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NEPHELIM - Capítulo 17

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17: Capítulo 16 17: Capítulo 16 El clic de la puerta al cerrarse fue el sonido más definitivo que había escuchado.

Me quedé inmóvil en el centro de la habitación, el silencio absoluto envolviéndome, solo roto por el latido acelerado de mi propio corazón.

Luego, lentamente, comencé a absorber mi nuevo entorno.

Era… hermoso.

De una manera que nada en el Infierno, hasta ahora, había sido.

No era la belleza amenazante y fría de la ciudad; era una belleza íntima, cuidadosamente diseñada para el confort.

Las paredes no eran de hielo negro o mármol helado.

Estaban cubiertas con un estucado de color gris perla muy claro, casi blanco, que tenía un tenue brillo sedoso.

No reflejaba la luz de manera agresiva, sino que la difundía suavemente.

En una de las paredes, un fresco delicado mostraba un bosque de árboles de plata bajo una luna pálida, pintado con tonos de gris, azul plateado y toques de un verde musgo muy tenue, el único color cálido en toda la estancia.

El techo era una cúpula baja de cristal de escarcha, pero desde el interior, estaba tratada para parecer un cielo nublado y diurno, con una luz uniforme y suave que emanaba de ella misma, sin fuente visible.

Era mucho menos opresivo que el cielo púrpura de la ciudad.

La cama.

Madre mía, la cama.

Era enorme, de un tamaño casi ridículo, con un dosel alto del que caían cortinas de gasa color humo, tan finas que parecían hechas de niebla solidificada.

La cubierta era un edredón de plumón de un gris oscuro aterciopelado, con innumerables almohadas en tonos de plata y gris claro.

Se veía tan profunda y acogedora que prometía hundirse en un sueño sin pesadillas… una promesa probablemente falsa, pero tentadora.

A un lado, unas puertas de cristal esmerilado daban a un balcón estrecho.

Me acerqué y las abrí.

Un aire frío, pero no gélido, me golpeó el rostro.

El balcón daba a los jardines privados del palacio, una geometría perfecta de setos de hielo azulado, senderos de gravilla blanca y estanques helados que reflejaban el cielo púrpura.

Hermoso y muerto.

De vuelta dentro, exploré más.

Una puerta lateral conducía a un baño que me dejó sin aliento.

La bañera era una piedra única de cuarzo ahumado, tallada en forma orgánica, enorme, con grifos de plata.

El suelo era de mosaicos de mármol blanco y gris, y había una ducha de lluvia con un cabezal del tamaño de un plato.

Toallas gruesas y suaves, de un blanco inmaculado, colgaban de barras calefactadas.

El lujo era absoluto y, de nuevo, aterradoramente sereno.

Regresé a la habitación principal.

Había un escritorio de madera clara (¿de dónde habrían sacado madera aquí?) con una silla ergonómica, y estanterías bajas con unos pocos libros de tapas de cuero y algunos objetos abstractos de metal y cristal.

Pero lo que más me llamó la atención fue lo que vi en la pared opuesta a la cama: una chimenea.

Era de piedra caliza clara, con un diseño simple y elegante.

En su interior, descansaban unos troncos perfectos de abedul plateado, apilados con precisión, y arriba, un mantel de mármol negro pulido.

Me acerqué, perpleja.

Metí una mano.

Estaba fría.

No había sido usada.

¿Una chimenea?

¿En la Cuarta Esfera, donde las paredes mismas estaban hechas de hielo y el aire olía a nieve seca?

Era un anacronismo absurdo, un guiño a la comodidad humana que parecía totalmente fuera de lugar.

Fue entonces cuando lo entendió.

No era para calentar.

Era un símbolo.

Un recordatorio de un concepto ajeno: el hogar, el calor, el confort íntimo del fuego.

Colocado aquí como parte de la estética, como un mueble más, vacío de su verdadera función.

Era la máxima expresión del reino de Silas: capturar la forma de la comodidad, pero extraerle toda su esencia cálida y viva.

Era hermosa, y por eso mismo, profundamente triste.

Me senté al borde de la cama gigante, hundiéndome en su suavidad.

El lujo era abrumador.

