NEPHELIM - Capítulo 20
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20: Capítulo 19 20: Capítulo 19 Sentada a la derecha de Silas, forzada e inmóvil, podía sentir la energía dentro de mí agitándose como una bestia enjaulada.
La humillación, la ira contenida, hacían que el ardor en mi pecho latiera con un ritmo sordo y peligroso.
Miré mis manos, que descansaban sobre el frío ébano de la mesa, y lo vi: un tenue oscurecimiento comenzaba a extenderse por las venas de mis muñecas, como tinta negra filtrándose bajo la piel.
No era el brillo dorado de la ira pura; era algo más frío, más sombrío, la respuesta de la parte abismal de mi herencia al menosprecio y al control absoluto.
Me aferré al borde de la mesa, intentando calmarme, forzando la respiración.
No podía permitir que se viera.
No aquí.
Crogan, desde el otro lado de la mesa, no apartaba su mirada granate de Silas.
Su expresión era una nube de tormenta.
—¿Y?—gruñó, rompiendo el tenso silencio—.
¿Qué hacemos ahora?
Tenemos a Arda convirtiendo las esferas inferiores en un hervidero buscándola, y a Argo enviando sus sabuesos del vacío a husmear en nuestros límites.
Todo por esta… híbrida que ni siquiera sabe lo que es.
Silas tomó un sorbo de su copa, que contenía un líquido del color del mercurio.
—No te preocupes por eso,Crogan —dijo, su voz era plana, un manto de hielo sobre la irritación de su subalterno—.
Lo tengo controlado.
Arda está… distraído.
Y Argo está jugando un juego a más largo plazo.
Nosotros tenemos lo que ambos quieren.
Eso nos da ventaja.
—¿Ventaja?
—Crogan golpeó la mesa con el puño, haciendo temblar los cubiertos de plata—.
¡Es un imán de problemas!
¡Cada momento que está aquí, nos acerca más a una guerra abierta con una de las Esferas Superiores, o con el propio Consejo de los Siete!
¡Y tú dices que lo tienes controlado?
¿Controlado cómo?
¿Escondiéndola en tu suite y esperando a que se aburran?
El aire en el comedor se volvió aún más frío.
Silas bajó su copa lentamente.
No hubo un gesto violento, pero la presión a su alrededor aumentó palpablemente.
Incluso Vex, que había estado sonriendo con divertida malicia, se enderezó un poco en su silla.
—Crogan—dijo Silas, y cada sílaba era un cristal afilado—.
Estás cuestionando mi juicio.
Y mi gestión de los riesgos.
¿Acaso el frío de la Cuarta Esfera está empezando a agrietar tu lealtad, o es solo tu habitual falta de visión?
Fue una amenaza velada, clara y mortal.
Crogan palideció ligeramente, su ira contenida chocando contra el muro de autoridad absoluta de Silas.
Rechinó los dientes, pero no dijo nada más.
Fue Vex quien, con una risa como el tintineo de campanillas rotas, rompió la tensión.
—¡Ay,niños, niños!
¡Discutiendo de política y guerras aburridas en la mesa!
—Se inclinó hacia adelante, sus ojos esmeralda brillando con malicia renovada—.
¿Y si hablamos de algo más divertido?
¿Algo que realmente importa?
La Fiesta del Deshielo Creciente está a la vuelta de la esquina.
Solo faltan tres ciclos lunares.
Silas desvió su mirada dorada de Crogan hacia Vex, una ceja ligeramente arqueada, como si agradeciera el cambio de tema.
—¿Ya?El tiempo vuela cuando uno se divierte torturando almas y manteniendo un reino helado.
—¡Por supuesto!
—exclamó Vex, claqueando—.
Y este año tiene que ser espectacular.
Después de todo… —su mirada se deslizó hacia mí, una sonrisa de dientes demasiado blancos—, ¡tenemos una invitada de honor tan especial!
Una Nephalim en nuestra corte.
Será el evento de la temporada.
Todos querrán verla.
Olerla.
¿Tal vez… probarla?
Crogan gruñó, pero esta vez parecía más resignado que furioso.
—Un espectáculo innecesario.Llamará aún más la atención.
—Precisamente —dijo Silas, su voz recuperando su tono calculador—.
A veces, la mejor forma de esconder algo es mostrarlo a plena luz, pero en tus propios términos.
Bajo tu control.
La Fiesta será… una declaración.
De que lo que es mío, permanece bajo mi protección.
Y un recordatorio para ciertas partes de que moverme contra mí tiene un costo social, además de cualquier otro.
Hablaban de mí como si fuera un centro de mesa decorativo, o un animal exótico que iban a exhibir.
Pero en sus palabras, entendí la jugada de Silas.
No solo me escondía.
Me usaba.
Como un peón en su tablero, como un trofeo para afirmar su poder ante Arda y Argo.
La “Fiesta del Deshielo Creciente” no sería una celebración.
Sería una trampa elegante, un campo de batalla social donde yo sería el cebo y el premio.
Si iba a ser exhibida, sería en mis términos.
O al menos, comenzaría a aprender cuáles eran esos términos.
Y la segunda lección sería sobrevivir a una fiesta demoníaca sin convertirme en el plato principal.
