NEPHELIM - Capítulo 23
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23: Capítulo 22 23: Capítulo 22 Caminábamos de regreso a través del bosque observador, pero ahora todo parecía diferente.
Los árboles no me intimidaban; podía sentir sus intenciones curiosas como un zumbido lejano, fácil de aislar si quería.
Mi cuerpo estaba agotado, pero mi mente zumbaba con una energía nueva, una mezcla de felicidad por haber logrado controlar algo —por mínimo que fuera— y una expectación punzante por lo que vendría después.
La Fiesta del Deshielo, las lecciones, los depredadores… todo se sentía a la vez aterrador y, extrañamente, como un desafío que ya no estaba del todo fuera de mi alcance.
A mi lado, Silas avanzaba en silencio.
Un silencio más denso que el habitual, menos cargado de esa superioridad burlona y más… pensativo.
Su paso era elegante y preciso como siempre, pero su atención parecía estar en otra parte.
Era mi oportunidad.
Antes de que pudiera pensarlo dos veces, la pregunta salió de mis labios, impulsada por la confianza naciente y la necesidad de respuestas que ya no podía contener.
—Hablé con Lili —dije, clavando la mirada en su perfil helado.
Él se detuvo en seco.
Fue tan abrupto que yo di dos pasos más antes de darme cuenta y volverme.
Se había quedado inmóvil, la espalda rígida, los hombros tensos bajo el impecable traje gris perla.
Luego, se volvió lentamente hacia mí.
Su movimiento no fue fluido esta vez; fue mecánico, casi forzado.
—¿Cómo?
—preguntó.
Su voz no sonaba fría ni calculadora.
Sonaba… desorientada.
Como si hubiera pronunciado una palabra en un idioma que no entendía.
Me sorprendió tanto su reacción que por un segundo solo pude mirarlo.
—Dije que hablé con Lili —repetí, más firme esta vez.
Él dio un paso hacia mí.
Luego otro.
La distancia entre nosotros se redujo a menos de un brazo.
Podía ver el destello dorado de sus ojos fijos en los míos con una intensidad que me hizo querer retroceder.
—¿Cuándo?
—La pregunta fue un susurro áspero.
—Ayer.
En mi suite.
En un sueño, pero… era real.
Ella estaba allí.
—¿Qué te dijo?
—Su voz seguía siendo un hilo tenso, pero ahora había algo más: urgencia.
Una urgencia casi febril que no encajaba en nada de lo que conocía de él.
Antes de que pudiera responder, su mano enguantada se cerró alrededor de mi brazo.
No con la delicadeza anterior, ni siquiera con la firmeza del instructor.
Lo hizo con fuerza.
Una presión que prometía moretones.
—¡Suéltame!
—protesté, intentando zafarme—.
¡Me estás lastimando!
Él soltó mi brazo como si se hubiera quemado, apartando la mano con un movimiento rápido.
Sus ojos dorados parpadearon, y por un instante vi algo en ellos: no era ira, sino… ¿pánico?
¿Incredulidad?
Era tan fugaz que casi lo atribuí a la luz engañosa del bosque.
—¿Qué te pasa?
—pregunté, frotándome el brazo donde aún sentía el eco de su agarre.
Él ignoró mi pregunta.
Se acercó otro medio paso, invadiendo mi espacio personal de una manera que sentí más amenazante que cualquier acto físico.
—¿Qué.
Te.
Dijo?
—cada palabra era un clavo de hielo martillado en el aire entre nosotros.
La urgencia en su rostro era tan palpable, tan cruda, que por un momento olvidé mi propio miedo.
Esta no era la reacción de un carcelero molesto por la desobediencia.
Esto era algo más profundo.
—Me dijo… —dije, tragando saliva— que tenía que confiar en ti.
Y que… que teníamos que salvar a mi papá.
—Hice una pausa, dejando que la siguiente acusación saliera con toda la fuerza de mi confusión herida—.
¿Por qué no me dijiste que mi hermana estaba muerta?
Su expresión se congeló.
Toda la urgencia, la rareza del momento anterior, se esfumó, reemplazada por una frialdad tan absoluta que hizo que el aire a su alrededor pareciera volverse más gélido.
—Eso —dijo, su tono seco y cortante como una lámina de obsidiana— no es de tu incumbencia.
La respuesta, su indiferencia calculada después de ese arranque de… lo que fuera, encendió una mecha dentro de mí.
—¿Cómo no va a ser de mi incumbencia?
—estallé, mi voz elevándose en el bosque silencioso—.
¡Es mi hermana!
¡La única familia que me queda, aparte de mi padre, que según tú está vivo en alguna parte siendo torturado!
Silas me miró con un desdén que me hizo hervir la sangre.
