el paso, sin mirarme.
—Preguntas que no tienen respuestas simples.Y que, francamente, no te conciernen.
Tu única preocupación debería ser no desentonar con la alfombra.
La indiferencia, la negativa a darme incluso ese mínimo control sobre mi propia situación, hizo que la furia que había estado latente estallara.
—¡Claro que me conciernen!—grité, deteniéndome en seco.
El eco de mi voz rebotó en las paredes de hielo—.
¡Es mi vida!
¡Mi… mi existencia lo que está en juego!
¡Me debes al menos eso!
¡Me arrancaste de mi mundo, me trajiste a este… este infierno de postal, y tengo derecho a saber por qué!
Silas se volvió lentamente.
Su expresión era de fastidio, pero había algo más en sus ojos dorados, una chispa de irritación genuina.
—No medebes nada, pequeña raíz —dijo, su voz era un susurro peligroso—.
Y tu “derecho” aquí es el que yo te conceda.
Nada más.
Podrías estar en una celda de obsidiana siendo desollada por los sirvientes de Arda, pero en lugar de eso estás en mi palacio, respirando aire perfumado.
Tal vez deberías mostrar un poco de gratitud en lugar de exigir respuestas como una niña malcriada.
—¡Gratitud!
—escupe la palabra—.
¿Gratitud por ser tu prisionera de lujo?
¿Por ser un objeto en tu colección?
¡Eres igual que ellos!
¡Todo es un intercambio, un beneficio, una transacción para ti!
¡No tienes alma!
Fue como si hubiera tocado un interruptor.
La máscara de fastidio se desvaneció, reemplazada por una frialdad absoluta que hizo que el aire a su alrededor pareciera volverse aún más gélido.
—El alma—dijo, cada palabra como un cristal que se rompe— es un concepto humano, sentimental y desordenado.
Yo tengo voluntad.
Y mi voluntad es lo único que te mantiene viva en este momento.
Así que sí, soy igual que ellos.
Pero yo, al menos, soy honesto sobre mi precio.
Y tu berrinche solo demuestra lo poco que vale la pena pagarlo.
Sus palabras fueron un puñal de hielo directo al corazón.
No porque fueran crueles, sino porque eran ciertas.
En su mundo retorcido, era honesto.
Y esa honestidad me desnudaba, me hacía sentir aún más vulnerable y estúpida por esperar algo más.
El dolor, la humillación y la rabia se fusionaron en un cóctel explosivo dentro de mí.
Sentí el ardor en el esternón estallar como nunca antes, no un latido, sino una explosión sorda de energía.
Un calor abrasador recorrió mis venas, pero esta vez no era solo dorado.
Era un torbellino de luz dorada y sombra densa que luchaban y se entrelazaban, corriendo bajo mi piel como dos ríos en guerra.
Mis antebrazos se iluminaron con un fulgor intermitente y violento, y un zumbido de poder crudo llenó mis oídos.
Miré mis manos, y vi las venas oscuras y brillantes palpitar con una fuerza que amenazaba con romper la superficie.
Entonces, miré a Silas.
Y vi su expresión cambiar.
El desdén, la irritación, se desvanecieron.
Sus ojos dorados se abrieron ligeramente, con un interés agudo y renovado.
No era miedo, sino el interés de un científico ante un fenómeno inesperado.
—Interesante —murmuró, su voz perdiendo el filo cortante—.
Tus ojos… se han puesto negros.
¿Qué?
Levanté una mano temblorosa y me toqué la mejilla, como si pudiera sentir el cambio.
No sentía nada diferente, pero en el reflejo distorsionado de una columna de hielo cercana, pude verlo: donde debería haber blanco en mis ojos, ahora había una oscuridad profunda, como tinta derramada, y mis iris eran un caos centelleante de ámbar y negro.
Era aterrador.
Era monstruoso.
El ardor y el zumbido comenzaron a disminuir, agotados por el arranque.
Me quedé jadeando, sintiéndome expuesta y grotesca.
Silas observó mi transformación revertirse lentamente.
Luego, respiró hondo, y cuando habló de nuevo, su tono había cambiado.
No era cálido, ni amable.
Era… considerado.
Como un coleccionista que decide que un espécimen particular merece una explicación más detallada.
—Muy bien—dijo, cruzando los brazos—.
Te has portado… entretenida.