Era una jaula forrada de seda y satén, con vistas a un jardín de hielo y con una chimenea fría como recuerdo de lo que nunca tendría: verdadera calidez, verdadera seguridad.

Silas no solo me había encerrado.

Me había encerrado en una parodia de un refugio, diseñada para recordarme, en cada detalle perfecto y helado, que todo lo que veía era una ilusión.

Que yo era una posesión valiosa, digna del mejor de los estuches, pero una posesión al fin.

Me acosté sobre las suaves sábanas, mirando el fresco del bosque plateado.

El cansancio, físico y emocional, me venció.

Pero antes de que el sueño me atrapase, una última imagen vino a mi mente: la expresión de Silas cuando habló del nombre que Arda podría borrar.

En medio de todo el hielo, el cinismo y la crueldad calculada, había habido un destello de algo real.

Y esa grieta, por minúscula que fuera, era la única cosa en esta suite perfecta que no sentía completamente falsa.

🪽 La sensación de no estar sola en la cama fue lo primero.

No una presencia amenazante, sino… cercana.

Caliente.

Abrí los ojos en el sueño, y allí estaba, sentada al borde del colchón inmenso, mirándome.

Era ella.

Mi doble.

La aparición ahogada de mis primeras pesadillas.

Pero diferente.

Su piel ya no tenía el tinte azulado y céreo de la muerte por inmersión.

Era pálida, sí, pero con un ligero rubor, como de alguien que ha estado en el frío y acaba de entrar a un lugar cálido.

Su cabello rojo fuego no estaba empapado ni enmarañado; caía en ondas limpias y brillantes sobre sus hombros, secas.

Su vestido sencillo estaba limpio y seco.

Y sus ojos… ya no estaban vacíos de vida.

Tenían un brillo, una inteligencia aguda y una tristeza profunda, pero viva.

—Hola, Alana —dijo su voz.

Ya no era un susurro húmedo y distorsionado, sino clara, firme, con un deje de urgencia.

Sonaba casi… normal.

Me incorporé en la cama, sin miedo esta vez, pero con una confusión absoluta.

—¿Tú…?¿Qué… cómo estás aquí?

Así.

—Escúchame bien —dijo, ignorando mis preguntas, su tono se volvió incisivo—.

No tenemos mucho tiempo.

Tienes que ser fuerte.

Más fuerte de lo que has sido hasta ahora.

Tienes que aprender.

Silas… no te hará daño.

Él te protegerá.

Puedes confiar en su palabra, pero tienes que hacer todo lo que él te diga.

Nunca, nunca te separes de su lado.

¿Entiendes?

Sus palabras eran tan inesperadas como su apariencia.

¿Confiar en Silas?

¿Obedece?

—¿Por qué me dices esto?—pregunté, aturdida—.

¿Quién eres?

¿Por qué te pareces tanto a mí?

¿Y por qué… por qué ahora me aconsejas, cuando antes… intentaste matarme?

Una sombra de dolor cruzó su rostro, tan familiar como el mío.

—Controlar el cuerpo de un muerto…de una muerte como la mía… es muy difícil.

Los ecos de agonía, la desesperación… a veces toman el control.

Lo siento.

Te pido disculpas.

Pero ahora es diferente.

Ahora yo estoy aquí.

Y necesitas confiar en mi palabra, hermana.

La palabra cayó como un rayo en la quietud del sueño.

—¿Hermana?—repetí, el aire atrapado en mis pulmones oníricos.

Una oleada de algo intenso, un reconocimiento visceral que no venía de la memoria, sino de la sangre, me golpeó.

Lágrimas, calientes e inesperadas, comenzaron a llenar mis ojos y a rodar por mis mejillas, silenciosas y continuas—.

¿Cómo que… mi hermana?

—Sí.Soy Lili.

Y tú eres Alana.

La raíz.

Y necesito que me ayudes.

Necesito que te mantengas viva, y cerca de Silas.

Yo soy la que lo contacté.

Yo, desde mi… encierro, fui la que advirtió a Argo de los movimientos de Arda.

Yo fui la que, a través de ecos y sueños, encontró al Guardador, Kingston, y le hablé de ti.