—Una hermana que no sabías que tenías hasta hace dos días —replicó, su voz goteaba condescendencia venenosa—.
Por favor, Alana.
No seas estúpida sentimental.
No tienes la más mínima idea de lo que significa esa palabra.
‘Hermana’.
Para ti es solo un concepto nuevo que añadir a tu colección de miserias.
No la conoces.
No la recuerdas.
No lloraste por ella.
No la extrañas.
Es solo información.
Trátala como tal y deja de comportarte como una niña humana llorona que cree que el mundo le debe explicaciones bonitas.
Cada palabra era un golpe.
Un intento deliberado de herir, de reducir algo profundo y dolorosamente real para mí a un mero dato.
Funcionó.
La rabia que había estado latiendo bajo mi piel desde que llegué a este infierno estalló en una erupción de puro odio.
—¡Tú eres un monstruo de hielo vacío!
—le grité, avanzando hacia él, sin importarme la diferencia de poder—.
¡Un cobarde con traje caro que juega a ser dios en su jaula helada porque es lo único que puede controlar!
¡Mi hermana sí importa!
¡Ella sí es real!
¡Aunque no la recuerde, sangro por ella!
¡Algo que tú ni siquiera puedes entender porque no tienes sangre, tienes escarcha podrida en las venas!
Sus ojos dorados se encendieron con una ira feroz, la máscara de frialdad se quebró por completo.
—¡Ah, claro!
—rugió, su voz perdiendo toda elegancia, volviéndose áspera y gutural—.
¡La sangre!
El dolor!
El drama humano tan deliciosamente patético!
¡Eres un experimento fallido, Alana!
¡Un engaño cósmico que llora por fantasmas y se emociona por aprender a escuchar el goteo de la savia!
¡Crees que porque aislaste unos soniditos ya eres poderosa?
¡Eres un juguete roto disputado por titanes, y lo único que haces es chillar y exigir amor!
¡Lili está muerta!
¡Macdal está roto!
¡Y tú no puedes hacer nada!
¡Excepto servirme y sobrevivir si es que tu corazoncito blando lo aguanta!
—¡Me niego a ser tu títere!
—grité, las lágrimas de rabia y frustración ardientes en mis ojos, pero me negué a dejarlas caer—.
¡Prefiero que Arda me despedace antes que seguir un segundo más aprendiendo de un cadáver andante como tú!
¡Eres la cosa más triste y vacía que he visto!
¡Tu palacio es un mausoleo de narcisista!
¡Tu poder es una mentira que te cuentas para no ver el hueco donde debería estar tu alma!
—¡No tengo alma!
—gritó él, y por primera vez, vi algo que no era ira en su rostro: era dolor.
Un dolor antiguo y rabioso—.
¡Y tú tampoco!
¡Deja de aferrarte a esa fantasía humana!
¡Eres Nephalim!
¡Eres caos y luz atados con alambre de púas!
¡Asúmelo o muere lloriqueando!
¡Pero no vengas a exigirme que llore contigo por una hermana fantasma que yo conocí cuando tú ni siquiera sabías tu propio nombre!
Sus últimas palabras resonaron en el bosque como un disparo.
“…que yo conocí…” El aire se nos quedó atrapado a ambos en los pulmones.
Él jadeaba ligeramente, su perfecto cabello desordenado por el forcejeo invisible de nuestra pelea.
Yo temblaba de pies a cabeza, no solo por la ira, sino por el impacto de lo que había soltado.
Nos miramos, dos criaturas hechas de partes rotas, arrojándonos los pedazos más afilados el uno al otro.
El bosque alrededor parecía contener la respiración, sus cientos de ojos imaginarios clavados en nosotros, testigos de algo que había traspasado la frágil línea entre carcelero y rehén, instructor y alumna, para sumergirse en aguas mucho más turbias y personales.
Él fue el primero en apartar la mirada.
Respiró hondo, un sonido forzado, y cuando volvió a mirarme, la furia se había disipado, dejando solo un cansancio infinito y esa frialdad impenetrable de nuevo, pero ahora agrietada, frágil.
—Vamos —dijo, su voz era apenas un susurro ronco—.
Se hace tarde.
Y dio media vuelta, reanudando la marcha como si nada hubiera pasado, como si no acabáramos de destrozarnos el uno al otro con palabras más afiladas que cualquier arma de la Cuarta Esfera.
Yo me quedé allí, un momento más, el eco de nuestros gritos aún zumbando en mis oídos, el sabor amargo de los insultos y la revelación accidental de Silas quemándome la lengua.
“Que yo conocí.” Entonces, con un esfuerzo que me costó cada gramo de fuerza que me quedaba, puse un pie delante del otro y lo seguí.
