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NEPHELIM - Capítulo 25

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25: Capítulo 24 25: Capítulo 24 El camino de regreso a mi suite fue una agonía lenta.

Cada paso resonaba en mi cuerpo magullado como un tambor fúnebre.

La mandíbula palpitaba con un dolor sordo y caliente, las costillas protestaban con cada respiración y mi brazo derecho, el que había usado para contener a Vex, colgaba a mi lado como un peso de plomo, atravesado por punzadas de fuego cada vez que intentaba moverlo.

La nueva cicatriz nacarada sobre mi bíceps brillaba tenuemente a la luz de las antorchas azules, un recordatorio indeleble del precio del poder.

Subí por la escalera de cuarzo ahumado, apoyándome en la barandilla helada con mi brazo bueno.

Cada movimiento era una batalla.

El éxtasis del pequeño logro en el claro, la euforia de aislar sonidos, todo había sido barrido por la paliza de Vex y la dolorosa chispa de algo más oscuro que había despertado.

Al doblar la esquina hacia el pasillo que conducía a mi ala, me detuve en seco.

Silas estaba allí.

No caminando, no yendo a ninguna parte.

Simplemente estaba de pie, frente a una de las altas ventanas de cristal esmerilado que daban a los jardines de hielo, con las manos entrelazadas a la espalda.

Parecía absorto en la contemplación del paisaje glacial, una silueta perfecta e inmóvil contra la luz púrpura del exterior.

El corazón me dio un vuelco.

La rabia de nuestra pelea verbal aún ardía bajo la superficie de mi dolor físico, mezclada con la confusión por su reacción ante Lili y la hiriente certeza de sus insultos.

No quería verlo.

No ahora, no cuando estaba sangrando por dentro y por fuera.

Intenté pasar de puntillas, conteniendo la respiración, confiando en que el zumbido en mis propios oídos y el latir de mis moretones me ocultaran.

—Te ves terrible.

Su voz, plana y carente de inflexión, cortó el silencio del pasillo como un cuchillo.

No se había vuelto.

Siguía mirando por la ventana.

Me detuve, sintiendo cómo la humillación se sumaba al catálogo de dolores.

Tragué saliva, lo que me hizo doler la mandíbula.

—Gracias —mascullé, sin poder evitar el tono sardónico—.

Vex es una profesora muy… práctica.

Finalmente, se volvió.

Su mirada dorada me recorrió de arriba abajo, escudriñando cada marca, cada muestra de postura encorvada.

Su expresión era inescrutable, pero no hubo rastro de la ira feroz de antes, ni de esa vulnerabilidad fugaz que había visto en el bosque.

Esto era el Silas de siempre: el evaluador frío.

—Se nota —dijo simplemente—.

Pero has vuelto caminando por tu propio pie.

Eso es algo.

—¿Un cumplido?

—pregunté, incapaz de contenerme—.

¿O solo una observación sobre la durabilidad de tu «propiedad»?

Sus labios se fruncieron levemente, el único indicio de que mis palabras habían dado en algún blanco.

—Es una observación —replicó—.

Los cumplidos son para los logros.

Sobrevivir una sesión con Vex no es un logro; es el estándar mínimo esperado.

Cualquiera puede recibir una paliza.

Lo interesante es lo que aprende mientras la recibe.

Miré hacia abajo, a mis propias manos temblorosas.

La cicatriz de mi brazo parecía brillar con más intensidad bajo su mirada.

—Aprendí que duele —dije, y mi voz sonó extrañamente pequeña—.

Y que… algo se despertó.

Algo que duele todavía más.

Él guardó silencio por un momento.

Luego, dio un paso hacia mí, no amenazante, sino… calculado.

Se detuvo a una distancia prudencial, sus ojos fijos en la marca nacarada.

—La primera vez siempre es la más violenta —dijo, su voz baja—.

Tu cuerpo es un recipiente de arcilla que intenta contener un volcán.

Se agrieta.

—Alzó la mirada hacia mis ojos—.

¿Controlaste algo?

¿O solo explotó?

La pregunta era directa, clínica.

No era «¿estás bien?».

Era «¿cuál fue el rendimiento del experimento?».

Y aun así, en ese momento, era la única pregunta que importaba.

—No… no fue una explosión —admití, recordando el momento de claridad furiosa—.

Fue como… un reflejo.

Un impulso.

Agarré su puño.

Lo sentí.

Y luego la empujé.

Pero después… —levanté mi brazo lesionado con dificultad— …esto.

Él asintió, como si confirmara una hipótesis.

—Control básico del instinto, seguido de retroceso físico.

Predecible.

—Hizo una pausa—.

¿Y tu mente?

¿Las emociones?

¿Oíste voces?

¿Viste cosas?

Recordé el zumbido, el calor, la oscuridad en mis venas.

La rabia pura que anuló todo pensamiento.

—Solo… furia —confesé—.

Una furia que lo tapaba todo.

Sus palabras… llegaban adentro.

Y algo… respondió.

