NEPHELIM - Capítulo 28
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28: Capítulo 27 28: Capítulo 27 Sus palabras —Siempre— resonaron en el despacho helado, cargadas de un peso emocional tan vasto que parecía deformar el aire mismo.
Yo me quedé allí, de pie frente a él, con las lágrimas secándose en frías carreras sobre mis mejillas, tratando de procesar el tsunami que acababa de soltar sobre mí.
No sentía amor.
¿Cómo podría?
Él era un extraño.
Un extraño hermoso, peligroso, sarcástico y cruel que me había secuestrado, humillado y entrenado con brutalidad.
Los recuerdos de ese otro yo, de la adolescente que supuestamente lo amó, estaban borrados.
No había ecos de mariposas en el estómago, ni de sonrisas compartidas.
Solo había un vacío donde debería haber una montaña de sentimientos, y en su lugar, una confusión monumental y una empatía desgarradora por el dolor que vi desnudo en sus ojos.
—Yo… —empecé, pero la voz me falló.
Tragué saliva, buscando algo, cualquier cosa sensata que decir—.
No lo recuerdo.
No siento… lo que tú sientes.
Lo siento.
Era la verdad más cruel que podía pronunciar, y lo sabía.
Vi cómo se contraía algo en su rostro, un rápido espasmo de dolor que él sofocó al instante, reemplazándolo con una máscara de impasibilidad que, ahora que conocía la verdad, me pareció infinitamente más trágica que su ira.
—No espero que lo hagas —dijo, su voz recuperando una pátina de frialdad, pero era una frialdad delgada, quebradiza—.
Ese no era el punto de la confesión.
—Entonces, ¿cuál era el punto?
—pregunté, la frustración mezclándose con la abrumadora carga emocional—.
¿Hacerme sentir peor por estar atrapada aquí?
¿Por ser un recordatorio viviente de algo que… que ya no existe?
—El punto —dijo, levantándose de la silla con un movimiento fluido que parecía costarle un esfuerzo titánico— era responder tu pregunta.
Saber quiénes éramos.
Ahora lo sabes.
Una nota al pie en una tragedia mayor.
Nada más.
Intentaba minimizarlo.
Intentaba enterrarlo de nuevo.
Pero la herida estaba abierta, y yo tenía más preguntas, impulsadas ahora por una urgencia diferente.
—¿El nombre que quieres borrar del registro?
—dije, acercándome un paso, mirándolo fijamente mientras él evitaba mi mirada, ajustándose los puños del impecable saco gris—.
Es el de Lili, ¿verdad?
Él se congeló.
Luego, asintió una vez, un movimiento seco.
—Sí.
Arda no solo la mató.
La ancló.
Su alma, su esencia, está registrada en los anales del Infierno como un trofeo de guerra, como un experimento fallido de su hermano.
No puede cruzar.
No puede descansar.
Está atrapada en el Umbral, usando los ecos de su propia agonía y su mente brillante para contactar a quienes puede, para intentar… enmendar las cosas.
Borrar su nombre de ese registro liberaría su esencia.
Le daría paz.
La imagen de Lili, de mi hermana, atrapada en ese estado de sufrimiento perpetuo por el odio de Arda, me atravesó como un cuchillo.
—¿Y eso es lo que Arda te ofreció?
—pregunté, el horror haciéndose palpable en mi voz—.
¿Borrar su nombre a cambio de… de entregarme?
—A cambio de tú —corrigió él, y por primera vez, hubo un destello de la vieja amargura en sus ojos—.
Intacta.
Para que él pudiera completar su plan con la raíz de la profecía.
Era el precio.
La única moneda que tenía valor para mí.
El sacrificio era claro.
Su alma, su redención, por la paz de la hermana de la mujer que amó.
Y yo, en el centro, como mercancía.
—Cuéntamelo todo, Silas —dije, y mi voz temblaba no de miedo, sino de una determinación feroz nacida de la compasión y la necesidad de entender—.
No más pedazos.
No más migajas de verdad.
Cuéntame la profecía completa, el plan de Arda, lo que Argo quiere, por qué la Fiesta importa, qué papel juego yo en todo esto realmente.
No soy esa niña de la que estuviste enamorado, pero soy Alana.
Y merezco saber por qué mi existencia es una declaración de guerra.
