NEPHELIM - Capítulo 24
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
24: Capítulo 23 24: Capítulo 23 Vex me guió a través de pasillos que no recordaba, más estrechos y menos ornamentados que las grandiosas galerías principales.
El aire aquí olía menos a perfume y más a piedra pulida y algo metálico, como el sudor frío del metal.
Finalmente, empujó una puerta alta de madera oscura reforzada con bandas de hierro, que cedió con un crujido sordo.
Dentro había una sala amplia y circular, con paredes de piedra gris sin adornos.
El suelo era de madera antigua, desgastada y marcada por décadas (¿siglos?) de uso.
En las paredes colgaban armas: espadas de diseño sobrio y funcional, hachas, mazas, pero también objetos más extraños: unas especie de guantes con púas retráctiles, látigos que parecían hechos de tendones secos, y unas esferas de metal con púas.
No había ventanas, solo unas antorchas de fuego azul silencioso en soportes altos que proyectaban sombras danzantes.
El aire estaba quieto y frío, cargado con la quietud de un lugar hecho para un solo propósito: la violencia.
Me detuve en el umbral, mirando alrededor con incredulidad.
—¿Qué hacemos aquí?
—pregunté, volviéndome hacia Vex, que había cerrado la puerta tras de sí con un golpe seco.
Ella se volvió lentamente, deslizándose hacia el centro de la sala con esa gracia felina que la hacía parecer siempre a punto de atacar.
—Tienes que saber pelear, preciosa —dijo, su tono era cantarín, como si estuviera explicando algo obvio a un niño—.
¿Sabes ese dicho?
Pelea o muere.
O algo así.
No me acuerdo exactamente, pero la idea es bastante clara, ¿no te parece?
Abri la boca para responder, para protestar, para decir que eso no era lo que Silas había planeado, que yo necesitaba aprender a controlar mi poder, no a…
El puño de Vex impactó contra mi mandíbula.
No fue un golpe teatral, ni un aviso.
Fue un puñetazo serrado, rápido como el latido de una serpiente, con todo el peso y la fuerza sobrenatural de una demonio de alto rango detrás.
No lo vi venir.
Ni siquiera un destello de intención.
El mundo estalló en una explosión blanca de dolor.
Sentí un crujido húmedo, un sabor a metal y sal llenó mi boca.
Mi cabeza se sacudió hacia atrás, y mis piernas, traicioneras, simplemente se esfumaron bajo mí.
Caí al suelo de madera con un golpe sordo que resonó en la sala vacía, la cabeza dando contra las tablas con una sacudida que nubló mi visión.
Jadeé, aturdida, la mandíbula ardiendo como si me hubieran clavado un hierro al rojo.
Rodé sobre mi costado, escupiendo una mezcla de saliva y sangre que manchó la madera clara.
La confusión fue total, seguida de una oleada de pánico ciego.
Me volteé, apoyándome en un codo, para mirarla.
Vex estaba de pie exactamente donde había estado, con los brazos ahora cruzados sobre su pecho, observándome con la cabeza ladeada.
Su expresión era de curiosidad clínica, como si estuviera estudiando la reacción de un insecto a un pinchazo.
—¿Qué mierda…?
—logré escupir, las palabras torpes y dolorosas por mi mandíbula magullada—.
¿Por qué me golpeas?
Ella sonrió.
Una sonrisa amplia, inocente, y por eso mismo, absolutamente aterradora.
—Pensaba que lo verías venir —dijo, encogiéndose de hombros con una falsa despreocupación—.
Pero me equivoqué.
Qué decepción.
Luego, bajó la mano que había usado para golpearme y la extendió hacia mí, con la palma hacia arriba, en un gesto que pretendía ser de ayuda.
Su sonrisa nunca se movió, pero sus ojos esmeralda brillaban con una malicia pura y desenfadada.
Lo había hecho con toda la intención.
Y lo disfrutaba.
—Vamos, párate —dijo, su voz un canto burlón—.
Vamos a enseñarte a pelear.
O, mejor dicho… —su sonrisa se ensanchó, mostrando todos sus dientes perfectos y afilados— …a despertar tu instinto de lucha.
Porque hasta ahora, lo único que has hecho es caer, llorar y gritar.
Es hora de ver si hay algo más debajo de todo ese… patetismo adorable.
Miré su mano extendida, luego su rostro sonriente.
El dolor en mi mandíbula era un latido rojo y furioso.
