NEPHELIM - Capítulo 19
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19: Capítulo 18 19: Capítulo 18 Caminamos en silencio por los pasillos helados del palacio.
Un silencio extraño, no del todo incómodo, sino cargado por la presencia vibrante y depredadora de Vex a mi lado.
Cada uno de sus pasos era un susurro sedoso, el mío un eco torpe.
Ella parecía flotar, yo arrastrar los pies.
Fue ella quien rompió el silencio, su voz un puré meloso que cortaba el aire frío.
—Es fascinante—dijo, sin mirarme, observando sus propias uñas perfectamente pintadas de un negro azabache—.
Cómo los humanos se dejan llevar.
Sus sentimientos los nublan, los hacen temblar, los hacen… gritar contra puertas.
Es tan… desordenado.
En cambio, los demonios, y supongo que también esos aburridos ángeles, somos superiores a eso.
La mente clara.
La voluntad pura.
El deseo, sí, pero un deseo frío como una daga.
No ese caos hirviente que llevas dentro, preciosa.
Sus palabras eran un espejo de lo que Silas representaba, pero envuelto en seda en lugar de hielo puro.
Era un recordatorio de mi “inferioridad” humana, y un golpe a la confusión de emociones que aún hervían en mí después del sueño con Lili y mi rabieta.
No respondí.
Concentré mis ojos en el pasillo que se abría ante nosotros, un túnel de luz tenue y paredes reflectantes.
Llegamos a un tramo más amplio, donde varios pasillos convergían.
Justo antes de entrar a lo que parecía un gran comedor con puertas altas de madera oscura (¿madera real, aquí?), Vex se detuvo en seco.
Con un movimiento rápido como el de una serpiente, su mano enguantada de cuero negro se cerró alrededor de mi brazo con una fuerza sorprendente y me giró hacia ella.
Sus ojos esmeralda, de repente sin rastro de burla, ardían con una intensidad aterradora.
—Escúchame bien,híbrida —susurró, su rostro a solo centímetros del mío.
Su aliento olía a vino especiado y a algo dulcemente podrido—.
Eres mitad ángel, mitad demonio.
Deja de arrastrarte y gemir como un humano estúpido.
Compórtate como lo que eres.
Antes de que pudiera reaccionar, o protestar, ella se inclinó.
No fue un beso.
Fue una toma de posesión.
Sus labios, sorprendentemente cálidos, se aplastaron contra los míos con una ferocidad que no era passion, sino dominación.
Y entonces, mordió.
Un dolor agudo y punzante me hizo arquearme.
Sintió el sabor metálico de mi sangre en mi propia boca.
Vex se separó unos milímetros, sus labios manchados de un rojo brillante.
Sus ojos, muy abiertos, miraban la pequeña herida en mi labio con hambre pura.
Luego, con un movimiento obscenamente lento, pasó la lengua por sus propios labios, limpiándose mi sangre.
—Delicioso —siseó, y la palabra estaba cargada de un placer profundo y perverso—.
Un toque de cielo, un regusto de abismo… y ese caos humano que le da… picante.
Me soltó de golpe, como si fuera un trapo sucio.
Me tambaleé, llevándome una mano al labio sangrante, paralizada por el shock, la violación y la extraña electricidad que el acto había dejado en el aire.
Vex ya se había dado la vuelta, recuperando su actitud despreocupada al instante.
Empujó las puertas del comedor de par en par y entró con una risa clara y burlona.
—¡Silas,mi gélido amor!
¡Crogan, mi bello ogro!
¡Miren lo que traje!
¡Con bocadito incluido!
Su voz se perdió dentro del comedor.
Yo me quedé en el umbral, temblando, con el sabor a mi propia sangre y a su ambrosía infernal en la boca, el labio palpitando.
La humillación era total, pero mezclada con algo más: una rabia fría, diferente a la de antes.
No era el grito de una humana asustada.
Era el latido silencioso de algo que despertaba dentro de mí, algo que reconocía el lenguaje de la dominación, del poder tomado por la fuerza.
Con un esfuerzo, me sequé el labio con el dorso de la mano, mirando la mancha roja.
Luego, levanté la cabeza y entré en el comedor, con los ojos secos y una nueva determinación hallándose en mi mirada.
Vex me había dado, sin querer, la segunda lección: en este lugar, la debilidad se pagaba con sangre.
