NEPHELIM - Capítulo 18
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18: Capítulo 17 18: Capítulo 17 Las horas, o lo que en este lugar sin sol se sentía como horas, se arrastraron con una lentitud agonizante.
El cielo uniforme y nublado de la cúpula de mi suite se fue oscureciendo gradualmente, pasando del gris perla diurno a un índigo profundo salpicado de motas de luz tenue que imitaban estrellas muertas.
Noche.
O la versión infernal de ella.
El impacto emocional del sueño con Lili se había asentado, dejando a su paso una determinación fría y una impaciencia creciente.
Pero la pasividad de estar encerrada, esperando a que mi carcelero-capellán decidiera cuándo empezar la lección, era insoportable.
Fui hasta la puerta de metal blanco.
La examiné.
No tenía pomo, ni cerradura visible.
Coloqué la palma de la mano sobre ella.
Nada.
Empujé.
No cedió ni un milímetro.
“Las puertas solo responden a mí.” Su voz burlona resonó en mi memoria.
Un acceso de rabia pura me recorrió.
—¡Silas!
—grité, golpeando la puerta con el puño—.
¡Silas, abre este maldito congelador de ególatra!
Silencio.
—¡¿Me oyes, pedazo de estatua hueca?!
¡Abre!
¡No soy un adorno para tu colección de porquerías heladas!
¡Tengo hambre!
¡Necesito salir de esta caja de pandora de mierda!
Nada.
Ni un susurro.
La impotencia se transformó en furia descontrolada.
Empecé a patear la base de la puerta.
—¡Eres un cobarde!
¡Un payaso con traje caro que juega a ser dios en su palacete de hielo podrido!
¡Tu ciudad es un centro comercial para zombies con gusto caro!
¡Tu “Frío Eterno” es el lugar más aburrido y patético de toda la creación!
¡Ábreme, capullo narcisista!
Grité hasta que me dolió la garganta.
—¡Tus ojos parecen monedas falsas!
¡Tu sonrisa es más plástica que el corazón que no tienes!
¡Eres el rey de la Nada, Silas!
¡El emperador del Vacío con olor a jazmín de mierda!
¡Tu poder es un chiste de mal gusto y tu Esfera es una prisión para ti mismo!
Vociferé cada insulto, cada improperio que mi mente humana y enfurecida podía conjurar, mezclándolos con mi desprecio por todo lo que había visto.
Maldije su arquitectura de escarcha estéril, sus demonios de pasarela con cara de muñeca, sus jardines de hielo que ni siquiera un muerto querría visitar.
Los golpes en la puerta se mezclaban con mis gritos, una sinfonía de rabia impotente.
Hasta que el aliento me faltó y me deslicé por la puerta, sentándome en el suelo frío, jadeando, la garganta en carne viva.
El silencio que siguió a mi explosión fue aún más ensordecedor.
No había respuesta.
Ni un asomo de su presencia burlona.
Era como si mis gritos, mis insultos cuidadosamente elaborados y mis pataletas, se hubieran perdido en el vacío de su indiferencia absoluta.
O peor, como si los hubiera escuchado, los hubiera encontrado entretenidos, y hubiera decidido que no valía la pena ni siquiera burlarse de ellos.
La realidad se asentó, fría y cruel como el suelo bajo mí.
Estaba completamente a su merced.
Podía insultar su reino, su persona, su esencia.
No cambiaría nada.
Las lágrimas de frustración ardiente volvieron a asomar, pero esta vez las tragué con fuerza.
Me levanté del suelo, las rodillas temblorosas.
Me acerqué al balcón y apoyé la frente contra el cristal frío.
Lili tenía razón.
Tenía que aprender.
Pero la primera lección, la más dura, no vendría de Silas.
La primera lección era esta: la sumisión forzada.
Aceptar que, por ahora, mi voluntad, mi rabia, mis palabras, no significaban nada en su mundo de hielo y silencio.