Y esa demostración tuvo cierto mérito.
Te concederé tres preguntas.
Una por cada minuto que lograste mantener ese estado sin desmayarte.
Úsalas con sabiduría, mi pequeña rareza.
No las desperdicies en tonterías.
Mi mente, aún nublada por la descarga de energía y la confusión, trató de enfocarse.
Tres preguntas.
Era más de lo que había tenido hasta ahora.
—La primera—dije, limpiándome un sudor frío de la frente—.
¿Qué quieren de mí?
Arda, Argo… ¿por qué yo?
Silas asintió lentamente.
—Esa pregunta tiene,en esencia, dos respuestas.
Si quieres que te las dé, contarán como dos de tus tres preguntas.
Es una oferta.
¿Aceptas?
¿Tenía elección?
Necesitaba saber.
Asentí.
—Sí.
—Muy bien.
Respuesta uno: Arda.
—Hizo una pausa, escogiendo sus palabras con cuidado—.
Hace eones, existió una raza: los Nephalim.
Un error cósmico, hijos de ángeles y demonios, demasiado poderosos e incontrolables para el orden de ninguno de los dos bandos.
Fueron erradicados.
O eso se creyó.
Hace mucho menos, un amor prohibido resucitó la estirpe: Macdal, un rey del Infierno de la Segunda Esfera, y Ela, una Guardiana de las Puertas del Cielo.
De ellos nacieron dos hijas.
Arda, el hermano fanático de Macdal, descubrió el secreto.
Asesinó a Ela, torturó a Macdal, y se llevó a las niñas.
A una le borró la memoria y la arrojó al mundo humano, creyendo que perecería en la insignificancia.
A la otra… se la quedó.
La crió, la manipuló, la llenó de su odio, convencido de que ella era el puente que necesitaba, la Nephalim que podría controlar.
Pero una profecía le dijo que necesitaba a la otra, a la que había desterrado.
La que tenía el verdadero potencial.
Empezó a buscarte.
Lo que no contaba era que los ángeles, aunque desprecian a tu raza, también te vigilaban.
Algunos tienen… sus razones.
Y te protegieron, te escondieron muy bien.
Hasta que tu poder, hace poco, despertó.
Y tu luz se hizo visible.
Ahora Arda te quiere para completar su plan, para usarte como llave, como arma, o para matarte si no puede controlarte.
Las palabras caían como losas.
Macdal.
Ela.
Mis padres.
La historia era mía.
Yo era la niña desterrada.
—Respuesta dos: Argo —continuó Silas, observando cómo absorbía el golpe—.
Argo es el otro hermano.
El estratega.
El que ve más allá del dogma.
Donde Arda ve una abominación que eliminar o esclavizar, Argo ve… una oportunidad.
Él también quiere derrotar a Arda.
Y sabe que tú, la Nephalim que Arda tanto ansía y tanto teme, podrías ser la pieza clave para lograrlo.
Él no te quiere para un plan cósmico; te quiere como instrumento de venganza y poder.
Una daga forjada con la sangre que Arda intentó borrar, para clavársela en el corazón.
Me apoyé contra la fría pared de hielo, sintiendo que las piernas me flaqueaban.
No era una salvadora.
No era una elegida.
Era un instrumento.
Un arma disputada por dos hermanos en una guerra familiar que había destrozado a mis verdaderos padres y que ahora me envolvía a mí.
Dos preguntas consumidas.
Una quedaba.
Y una verdad monumental ahora pesaba sobre mis hombros, más fría y pesada que todo el hielo del palacio de Silas.
La revelación sobre mi origen, sobre la guerra entre Arda y Argo, pesaba en el aire como el frío mismo.
Me quedé apoyada contra la pared de hielo, tratando de digerir que mi vida era el premio secundario en una vendetta familiar infernal.
Silas observaba mi proceso interno con esa paciencia de depredador que sabe que su presa no tiene a dónde correr.
—¿Y?
—preguntó al fin, rompiendo el silencio—.
Te queda una pregunta.
¿Vas a usarla o vas a quedarte ahí mirando el hielo derreterse?
No se derrite, por cierto.
Respiré hondo, el aire frío quemando mis pulmones.
Tenía mil preguntas, pero una surgió con más fuerza, impulsada por el cinismo que él mismo me había enseñado.