La humillación ardía más que el golpe.
Pero también, muy adentro, bajo el shock y el miedo, algo se movió.
Algo que no era humano, ni angelical, ni demoníaco.
Algo que simplemente odiaba estar tirada en el suelo.
Ignoré su mano.
Con un gruñido que nació desde lo más profundo de mi pecho, me empujé contra el suelo con mis propias fuerzas, tambaleándome al ponerme de pie.
Me limpié el sangrado de la boca con el dorso de la mano, sin apartar la mirada de ella.
Vex bajó lentamente su mano, su sonrisa se transformó en algo más interesada, más hambrienta.
—Ahí está —susurró—.
Un destello.
Bueno, Alana… muéstrame más.
Y adoptó una postura relajada, pero lista, sus ojos fijos en los míos, esperando mi siguiente movimiento.
La sala de entrenamiento, con sus armas mudas y su aire a violencia antigua, parecía estrecharse a nuestro alrededor.
La primera lección de Vex había comenzado.
Y no había reglas.
Solo pelea o muere.
La sonrisa de Vex era un desafío pintado en sangre y burla.
Antes de que yo pudiera siquiera pensar en mi siguiente movimiento, ella hizo un gesto casual con una mano, mientras con la otra chasqueó los dedos.
Un crack seco, como hielo quebrando, resonó en la sala.
Sentí una sensación extraña, como un viento rápido y frío que me envolvía de pies a cabeza.
Mi vestido hospitalario rasgado y sucio se desvaneció, reemplazado por la sensación de cuero ajustado y tela gruesa.
Miré hacia abajo.
Llevaba unos pantalones de cuero negro resistente y una franela de un gris oscuro, ceñida pero que permitía movimiento.
Hasta mis pies estaban ahora calzados con botas bajas de cuero.
Vex también había cambiado; su vestido rojo sangre había sido sustituido por un atuendo similar, aunque el de ella parecía costoso, diseñado para matar con estilo.
Se ajustó los puños de cuero con una sonrisa.
—Mejor —dijo—.
No quería manchar mi vestido favorito con tu… esencia.
Ahora, vamos.
Muéstrame que no eres solo un saco de huesos quejumbrosos.
No esperó.
Se abalanzó.
No fue como los movimientos bruscos que había visto en películas.
Fue un fluir de malicia pura.
Un paso, un giro, y su pierna se disparó hacia mi costado.
El instinto —el humano, el de supervivencia básica— me hizo torcer el cuerpo.
La punta de su bota me rozó las costillas, pero el impacto, incluso el indirecto, fue como un látigo.
Jadeé, retrocediendo tambaleante.
—¡Más lento que el crecimiento del musgo!
—se rió ella, avanzando de nuevo—.
¿Así piensas sobrevivir en la Fiesta?
¡Te descorazonarán antes de que puedas decir «mamá»!
Otro golpe, esta vez un puño dirigido a mi cara.
Lo desvié con el antebrazo, pero la fuerza fue tal que mi brazo entero se entumeció hasta el codo.
El dolor era agudo, eléctrico.
—¡Patética!
—escupió Vex, y su rodilla se clavó en mi estómago.
El aire escapó de mis pulmones con un silbido de agonía.
Me doblé por la cintura, viendo estrellas.
Caí de rodillas, tosiendo, la boca llena de ese sabor amargo a bilis y derrota.
—¿Ves?
—su voz era un susurro venenoso justo sobre mi cabeza—.
Lloras, caes, sangras.
Es tu único repertorio.
Tu querida hermana fantasma debe estar muerta de vergüenza.
¡Macdal, el poderoso, tendría náuseas!
¡Eres un insulto a su sangre, Alana!
¡Una mancha en el linaje!
Cada palabra era un cuchillo, más afilado que sus golpes.
La mención de Lili, de mi padre… la rabia que había estado latiendo desde la pelea con Silas se agitó, hirviendo.
Me empujé para levantarme, pero su pie se interpuso y me hizo tropezar de nuevo, cayendo de bruces contra la madera fría.
—¡Qué vista tan triste!
—canturreó, paseándose a mi alrededor como un gato alrededor de un ratón moribundo—.
La gran Nephalim.
La raíz que todos buscan.
Reducida a un montón de moretones que solloza en el suelo.
¡Arda no tendría que esforzarse ni un segundo!
¡Argo se reiría en tu cara!
¡Eres nada!