Que para ganar cualquier tipo de poder, primero tenía que soportar la impotencia total, el vacío de no ser ni siquiera digna de una respuesta.
El silencio después de mi rabieta era denso, cargado con el eco de mis propios insultos y la humillación de que nadie los hubiera escuchado… o peor, de que no hubieran importado.
Me había desplomado en el sofá de seda gris, sintiéndome vacía y ridícula, cuando la puerta se abrió.
No fue con el clic suave y mecánico de antes.
Esta vez fue con un crujido de hielo astillándose, y la puerta se abrió lentamente, como si alguien la estuviera abriendo con pereza desde el otro lado.
Y allí estaba, apoyada contra el marco con una pose estudiadamente despreocupada: Vex.
La demonio de cabello blanco platino y ojos de esmeralda gélida.
Llevaba un vestido diferente, esta vez de un rojo vino tan oscuro que casi era negro, que contrastaba brutalmente con su palidez y el entorno blanco y gris.
Sonreía, esa sonrisa amplia, falsa y llena de dientes perfectos.
—¡Vaya, vaya!
—dijo, su voz un arrastre meloso—.
¿Todo ese escándalo para mí?
Me halaga, preciosa.
Aunque debo decir, algunos de los insultos eran… creativos.
‘Centro comercial para zombies’.
Me gusta.
Tiene garra.
Me puse de pie de un salto, la vergüenza y la sorpresa haciendo que la sangre me subiera a las mejillas de inmediato.
Me sonrojé, una reacción estúpida y humana que solo pareció divertirla más.
—¿Tú…?
¿Dónde está Silas?
—logré preguntar, intentando que mi voz sonara firme.
—Oh, el señor está… ocupado.
Calculando cosas.
Planeando jugadas.
Aburriéndose, probablemente —respondió Vex, entrando a la habitación con un movimiento de caderas exagerado.
Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, y su sonrisa se volvió lasciva—.
Pero yo me aburría más.
Y entonces escuché a nuestra nueva mascota haciendo tanto ruido… Eso es lo que más me encanta de los humanos.
Su… sentimiento.
Tan crudo, tan jugoso.
Da ganas de hincarle un diente.
Se acercó más, y pude oler su perfume, una versión aún más embriagadora y dulzona del jazmín helado, con notas de algo metálico y peligroso.
Me quedé paralizada, no tanto por miedo, sino por la intensidad invasiva de su presencia.
—Yo… no soy una mascota —murmuré, apartando la mirada, sintiéndome increíblemente joven y tonta.
—Claro que no, cariño —dijo, y su tono era condescendiente—.
Eres una rareza.
Una delicia.
Y nuestro señor, en su infinita sabiduría glacial, me ha encargado que te alimente.
No vaya a ser que te marchites antes de que pueda… jugar contigo.
Hizo un gesto vago con la mano hacia la puerta abierta.
La luz del pasillo, más brillante que la de mi suite, entraba en la habitación.
—Vamos.Y no hagas esperar a una dama.
O a un demonio.
Es igual de peligroso.
Hesité.
¿Era una trampa?
¿Una prueba de Silas?
Pero el hambre, un retorcijón real y urgente en mi estómago que había ignorado en mi furia, se hizo sentir.
Y Lili había dicho que obedeciera.
¿Incluía esto?
—¿A dónde… vamos?
—pregunté, siguiéndola hacia la puerta con cautela.
Vex se volvió al salir al pasillo, su vestido rojo oscuro una mancha de sangre en el paisaje blanco y gris.
—A comer, cielo.
¿O no tienes hambre?
—Sus ojos esmeralda brillaron con malicia—.
Porque yo sí.
Y la comida aquí es… interesante.
Salió al pasillo, y yo, con un último vistazo a mi jaula de seda, la seguí.
El estómago me rugió, traicionero, recordándome que por muy poderosa que fuera mi herencia nephelim, tenía mis necesidades más básicas.
Y Vex, con su actitud de depredadora juguetona, parecía la anfitriona más peligrosa posible para un simple aperitivo.
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