Por un momento, pensé que lo había logrado.
Que la crudeza de mi petición, mezclada con la vulnerabilidad que acababa de presenciar, quebraría su resistencia final.
Pero entonces, vi cómo sus hombros se tensaban.
Cómo su mirada, que por un instante había estado llena de algo parecido a la rendición, se endureció, se enfrió, y se llenó de la expresión que le conocía demasiado bien: fastidio impaciente y distante.
—¿Todo?
—preguntó, y su tono era sardónico, cortante, la máscara del señor de la Cuarta Esfera bajando con un golpe seco—.
¿Crees que la verdad es un banquete que se sirve a petición?
Ya he respondido a más preguntas de las que merecías en un año, pequeña rareza.
Has tenido tu dosis de drama y revelaciones.
Debería bastarte.
—¡No me basta!
—grité, la frustración estallando—.
¡No cuando mi hermana está atrapada y mi padre está siendo torturado y yo soy un peón en una guerra que ni siquiera entiendo!
¡Dímelo!
—¡Ya te lo he dicho!
—rugió él, y su voz, por primera vez, perdió toda elegancia, fue un sonido gutural de ira contenida y agotamiento—.
¡Eres la raíz!
¡La maldita pieza central de una profecía que habla de llaves y sacrificios!
¡Arda quiere matarte para evitar que seas llave, o usarte si cree que puede controlarte!
¡Argo quiere usarte para matar a Arda!
¡Yo solo quiero que sobrevivas el tiempo suficiente para que pueda borrar un nombre de una puta lista y cumplir con la única promesa que no he roto completamente!
¿Eso es suficiente?
¿O necesitas también los diagramas, los nombres de todos los implicados y un pronóstico del tiempo para el día del Juicio?
Sus palabras eran como latigazos, cada una destinada a alejarme, a hacerme retroceder.
Pero yo ya no era la que retrocedía.
—¡Necesito saber cómo!
—le grité a la cara, sin ceder ni un centímetro—.
¿Cómo piensas que sobreviviré?
¿Sentándome bonita en tu palacio?
¿Qué es la Fiesta realmente?
¿Qué va a pasar?
—¡La Fiesta es mi problema!
—espetó, girando sobre sus talones y alejándose hacia la ventana—.
Tu problema es estar lista para ella.
Y a juzgar por tu berrinche actual, estás muy, muy lejos de estarlo.
—¡No es un berrinche, es una demanda!
—insistí, siguiéndolo—.
¡Puedo ayudar!
¡Puedo ser más que un… un trofeo en exhibición!
Él se volvió bruscamente, y su mirada era de puro desprecio ahora, una pared de hielo infranqueable.
—Ayudar.
Qué concepto adorablemente humano.
Aquí no se ayuda, Alana.
Aquí se obedece, se calcula y se sobrevive.
Tú no ayudas.
Distraes.
Con tus preguntas, con tu confusión, con tus ojos llorosos que me recuerdan a alguien que ya no existe.
—Hizo una pausa, y su siguiente frase fue deliberadamente baja, cruel—.
Has tenido tu momento.
Has tenido tus respuestas.
Ahora, basta.
Tengo cosas más importantes que hacer que entretener los ataques de ansiedad de una nephelim con amnesia.
Como, no sé, preparar el evento que evitará que nos maten a todos mañana.
«Mañana».
La palabra cayó como una losa.
—La Fiesta… es mañana —dije, el aliento cortado.
—¡Por fin algo capta tu atención!
—dijo con un aplauso sarcástico y lento—.
Sí, preciosa.
Mañana.
Y tú, en lugar de estar centrándote en controlar ese poder que tanto te emociona, estás aquí, lloriqueando por un pasado muerto y exigiendo manuales de operaciones.
Es patético.
Cada palabra era una puñalada calculada.
Estaba reconstruyendo la dinámica a propósito, alejándome, tratándome con la misma crueldad distante del principio.
Y funcionaba.
La empatía que había sentido por él se transformaba en una rabia hirviente.
—No estoy lloriqueando —dije, conteniendo las lágrimas de furia—.
Estoy intentando entender para no equivocarme.
—Pues equivócate en silencio —cortó él, pasando a mi lado y dirigiéndose hacia la puerta—.
Tengo hambre.
Y reuniones.
Y un reino que dirigir.
