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NEPHELIM - Capítulo 2

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2: Capítulo 1 2: Capítulo 1 Un frío que no era de este mundo se enroscaba en mis huesos.

Mi cuerpo temblaba como si estuviera atrapada en el corazón de un invierno eterno, un frío que ningún humano podría soportar y sobrevivir.

El sudor que recorría mi frente era espeso, viscoso, casi antinatural.

Como todo en aquel lugar.

Nunca lo había visto.

Estaba segura de que ningún humano que pisara la tierra había contemplado algo así, ni siquiera en sus pesadillas más febriles.

Era hermoso de una forma aterradora, un paisaje desolado de tierra negra y resquebrajada, bajo un cielo de un púrpura enfermizo.

Debajo de mis pies, descalzos, podía sentir una vibración constante, un latido sordo que subía por mis tobillos.

La tierra misma, muerta y sedienta, parecía intentar advertirme de un peligro inminente.

Mi cuerpo ya lo sabía, pero mi mente no podía entenderlo.

La vibración constante se mezclaba con un hedor nauseabundo que llenaba el aire, tan espeso que casi se podía palpar.

Era extraño, porque no había nada alrededor, ni un solo cadáver a la vista, pero el olor era el de cientos, de miles de cuerpos en descomposición.

Instintivamente, quise llevarme las manos a la nariz para bloquearlo, pero no pude moverlas.

—¿Qué…?

—musité, confundida.

Alrededor de mis muñecas brillaban unas esposas de un blanco fantasmal, inmaculadas.

De ellas surgían unas cadenas igualmente pálidas que se clavaban en el suelo negro, manteniendo mis brazos inmovilizados.

Tiré de ellas con todas mis fuerzas, pero no cedieron ni un centímetro.

—Pero… ¿dónde estoy?

—Mi voz sonó pequeña y perdida en la inmensidad vacía.

Macdal… macdal… Una voz.

Susurrada, como un eco de un recuerdo lejano.

Me era tan familiar, pero no lograba ubicarla en mi memoria.

¿Dónde la había escuchado antes?

Papá… nos… abandonó, Alana.

Un escalofrío que nada tenía que ver con el frío recorrió mi espina dorsal.

Giré mi cuerpo todo lo que las cadenas me permitieron, torciéndome para ver hacia donde provenía la voz.

No había nadie.

Solo la desolación infinita.

Alana… Alana… ¡ALANA!

¡¿POR QUÉ ME ABANDONASTE?!

La voz estalló en un grito de agonía pura, y una fuerza invisible me golpeó con la violencia de un trueno.

Sentí un crujido húmedo en mi espalda mientras salía despedida hacia atrás, el dolor tan intenso que me dejó sin aliento.

Por un milagro, las cadenas habían desaparecido tan rápido como llegaron.

Caí al suelo con un golpe sordo, y una tos seca me sacudió.

Un dolor punzante en las costillas me arrancó un gruñido de dolor.

Antes de que pudiera reaccionar, el peso gélido de dos manos se posó en mis hombros y me dio la vuelta con una fuerza sobrehumana.

El dolor de segundos antes se desvaneció, reemplazado por un terror primordial.

Delante de mí, arrodillada a mi altura, había una chica.

O mejor dicho, el espíritu de una chica.

Su piel tenía un tinte azulado y céreo, la piel de alguien que había muerto ahogada.

Su cabello, de un rojo fuego idéntico al mío, caía en ondas perfectas sobre sus hombros.

Era yo.

Sus ojos, mis mismos ojos, me devolvieron la mirada.

Pero donde los míos debían tener vida, en los de ella solo había un vacío, un sufrimiento eterno e ineludible.

—¿Estás bien?

—logré susurrar, mi voz no era más que un hilo de voz.

La chica frente a mí inclinó la cabeza ligeramente hacia la izquierda, con un movimiento espasmódico y antinatural, como si estuviera procesando mi pregunta.

A…yu…da… No… de…ir… —La voz no salió de sus labios, sino que resonó directamente dentro de mi cráneo.