Y era hora de dejar de sangrar.
Crucé el umbral del comedor.
Era una sala larga y estrecha, con una mesa de ébano pulido que podía albergar fácilmente a veinte personas.
Las paredes estaban cubiertas de tapices de hilo de plata que representaban cacerías abstractas y geométricas.
Candelabros de cristal colgaban del techo, sus llamas eran de un fuego azul y silencioso que no emitía calor, solo una luz fría y parpadeante.
En el extremo más lejano de la mesa, en la cabecera, estaba Silas.
No parecía diferente, impecable en su traje gris perla, los dedos entrelazados sobre la mesa, observando mi entrada con sus ojos dorados inescrutables.
A su izquierda, en el asiento contiguo, estaba Vex, ya recostada con desenfado, jugueteando con una copa de cristal llena de un líquido negro.
Junto a ella, Crogan ocupaba su lugar con la expresión de perpetuo desagrado, sus ojos granate clavados en mí como si yo fuera un insecto particularmente molesto.
Sin dudarlo, caminé hacia el extremo opuesto de la larga mesa, lo más lejos posible de ellos, y jalé una de las pesadas sillas de madera oscura para sentarme.
El sonido de la madera arrastrándose sobre el suelo de piedra fue estridente en el silencio.
—Estás muy callada, Alana —dijo la voz de Silas, fluyendo por la longitud de la mesa como un río de hielo.
No era una pregunta; era una observación cargada de burla—.
Y te sientas tan lejos.
¿No te gusta nuestra compañía?
Después de tu… entusiasta bienvenida a la puerta, esperaba más conversación.
No le miré.
Me limité a colocar la servilleta de lino sobre mi regazo, fingiendo una calma que no sentía.
—Estoy cómoda aquí—dije, mi voz sonó más firme de lo que esperaba.
—¿Ah, sí?
—preguntó él, y había un deje de diversión en su tono—.
Qué lástima.
Porque yo no.
Levantó ligeramente la mano derecha, enguantada de cuero blanco.
No hubo un gesto dramático.
Solo un pequeño movimiento de sus dedos, como si estuviera tirando de un hilo invisible.
Y entonces, sucedió.
No fue como si me levantaran.
Fue como si el aire mismo a mi alrededor se solidificara, formando una cápside de presión fría e irresistible.
De repente, mis pies ya no tocaban el suelo.
La silla en la que estaba sentada se deslizó hacia atrás por su propia voluntad, y yo floté, suspendida a medio metro del suelo, completamente inmovilizada por una fuerza que no podía ver ni combatir.
No me asfixiaba, no me hacía daño.
Simplemente me sostenía, como un insecto en ámbar.
—Ven —dijo Silas, su voz suave pero implacable.
Con ese mismo leve gesto de sus dedos, la fuerza invisible me arrastró.
Volé suavemente, de manera grotesca, por encima de la larga mesa, pasando sobre los platos vacíos y los candelabros de fuego azul, sintiendo las miradas de Vex (divertida) y Crogan (despreciativa) siguiendo mi trayectoria.
Me detuve justo al lado de Silas, a su derecha, y la fuerza me depositó con suavidad, pero con firmeza, en la silla que había allí.
La sella se acercó sola a la mesa con un suave crujido.
Todo había ocurrido en cuestión de segundos.
Silencioso, eficiente, y una demostración absoluta de poder.
Ahora estaba sentada a su lado derecho, con Vex y Crogan justo enfrente, al otro lado de la ancha mesa.
El lugar de honor, o el lugar del trofeo, dependiendo de cómo se viera.
Silas bajó la mano y tomó su copa, sin mirarme.
—Mucho mejor—dijo, como si acabara de corregir la posición de un florero—.
La conversación fluye mejor cuando no hay que gritar.
¿No te parece, mi pequeña rareza?
No pude responder.
La humillación de ser manejada como una marioneta, sumada a la violación de Vex minutos antes, había creado un nudo de furia y vergüenza tan denso en mi garganta que me impedía hablar.
Solo podía mirar mi plato vacío, sintiendo el ardor en mi pecho comenzar a latir con fuerza, una respuesta instintiva a la opresión.
La cena, fuera lo que fuese, aún no había comenzado.
Pero yo ya me sentía devorada.
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