NEPHELIM - Capítulo 22
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22: Capítulo 21 22: Capítulo 21 El círculo de luz blanca zumbaba a mi alrededor, una jaula de energía pura que hacía que cada partícula de mi ser se sintiera expuesta, amplificada.
El asombro inicial había dado paso a una nerviosa expectación.
—¿Y ahora qué hago?
—pregunté, mi voz sonó extrañamente pequeña dentro del zumbido omnipresente.
Silas permanecía fuera del círculo, una silueta oscura contra el brillo.
—Ahora,vas a aprender a escuchar de verdad —dijo—.
Todo tu ‘don’ ha sido un torrente caótico.
Ruido.
Hoy, vas a controlarlo.
Concéntrate en un solo sonido entre todo lo que te rodea.
Obstruye todo lo demás.
Quiero que escuches el latido del bosque en las profundidades.
Su respiración lenta.
Encuéntralo.
Aislalo.
Cerré los ojos, intentando hacer lo que decía.
Pero fue inútil.
El círculo parecía haber encendido todos mis sentidos a la vez.
Escuchaba el zumbido de la propia energía blanca, un tono alto y constante.
Escuchaba el susurro del musgo aterciopelado bajo mis pies, el crujido microscópico de las flores de cristal, el goteo de savia negra en algún lugar de los árboles lejanos, el vuelo de insectos de alas de hielo que ni siquiera veía.
Era una cacofonía ensordecedora, un coro de millones de voces mínimas que se colaban en mi cráneo.
—No puedo —dije, abriendo los ojos, frustrada—.
Es todo demasiado fuerte.
No puedo bloquear nada.
—Claro que no puedes —replicó él, sin un ápice de empatía—.
Porque estás forcejeando contra la corriente.
No se trata de bloquear.
Se trata de elegir.
Deja que el ruido exista.
Y luego, sumérgete bajo él.
Como buceando bajo las olas.
La superficie es ruidosa, pero en las profundidades hay silencio… y otros sonidos.
Tenés que tener paciencia, Alana.
O, si no tienes paciencia, tenés determinación.
¿O acaso la famosa voluntad humana solo sirve para gritar contra puertas?
Su sarcasmo, mezclado con el desafío, me hizo hervir la sangre.
Respiré hondo, intentando ignorarlo, y cerré los ojos de nuevo.
Pasaron minutos que se sintieron como horas.
Lo intentaba, me frustraba, volvía a intentar.
El zumbado era una tortura.
Las imágenes de las flores, los olores intensificados, todo se mezclaba en una sopa sensorial insoportable.
Dos horas, tal vez más, de ese suplicio.
Mi frustración se convirtió en rabia pura.
—¡Es imposible!
—grité finalmente, abriendo los ojos con lágrimas de frustración—.
¡Este maldito círculo lo amplifica todo!
¡No es justo!
—¿Justo?
—la voz de Silas cortó como un látigo de hielo—.
¿Crees que Arda o Argo van a ser justos?
¿Crees que el poder te llegará en un susurro amable?
Controla tu temperamento, mocosa.
Tu ira es otra ola más en la superficie.
Déjala pasar.
O úsala para bucear más hondo, pero no dejes que te ahogue.
Sus palabras, su desprecio, fueron la gota que colmó el vaso.
Un calor furioso estalló en mi pecho, y sentí que las venas de mis brazos se oscurecían, un mapa de sombra que se extendía bajo mi piel.
Estaba perdiendo el control, y él lo veía.
—¡Cállate!
—le grité, la voz distorsionada por la emoción—.
¡Siempre criticando, siempre burlándote!
¡Si eres tan poderoso, ¿por qué no me lo muestras?!
—Porque no se muestra, se toma —rugió él, y por primera vez, su voz no era fría, sino cargada de una ira contenida y peligrosa que hizo que el círculo de luz parpadeara—.
Y tú no estás tomando nada.
Estás pataleando.
Concéntrate.
ESCUCHA.
Deja de escuchar mi voz, deja de escuchar tu rabia.
¡Escucha lo que hay debajo!
Su último grito, un mandato feroz, me atravesó.
En el clímax de mi furia, de nuestro enfrentamiento, algo cedió.
No por calma, sino por agotamiento total del forcejeo.
Dejé de luchar.
Dejé de intentar bloquear el zumbido, los susurros, su voz, mi rabia.
Simplemente… me rendí a la cacofonía.
Y al hacerlo, ocurrió.
Como si mi conciencia se hubiera desplomado a través del suelo de sonidos, cayó en un silencio vasto y oscuro.
Y en ese silencio, lo escuché.
Una pausa larga,eterna.
Era lento, profundo, inmenso.
No era un corazón.
Era el latido de la tierra misma bajo el bosque.
Y con cada latido, una exhalación lenta, un susurro de raíces que se extendían, de nutrientes que fluían, de una vida antigua y vegetal que nada tenía que ver con ángeles o demonios.
Lo escuché.
Claramente.
Islado.
Perfecto.
Un sonido de asombro, casi una risa ahogada, escapó de mis labios.
—Lo…lo estoy escuchando —susurré, los ojos aún cerrados, una sonrisa de puro asombro extendiéndose en mi rostro—.
Lo estoy escuchando.
El círculo de luz seguía zumbando, pero ahora era solo un telón de fondo.
En el centro de mi ser, en la quietud que había encontrado en medio de la tormenta, había encontrado el ritmo secreto del mundo.
Y era hermoso.
El latido profundo de la tierra resonaba en mí como un tambor ancestral.
Una sonrisa, amplia y genuina, se dibujó en mis labios.
Había logrado algo.