La sesión de preguntas y respuestas ha terminado.
Si quieres ser útil, ve a tu habitación y practica no dejarte golpear la mandíbula en el primer round.
O mejor aún, practica callarte.
Abrió la puerta de un gesto, sin siquiera mirar atrás.
El portazo de Silas aún resonaba en mis huesos, una vibración física de rechazo final.
Me quedé inmóvil en el centro del despacho helado, el peso de sus palabras —unas dolorosamente sinceras, otras deliberadamente venenosas— luchando por el dominio dentro de mí.
No había amor, solo un eco de un sentimiento ajeno.
No había certeza, solo un rompecabezas de verdades a medias que formaban una imagen aterradora: yo era el centro de una guerra, mi hermana era un fantasma atado, mi padre un prisionero torturado, y el único ser que parecía tener un plan para navegar todo esto acababa de encerrarse de nuevo en su armadura de hielo.
Y la Fiesta era mañana.
La urgencia práctica era un puñal de hielo en la garganta, cortando a través del duelo emocional.
No había tiempo para llorar por un romance perdido que ni siquiera recordaba.
No había tiempo para descifrar el dolor en los ojos de Silas.
Solo había tiempo para prepararse.
Para lo que fuera que esa «vitrina» monstruosa implicara.
Con un temblor que era mitad furia, mitad determinación pura, giré sobre mis talones y salí del despacho.
El pasillo estaba silencioso e iluminado con esa misma luz azulada fantasmal.
Caminé con paso rápido, pero no hacia mi suite.
No podía encerrarme otra vez en esa habitación de seda y recuerdos robados.
Necesitaba… aire.
O lo que pasara por aire en este infierno de hielo.
Doblé una esquina, perdida en mis pensamientos, en la repetición de las frases de Silas.
«Borra un nombre de una puta lista».
«Tu problema es estar lista».
«Llora en silencio».
Fue entonces cuando chocé contra algo sólido, inmóvil y que olía a cuero, tierra y furia contenida.
—¡Uf!
El impacto me hizo retroceder, tambaleándome.
Un gruñido gutural, como el de un animal grande y malhumorado, llenó el pasillo.
—Mira por dónde andas, híbrida.
Crogan.
Se erguía ante mí, bloqueando el paso con su ancha envergadura.
Su rostro, marcado y severo, estaba torcido en una mueca de desagrado perpetuo.
Sus ojos granate me escudriñaron, y no parecieron encontrar nada que mejorara su humor.
—Perdón —murmuré, aún aturdida, tratando de esquivarlo.
Él no se movió.
Su mirada se posó en mis ojos, que debían estar aún brillantes por la frustración y la confusión, y luego bajó a mi atuendo de cuero, a mi postura tensa.
—Hueles a drama —dijo, su voz áspera como piedras que se frotan—.
Y a lágrimas reprimidas.
¿Problemas con nuestro anfitrión glacial?
Qué sorpresa.
Su sarcasmo era menos elegante que el de Silas, más directo, más brutal.
Pero en ese momento, su desprecio franco me pareció casi refrescante comparado con la tortuosa mezcla de confesión y crueldad que acababa de vivir.
—No es asunto tuyo —repliqué, intentando que mi voz sonara firme.
—Todo lo que le pasa a esa rata con pretensiones es asunto mío —refunfuñó, cruzando sus brazos masivos—.
Porque sus caprichos nos ponen a todos en peligro.
Como traerte aquí.
Como esconderte.
Como esa estúpida Fiesta de mañana.
El mencionarla hizo que un nuevo escalofrío me recorriera.
—¿Qué sabes tú de la Fiesta?
—pregunté, incapaz de contener la curiosidad mezclada con aprensión.
Crogan soltó una risa corta y seca.
—¿Qué sé?
Sé que es un desfile de egos y dagas.
Que todos los que importan (y muchos que no) estarán allí, oliéndose unos a otros, midiéndose, buscando ventajas.
Y tú serás la presa recién marcada en medio del corral.
—Se inclinó un poco, su aliento olía a humo y a hierro—.
Silas cree que puede controlarlo.
Que mostrarte como su trofeo exótico afirmará su poder y alejará a los chacales.
Es un tonto.
Arda no se detendrá ante un cóctel.
Y Argo… Argo verá una oportunidad.
