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NEPHELIM - Capítulo 27

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27: Capítulo 26 27: Capítulo 26 El sarcasmo de Silas flotó en el aire helado del despacho, esperando la reacción de siempre: mi frustración, mi rabia impotente, mi intento fallido de rebatirlo que él disfrutaba desmontar.

Pero algo había cambiado.

La corriente bajo mi piel, la certeza de mi cuerpo sano, el recuerdo del sueño y la claridad de mis preguntas, formaban una coraza.

Sus palabras me rozaron, pero no penetraron.

No se clavaron como antes.

—Estoy harta —dije, y mi voz era tranquila, llana, como el hielo de su escritorio—.

Harta de que todos hagan planes a mi alrededor.

Arda, Argo, Vex, Crogan… y tú.

Estoy en el centro de todo esto.

Lo sé ahora.

Soy la «raíz», la llave, el sacrificio, lo que sea.

Pero ya no soy la niña asustada que llegó aquí sin saber su propio nombre.

Estoy aquí.

Y estoy harta de que me traten como un mueble de tu decoración helada, o como un problema que hay que gestionar.

Cuéntame la verdad.

Toda.

Silas se quedó quieto.

No hubo un cambio drástico en su expresión, pero el brillo burlón de sus ojos se atenuó, reemplazado por una evaluación más fría, más cautelosa.

Como si hubiera notado la ausencia de su efecto habitual.

—¿Qué verdad?

—preguntó, aunque ambos sabíamos a qué me refería.

—La primera verdad —atajé, dando un paso adelante—.

Tú y yo… ¿nos conocíamos antes?

¿Antes de que me trajeras aquí, antes de que Arda me buscara?

¿Antes de todo?

Un velo cayó sobre su rostro.

Una resistencia instantánea, casi física.

Desvió la mirada hacia la pared de hielo.

—Esa pregunta no tiene sentido —dijo, su tono más seco—.

Tu memoria fue borrada.

Mi pasado no te concierne.

—¡Claro que me concierne!

—insistí, pero manteniendo la calma, acercándome más a la mesa—.

Ayer dijiste «que yo conocí», refiriéndote a Lili.

Y en el sueño… —dudé un instante, pero seguí adelante— …alguien dijo que confiaba en ti para protegerme.

¿Por qué?

¿Qué conexión hay?

¿Nos conocíamos?

—No —cortó él, rotundo, volviendo a mirarme.

Pero su negativa sonó forzada, demasiado rápida.

Y en sus ojos, por una fracción de segundo, vi algo más: no solo fastidio, sino… ¿dolor?

Lo vi.

Lo sentí.

Y supe, con una certeza que venía de ese nuevo lugar dentro de mí, que mentía.

—Tú y yo nos conocíamos antes —dije, ya no como pregunta, sino como una afirmación pesada que dejé caer entre nosotros.

Él apretó la mandíbula.

Un músculo se tensó en su mejilla.

—Alana, esto no es un juego de adivinanzas.

Hay cosas que es mejor… —¿Mejores para quién?

—interrumpí, y ahora sí, un poco de la emoción que contenía se filtró en mi voz—.

¿Para ti?

¿Para mantener tu control?

No.

Ya no.

Mira, Silas.

—Extendí mis brazos, mostrando mi cuerpo intacto, la nueva determinación en mi postura—.

Algo ha cambiado.

En mí.

No sé qué lo activó, si la pelea, el sueño, o simplemente… el tiempo.

Pero ya no soy la ingenua que podías manejar con amenazas y sarcasmo.

Siento… poder.

Mi poder.

Y con él, viene el derecho a saber.

¿Quiénes éramos el uno para el otro?

Frustrado, hizo un gesto de fastidio y se apartó de la mesa, dirigiéndose hacia la ventana de hielo.

Era un gesto de retirada, de no querer enfrentar la pregunta.

Un impulso ciego, alimentado por esa nueva fuerza interna, me hizo reaccionar.

No pensé.

Solo actué.

Extendí mi mano, no para tocarlo, sino hacia la silla de cristal negro que había frente a su escritorio.

No fue un movimiento físico.

Fue un empuje de esa voluntad, de esa energía que ahora sentía tan claramente.

Imaginé la silla deslizándose, colocándose justo detrás de él, obligándolo a sentarse, a dejar de huir.

La silla, pesada y anclada al suelo, se movió.

Con un suave crujido de hielo cristalino, se deslizó exactamente medio metro, posicionándose justo donde yo lo había «querido».

Silas, que daba un paso, se encontró con las piernas rozando el asiento.

Se detuvo en seco, girándose para mirar la silla, luego a mí, con los ojos muy abiertos.

Su sorpresa fue genuina, incontestable.

Yo también me quedé helada, mirando mi mano como si fuera ajena.

Lo había hecho.

Sin ira, sin descontrol.

Con intención pura.

Y había funcionado.