Algo que minutos antes me parecía imposible.
No había sido por fuerza bruta, ni por gritos, sino por… rendición.
Qué ironía.
—Interesante —dijo la voz de Silas, cortando mi euforia interior—.
Trabajas bien bajo presión.
O al menos, cuando la presión te aplasta tanto que dejas de forcejear.
Ahora, vuelve a concentrarte.
Y esta vez, sin molestarte.
Cerré los ojos de nuevo, tratando de aferrarme a esa calma recién descubierta.
Respiré hondo, dejando que el zumbido del círculo, los susurros del bosque, la propia presencia vigilante de Silas, fueran solo olas en la superficie.
Intenté aislar otro sonido.
Busqué algo más sutil.
Al principio, nada.
Solo el mismo ruido de fondo.
Frustración, esa vieja conocida, comenzó a trepar por mi garganta.
Pero recordé sus palabras: sin molestarte.
La dejé pasar.
Respiré otra vez, más profundo.
Y entonces, en el segundo intento, lo encontré.
Un leve aleteo, casi imperceptible, como el batir de las alas de una mariposa de cristal a varios metros de distancia.
Era frágil, rápido, un ritmo nervioso y hermoso.
Lo aislé, lo traje al primer plano de mi conciencia, y dejé que todo lo demás se desvaneciera.
—Lo escucho —susurré, casi para mí misma—.
El aleteo.
—Bien —dijo él, su voz un hilo de aprobación gélida—.
Ahora, el goteo de savia en el tronco del ébano nudoso a tu izquierda.
Tres metros arriba del suelo.
Me concentré.
Fue más fácil esta vez.
Como si mi mente hubiera comprendido el truco.
Encontré el ritmo lento, pegajoso, del líquido oscuro filtrándose por la corteza.
Plip… plip… plip… Un intervalo perfecto.
—Lo tengo —dije.
—El roce de las raíces del musgo plateado bajo tus pies.
Eso fue aún más sencillo.
Era un sonido aterciopelado, casi un susurro de satisfacción vegetal.
Lo aislé con apenas un pensamiento.
Uno tras otro, Silas me lanzaba objetivos: el crujido de un capullo de flor de cristal al abrirse a mi derecha, el zumbido de un enjambre de insectos de escarcha a veinte pasos de distancia, el eco lejano del latido de otra criatura dormida bajo la tierra, más lento y pesado que el de la tierra misma.
Y yo los encontraba.
Todos.
Cada vez más rápido, con menos esfuerzo.
Era como afinar un instrumento que siempre había estado desafinado dentro de mí.
Una risa burbujeante, una carcajada de pura y simple felicidad por el logro, escapó de mis labios.
Era un sonido extraño aquí, en este santuario de belleza retorcida y entrenamiento brutal.
Un sonido humano, cálido, desprevenido.
Me volví, con esa sonrisa aún en el rostro, buscando con la mirada a Silas para compartir, aunque fuera un instante, este triunfo.
Y me encontré con sus ojos.
Él estaba allí, de pie justo fuera del círculo de luz blanca, inmóvil como una estatua de hielo perfecta.
Pero su mirada… no era la de siempre.
No había burla, ni evaluación fría, ni siquiera esa curiosidad de coleccionista.
Sus ojos dorados estaban fijos en mí, y en ellos había algo que nunca le había visto: una especie de… absorción.
Como si mi risa, ese destello momentáneo de alegría pura en medio de todo el horror y la presión, hubiera capturado su atención de una manera completamente nueva.
No era embobamiento, no exactamente.
Era más profundo.
Como si hubiera visto un patrón inesperado en un experimento, una chispa de color en un paisaje en blanco y negro, y no pudiera apartar la vista.
La sonrisa se me congeló en los labios.
El momento duró apenas un segundo, pero fue tan intenso, tan cargado de algo que no podía nombrar, que el aire pareció enrarecerse.
Entonces, él carraspeó.
Un sonido leve, forzado, y la máscara cayó de nuevo sobre su rostro.
La frialdad calculadora regresó a sus ojos, pero por un instante, juré haber visto un destello de algo más… complicado.
—No te emociones, pequeña rareza —dijo, su voz recuperando su tono plano y didáctico, aunque quizás con un deje de aspereza adicional—.
Esto apenas comienza.
Has encontrado la calma bajo la tormenta.
Recuérdalo.
—Hizo una pausa, y sus palabras siguientes cayeron como losas de hielo en el claro silencioso—.
Porque en la Fiesta, la tormenta será de miradas, susurros y sonrisas con filo.
Y tendrás que encontrar ese mismo silencio dentro de ti si quieres sobrevivir.
—¿Sobrevivir?
—repetí, la alegría del momento evaporándose por completo, reemplazada por un escalofrío anticipatorio—.
Pensé que… que era una vitrina.
Una demostración.
Él me miró, y esta vez su expresión era impenetrable, pero sus palabras fueron claras como el cristal roto.
—Todas las vitrinas son jaulas, Alana —dijo, y su voz resonó con una verdad amarga que parecía extraída de una experiencia propia—.
Y en las jaulas, siempre hay depredadores.
Mañana, te enseñaré a distinguir sus olores.
Con un gesto de su mano, el círculo de luz blanca se extinguió, dejándonos en la penumbra azulada del santuario.
El zumbido cesó, y el silencio que siguió fue aún más pesado, cargado ahora no solo con la energía del lugar, sino con la advertencia de Silas y el eco de esa mirada fugaz, tan distinta, que todavía quemaba en mi memoria.
El entrenamiento sensorial había terminado.
La lección sobre el verdadero peligro que me esperaba, sin embargo, acababa de comenzar.
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