Vas a ser un señuelo, niña.
Y los señuelos acaban destrozados.
Sus palabras eran un espejo de mis peores temores, pero dichas con una crudeza que las hacía imposibles de ignorar.
—Él dice que me está entrenando para sobrevivir —dije, más para mí que para él.
—¿Esto es entrenar?
—Crogan hizo un gesto amplio que abarcaba el pasillo lujoso, mi ropa nueva—.
Esto es engordar al cordero.
El entrenamiento de verdad duele.
Deja cicatrices que no se borran.
Como el que te dio Vex, pero multiplicado por mil.
¿Te ha hecho llorar eso?
¿Te ha mostrado cómo destripar a un ángel observador antes de que pueda sonar la alarma?
¿Cómo envenenar el vino de un rival sin que se note?
No.
Te ha contado cuentos de hadas tristes y te ha enseñado a escuchar gusanos.
Cada acusación era un golpe.
Porque tenía razón.
Mi «entrenamiento» había sido sensorial, emocional, brutal en lo físico, pero no… práctico.
No para la guerra de salón asesina que él describía.
—¿Y tú?
—pregunté, desafiante, mirándolo directamente a sus ojos granate—.
¿Por qué no me entrenas tú, si eres tan listo y conoces tanto del dolor de verdad?
Crogan pareció sorprenderse por el desafío.
Luego, una sonrisa fea, llena de dientes irregulares y nada de humor, se extendió por su rostro.
—Porque yo no quiero que sobrevivas —dijo, con una tranquilidad aterradora—.
Eres un imán de problemas.
Cada minuto que estás aquí acerca a Arda, enfurece a Argo, atrae miradas que no queremos.
La forma más segura de proteger esta Esfera, de proteger lo poco que sí importa aquí, sería estrangular tus poderes recién nacidos y arrojar tu cadáver a las llamas de la Primera Esfera como un mensaje.
Eso sí sería un cálculo inteligente.
Sus palabras no eran una amenaza vacía.
Era la evaluación fría de un soldado.
Y en su lógica retorcida, tenía sentido.
—Pero no lo harás —dije, manteniendo su mirada a pesar del temblor interno—.
Porque él no te dejará.
La sonrisa de Crogan se desvaneció, reemplazada por un profundo, resonante rencor.
—Él —escupió la palabra—.
Él y sus promesas de polvo.
Él y su obsesión por fantasmas.
—Me señaló con un dedo grueso y cicatrizado—.
Tú eres el fantasma.
El recuerdo de algo que lo ablandó.
Y en este lugar, la suavidad es un cáncer.
Se lo dije cuando te trajo.
Se lo digo ahora.
Y se lo diré cuando tu cuerpecito nephelim sea desgarrado en su preciosa Fiesta y su mundo de hielo se desmorone a su alrededor.
Porque él elegirá salvar su fantasma antes que su reino.
Ya lo ha hecho.
Con eso, me apartó de un empujón con el hombro —no con violencia excesiva, pero con un desprecio absoluto— y continuó su camino por el pasillo, sus pesados pasos resonando como martillos contra el suelo de piedra.
Me quedé allí, apoyada contra la fría pared, respirando entrecortadamente.
El duelo emocional por lo que Silas había revelado y luego negado, la urgencia aplastante de la Fiesta, y ahora esto: la certeza de que uno de los poderes más cercanos a Silas me veía como una plaga a erradicar.
No había refugio.
No había aliados seguros.
Solo había yo, un poder recién despertado que apenas sabía usar, un pasado que era una herida abierta para otros, y un futuro que llegaba en menos de un día con forma de baile de máscaras mortal.
Con un último temblor que recorrió todo mi cuerpo, me empujé de la pared.
No había tiempo para el miedo.
No había tiempo para el luto.
Solo había tiempo para una cosa: aprender.
Aunque tuviera que hacerlo sola.
Aunque cada lección tuviera que extraerla de la mirada despreciativa de Crogan, de las burlas de Vex, o incluso de los fragmentos de verdad arrojados entre la crueldad de Silas.
La Fiesta era mañana.
Y yo, Alana, la raíz, la llave, el sacrificio, la promesa rota, no iba a llegar a ella como un cordero engordado.
Iba a llegar como lo que mi sangre, tanto la celestial como la infernal, exigía que fuera: una superviviente.
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