Nos miramos, dos seres sorprendidos por el poder que uno acababa de demostrar y el otro acababa de presenciar.

El aire vibraba con la admisión silenciosa: algo fundamental había cambiado.

—No lo hagas de nuevo —dijo Silas al fin, su voz era baja, pero sin la habitual capa de desdén.

Era una advertencia llana.

—Entonces responde —dije, recuperando el aliento, acercándome—.

¿A qué quieres llegar con estas evasivas?

¿Qué te da tanto miedo que yo recuerde?

La palabra «miedo» lo hizo estremecer.

Sus ojos dorados se encendieron con algo peligroso.

—No tengo miedo.

Tengo cálculo.

Y tu memoria es una variable inestable que podría… —¡Podría qué!

—grité, perdiendo por fin un poco la compostura—.

¡Podría recordar que éramos amigos?

¿O algo más?

¡Dímelo!

El silencio que siguió fue tan denso que podría haberse tallado en el hielo de la ventana.

Silas no apartó la mirada.

La batalla en sus ojos era visible: el estratega que quería mantener el control, el ser antiguo que guardaba un secreto doloroso, y algo más… algo que parecía querer decirlo, a pesar de todo.

Finalmente, con un suspiro que pareció salir de las profundidades de su ser, dejó caer los hombros.

No fue una rendición.

Fue una concesión agotada.

—No… no éramos amigos —dijo, su voz casi un susurro, áspera por una emoción largamente reprimida—.

Eso sería… una simplificación ridícula.

Se acercó lentamente a la silla que yo había movido, y se dejó caer en ella, no con su gracia habitual, sino con el peso de alguien que lleva una carga durante milenios.

Miró hacia la ventana, evitándome, mientras las palabras, lentas y dolorosas, comenzaron a salir.

—Hace mucho, mucho tiempo, antes de que Arda enloqueciera del todo, antes de que tu padre conociera a tu madre… los reinos no estaban tan sellados.

Había… intercambios.

Negociaciones.

Yo era un emisario, un calculador de tratos entre esferas.

Y en una de esas misiones, conocí a una Guardiana de las Puertas Celestiales.

Era… brillante.

Terco.

Tenía una fe en el equilibrio que rayaba en la herejía para sus superiores.

Su nombre era Ela.

Mi corazón se detuvo.

Mi madre.

—Nos volvimos… aliados improbables.

Luego, confidentes.

—Hizo una pausa, tragando saliva—.

Y ella… me presentó a sus hijos.

Dos niñas pequeñas, de cabello rojo fuego como el suyo.

Lili, con una mirada que ya veía los patrones del universo.

Y tú… —por fin, volvió la mirada hacia mí, y en sus ojos dorados vi un reflejo de algo que no había visto nunca: nostalgia— …tú, Alana.

Eras… rabiosa.

Curiosa.

Te aferrabas a mi pierna con tus manitas pequeñas y me hacías preguntas sobre las estrellas que ni siquiera los ángeles más sabios podían responder.

Me llamabas… «Sí».

Porque no podías pronunciar Silas.

Las lágrimas, calientes e inesperadas, llenaron mis ojos.

No eran recuerdos, eran ecos.

Sensaciones.

Una imagen fugaz: la tela oscura de unos pantalones, una voz grave pero no fría, risas.

—Yo… te cuidaba —continuó él, su voz cada vez más ronca—.

Cuando Ela y Macdal tenían que ausentarse.

Te contaba historias de constelaciones hechas de hielo y demonios que coleccionaban susurros.

Jugábamos en los jardines del Refugio, antes de que todo se fuera al infierno.

Fuiste… —dudó, buscando la palabra, y cuando la encontró, sonó extraña en sus labios— …mi pupila.

Mi pequeña responsabilidad improbable.

Y yo… era tu «Sí».

Tu protector.

Íbamos a casarnos  El dolor en su confesión era palpable.

No era el dolor de un demonio cruel.

Era el dolor de un ser que había perdido algo.

El silencio que siguió fue absoluto, cristalino y frío como el corazón de la Cuarta Esfera.

No había pensado en esa palabra específica hasta que salió de sus labios, pero en el instante en que lo hizo, resonó con una verdad visceral, un eco de algo profundamente enterrado.

Pálida me sentía pálida .

—¿Cómo…?

—logre decir, mi voz apenas un suspiro ronco.—¿Éramos..prometidos?

Él cerró los ojos, como si el dolor fuera físico.

Cuando los abrió, ya no había lugar para la evasión.

Solo quedaba el peso de una confesión milenaria.

—No fue un arreglo formal —dijo, su voz grave y cargada de una emoción que nunca le había oído—.

Nada lo es, entre una hija de una Guardiana Celestial y un Señor de una Esfera Infernal.

Pero… sí.

Había un entendimiento.

Una promesa entre tu madre y yo.

Después de lo de Macdal… después de que lo prohibido se hizo realidad en ellos… Ela temía por ustedes.

