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NEPHELIM - Capítulo 26

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26: Capítulo 25 26: Capítulo 25 El sueño se quebró sin transición, como un cristal golpeado por dentro.

Mis ojos se abrieron de golpe en la oscuridad de la suite, pero no fue el despertar habitual, arrastrado y doloroso.

Fue un corte limpio entre un mundo y otro.

Me incorporé en la cama, las sábanas de seda cayendo a mi alrededor, y lo sentí de inmediato.

Algo era diferente.

No era un dolor nuevo, ni una presencia extraña.

Era lo opuesto.

El dolor agudo de la mandíbula donde Vex me había golpeado… había desaparecido.

El profundo malestar en las costillas, el ardor en el brazo derecho donde los músculos se habían desgarrado… inexistentes.

Moví el cuello, giré los hombros, flexioné los dedos.

Nada.

Solo una ligereza total, una sensación de integridad física que no había experimentado desde antes de que todo esto empezara.

Pero era más que la ausencia de dolor.

Era una presencia.

Una corriente baja y constante de… algo… que fluía justo bajo mi piel.

No era el ardor conflictivo del pecho, ni el frío de la sombra.

Era algo más fundamental, como si mis células mismas estuvieran vibrando a una frecuencia nueva, más alta, más completa.

Como si una parte de mí que siempre había estado dormida, atrofiada, se hubiera estirado y encendido de golpe.

Me levanté de la cama, los pies descalzos encontrando el suelo frío de mármol.

Me acerqué al gran espejo de cuerpo completo que había en una esquina, su marco de plata brillando débilmente.

La mujer que me devolvió la mirada era yo, pero transformada.

Mi piel, normalmente pálida, tenía un brillo sano, casi nacarado.

Mis ojos, verdes como siempre, parecían más claros, más penetrantes.

Pero lo más impactante era lo que no veía: no había un solo moretón.

Ni el amarillo verdoso de un golpe en la mandíbula, ni el violáceo en las costillas.

Mi piel estaba impecable.

Solo quedaban, como recordatorios sutiles y extrañamente bellos, las marcas nacaradas.

La grieta irregular sobre mi bíceps derecho, y unas pocas líneas más tenues, como remolinos de escarcha en la piel, en mi costado y en el hombro.

Eran cicatrices de poder, no de debilidad.

Me toqué la mejilla donde Vex me había golpeado.

Nada.

Solo la suavidad de mi piel.

Un estremecimiento que no era de miedo, sino de asombro puro, me recorrió.

¿Qué había pasado?

¿El estallido de ayer, la rabia, el momento en que agarré su puño… había activado algo?

¿No solo un destello de poder, sino un cambio permanente?

Era como si mi cuerpo, al forzar sus límites humanos, hubiera recordado lo que realmente era.

O hubiera empezado a convertirse en ello.

La claridad del sueño volvió a mí con fuerza renovada.

El bosque perfecto.

Los seres de luz.

Aethel.

Mi abuelo.

La profecía.

La fe en Silas.

Las palabras de Silas ayer: “que yo conocí”, refiriéndose a Lili.

Cada pieza giraba en mi mente, exigiendo respuestas, formando un mosaico de verdades a medias que ya no podía ignorar.

La determinación, fría y nítida como el hielo de las paredes, se instaló en mí.

No podía quedarme aquí, en esta suite hermosa y pasiva, rumiando preguntas.

En el armario, encontré ropa práctica: unos pantalones ajustados de cuero negro suave pero resistente, una camiseta de algodón grueso color gris oscuro, y un chaleco sencillo del mismo cuero.

No había muchas opciones, pero era perfecto.

Me vestí con movimientos rápidos y eficientes.

Luego, me recogí el largo y desordenado cabello rojo fuego en una coleta alta y apretada, alejándolo de mi rostro.

Me miré en el espejo una vez más.

Ya no parecía una prisionera asustada.

Parecía… preparada.

Me dirigí a la puerta de metal blanco.

Coloqué la mano en su superficie lisa y fría, y empujé.

No cedió.

Ni un milímetro.

La frustración, aguda y caliente, brotó en mi pecho.

¡No!

No ahora, no cuando finalmente sentía que podía hacer algo, cuando tenía la claridad y la fuerza para enfrentar las respuestas.

Respiré hondo, conteniendo la rabia.

Me quedé frente a la puerta, mirándola fijamente.

No era solo una barrera física.

Era un símbolo de todo el control que Silas ejercía sobre mí, de los secretos, de mi ignorancia forzada.

Todas las puertas solo responden a mí.

Su voz burlona resonó en mi memoria.