Una chispa de algo —¿interés?

¿aprobación?— cruzó sus ojos dorados.

—Bien —dijo, y la palabra, por simple que fuera, pareció pesar más que todos sus discursos anteriores—.

La furia es un motor poderoso, aunque poco elegante.

Mañana, trabajaremos en encender ese motor antes de que te rompan la mandíbula.

Y en canalizarlo hacia algo que no sea solo contraatacar como un animal acorralado.

Era lo más cercano a un plan, a una promesa de continuidad, que había recibido de él desde nuestra pelea.

No borraba lo dicho, no pedía disculpas.

Pero trazaba un camino hacia adelante.

Un camino de dolor y poder, pero un camino al fin.

Sin decir nada más, dio media vuelta y comenzó a caminar en dirección contraria, alejándose por el pasillo.

—Silas —llamé, sin saber por qué lo hacía.

Se detuvo, pero no se volvió.

—¿Por qué estabas aquí?

—pregunté—.

¿Esperándome?

Hubo un silencio tan prolongado que pensé que no respondería.

Luego, su voz llegó, baja y clara, sin eco.

—El castillo tiene muchos ojos —dijo—.

Y yo tengo interés en el progreso de mi inversión.

Nada más.

Y siguió caminando, desapareciendo en la intersección del pasillo, dejándome sola otra vez con mi dolor, mis moretones y el eco de sus palabras.

«Mi inversión».

No era «mi protegida», ni «mi alumna».

Era su inversión.

Un activo.

Algo de lo que esperaba un retorno.

Con un suspiro que me costó un nuevo dolor en las costillas, reanudé mi lenta marcha hacia la suite.

La habitación de lujo helado me esperaba, con su cama enorme y su chimenea fría.

Pero por primera vez, no la veía solo como una celda.

La veía como un lugar para caer, para descansar las grietas de mi recipiente de arcilla, y prepararme para que al día siguiente, el volcán dentro de mí pudiera rugir un segundo más sin destrozarme por completo.

El entrenamiento no había terminado.

Solo había cambiado de instructor.

Y de nivel de brutalidad.

Me hallé de pie en el centro de un claro de hierba de un verde tan vibrante que parecía recién pintado.

El cielo era una bóveda de azul cobalto, sin una sola nube, y un sol radiante colgaba en lo alto, derramando una luz dorada y cálida que acariciaba mi piel sin quemar.

El aire olía a tierra húmeda, a flores silvestres y a algo más: una pureza absoluta, como el aire después de una tormenta, multiplicado por mil.

Era hermoso.

Demasiado hermoso.

Cada hoja en los árboles altísimos que rodeaban el claro estaba en su lugar, cada brizna de hierba crecía recta y perfecta.

Los colores eran tan saturados que casi herían la vista.

No había una pizca de desorden, ni una flor marchita, ni una rama torcida.

Era un paisaje pulcro y ordenado hasta un nivel que resultaba inquietante.

Parecía una fotografía hiperrealista, un cuadro de una perfección inalcanzable.

No se parecía a nada del mundo humano que conocía, ni al caos orgánico del Refugio, ni mucho menos a la arquitectura helada y retorcida del Infierno.

Una sensación de paz, profunda y sedante, intentó anidar en mi pecho.

Pero mi instinto, el mismo que Vex había azuzado, se mantuvo alerta.

Esta perfección no era natural.

Empecé a caminar.

La hierba era suave bajo mis pies descalzos (en el sueño, también estaba limpia y sin marcas).

Avancé hacia el bosque, donde los árboles, altos como torres y con troncos lisos de corteza plateada, formaban columnatas naturales.

No había maleza, solo un suelo cubierto de un musgo aterciopelado y flores diminutas que formaban patrones geométricos.

Entonces, las oí.

Voces.

Llegaban desde algún lugar más adentro del bosque perfecto.

No eran susurros, ni gritos.

Eran voces claras, masculinas, moduladas con una cadencia que sonaba a ritual, a discurso antiguo.

Hablaban con una autoridad tranquila que hacía que el aire mismo pareciera inclinarse para escuchar.

La curiosidad me arrastró.

Me dirigí hacia ellas, deslizándome entre los árboles como una sombra, aunque en este lugar no parecía haber sombras que no fueran perfectamente proporcionadas.

Cuanto más me acercaba, más podía sentir la energía que emanaba de las voces: una fuerza inmensa, serena pero tan densa que casi se podía palpar.

Era un poder antiguo, ordenado, que hacía que el brillo del sol pareciera más intenso y el aire, más delgado.

Llegué al borde de otro claro, más pequeño.

Y los vi.

Dos hombres.

O lo que parecían hombres, si los hombres pudieran estar tallados en luz y mármol viviente.

Eran altos, tan altos que me hizo sentir como una niña.

Vestían túnicas sencillas de un blanco deslumbrante que caía en pliegues impecables.

Sus rostros eran de una belleza serena y andrógina, sin un solo pelo fuera de lugar.