Temía que el odio de Arda, o el dogmatismo del Cielo, acabara con sus hijas.

Ella… me eligió a mí.

Como el mal menor.

Como el cálculo más seguro.

Yo tenía poder, influencia, y un… interés genuino en tu bienestar desde que eras una niña.

Al principio, eras una niña rabiosa y curiosa.

Luego, una adolescente… —hizo una pausa, tragando saliva— …con una luz tan feroz que desafiaba tanto al cielo como al infierno.

Y yo… el antiguo demonio, el calculador de sufrimientos, me encontré cautivado.

No fue rápido.

No fue fácil.

Era… imposible, en todos los sentidos.

Pero sucedió.

Tú creciste, y lo que era protección se convirtió en respeto, luego en complicidad, y luego… en algo más.

Algo que ninguno de los dos pronunciaba, porque el mundo entero se habría alzado para destruirlo.

Las lágrimas corrían libremente por mi rostro ahora.

No recordaba, pero sentía.

Un anhelo profundo, una conexión que trascendía el tiempo y el lavado de cerebro.

—Estabas enamorada de mí —susurró él, y en su voz había una mezcla de asombro y de agonía—.

Y yo… yo estaba perdidamente, irremediablemente, entregado a ti.

Contra toda lógica, contra toda naturaleza, contra mi propio reino.

Eras mi anomalía perfecta.

Mi razón para buscar un equilibrio que no fuera solo de poder, sino de… paz.

Una paz que solo existía cuando estabas cerca.

Se llevó una mano al rostro, un gesto de fatiga tan humano que me partió el alma.

—Y entonces Arda llegó.

Él nunca había aprobado la unión de Macdal y Ela.

Y la idea de que su sobrina nephelim estuviera vinculada a mí, un señor demoníaco de una esfera fría y calculadora, fue la gota que colmó el vaso de su fanatismo.

Atacó el Refugio.

Mató a Ela.

Secuestró y torturó a Macdal.

Se llevó a Lili, pensando que podría moldear su mente.

Y a ti… —su voz se quebró— …a ti, que eras el corazón de todo, tu prometida, te arrancó los recuerdos, te arrancó nuestro futuro, y te arrojó al mundo humano como basura, creyendo que perecerías en la insignificancia.

Y yo… no llegué a tiempo.

La última frase salió con el sonido de un alma desgarrada.

No era el señor de la Cuarta Esfera.

Era un hombre que había perdido todo lo que le importaba.

—Fallé en proteger a la mujer que confió en mí —continuó, mirándome ahora con una intensidad abrasadora—.

Fallé en salvar a tu hermana.

Fallé en guardar nuestro… nuestro acuerdo.

Y cuando te encontré de nuevo, eras una desconocida.

Una humana que veía fantasmas, asustada de su propia sombra.

Y yo… yo era solo el demonio que te había secuestrado.

El carcelero.

—Sacudió la cabeza, una amargura infinita en sus ojos—.

¿Cómo iba a decirte?

¿«Hola, soy el amor de tu vida anterior, el que dejó que te destruyeran»?

Era más fácil que me odiaras por lo que soy ahora, que sufrir recordando lo que perdimos.

Me acerqué lentamente, hasta quedar justo frente a él, donde estaba sentado.

Las lágrimas seguían cayendo, pero ya no era solo dolor.

Era duelo por una vida robada, por un amor que había sido tan real que incluso el olvido no podía matar del todo su eco.

—Por eso —susurré, comprendiendo todo—.

La promesa.

A mi abuelo… a Aethel.

Le prometiste que si alguna vez te cruzabas conmigo otra vez… Él asintió —Que te protegería con todo lo que soy —terminó él, su voz firme de nuevo, pero ahora con un nuevo matiz, uno que no era frío, sino solemne—.

Incluso si eso significaba arrastrarte al Infierno para mantenerte alejada de un cielo que también quiere usarte o destruirte.

Incluso si tenías que odiarme en el proceso.

—Y ahora —continué, mi voz temblorosa pero clara—, me proteges no solo por un juramento, ni por venganza.

Me proteges porque… porque aún me amas.

A pesar de todo.

A pesar de que no recuerdo.

Silas alzó la mirada hacia mí, y en sus ojos dorados ya no había hielo, ni cálculo, ni sarcasmo.

Solo había una verdad desnuda, vulnerable y antigua.

—Siempre —susurró, y esa sola palabra contenía eones de espera, de culpa y de una devoción que había sobrevivido a la muerte, al olvido y al infierno mismo.

No éramos carcelero y rehén.

No éramos instructor y alumna.

Éramos los restos de un juramento roto, los fantasmas de una promesa de boda hecha entre mundos en guerra, reunidos por un destino que insistía en que nuestra historia no había terminado.

Y en el silencio cargado del despacho, con el peso de la verdad finalmente entre nosotros, supe que nada volvería a ser igual.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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