La cena fue servida por sirvientes silenciosos y andróginos vestidos de gris.
Cuando colocaron mi plato frente a mí, me quedé mirándolo, sin poder creerlo.
Era pollo.
Pechuga de pollo asada, con una piel dorada y crujiente, acompañada de unas verduras al vapor y lo que parecía una salsa de vino.
Olía… normal.
A comida humana.
A hogar.
En medio del palacio de hielo, de los demonios de alta gama y las conversaciones sobre fiestas de tortura social, aquello era lo más surrealista que había visto.
No pude evitar mirar a Silas.
Él, cortando con elegancia un trozo de algo que parecía filete de un animal de escarcha, notó mi mirada.
—Te sorprendes —observó, sin levantar la vista de su plato.
—Es… pollo —dije, incapaz de contenerlo—.
¿De dónde… demonios sacaste pollo?
Una leve sonrisa jugueteó en sus labios.
—Los detalles logísticos son aburridos,y la proveniencia, irrelevante.
Ahora, come.
Tienes que recuperar fuerzas.
Mañana será un día largo.
Su tono dejó claro que no habría más explicaciones.
Comimos en silencio, un silencio solo roto por el suave tintineo de la plata y los sorbos de líquidos extraños.
Vex devoró su comida (que parecía consistir en gélatina vibrante de colores cambiantes) con entusiasmo obsceno, lanzándome miradas lascivas entre bocado y bocado.
Crogan engulló su plato (un guiso oscuro y espeso) con la misma expresión de desagrado con la que hacía todo.
Pronto, Vex bostezó exageradamente.
—Bueno,esta ha sido divertido, pero tengo que ir a diseñar mi vestido para la Fiesta.
Tiene que ser… devastador.
—Se levantó y, pasando detrás de mi silla, dejó caer una mano helada sobre mi hombro por un segundo, haciendo que me estremeciera—.
Hasta luego, bocadito.
Crogan se levantó poco después, sin una palabra, solo un gruñido de despedida dirigido a Silas.
—Voy a revisar los puestos de guardia en los límites.Los Ahuizotl han estado demasiado cerca.
Y así, de repente, quedamos solos.
Silas y yo, en el extremo de la larga mesa, con los restos de la cena entre nosotros y el aire cargado de una tensión eléctrica y extraña.
Ya no era la hostilidad de antes, ni el miedo de mi parte.
Era algo más complejo, un campo de fuerza entre el carcelero y su rehén, entre el maestro potencial y la alumna reticente, entre el demonio y la nephelim cuya sangre había probado su subordinada.
Silas terminó su vino (mercurio) y apoyó la copa.
Me miró, sus ojos dorados evaluándome en el silencio.
Aproveché el momento.
—¿Qué…qué es ese festival del que hablaban?
La… Fiesta del Deshielo Creciente.
Él inclinó llevemente la cabeza.
—¿Te interesa?—preguntó, su tono era neutro, pero había un destello de curiosidad en su mirada.
—Me van a exhibir como un animal de feria, ¿no?
—dije, sin rodeos—.
Creo que tengo derecho a saber en qué tipo de jaula me van a meter.
Una sonrisa genuina, pequeña y privada, curvó sus labios por un instante.
—Directa.Me gusta eso.
Es un cambio refrescante de los gritos.
—Se recostó en su silla—.
El Deshielo Creciente no es una feria.
Es el evento social más importante del año en la Cuarta Esfera.
Conmemora… bueno, la única vez al año en que el frío absoluto de mi reino cede lo más mínimo, permitiendo que ciertas energías, ciertos ecos, fluyan con más fuerza.
Es una celebración de la paradoja: el frío que permite vislumbrar el calor perdido, el orden que muestra sus grietas.
Hay desfiles, música, arte… todo bajo la estética del reino, por supuesto.
Y es cuando todos los poderes importantes, y los que aspiran a serlo, se reúnen.
Una vitrina perfecta.
—Una vitrina para mostrarme —concluí.
—Una vitrina para mostrar que poseo algo que otros codician —corrigió él—.
Y para recordarles que intentar quitármelo tendría un costo prohibitivo en este escenario.
Serás el centro de atención, sí.
Pero bajo mi protección.
Y siguiendo mis reglas.
—¿Qué reglas?
—pregunté, sintiendo un nudo de aprensión en el estómago.
—Eso —dijo, levantándose de la mesa—, es lo que empezarás a aprender mañana.
Por ahora, has comido.
Has tenido tu pequeña sesión de preguntas.
Es hora de descansar.
—Hizo un gesto hacia la puerta—.
Te acompañaré a tu suite.
No quiero que te pierdas, o que Vex decida que quiere un aperitivo nocturno.
Me levanté, sintiendo la extraña electricidad del momento persistiendo.
Esta conversación, aunque breve y cargada de su cinismo habitual, había sido la primera en la que no me había sentido como un objeto completamente pasivo.
Había preguntado.
Él había respondido, hasta cierto punto.
Caminamos de vuelta por los pasillos en silencio, pero esta vez el silencio era diferente.
No era el vacío opresivo de antes.
Era el silencio de dos jugadores que reconocen el tablero, y que saben que la partida, aunque desigual, acaba de comenzar en serio.
Y la primera ronda sería una fiesta infernal.
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