Bueno, quizás ya no.

Algo había cambiado dentro de mí.

Y si mi cuerpo podía sanar overnight, si mi esencia podía vibrar con esta nueva fuerza… ¿por qué no esto?

No sabía cómo hacerlo.

No era magia, no era un hechizo.

Era… voluntad.

Concentré toda esa sensación nueva, esa corriente interna, en la puerta.

No la imaginé abriéndose.

Exigí, con cada fibra de mi ser rehecho, que el mecanismo que la mantenía cerrada para mí cediera.

Que mi presencia, mi derecho a salir, a buscar respuestas, fuera reconocido.

No hubo un destello de luz.

No tembló.

Solo sentí un pequeño clic mental, como el sonido de una cerradura girando en la distancia.

Y entonces, un clic físico, audible, proveniente de la puerta.

Me quedé paralizada, sin respirar.

¿Lo había imaginado?

Con un pulso acelerado, extendí la mano temblorosa y empujé la puerta de nuevo.

Esta vez, cedió.

Se abrió hacia dentro con suavidad, sin el más mínimo ruido, revelando el pasillo iluminado por la tenue luz azulada.

Un jadeo de puro asombro escapó de mis labios.

Me quedé mirando la puerta abierta, luego mis propias manos.

Lo había hecho.

No sabía cómo, pero lo había hecho.

No con fuerza bruta, sino con… ¿autoridad?

¿Convencimiento?

La emoción, una mezcla de triunfo y terror, me inundó.

Pero no había tiempo para analizarlo.

Con un último vistazo a mi refugio-celda, di un paso firme y salí al pasillo, cerrando la puerta tras de mí con suavidad.

No iba a huir.

Iba a confrontar.

A encontrar a Silas y a arrancarle, pedazo a pedazo si era necesario, la verdad completa.

Por primera vez, no me sentía como una víctima que buscaba consuelo.

Me sentía como una Nephelim que reclamaba su derecho a saber.

Y el palacio de hielo, con todos sus secretos y sus demonios pulcros, ya no parecía tan impenetrable.

Caminar por los pasillos del palacio era diferente ahora.

No me sentía una intrusa arrastrando los pies.

Mis pasos eran firmes, silenciosos, y esa corriente interna que latía bajo mi piel parecía amortiguar el sonido a mi alrededor.

En lugar de sentirme abrumada por la grandeza helada, la escaneaba.

Buscaba un patrón, un sonido familiar en el zumbido silencioso del lugar.

Me detuve en una intersección, cerré los ojos y hice lo que Silas me había enseñado en el crisol.

No para aislar un sonido, sino para bloquear todo lo que no fuera lo que buscaba.

El suave crujido del hielo en las paredes, el distante tintineo de cristales en otra galería, el casi imperceptible susurro de los sirvientes fantasmas… todo se desvaneció, se convirtió en estática de fondo.

Y entonces, lo escuché.

Una voz grave y áspera, cargada de descontento: Crogan.

Y luego, otra voz, baja, clara, impecable en su cadencia, cortando como una hoja de afeitar: Silas.

Estaban discutiendo.

No gritaban, pero la tensión vibraba incluso a través de las paredes y la distancia.

Abrí los ojos.

Sabía la dirección.

No necesitaba un mapa; mi nueva percepción amplificada parecía tirar de mí hacia ese punto de conflicto.

Avancé, no con la torpeza de antes, sino con una determinación silenciosa que hacía que las sombras parecieran apartarse a mi paso.

Llegué a una puerta doble de ébano oscuro, más alta y ornamentada que las demás.

No tenía aldaba, solo el mismo símbolo del ábaco y las serpientes grabado en plata.

Aquí era.

El zumbido de la discusión era más claro.

No toqué.

No llamé.

Me planté frente a la puerta, igual que frente a la de mi suite, y concentré toda esa voluntad recién descubierta, esa sensación de derecho y de poder latente, en la idea simple y feroz de que esta puerta también me pertenecía en ese momento.

No hubo un chasquido dramático.

Solo un leve clic, casi elegante, del mecanismo interno.

Las altas puertas de ébano se abrieron hacia dentro, suaves y silenciosas.

El despacho de Silas era exactamente como me lo había imaginado: vasto, helado e inmaculadamente ordenado.

Una gran mesa de escritorio de un cristal negro y frío ocupaba el centro, frente a una pared curva hecha enteramente de hielo claro que ofrecía una vista panorámica aterradora de los picos de hielo eterno de la Cuarta Esfera.

Silas estaba de pie junto a la mesa, no sentado.