Pero no eran sus rostros lo que capturaba la atención, sino lo que los rodeaba.

El aire a su alrededor brillaba ligeramente, como si mirara a través de un cristal caliente.

La energía que emanaban era la fuente de la pulcritud absoluta del lugar; era un poder tan vasto y consciente que ordenaba la realidad a su alrededor, suprimiendo cualquier atisbo de caos, de imperfección, de… vida espontánea.

Me escondí instintivamente detrás del ancho tronco plateado de un árbol, conteniendo el aliento.

Ellos no parecían percibir mi presencia.

Estaban absortos en su conversación, de pie frente a frente como dos estatuas sagradas cobrando vida.

—…no puede permitirse llegar a ese extremo,” decía uno, su voz era como el sonido de una campana de cristal, clara y resonante.

—El equilibrio es delicado.

Su existencia misma ya es una fractura.

—Ya es demasiado tarde para suturas delicadas, Aethel,—respondió el otro.

Su voz era ligeramente más grave, con un deje de impaciencia fría.

—La profecía se mueve.

La raíz ha brotado en el barro, y su flor atraerá tanto a la polilla como a la helada.

La contención ha fallado.

La raíz.

El corazón onírico me dio un vuelco.

—Todavía hay tiempo,—insistió Aethel, el primero.

—El canal está abierto, pero la corriente es débil.

Ella ni siquiera comprende lo que es.

Y hay… otro factor.

En el lado oscuro.

El segundo hizo un gesto de desprecio, tan sutil que apenas movió la cabeza.

—¿Te refieres al traidor enfriado?

¿Al señor del cálculo estéril?

No pongas tu fe en espinas, Aethel.

Es un demonio.

Su naturaleza es el engaño, la corrupción.

No puede ofrecerle nada que no sea otra prisión, más elegante, tal vez, pero una prisión al fin.

—Él le dio su palabra,—replicó Aethel, y su tono cambió, volviéndose más personal, casi defensivo.

—Y él… la cumpliría.

Por ella.

—¿Cómo vas a creer la palabra de un demonio?— estalló el segundo, y por primera vez, una chispa de algo caliente —¿ira?— cruzó su rostro perfecto.

—¡Es un arquitecto de agonías!

¡Un compositor de desesperación!

¡Cree en el orden, sí, pero en un orden invertido, podrido!

¡No puede amar!

¡No puede proteger!

Solo puede poseer y utilizar.

Aethel guardó silencio por un largo momento, mirando más allá de su compañero, como si sus ojos pudieran atravesar los velos de la realidad y ver directamente la torre de hielo donde yo estaba prisionera.

—Yo creo en él,— dijo finalmente, y su voz sonó extrañamente cansada, humana en su imperfección, “porque él daría su existencia, lo poco que queda de ella que tenga valor, por proteger a Alana.

Por mi nieta.” El mundo onírico pareció detenerse.

Nieta.

La palabra flotó en el aire perfumado y perfecto, y todo cobró un sentido aterrador.

La energía ordenante, la pulcritud celestial, la mención a la profecía… y ahora esto.

Aethel… este ser de poder y luz… era mi… ¿abuelo?

El segundo ser dejó escapar un sonido que era un cruce entre un suspiro y un gruñido de frustración.

—El parentesco es un lazo terrenal, un accidente de sangre mezclada,— dijo, pero su convicción sonaba forzada.

—Tu apego nubla tu juicio.

Ella es la Nephalim.

El error.

El recordatorio viviente de una transgresión que manchó la pureza de ambos reinos.

Su destino está escrito en la profecía: llave o sacrificio.

No hay un camino intermedio donde un demonio juegue a ser guardián.

—Tal vez el sacrificio del que habla la profecía no sea el suyo,—murmuró Aethel, su mirada perdida en la distancia.—Tal vez sea el de quien esté dispuesto a hundirse en la oscuridad para mantenerla a salvo de la luz… que también quema.

La discusión continuó, sus voces entretejiéndose en argumentos sobre equilibrios cósmicos, diseños divinos y la naturaleza corruptora del amor prohibido.

Pero yo ya no escuchaba las palabras.

Me deslicé hacia atrás, alejándome del claro, del sol cegador, de la revelación que pesaba en mi alma como un bloque de plomo.

Abuelo.

Tenía un abuelo en el Cielo.

Uno que parecía creer en Silas.

Uno que, contra toda lógica y dogma, confiaba en un demonio para protegerme.

El sueño comenzó a desvanecerse, los colores perfectos a desteñirse, la luz dorada a volverse gris.

La última cosa que sentí antes de que la oscuridad me envolviera no fue la paz del lugar, sino un frío escalofrío.

Estaba atrapada no solo entre dos hermanos demoníacos en guerra, sino en el centro de una disputa mucho más antigua y poderosa: la que existía entre la luz que quería ordenarme o extinguirme, y la sombra en la que, al parecer, alguien había puesto una esperanza retorcida y una promesa.

Y en medio de todo, una palabra nueva y pesada resonaba en mi ser: Nieta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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