Todo ha sido para llevarte aquí, a este punto.

A donde puedas estar… relativamente a salvo, y donde puedas aprender.

Las lágrimas no cesaban.

Eran de pérdida, de confusión, pero también de un alivio abrumador.

No estaba sola.

Nunca lo había estado.

—¿Aprender?¿Aprender qué?

—logré balbucear entre sollozos suaves.

—A usar tus poderes —dijo Lili, su expresión se volvió feroz, pero su voz se suavizó al ver mi estado—.

No esos destellos de rabia.

El verdadero poder.

El equilibrio.

Tenemos una misión, Alana.

Tenemos que salvar a papá.

Otra bomba.

Papá.

Las lágrimas se mezclaron con un jadeo.

—¿Papá?—mi voz era un hilo roto—.

¿Mac… Macdal?

¿Está… vivo?

El dolor en el rostro de Lili se intensificó, y una lágrima escapó también de su ojo, brillando como una perla en el sueño.

—Vivo no es la palabra.Pero existe.

Atrapado.

Torturado.

Arda lo mantiene en las profundidades, en un lugar del que ni siquiera Silas conoce todos los secretos.

Su sufrimiento es el combustible de la locura de Arda.

Tenemos que liberarlo.

Pero para eso, necesitamos ser más fuertes.

Yo… estoy limitada.

Mi forma, mi poder, están anclados a mi muerte.

Pero tú… tú estás viva.

Tu potencial es infinito.

Y Silas, por sus propias razones retorcidas, es la única entidad en este Infierno que puede, y quizás quiere, enseñarte a no ser devorada por él.

Confía en él.

Aprende de él.

Conviértete en lo que naciste para ser.

No por Arda, no por Argo.

Por nosotros.

Por nuestra familia.

Extendió una mano.

En el sueño, era cálida y sólida al tacto cuando la tomé, aferrándome a ella como a un salvavidas.

Nuestras lágrimas eran un puente entre los mundos que nos separaban.

—Te encontraré de nuevo—prometió, su voz temblorosa por la emoción—.

Cuando sea seguro.

Cuando hayas avanzado.

Por ahora, recuerda: Silas es tu ancla en este mar de hielo.

Obedece.

Aprende.

Y prepárate.

La guerra por nuestro padre, y por nuestro destino, acaba de comenzar.

Y nosotras estamos en el centro.

Su forma empezó a desvanecerse, volviéndose translúcida, pero su mirada se mantenía firme, llena de un amor fraterno que atravesaba la muerte.

—Te quiero,hermana —susurró, y la última palabra fue un eco cargado de mil añoranzas—.

Aunque no me recuerdes.

Y entonces, se desvaneció por completo.

La sensación de su mano cálida se esfumó, dejándome solo el frío de las sábanas y el calor húmedo de mis propias lágrimas en las mejillas.

Me desperté de golpe en la cama gigante, pero no con un jadeo de terror.

Me desperté llorando.

Las lágrimas reales, calientes, corrían libremente por mi rostro, empapando la seda de la almohada.

Un sollozo profundo y entrecortado me sacudió el pecho.

No era solo tristeza.

Era la descarga de una verdad demasiado grande, el duelo por una vida compartida que me habían robado, la abrumadora responsabilidad de una misión familiar, y el agridulce consuelo de saber que, en algún lugar, tenía una hermana que luchaba por mí.

Me senté en la cama, abrazando mis rodillas, dejando que las lágrimas fluyeran.

La habitación hermosa y helada fue testigo de mi dolor, pero ya no me sentía sola en él.

Las palabras de Lili, su amor, su plan, quemaban dentro de mí, secando lentamente las lágrimas y dejando en su lugar una resolución de acero.

Tenía una hermana.

Tenía un padre que rescatar.

Y tenía un maestro demoníaco del que, contra todo sentido, tenía que aprender.

Me sequé el rostro con el dorso de la mano, respirando hondo.

El miedo no había desaparecido.

Pero ahora, estaba fundido con algo más poderoso: el deber.

Y la próxima vez que Silas abriera esa puerta, ya no sería solo su rehén asustada.

Sería su alumna.

Por voluntad propia.

Por mi familia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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