El camino de regreso al castillo de hielo nunca se había sentido tan largo, ni tan lleno de preguntas sin respuesta.
El resto del camino de regreso fue un silencio cargado de electricidad rota.
Caminé detrás de Silas, sintiendo cada paso como un eco de nuestras palabras destrozadas.
El bosque ya no me parecía fascinante, solo un laberinto sombrío que conducía de vuelta a otra prisión.
Mi brazo aún palpitaba donde me había agarrado, un recordatorio físico del momento en que su control se había resquebrajado.
Las torres del palacio de hielo finalmente se alzaron ante nosotros, afiladas y frías contra el cielo púrpura perpetuo.
Cruzamos el puente de cristal ahumado, nuestros pasos resonando en un duelo de ecos: los suyos, precisos y silenciosos; los míos, torpes y pesados.
Al atravesar las enormes puertas de ébano pulido, encontramos a Vex y Crogan esperando en el vestíbulo principal.
Vex estaba recostada contra una columna de hielo azul, con su vestido rojo vino como una mancha de sangre en la blancura inmaculada.
Una sonrisa lenta y seductora se dibujó en sus labios al vernos entrar.
Crogan, de pie más rígido a unos pasos de distancia, clavó en mí una mirada de disgusto puro, como si mi mera presencia fuera un olor desagradable que no lograba disipar.
Silas no los miró.
Ni siquiera desaceleró su paso.
Con la mirada fija en algún punto delante de él, como si nosotros —todos nosotros— fuéramos fantasmas sin importancia, se dirigió directamente hacia uno de los arcos laterales que conducía a las profundidades privadas del palacio.
—Mi señor —dijo Crogan, su voz grave rompiendo el silencio.
Silas no respondió.
No dio indicio de haberlo oído.
Crogan frunció el ceño, lanzó una última mirada cargada de aversión hacia mí, y luego, con un gruñido de resignación, giró sobre sus talones y siguió a Silas, desapareciendo tras él por el arco.
Quedamos solas.
El vasto vestíbulo, con su mosaico de gemas heladas y su techo abovedado, de repente se sintió mucho más grande y mucho más vacío.
El aire olía a jazmín helado y a la tensión palpable que Silas había dejado a su paso.
Vex se separó de la columna y se deslizó hacia mí con ese movimiento de serpiente que tanto me perturbaba.
Se detuvo a una distancia incómodamente cercana, sus ojos esmeralda escudriñando mi rostro con una curiosidad lasciva.
—Vaya, vaya —dijo, su voz un arrastre meloso y burlón—.
Veo que han tenido una… conversación muy acalorada.
—Hizo una pausa dramática, aspirando el aire exageradamente—.
Mmm… huele a ira reprimida, a lágrimas que no se lloraron… y a algo más.
¿A verdad quizás?
Qué delicia.
La miré, agotada, con la rabia aún ardiendo en mis venas pero demasiado gastada para otro enfrentamiento.
—Ahora no, Vex —dije, tratando de que mi voz sonara firme y desviando la mirada.
Ella soltó una risa clara y fría, como el tintineo de dagas de hielo chocando.
—¡Oh, me gustas!
—exclamó, como si acabara de decidirlo—.
Eres como un animalito recién atrapado… que todavía intenta morder.
Es encantador.
—Se inclinó un poco más, su perfume dulce y metálico envolviéndome—.
Pero, mi querida y belicosa Alana, vamos.
Tenemos cosas que hacer.
¿O acaso crees que por haber hecho llorar a un árbol con tus oídos y haber peleado con el dueño del lugar, el entrenamiento de hoy ya acabó?
Sus palabras eran dardos envenenados, pero también un recordatorio.
Silas se había ido, posiblemente a lamer sus heridas de orgullo (si es que tenía algo parecido) en privado.
Pero el mundo, su mundo, no se detenía.
Y yo seguía atrapada en él.
Vex dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la gran escalera de cuarzo ahumado, con la seguridad de quien sabe que será seguida.
—No te quedes ahí helada, cariño —dijo sin volverse—.
El aburrimiento también es una lección, pero es una lección tan, tan aburrida… y a mí me pagan por ser divertida.
Resoplé, sintiendo el peso del día, de la pelea, de todo, cayendo sobre mis hombros.
Pero también sentí un destello de esa nueva determinación, la que había nacido al aislar el latido de la tierra.
No podía quedarme aquí paralizada.
Con un último vistazo al arco oscuro por donde habían desaparecido Silas y Crogan, di un paso adelante.
Luego otro.
Y seguí a Vex, ascendiendo hacia lo que fuera que esa demonio de sonrisa afilada y ojos de esmeralda consideraba “cosas que hacer”.
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