NEPHELIM - Capítulo 21
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21: Capítulo 20 21: Capítulo 20 bosque.
Había un bosque.Era hermoso, de una belleza retorcida y perturbadora.
Los árboles no eran de plata o hielo, sino de una madera negra y brillante, como ébano pulido por la lluvia.
Sus ramas no se alzaban hacia el cielo, sino que se retorcían y enredaban entre sí en ángulos imposibles, formando arcos y túneles naturales.
Pero lo más inquietante eran las cortezas.
En los nudos, en las grietas, había formaciones que parecían ojos.
No se movían, pero daban la inconfundible sensación de observación.
Sentí cientos de pupilas imaginarias clavadas en mí, siguiendo cada paso, cada respiro.
—¿Podemos…parar un poco?
—jadeé, apoyándome contra un tronco nudoso que sentí… palpitar levemente bajo mi mano, apartándola de un salto—.
No soy tan rápida como tú.
Silas no se detuvo, ni siquiera disminuyó el paso.
Su voz llegó desde unos metros adelante, clara y fría como siempre.
—No lo eres porque no has entrenado ninguna de tus partes, híbrida.
La fuerza física del abismo duerme en tus músculos.
La agilidad del cielo, en tus reflejos.
Estás usando un cuerpo de humana débil porque es lo único que conoces.
Eso termina hoy.
No nos pararemos hasta llegar.
—¿Hasta llegar a dónde?
—pregunté, obligando a mis piernas a seguir moviéndose, sintiendo cómo el sudor se enfriaba de inmediato en mi piel.
—A donde necesites estar para entender —fue su única y críptica respuesta.
Frustrada, exhausta, y aún con el recuerdo de los “ojos” de los árboles en mi nuca, alcancé un tono sarcástico.
—Podrías ser un poco amable,¿sabes?
—dije, esquivando una rama baja que pareció bajarse un poco más para rozarme—.
No te mata la amabilidad.
Esta vez, se detuvo.
Se volvió lentamente, y en la penumbra verdosa del bosque, sus ojos dorados brillaron como dos lunas llenas.
—La amabilidad—dijo, cada palabra medida— es un lubricante social humano.
Una mentira útil para conseguir cosas, evitar conflictos o engañar a los débiles.
Aquí, en este bosque, en mi reino, en la guerra en la que estás, la amabilidad es ruido estático.
Es debilidad.
Prefiero ser honesto que fingir amabilidad.
Soy tu instructor, no tu amigo.
Mi trabajo es forjar en ti algo que pueda sobrevivir, no hacerte sentir cómoda mientras te devoran.
Así que guarda tus anhelos de cortesía y concéntrate en no romperte un tobillo.
Mueve los pies como si el suelo te quemara.
Siente la tierra, anticipa las raíces, usa esa percepción ampliada que tienes y que solo usas para escuchar lamentos.
Ahora, muévete.
Su discurso, duro y carente de cualquier calor, me golpeó con más fuerza que el agotamiento.
No había consuelo.
No había indulgencia.
Solo la cruda verdad de mi situación y la exigencia brutal de superarla.
Con un gruñido de esfuerzo, empujé mis piernas a seguir.
Y entonces, intenté hacer lo que decía.
En lugar de luchar contra el bosque, intenté sentirlo.
Cerré los ojos un instante (confiando en no chocar) y extendí esa extraña percepción que me permitía escuchar los latidos de la piedra y los susurros de los muertos.
El bosque cobró vida de una manera nueva.
No eran solo ojos en la corteza.
Sentí la red de raíces bajo mis pies, un mapa subterráneo de hambre y crecimiento lento.
Sentí la intención de las ramas, no malévola, pero sí curiosa, intrusiva, como dedos que buscaran tocarme.
Olí el miedo de criaturas pequeñas escondidas, y el letargo profundo de cosas más grandes y antiguas dormidas en la tierra negra.
Abrí los ojos.
Y por primera vez, esquivé una raíz antes de tropezar con ella.
Mi paso se volvió un poco más ligero, un poco más seguro.
No era gracia, ni poder.
Era consciencia.
Silas, que había reanudado la marcha, no dijo nada.
Pero vi el leve movimiento de su cabeza, una inclinación casi imperceptible que podía ser de… ¿reconocimiento?
🪽 Después de lo que pareció una eternidad abriéndose paso entre los árboles que observaban, el bosque se abrió de repente.
Fue como salir de una catedral oscura y abarrotada a una pradera bajo un cielo abierto.
Pero el cielo aquí no era el techo de hielo púrpura del palacio, ni el verde opresivo de la arboleda.
Era una cúpula natural de un azul profundo y lechoso, como un zafiro visto a través de humo, de donde emanaba una luz suave y difusa que no provenía de ningún sol visible.
Y ante nosotros se extendía un prado.