Llevaba un traje de un gris oscuro intenso, de corte impecable que acentuaba sus hombros y su estatura, con una camisa color ceniza y una corbata de seda del mismo gris perla de sus ojos.

Parecía más un CEO de un imperio glacial que un señor demoníaco.

Frente a él, con los brazos cruzados y una nube de irritación palpable alrededor, estaba Crogan.

Se interrumpieron de golpe al verme entrar.

Crogan giró la cabeza, sus ojos granate brillando con sorpresa y un rápido destello de ira.

Silas, en cambio, solo se quedó quieto.

Su mirada dorada se posó en mí, recorrió mi atuendo de cuero, mi coleta firme, la determinación en mi rostro.

No hubo un sobresalto, ni un parpadeo de alarma.

Solo una curiosidad aguda y calculadora que se filtró a través de su habitual fachada de frialdad.

—Vaya —dijo Silas, su voz era suave, pero cargada de un sarcasmo que pretendía desarmarme—.

Qué visita… inesperada.

Y tan temprano.

¿Los sueños te trajeron hasta aquí, pequeña rareza, o es solo un nuevo tipo de pataleta?

Ignoré a Crogan, cuya presencia parecía hervir de disgusto a mi lado, y clavé la mirada en Silas.

—Tenemos que hablar —dije, y mi voz sonó más firme, más clara de lo que esperaba.

No era una súplica.

Era una declaración.

El silencio se instaló por un segundo.

Luego, Silas hizo un gesto leve, casi indolente, con dos dedos hacia Crogan.

—Crogan.

Déjanos.

El demonio de ojos granate me lanzó una mirada cargada de veneno, una mezcla de desprecio y advertencia silenciosa.

Rechinó los dientes, pero asintió con la cabeza hacia Silas en un gesto de obediencia forzada.

Sin una palabra, pasó rozándome al salir, su energía áspera como una lija contra mi nueva sensibilidad.

La puerta se cerró tras él, dejándonos solos en el vasto silencio del despacho.

Silas no se movió de su sitio.

Me estudió, sus dedos apoyados ligeramente en la superficie de cristal negro de su escritorio.

—Bien —dijo finalmente—.

Habla.

Pareces haber recuperado el uso de la lengua, además de… —su mirada bajó brevemente a mi ropa, a mi postura— …un nuevo sentido de la moda dramática.

Respiré hondo, conteniendo las mil preguntas que querían salir a borbotones.

Me centré en lo inmediato, en lo que demostraba mi nuevo estado.

—¿No vas a preguntar cómo salí de mi habitación?

—pregunté, desafiante—.

Las puertas, según tú, solo responden a ti.

Una sombra de algo que podría haber sido aprobación (o simplemente interés de coleccionista) cruzó sus ojos dorados.

—No —respondió, sencillamente—.

No necesito preguntar.

Lo escuché.

Me quedé congelada.

¿Qué?

—El clic —continuó él, como si leyera mi pensamiento—.

En tu puerta.

Hace exactamente doce minutos y veintisiete segundos.

Un sonido muy específico, que no ocurre a menos que alguien con la firma energética correcta… o con una voluntad lo suficientemente obstinada como para torcer los mecanismos de seguridad más básicos… interactúe con ella.

—Inclinó ligeramente la cabeza—.

Lo he estado esperando desde entonces.

Me preguntaba cuánto tardarías en encontrar el camino hasta aquí.

Veo que tu sentido de la orientación ha mejorado tanto como tu… recuperación física.

Señaló con la barbilla hacia mí, hacia mi mandíbula intacta, mi postura erguida.

Me sentí expuesta.

Él lo había sabido.

Lo había esperado.

Mi momento de triunfo, de empoderamiento, había sido observado, calculado, y probablemente, permitido.

La rabia, esa vieja compañera, comenzó a hervir de nuevo.

Pero esta vez, no era la rabia de la impotencia.

Era la rabia de ser anticipada, de ser un paso atrás en su juego incluso cuando creía haber avanzado.

—Entonces ya sabes por qué estoy aquí —dije, apretando los puños.

—Tengo mis teorías —admitió él, cruzando los brazos—.

Pero me interesa escuchar la tuya.

Adelante, Alana.

Has roto la cerradura de tu jaula y has encontrado al león en su guarida.

¿Qué es lo que tanto urge decir que no podía esperar a que yo decidiera concederte una audiencia?

Su sarcasmo era un muro.

Pero yo tenía un ariete nuevo: la verdad que había visto, y la fuerza que ahora sentía, real y tangible, en cada latido de mi corazón.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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