—¿Eres tú?

—pregunté, arrastrándome un poco hacia ella—.

¿La que me ha estado hablando?

—Es tu culpa —su voz real era un susurro ronco, apenas audible.

Sus labios azules apenas se movieron.

—¿Qué?

—me acerqué un poco más, confundida.

—¡Es tu culpa!

—gritó de pronto, y su voz se multiplicó, distorsionándose—.

¡ES TU CULPA!

¡DEBISTE HABER MUERTO!

¡ES TU CULPA, TU CULPA, TU CULPA, CULPA, CULPA, CULPA!

Las palabras no solo golpearon mis oídos; se clavaron como cuchillos en mis sienes.

Un dolor de cabeza cegador estalló dentro de mi cráneo, tan brutal que sentí que mis ojos iban a salirse de sus órbitas.

Llevé mis manos a la cabeza, gritando en silencio.

Mis piernas cedieron y caí de rodillas, luego me desplomé por completo sobre la tierra fría.

El mundo se redujo a esa agonía palpitante.

Ya no me importaba el espíritu.

No me importó cuando la sentí acercarse, ni cuando se agachó a mi lado.

Su presencia era solo una nota más en la sinfonía de dolor que consumía mi conciencia.

Entonces, sentí su boca helada junto a mi oído, y un susurro penetrante cortó a través de la niebla del dolor.

Tienes que ayudarme, por favor… Mis ojos se abrieron de golpe, abiertos de par en par.

La tierra negra, el cielo púrpura, el espíritu… todo empezó a desvanecerse, disolviéndose en la penumbra familiar de mi habitación.

Sabía que estaba despertando, que escapaba de la pesadilla.

Pero una última palabra flotó en el aire, atravesando el velo entre el sueño y la vigilia, clara y desesperada: Ayúdame… Mi jadeo rasgó el silencio de la habitación.

Me incorporé de golpe en la cama, las sábanas empapadas y frías pegadas a mi piel.

El corazón me martillaba las costillas, un eco doloroso del golpe fantasma de mi sueño.

Entrecerré los ojos, dejando que la penumbra familiar de mi dormitorio se materializara: el ropero, la ventana, la puerta cerrada.

Solo un sueño, me repetí, frotándome las muñecas donde aún sentía el frío de aquellas esposas blancas.

Solo una pesadilla.

Pero el susurro—Ayúdame—flotaba en el aire, tan real que podía saborear su desesperación.

Tok, tok, tok.

Golpes en la puerta de mi departamento.

Mi corazón dio un vuelco.

Miré el reloj en la mesita de noche.

6:04 de la mañana.

Demasiado temprano.

Una gota de sudor frío se deslizó por mi sien mientras me levantaba con movimientos lentos, cautelosos.

Cruzé la pequeña sala sintiendo la frialdad del piso a través de los calcetines.

Me acerqué a la puerta y me incliné, acercando el ojo a la mirilla.

El débil resplandor del pasillo iluminaba un corredor vacío.

No había nadie.

Me lo estoy imaginando, me dije, atribuyéndolo a los residuos de la pesadilla.

Di media vuelta, decidida a ignorarlo, cuando el sonido volvió a sonar, más insistente.

¡Tok, tok, tok!

Me quedé paralizada, conteniendo la respiración.

Esperé.

No se oyeron pasos.

Me asomé de nuevo por el agujero.

Nada.

Absoluta y inquietantemente nada.

No estaba asustada, no exactamente.

Después de años de convivir con lo invisible, el miedo puro se había convertido en una desconfianza crónica.

Pero esto era raro.

Demasiado tangible.

Tomando una decisión, giré el picaporte y abrí la puerta lo justo para asomar la cabeza.

El pasillo seguía desierto.

—¿Hola?

—llamé, mi voz sonó áspera por el sueño y la tensión.

Silencio.

Suspiré, cerrando la puerta con un golpe seco y echando el cerrojo.

Esto ya me ha pasado antes, pensé, recapitulando.