No era de hierba verde y vibrante, sino de una vegetación baja de tonos plateados, azules pálidos y morados oscuros.
Flores con pétalos que parecían de terciopelo negro o de cristal azul crecían en grupos ordenados, y la “hierba” era en realidad un musgo grueso y aterciopelado que emitía un tenue brillo a nuestro paso.
El aire olía a ozono fresco, a tierra fértil y a un perfume floral desconocido, limpio y poderoso.
No había un solo árbol.
Era un claro perfecto, un santuario de quietud y belleza sobrenatural que no encajaba en nada de lo que había visto en el Infierno.
Me detuve, sin aliento, no por el esfuerzo esta vez, sino por el asombro.
—¿Qué…qué es esto?
—susurré, incapaz de apartar la vista de la extraña y magnífica pradera.
Silas se detuvo a mi lado, su mirada recorrió el lugar con algo que podía ser… respeto.
—Esto—dijo, su voz más baja de lo habitual— no es obra del Infierno.
Hace eones, un aquelarre de brujas poderosas, perseguidas en todos los planos, encontró refugio aquí, en un pliegue olvidado.
No para vivir, sino para morir.
Y al hacerlo, con su último aliento colectivo, crearon esto.
Es un lugar que conecta con las Tres Naturalezas: la esencia ordenada del Cielo, la energía caótica del Infierno, y el potencial bruto y soñador de lo Humano.
Es un crisol.
Un punto neutro.
Y es aquí donde empezarás a canalizar tu poder.
—¿Canalizar?
¿Cómo?
—pregunté, sintiendo el ardor en mi pecho latir en respuesta al lugar, como si una cuerda interna hubiera sido pulsada.
—Primero, lo sensorial.
Lo que ya has vislumbrado: la percepción ampliada.
Luego, lo físico.
La resistencia, la fuerza que duerme en ti.
—Señaló hacia el centro exacto del prado, donde el musgo plateado formaba una figura—.
Párate allí.
En la X.
Miré hacia donde señalaba.
En efecto, las plantas de colores más oscuros formaban una X perfecta en el centro del claro, como si hubieran crecido siguiendo un diseño.
Caminé hacia el centro con reverencia, sintiendo cómo la energía del lugar vibraba bajo mis pies, una sinfonía sorda de tres notas completamente diferentes pero en extraña armonía.
Me paré en el cruce de la X.
—Levanta los brazos —ordenó Silas desde el borde del claro.
Lo hice, sintiéndome un poco ridícula.
—¿Y ahora qué?
—Repite después de mí —dijo, y su tono perdió toda traza de sarcasmo o frialdad.
Se volvió ritualístico, grave—.
Y no me interrumpas.
Pronuncia las palabras tal como las oigas, no como las entiendas.
Asentí, la garganta seca.
Él comenzó a hablar, pero no en ningún idioma que conociera.
Las palabras eran guturales y profundas, luego líquidas y altas, y finalmente terrenales y firmes, todo en una misma frase fluida y compleja.
Era como si tres voces hablaran a la vez.
No entendía una sílaba, pero algo en mi sangre las reconoció.
Mi pecho ardía con fuerza.
—Kael’dara ven… Ishtal me’ryn… Vorin’na fel… —empecé a repetir, torpemente al principio, luego con más fluidez a medida que un eco ancestral en mi memoria parecía guiar mi lengua.
A cada palabra que pronunciaba, el prado respondía.
Las flores de terciopelo negro se erguían.
Los musgos brillantes palpitaban.
Del suelo, en los límites del claro, líneas de luz comenzaron a encenderse.
No eran doradas, ni negras, ni azules.
Eran blancas, de una pureza cegadora, y trazaron con rapidez geométrica un círculo gigante que encerraba todo el claro.
Desde el perímetro del círculo, más líneas de la misma luz blanca se dispararon hacia dentro, como radios, todas convergiendo, apuntando directamente a mis pies, a la X donde yo estaba parada.
El círculo completo era una rueda de energía pura y antigua, y yo estaba en el centro del cubo.
El aire zumbaba con poder.
La luz blanca no era cálida ni fría; era primordial, anterior a esas divisiones.
Terminé la última sílaba del cántico.
El círculo y sus radios brillaban con intensidad constante, iluminando todo el santuario con una luz de luna potente y sobrenatural.
Bajé los brazos, temblorosa, mirando a Silas a través del campo de luz.
Él estaba de pie justo fuera del perímetro del círculo, su rostro iluminado por el brillo blanco, su expresión era de una satisfacción profunda y calculadora.
—Bien —dijo, su voz resonando en el aire cargado—.
El crisol está activado.
Ahora, pequeña rareza, la verdadera lección puede comenzar.
El círculo intensificará todo lo que eres.
Tus sentidos, tus emociones, tu poder… y tu dolor.
Prepárate.
Porque aquí, no hay lugar para esconderse.
Ni siquiera de ti misma.
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