¡Nada!
¡Nada!
¡NADA!
Algo cedió dentro de mí.
No un pensamiento, no una decisión.
Fue un rompimiento.
Como un dique de cristal fino que no podía contener más el océano de furia, humillación y dolor que llevaba dentro.
Un zumbido comenzó en mis oídos, no el zumbido del círculo blanco, sino uno más grave, más visceral, que parecía vibrar en mis huesos.
Un calor feroz estalló en mi esternón, pero esta vez no se quedó allí.
Se derramó, corriendo por mis venas como lava.
Miré mis brazos, mientras me incorporaba lentamente, apoyándome en las manos.
Las venas se estaban oscureciendo.
No un brillo dorado, no sombras entrecruzadas.
Era un negro sólido, como tinta de la noche más profunda, que se extendía bajo mi piel desde mis manos hacia arriba, trazando un mapa de rabia pura.
La vibración en mi cuerpo aumentó, haciéndome temblar, pero no de miedo.
Era energía.
Fuerza cruda.
Y un frío paralelo a ese calor que me recorría por dentro.
Vex se detuvo en su paseo burlón.
Su sonrisa se desvaneció.
Sus ojos esmeralda se abrieron ligeramente, no con miedo, sino con fascinación intensa.
—Ah… —susurró—.
Ahí está.
Yo ni siquiera la escuché bien.
Todo en mi visión se había reducido a ella.
A la fuente de mi dolor, de mis insultos.
Respiré, y el sonido fue áspero, como el de un animal acorralado.
Vex atacó de nuevo, un golpe rápido y directo al plexo.
Pero esta vez, mi brazo se movió.
No fue un bloqueo pensado.
Fue un reflejo impulsado por esa nueva corriente oscura que corría por mí.
Atrapé su puño con mi mano.
El impacto resonó en la sala, pero lo sostuve.
El agarre no era humano; sentía la presión de sus nudillos contra mi palma, pero no cedía.
La sorpresa iluminó su rostro por una fracción de segundo.
Entonces, reaccioné.
Con un gruñido que no sonaba humano, tiré de su brazo hacia mí y, con un impulso ciego de esa fuerza recién despertada, la empujé con toda mi fuerza.
Vex, desprevenida por la súbita resistencia y el contraataque, voló hacia atrás.
No cayó torpemente; giró en el aire con una gracia sobrenatural y aterrizó en cuclillas a varios metros de distancia, deslizándose un poco sobre la madera pulida.
Su expresión ahora era de puro deleite intrigado.
—¡Sí!
—gritó, riendo—.
¡Eso!
¡Eso es!
¡Muy bien, mi pequeña fiera!
Pero el arranque de fuerza tuvo un costo.
Un dolor desgarrador recorrió el brazo que había usado, como si los músculos y tendones se estiraran más allá de sus límites y se rasgaran.
Grité, cayendo de nuevo a una rodilla, agarrando mi brazo.
Las venas negras palpitaban, y ahora, en la piel sobre mi bíceps, apareció una marca nacarada, una cicatriz instantánea y brillante en forma de grieta irregular.
El poder había respondido, pero mi cuerpo mortal no estaba hecho para contenerlo.
Vex se levantó, acercándose más lentamente ahora, sus ojos brillando como gemas verdes en la penumbra.
—Lo tienes —murmuró, casi para sí misma—.
Dormido, atrofiado, pero ahí.
Duele, ¿verdad?
Agarra.
Porque tu carne humana es un traje demasiado pequeño para el monstruo que llevas dentro.
—Se detuvo frente a mí, mirándome mientras yo jadeaba de dolor—.
La lección de hoy ha terminado.
Has aprendido lo más importante: tu límite.
Y has vislumbrado lo que hay más allá.
Es un buen comienzo.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la puerta.
Antes de salir, se volvió.
—Descansa esa herida, bocadito.
Mañana duele más.
Y mañana, intentaremos que ese destello dure un segundo más antes de que tu cuerpo se quiebre.
La puerta se cerró tras ella, dejándome sola en la sala de entrenamiento, arrodillada en el suelo, con el brazo en agonía, las venas negras retrocediendo lentamente a un color normal pero dejando un dolor profundo y la nueva cicatriz nacarada como recordatorio.
No había ganado.
Había recibido una paliza.
Pero por un instante… había forcejeado.
Y Vex lo había visto.
Y, lo más aterrador, yo también.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com