—¿Qué te ofreció Arda?—pregunté, clavando mis ojos (ya de vuelta a su color normal, pero esperaba que con determinación) en los suyos—.
A cambio de entregarme.
Dijiste que eras un cazador de recompensas.
¿Cuál era el precio de mi… entrega?
Silas se quedó quieto por un momento.
No era sorpresa, ni molestia.
Era como si hubiera esperado esa pregunta, pero aún así necesitaba un instante para decidir cómo responder.
Un velo muy sutil cayó sobre su expresión, oscureciendo la habitual transparencia de su malicia.
—Arda—dijo, lentamente— ofreció algo que muy pocos en este u otro reino pueden otorgar.
Algo que ni el poder puro, ni los siervos, ni los dominios pueden igualar.
Hizo una pausa, y por primera vez, vi algo que no era burla, ni interés clínico, ni siquiera hambre de poder en sus ojos dorados.
Era algo más profundo, más antiguo.
Anhelo.
—Ofreció borrar un nombre de un registro.Un nombre que no debería estar donde está.
No dijo más.
No dio detalles.
Pero la gravedad en su voz, la ausencia total de sarcasmo, me dijo que esa era la verdad.
No era una recompensa de riqueza o territorio.
Era algo personal.
Algo que le importaba a un nivel que yo no podía comprender.
Antes de que pudiera procesarlo, o hacer una última pregunta de seguimiento, él se dio la vuelta y continuó caminando por el pasillo.
Llegamos a una puerta alta y estrecha, hecha de un metal blanco mate con el símbolo del ábaco y las serpientes grabado en miniatura.
La tocó con dos dedos, y se abrió hacia dentro sin un sonido.
—Entra —dijo, sin mirarme.
Asomé la cabeza.
La habitación era… espectacular.
Amplia, con una cúpula de cristal de escarcha que mostraba el cielo púrpura helado.
Había muebles de líneas limpias, tapizados en seda gris plata.
Una cama enorme con doseles de gasa.
Estanterías con objetos de arte abstracto y frío.
Una ventana panorámica que daba a los jardines de hielo de palacio.
Era la suite más lujosa y helada que podría imaginarse.
Pero seguía siendo una celda.
—¿En serio?
—dije, volviéndome hacia él, la frustración regresando—.
¿Me vas a encerrar aquí?
Después de… de todo esto.
Después de contarme… —¿Después de qué?
—interrumpió él, y el tono burlón regresó a su voz, más afilado que nunca—.
¿Después de compartir un momento?
¿Después de una charla profunda?
Oh, querida Alana, no nos hagamos ilusiones.
—Se inclinó ligeramente, su rostro cerca del mío, su sonrisa un filo de hielo—.
Yo soy tu carcelero.
Tú eres mi rehén de valor.
El hecho de que tu carcelero tenga buen gusto y sea conversador no cambia la ecuación fundamental.
No somos amigos.
No somos aliados.
Esto no es un intercambio de confidencias entre colegas.
Esto es custodia.
Cada palabra era un golpe, diseñado para recordarme mi lugar.
Y funcionaba.
—Te estoy guardando en el lugar más seguro que tengo—continuó, enderezándose—.
Donde ni Arda ni Argo pueden alcanzarte sin pasar por mí.
Considera este lujo tu nueva realidad.
Acomódate.
Hay ropa en el armario.
La cena será entregada.
No intentes salir; las puertas solo responden a mí.
Y por favor, intenta no romper nada.
Los objetos de arte aquí tienen sentimientos.
Bueno, no realmente, pero yo sí, y son caros.
Con un último y amplio gesto burlón hacia la suntuosa prisión, dio media vuelta.
La puerta de metal blanco se cerró tras él con un clic suave pero final, tan seguro como el portón de una cámara acorazada.
Me quedé sola en el centro de la habitación más hermosa y vacía que había visto, rodeada de lujo helado, con el peso de mi herencia sangrienta y el eco de las palabras de Silas resonando en mis oídos.
No somos amigos.
Esto es custodia.
Y sin embargo, en algún lugar de mi confusión y mi rabia, una parte de mí recordaba la expresión en sus ojos cuando habló de la recompensa de Arda.
Había algo más.
Algo que ni siquiera el Señor de la Frialdad Calculada podía ocultar por completo.
Y ese algo, por pequeño que fuera, era la única grieta en la prisión perfecta en la que me había encerrado.
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