A veces, los más persistentes, los que mueren con un propósito, encuentran la forma de hacer ruido.

Golpean puertas, mueven objetos.

Es mi normalidad.

Pero nunca a las 6 de la mañana con el eco de una pesadilla aún recorriéndome la piel.

Decidí que un café fuerte explicaría mejor las cosas.

Me di la vuelta para dirigirme a la pequeña cocina…

Y me quedé tiesa.

Allí, sentada en el borde de mi cama, con la espalda perfectamente recta y las manos juntas sobre el regazo, estaba la chica.

La misma de mi sueño.

Piel azulada, cabello rojo fuego impecable, vestido empapado pegado a su cuerpo.

Sus ojos, mis ojos, pero vacíos de toda vida, ya no me miraban desde un paisaje onírico.

Me miraban aquí, en mi santuario, en mi realidad.

El aire se heló en mis pulmones.

No podía moverme, no podía respirar.

Ella inclinó la cabeza con el mismo movimiento espasmódico y antinatural de mi pesadilla.

—¿Estás bien?

—la pregunta me salió en un hilo de voz, un reflejo estúpido.

Sus labios azules se entreabrieron.

Un sonido áspero, como el agua filtrándose en una cueva, salió de ellos.

—N-a-die v-ino a b-uscarme.

—¿Qué?

—logré articular, congelada en el sitio.

Sus ojos, de repente, se llenaron de una negrura profunda.

La punzada en mis sienes regresó, familiar y brutal.

—Nadie.

Como tú.

Me dejaste allí.

—Su voz ya no era un susurro, sino un coro de agonías superpuestas—.

¡ME DEJASTE AHOGAR!

Se levantó de la cama de un modo que desafió la gravedad, flotando hacia mí.

Un frío polar emanó de ella, haciéndome retroceder contra la puerta.

—¡No te conozco!

—grité, levantando las manos en un gesto defensivo—.

¡No sé de qué hablas!

—¡MI NOMBRE!

—rugió, y la ventana de mi habitación se estremeció—.

¡DEBISTES HABER OÍDO MI NOMBRE!

Se abalanzó.

Ya no era una figura etérea; era un vendaval de ira y frío.

Sentí sus manos, sólidas y heladas como el mármol de una lápida, cerrarse alrededor de mi cuello.

La presión fue instantánea, brutal.

Pataleé, ahogándome, clavando mis uñas en sus muñecas espectrales pero encontrando una resistencia horrible y tangible.

—Suéltame—, fue lo único que pude forcejear, mientras manchas negras bailaban en mi visión.

Luché con todas mis fuerzas, empujándola, girando.

Sentí el borde de la cama golpearme detrás de las rodillas y caí hacia atrás sobre el colchón, arrastrándola conmigo.

Seguía encima de mí, sus dedos hundiéndose en mi garganta, su peso increíblemente real aplastándome.

Su rostro, mi rostro, estaba a centímetros del mío, deformado por un odio eterno.

—D-ebiste…

estar…

allí—, siseó.

Con un último y desesperado esfuerzo, logré sacar un brazo y empujé su cara con todas mis fuerzas.

Mi mano no tocó piel, sino un hielo penetrante que me quemó.

Y de pronto…

el peso desapareció.

Jadeaba, tosiendo, masajeándome el cuello donde aún sentía la marca de sus dedos.

Me incorporé de un salto, mirando alrededor frenéticamente, lista para otro ataque.

Mi habitación estaba vacía.

La luz del amanecer comenzaba a filtrarse por las persianas.

No había nadie más.

Solo yo, temblando como un flan, las sábanas revueltas y el recuerdo vívido de sus manos en mi cuello.

Había sido…

¿otro sueño?

¿Una alucinación?

Pero el dolor en la garganta era real.

El frío que aún quemaba en mis palmas era real.

Me quedé sentada en la cama, envolviéndome en la manta, mirando fijamente el lugar donde ella había estado.

El susurro final de mi pesadilla ahora era una certeza aterradora.

Esto no había terminado.

Solo estaba comenzando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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